LOS ICONOS

Los iconos, herencia universal

Se conmemora este año el XII centenario del II Concilio Ecuménico de Nicea (a. 787), en el que, al final de la conocida controversia sobre el culto de las sagradas imágenes, fue definido que, según la enseñanza de los santos Padres y la tradición universal de la Iglesia se podían proponer la veneración de los fieles, junto con la Cruz, también las imágenes de la Madre de Dios, de los Ángeles y de los Santos, tanto en las iglesias como en las casas y en los caminos. Esta costumbre se ha mantenido en todo el Oriente y también en Occidente. Las imágenes de la Virgen tienen un lugar de honor en las iglesias y en las casas. María está representada o como trono de Dios, que lleva al Señor y lo entrega a los hombre (Theotókos), o como camino que lleva a Cristo y lo muestra (Odigitria), o bien como orante en actitud de intercesión y signo de la presencia divina en el camino de los fieles hasta el día del Señor (Deisis), o como protectora que extiende su manto sobre los pueblos (Pokrox), o como misericordiosa Virgen de la ternura (Eleousa). La Virgen es representada habitualmente con su Hijo, el niño Jesús, que lleva en brazos: es la relación con el Hijo la que glorifica a la Madre. A veces lo abraza con ternura (Glykofilousa); otras veces, hierática, parece absorta en la contemplación de aquél que es Señor de la Historia (cfr. Ap. 5, 9-14).

Como ya ha sido recordado, también entre los hermanos separados muchos honran y celebran a la Madre del Señor, de modo especial los Orientales. Es una luz mariana proyectada sobre el ecumenismo. De modo particular, deseo recordar todavía que, durante el Año Mariano, se celebrará el Milenio del bautismo de San Vladimiro, Gran Príncipe de Kiev (a. 988), que dió comienzo al cristianismo en los territorios de Europa Oriental; y que por este camino, mediante la obra de evangelización, el cristianismo se extendió también más allá de Europa. Por lo tanto, queremos, especialmente a lo largo de este Año, unirnos en plegaria con cuantos celebran el Milenio de este bautismo, ortodoxos y católicos, renovando y confirmando con el Con?cilio aquellos sentimientos de gozo y de consolación porque «los orientales (... ) corren parejos con nosotros por su impulso fervoroso y ánimo en el culto de la Virgen Madre de Dios». Aunque experimentamos todavía los dolorosos afectos de la separación, acaecida algunas décadas más tarde (a. 1054), podemos decir que ante la madre de Cristo nos sentimos verdaderos hermanos y hermanas en el ámbito de aquel pueblo mesiánico, llamado a ser una única familia de Dios en la tierra, como anunciaba ya al comienzo del Año Nuevo: «Deseamos confirmar esta herencia universal a todos los hijos y las hijas de la tierra».

(Redemptoris Mater, nº 50)






Los iconos

Por Rodolfo Puigdollers

¿ Qué son los iconos?

Actualmente entre los católicos occidentales se oye hablar bastante de los iconos. No es extraño ver en las capillas o en las Asambleas una reproducción de alguna tabla bizantina. En algunos monasterios y comunidades se pueden adquirir láminas montadas sobre madera. Pero ¿qué son propiamente los iconos?

La palabra icono es una palabra griega (eikon) que significa "imagen". En el arte cristiano se aplica a las tablas religiosas pintadas para la veneración litúrgica que representan a Jesucristo, la Virgen o los Santos.

Se trata siempre de tablas de madera pintadas. Y constituyen la más alta expresión artística y espiritual del cristianismo oriental.


Presencia

La primera característica de los iconos es que son un tipo de pintura que intentan más que evocar el recuerdo de una persona o de una escena, hacer presente la persona o el misterio reflejado. Desde el punto de vista espiritual son pinturas realizadas desde la oración y para la oración.

Según la tradición los pintores de iconos, que son generalmente monges que pintan apoyados por la oración y la penitencia de todo el monasterio, inician su servicio pintando el icono de la Transfiguración del Señor. De este modo se manifiesta que el icono intenta expresar con las formas sensibles la realidad glorificada.

El origen de la técnica de los iconos se encuentra seguramente en la pintura romana con la que se representaba el rostro de los difuntos para conservar su memoria y en los retratos del emperador que intentaban expresar la presencia de su propia persona.

Los iconos hacen así presente a Jesucristo, a la Virgen o a los santos. No se trata simplemente de una representación, sino de un sacramental que encierra en sí una cierta presencia. Por eso, delante de los iconos hay siempre una vela encendida que recuerda este tipo de presencia y que invita a la oración

Espejo

El icono es así el reflejo de la realidad espiritual. A través de la imagen sagrada o de la representación del misterio se está expresando y haciendo presente el misterio salvador de Jesucristo. Se trata de una contemplación "como en un espejo".

A través de diversos planos de profundidad, quien ora ante el icono puede contemplar y adentrarse en el misterio de Cristo. Es siempre el Cristo resucitado presente en medio de su Iglesia el que aparece en los iconos. Aun cuando correspondería representar a Jesús Niño, siempre se representa a Cristo adulto, el que murió por nosotros y que resucitado está en medio de la comunidad creyente.

