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Oigamos
lo que el Espíritu dice a las iglesias
El encuentro ecuménico-carismático
de Estrasburgo ha congregado en la oración, en la escucha de la
Palabra de Dios y en el testimonio a unos 30.000 cristianos procedentes
de distintas iglesias y tradiciones, que durante siglos han vivido en
hostilidad o en desconocimiento recíproco. Allí pudimos
experimentar la comunión que crea el Espíritu entre todos
los que hemos sido justificados en el bautismo por la fe e incorporados
a Cristo.
En los mismos días se realizaba otro acontecimiento de singular
importancia para la unidad de los cristianos:
Juan Pablo II celebraba, en su viaje al Reino Unido, diversos encuentros
con hermanos anglicanos y de otras iglesias.
Prescindiendo de lo espectacular y grandioso de tales momentos, lo que
ahora nos corresponde es recoger en el corazón lo que el Señor
nos ha dicho a unos y a otros.
Con la simplicidad que siempre tiene la verdad lo podríamos resumir
en muy pocas palabras: vivir permanentemente el deseo ardiente de la unidad
visible en la Iglesia de Cristo.
Para cada iglesia esto significa una voluntad seria de renovación
y de reforma, iniciando todo un movimiento de conversión, ya que
de otra manera no es posible que unas iglesias acepten a otras en reconciliación
y amor.
El mismo empeño tiene que ir extendiéndose a cada cristiano,
para que a nivel personal adoptemos con más decisión el
espíritu del Evangelio.
Ya el Vaticano II nos había marcado en el Capítulo II del
Decreto sobre Ecumenismo unas líneas muy definidas, que nos concretan
el cambio a realizar, pero que aún no se han tenido en cuenta todo
lo suficiente.
"El restablecimiento de la unión es cosa de toda la Iglesia,
tanto de los fieles como de los Pastores, y afecta a cada uno según
su propia capacidad" (N. 5). Para esto es necesario:
1.- Renovación de la Iglesia o aumento de la fidelidad
hacia su vocación, porque es Iglesia peregrina en este mundo, llamada
por Cristo a una perenne reforma (N. 6).
2.- Conversión interior o del corazón:
"De la renovación interior, de la abnegación propia
y de la libérrima efusión de la caridad es de donde brotan
y maduran los deseos de la unidad" (N. 7). Esto es una verdadera
curación interior, sin la que no será posible "superar
los obstáculos que impiden la perfecta comunión eclesiástica",
y nos exige "poner todos los esfuerzos para eliminar palabras, juicios
y acciones que no responden, según la justicia y la verdad, a la
condición de los hermanos separados y que por lo mismo hacen más
difíciles las relaciones entre ellos" (N. 4).
3.- La oración unánime: "Esta conversión
del corazón y santidad de vida, junto con las oraciones públicas
y privadas por la unidad de los cristianos, han de considerarse como el
alma de todo el movimiento ecuménico" (N. 8).
4.- El conocimiento mutuo de los hermanos: Sin conocimiento
no hay amor, y sin amor no se llega a la unidad. Es necesario que lleguemos
a "un mejor conocimiento de la doctrina y de la historia, de la vida
espiritual y cultural, de la psicología religiosa y de la cultura
propia de los hermanos" (N. 9), y que los católicos "reconozcan
con gozo y aprecien los bienes verdaderamente cristianos, procedentes
del patrimonio común, que se encuentren entre nuestros hermanos
separados".
5.- La formación ecuménica
6.- Atender a la forma de expresar y de exponer la doctrina de la fe,
"con una forma y un lenguaje que (respecto a la fe católica)
la haga realmente comprensible" (N. 11).
7.- Buscar formas de cooperación, de todos los
cristianos, la cual "expresa con viveza la unión que ya los
vincula entre sí, y expone a más plena luz el rostro de
Cristo siervo". "Todos los que creen en Cristo pueden aprender
con facilidad la manera de conocerse mejor los unos a los otros y de apreciarse
más y de allanar el camino a la unidad de los cristianos"
(N. 12).
