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No podemos negar que hay personas que están
permanentemente quejándose por cualquier cosa. Todo les molesta excesivamente
: el calor, el frío, la humedad, los animales, los ruidos, etc. Parece
que todo lo exterior es un enemigo. Por eso siempre tienen algo que los
perturba. A veces sienten un dolor y dicen: “Este dolor me quita la paz,
yo no puedo vivir con esto.¿Cuándo se me irá? Prefiero cualquier otra
molestia antes que esto.”
Pero luego, cuando ese dolor pasa, se obsesionan
por otra nueva molestia. Viven obsesionados por alguna molestia porque
sólo aceptan vivir con un bienestar total, se han hecho una falsa idea
de lo que es la felicidad en esta tierra.
En cambio hay otras personas que toman con
mucha serenidad esas molestias normales de la existencia.
Eso nos recuerda que los esquemas mentales,
la amplitud o la cerrazón de nuestra mente tienen algo que ver con nuestros
sufrimientos. Seguramente, si pudiéramos modificar algunos de esos esquemas
psicológicos sufriríamos menos.
Podemos intentarlo. A mí, por ejemplo, me molestaba
tremendamente el calor, y tener que sudar me parecía algo insoportable;
trataba de evitarlos por todos los medios. Hasta que advertí que yo, desde
mis esquemas mentales, había exagerado el temor al calor y lo había declarado
mi enemigo. Pero un día intenté mirarlo con otros ojos. Traté de dejarme
amar por Dios también en el calor, intenté descubrir esa sensación como
un signo de que estoy vivo. Y empecé a sentir que el mismo sudor
que corría por mi cuerpo, y esas gotas que brotaban de mis poros calientes,
me estaba regalando el don de la vida que bullía por mi cuerpo. A partir
de ese día, convivo pacíficamente con el calor, y mi cuerpo mojado por
el sudor me parece algo verdaderamente bueno y hermoso.
Igualmente, si una persona nos parece bella
o fea, eso depende mucho de los esquemas internos, y por eso la mejor
manera de debilitar el rechazo que sentimos por la fealdad de alguien
es precisamente detenernos a mirarlo, percibir detenidamente su rostro,
apreciar sus detalles, los colores, las formas. De esa manera, créelo,
las sensaciones se van liberando de nuestros esquemas mentales y dejamos
de experimentar un rechazo hacia la persona que nos parece desagradable.
También por eso, cuando un ruido no nos deja
dormir, lo mejor no es quejarnos, lamentarnos, dar vueltas y vueltas tratando
de no escucharlo y sintiendo que ese ruido es nuestro enemigo, que nos
está agrediendo, que nos hace daño. Conviene dejar de resistirse y detenerse
más bien a prestarle atención . De alguna manera, hay que imaginar
ese ruido como algo amigo, como parte de la vida en movimiento, incorporarlo
a una imagen que no nos moleste. Y así dejamos de sufrir tanto por esa
molestia inevitable.
Como verás, un secreto para liberarse de los
sufrimientos inútiles consiste en “dejar de resistirte” Detectar y debilitar
esa resistencia interior que sientes ante tal cosa, tal persona, tal actitud
ajena. Si te sientes mal pregúntate:
“ ¿A qué me estoy resistiendo?”
Hay personas que cuando viajan en avión, están
todo el viaje crispadas porque no quieren que el vecino las toque, se
alteran cuando la otra persona las roza, se resisten a ser tocadas. Eso
produce un viaje insoportable. Pero si fueran capaces de respirar profundamente,
de sentir esos roces como una caricia de la vida, recordando que somos
todos de la misma carne, que la persona que está a tu lado es imagen de
Dios con una inmensa nobleza, quizá poco a poco dejarían de resistirse
y terminaría ese martirio inútil
Otro falso esquema mental puede decirnos algo
así. ”Mientras tengas esa pequeña molestia en tu cuerpo no podrás estar
en paz, no podrás trabajar con alegría, no podrás vivir con normalidad”
Hay ciertos dolores frecuentes que pueden ser
síntomas de alguna enfermedad; y si la
persona es hipocondríaca, aunque vaya al médico y este le diga que no
hay nada preocupante, le queda en su interior la duda, la desconfianza,
el miedo. Si le ha dicho que es una arritmia benigna o controlada, tiene
el temor de que eso dañe al corazón y se desencadene una muerte súbita.
En una persona psicológicamente sana, esas
molestias pueden producir durante un tiempo cierta preocupación, pero
no le impiden llevar una vida normal, llena de pequeñas o grandes insatisfacciones.