La figura de María no es tan sólo la muchacha de Nazaret, sino en lo más profundo de su misterio es la Virgen-Madre de Dios, prototipo de la Iglesia, reflejo del misterio que se realiza en la comunidad cristiana.

De este modo, contemplando el icono, uno se adentra dentro del misterio de la Trinidad Santísima.

Pintura hecha liturgia

Para entender los iconos hay que comprenderlos como pinturas nacidas en la liturgia y realizadas para la liturgia. Nacen de la alabanza del pueblo cristiano reunido en asamblea y son pintadas para expresar el contenido de la sagrada liturgia. Como dice Evdokimov, son "pintura hecha liturgia".

En la liturgia oriental los iconos son incensados del mismo modo que el pueblo creyente es incensado, como expresión de la vocación a la santidad que ha recibido. Por eso, podemos decir que en el icono se hace presente toda la Iglesia en su misterio más profundo.

No se tratan de un mero adorno, ni de una simple imagen religiosa. Son la expresión de la Iglesia orante, de la Iglesia que alaba, contempla e intercede en Jesucristo ante el Padre. Son expresión de la liturgia celeste. De este modo el acercarse a un icono, el besarlo, el orar ante él, nos lleva a esa liturgia celeste y a la asamblea de la comunidad en oración.

A las fuentes de la unidad

Los iconos forman parte del acerbo espiritual de la Iglesia de Oriente. Es un hecho innegable. Algunos piensan por ello que se trata de una sensibilidad espiritual que no se corresponde con la nuestra, y que por lo tanto deben ser mirados solamente como una reliquia oriental.

Sin embargo, los iconos tienen sus orígenes hacia el siglo IV en un momento de la historia en que la Iglesia se presenta en toda su unidad. Los mosaicos de algunas iglesias romanas de esta época están muy cercanos al estilo de los iconos. Uno de los focos fundamentales de donde nacen los iconos es el convento de Santa Catalina, en el monte Sinaí. Allí se conservan dos de los iconos más antiguos: una "Teótocos" del siglo VI, un S. Pedro del siglo VII y uno que representa a Jesucristo.

Los iconos son un reflejo de la espiritualidad de la Iglesia anteriores a la gran división del siglo XI. Acercarse a los iconos es así acercarse un poco más a la fuente de la unidad. Las imágenes más antiguas de la Virgen que se nos han conservado en Roma son las pinturas de las catacumbas, los mosaicos del s. IV precursores de los iconos y algunos iconos: la célebre Virgen "Salus Populi Romani", que se conserva en la basílica de Santa María la Mayor (s. VIII-IX), una Virgen con el Niño que se conserva en la sacristía de la iglesia de Santa Francisca Romana (s. V).

No podemos olvidar que el arte románico, tan importante en nuestras tierras y que nos ha dado algunas de las representaciones religiosas más populares, deriva del arte bizantino y del arte de los iconos.

Tipos de iconos

Los iconos reproducen siempre una serie de temas fundamentales que el pintor ha recibido de la tradición y en los que no introduce grandes variantes. Podemos clasificarlos del modo siguientes: iconos teofánicos (que expresan la divinidad), iconos de las fiestas, iconos marianos e iconos hagiográficos (que representan a los santos).

Los temas más conocidos de los iconos teofánicos son la Trinidad (representada bajo la forma de los tres ángeles que visitan a Abraham), el Pantocrator (que representa a Jesucristo como Señor y Creador del universo), la "Deisis" (que representa la intercesión de María y de Juan Bautista frente a Jesucristo), la Sabiduría Divina (la "Sophia"), la Santa Faz, el Juicio Final.

De los iconos que representan los misterios de la vida del Señor o de la Virgen destacan los de las Doce fiestas de la liturgia ortodoxa: la Anunciación, la Natividad, la Presentación de Jesús en el Templo, el Bautismo de Jesús, la Transfiguración, la resurrección de Lázaro, la entrada de Jesús en Jerusalén, la Crucifixión, la Anástasis (o Resurrección del Señor), la Ascensión, Pentecostés y la Dormición de la Virgen.

De los iconos que representan a la Virgen María los principales son: la forma "Theótocos" o Madre de Dios (que representa a la Virgen sentada en un trono con el Niño en sus rodillas), la Virgen Orante (una de cuyas formas es la "Virgen del Signo", de origen ruso, que la representa con las manos levantadas y el Niño en un círculo sobre el pecho), la Virgen "Odigitría" (es decir, la Virgen guía, que nos muestra a Jesús a quien sostiene en sus brazos: así el icono de Santa María la Mayor, la Virgen del Perpetuo Socorro, la Virgen de Czestochowa), y la Virgen "Eleusa" (o de la Ternura, que muestra a la Virgen acariciada por el Niño, como el conocido icono de la Virgen de Vladimir).







El rostro de los rostros


Por Olivier Clément


¿Qué es un icono?

