SANACIÓN
DE LOS MORIBUNDOS.
Tal vez suene algo extraño hablar
de la sanación de alguien que inevitablemente va a morir. Muchas
veces, o la mayoría de ellas, evitamos hablar de la muerte.
Pero evidentemente tendremos que enfrentarnos a ella, en el momento
precisado por Dios.
No es un tema que se pueda tratar a la
ligera, y por ello hemos querido basarnos en las experiencias de 3
hermanos dedicados a la oración de sanación, Mary Jane
Linn, Matthew Linn, y Dennis Linn, reconocidos en el tema de la sanación.
Las palabras y los hechos de Jesús
cuando murió, son las que mejor describen, no sólo lo
que Jesús necesitaba, sino lo que cada hombre necesita antes
de morir.
Puesto que era Dios y hombre, necesitaba
vivir como hombre plenamente "sanado" antes de estar preparado a morir.
Las últimas siete palabras y actos de Jesús lo ayudaron
a su sanación absoluta.
A través de la experiencia de
los autores, veremos cómo acompañar a los moribundos,
para que sean llevados por Jesús, en sus últimas siete
palabras o actos, a fin de que también ellos mueran plenamente
realizados y sanados.
PRIMERA PALABRA:
"PADRE PERDÓNALES PORQUE NO
SABEN LO QUE HACEN" (Lucas,23,34)
Esta primera palabra hizo que Jesús
fuera un hombre de completo perdón, un hombre logrado y sanado
en el área del perdón.
El moribundo necesita, también,
ser un hombre sanado en el área del perdón, para verse
libre y liberado. Es una necesidad natural para lo cual hay que intentar
ayudarle.
Para poder entender el mundo de los moribundos,
comienza tú a enfrentarte al propio miedo a la muerte.
PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR
Estas preguntas ayudarán a concientizar
nuestros sentimientos sobre el tema.
1. -¿Hay alguien a quién ahora
necesito perdonar?
2. -¿En qué aspectos de mi vida
necesito el perdón?
- Estas reflexiones se pueden realizar haciendo
una lista de los que piensa, que le hubieren dañado. Padres,
hermanos, hijos, maestros, patrones, empleados, médicos,
enfermeras, amigos, etc.etc
- Cuando recuerde un rostro por quién no
siente gratitud, dígale a Jesús por qué se
siente así. Luego pídale el don de poder amar a
esa persona como Él lo hace.
- Intente visualizar los ojos de Jesús crucificado
e interiorizarse en ellos, uniéndose a los que le han herido.
"Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen "
- Véase abrazando a esa persona con el amor
de sanación de Jesús, y pídele que bendiga
a esa persona.
- Esto repítalo con la siguiente persona.
ORACIÓN
Señor Jesús, aún
aquellos a quienes curaste, gritaron "crucifícalo", y te clavaron
en la cruz de pies y manos. Tus doce mejores amigos te traicionaron,
te negaron o se escabulleron hacia los vértices seguros de
la multitud mofante. Pero aun cuando te escupían, tratabas
de amar más a aquellos que se encontraban tan heridos e inseguros
que no dejaban de darte golpes. Y cuando las ondas dolorosas sacudían
tu cuerpo desafiaste el amor del Padre para curar a los resentidos
que ni siquiera lo podían entender. "Padre, perdónales
porque no saben lo que hicieron". Jesús, concédeme decirlo
contigo hasta que me sienta capaz de abrazar a cada persona que te
hirió dentro de mí. Entonces deja que los sostenga y
los llene con tu amor de sanación, hasta que realmente sepan
que tú y yo daríamos nuestras vidas por ellos.
SEGUNDA PALABRA:
"HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL
PARAÍSO" (Lucas 23,43)
Jesús entregó el paraíso,
antes de morir, al Ladrón que se sacrificaba a su lado; no
pudo hacerlo ni a Pedro, ni a ninguno de sus discípulos, sino
al ladrón, ante una petición que éste le hizo:
"acuérdate de mí, cuando estés en tu reino";
y le dio la vida eterna.
Me he dado cuenta, nos dice el autor,
al estar con los moribundos, de que antes de que puedan morir, deben,
por decirlo así, reunir su paraíso y dárselo
a alguien. La persona necesita vaciarse de lo que constituye su paraíso.