CUARTA SEMANA
La Promesa
del Padre
I.- Pentecostés y la transformación
de los primeros discípulos
OBJETIVO: Tomar mayor
conciencia de la acción del Espíritu Santo en la historia
de salvación.
A.- El deseo del Espíritu
Santo.
La Sagrada Escritura nos habla del Espíritu
desde su primera página: nos presenta la creación como obra
de Dios por medio de su Palabra y por medio de su Espíritu. A lo
largo de toda la Biblia aparecerá como una de las características
del Espíritu de Dios el ser espíritu creador:
"En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La
tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo,
pero el Espíritu de Dios aleteaba por encima de las aguas"
(Gn 1, 1-2).
El Pueblo de Israel, después de su experiencia de infidelidad,
deseaba una profunda renovación que llegase a lo más íntimo
del ser, una renovación que fuese como una nueva creación.
Este era el deseo del Salmista:
"Crea en mi, oh Dios, un puro
corazón, un espíritu firme dentro de mi renueva; no me rechaces
lejos de tu rostro, no retires de mí tu santo espíritu"
(Sal 51, 11-12).
La profecía de Jeremías:
"Pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la
escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo"
(Jr 31, 33).
Y la profecía de Ezequiel:
"Yo les daré un solo corazón y pondré en
ellos un espíritu nuevo: quitaré de su carne el corazón
de piedra y les daré un corazón de carne" (Ez
11, 19).
Pero esto no podían realizarlo los antiguos jueces o los profetas
o los reyes ungidos de Israel, que sólo recibían la fuerza
del Espíritu de modo pasajero; esta obra sólo podía
hacerla el Mesías sobre quien debía reposar de forma estable
el Espíritu Santo, tal como indica Isaías:
"Reposará sobre él el Espíritu del Señor"
(Is 11,2).
O el canto profético del Siervo
de Yahvé:
"El Espíritu del Señor está sobre mí,
por cuanto me ha ungido el Señor.
A anunciar la Buena Nueva a los pobres me ha enviado, a vendar los corazones
rotos" (Is 61, 1).
Es sobre esta obra del Mesías que se centran los profetas de Israel
cuando anuncian un nuevo Pueblo movido por el Espíritu. Así
la célebre profecía de Joel:
"Sucederá después de esto que yo derramaré mi
Espíritu en toda carne.
Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos
soñarán sueños,
y vuestros jóvenes verán visiones.
Hasta en los siervos y en las siervas derramaré mi Espíritu
en aquellos días" (Jl 3, 1-2).
B) Jesús anuncia el cumplimiento de la promesa
Cuando pasamos a los escritos del Nuevo Testamento, vemos claramente como
Juan Bautista señala la proximidad del cumplimiento de esta promesa:
"Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará
con el Espíritu Santo" (Mc 1,8).
Jesús, por su parte, antes de su resurrección indica también
que es él el que dará el Espíritu Santo:
"El que beba del agua que yo
le dé no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo
le dé se convertirá en él en una fuente de agua que
brota para vida eterna" (Jn 4,14).
- "El último día de la fiesta, el más solemne,
Jesús puesto en pie, gritó: Si alguno tiene sed, venga a
mí, y beba el crea en mí, según dice según
dice la Escritura: de su seno correrán ríos de agua viva.
Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a
recibir los que creyeran en él. Porque aún no había
Espíritu, pues todavía Jesús no había sido
glorificado" (Jn 7, 37-39).
- "Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá
a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré"
(Jn 16,7).
Por eso, tal como nos indica S. Juan, la primera cosa que hace Jesús
resucitado cuando se aparece a sus discípulos es comunicarles su
Espíritu Santo:
"Jesús les dijo: La paz con vosotros. Como el Padre me
envió, también yo os envío. Diciendo esto, sopló
sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo" (Jn
20, 21-22).
