LOS FRUTOS DEL ESPIRITU SANTO.

MADURAN EN EL ARBOL DE LA GRACIA,

QUE TIENE SUS RAICES EN NUESTRO CORAZON

Por varios autores.

La nuestra es una vocación de plenitud, de frutos sabrosos de santidad. Convertidos en hijos de Dios por el Bautismo, recibimos el Espíritu Santo que es «Señor y dador de vida», vida incontenible que desborda en virtudes, dones y frutos. Las virtudes infusas nos hacen actuar sobrenaturalmente juzgando las cosas a la luz de Dios y movidos sólo por la fe. Los dones, a su vez, abren el alma a las inspiraciones divinas, a impulsos santos que se traducen en gracias actuales. Tanta riqueza derramada sobre nosotros, busca un sólo fin: «Eres huerto cerrado, hermana mía, novia; tus brotes, un paraíso de granados con frutos exquisitos.» Esos frutos tienen dueño: «Entre mi Amado en su huerto y coma de sus frutos exquisitos.» Exquisitos porque son el comienzo y el fin de una predilección de Dios: «Os he elegido para que vayáis y deis fruto y que vuestro fruto permanezca (Jn 15,16). Santo Tomás ve los frutos como una quinta esencia, como «los últimos y deleitables productos - ¡casi se pueden tocar!-, de la acción del Espíritu Santo en nosotros». El fruto es proclamación de la raíz: consecuencia final. Nacen del hondón del alma pero deben crecer, dar flores, madurar y derramar su gota de almíbar como llanto de gloria por la semilla que supo morir. De algo estamos todos seguros: cualquier fruto hace más evidentes los pasos que van de Dios a mí que los que van de mí a Dios. Nos desborda gratuitamente su gracia porque nos quiere para el: «Sed santos, como Yo soy Santo».

 

AMOR, el fruto que nos da a Dios mismo.

José María Baz, S.L.

Lo importante no es recibir el Espíritu Santo, sino vivir todos sus frutos y así comunicar vida. Cuando la Iglesia primitiva sintió necesidad de servidores que liberaran a los Apóstoles de las preocupaciones más inmediatas, eligieron a siete varones «llenos» del Espíritu Santo (Hch 6). Y cuando S. Pablo habla de la vida en el Espíritu nos da tres fórmulas para conservarla: 1) «no extingáis el Espíritu» (I Tes 5,19); 2) «no entristezcáis al Espíritu de Dios con el que fuisteis sellados para el día de la Redención» (Ef 4,30); 3) «llenaos del Espíritu Santo» (Ef 5,18).

Los frutos que produzcamos no serán el resultado de nuestro esfuerzo sino de la fe, de la acción de Dios en nosotros, de que hemos dejado obrar al Espíritu. La historia de cada cristiano tendría que ser la manifestación creciente del Espíritu Santo que nos llena, ilumina, fortalece, sostiene e impulsa al AMOR, que es la tercera Persona de la Santísima Trinidad.

COMO UNA SINFONÍA. - Unos frutos perfeccionan al alma en sí misma: la caridad, el gozo, la paz, la longanimidad, la afabilidad. Otros se refieren a nuestras relaciones con el prójimo: la bondad, la fe, la mansedumbre, la templanza. Todos forman como una sinfonía cuya melodía es el AMOR (I Cor 13,4-7).

El AMOR es el FRUTO, el mismo Espíritu Santo, que se «manifiesta» a través de la amabilidad, la bondad y la paciencia; que tiene como «signos» la alegría y la paz, y que exige unas «condiciones» para manifestarse: la fidelidad, la mansedumbre y el dominio de sí mismo.

EL ESPÍRITU y LA CARNE. - Dios ha sido quien ha sembrado y plantado en nosotros la «semilla» del Espíritu Santo, de la Gracia. Y Él mismo la regó con el «agua viva» del Bautismo, abonándola con su «sangre». Ahora espera los «frutos». Somos, pues, árboles buenos, sembrados por Dios y estamos llamados a producir frutos buenos. Pero Satanás también ha sembrado su semilla: la cizaña del pecado. Y espera sus frutos (Gal 5,19-21).

Esta doble sementera y sus frutos contrapuestos es lo que hace decir a S. Pablo (Gal 5,22-23) que hay en nosotros una lucha entre el Espíritu y la carne. El AMOR, el «fruto» raíz del Espíritu Santo, es el que debe manifestarse en nuestra vida.

Su Amor ha puesto en nuestra alma, dones y carismas (exteriores y que pasan) y espera los «frutos» (interiores y permanentes). Estos son los que manifiestan nuestra santidad, que no consiste sólo en huir del pecado, en suprimir la cizaña, en no actuar según la carne, sino en «llevar frutos» de vida eterna, puesto que somos sarmientos de la Vid que es Cristo. Así la presencia del Espíritu no es sólo para causar asombro, admiración, ni tampoco para acomplejar a nadie sino para «fructificar» en servicio y amor al prójimo.

La condición para que aparezcan los «frutos» será dejarse podar y limpiar de todo desorden, para que muera el «yo» carnal y viva en plenitud el «yo» espiritual. Tanto más abundantes serán los «frutos» cuanto la rama se deje más fácilmente cortar, limpiar y fortalecer por el Viñador (Jn 15,2).

EL AMOR, PRIMER FRUTO DEL ESPÍRITU SANTO. - EI primer fruto del Espíritu Santo es Él mismo, que es el Amor infinito del Padre al Hijo y del Hijo al Padre. Este Amor es el «que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5). Por tanto, quien nos da el Espíritu Santo nos da el Amor, que es Dios mismo (1 Jn 4,7). ¿Es posible dar más?

Y este Amor, que no es fruto de mi esfuerzo ascético, es el don gratuito por excelencia, el aleteo del Espíritu al que tenemos que reconocer en nosotros y dejar que nos invada y se abra paso a través de nuestros egoísmos y prejuicios; que se manifieste después en palabras y gestos, en ayuda y entrega a los demás.

El Amor viene de Dios, hace presente a Dios, es Dios en nosotros. Y como Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, podemos decir que el primer fruto del Espíritu se manifiesta a través de Cristo, que vive en nosotros y ama en nosotros. Por tanto, recibimos de quienes amamos, el amor que nosotros, en su nombre, les tenemos. Nos amamos con el mismo Amor único que viene de Él y va a Él, con el Espíritu Santo que hemos recibido en el Bautismo.

Cristo se ama a sí mismo en nosotros, por nosotros y a través de nosotros, como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se aman en ellos y entre ellos. San Agustín nos dice que «Cristo se ama a sí mismo, hace nacer en mí el Amor que llega a ti y hace que yo ame en ti a Cristo que habita en mí».

DOS IMÁGENES DE ESTE AMOR. - La imagen perfecta del Padre es el Verbo, la segunda Persona de la Trinidad, que, hecha hombre, es Jesús de Nazaret. Si Dios es Amor, su imagen también lo es. Por eso el fruto primero del Espíritu Santo en nosotros será reflejar a Jesús: «Yo y el Padre somos una sola cosa» (Jn 10,30); «El Padre está en Mí y Yo en el Padre» (Jn 10,38); «El que me ha visto a Mí ha visto al Padre» (Jn 14,8-11).

La segunda imagen, perfecta como criatura, es MARÍA, la llena de gracia, la invadida por el Espíritu Santo, que engendrará en ella a Jesús. Por eso el fruto primero del Espíritu Santo - el Amor -, será también un reflejo de María, la que dijo «sí» a los planes de Dios, la que caminó en fe y se hizo disponible, «sierva», desde el Amor y por el Amor que la planificaba.

EL AMOR ES DON. - Según los Evangelios sinópticos y S. Pablo, el Amor de Dios es la donación que nos hace de su hijo para la salvación de todos los hombres (Mc 10,45; Rom 5,6ss), para que tengamos vida eterna (Jn 3,16). Esta donación del Padre es la expresión suprema del Amor, porque se da a Sí mismo en el Hijo. ¡Toda la Trinidad se nos entrega en el Amor, primer fruto del Espíritu Santo!

Esta donación que es universal, supera toda barrera social y racial (Gal 3,26) y es la afirmación abreviada de la historia de la salvación (Jn 3,16-21); es la esencia del mensaje cristiano.