Para cada persona este paraíso es algo distinto; puede ser
su vida cultural, su trabajo, creatividad, arte, e incluso una oración
para su familia. Y lo quieren expresar a alguien que les entienda;
pero no siempre pueden escoger a quién se lo entregue. La mayoría
de las veces, como en el caso de Jesús, lo entregó a
quién tenía a su lado. Y al entregarlo, queda un vacío
que Jesús lo llena con la vida eterna.
PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR
1.-¿ Qué Paraíso me pertenece
para poder darlo?
2.-¿A Quién se lo daré?
3.-¿ Qué he recibido de alguien
que haya muerto?
- Pide a Jesús que te muestre lo que te
ha dado, para que tú lo pases más adelante.
- Pídele que puedas ver los rostros de los
que necesitan lo que tú puedas dar.
- Deja que Jesús te muestre cuándo
y cómo has de dar lo que te pide que des.
- Repite este ejercicio con otras cosas o encargos
que Jesús quisiera que tú pasaras más adelante.
ORACION
Jesús, en tu último día,
entregaste muchas cosas. Diste tu casa del Paraíso a un ladrón,
tus vestidos a unos soldados, y hasta tu retrato a la Verónica
que te limpió el rostro. En la última cena diste tu
vida y tu misión de reunirnos en un solo Cuerpo, y lavaste
nuestros pies para que unos con otros hiciéramos lo mismo.
Jesús, muéstrame qué
es lo que puedo pasar a otro: mis tesoros, una palabra alentadora,
los pocos medios con los que puedo servir y con los que puedo animar
a otros a servir.
No permitas que sólo vea a mis
amigos, sino también el rostro del extraño ladrón
que necesita lo que pueda compartir con él. Ayúdame
a dar un poco de paraíso hoy mismo.
TERCERA PALABRA:
"MUJER, AHÍ TIENES A TU HIJO.
AHÍ TIENES A TU MADRE" (Jn19,27)
Muchas veces no sabemos, o creemos no
necesaria nuestra presencia junto al hermano moribundo. Momentos en
que, tal vez, seamos depositarios de los deseos y "tesoros" del moribundo
y que él quiere entregar. O puede ser la petición de
ver a un familiar para decirle algo, o simplemente verlo.
PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR
1. - ¿Quién está esperándome?
2. -¿A quién voy a esperar?
3. -¿Qué espero decirles?
4. -¿Qué espero que me digan?
- Pide a Jesús que te muestre los rostros
de los que te han amado y moldeado a través de los años.
Da gracias por el regalo que es cada uno de ellos para ti.
- De entre esos rostros escoge a la persona a quien
más difícilmente dejarás. En tu interior
toma de la mano a esta persona y comparte con Jesús lo
mucho que la quieres.
- Después de todo eso, pon esa mano en las
de Jesús y María, y pídeles que cumplan con
los deseos de tu corazón.
- Cuando sientas que Jesús y María
aman a esta persona aún más de lo que tú
puedes, permíteles que le tomen bajo su protección
y cuidado.
- Repite esto con la siguiente persona que te parezca
más difícil de dejar.
ORACIÓN
Jesús, tu madre María fue
la primera y la última que te amó. Conservó siempre
en su corazón los recuerdos de tu sonrisa, y meditó
cada una de tus palabras. Conoció tus secretos como cuando
convertiste el agua en vino, a pesar de que todavía no llegaba
tu hora. Vivió solo para ti. No había nadie que te amara
tanto o se condoliera tanto cuando colgabas de la Cruz. Tú
quisiste darle tu más grande tesoro en la tierra y le entregaste
a Juan, tu mejor amigo, para que tú le siguieras amando en
la forma que ya no podías hacerlo. "Hijo, he ahí a tu
madre, Madre, he aquí a tu hijo". Jesús, permíteme
ver los rostros de los que me han amado a través de los años.
Enséñame a los que ríen cuando yo río,
a los que lloran cuando lloro, a los que más me extrañan.
¿A quién me dolerá más dejar? María y
Jesús, les doy a esta persona, mi tesoro. Permíteme
que les diga cómo quiera que amen y protejan a mi amigo. Muéstrame
cómo sostendrán sus manos para siempre.