C.- Pentecostés
San Lucas recalca también a su modo el hecho de que Jesús
es el que, lleno del Espíritu Santo, da a sus discípulos
su Espíritu, inaugurando un mundo nuevo. El tercer evangelio termina
con las siguientes palabras de Jesús a sus discípulos:
"Yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra
parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos del poder
desde lo alto" (Lc 24, 49).
Luego, al comenzar el libro de los Hechos de los Apóstoles, repite
de nuevo esta cercanía del cumplimiento de la Promesa:
"Les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino
que aguardasen la Promesa del Padre que oísteis de mí. Que
Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en
el Espíritu Santo dentro de pocos días" (Hch 1,
4).
"Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá
sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda
la Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra" (Hch
1, 8).
A continuación, después de indicar el hecho de la ascensión,
señala que "todos estos perseveraban unánimes en la
oración con algunas mujeres, con María, la madre de Jesús,
y con los hermanos de éste" (1,14). Y luego, se refiere a
la experiencia de Pentecostés:
"Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos
reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el
de una ráfaga de viento impetuoso que llenó toda la casa
en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego
que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos
llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas,
según el Espíritu les concedía expresarse"
(Hch 2, 1-4).
De este texto hemos de tener en cuenta varios detalles para comprender
el mensaje que nos quiere transmitir S. Lucas:
a) Pentecostés:
significa cincuenta días, es decir, cincuenta días después
de la Pascua. Con ello se nos pone en relación la donación
del Espíritu Santo con la muerte y resurrección de Jesús
(Pascua).
b) Todos reunidos: no se trata de una experiencia individual,
sino comunitaria. El Espíritu Santo es el don que Jesús
hace a su Iglesia.
c) Viento: la imagen del viento es una forma de hacer
gráfica la venida del Espíritu Santo, ya que "viento"
en griego se dice igual que "espíritu".
d) Lenguas como de fuego: simbolizan la fuerza ardiente
de la predicación apostólica. La venida del Espíritu
Santo hace posible dar testimonio con fuerza de la resurrección
de Jesús.
e) Se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu
les concedía expresarse: el episodio de la Torre de Babel indica
que la unidad de la humanidad quedó rota por el egoísmo
y el pecado; y esto lo simboliza con la división de las lenguas
(Gn 11, 1-9). Aquí la diversidad de lenguas no es símbolo
de división, sino, al contrario, teniendo un mismo Espíritu,
se convierte en símbolo de unidad. Por otra parte, había
una leyenda judía que hablaba de la proclamación de la Ley
en el Sinaí en setenta lenguas, aquí la presencia de lenguas
indica que se trata de una Ley nueva y más grande: el Espíritu
derramado sobre toda carne.
Textos para meditar en la semana:
1.- Gn 1, 1-5
2.- Is 11, 1-5
3.- Is 61, 1-3
4.- Jl 3, 1-2
5.- Jn 4, 10-14
6.- Jn 7, 37-39
7.- Hch 1, 4-8
II.- Nuestra acogida al Espíritu:
una nueva efusión
OBJETIVO: Tomar conciencia de la necesidad de una mayor
apertura a la acción del Espíritu y preparación para
recibir una nueva efusión.
Cuando leemos los Hechos de los Apóstoles nos quedamos admirados
de la presencia de Cristo resucitado en las primeras comunidades cristianas
y del dinamismo del Espíritu de Pentecostés. Si comparamos
esas primeras comunidades con nuestra situación actual en las parroquias
y en los grupos cristianos, nos damos cuenta de la gran diferencia existente
y de la necesidad de esa fuerza interior que es el Espíritu Santo.