CONSECUENCIAS DE ESTE DON. - Recibir el Amor de Dios - que es Dios mismo- es divinizarnos. Las palabras mentirosas de Satanás en el Paraíso «seréis como dioses» (Gen 3,5) se hacen verdaderas en la donación del mismo Dios por el Espíritu Santo que es el Amor de la Trinidad (Rom 8,29-30).

El Amor se hace presencia permanente en el Hijo-Eucaristía (Mt 28,20); se hace comida y bebida del Reino (Jn 6,55-58); se hace perdón y sanación en el sacramento de la reconciliación para restaurar las heridas del pecado (Jn 20,23); se hace gracia en los sacramentos.

Este don del Amor pide que se ame a los enemigos (Mt 5,43-47; Lc 10,29-37); que se tenga como ley el perdón sin límites (Mt 18,2Iss); que se devuelva bien por mal (Rom 12,14-21). Pablo en el «himno a la caridad» (I Cor 13) manifiesta la naturaleza y grandeza de este Amor.

El Papa S. Clemente I nos dice que el Amor derramado por el Espíritu Santo «hace que fijemos nuestra mirada en las alturas del cielo; que contemplemos como en un espejo la faz inmaculada y soberana de Dios; que se nos abran los ojos del corazón; que en nuestra inteligencia insensata y entenebrecida florezca su luz admirable y que gustemos el conocimiento inmortal» (Carta a los Corintios, 36).

De la Presencia del Amor «deriva el gozo que no termina, la perseverancia en Dios, la semejanza con Dios, nuestra propia deificación» (S. Basilio: «Sobre el Espíritu Santo»).

O como dice S. Hilario: «Nuestro solaz, la garantía de nuestra esperanza futura, la luz de nuestra mente, el resplandor de nuestro espíritu» (S. Hilario: «Sobre la Trinidad»).

EL AMOR ES COMUNIÓN. - Este primer fruto se extiende sobre nosotros y nos llama a participar de él no sólo amando a Dios, sino viviendo de él, a su imagen, en una comunión religiosa intensa de amor recíproco: «Amaos unos a otros...» (Jn 13,34-35). La comunión de los hermanos es un hogar de amor que deberá ser exigente y concreto (I Jn 3,11-18), en el que interviene la renuncia a sí mismo hasta dar la vida por el hermano (Jn 12,24ss).

Por este Amor permanecemos en comunión con Dios (I Jn 4,7-5,4). Tal fue la petición de Jesús en la oración de despedida: «para que el Amor con que Tú me has amado esté en ellos y Yo en ellos» (Jn 17,26).

GOZO, la primera manifestación del amor

Por Jesús Villarroel

EL gozo o alegría espiritual es el segundo fruto del Espíritu que menciona San Pablo en la Carta a los Gálatas. Sigue inmediatamente a la Caridad, que es la raíz de toda vivencia espiritual. En la Caridad o amor se nos da el Espíritu Santo de una manera especial, pues como Amor que es, se expresa en algo semejante a sí mismo. Sin amor no se da el gozo espiritual ni ningún otro fruto.

Donde hay caridad hay gozo y alegría como primera manifestación. Por eso es el segundo fruto del Espíritu. El gozo se origina en la presencia de la persona amada. No es un algo abstracto o poético, es una presencia personal.

Como los demás frutos, se llaman así porque son cosecha. Tienen el carácter de ser algo último, lo mismo que la espiga o la manzana son lo último de un ciclo vegetal. En una personalidad cristiana los frutos son las actitudes en las que cuaja y se expresa dicha persona. Es el resultado último de la acción del Espíritu sobre nosotros.

Pasión del alma.

El gozo es un placer o deleite más en la línea del ser que del hacer. Puede decirse que es una pasión del alma, agradable y placentera, un deleite que se alimenta de la persona amada, de su belleza y seguridad, y de todos sus dones y regalos. De esta forma una madre se goza y disfruta con su hijo, un novio con su novia y un amigo con su amigo. El gozo espiritual sería más bien una «pasión» del espíritu en cuanto que éste «padece» y «disfruta» de la presencia amorosa de Dios, de su gracia o de cualquiera de los bienes del Reino de Dios. Este gozo tiene su plenitud en las personas que viven al nivel de los dones y dejan que el Espíritu Santo sople fuertemente en sus vidas.

En la Palabra de Dios

El que lea la Palabra de Dios bajo esta perspectiva, se asombrará de cómo el gozo o la alegría es una de sus grandes constantes. Expresiones puras de este fruto del Espíritu se dan casi en cada página de la Biblia, y en la mayoría de sus personajes. No podemos hacer un recorrido ni siquiera somero, pero varios ejemplos son necesarios para calibrar la hondura de este tema.

María.-«Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador». Ésta es la expresión más pura y cristalina de este fruto del Espíritu. El ángel le había dicho: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Si leemos el Evangelio de la Infancia, de Lucas, nos sorprenderá la omnipresencia de este fruto en el Espíritu: «Os anuncio una gran alegría». Esto se realiza en los pastores, en Isabel, en Zacarías, en Simeón.

Jesús. - Ya el Evangelio se define como un anuncio gozoso, que va destinado al resto de Israel, a los pobres, a los que tienen su confianza puesta en Yahvé, a los que no pueden merecerlo. Jesús se gozaba en esta voluntad de Dios: «Lleno de gozo en el Espíritu Santo dijo: Yo te bendigo, Padre, porque has revelado estas cosas a los sencillos» (Lc. 10,21). Jesús proclama las bienaventuranzas que son los superfrutos del Espíritu bajo el signo del gozo: «Dichosos cuando os insulten y persigan ... Alegraos y regocijaos...» (Mt. 5,11.12).

Los Apóstoles.- En este mismo lenguaje se expresan los apóstoles: Pablo: «sobreabundo de gozo» (2 Cor. 7,4). Pedro: «os alegráis con gozo inefable y glorioso» (1 Pedro 1,8). Juan: «para que vuestro gozo sea cumplido» (1 Juan 1,4).

Los motivos del gozo llegan, como hemos dicho, hasta la propia cruz y persecución por el Reino de los Cielos. De los apóstoles se nos dicen frases que superan las condiciones lógicas y normales y entran en la dimensión de la fuerza del Espíritu, y sólo en Él encuentran explicación: «Se marcharon alegres de la presencia del Sanedrín, por haber sido dignos de sufrir azotes y ultrajes por el Nombre» (Hechos 5,41). Y en toda la historia del cristianismo se repite como una constante esta acción del Espíritu: «He llegado a no poder sufrir, dice Teresita del Niño Jesús, porque me es dulce y gozoso todo padecimiento».

¡Espíritu de Jesús: invádenos con tu gozo!

PAZ, un regalo de Cristo resucitado

Por Matilde SANTOS, S.A.C.

1 - La paz de Jesús.

Cuando Jesús se despedía de sus discípulos en la última cena, les decía: «Paz os dejo, la paz mía os doy; y no os la deseo como la desea el mundo» (Jn.14,27).

No nos resulta nada difícil comprobar que el mundo no da la paz. Lo tenemos bien claro en tanto «desconcierto» internacional. Y en el mejor de los casos, el mundo se conforma con una paz ficticia. O le basta la apariencia de paz. Bastantes años hemos vivido en una paz de «guerra fría», que, en el fondo, es miedo, agitación, turbación. La paz de algunos hogares con una insuficiente relación padres-hijos no es tampoco la paz de Jesús.

Jesús, nos dice el apóstol Juan en el cap. 20,19-21, «entra», se mete en la vida de los que quieren seguirle, pero que están acobardados «con las puertas atrancadas por miedo a las autoridades judías», y les regala la paz. Es una paz inicial que no elude ni el riesgo ni la cruz. Por eso, de seguido, les enseña las manos y el costado, marcas gloriosas de su pasión.

Cuando el discípulo acepta la cruz de Jesús, se alegra en el Señor. Es la disposición que Jesús necesita para darles la paz final, cuando repite: «Paz con vosotros. Os envío...» La paz de Jesús es bagaje del enviado. Sólo anuncia de verdad a Jesús-Verdad el que tiene y transmite su paz.

2. La paz, fruto del Espíritu

 

«A continuación, Jesús sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo» (Jn. 20,22-23).