CUARTA PALABRA:
"DIOS MIO, DIOS MIO, ¿PORQUÉ
ME HAS ABANDONADO? (Mateo 27,46)
Cuando Jesús moría, se
angustió, y su angustia debía ser escuchada.
Esta es la angustia que sufre quién
está a punto de morir. El miedo a morir, la depresión
mental, la tristeza y el desaliento que experimenta, el sentirse debilitado
progresivamente, hace que le surjan autoacusaciones y torturas interiores.
Quienes están, en esos momentos
cruciales, ayudándoles, escuchándoles, recibiendo sus
sentimientos de miedo, de ansiedad, de angustia, de soledad, orando
junto a ellos, en situaciones físicamente desagradables, pueden
llegar a sentir, rechazo, repugnancia, cansancio, deseos de no volver
más, porque experimentan también ellos, ese momento
final. Ese sentimiento de repugnancia es lo que hace a muchas personas
no acercarse a los moribundos. Son momentos de sacar fuerzas del dulce
nombre de Jesús, Jesús, Jesús, para poder conseguir
nuevamente la paz interior. Es también necesaria una oración,
pidiendo al Señor que libere al enfermo del miedo, angustia,
etc. y le conceda la gracia del amor y de la paz.
De esta manera hemos ayudado a expirar
al hermano, compartiendo su debilidad, sin juicio ni condenación.
Esta manera de ayudar a otro a pasar por el trance de la muerte, ha
sido estudiada por la doctora Elizabeth Kubler-Ross, que afirma: Cuando
ayudamos a las personas a expresar sus sentimientos sin juzgarlos,
y cuando estos sentimientos son escuchados por alguien que quiere
oírlos, entonces pueden pasar rápidamente por el trance
de la muerte. Nuestra presencia es tremendamente necesaria.
¿No será que la muerte resulte
repulsiva para el agonizante? ¿Cómo podríamos huir de
alguien que esté experimentando su propia repulsividad? El
demonio es el que desea que huyamos y dejemos sola a la persona. Pero
Jesús es victorioso; una oración profundamente sincera,
hecha en nombre de Jesús, puede mandar al demonio a su lugar.
El hecho de pedir a Jesús la liberación del miedo, la
ansiedad, el dolor, para un moribundo, mientras nos mantenemos vigilantes,
es frecuentemente para terminar con todo aquello que vaya contra el
descanso y la paz de la persona.
PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR
1. -¿Cuándo he tenido más
miedo?
2. -¿Qué conflictos me disgustan
más?
3. -¿En donde encuentro paz cuando me
siento así?
- -¿A qué tipo de muerte le tienes más
miedo? Señálalo con una palabra: dolor, soledad
locura, desahucio, parálisis, etc.
- Ante Jesús crucificado, exhala el aire
de tus pulmones, mientras dices la palabra señalada, vaciándote
de ese miedo, al tiempo que echas fuera la última porción
de aire. Toma aire diciendo "Jesús", y absorbe su poder
para que cambie lo que puede ser cambiado, y para que puedas soportar
lo que debe ser soportado (2 cor.12,8-10)
- Continúa haciendo esto, hasta que ya no
tengas que echar fuera ningún miedo.
- Comunica el poder y el amor de Jesús a
otros que estén enfrentándose a estos miedos. Ve
diciendo el nombre de la persona: "Juan...... Ana...... Pedro......."
ORACIÓN
Jesús, Tú te enfrentaste
a todos tus sufrimientos. Cuando tu cuerpo se sacudía por el
dolor y tus amigos se escondían, parecía que aún
el Padre no se preocupaba. Preguntaste: "Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?" ¿Por qué te enfrentabas
a tanto, tú solo?
Jesús, cuando me llegue la muerte,
déjame enfrentarme a la angustia para poder así compartir
con el Padre todos mis temores. Hazme capaz de ver cuán enferma
pueda estar, de modo que pueda así recibir todas las atenciones
que Tu Padre vaya a tener conmigo. Protégeme del dolor, de
la soledad, de la parálisis y de la falta de lucidez, a las
que tengo tanto miedo pues he visto a tantos morir. Si algo tengo
que enfrentar, camina junto a mí, para que mis sufrimientos
se hagan tuyos. Soy un cobarde. Tómame de la mano.