Para mí, el icono, es en primer lugar esto: que Dios se ha encarnado, que Dios no es solamente una palabra que se ha dejado escuchar por los profetas. Sino que Le hemos visto, Le hemos tocado, Le hemos contemplado; los verbos de visión van al lado de los verbos de audición en el Nuevo Testamento. Dios se ha hecho rostro; Dios ha sido un rostro, un rostro que es el rostro de los rostros, un rostro que me permite descubrir al otro como un rostro. Pues, para mí, el icono es en primer lugar el rostro de Dios. Dios se ha hecho rostro y me permite reconocer al prójimo como rostro.

El rostro de la luz santa

A continuación está el rostro de los santos, el rostro de la Madre de Dios, el rostro de las personas que se han hecho transparentes a la gracia. Es ya, por consiguiente, una apertura al Reino. El icono debe ser fiel a su modelo, en la medida en que esto es posible, por supuesto; y en lo que concierne a los principales apóstoles, hay un tipo casi tradicional: se reconoce a S. Juan, se reconoce a S. Pedro, se reconoce a S. Pablo, se reconoce a S. Serafín de Sarov. Son amigos; los amigos de Dios, como dice S. Juan Damasceno.

Los amigos de Dios

Y estos amigos de Dios se con vierten en mis amigos. No estamos solos; nadie está solo. Estamos llenos de soledad y de frío: la Iglesia debería ser esta inmensa amistad, con seres que no son sin amistad. Y una amistad totalmente desinteresada en este mundo en que estamos y en que la amistad está siempre o sectarizada, o sexualizada, o politizada, y en que hay esta espera de una amistad desinteresada.

El icono es, pues, Cristo, Dios que se ha hecho rostro; y luego los rostros de todos los amigos de Dios, y que son mis amigos y me introducen en su círculo.

Y el icono representa ya el Reino de Dios, anticipa el Reino a partir del solo lugar en que nosotros lo vemos anticiparse desde aquí abajo y que es el rostro humano. El Reino de Dios se anticipa, creo yo, concretamente, sea a partir de la belleza del mundo -la belleza del mundo es un icono del Reino, pero la belleza del mundo es ambigua-, sea a partir de ciertos rostros, ciertos rostros ancianos, configurados por una larga vida y que no se han ensombrecido con el resentimiento, con la amargura, con el miedo a la muerte, que no caminan marcha atrás hacia la muerte, que saben dónde están, que reencuentran el espíritu de infancia.


Todo rostro humano es un icono

Pienso en lo que dijo una vez el gran cineasta sueco Bergmann: lo que le había dado la posibilidad de vivir, el gusto de vivir era el rostro de una anciana mujer, en una isla de Suecia. Tenía un aspecto tan lleno de confianza y de gozo, cuando estaba en las fronteras entre la vida y la muerte, que le dio ganas de vivir.

Y el icono es esto. El icono nos ayuda al mismo tiempo a descifrar todo rostro humano como un icono. Todo rostro humano es un icono. Toda persona, por más destruida que esté por su destino, por el destino de la historia, de la civilización, lleva en él, bajo todas las máscaras, bajo todas las cenizas, la perla preciosa, este rostro secreto. Cuando el sacerdote inciensa, en una iglesia ortodoxa, inciensa cada icono, e inciensa a cada fiel; e inciensa en cada fiel la posibilidad de icono, en cierta manera la posibilidad de la última belleza, la verdadera belleza.


(Publicado en la revista "Prier", nº Icones; traducción de KOINONIA)








El icono de la Santísima Trinidad


El icono de Andrei Rublev

Entre los iconos de la Santísima Trinidad, el más conocido es el pintado por el monje Andrei Rublev, el cual es considerado como una de las más preciosas joyas del arte universal. El santo iconógrafo lo pintó para el iconostasio de la iglesia del Monasterio de la Trinidad, fundado a principios del s. XV por S. Sergio de Rádonezh
.
En este icono se pueden distinguir tres planos superpuestos. En primer lugar la reminiscencia de la narración bíblica de los tres peregrinos que se acercan a Abraham (Gn 18, 1-15). La supresión de los rostros de Abraham y Sara invita a penetrar en el icono con mayor intensidad y a pasar al segundo plano, el de la economía divina. Los tres peregrinos forman el "Consejo Eterno" y el paisaje cambia de significado: la tienda de Abraham se convierte en el palacio-templo; la encina de Mambré, en el árbol de la vida; el cosmos en una copa esquemática, signo ligero de su presencia. El cordero sobre la bandeja deja su lugar a la copa eucarística.

La presencia de Dios

Los ángeles, ágiles y esbeltos, nos muestran el cosmos. Sus alas, y también la manera esquemática de tratar el paisaje, dan la impresión inmediata de algo inmaterial, de la ausencia de la gravedad terrenal. Por el hecho de no haber perspectiva, desaparece la distancia, profundidad en la que todo está sumergido en la lejanía y, por el efecto contrario, acerca las figuras, muestra que Dios está allí y en todas partes. La agilidad alegre del conjunto, secreto del genio de Rublev, se forma de una visión alada.

Los tres personajes mantienen una conversación. El tema habría de ser el texto de Juan: "tanto ha amado Dios al mundo que le ha dado su Hijo unigénito".