A) - Todos nosotros hemos recibido
ya el Espíritu Santo
Todo cristiano ha recibido el Espíritu Santo, en primer lugar en
los sacramentos de iniciación, que son el Bautismo y la Confirmación:
a) el Bautismo. En el Bautismo hemos recibido el Espíritu
Santo como perdón de los pecados y como fuente de vida; de este
modo, por el Espíritu de Jesús hemos entrado en comunión
con el Padre y con el Hijo, hemos entrado en la comunidad cristiana.
b) la Confirmación. En la Confirmación
hemos recibido el Espíritu Santo como constructor de la comunidad
y como fuerza de testimonio y evangelización. Si la gracia del
Bautismo se coloca en el orden del ser cristiano, la gracia de la Confirmación
va dirigida más bien hacia la misión.
Todas las demás celebraciones sacramentales son auténticas
efusiones del Espíritu para cada uno de nosotros. En la Asamblea
Eucarística, después de pedir que el Espíritu Santo
descienda sobre las ofrendas del Pan y el Vino, pedimos que para los que
participen del Cuerpo y Sangre de Cristo se convierta en una efusión
que les convierta en un solo Cuerpo y en un solo Espíritu, por
la obra del Espíritu Santo, que es él mismo el perdón
de los pecados. En el sacramento de la unción de los enfermos pedimos
igualmente el Espíritu Santo capaz de fortalecer y curar al enfermo.
En el sacramento del matrimonio pedimos también el Espíritu
Santo que es el amor y la alianza entre Dios y los hombres. En el sacramento
del Orden pedimos el Espíritu Santo para que consagre en el ministerio
sacerdotal a una persona.
L. MARTIN, "Los sacramentos como manifestación del Espíritu
", en "Koinonía" núm. 30, pp. 8-13.
Pero no sólo en los sacramentos, sino a lo largo de toda nuestra
vida cristiana, en cada experiencia espiritual que supone para nosotros
un crecimiento en la fe, en la esperanza y en el amor, se realiza una
efusión del Espíritu. El Espíritu Santo es el que
realiza las conversiones en el corazón, el que da la fuerza a los
mártires, el que nos mantiene en la perseverancia diaria, el que
nos empuja a perdonar, el que nos enseña a amar.
- B) La Iglesia ha de vivir en un continuo Pentecostés
Por otra parte, no sólo cada uno de nosotros ha de estar recibiendo
continuamente esta fuerza del Espíritu Santo, sino también
toda la Iglesia. El Papa Pablo VI decía que la Iglesia necesita
"un continuo Pentecostés". La realidad de la comunidad
cristiana es un continuo milagro, que se ha de realizar cada día.
Las instituciones, la entrega al Señor, las comunidades tienden
siempre a caer en la rutina y a perder el entusiasmo, de ahí que
la Iglesia necesite continuamente períodos de Renovación
para que este Pentecostés sea permanente.
Así en la historia de la Iglesia podemos ver estas nuevas efusiones
del Espíritu a lo largo de los siglos. Si el primer Pentecostés
fue los inicios, vemos en los Hechos de los Apóstoles una nueva
efusión del Espíritu cuando empiezan las comunidades cristianas
en Samaría, e igualmente cuando empezaron entre los no judíos,
como en el caso de Camelia. En los siglos III y IV las persecuciones y
la experiencia de los mártires supuso también una verdadera
renovación de la Iglesia. En el siglo XIII con S. Francisco de
Asís se vive de nuevo un fuerte período de Renovación.
Lo mismo en el siglo XVI con las figuras de Sta. Teresa y S. Ignacio de
Loyola. En este último siglo hemos vivido los movimientos de renovación
bíblica, litúrgica y ecuménica que culminaron con
el Concilio Vaticano II, que fue el principio de la gran gracia de renovación
para la Iglesia de hoy.
C) - La gracia de la Renovación Carismática
No nos ha de extrañar, pues, que después del Concilio el
Espíritu Santo haya suscitado en la Iglesia esta fuerte oleada
de Renovación Carismática. No se trata de ningún
movimiento, sino de un momento fuerte de Renovación en la Iglesia,
un aplicar por la fuerza del Espíritu la gracia del Concilio.