Jesús da la paz. Pero es el Espíritu Santo el que nos enseña todo, el que nos recuerda las palabras de Jesús, el que es testigo en su causa, el que nos puede guiar en toda la verdad, el que manifiesta la gloria de Dios porque es el que nos comunica las cosas de Dios y nos interpretará lo que vaya viniendo.

Por eso san Pablo nos invita a dejarnos guiar por el Espíritu para producir frutos del Espíritu y, entre ellos, la paz.

3. La paz, plenitud de gozo

La paz es un bellísimo fruto del Espíritu Santo, que Pablo cita en la carta a los Gálatas, 5,22, a continuación de la caridad y el gozo. Y es que la paz del Espíritu, que sólo se da en el amor, lleva el gozo a plenitud. «Os dejo dicho esto para que compartáis mi alegría y así vuestra alegría sea total» (Jn. 15,11).

Puede uno gozar de Dios y sentir aún inquietudes interiores. La alegría plena, reposada, serena, honda, una alegría total, se alcanza con la tranquilidad de espíritu, cuando recibimos la paz.

4. La paz, fruto del don de sabiduría

El don de sabiduría, que nos hace gustar, saborear las cosas de Dios, es como el peldaño que conduce a la paz. Cuando uno puede gozar íntimamente la Palabra del Señor, la paz del Espíritu se instala en su vida. Si esa Palabra le hace sentirse «elegido» (Jn. 15,16), «siervo» (Jn. 15,20; 16,2), «testigo de la resurrección de Jesús» (Hech. 1,21; Jn. 15,26-27)..., el fruto es la paz.

La elección de Dios es una elección de amistad que genera confianza. Quien la recibe se fía de Dios, se fía de Jesús y siente la plenitud que pacifica. Ese camino de elección pasa por la persecución y el odio por causa de Jesús. Por el desprecio de las palabras de Jesús y de las de aquellos que van en su seguimiento. «No es el siervo más que su Señor». No obstante, poder «saborear» que es la causa de Jesús la que está en juego, cataliza la vivencia de la paz. Es fuente de paz tener conciencia íntima de ser testigo de la resurrección de Jesús.

Esto se da cuando el Espíritu Santo derrama sobre nosotros su don de sabiduría que nos hace conocer y saborear quién es el Padre, quién es el Hijo, y nos transforma en testigos de la vida.

5. La paz: obras de paz

La paz, fruto del Espíritu, son las obras de la paz. Y en esto se manifiesta la gloria del Padre (Jn. 15,8). A los que trabajan por la paz, los llama Dios hijos suyos. Todos los que queremos dejarnos renovar por el Espíritu Santo, tenemos amplios espacios para trabajar por la paz, tanto desde la intimidad de la propia persona, como en campos abiertamente relacionales. La intercesión, la sanación, la liberación, son caminos de paz para los demás e invitaciones a la paz. No se puede vivir en Dios, no se puede vivir la paz y eludir las necesidades de los hermanos. Cada uno tiene un papel de pacificadores, un camino de hacer paz, una acción concreta para la paz.

Terreno privilegiado y primordial para trabajar por la paz, es el corazón del hombre; mi vida, la vida de los demás. ESPÍRITU SANTO, derrama en todas estas vidas frutos de paz. Conságranos a ti para que seamos ramas vivas del árbol del Reino de Dios, sarmientos vivos de la vid que es Jesús, el Dios de la PAZ. Que Santa María Virgen, Reina de la Paz, interceda para que el Espíritu Santo haga realidad en nuestros corazones y en este mundo el fruto de la PAZ.

PACIENCIA, saber que Dios no se retrasa.

Por Pilar DEL BARRIO.

No es nuestra época propicia a la paciencia. Más bien es la nuestra una generación ávida de goces inmediatos, esperamos respuestas rápidas a nuestros deseos, y frecuentemente en la vida espiritual manifestamos esta misma prisa, de tal manera que llegamos a quejarnos cuando el Señor no nos da aquello que pedimos en el momento. Y en esta realidad se nos invita a acoger como fruto del Espíritu precisamente la paciencia. ¿Pero, qué es?

La paciencia es una virtud sobrenatural que nos permite soportar con ecuanimidad, por amor a Dios y en unión de nuestro Señor, los sufrimientos físicos y morales.

Hace años, recién llegada a Lanzarote, me invitaron a dar un paseo por la isla, y dos imágenes se me grabaron en el alma de una manera especial. La primera fue la imagen de la tierra misma: auténticos chorros de lava, tierra requemada, cuya apariencia me resultó como una «bofetada de esterilidad». La segunda imagen fue la de una planta con flores bellísimas cuidada de la forma habitual en esa tierra: enterrada en un hoyo, protegida del viento por un pequeño parapeto de piedra, y tapadas sus raíces por una capa de arena volcánica que tiene la propiedad de evitar la evaporación. Y junto a estas dos imágenes una palabra del Señor: «Si eres capaz de no escandalizarte de la apariencia estéril de esta tierra, verás nacer la vida porque la vida está ahí». Pasado el tiempo, pude contemplar con asombro cómo aquella tierra, aparentemente estéril, se llenaba de verdor y daba frutos abundantes. Esa experiencia me marcó profundamente y, quizás por eso, no puedo resistirme a la tentación de evocarla al hablar de la paciencia. Me da pie para ello la palabra de Santiago: «Tened, pues, paciencia, hermanos, hasta la Venida del Señor. Mirad; el labrador espera el fruto precioso de la tierra aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y tardías» (Stg 5,7).

Cuando llega la hora del sufrimiento físico nos cuesta creer «que la vida está ahí», porque el dolor es aparentemente estéril. Solamente el Espíritu nos puede revelar a Jesucristo que vive en nosotros su pasión, configurándonos con Él y su misión redentora a través de la cruz.

Más aún, quizás, cuando el sufrimiento es moral. Tantas veces la visión de nuestra propia realidad de pecadores nos escandaliza, quisiéramos ocultarla y ocultárnosla, luchar contra ella, cambiarla... y es entonces cuando el Espíritu quiere darnos a entender que «el Señor no se retrasa en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión» (II Pedro 3.9). Tiene su ritmo, el adecuado a la realidad de cada uno de sus hijos. Espera, no se escandaliza de nosotros, porque Él sí sabe que la vida, su misma vida, está plantada por sus propias manos en nosotros. Tenemos prisa, queremos cambiar ya, en un abrir y cerrar de ojos, y sin embargo el Señor «como el labrador espera el fruto precioso de la tierra aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y tardías». Entretanto, la semilla de la vida está ahí, aún cuando aparentemente no ocurre nada, el curso de la vida de Dios en nosotros sigue avanzando. Necesitamos de la paciencia que nos da el Espíritu para vivir estos tiempos de espera, tan importantes. Olvidamos con facilidad que el mismo Jesucristo vive como semilla enterrada durante treinta años, sin que, aparentemente, ocurra nada especial, pero «Entretanto el niño iba creciendo y fortaleciéndose, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en Él»; que Pablo, del que todos conocemos su conversión camino de Damasco, esperó catorce años hasta comenzar su misión. Hay largos tiempos en la vida espiritual, en los que aparentemente no ocurre nada especial, o no encontramos respuestas, parece ocultarse la luz que en otros momentos hemos visto. Es en estos momentos en los que la paciencia, fruto del Espíritu, nos permite «resistir», seguir creyendo que la vida de Dios en nosotros continúa desarrollándose, aún tras la apariencia de oscuridad, de desierto. Y a su hora, en el tiempo oportuno, cuando las lluvias tempranas y tardías han regado nuestra vida, el milagro se produce, y se convierte el desierto en vergel. «Si eres capaz de no escandalizarte de la apariencia estéril de esta tierra verás nacer la vida porque la vida está ahí».

Así, sintiéndonos fruto de este paciente amor de Dios, podremos «vivir con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándonos unos a otros por amor» (Ef. 4,2), no nos ocurra como al siervo sin entrañas de la parábola, que, imploró la paciencia de su rey y, perdonada la deuda que con éste tenía, no supo hacer lo mismo con su compañero (Cfr. Mt. 18,23-35).