Es cierto que las molestias siempre proyectan
alguna sombra que por momentos se hace más oscura; pero no quitan el gozo
cotidiano, no privan a la persona de momentos frecuentes de placer y satisfacción, asumiendo esos momentos de
angustia pasajera sólo como una parte de la vida que no tiene por
qué arruinarlo todo. Y en la medida en que, con el paso del tiempo, se
van aceptando serenamente esas molestias como “parte” de la vida, se va
debilitando el miedo, se aprende a “convivir” con ellas, y su efecto negativo
va disminuyendo.
En cambio, si le prestamos demasiada atención
y nos proponemos un ideal de vivir sin molestias, entonces nos obsesionamos
y las molestias se hacen insoportables, y nos rebelamos tremendamente
cada vez que reaparecen. Por eso es importante cambiar ese esquema mental
y decirnos a nosotros mismos “Mi
vida está llena de cosas bellas y buenas. Esta molestia es sólo una parte
de mi vida y no tiene por qué quitarle valor y gozo a las cosas buenas
que tengo entre manos, ni debe interferir en mi relación de amistad con
Dios, que es mucho más grande y valiosa
que esta molestia. Yo no
solamente puedo sobrevivir con esto. Yo podría pasarme la vida con esto,
y mi felicidad quedaría intacta. Señor, líbrame de obsesionarme por mi
bienestar y ayúdame a convivir con sabiduría con las dificultades, dolores
y perturbaciones físicas o espirituales de cada día”.
Esta mentalidad sana, que debilita el peso
que le damos a una molestia, puede ayudar también a que, poco a poco,
la molestia misma vaya cediendo, porque no hay nada que alimente tanto
un desequilibrio psicofísico como la obsesión. Y mientras la molestia
no se mitiga, podemos lograr al menos que no nos impida disfrutar de algunas
cosas que la vida nos regala.
Si una brisa tibia acaricia nuestro rostro,
¿por qué no podemos disfrutarla en medio de un dolor de huesos? Si estamos
dialogando con un amigo querido, ¿Por qué
no podemos disfrutarlo aunque suframos la angustia de no tener
trabajo?. Si estamos contemplando un atardecer, ¿por qué no podemos valorar
ese momento aunque hayamos perdido algún objeto valioso o nos hayan robado
dinero?
Es la obsesión lo que nos impide gozar de las
cosas buenas de la vida. El encierro en una preocupación no nos permite
aceptar que un gozo conviva con un dolor o una molestia.
Si para disfrutar de algo esperamos liberarnos
de toda molestia, entonces tendremos muy pocos instantes de felicidad.
No es necesario que todo esté perfecto en mi vida, en mi cuerpo y en mi
entorno para que yo pueda disfrutar de algo. Ese disfrute es verdadero,
es real, es benéfico para mi vida, aunque tenga que convivir con algo
desagradable.
Pero si nos dejamos obsesionar por la multitud
de posibilidades que ofrece la sociedad de consumo, y pretendemos tenerlo
todo sin privarnos de nada, y sin límite alguno, entonces cualquier pequeña
dificultad o carencia amenaza con llevarse toda nuestra alegría, toda
nuestra paz, toda nuestra capacidad de disfrutar.
También es provechoso reconocer que a veces
hay cosas que nos hacen sufrir porque las asociamos a experiencias dolorosas
del pasado o las conectamos con ideas negativas.(9) Por ejemplo, alguien sufre mucho cuando llueve, porque un día de
lluvia murió su padre, o sufre cuando ve un animal porque cuando era niño
le mordió un perro; o sufre cuando tiene
un dolor físico porque lo asocia a su sentimiento de inferioridad
y entonces cree que él está destinado a sufrir, que no nació para este
mundo, que es un pobre olvidado por Dios, etc. Por eso es muy útil detectar
esas ideas y recuerdos que guardamos dentro y que reaparecen a veces haciéndonos
sufrir sin necesidad. Es necesario advertir que la mayoría de las veces
que sufrimos no es porque haya algo realmente grave y terrible que nos
ataca, sino porque hay algo “dentro de nosotros mismos” que proyectamos
en eso que nos molesta, y así aumentamos el sufrimiento y lo alimentamos”·
(10)
Se trata entonces de reconciliarse con el mundo
externo, no verlo como agresor, no estar permanentemente a la defensiva;
mirar con ternura las leyes de la naturaleza y del mundo sin creer que
deben estar a mi servicio. Yo no soy Dios y el universo no tiene por qué
girar a mi alrededor.