QUINTA PALABRA:
TENGO SED (Jn 19,28)
Jesús tuvo sed y atendieron a
sus necesidades físicas. Así también los enfermos
anhelan comodidades para su cuerpo. Anhelan su propia cama, su cuarto,
sus pertenencias, estar con sus familiares. Hay quienes sufren de
enfermedades terminales muy dolorosas, y saben que su fin está
próximo, de allí, su deseo de abandonar el centro hospitalario
para estar con quienes han vivido o han disfrutado durante toda la
vida, y quieren encontrar la paz y sosiego para su espíritu
y su cuerpo dolorido.
Estos enfermos necesitan que se les atienda
en sus necesidades corporales, darles el calor de nuestra mano, en
una oración callada para que la paz continúe aún
más allá.
Estos enfermos parece que saben cuando
les llega el momento. Y cuando se sienten preparados para morir, solo
desean pequeñas cosas, como un cojín predilecto, una
taza de té, el calor de una mano amiga. En esto podemos cifrar
"tengo sed".
.
PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR
- ¿En donde quiero morir?
- ¿Quiénes me gustaría que
estuvieran allí?
- ¿Qué me gustaría que estas personas
hicieran por mí?
- ¿Qué cosas me gustaría que estuvieran
cercanas a mí?
a) - Imagínate agonizante en
la forma en que te gustaría morir, en donde quieres estar,
con qué amigos, diciendo tal o cual cosa, habiendo hecho
lo que sueñas hacer. ¿Qué es lo que necesitas hacer
para morir así? Comparte esto con Jesús.
b). - Dile a Jesús que te ayude
a saber lo que, a la hora de tu muerte, te gustaría haber
hecho ahora
ORACIÓN
Jesús, al perder tu sangre te
deshidrataste y padeciste una sed frenética. Pero tenías
una sed aún más profunda, la de tu Padre y tus amigos,
por lo que rehusaste beber. Añorabas el cielo y dijiste," no
beberé de nuevo del fruto de la vid, hasta que llegue mi Reino"
(Mat.26, 29).
Jesús, déjame compartir
contigo no sólo mi miedo a la muerte sino también mi
sed de morir a gusto, morir, en dónde quiero morir, y a quién
necesito tener a mi lado, y la forma en que me gustaría pasar
mis últimas horas. Jesús, ¿cómo te gustaría
que muriera?.
Para adquirir la libertad de escoger
la voluntad de Dios, a San Ignacio le gustaba imaginarse en su lecho
de muerte para ver así las decisiones que tomaría.
SEXTA PALABRA:
TODO ESTÁ CONSUMADO (Jn
19,30)
Estos son los momentos en que mirando
la trayectoria de la vida, nos detenemos frente a lo vivido, a los
planes cumplidos y los no cumplidos; en una palabra escribimos nuestra
autobiografía.
PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR
- - Si te dieran la oportunidad de vivir la vida
nuevamente. ¿Qué escogerías otra vez?
- - Vamos a omitir entrar en detalles.....¿Qué
quiero que los demás recuerden de mí?
a) - Imagínate sentado con Jesús,
ante una fogata, en una noche fría. Escucha el crepitar de
las brasas, y a Jesús que te pregunta. ¿Cuáles fueron
los momentos más felices de tu vida? Con gratitud comparte
con Jesús las escenas que vengan a la memoria.
b) - Cuando lo hayas compartido suficientemente,
pregunta a Jesús: ¿Cuál consideras que fue el mejor
momento de mi vida?.
c) - Termina dando gracias a Jesús
y diciéndole lo que está en tu corazón.
ORACIÓN
Jesús, no teniendo ya más
fuerzas para vivir, agradeciste al Padre todas las ocasiones en que
tuviste la oportunidad de escoger la vida. ¿En qué momentos
viviste con mayor plenitud?¿Fue cuando abrazaste a Lázaro después
de su resurrección, o cuando celebrabas con todos en Canaán
tu primer milagro? ¿Fue también cuando mostraste tu completo
amor a los demás y les lavaste los pies y también cuando
les diste tu cuerpo y tu sangre en la Última Cena? ¿Cuándo
te sentiste más amado? ¿Qué te impulsa a decir que tu
vida tuvo un sentido y que entonces todo estaba consumado?