Necesitamos, en fin, «paciencia en el sufrimiento, para cumplir la voluntad de Dios y conseguir así lo prometido», cuando llega la tribulación, cuando «todo va mal», cuando experimentamos que el Reino de Dios está aquí ya, pero todavía no, cuando se levanta la tempestad y tenemos miedo de zozobrar, cuando llega la persecución por el nombre del Señor... El Espíritu que habita en nosotros quiere en esos momentos concedernos que podamos, como Pablo, «gloriarnos en la tribulación, sabiendo que la tribulación engendra paciencia, la paciencia virtud probada, la virtud probada esperanza, y la esperanza no defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom. 5,3-5).

BONDAD, buscando siempre el bien de los demás.

Por Ceferino SANTOS, S.L.

Cuando traducimos la petición de san Pablo en 2 Ts 1,11 de que Dios «lleve a término con su poder todo vuestro deseo de hacer el bien», la Biblia de Jerusalén utiliza una circunlocución (vuestro deseo de hacer el bien) por la única palabra del texto griego: «agazosyne» = bondad, que, como fruto del Espíritu Santo, equivale a esa disposición sobrenatural que inclina a desear toda clase de bien a los demás. Dios, que es el único plenamente bueno (Mt 19,17), nos comunica su bondad generosa al darnos su Espíritu Santo. De la bondad divina nace, crece y madura la bondad cristiana, participación creada de la bondad increada de Dios.

La bondad sería, pues, esa buena disposición sobrenatural de la voluntad hacia los demás, deseando y procurando su bien. Siguiendo este sentido definitorio de bondad, la Biblia de Jerusalén traduce adecuadamente en Rm.15,14: «también vosotros estáis llenos de buenas disposiciones» (texto griego: «llenos de bondad» ). El fruto de la bondad exige cierta madurez y plenitud para poder llamarse fruto del Espíritu (Gal 5,22).

La bondad, fruto del Espíritu, puede adoptar múltiples formas:

  1. LA BONDAD COMO GENEROSIDAD. El bondadoso se goza con la comunicación dadivosa de los dones de Dios en los demás, sin la envidia, que es el pecado del pobre, privado de lo que los otros gozan y poseen, y sin los celos, el pecado del que posee y no quiere tener rival ni competidor. La bondad-benevolencia lleva a la realización de acciones benéficas, sin buscar agradecimiento o dependencia por parte del favorecido y queriendo imitar a Dios, que da y se da con generosidad y sabe pagar y devolver siete veces más (Si/Eclo 35, 9-10). Recuerdo el caso de un sacerdote pobre, sin asignación económica alguna en los años de la Segunda República Española, que entregaba su escasa comida a una viuda pobre y con hijos jóvenes, y que un día de lluvia entregó sus zapatos a un mendigo descalzo; que, cuando en 1936, en plena Guerra civil española, iba a ser fusilado, Dios permitió que en el pelotón de milicianos que iban a ejecutarlo estuviesen el mendigo que recibió los zapatos del sacerdote y un hijo de la viuda, que el sacerdote alimentó. «A ese hombre no se le puede fusilar -dijeron- porque es de los pobres y de los nuestros», y así le mandaron libre a su casa rectoral. La bondad generosidad también se puede ejercitar desde la pobreza, como lo hizo la viuda del evangelio, que no tenía más que dos reales, y dio todo lo que poseía (Lc 21,3).
  2. LA BONDAD COMO SIMPLICIDAD y SENCILLEZ. Es necesario conocer el bien verdadero para deseárselo a los demásy comunicárselo, sin transmitir bondades falsificadas, que no vienen de Dios. Para que crezca la bondad del Espíritu en nosotros no basta sólo el amor de Dios. Hace falta una luz divina, que nos haga ver a los demás y a las cosas desde la verdad y la simplicidad de Dios, porque entre los frutos de la luz están la bondad, la verdad y la justicia (Ef 5,9). La bondad no es orgullosa. El orgullo aprecia sólo los bienes propios, desprecia a los demás y se convierte en oscuridad y mentira. La bondad hace el bien con sencillez, sin jactarse de los servicios prestados, sin buscar la aprobación de los hombres, sino sólo la de Dios: «Al dar limosna que tu mano izquierda no sepa lo que hizo tu mano derecha» (Mt 6,3). El Espíritu Santo es el que hace sencillo, humilde, agradable y sin complicaciones el ejercicio de la bondad y de la entrega a los demás. Una bondad tal es fruto dulce y sabroso del Espíritu de Dios en nosotros. La bondad de la sencillez no conoce la envidia ni el rencor ante los bienes de los demás, sino el gozo inmenso de Dios al ver que las criaturas se enriquecen con los dones, los carismas, las virtudes y bendiciones divinas, superiores a las de uno mismo.
  3. BONDAD COMO COMUNIÓN. La bondad restaura las relaciones fraternas entre los hombres, rotas por el pecado y la división. El Espíritu de bondad es también Espíritu de unidad, que fomenta la comunicación de los bienes espirituales y materiales en comunidad de fe y de amor: «Habiendo participado los que eran gentiles de los bienes espirituales de los creyentes (de Jerusalén), ellos a su vez deben ayudarles con sus bienes materiales» (Rom 15,27). La bondad, como fruto del Espíritu, no se ciñe a la participación de los bienes sobrenaturales; alcanza más allá de la justicia comutativa hasta la solidaridad fraterna en el campo de la acción social y en el uso de los bienes materiales.

4. LA BONDAD COMO EDIFICACIÓN. San Pablo pedía a los Gálatas que «no se cansasen de obrar el bien, porque a su tiempo nos vendrá la cosecha, si no desfallecemos... y si hacemos el bien a todos» (Gal 6,9-10). La bondad que no desfallece produce abundante cosecha de crecimiento eclesial. «En definitiva, es nuestra familiaridad con Dios la que nos hace bondadosos e idóneos para la edificación de los otros. y éste es uno de los frutos más preciosos del Espíritu Santo» (J. Janssens, I Frutti dello Spirito, p. 149).

La bondad de Cristo con Zaqueo ganó al que estaba perdido (Lc 19,10) para la beneficencia y la generosidad comunitaria; así Zaqueo llegó a repartir la mitad de sus bienes con los pobres (Lc 19.8). Jesús, ungido con el Espíritu Santo y con poder, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo (Hch 10,38). Su Bondad nos alcanzó a todos. La bondad del Espíritu en nosotros ha de llegar también a todos: a los disminuidos y a los moribundos, a los presos y a los ancianos, a los niños y a los parados, a los pecadores y a los emigrantes, y a todo tipo de enfermos y necesitados de la sociedad. Y esta bondad, que viene del Espíritu de Dios, no se encierra sólo en piadosos y compasivos sentimientos, sino que alcanza también todas las realizaciones ungidas que vencen el mal con el bien (Rom 12,21) en medio de un mundo tan falto de bondad.

BENIGNIDAD, sentir la dulzura del Espíritu.

Por Ceferino SANTOS, S.J.

EL cristiano maduro no es ser aislado que vive sumergido en Dios. Vive en comunidad de fe y en unión de Cuerpo Místico de Cristo con los demás miembros eclesiales y en medio de un mundo, con frecuencia, hostil. El Espíritu Santo, alma de la Iglesia, quiere ordenar, mejorar y santificar nuestras relaciones con los demás y, desde el don de piedad, hace madurar sus dulces frutos de benignidad y de bondad (Jrestótes y agazosyne, en griego), que transforman nuestras relaciones humanas en bendiciones divinas.

I. LA BENIGNIDAD CRISTIANA. No siempre resulta fácil distinguir benignidad y bondad en el Nuevo Testamento. De las siete veces que habla San Pablo en sus cartas de benignidad (=jrestótes) (Rom 3,12; 11,22; 2 Cor 6,6; Gal 5,22; Ef 2,7; Col 3,12; Tt 3,4) en el texto griego, la Biblia de Jerusalén en su versión española traduce «benignidad» por «bondad» en cuatro ocasiones; utiliza en Rom 3.12 «bien» por benignidad, y sólo en Gálatas 5,22, al concurrir los dos términos de bondad y benignidad en el fruto del Espíritu Santo, interpreta este último como afabilidad. Hemos de reconocer que algunas traducciones fomentan el confusionismo de los términos adjudicados a dos frutos diferenciados del Espíritu.

