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Hay momentos de la vida donde la única manera de aceptar lo que nos pasa es extasiarnos en la alabanza, salir de nosotros mismos y postrarnos religiosamente ante el Misterio que nos supera. Adorando a Dios, aún en medio de un momento difícil, nuestra mente y nuestro corazón salen de los estrechos límites de lo que estamos viviendo.- Así entramos en el infinito de la gloria de Dios que nos permite relativizar nuestro yo molesto y humillado. Pero cuando nos quedamos encerrados en nuestro pequeño mundo, pendientes de nosotros mismos, excesivamente atentos a todo lo que nos molesta, entonces nuestros sufrimientos se agrandan, se complican, se hacen enfermizos y parece mucho más dolorosos de lo que realmente son. Saber que Él existe, que el infinito de Dios es real, siempre es algo maravilloso. Saber que no existe solamente mi yo dolorido, que los límites que me oprimen no son la única realidad, que más allá de todo y dentro de todo está Él. Eso ciertamente es liberador. Siempre es bueno recordar que sólo Él es el fin último de nuestra vida, ampliar la mirada interior y arrancar el corazón del encierro donde el dolor lo sumerge. Ese es un buen modo de avanzar hacia la libertad. Si leemos el libro de Job, allí podemos descubrir
que Job se libera de su tremenda angustia cuando Dios lo ayuda a salir
del encierro en su dolor haciéndole contemplar las incontables
maravillas del universo que Él ha creado (Job 38-41) De manera
que Job termina saliendo de sí en la contemplación de
la sabiduría de Dios, y eso lo hace respirar; lo consuela y lo
libera de la amargura y de la queja (Job 42,1-6). Pero también podemos adorar a Jesús en
la cruz hasta que podamos decirle:"Tú eres el importante". En su Cántico Espiritual decía San Juan
de la Cruz; "Adónde te escondiste amado, y me dejaste con
gemido...Si por ventura viereis a Aquel que yo más quiero decidle
que adolezco, peno y muero". La verdadera y gran "molestia", la búsqueda
realmente importante, la necesidad que nos perturba, más que
la preocupación por un dolor o un problema terreno, es saciar
el ansia de Dios que llevamos dentro. Al lado de esa necesidad, toda
otra perturbación de la vida es poca cosa. Por eso, que suele
estar escondido en el fondo del corazón, se nos hace más
evidente cuando logramos, con el impulso del Espíritu Santo,
adorar a Dios. Es la pobreza que vivió maravillosamente San
Francisco de Asís, no tanto por su desprendimiento con respecto
a los bienes, sino por el desprendimiento de sí mismo que le
permitía sobrellevar con ternura y humildad todas las molestias
de la vida. Porque en el centro de su corazón estaba el único
que merecía ese lugar "El Altísimo, todopoderoso
y buen Señor". "Me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Si a causa de mis pecados permite mi condenación por lo menos su justicia será alabada a causa de mi persona". (13) Evidentemente, este alto grado de "salida de sí mismo" sólo es posible por un poderoso impulso de la gracia. Pero lo que queda claro en el caso de santo Tomás Moro, es que ese éxtasis, esa liberación de su yo, no lo convertía en un ser triste y temeroso. Todo lo contrario, le brindaba una insólita libertad interior: sólo Dios es el grande, sólo Él glorioso, es digno de toda alabanza, sólo Él es el importante. Por eso, si me siento humillado a causa de mis errores; si mi imagen pública se ha manchado, si me avergüenzan mis pecados o imperfecciones, puedo dar ese salto tremendo saliendo de mí mismo y gozarme pensando que Dios sí es el Santo, que en Él hay una perfección sin límites ni incoherencias y sólo Él merece ser alabado. Si sufro pensando que no soy feliz, que la vida me niega muchas cosas, que estoy insatisfecho, puedo arrancarme de mi lamento permanente y gozarme reconociendo que Dios es infinitamente feliz, con un gozo sin manchas de tristeza ni amargura. Es cierto que Dios me llama a compartir su alegría pura, pero lo que interesa ante todo es que existe Él , felicidad sin fronteras. Si me duelen las carencias afectivas, las faltas de amor, el cariño o la gratitud que no he recibido, puedo extasiarme contemplando que existe el Amor total y verdadero, sincero y desinteresado, porque Dios es amor, y El merece mi alabanza. Que Dios sea, que más allá de los límites y las miserias de este mundo contingente y en medio de todo esté Él, vida divina, interminable, hermosura asombrosa e inconmensurable. Límpido, sereno y luminoso. Dios. Eso es lo que cuenta. Este "salir de sí" en la adoración a Dios normalmente no quita el dolor. Pero cuando es un auténtico éxtasis aplaca las rebeldías, vence la resistencia interior. Debilita la obsesión que hace que ese dolor se convierta en un dios omnipresente; no deja que le prestemos a una molestia más atención de la que se merece, no permite que nos haga el terrible daño de enclaustrarnos en una celda amarga y oscura. El éxtasis nos saca de la vulgaridad de la vida, pero no para evadirnos, sino para bucear mejor en la profundidad de la vida, para penetrar plenamente en la existencia y descubrir los secretos del mundo. CAMINO PERSONAL 4 La alabanza liberadora no siempre nos surge espontáneamente. Para que se convierta en algo frecuente y normal en nuestra vida tenemos que buscar las maneras de motivarnos. Sería muy útil que tomes la Biblia, repases los Salmos, y copies en una hoja las frases de alabanza que te motiven a alabar a Dios, que te despierten el deseo de hacerlo, que te impulsen a la adoración. Una vez que hayas seleccionado esas frases, repite lentamente y muchas veces cada una de ellas, y cuando sientas que tu corazón se eleva en la alabanza, agrega algunas alabanzas con tus propias palabras. Evita detenerte a recordar cosas que te molesten, trata de no pensar en tus dificultades por un momento. En todo caso, después alaba a Dios porque es poderoso, y te ayudará a encontrar una salida a tus problemas.
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