Jesús, muéstrame los momentos
más logrados de mi vida, las ocasiones en que he amado y he
sido amado. ¿Cuándo fui más feliz? ¿Más compasivo,
más generoso, más agradecido? Muéstrame quién
me amó más, y cómo tal persona cautivó
mi mirada como para hacerme feliz y sentirme realizado. Si me dieran
la oportunidad de vivir nuevamente, ¿qué escogería
repetir otra vez?. Permíteme, Señor, agradecerte las
ocasiones en que pude realmente escoger la vida.
SEPTIMA PALABRA:
PADRE EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU
(Lc. 23,46)
Llegado el final del sufrimiento, se
han ido cumpliendo las palabras que Jesús pronunció
al final de su vida. Ya no quedan mas fuerzas, solo abandonarse en
los brazos del Padre, del amor del Padre. Ahora solo queda una oración
para el momento de la muerte "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".
1. - Siéntese o acuéstese
en un cálido mediodía relajante, como en el amor del
Padre.
2. - Empezando por la frente, póngala
primero tensa y luego relájela diciendo "Padre" y sométale
todo aquello que la pone tensa y todo lo que su mente pueda hacer.
Después baje hacia los ojos y haga con
ellos lo mismo. Vaya después, parte por parte, con
sus oídos , cara, cuello, etcétera, hasta que llegue
a los pies. Con todo su cuerpo ya relajado inspire y expire el amor
del Padre.
3. - Cuando termine, diga lentamente
el Padre Nuestro.
PAZ, COMO MI PADRE ME ENVIÓ,
ASÍ OS ENVÍO YO. (Jn, 20,21)
Después de la muerte de un ser
querido, se vierten muchas lágrimas, y se hacen muchas preguntas.
¿Por qué mi padre tuvo que morir
tan desgastado y destruido por el cáncer en la garganta, dificultándole
sus últimas palabras? ¿Por qué los médicos no
se lo diagnosticaron antes, de modo que hubiera vivido algunos años
más? Hubiéramos sido tan amigos y mis niños se
hubieran balanceado en sus rodillas. ¿Por qué no podía
abrazarlo, aunque su cáncer fuera tan repulsivo? Me había
dado todo lo que pudo y yo ni siquiera me preocupé por atenderlo.
¿Por qué lo tomé como un hecho consumado? ¿Por qué
nunca le dije que me apenaba por ello?. Si por lo menos se lo hubiera
dicho... si por lo menos me hubiera abrazado y me hubiese dicho.....
¿Moriré yo de la misma manera, del cáncer en la garganta,
tan presente en mi familia?
Estas preguntas brotan de una mordiente
soledad y gran vacío.
Los autores de la Sanación de
los Moribundos, los Hnos. Linn, experimentaron la pérdida de
sus seres queridos, la angustia, el dolor, la soledad, el vacío,
etc. y trabajaron y oraron por la sanación de otras personas,
que se encontraban paralizadas por la pérdida de un ser querido.
Nos dicen que en una ocasión,
un joven empezó a rezar después que había muerto
su padre, y se vio libre de la homosexualidad que comenzó cuando
perdió el amor de su padre.
Una madre con 4 hijos se vio libre del
insomnio y de las pesadillas, cuando se perdonó a sí
misma de la culpa que tenía por haber contribuido al alcoholismo
de su hermano y a su muerte. Otro se vio liberado del dolor que le
causaba un malestar crónico de un nervio del cuello, cuando
le entregó al Señor la carga que le agobiaba un sentimiento
de culpa por no haber estado presente en la muerte de su padre. Tuvo
que perdonar a su padre, quién le había dicho "me dejaste
en un asilo para hacerme a un lado", y tuvo que perdonarse a sí
misma porque realmente lo había querido hacer a un lado cuando
le colmó la paciencia. Para ella como para otros, el alivio
vino cuando fueron capaces de poder perdonar y ser perdonados a través
de Jesús.
Al orar, con ocasión de la pérdida
de un ser querido, la oración de sanación sigue a menudo
un esquema dialogal.
1. - Pido a Jesús que la persona
muerta se me haga presente a través del corazón de Jesús.
2. - Comparto con el desaparecido todo
lo que estoy sintiendo ahora y todo lo que deseo haber dicho o echo
cuando él vivía
3, - Escucho lo que Jesús me dice
o hace por mí, y espero para que el ser querido me conduzca
a Jesús.