La benignidad del Espíritu implica una dulce participación en el creyente de la suavidad de Dios, encarnada en Cristo. Añade la inclinación sobrenatural de engendrar bien las buenas obras. (Benignidad podría ser una forma sincopada de «bene gignit»: engendra bien lo bueno). Y, según otra etimología, benignidad exigiría el calor cordial, acogedor y confortante y el fuego benéfico del Espíritu que se comunica a los demás (benignitas=benéfica igneidad).

La benignidad es, pues, la interna dulzura del Espíritu, que difunde hacia afuera sus bienes (S. Tomás, Ad Titum, I, 88) y se goza en hacer bien al prójimo con amabilidad en las palabras, con suavidad en la convivencia y en el trato, y con servicialidad comunicativa en el actuar. Uno puede ser benéfico y bondadoso, pero, a la vez, serio, adusto y lejano, sin la dulzura suave de la benignidad, que no sólo da y se da, sino que se entrega cordial y afablemente. La benignidad muestra una delicadeza casi infinita y sobrenatural con las almas imperfectas y heridas para que se sanen, con los desequilibrados para que se serenen, con los pecadores para que se abran a la misericordia y a la salvación de Dios. El creyente, en el que fructifica la benignidad, se convierte en una gracia para el prójimo, en acogida gozosa suya y de sus problemas, en apertura desinteresada y atractiva para los niños y los pobres y en suave manifestación de la salvación de Dios para todos (Tt 3,4) y de la comunión de todos en el Espíritu (2 Cor 13,13).

II. LA BENIGNIDAD ES CRISTO. «Cuando apareció la benignidad de Dios, nuestro Salvador, y su amor por los hombres, Él nos salvó...» (Tt 3,4). Cristo mismo, el ungido de Dios, es la benignidad del Altísimo, que se comunica a los hombres para transformarlos y salvarlos, sin límites por su parte.

Así, Cristo muestra su benignidad: a) a sus primeros discípulos para atraerlos a Sí (Jn 1,37-39); b) a la samaritana para convertirla (Jn 4,10); c) a Nicodemo, para hacerle nacer de nuevo (Jn 3,10); d) al centurión, curando a su criado y ganándole para la fe (Jn 4,49-50); e) al mendigo ciego (Lc 18,35-43), al que da la vista y atrae a la fe; f) a los pecadores a los que acoge y da vida (Lc15,1-2); g) a los niños, a los que abraza y bendice (Mc 10,13-16); h) al buen ladrón, al que de la cruz lo lleva al paraíso (Lc 23,42); i) a la adúltera (Jn 8,10-11), a la que libra de la ejecución capital y de sus pecados; j) a la viuda de Naín (Lc 7,13), a la que consuela y devuelve con vida a su hijo único muerto; y, finalmente, k) Cristo también manifiesta su benignidad al paralítico que cura para que no recaiga en su pecado (Jn 5,6-14).

Jesús es la benignidad del Padre, hecha carne, y su Espíritu produce frutos de benignidad en aquellos que, configurados a Cristo, viven unidos a Él como los sarmientos a la vid (Jn 15,5). Y no pasará mucho tiempo sin que estos frutos de la benignidad maduren en los que obedecen al Espíritu.

III. MANIFESTACIONES DE LA BENIGNIDAD CRISTIANA.

1º La afabilidad es una clara manifestación externa de la benignidad del corazón. La afabilidad alcanza las palabras dulces y acogedoras con los demás y se extiende a los gestos amables, sin permitirse pensar ni hablar mal de los otros. La afabilidad es una parte tan importante de la benignidad que algunas traducciones de la Biblia al español eligen como don del Espíritu la afabilidad. Ésta lleva a hablar bien de los demás, a descubrir los dones de Dios en los otros, a evitar los enfrentamientos: «que no injurien a nadie, que no sean pendencieros sino afables, mostrando una perfecta mansedumbre con todos los hombres» (Tt 3,2).

2º La benignidad abarca también la amistad en el Espíritu. Esta amistad construye la comunidad cristiana desde la veracidad y la sincera estima de los otros. La benignidad reconstruye las relaciones humanas deterioradas y busca el bien integral del prójimo, con dulzura sin debilidades ni concesiones indebidas, ayudándole a crecer en el Espíritu: «que cada uno trate de complacer al prójimo para el bien buscando su edificación» (Rom 15,2).

3º Dentro de las manifestaciones de la benignidad cristiana está la acogida u hospitalidad, que nos abre a los hombres como a hijos de Dios, porque el mismo Dios es acogida para nosotros: «Acogeos, mutuamente como os acogió Cristo para gloria de Dios» (Rom 15,7). Con la ayuda de los dones de consejo y de fortaleza, acertaremos a acoger a los amigos de Dios, aunque lleguen a nosotros a la hora inoportuna de la noche y del descanso (Lc 11,5-8). El don de la benignidad nos lleva también a compartir las necesidades de los santos (Rom 12,13), dando el amable y gozoso testimonio de la benevolencia de Dios, que nos hace buenos, no sólo delante de sus ojos, sino, sobre todo, para con los demás.

MAGNANIMIDAD, apostar a lo grande por Dios

Por Pilar SALCEDO

Hay una lucha de la que nadie puede escapar. Lo afirma ya el libro Job: «¿No es milicia lo que hace el hombre en la tierra?» (Job 7,1). Basta abrir los ojos para descubrir la lucha a muerte entre el bien y el mal. Querámoslo o no, estamos dentro de ella. San Pablo se preocupa del uniforme de campaña: «Ceñida la cintura con la verdad; la Justicia como coraza; calzados los pies, con el celo del Evangelio; embrazando el escudo de la Fe; en la cabeza el yelmo de Salvación y la espada del Espíritu que es la palabra..». (Ef6,14-17).

Para este combate espiritual, el Espíritu Santo nos regala el don de la Fortaleza. Viene a reforzar la virtud cardinal de la Fortaleza y consiste en preparar nuestras almas para la victoria, «revistiéndonos de la misma fuerza de Dios». No somos nosotros los que luchamos, es Dios que lucha en nosotros. En todo combate hay tiempos de atacar y tiempos de resistir; a veces, horas interminables esperando en el fondo de una trinchera. Para estas dos situaciones del combate espiritual, el Espíritu Santo pone en nosotros dos preciosos frutos del don de Fortaleza que maduran al calor del corazón. Son dulces, fuertes y tienen nombres grandilocuentes: Magnanimidad y longanimidad. La culpa es del latín. Realmente, solo quieren decir: grandeza de ánimo. El ánimo que se necesita para emprender las cosas de Dios y el ánimo largo, toda la correa que necesitamos, para resistir y aguantar cuando el resultado de la lucha tarda.

Hablar de esto parece hoy anacrónico. Y es porque nos engañan, porque sigue en marcha la idea burguesa, optimista y mundana de la vida, que puso en marcha el liberalismo. Ahora le llamamos neocapitalismo, consumismo, secularismo duro... Y aunque la realidad lo desmienta - basta ver la pequeña pantalla- nadie acaba de creer en lo profundo de la iniquidad; en la existencia del mal humano y el mal diabólico; del mal como culpa y castigo; del mal que hacemos y padecemos. Hasta el camino de la perfección es, al parecer, algo que crece de por sí, con una evolución de tipo vegetal que alcanza un día el bien sin necesidad de combatir.

No en vano vivimos en una sociedad que busca lo «bajo en calorías», lo «descafeinado»; la «coca-cola light», el hombre «light». ¡Si hasta proliferan los insumisos sin prestación social! ¿Cómo hablar de lucha? Pero la idea básica del sentido cristiano de la vida, es lo que Santo Tomás llama «bonum arduum» o sea, el «bien conseguido con esfuerzo». «El reino de los Cielos padece violencia y sólo los que se esfuerzan lo alcanzan». Es palabra de Dios. Y los que amamos a Dios, los que sabemos que «lo que mucho vale, mucho cuesta» acogemos con alegría el riesgo del Amor, lo áspero del camino empinado, el único que lleva a las alturas. Esto es la Magnanimidad: «El compromiso que el espíritu se impone de tender voluntariamente a las cosas grandes».