Esta gracia de Renovación, tanto a nivel personal como ?comunitario,
la describía el Papa Pablo VI del modo siguiente:
-gusto por una oración profunda, personal y comunitaria,
-vuelta a la contemplación,
-gran disponibilidad a las llamadas del Espíritu Santo,
-mayor asiduidad a la lectura de la Sagrada Escritura,
-generosa entrega fraterna,
-voluntad de concurrir a los servicios de la Iglesia (10 octubre 1973).
¿Cómo llamar a esta gracia de Renovación que tantos
de nosotros han experimentado? En los primeros años de la R.C.
y por influencia de la terminología Pentecostal se la llamaba "bautismo
en el Espíritu", haciendo una referencia al texto de los Hechos
de los Apóstoles "pasados no muchos días, seréis
bautizados en el Espíritu Santo" (Hch 1, 5). Dado que esta
terminología se presta a confusiones en cuanto puede parecer que
se trata de un segundo bautismo o de la verdadera recepción del
Espíritu Santo, actualmente entre los católicos se tiende
más bien a emplear la expresión "nueva efusión
del Espíritu". De este modo queda claramente reflejado que
esta gracia de Renovación indica la experiencia espiritual por
la que "la fuerza del Espíritu Santo, comunicada en la Iniciación
Cristiana (sacramentos del Bautismo y de la Confirmación), llega
a ser objeto de experiencia consciente y personal" (Documento de
Malinas-l, C 2 d).
Cfr. R. PUlGDOLLERS, Redescubrimiento del Bautismo y de la Confirmación,
en "Koinonía" núm. 16, pp. 4-6.
L. MARTIN, El bautismo en el Espíritu a la luz del NT,
en "Koinonía" núm. 5, pp. 5-7.
D) - Condiciones para recibir esta nueva efusión del Espíritu
¿Qué disposiciones se necesitan para poder recibir esta
gracia? Toda gracia es un don gratuito y, por lo tanto, no podemos pensar
en esperar merecer esta gracia o estar preparados para recibirla. La única
disposición que se requiere es desearla ardientemente con gran
sencillez. Jesús vino para los pobres, para los enfermos, para
los que tienen necesidad. Si tú no necesitas nada, si te consideras
satisfecho, no podrás recibir el regalo de Dios.
Pero señalemos algunas actitudes que es conveniente intensificar
para prepararse a recibir una nueva efusión del Espíritu
Santo con un corazón plenamente abierto:
a) espíritu de pobreza: no te asustes de tus necesidades
ni tengas miedo de verte tan necesitado. Jesús dijo: "Venid
a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, que
yo os daré descanso" (Mt 11,28).
b) perdona de corazón a todos los que te han ofendido:
el Espíritu Santo que vas a recibir es él mismo el perdón
de los pecados, por lo tanto perdona tú a todos los que te han
ofendido para que puedas recibirlo. A veces tenemos en nuestro pasado
personas que nos han hecho mal y que nunca hemos perdonado.
c) reaviva fuertemente la fe en Jesús: es Jesús
quien te dará su Espíritu. Acércate a él como
se acercaba la hemorroísa a tocar su manto, o como Zaqueo se subió
al sicómoro; grita como el ciego de Jericó: "Jesús,
hijo de David, ten piedad de mí".
d) invoca desde lo más profundo de tu ser al Espíritu
Santo: deja que nazca en tu interior este deseo profundo del
Espíritu, deseo que sólo él puede poner.
El papa Pablo VI dijo en una de sus audiencias este hermoso resumen: "Nos
limitaremos ahora a recordar las principales condiciones que deben darse
en el hombre para recibir el Don de Dios por excelencia, que es precisamente
el Espíritu Santo, el cual, lo sabemos, 'sopla donde quiere' (Jn
3, 8), pero no rechaza el anhelo de quien lo espera, lo llama y lo acoge
(aunque este anhelo mismo proceda de una íntima inspiración
suya). ¿Cuáles son estas condiciones? Simplifiquemos la
difícil respuesta diciendo que la capacidad de recibir a este 'dulce
huésped del alma', exige la fe, exige la humildad y el arrepentimiento,
exige normalmente un acto sacramental; y en la práctica de nuestra
vida religiosa requiere el silencio, el recogimiento, la escucha y, sobre
todo, la invocación, la oración, como hicieron los Apóstoles
con María en el Cenáculo. Saber esperar, saber invocar:
¡Ven Espíritu creador! ¡Ven Espíritu Santo!"
