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La palabra de Dios nos invita a suplicar al Señor
lo que necesitamos, para recuperar la paz interior: La súplica tiene un gran valor , ya que es un comienzo de adoración a Dios, porque al pedirle algo a Dios reconocemos que no somos autosuficientes, que dependemos de él, que le necesitamos, que él es todopoderoso, que él es bueno y puede actuar en nuestras vidas. Y eso es un culto de gran valor. Pedir mucho y frecuentemente a Dios no es signo de debilidad
en la fe. Al contrario, porque quién nunca se detiene a pedir
ayuda a Dios, el que no puede decirle de corazón que necesita
su auxilio, es alguien que posiblemente no cree en Dios; o tiene la
falsa imagen de un Dios débil, incapaz de actuar en el mundo,
o indiferente, incapaz de amar al ser humano. Y esta oración es más personal y sincera si podemos contarle por qué le pedimos eso, si le expresamos toda nuestra aflicción, nuestros deseos, toda nuestra necesidad interior, desde el fondo y hasta el fondo. Es decírselo hasta que sintamos la seguridad interna de haber dejado todo en sus manos, sabiendo que así todo terminará bien, porque él se ocupará de eso, y de una manera o de otra dará una respuesta a nuestra necesidad. El Evangelio nos invita a pedir con entera confianza, creyendo que ya hemos conseguido lo que pedimos (Mc 11,24). También podemos pedir a Dios algunas cosas que no sabemos si responden a su voluntad. Podemos pedírselas como lo hace la liturgia:"Concédenos también aquello que no nos atrevemos a pedirte". Pero también podríamos hacerlo de la siguiente manera. "Señor, mira dentro de mí este deseo tan intenso. Necesito colmarlo. Concédemelo de la manera que sea posible para mi bien y mi felicidad, de la manera que no me aparte de tu amor y de tu luz. La súplica hecha con toda el alma ya nos introduce en la intimidad divina. Nos serena de tal manera que finalmente sólo Dios es el importante para nosotros; ya nada nos perturba, así él puede ser sinceramente el objeto de nuestro amor,. De nuestra más profunda adoración, de nuestra sincera atención. Pero no podemos exigirle a Dios determinados tiempos o plazos, y reclamarle que nos quite ahora mismo un dolor una molestia, una insatisfacción. A veces el Señor espera que esa molestia nos enseñe a ser más pacientes, a no sentirnos el centro del universo, a aceptar con serenidad el dolor. Además, a veces el Señor aguarda que aceptemos
sanar la raíz de ese dolor; una forma de vida que siempre termina
enfermándonos, una vida llena de rencores, ansiedades, nerviosismos.
El dolor físico, por ejemplo, puede ser sólo el síntoma
de un estilo de vida que hay que cambiar. Entonces, quizá el
Señor no nos quite una molestia esperando que nos demos cuenta
de ese cambio necesario y lo aceptemos, y comencemos a obrar de otro
modo. Una cosa que particularmente habría de pedir para que el dolor no nos oprima demasiado, es la fortaleza interior, Porque mientras más débiles seamos por dentro,.más agresivas nos parecerán las dificultades que tengamos que enfrentar y más sufrimos a causa de ellas. De ahí que sea muy importante nuestra capacidad de "resistir". (7) Y esta capacidad de resistir nos hace más fuertes todavía si se trata de una resistencia religiosa. "No el fatalismo, no la lucha tiránica, cuerpo a cuerpo con el dolor sino la resistencia de la confianza, del saber aguantar en el dolor porque Otro te sostiene....Es la rendición al misterio de Dios, a la cercanía de Dios, a la esperanza de que Dios asegura la vida en toda situación...Cuando el dolor es esa resistencia que nace de la redención, entonces quiere decir que el hombre lo ha mirado cara a cara y le ha dado un nombre, el nombre de la cruz de Jesús". (8) Esta fortaleza sobrenatural no se adquiere con el esfuerzo de la voluntad o con reflexiones de nuestra mente. Debe ser pedida como don. Pero al pedirla, nuestro corazón se va dejando tomar por la acción de la gracia y reacciona con una cooperación personal-. Así se logra, poco a poco, que el corazón se haga más fuerte, más firme, más resistente frente al dolor
En cada sufrimiento o perturbación de tu vida es necesario que encuentres la súplica justa. Tienes que aprender a hacer a Dios la súplica exacta que te devuelva la calma y la esperanza cuando tienes una preocupación. Por ejemplo, cuando tienes un dolor físico: ¿Qué podemos pedirle a Dios para que te devuelva la calma, para que ese dolor no te perturbe tanto? Dirás que simplemente
hay que pedirle la salud. Pero quizá te deje más tranquilo
pedirle a Dios que ilumine al médico, para que haga un diagnóstico
correcto, o pedirle que ese dolor no te quite la alegría, o que
esa molestia no te limite en tu trabajo, etc. 1. Ahora podrías
recordar cuáles son las molestias que te inquietan, te quitan
la paz, o no te permiten disfrutar de tu vida últimamente.
NOTAS (7).J.Pieper, Sulla Fortezza, Brescia 1956, 39 |