Un ejemplo claro de que es aceptar con serenidad
y alegría los dolores, enfermedades,
carencias y molestias es San Francisco de Asís. Pero él precisamente se
destacaba por convivir fraternalmente con el mundo externo;
él miraba las cosas con ojos de paz y de ternura, y cuando adoraba
a Dios no pretendía esconderse del mundo externo, sino que gritaba: “Dios
mío ¡y todas las cosas!”.Por eso, porque para él ese mundo externo no
era un enemigo, no se rebelaba ni se resistía cada vez que debía sufrir
molestias por el calor, los dolores físicos, las dificultades. Las aceptaba,
con ternura y las ofrecía con amor.
Hay un santo abandono que consiste en
dejar de resistirnos ante todo lo que nos pasa. Se trata de renunciar
a esa sensación negativa que se apodera de nosotros cada vez que se hace
presente una molestia o una dificultad. Esa sensación negativa es inservible,
es inútil. Yo tengo que luchar con creatividad, energía y decisión para
superar mis dificultades, pero no pretender vivir sin dificultades, y
sobre todo no estar crispado, ansioso, tenso ante todo lo que contradice
mis proyectos
No hay nada mejor y más productivo que luchar
sin nerviosismo, sin angustia, sin ansiedad. De hecho ese es uno de los
secretos de las técnicas de lucha oriental; enfrentar al enemigo con habilidad,
sin dejarse tomar por sentimientos de rencor, de venganza, de angustia.
El que lo logra es mucho más eficaz en su lucha. Tratemos entonces de
alcanzar este “abandono”.
“Abandono....A primera vista, suena a pasividad,
fatalismo, resignación. En el fondo, es lo contrario: el abandono, correctamente
vivido, coloca a la persona en su máximo nivel de eficacia y productividad.
En todo acto de abandono existe un no....¿Qué hubiese querido? ¡Venganza
contra los que me hicieron esto!;no a esa venganza. ¡Tristeza porque se
me fue la juventud!; no a esa tristeza .¡Resentimiento porque todo me
sale mal en la vida¡; no a ese resentimiento”! (11)
Pero también hay que decir: “No al sentimiento
de culpa!” El sentimiento de culpa es un terrible enemigo que muchas veces
nos hace sentir que debemos sufrir para pagar por los malos y feos que
somos. Ese sentimiento de culpa es causa de tanto dolor porque nos lleva
a concentrarnos en nosotros mismos, en los detalles indeseables de nuestra
apariencia, olvidando que nuestra verdad más profunda es que somos amados
por Dios.
“Nuestro ego no quiere que creamos en la
existencia de un Dios amoroso ni en el hecho de que nuestra realidad es
simplemente una expresión de su amor. En vez de eso, trata de persuadirnos
de que nuestra verdadera realidad es nuestra forma física, nuestro cuerpo”.
(12)
Otro perseguidor interior que nos impide disfrutar
de la vida es una extraña idea que nos lleva a despreciar algunos buenos
momentos. Cuando estás disfrutando algo, o cuando has vivido un buen momento
y te alegras, puede suceder que escuches una especie de voz interior que
te dice: ”No, no disfrutes. Eso es poca cosa. No vale la pena gozar o
agradecer esa tontería”.
Y entonces brota en tu interior una sensación
ingrata que hace desaparecer la alegría llena de gratitud que estas sintiendo.
Por eso no te conviene escuchar esas sugerencias interiores. No escuches
esas voces negativas, y cuando aparezcan no les des importancia. Reacciona
a tiempo y repite: “Sí. Este es un buen momento, y vale la pena. No es
la gloria celestial, pero está cargado de belleza, lleva una chispa de
fuego divino en medio de la miseria. Gracias, Señor. Gracias.”
CAMINO PERSONAL
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1-Pregúntate cuáles son las ideas que no te hacen bien y que a veces te arrastran y te entristecen: “Todos son malos”, “nada me saldrá bien”, “esto me destruirá la vida”, “yo tengo que hacer todo perfecto”, etc. Detecta las ideas que no te hacen bien, que sólo provocan nerviosismo, melancolía, rencor.
(9)
M. Garcia, Psicología de la
experiencia religiosa, Monte Carmelo,Burgos 2000,49.
(10)
G.G. Jampolsky P Hopkins-W.N.Thetord,
Adiós a la culpa: la magia del perdón. Los libros del comienzo, Madrid
1999,47-48.Cf.G. Kelly.The Psychology Of. personal constructs .Nueva
York 1995.
(11)
Larrañaga, Del sufrimiento
a la Paz .San Pablo, Madrid 2001,238-239
(12) G.G.Jampolsky-W.N.Thetford,o,c,226
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