(16-X1974).
E) - Cómo se recibe esta gracia
En los grupos de Renovación Carismática es costumbre, aunque
no sea una cosa necesaria, prepararse a esta gracia mediante un tiempo
fuerte de oración y catequesis (las siete semanas que estás
haciendo).
Durante este tiempo de preparación es conveniente hablar en particular
con alguno de los que llevan estas catequesis para poder discernir la
situación de cada uno, sus necesidades y su conveniencia o no de
que pida ya esta gracia.
Cuando hay una o varias personas que lo desean y están preparadas
se reúne un grupo de hermanos para orar por los que han pedido
esta gracia. Esta oración se acostumbra a hacer de una forma que
ni es completamente pública ni completamente privada: acostumbran
a asistir los catequistas que han llevado las siete semanas, los dirigentes
del grupo, las personas más vinculadas a aquellos por los que se
ora y algunas otras personas que se sienten llamadas; de todos modos se
acostumbra a evitar que haya demasiada gente, sobre todo gente nueva,
para evitar todo tipo de emocionalismo y al mismo tiempo para no romper
el clima de recogimiento y de confianza que las personas por las que se
ora requieren (lo importante es que las personas por las que se ora se
encuentren a gusto, con libertad para poder expresarse).
Una vez reunidos en oración y después de algunos cantos
y alabanzas, se acostumbra a invitar a las personas que desean que se
ore por ellas que se adelanten. Luego se las invita a que en su interior
perdonen a todos los que les han ofendido y renuncien al mal; a continuación
se les invita a proclamar su fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo (para estos dos momentos se puede emplear si se quiere el ritual
de la renovación de las promesas bautismales en la noche pascual).
Por último todos oran por los hermanos que han pedido esta gracia.
Si son muchos hermanos es conveniente dividirlos en pequeños grupos,
si no se ora por cada uno de ellos individualmente. Si quieren pueden
ponerse de rodillas o bien sentados, lo importante es que se encuentren
bien. Se acostumbra a orar imponiendo las manos sobre la cabeza o sobre
los hombros; este gesto bíblico se emplea como signo de fraternidad
y de solidaridad con aquel por el que se ora. De todos modos, tampoco
es un gesto necesario; lo importante es que sea una oración sincera
y fraterna.
Textos para meditar en la semana:
1.- Hch 2, 1-13
2.- Hch 2, 14-24
3.- Hch 4, 23-31
4.- 8, 14-17
5.- 9, 1-7
6.- 10, 34-48
7.- 19, 1-7.
QUINTA SEMANA
El
fruto de Pentecostés: la comunidad cristiana
OBJETIVO: Tomar conciencia de que Jesús ha derramado
su Espíritu Santo no solamente para realizar una transformación
individual, sino para crear una verdadera fraternidad universal.
A) - Lo que nos dicen los Hechos
de los Apóstoles
En los Hechos de los Apóstoles, S. Lucas nos indica en el episodio
de Pentecostés la obra que Jesús resucitado quiere realizar
por medio de su Espíritu Santo; ésta es la verdadera fraternidad
entre todos los hombres:
a) deshacer la Torre de Babel: el egoísmo sólo
consigue construir una Torre de Babel en la que los hombres se alejan
y dispersan; sólo el Espíritu Santo es capaz de llevar a
la unidad a los hombres.
b) hacer que los hombres se entiendan: en Jerusalén,
en el Pentecostés se ve entenderse a todos los pueblos de la tierra:
"partos, medos y elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea,
Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia
fronteriza con Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos,
cretenses y árabes, todos les oímos hablar en nuestra lengua
las maravillas de Dios" (Hch 2, 9-11).
c) todos sin distinción: S. Pedro explica la experiencia
de Pentecostés mediante la profecía de Joel que habla del
Espíritu derramado "sobre toda carne, y profetizarán
vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros jóvenes verán
visiones y vuestros ancianos soñarán sueños. Y yo
sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu"
(Hch 2, 17-18).