El movimiento del amor

El tercer plano, intradivino, sólo está sugerido. Es transcendente e inaccesible. Pero ciertamente presente, ya que la economía de la salvación brota de la vida interior de Dios.

En su esencia trina Dios es amor en sí mismo, y su amor es trinitaria. La copa expresa el don de si mismo, la sobreabundancia del amor, los ángeles se reúnen alrededor del alimento divino. El contenido de la copa es el Cordero. Esto hace referencia a la palabra del Apocalipsis: "El Cordero de Dios ha sido inmolado antes de la creación del mundo". El amor, el sacrificio y la inmolación preceden al acto de la creación del mundo, son su fuente.

Los tres ángeles están en reposo. Es la paz suprema del ser en sí. Pero este reposo es un auténtico "éxtasis", salida de sí mismo. Toda la paradoja está en este éxtasis que se continúa en su propia profundidad. San Gregorio de Nisa expresó muy bien este misterio: "La paradoja más grande es que la estabilidad y el movimiento sean lo mismo".

Unidad e igualdad

El movimiento surge del pie izquierdo del ángel de la derecha, continúa en la inclinación de su cabeza, pasa al ángel del medio, se extiende irremisiblemente al cosmos, la roca y el árbol, para entrar en reposo a través de la posición vertical del ángel de la izquierda. Junto a este movimiento circular, cuya finalidad es dirigir todo lo que existe tal como la eternidad rige el tiempo, la vertical del templo y los cetros muestran la aspiración de aquello que es terreno hacia lo que es celestial, donde el impulso encuentra su fin.

Esta visión de Dios irradia de la verdad transcendente del dogma. De la concepción de los ángeles de Rublev se deduce la unidad y la igualdad -un ángel se podría tomar por los otros. La diferencia aparece en la actitud personal de cada uno hacia los otros y a pesar de eso no hay repetición ni confusión. El oro de los iconos designa siempre la divinidad, su sobreabundancia; las alas de los ángeles lo abrazan todo con su amplitud, los contornos interiores de sus alas de color azul ponen de relieve la unidad y el carácter celestial de su única naturaleza. Los cetros idénticos, signos de poder real, que tiene cada ángel expresan un solo Dios y tres personas perfectamente iguales. La forma divina de la unidad trina nos contempla, transciende nuestras divisiones y rupturas. Es una llamada imperiosa que actúa por su sola realidad y por su simple existencia" .

(Traducido de "Les Saintes Icones")









Del icono de la Trinidad al amor del Hijo de Dios


Por Mª del Carmen Martínez de Sas


La unión con Dios

Cuando se puede contemplar un icono con los ojos cerrados porque ya se ha grabado en el corazón, la viveza de sus colores, la riqueza de su figuras se hacen presencia en uno mismo.

Es contemplando en el propio corazón el icono de la Trinidad, que uno percibe que está habitado por Dios. Se hace entonces posible la oración sin palabras, el entendimiento sin discurso. Se entiende así que Dios sea Padre, Hijo y Espíritu Santo, que sea en sí mismo un solo Dios y Tres personas.

El Hijo está en el Padre por el Espíritu Santo, y por ese mismo Espíritu, el Padre y el Hijo están en mí, llegando a entender que sin el Padre y el Hijo uno mismo no sería, uno no existiría. Al captar esta unidad profundísima con Dios se puede entrever que, de una manera semejante, se da la unidad de un solo Dios en su diversidad de personas.

La unidad en Dios

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no podrían ser el uno sin los otros dos, por eso son Uno siendo Tres.

No poder ser radicalmente sin otra u otras personas es la unidad en la diversidad. La unidad en Dios no se da al estilo humano, por el intento de comprender al otro, o por la mutua simpatía, o por tener aguante y luchar contra la discordia y la división. La unidad en Dios y a la que nosotros estamos llamados con El y entre nosotros es a no poder existir, a no poder ser sin El, sin los otros.

De los primeros cristianos se decía que tenían un solo corazón y una sola alma (Hch 4, 32). Es en lo esencial del ser humano, en su corazón y en su alma donde podemos alcanzar la unidad de unos con otros.

La unidad es un atributo de Dios, propio sólo de su perfección, pero aquellos que reconocen en su corazón y en su alma el estar habitados por Dios tienen el don de la unidad al alcance de sus manos, porque saben que ellos mismos han nacido de la fuente mismísima de la unidad que es la Trinidad de Dios.

El amor del Padre

Contemplar el icono de la Trinidad en el propio corazón es percibir el Amor del Padre al Hijo y desear estar en el Padre, porque sólo desde El se puede amar al Hijo; es poder recibir al Hijo oyendo del Padre estas palabras: «Tú, siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo» (Lc 15, 31). Nada hay que sea tan del Padre como su Hijo, el Amado, en el que se complace (Mc 1, 11).

Amar al Hijo con el Amor del Padre es entrar en la unidad de Dios por el Espíritu Santo. Sentir la propia alma, el propio ser unido al Padre en su Amor al Hijo, es mucho sentir. ¿Quién podría resistirlo?

Hay pasajes de los Evangelios que preparan el corazón humano para llegar paso a paso a la unidad con el Padre en su Amor al Hijo: «Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único» (Jn 3, 16).