El magnánimo deja lo accesorio para dedicarse únicamente a lo grande, a la alta gloria de Dios que es lo suyo. Y lo grande será a veces ver cómo la mayor fuerza del bien se revela en la impotencia... ¡Ya todo es grande!

Si tenemos que describir las cualidades del magnánimo, destacamos sinceridad y honradez a toda prueba. Todo, antes que callar la verdad por miedo. Evita, como la peste, la adulación y las actitudes retorcidas. En el corazón, una inquebrantable esperanza, una confianza casi provocativa y una calma perfecta. No se rinde cuando la confusión flota en el ambiente. No se esclaviza ante nadie, y, sobre todo, no se doblega ante el destino: sólo es siervo de Dios.

Estas características de la magnanimidad aparecen minuciosamente explicadas por santo Tomás en la Summa Theologica. Allí vemos cómo esta virtud, apasionada por todo lo grande, es hermana gemela de la humildad. Y es que de la humildad, como virtud, andan por ahí muchas caricaturas. En todo el tratado de la Summa no hay una sola frase que pueda hacer pensar en la humildad como algo relacionado con el auto-reproche, la desvalorización del propio ser y los propios méritos o con una conciencia de inferioridad.

En consecuencia, podemos volar sin preocupaciones con estas dos enormes alas de la magnanimidad y la humildad y hasta hacer nuestro, con la fuerza del Señor, el lema de aquella compañía aérea: «Cada vez más alto, cada vez más rápido, cada vez más lejos». No lo entendía así la madre de aquel piloto que le aconsejaba: «Hijo mío, vuela bajo y despacio». A esta sufridora de angustiosas esperas - que pedía, sin querer, un desastre- le hacía falta la «longanimidad». «Es el fruto del Espíritu que nos da ánimo para tender a lo bueno aunque haya que esperar, mucho, para alcanzarlo». Es el empuje que necesitamos para afrontar esas situaciones que van «para rato» y todos entendemos que no se sabe cuando terminarán; en una palabra, que hay cuerda para rato, de ahí lo largo, «longus», de la longanimidad. Todos conocemos enfermedades, problemas, situaciones difíciles que parecen interminables. Cuánto tiempo, cuánta espera, ¡Señor! Se nos pone corazón de salmo. Pero sentimos la fuerza de Dios y hasta el gozo de sacar el trozo de cuerda de cada día. Sólo dando cuerda a nuestra cometa - cuerda larga- la veremos subir, mecerse en el viento, gritar con sus colores, en lo más alto, que se está bien allí, que lo nuestro es el azul, que lo nuestro es Dios.

MANSEDUMBRE, soportarlo todo con paz

Por M. Victoria TRIVIÑO, O.S.C.

Lo que podríamos llamar «Espíritu de dulzura» o mansedumbre, es un regalo de Dios. Está en esa escala que enlaza progresivamente la virtud cardinal de la fortaleza, la virtud de la paciencia, el don de la fortaleza, el fruto de la dulzura y la bienaventuranza de la mansedumbre.

El primer peldaño de esta escala se sube por el esfuerzo de la voluntad. En el segundo confluye la voluntad con la acción de la gracia. A partir del tercero es puro don de Dios. Sólo si el espíritu del Señor Jesús alienta en nosotros, configura nuestros sentimientos según los de su corazón, como una manera nueva de ser: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29).

«De la paciencia procede la mansedumbre y bondad. Nadie puede ser amable en la adversidad, si no ha adquirido la paciencia. La mansedumbre procura paz y tranquilidad en todas las cosas. Capacita para soportar malas palabras, mal comportamiento, gestos y actos amenazadores y toda clase de injusticias contra él o contra sus amigos. No pierde la paz porque la mansedumbre consiste en soportar todo pacíficamente. Gracias a la dulzura, la potencia irascible permanece en calma, la concupiscencia se orienta a las cumbres de la virtud, la razón se alegra al reconocerlo y la conciencia que lo saborea permanece en paz. La mansedumbre desecha el segundo de los pecados capitales, la ira, porque el espíritu de Dios reposa en el hombre humilde y dulce, conforme dice Jesucristo: «Bienaventurados los mansos»... (RUUSBROEK, J. Bodas del alma c. XVI. Obras. Madrid 1985, p. 326).

El espíritu de dulzura es algo muy querido para Clara de Asís. Ella le llamó: Dulzura escondida. «Pues alégrate también tú siempre en el Señor y no te dejes envolver por ninguna tiniebla ni amargura, fija tu mente en el Espejo de la Eternidad... así gustarás la dulzura escondida que el mismo Dios ha reservado desde el principio para sus amadores» (III Cta., CI 3). Propone Clara una dialéctica entre la dulzura y la amargura, igual que Francisco de Asís.

La amargura es lo mismo que la tiniebla, la turbación, esa larga serie de situaciones sin redimir que abocan hacia la ira, la murmuración, la violencia, la depresión, la desesperación... La tiniebla es el ámbito del Príncipe de este mundo (1 Cta., CI 2: Col 1,13). Quien se deja envolver por ella pierde el fruto, la vida y su dolor se le queda estéril y, aprecia hasta que punto la dulzura está escondida...

La dulzura es lo mismo que la hermosura escondida en el Crucificado, y la fortaleza/consuelo escondida en el Eucaristía y la suavidad luminosa que cautiva en la contemplación. «Pues yo os digo que no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha preséntale también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto»... » (Mt 5,39 ss).

«Aprended de Mí... y hallaréis descanso. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera». La suavidad no se halla en razón de la carga, sino en razón del yugo. El y yo, El y tú, paso a paso hacia el Padre.

La Palabra olorosa, la Dulzura escondida, la Hermosura, ¿quién es sino Jesús mismo? La mirada sobre Jesús lleva a la compasión hacia los demás. «Padre, perdónalos que no saben lo que hacen» (Lc 23,34), y lleva el amor apasionado que se aquieta en la paz.

Conocerás que el Espíritu del Señor actúa en ti, si lo amargo se te va transformando en dulzura de alma y cuerpo.

FE, mirar todo con los ojos de Dios

Por M. Ángeles G. DE ENTERRÍA

El momento sacramental del bautismo es el instante en que el hombre entra en relación con Dios de un modo cualitativamente nuevo precisamente por el Espíritu Santo, causa de una nueva generación (cf. Jn 3,5-8). San Pablo desarrolla esta presencia del Espíritu Santo como constitutiva de la novedad antropológica cuyo fundamento puede ser simplemente la fe (cf. Gal 3,2). Este don del Espíritu del Hijo, que él y el Padre envían de modo libérrimo al hombre, viene a definir por dentro al bautizado que empieza a conocer a Dios como Padre. y «como prueba de que sois hijos, Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama ¡Abba, Padre!» (Rom 8,15).

Este don entra a definir por dentro, desde la raíz más profunda, al bautizado.

Cuando Pablo dice «en nuestros corazones», está afirmando la radicalidad del cambio: es la «nueva criatura», desde la profundidad personal del hombre, que transforma sus raíces más secretas. El cristiano es así «templo del Espíritu» (1 Cor 6,19; 3,16) que «habita» y «mora» en el cristiano; e identificado con Cristo por el desarrollo de la «gracia de las virtudes y dones» - gracia santificante recibida con el Don por excelencia en ese momento del bautismo- es «transformado en su misma imagen, bajo el influjo del Espíritu del Señor» (2 Cor 3.18).

El hombre es - he aquí el asombro- sumergido en el mismo misterio trinitario: y ésto precisamente por obra del Espíritu. El hombre recibe «nuevas capacidades» en su alma, en la inteligencia y en la voluntad, reacciona primero con el grito de respuesta «Abba Padre» y se zambulle mediante las virtudes teologales (fe, esperanza, amor) en el torbellino de las relaciones intratrinitarias... Son realidades grandiosas que poseemos, porque nos han sido dadas, y que difícilmente podemos aprehender con nuestra razón.

Por la Escritura solo podemos atisbar de lejos qué es la fe. La fe primero como virtud teologal que tiene a Dios mismo por objeto directo e inmediato, que llega a conocer a Dios en su misterio insondable de amor, y a las criaturas como procedentes y dependientes de este hontanar del ser y del vivir, del amor y del poder, de la grandeza y de la belleza siempre presentes y siempre infinitas.