Quizá parezca extraño,
que seamos capaces de pedir a Jesús y a nuestros seres queridos
desaparecidos que se nos hagan presentes, cuando la Escritura nos
prohibe (sin Jesús) consultar a los muertos para saber el futuro.
(Dt.18) La Escritura misma nos da el ejemplo de estar amorosamente
presentes con los difuntos cuando nos narra cómo Jesús
y Pedro estuvieron presentes en la aparición de Moisés
y Elías en la Tranfiguración (Mc 9,2-8)
De la misma forma, con Jesús mediador,
nosotros también podemos hacernos presentes a nuestros seres
queridos para decirles lo mucho que les queremos y perdonamos.
Al orar podemos decir "Jesús,
déjame escuchar sólo lo que quieres decirme cuando estás
presente en José... ó Rosa... quién me ama".
Puesto que el amor va mas allá de la muerte (1Cor.13) en el
grado en que no amemos y perdonemos a nuestros difuntos, les impedimos
que amen y sean amados por Jesús, quién está
en nosotros. Como Moisés con su rostro cubierto ante Dios,
así ellos al mirar a Jesús, sienten también la
vergüenza de herirlo en nosotros, hasta que les perdonamos y
liberamos.
Puesto que todos formamos parte en el
Cuerpo de Jesús, podemos ayudarnos mutuamente, por medio de
este amor y perdón, como la mano derecha ayuda a la izquierda.
La tradición de la Iglesia nos
alienta a orar amorosamente por los difuntos. Jesús vivió
en el mundo judío en que los macabeos habían llevado
al pueblo "de modo noble y excelente" a ofrecer oraciones y sacrificios
por los soldados muertos, a fin de que fuesen librados de sus pecados
(2 Mac.12,42,46
Jesús oró por los difuntos,
como en el caso del hijo de la viuda de Naim (Luc 7,11,17), y Lázaro
(Jn 11). .
Tenemos como seguidores de Jesús
a San Cipriano, que se refiere a las misas para difuntos desde el
tiempo de los apóstoles.
Tertuliano que en el siglo III insistía
en la necesidad de orar por la muerte de los difuntos.
Santa Mónica, que pidió
durante 16 años por la conversión de S. Agustín,
le dijo en sus últimas palabras: "deposita este cuerpo donde
quieras; no te preocupes de su cuidado. Sólo te pido, que donde
quiera que estés, me recuerdes en el Altar del Señor.
(Confesiones IX, cap. 11). Y otros santos como Santa Teresa de Avila,
el Cura de Ars, y Santa Perpetua vieron a las almas del purgatorio,
oraron por ellas, y las vieron arribar a la Vida Eterna. Santa Perpetua
vio, en su oración, a su difunto hermano Dinócrates
herido y padeciendo en un desierto. Después de algunos días
de orar por él, volvió a verlo curado y agradecido con
ella. E incluso la muerte no nos puede separa del amor de Dios, el
cual podemos comunicar a otros por la oración en Jesús.
(Rom.8, 38-39).
Podemos suponer que un amigo difunto
ha decidido separarse de Jesús por la eternidad.
Por ejemplo, una persona que se haya
suicidado, la conclusión general suele ser que merecía
la condenación eterna. Pero las presiones que llevan a una
persona a suicidarse, o a una vida criminal, generalmente no permiten
que la libertad rechace en forma total a Cristo, que quiere llevar
a todos los hombres a El (Jn.12,32). Conocemos la existencia de la
condenación, pero como San Francisco de Sales lo aclara, no
tenemos derecho a concluir que un pecador esté condenado, sino
que debemos respetar el secreto de Dios que quiere salvar a todos.
No hemos sido llamados para ser jueces, sino sólo para orar
por los difuntos en los espacios que éstos dejen abiertos para
el amor de Jesús en nosotros.
Si podemos, a través de Jesús,
amar a los difuntos y reconciliarnos con ellos, ¿cómo podemos
saber que realmente oímos a Jesús más bien que
a nuestros propios pensamientos? ¿Cómo sabe una madre lo que
su pequeño de tres meses le está diciendo? Ama tanto
a su niño que está alerta para cualquier señal
de que el bebé necesita descanso, comida, un cambio, movimientos,
o sólo su cariñosa atención. Puede que escuche
el llanto del niño o que lo vea chupándose el pulgar
en señal de hambre, o percibir su cansancio, o tener el presentimiento
de que se encuentra en peligro.