Sentirse carne y sangre, sentirse mundo, sentirse contradicción y debilidad es algo por todos experimentado. Añadir a esta experiencia el conocimiento que nos revela S. Juan -"tanto nos amó Dios, que nos ha entregado a su Hijo"-, es el primer paso para desear abrir los brazos a ese Hijo que el Padre nos entrega porque nos ama.

María

Los primeros brazos que se abrieron desde esta tierra al Hijo de Dios fueron los de una mujer. María fue la primera que entendió que podía amar al Hijo de Dios con el Amor del Padre. Por eso se encontró que había concebido en su seno, no una criatura nacida de la carne y de la sangre, sino que había recibido en su seno al mismo Hijo de Dios. El que es engendrado eternamente en los cielos, no podía ser engendrado en la tierra sino por ese mismo Amor del que María participó por don, por generosidad del Padre.

Pero puede ser aún mucha pretensión el intentar compararse a María, y eso que Ella no es más que una mujer, y decir mujer es algo así como decir sierva «casi» por naturaleza, pero con todo María ha sido ensalzada por todas las generaciones (Lc 1, 48) Y todos reconocemos en Ella la obra de Dios, por su apertura total al Espíritu Santo, que la llenó de gracia y de santidad y la transformó en la Madre de Dios, en la más hermosa de todas las mujeres, para las que es orgullo y señera de la dignidad de la humanidad.

El sepulcro

Pero hay aún en el Evangelio de Juan otra imagen más en consonancia con nuestra nada, imagen que nos ilumina lo que puede significar abrirse y acoger el Don del Padre, acoger a su Hijo amado que se nos entrega, sin apariencia ni de Dios ni de hombre, hecho desprestigio y maldición «varón de dolores ante quien se gira el rostro» (ls 53, 3).

Ante el Jesús casi glorioso y transfigurado del Tabor puede que muchos nos sintiéramos demasiado miserables para abrirle nuestros brazos y nuestro corazón, pero ¿quién no tiene sentimientos de piedad ante uno que ha sido abandonado, humillado y condenado injustamente? La tierra, con sus entrañas de roca, se abrió en sepultura para acoger aquel despojo humano del Jesús muerto en cruz. Hasta tal punto había llegado el Padre en su entrega del Hijo amado, que ni la rudeza de la tierra se resistió a recibirle en sus duras entrañas. Aquel sepulcro de Jerusalén, excavado en la roca, es buena imagen de lo que es nuestro corazón. El Padre ha entregado en él a su Hijo santo y amado, que se ha hecho cadáver para entrar en él; pero el Padre no entrega al Hijo sino a quien se ha dejado invadir por el Espíritu Santo, porque es en el Espíritu Santo que el Hijo vuelve al Padre.

Jesús, el Hijo de Dios, hecho cadáver humano fue depositado en un sepulcro vacío excavado en una roca. De no haber sido así, el Hijo de Dios nunca hubiera entrado en las negras entrañas de la muerte; en las negras entrañas de este mundo nunca hubiera sido arrojada la semilla de la vida eterna, ni en los surcos de esta tierra ni en nuestros corazones, de los que brota la Resurrección y la Vida.


Nuestro pobre corazón

Ver el propio corazón como sepulcro vacío, excavado en la roca de la dureza de cada uno, no es demasiado pretencioso, es una imagen dura, sí, pero realista. ¿Cómo mirar al Cristo que bajan de la Cruz y cerrarle las entrañas? Nadie, nadie puede hacerlo. El dolor del inocente nos sacude, la muerte del justo nos hace tomar partido por él, y eso ya es tanto como empezar a amarle aunque sólo se le pueda ofrecer el sepulcro duro y frío de nuestro corazón.

Amar al Hijo de Dios, acogiendo su dolor en nuestro propio corazón, es ya promesa de vida nueva, es haberse abierto al Espíritu Santo (“Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» Mt 25, 40). No importa ser tan sólo un sepulcro duro y frío si está lleno del Espíritu Santo, desde él el Hijo vuelve al Padre llevándonos a Él como el fruto que nace de la Vid.

Quien acoge al Hijo lo hace en el Espíritu Santo, que es lo mismo que decir: Quien ama al Hijo de Dios lo ama con el Amor del Padre.

Perderse en ese Amor al Hijo de Dios, llenarse del Espíritu Santo, he ahí la tarea única que se nos da para que la vida sea entrada en la unidad de la Trinidad de Dios.

Padre, danos tu Espíritu

Grabar su icono en el propio corazón puede ser un estilo de orar que es tanto como un estilo de vivir de Dios, en Dios y para Dios.

Una pregunta puede asaltar a nuestra mente: ¿Cómo sucederá esto de que yo pueda amar al Hijo de Dios con el Amor del Padre? ¿Cómo hacer para llenarse del Espíritu Santo?

La respuesta la dio Jesús, el Hijo de Dios: “Si vosotros que sois malos (y es verdad, dicho sea entre paréntesis, que somos malos) ¿cómo vuestro Padre celestial no va a dar el Espíritu Santo a quien se lo pida? (y esto sí que es segurísimo)”.

