|
Es frecuente que una molestia física,
aunque verdaderamente nos duela, sea en realidad una somatización,
un producto de nuestro inconsciente. Porque así delegamos en
otros la responsabilidad de curarnos y nosotros no enfrentamos el origen
profundo de esa enfermedad, una forma de vivir o una obsesión
que no queremos cambiar
Lo mismo sucede con ciertas angustias, acompañadas de molestias físicas, cuando pretendemos que un psicólogo o un sacerdote nos libere de ellas, pero sin reconocer la causa que nos lleva a esa situación. Porque en realidad, esa angustia nos parece menos dolorosa que tener que enfrentar con valentía su causa profunda. Hay muchos mecanismos de defensa que nos
dan excusas para no enfrentar nuestra realidad y para no encarar las
verdaderas causas de nuestra infelicidad. Es cierto que son reacciones comprensibles cuando son transitorias, y por un tiempo limitado le permiten al individuo soportar una situación de angustia sin quebrarse. Pero cuando se prolongan, dominan a la persona, se enquistan en su vida y la frenan en su crecimiento, no hacen más que aumentar y profundizar la angustia. No favorecen una salida, sino que agudizan el problema y hacen que la persona pierda un tiempo precioso, desaprovechando las verdaderas posibilidades que tienen para crecer, para superar su situación, para vivir mejor. Cuando logramos reconocer la raíz de nuestros problemas, esa raíz que llevamos dentro de nosotros mismos, y le entregamos a Dios esa esclavitud del alma que nos llena de nerviosismos, ansiedades, tensiones, temores, eso posiblemente hará que poco a poco la enfermedad que nos molesta vaya cediendo. Mucha gente se cura, por ejemplo, cuando da el paso de perdonar de corazón una vieja ofensa. Otras veces se trata de presentar a Dios con total sinceridad un recuerdo doloroso del pasado que nos oprime, pidiéndole que Él se haga presente allí, en ese momento que recordamos con angustia, y nos cure con el amor que en aquel momento necesitamos y no tuvimos: sea en el dolor de nacer, en algún momento de la infancia, en alguna agresión sufrida, porque una parte de nosotros no se sintió suficientemente amada o protegida, porque nos equivocamos y no superamos aquel sentimiento de culpa, porque hicimos o padecimos algo que nos avergüenza, etc. Puede suceder que, cuando damos un paso
correcto, y alcanzamos una nueva paz interior, la curación, normalmente
no sea milagrosa. El cuerpo irá recuperando la calma poco a poco,
porque los músculos tienen una memoria. Pero cuando entregamos ante Dios ese veneno que nos molesta en el alma ya experimentamos un profundo alivio interno, una liberación que nos hace felices en medio del dolor del cuerpo. Allí comprobamos cómo un sufrimiento puede estar unido a una verdadera alegría. Para no volver a perder la paz, habrá que tener paciencia, esperando que el cuerpo poco a poco se vaya sanando, tratando de no estar muy pendientes de esa molestia, aceptándola con más normalidad. Es importante entonces acudir a una ayuda psicológica cuando sospechamos que detrás de un sufrimiento hay alguna perturbación interior. Pero también es decisivo hacer un adecuado camino espiritual.¿Cómo sería concretamente? Primero, conversar con Dios acerca de las
angustias interiores, los miedos, los recuerdos obsesivos o los viejos
rencores; pidiendo a Dios la gracia de descubrir claramente las raíces
interiores más profundas de nuestros sufrimientos. Luego, pedirle a Dios, la gracia de sanar esa enfermedad del alma que hemos reconocido: la gracia de liberarse de un rencor, la gracia de entregarle un apego. Un recuerdo, y recuperar la libertad interior, etc. Esta súplica, si es perseverante, irá abriendo el corazón poco a poco hasta que podamos dar el paso de entregar los que nos daña por dentro. Pero podemos reconocer que hay algo que
debe cambiar en nuestra vida, algo que nos hace daño, y sin embargo,
aunque le pidamos a Dios que nos libere de eso, en realidad no deseamos
liberarnos. Esta oración sincera, si es frecuente y perseverante, tiene el poder de movernos a reflexionar y de llevarnos, poco a poco, a desear otro tipo de vida. Así, en esta combinación entre la gracia de Dios que nos invita y nuestros pequeño intentos, tarde o temprano brotará la convicción de que hay algo que cambiar, y entonces si podrá comenzar un camino real de liberación y Sanación También uno puede motivarse en la oración para poder dar el paso de entregar una esclavitud interior que lo perturba. Veamos un ejemplo. Si se trata de una falta de perdón a alguien, podemos buscar motivaciones que nos llevan a desear perdonar, de manera que podamos dar sinceramente ese paso liberador. Esas motivaciones podrían ser las siguientes:.
Y quizá, dejándonos amar por Dios tengamos que dar el paso de perdonarnos a nosotros mismos, de comenzar a mirarnos con los ojos misericordiosos y amantes de Dios y no con mirada de jueces o de enemigos de nosotros mismos.
CAMINO PERSONAL 8 El camino personal es el ya indicado. Te sugiero que comiences pidiendo a Dios todos los días que te haga ver la raíz de tus enfermedades del cuerpo y del alma, la causa más profunda de tus angustias. Y si ya sabes que hay algo que te ata y que deberías liberarte de ello, dedícate un buen tiempo a pedirle al Señor: "Dame la gracia de entregarte esto". O quizá: "Coloca en mi interior el deseo sincero de entregarte esto que me esclaviza" NOTAS. (32) J.A,.García Monge, a,c 215
|