Por tanto para escuchar a alguien en
oración, me basta con amarlo hasta que tenga la impresión
de que está diciéndome o haciendo conmigo.
¿Cómo saber realmente si esto
viene de Jesús? ¿Me condujo el difunto más cerca de
Jesús, como Moisés y Elías llevaron a Pedro en
la Transfiguración? Sé que he estado escuchando la mente
y el corazón de Jesús si empiezo a actuar como Jesús.
Si mi oración me hace más compasivo, generoso, agradecido,
confiado, y me llena de los frutos del espíritu (Gal.5,22),
entonces encontré a Jesús en mi difunto amigo. Encuentro
a Jesús en el grado en que salgo de mí mismo para amar
a Jesús, al Padre, al prójimo y a mí mismo.
La sanación llega cuando entregamos
los difuntos en los amorosos brazos de Jesús, y amamos entonces
a Jesús y a los que ya partieron con el mismo amor que les
puedo llevar a la soledad.
Los autores, comparten una experiencia.
"Recientemente estuve con un amigo que agonizaba de cáncer
de los huesos. Su familia oraba con él diariamente para que
se viese libre del dolor de modo que, en su plenitud mental, pudiese
amar a través de su muerte. Sus oraciones fueron escuchadas,
y pasó sus últimos días reuniendo a su familia
en la reconciliación e incluso planeando su propio funeral.
Por las tardes pedía a su esposa que fuese a terminar su formación
como enfermera para que pudiese continuar al cuidado de los enfermos
con el mismo amor que había tenido para con él. Hoy
en día, un año después, su esposa no vive deprimida
y desesperada sino que es una enfermera compasiva, y cuyas atenciones
tienen mucha demanda. Tiene el don especial de ayudar a los que están
a punto de morir, haciendo a un lado sus temores de que el amor termina
con la muerte.
A través de cada persona que muere,
Jesús espera la oportunidad de preguntarnos lo que le preguntó
a María Magdalena, " mujer, por qué lloras?, ¿A quién
buscas? (Jn 20,15)
Si le decimos lo que está en nuestros
corazones, Jesús nos llamará por nuestro nombre y nos
dirá que no nos apeguemos a los seres queridos que se han ido,
sino que amemos a quienes amaron. Entonces oiremos con nuestros corazones
sus palabras llenas de vida y sanación. "Paz. Como el Padre
me envió, así los envío".
Reciban el Espíritu Santo. "A quienes perdonen sus pecados
les quedarán perdonados. A quienes se los retengan, les quedarán
retenidos" (Jn.20.21,23). Cada amigo que ha muerto dice estas mismas
palabras esperando que lo perdonaremos y continuaremos con su misión.
¿Qué decimos nosotros?.
- - Ve a Jesús que te ama. Pídele
que te haga presentes a los seres queridos, en el Corazón
de Jesús.
- Comparte con ellos todo lo que sientes, y lo
que deseas haber dicho o hecho.
- Ve a Jesús abrazándolos, y llénalos
con la vida que hubieses querido darles.
- Ve como ellos quieren amarte también.
Fíjate en lo que Jesús te dice o te hace, y en cómo
los seres queridos te conducen a Jesús.
- Ve a Jesús y a los demás que te
sonríen y te bendicen mientras desaparecen. Termina con
esta oración.
ORACIÓN
Jesús, después de tu muerte
volviste para decirnos: "Paz. No tengan miedo. Como el Padre me envió,
así los envío. Reciban el Espíritu Santo para
perdonar y ser perdonados. Tú no quieres que tu amor termine
con la muerte sino que continúe a través de nosotros
hacia todos los que amaste.
Jesús, te entrego mi amor que
me hace estar solo y que llama al que se ha ido para que vuelva. Haz
que el dolor me lleve a amar a los que amó y a completar lo
que dejó inconcluso. ¿Qué haría si estuviese
vivo todavía?. Ayúdame a amar a los amigos que ha dejado
y a evitar tenerlos como "amigos", con los que realmente no comparto
nada. Jesús, ¿quién necesita el amor que ya no puedo
darle?
Señor, haz de mí un
instrumento de tu paz.