Cualquier momento y lugar es apto para hacer una petición que va a ser escuchada hágala quien la haga. Por eso volvamos nuestra mirada al Padre para decirle sencilla y llanamente: Padre, Padre Santo, danos tu Espíritu; llénanos de Él, es nuestro gran deseo, más aún, es nuestra única necesidad.






El icono de la Navidad



La Iglesia oriental canta en Navidad, antes de la doxología de los salmos:

"¿Qué te ofreceremos, oh Cristo, que apareces como hombre sobre la tierra? Cada una de tus criaturas te da gracias: los ángeles te ofrecen cantos; los cielos, las estrellas; los magos, sus presentes; los pastores, su admiración; la tierra, la cueva; el desierto, el calor; y nosotros, la Virgen María. Tú que existes desde antes de los siglos, oh Dios, ten piedad de nosotros".

Este texto litúrgico es un sobrio comentario del icono de Navidad. En el que vemos, como centro, a Jesús y María. El simbolismo de la cueva llena de oscuridad, en la que está el Niño envuelto entre vendas. Con su nacimiento el Señor inaugura la Redención: "Has bajado a la tierra para salvar a Adán y, al no encontrarlo, oh Maestro, lo has ido a buscar a los infiernos". Contemplando este triángulo negro, el creyente comprende que, en el momento del Nacimiento, María y José no han encontrado lugar en el hostal y que "se ofrece la gruta a la Reina como un espléndido palacio" (Prefacio de la Vigilia de Navidad). Pero se puede ir más lejos. El icono no es un cliché de lo que sucedió, sino que nos sitúa en la perspectiva de la fe. Por ello el creyente comprende, a través del simbolismo de la cueva, que la Encarnación es la misericordiosa respuesta del Padre a la desesperación del ser humano sin Dios o contra Dios.

Este es el mismo tema que ilustran las vendas con las que está envuelto el niño Jesús; son semejantes a las que fueron dejadas en el sepulcro vacío después de la Resurrección: la Redención forma una unidad que se inaugura en la Encarnación. Esta dimensión del Misterio resalta sobre todo en los Padres Griegos. Por parte de los latinos, sin embargo, hay que citar a San León el Grande que orienta un sermón de Navidad en este sentido: por su Encarnación y muerte, Cristo ha salido victorioso del pecado y de la muerte, restableciendo la humanidad de una manera más admirable aún de como la había creado.

El fondo de color púrpura sobre el que yace María, tiene mucha importancia. Esta única mancha de color cálido, evoca los primeros siglos de la historia de la Iglesia, la lenta y animosa elaboración teológica de la Revelación que le fue confiada de forma definitiva, las luchas doctrinales y las magistrales definiciones conciliares. En efecto, el misterio de la Encarnación es el misterio de una de las tres Personas de la Trinidad que ha tomado naturaleza humana en las entrañas de la Virgen María. Es preciso comprender la trabazón que existe entre el dogma cristológico y María. Si, como pretendían algunos herejes, había dos personas en Cristo, María sería la madre de un hombre. Pero en el Salvador hay sólo una persona, la del Hijo de Dios. La Virgen María, por tanto, tiene con toda justicia el título extraordinario de Madre de Dios. Es bajo este título que todo el Oriente cristiano la llama, la bendice, la canta...

En la parte posterior del icono, los ángeles adornan al Hijo de Dios encarnado para salvar a la humanidad. A la izquierda y a la derecha de la parte central, los Magos se acercan para ofrecer sus presentes y un pastor toca la trompeta para anunciar la Buena Nueva que ha escuchado del ángel.

En la parte inferior izquierda, el icono representa la tradicional tentación de San José tentado por el demonio, en forma de pastor, sobre la concepción virginal de María. Este motivo sigue una tradición apócrifa.

En uno de los rincones inferiores, dos mujeres lavan al Niño. Vemos pues, al Señor representado dos veces. La iconografía quiere revelarnos, a su estilo, lo que la Iglesia profesa referente a las dos naturalezas de Jesucristo. En el centro, el Niño de la gruta se nos muestra como el Hijo de Dios, quien no tiene necesidad de criatura alguna para realizar su obra salvadora. En el rincón inferior el niño que retienen las mujeres nos muestra su humanidad, la necesidad que tiene, igual que toda criatura humana, de recibir ayuda, cuidados, alimentos y amor. La miranda de ternura que le dirige su Madre, desde el centro del icono, corrobora esta revelación.

Este detalle, en el que no es frecuente detenerse, nos muestra claramente que la iconografía va más allá de la anécdota cuando presenta el mensaje fundamental.

Desde el centro superior bajan hacia el Niño tres rayos de luz. En algunos iconos de la Navidad se puede leer: "Ángeles del Señor", en la parte superior y en el centro: "Natividad de nuestro Señor Jesucristo". Cerca del ángel que anuncia se encuentra también, a veces: ?"No tengáis miedo, pues os anuncio una gran alegría".