Por la virtud de la fe podemos pronto conocer a Dios como Creador, como Padre, como Redentor, como rehabilitador, como Amor, como perdón, como ternura... y va resultando adecuada la adopción de una actitud de confianza y de abandono, y también de obediencia. La raíz de la fe indica estabilidad y seguridad derivadas del apoyo en otro. Fe entonces es entregarse en manos de Dios, la aceptación de su palabra. Es una aptitud y actitud compleja de reverencia, asombro, confianza, obediencia.

Más tarde, cuando la efusión del Espíritu, por el sacramento de la Confirmación o de otras nuevas efusiones, plenifica nuestra vida teologal recibida en el Bautismo, el alma empieza a desarrollar el dinamismo de la gracia de un modo connatural, coherente, adecuado, «al modo divino». Es la vida teologal que tiene a Dios mismo como objeto y fin vivida en una «atmósfera» divina, dada, derramada, otorgada, recibida... El cristiano es como llevado, dirigido por el Espíritu.

Este es el don de la fe, don del Espíritu Santo: es tan viva su creencia, su confianza en el Señor, que diríase es como transportado casi a una visión constante, en la antesala de la visión beatífica. Los grandes testigos de la fe, místicos o mártires, viven este don de un modo excelente (en conjunción con otros dones). La vida activa de entrega a los demás informada por la fe es también teologal y martirial, como la de tantos santos de la caridad hacia los más miserables, porque identifican a estos desheredados con Jesús.

Los actos que se derivan del ejercicio de este don de la fe son el fruto de la fe. Es la consecuencia de la vida donal, «Cosecha del Espíritu Santo», como llama L. Cerfaux a los frutos comentando a san Pablo en Gal 5,22.

La fe, como todas las virtudes y dones, es algo dinámico. Al soplo del Espíritu la fe conduce a obras prodigiosas. Si por la virtud de la fe nuestra inteligencia rompe nuestros límites razonables para desbordarse de un modo ilimitado, «al modo divino», hasta alcanzar lo naturalmente inalcanzable, por el don la fe produce frutos de un dinamismo sorprendente.

Si tenéis fe, aunque sea como esta semilla de mostaza - dijo Jesús- podéis trasladar las montañas (cf. Mt 21,21-22; Mc 11,20-24). Y añadió: «Os aseguro que el que cree en mí, hará también las obras que yo hago, e incluso mayores» (Jn 14,12-14).

En la 1ª carta a Timoteo 6-11, san Pablo dice: «tú, hombre de Dios... practica la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la mansedumbre. Manténte firme en el noble combate de la fe, conquista la vida eterna para la cual has sido llamado». Viene a decir: déjate guiar por el viento y por el fuego del Espíritu, pues la fe es estimulante, fermentadora. Ya no es sólo un mandamiento externo, es un principio interior que impulsará a hacer maravillas.

En el ministerio de sanación hay que correr el riesgo de la fe y fiarse en la voluntad de Dios, movido sólo por un impulso interior del Espíritu. Y este impulso de la fe puede recibirlo el que ejerce el ministerio para orar mandando, «No tengo plata ni oro; pero lo que tengo te doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, ponte a andar» (Hch 3,6-8), o bien el enfermo para creer que él se ha curado, a pesar de los síntomas que aún puedan permanecer. Esta obediencia a la fe, a cierto impulso interno puede ser la condición de su curación. Y esta fe así ejercida es, sin duda, además de un don, un fruto del Espíritu.

Por el don de la fe los místicos experimentan una percepción aguda del misterio de la Redención y es la fe la que suscita los apóstoles y evangelizadores con el sentimiento y convicción de ser colaboradores e instrumentos de Dios para la extensión del Reino.

Es la fe la que fundamenta y dirige la obediencia, la confianza, el abandono. Por ella se contempla no sólo a Dios sino a todas las cosas (la creación entera) en Él. Éstos son los frutos de la fe que vienen a ser como operaciones del alma deificada por la gracia y elevada en sus potencias - inteligencia, sobre todo- por las virtudes teologales, plenificadas por los dones.

MODESTIA, el coraje de los humildes

Por J. c. BURGOS - c. MALO

I. LA MODESTIA COMO CORAJE

Según una definición ya versada en años, la modestia sería una virtud que nace de la templanza y que inclina a la humildad.

La modestia, tal como se encuentra realizada en el alma entregada a la acción del Espíritu Santo y, de manera especial, a los dones de la ciencia y de consejo, es una disposición que tiende a mantener el alma en la justa medida, librándola de caer en excesos contrarios. Es pues, como la virtud de las demás virtudes.

La modestia, en cuanto virtud, es una actitud, una forma de vida; no sólo un acto pasajero y acabado por mucho valor que éste tenga, sino un vivir la vida con moderación y reverencia ante la Santidad de Dios.

No es pues, la modestia, algo para los pusilánimes, para los decaídos, para los que no tienen esperanza, para los que no saben cómo vivir o tienen miedo a los hombres. ¡NO!

La modestia es coraje, es fuerza, es valor, ganas de vivir en verdad; y esto no porque nosotros seamos fuertes, estemos sin pecado, seamos perfectos; sino porque es un don del Espíritu Santo: ya que «el Espíritu Santo que habita en nuestros corazones» nos hace vivir una vida nueva que confunde al mundo y que es fuerza de Dios y no fuerza humana.

2. LA MODESTIA COMO HUMILDAD

Efectivamente, la fuerza de Dios se muestra en la debilidad; ser consecuentes y admitir nuestra debilidad es vivir en humildad pues ya sabemos: «La humildad es vivir en verdad».

Ser modesto no es no hablar de Cristo por prudencia; sino hablar de Cristo como podamos y sepamos. Ser modesto no es no hacer las obras en nombre de Jesús por el temor al qué dirán; sino vivir como vivió Él, pobre y humilde pero ungido por el Espíritu.

Ser modesto no es no amar, no esperar, no confiar por miedo y desde sí seré querido, amado y comprendido; sino amar como Dios amó, porque ser humilde es vivir en Dios.

La misma modestia nos invita no sólo a la humildad, sino también al deseo de conocer, saber y estudiar como servicio a los demás: la estudiosidad es virtud; la curiosidad y la pereza, defecto.

La modestia también nos corrige en lo referente a otros excesos. Nos ayuda a guardar la correcta educación en los gestos y movimientos del cuerpo, a vivir con sencillez el cuidado del mismo y del vestir. Modera el impulso en los juegos y diversiones ayudando a recrearnos en ellos como mera distracción pero sin dejarse atrapar o esclavizar.

3. LA MODESTIA COMO ACCIÓN DE DIOS EN LA PERSONA

Deja que Dios entre en tu vida, déjate querer por Dios, deja que Él te transforme, te cambie, te guíe, te forme. Eso sí es humildad. Pero para ello has de tener coraje, coraje para dejarte descomponer, deshacer, diluir en las manos de Dios.

Quizás ahora comprendas por qué la modestia es templanza, es coraje que inclina a la humildad, que lleva a la verdad, a reconocer lo que eres ya dejarte romper por Dios, para que Él te haga hijo suyo y ser así Eucaristía para los demás.

Entonces, la modestia madura, sin arrogancias ni ñoñeces, será conocida por todos (Filp 4,5) como obra del Espíritu Santo en tu vida.

4. LA MODESTIA FRUTO DEL ESPÍRITU

La traducción latina de la Vulgata desdobla en dos la palabra griega: Praytes (GaI5,23), que significa primariamente mansedumbre, y, con una acepción secundaria, modestia, y así aparecen dos frutos diferenciados del Espíritu Santo en las almas.

El mismo san Pablo había descubierto en la vida de Cristo este doble y maravilloso fruto: «Yo, Pablo, os lo suplico por la mansedumbre (praytes) y por la modestia (epieikeía) de Cristo» (2 Cor 10,1). En la vida de los creyentes pide san Pablo la modestia y la mansedumbre como frutos maduros y complementarios de la acción del Espíritu en las almas: «...no seáis discutidores, sino modestos, mostrando una perfecta mansedumbre con todos los hombres» (Tt 3,2). Sólo de Dios nacen estos frutos.

Santo Espíritu: concédenos la modestia, llena de mansedumbre, como fruto de tu acción en nosotros.

CASTIDAD, testigos de la fidelidad y ternura de Dios.