(Traducido de "Les Saintes icones")









El Icono de Santa María del Jaire


Por Mª del Carmen Martínez de Sas



El icono de Sta. María del Jaire fue pintado en Rusia en el s. XIX, probablemente para una comunidad familiar. Desde 1968 su original se venera en Roma en el Monasterio Ruso Uspenskij. La advocación "Sta. María del Jaire" nació en Granollers en 1980, donde en el año en curso (1988) se ha dedicado una iglesia parroquial que ha tomado este nombre (situada en el barrio de La Torreta, La Roca) y se ha bendecido un nuevo Icono.

El pasaje bíblico que inspira este icono es la profecía de Isaías a Ajaz: "El Señor mismo va a daros una señal: 'He aquí que una virgen está en cinta y va a dar a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel''' (Is 7, 14). Se trata de un icono de los que se conocen con el nombre de la Virgen del Signo, o grupo de iconos en los que aparece representada María con Jesús en su seno, recordando la Encarnación.

Está pintado en una tabla de madera de 26x30 cm., sobre una fina lámina de oro, lo que le da una gran belleza y luminosidad.


Los signos que aparecen en este icono

Como todos los iconos, requiere ser mirado con unos ojos pacientes, capaces de reposar sobre él sin prisas. Se podría decir que todo es oro y luz combinados de tal manera que hacen surgir la pintura. Se trata de un icono de María, nos la presenta como Virgen y como Madre de Dios.

La virginidad queda expresada en las tres estrellas que aparecen brillando con luz blanca sobre el manto de María, situadas una sobre cada hombro y una tercera sobre la frente. Significan, según el lenguaje de los iconos, que María es virgen antes del parto, en el parto y después del parto.

La presencia de Jesús en su seno, que se hace transparencia en un círculo de luz, nos habla de la Encarnación del Hijo de Dios en María. Nos la presenta por tanto como la Madre de Dios.

María es representada con los brazos levantados. Esta actitud orante de María nos lleva a escuchar el diálogo de la Anunciación (Lc 1, 26-38), el saludo del Ángel "Jaire, María" que quiere decir: "Alégrate, llena de gracia. Alégrate, María, porque el Señor está contigo".

María, misma es un signo, un signo de la Iglesia que en su universalidad forma frente a Dios un solo cuerpo bien unido y trabado por muchos y diferentes miembros. Un cuerpo que tiene la misma misión de María: encamar en nuestro mundo al Hijo de Dios, darlo a luz en el hoy de la historia, hacerla cercano y presente en cada época, en cada rincón del mundo, a través de cada comunidad cristiana que vive enraizada en la sociedad, pero que levanta sus brazos y su corazón al cielo en continua oración y recibiendo el saludo de parte de Dios: "Jaire, alégrate que Yo estoy contigo".

Una vez que se ha entendido que María es signo de la Iglesia, se puede percibir que este icono tiene un mensaje central: "La Eucaristía". El pan de la Eucaristía es redondo, Jesús aparece en un círculo de luz intensísima. Cuando se puede contemplar el original de este icono, llama la atención la viveza de esta luz que rodea a Jesús, subrayando con ello la idea fundamental que quiere comunicarnos: Jesús Eucaristía está presente en su Iglesia y de ahí la actualidad del saludo "Jaire, alégrate, que Yo estoy contigo".

Jesús sostiene en su mano izquierda el rollo de las Sagradas Escrituras, mientras su derecha se alza para bendecir, derramando su Santo Espíritu. La Palabra de Dios y el Espíritu de Jesús son los dones por excelencia que recibimos en la Eucaristía.

Cuatro Santos, a modo de columnas laterales, enmarcan el icono. A la izquierda de María dos santos mártires, San Cosme y San Damián conocidos, también como los "Santos Médicos". No es difícil interpretar su significado: dar la vida en el cuidado de quienes sufren hasta la última gota de la propia sangre. San Cosme y San Damián también nos traen el recuerdo de San Francisco de Asís, el santo de la perfecta alegría, aquél que inició su conversión en la ermita de San Damián, en Asís, y en ella dialogó con el Crucificado a fin de restaurar y renovar su Iglesia que amenazaba ruina. San Come y San Damián, ermitas restauradas por Francisco de Asís. He ahí otro signo o llamada de Dios que recibimos a través de este icono: renovar la Iglesia de Jesús.

A la derecha de María, en la parte superior, está pintado San Pantaleón, también médico y mártir. De él sabemos, por la etimología de su nombre, que es "quien tiene misericordia de todo". Esto nos apunta el único camino a seguir como Iglesia de Jesús, nos apunta el camino de la nueva encarnación de Dios en nuestras vidas el camino del amor a los más pequeños. La misericordia es dejar escapar el corazón junto al que no es nada, junto al mísero, el llorar la pasión de Cristo en el dolor del hermano hasta hacerla propia, identificándose así con Aquél que cargó con el dolor de la humanidad.

El cuarto santo, en la parte inferior, es un monje ruso de nombre Pedro. Dos cosas nos expresa este santo: por llamarse Pedro nos recuerda la Iglesia universal, fundada sobre la roca que es Pedro, a la que está vinculada toda comunidad cristiana por la unidad de la misma fe, y en la que nace todo cristiano por un único Bautismo; por ser monje, nos recuerda la búsqueda de Dios a través de la oración continua, que es, junto con la misericordia, la forma más auténtica de encarnar en el hoy de la historia el Rostro siempre amable de Jesús, el Señor.

Meditación sobre el icono

Una vez conocidos los signos del icono, descubiertos en la oración perseverante, uno puede entrar en él como quien se adentra en un bosque, dispuesto a descubrir novedades, a descubrir vida, a descubrir presencias insospechadas. Lo que sucedió en María sucede en la Iglesia, sucede en cada comunidad cristiana. El acontecimiento que dió a María su identidad peculiar fue la Encarnación del Hijo de Dios en sus entrañas de mujer.

María acoge la voluntad del Padre y responde a ella con un "Hágase en mí según tu Palabra" (Lc 1, 38). Acoge la voluntad del Padre con infinito amor, porque el Espíritu Santo reposa sobre Ella, y he aquí que en un lugar de nuestra tierra, en Nazaret, una mujer es capaz de amar tanto a Dios que puede llamarle "Hijo". Es el momento en que se inician las bodas eternas entre Dios y la humanidad. Lo que sucede en los cielos, el Padre que engendra eternamente al Verbo por el Amor con que le ama, comienza a suceder en la tierra, por la gracia de Dios, por la virtud del Espíritu Santo que se derrama primero sobre María, luego sobre la Iglesia.

Dice la profecía de Isaías que una virgen está en cinta y va a dar a luz un hijo, dice el evangelio de Lucas que fue enviado un ángel de Dios a una virgen de Nazaret, insiste también la Iglesia en la virginidad perpetua de María, reflejada en este icono con el simbolismo de las tres estrellas. Tanta insistencia nos lleva a comprender que la virginidad es propia de la humanidad entera, es el reclamo que siempre le está recordando que nada hay en sí misma ni a su alrededor que la colme plenamente de la felicidad que ansía, la respuesta que espera a su ardor incontenible de plenitud solo la tiene su Creador, hacia quien es conducida "como novia que se adorna con sus joyas" (Is 61, 10).

La virginidad brilla como estrella luminosa especialmente en María de Nazaret, porque Ella es la novia en la que se anticipan las bodas entre Dios y la humanidad, y desde este destello de la virgen de Nazaret, la Iglesia vive la virginidad como expresión de que su sed de plenitud sólo se sacia en Dios.

La virginidad vista con ojos humanos es pobreza, es no poseer a nadie; vista con mirada cristiana, es esperanza de plenitud; y vista desde Dios es ya fuente de riqueza, porque es deseo de Él, deseo que Él colma con su propia donación, y por eso "una virgen concibe y da a luz un Hijo, que será grande, que será llamado Hijo del Altísimo" (Lc 1, 35). Y por eso una Virgen es Madre de Dios. Dios se hace presente como Hijo en María y por Ella la humanidad se hace madre de su propio Creador.

Contemplación del icono

No hay palabras en la contemplación, sólo amor, que no se puede describir. Cuando de tanto mirarlo se ha grabado el icono en el propio corazón, para contemplarlo basta cerrar los ojos y su dinamismo hace resonar la voz de Dios que se percibe en el silencio:

"Tanto he amado al mundo que le he entregado a mi hijo unigénito" (Cf. Jn 3, 16).

Así quien mira con los ojos de Dios, descubre que la Encarnación del Verbo en María se prolonga en la Iglesia, que el Jesús Resucitado nos llega por la Iglesia, que ofrecer a Dios pan y vino es ofrecerle nuestra humanidad para que Él tome de ella sus rasgos y la una a Él, la transforme a Él y se haga presente no sólo en el pan y vino eucarísticos, sino en nuestras vidas, por el perdón continuo, por el amor y la misericordia, por la fortaleza en la donación constante de la vida, por la alegría que vence al mal con el bien. Contemplar el icono con los ojos cerrados es percibir ese amor loco de Dios por la humanidad, es percibir su deseo irresistible de unirse a ella, de entregarse hasta llegar a identificarse con lo más pobre, con lo más pequeño que haya en este mundo y desde ahí comunicarse y entregarse a quien le tienda su mano: "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a Mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40). De una forma mística, esto es misteriosa pero perceptible en la fe, podemos percibir a Jesús suplicando nuestro amor y nuestros cuidados en todas aquellas personas que sufren por una causa o por otra. He ahí donde la pobreza es fuente de riqueza, donde se vive la paradoja de que una virgen es madre, donde se recibe a Dios como a Hijo "porque nada hay imposible para Dios" (Lc 1, 37), donde se capta su deseo eterno de unirse a la humanidad, de hacer de cada ser humano la expresión de su esencia, de su Amor que se entrega, esperando de cada creyente que encarne su Amor. De forma semejante a como sucedió en María, de forma semejante a como sucede en el pan y el vino eucarísticos, así también suceda en nuestras vidas.

Contemplar un icono es mirarlo con los ojos de fe, es mirarlo en Dios, en oración, es grabarlo en el propio corazón de una forma tan real y dinámica que el mayor deseo es hacer de la propia vida su reproducción más perfecta.