Por Concha BRIZ

EL amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5.5).

Este amor no es un aspecto, una cualidad de Dios, sino el ser mismo de Dios: «Dios es amor» (1ª Jn 4,8). La castidad cristiana es fruto del amor que se nos ha dado, es un «fruto del Espíritu» - Gal 5,22- para vivir la sexualidad como servicio a la vida, para hacer de nuestro cuerpo una entera alabanza, incluso para que a través del él, toda la naturaleza sea lenguaje de alabanza. Es un fruto del Espíritu para que dócil el cuerpo, preparado para la integración y el encuentro con los demás, se haga camino de libertad, de alegría, de misterio. Nos capacita para la atención a los otros, nos alerta para responder a las necesidades de los demás, nos proporciona ojos para penetrar en lo profundo de las personas. La manera más auténtica y bella para salir de nosotros mismos es amar con un corazón abierto al misterio de los otros, un corazón que no queda retenido, que no se autocomplace, sino que se alegra con los que ríen y llora con las que están tristes (Rom 12,15), que sabe llevar la carga de los oprimidos (GI 6,2), sensible y a la vez maduro para no proyectar sus necesidades.

«La castidad aparece como escuela de donación de la persona», dice el nuevo catecismo de la Iglesia Católica, y añade «conduce al que la practica a ser ante el prójimo un testigo de la fidelidad y ternura de Dios».

Bueno sería caer en la cuenta de que la castidad nos pone a salvo de mezclas que llevan a la muerte - ansiedades, celos, posesividades, envidias, tristeza- y nos llama al amor que mira al otro en su mejor tú creando en él esperanza. La castidad está en relación directa con la calidad de amor. Si el Señor nos ha arrancado el corazón de piedra y nos ha dado un corazón de carne, no es para vivir unas relaciones dualistas, sino para descansar en Dios toda relación humana y ser conscientes de las posibles fisuras que sólo con humildad y reconocimiento, él restaurará.

Poseer el Reino y «otras posesiones», es incompatible porque nuestro Dios es un Dios celoso que no consiente en compartir la gloria que sólo a Él le pertenece: «no hay otro Dios fuera de mí».

El amor que no libera de toda dependencia no es tal amor, ¿se puede llamar amor verdadero el que profesamos a alguien de quien somos esclavos? «El amor os hará libres» pero, ¡cuántos precios pagados por no sé qué aventuras vividas!, ¡cuánto apego camuflado con el nombre de amistad! Concedemos al otro el poder de «tapar» nuestra soledad y de «elevar» nuestra moral con sus elogios. ¡Con qué facilidad damos a otra persona el control sobre nosotros mismos a cambio de unas migajas que no llegan a ser pan, sino piedras que no alimentan, pero sí perforan nuestro corazón.

No podemos negar que nos envuelve una atmósfera hedonista y que apoyamos los pies en un mundo pansensualista. Faltan profetas que denuncien, falta ascesis; es necesario entrar en el camino de la renuncia y de la purificación, aun cuando nos parezca que esto está superado en nuestra cultura.

Los que por puro don conocemos a Jesucristo y queremos amarle, no vivimos fuera de esta nube. Pisamos este barro que puede salpicarnos y ¿dónde estaría nuestra luz? «Si un ciego guía a otro ciego los dos caerán al hoyo» (Mt 15,11); o aún más duro: «¡ay del que escandalizare a uno de estos pequeños más le valdría...!» (Mt 18,6). Que la bondad de Dios nos alcance la visión bienaventurada: «Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8).

Se hace urgente el testimonio de la castidad carismática - fruto del Espíritu- que expulsa todo temor pero no duerme porque sabe que también Satanás se transfigura en ángel de luz.

En todos los tiempos han existido maneras erróneas de entender la amistad, el amor, la entrega, la felicidad y, en este tiempo nuestro, la carrera está siendo vertiginosa. Se enmascara la soledad, las sombras de la vida, con lenguajes que no hace falta inventar las consecuencias. Pero sabemos que cuando la verdad coge nuestra vida y el corazón está sometido al Espíritu, nos elevamos por encima de todo «tirón egoísta». Todas mis fuentes están en Tí, dice el Salmo. Y, sin embargo, corremos a beber en cisternas rotas que no pueden retener el agua. Por eso tantas veces nuestra vida es un desierto y, no precisamente el que Dios ha querido que atravesáramos, sino el que nosotros mismos nos hemos creado.

No cabe duda que el problema afectivo es el que deja más indefensa a la persona. La mayor riqueza que llevamos dentro, la capacidad de amar, se puede convertir en arma peligrosa para los demás y para uno mismo. ¡Dichosos nosotros si no materializamos el amor! Segundo Galileo, en su libro «El camino de la espiritualidad», dice: «La castidad cristiana es una de la expresiones más maduras de la caridad evangélica, es un signo de la madurez del amor y sus exigencias difícilmente serán liberadoras y humanizantes fuera del contexto de la caridad fraterna». Sin duda la oración, como ya sostenían nuestros clásicos, es una ayuda muy valiosa para el despliegue afectivo con Dios que nos entrena en la gratuidad del amor que hemos de vivir con los hermanos. Consecuentemente, la falta de madurez en las relaciones humanas, habla de poca madurez en la relación con Dios.

El corazón casto, es un corazón entregado y a la vez pletórico de vida. Lo vemos en María, nadie se ha donado tanto como Ella que se vacía por el SÍ e inmediatamente queda plena, llena del Espíritu Santo que siembra en su seno a Cristo. Ser persona casta es consentir en un vaciamiento que permite a Cristo nacer en nosotros y a través de nosotros - la castidad es fecunda-, es vivir en clima de Sí, en aire de aceptación, en resonancias de entrega amorosa a todo lo que engendra vida aun cuando el «hágase» sea agridulce como el de la Anunciación.

TESTIMONIO.

FRUTOS SOLO DEL AMOR.

Por F. Javier FERNÁNDEZ BERRUEZO

Se dice en las Moradas. Teresa se encontró, como sin darse cuenta, frente al dintel de la puerta que da paso a la vista del Palacio. Y no era ella quien iba, sino que la llevaba, encontrada hacia sí, Él.

Y era como una sala sin puertas ni ventanas, ni pared, ni cosa alguna que la contuviera: estaba. Tampoco la amada del Cantar de los Cantares se daba cuenta de a donde la llevaba su deseo (Cant. 6,12). La melodía la invadió toda en arrullos como de Paloma que corteja: «La santidad es el adorno de Mi casa. Ella es mía y Yo soy de Ella. Somos Uno en Ella. Nada ni nadie puede subsistir fuera de Ella».

«Déjame desposarte en la alcoba del alma tuya que te di al ser creada para amarte y enamórate a imagen y semejanza Mía. Para poder encontrarte, así, como perseguida, como buscada entre intenciones que tú no comprendías, ni podías, ni vivías, aún cuando querías y pretendías.»

«Deja que te deslumbre traspasada, empapada, anegada de aguas de vida que lo son todo, ya lavada y sustentada, perfumada y enjoyada, por principio eterno de ser y de existir en Mí con las manos del alma entrelazadas que, sin dejar de ser dos, se aprietan tanto una a otra que quisiéranse fundir en una sola, aún no queriendo por Amor ni poder dejar de ser en el Amor, ambas, cada una. Déjame que te despose, de manera que exultes como nada puede ni será sino sólo Es el Ser en conciencia en Mí hecha mía, dada a Mí, entregada a Mí, siempre Esposa amando en el Esposo, compartido, porque Uno es el Amor y Yo te doy para que tú te me enamores y me ames, como Yo ya te lavé y engalané a precio de Sangre y Cruz para, así, poder hacer, de tu no-ser, un lecho en donde dárteme y ser recibido por ti como Yo ya en Mí te tengo desde siempre.

Déjateme apiadarte; que así sólo puedo encontrarte plena de aceite en tu lámpara de Amor, y, revestida, hacerte con manto de primogénito y sello real con diadema de joyas en los frutos que sólo del Amor que Yo soy, son y existen en Mí para ti, desde siempre».

Reconozco, Señor, que es verdad que Tú sabes que te amo. Hoy Señor, te dejo que me des un beso.

(Nuevo Pentecostés, Nº 26)