Frente a esta llamada a construir un mundo nuevo, una nueva humanidad,
la gente reunida en Jerusalén le pregunta a Pedro y a los demás
discípulos: "¿Qué hemos de hacer, hermanos?
Pedro les contestó: Convertíos y que cada uno de vosotros
se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros
pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hch
2, 37-38). Y a continuación el texto indica que "los que acogieron
su Palabra fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas tres
mil personas. Acudían asiduamente a la enseñanza de los
apóstoles... - (Hch 2, 41-42a.). Y a continuación S. Lucas
describe la comunidad cristiana. Es decir, la respuesta al Pentecostés
es unirse fuertemente a Jesús para recibir el Espíritu Santo
y que nazca así la comunidad cristiana.
B) Las características de la Comunidad Cristiana
Los Hechos de los Apóstoles nos resumen en tres textos fundamentales
las características de la comunidad cristiana nacida de la experiencia
del Espíritu Santo en Pentecostés. Leyendo estos textos
nosotros podremos comprender mejor la gracia que hemos recibido al ser
insertos en la Iglesia y recibir el Espíritu Santo:
a) "Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles,
a la comunión fraterna, a la fracción del pan ya las oraciones"
(Hch 2,42). La "enseñanza de los apóstoles" es
la escucha de la Palabra de Dios tal como nos viene anunciada en medio
de la comunidad. La "fracción del pan" es la asamblea
eucarística en la que se reúne toda la comunidad para participar
del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Y todo esto "en la comunión
fraterna" y "en las oraciones".
- La primera característica de la comunidad cristiana es,
por lo tanto, el ser una comunidad de alabanza a Dios,
centrada en la escucha de la Palabra de Dios y en la celebración
de la Asamblea eucarística.
b) "La multitud de los creyentes no tenía sino un solo
corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino
que todo era en común entre ellos" (Hch 4, 32). La comunidad
cristiana no está dirigida sólo hacia Dios, sino que establece
entre sus miembros una profunda unidad, por eso se ha de establecer entre
los creyentes esta unidad perfecta que es el tener "un solo corazón
y una sola alma". De esta unidad profunda brota el compartir, pues
sabiéndonos hermanos, hijos de un mismo Padre, aprendemos a reconocer
todo lo que somos y tenemos como un don de Dios para el servicio de los
demás. De ahí que en la comunidad cristiana Jesús
sea reconocido como el Señor de todo, y nosotros aparecemos como
simples siervos, simples administradores. De esta forma las cosas recuperan
su verdadero sentido mediante el compartir cristiano
-La segunda característica
de la comunidad cristiana es, por lo tanto, el ser una
comunidad de amor fraterno, que tiene su expresión en
el compartir espiritual y material.
c) "Los apóstoles daban testimonio con gran poder de la
resurrección del Señor Jesús" (Hch 4, 33).
La comunidad no está encerrada entre los miembros que la forman,
sino que con la fuerza del Espíritu Santo ("con gran poder")
dan testimonio de la resurrección de Jesús. No se trata
de predicar una palabra o manifestar una fe, sino dar testimonio de que
Jesús está realmente vivo. Y esto sólo se puede hacer
si uno vive auténticamente como él vivía, es decir,
según su Espíritu.
-La tercera característica de la comunidad cristiana es,
por lo tanto, el ser una comunidad que da testimonio de la resurrección
de Jesús por la fuerza del Espíritu Santo.
C) - Crecer en todos los sentidos
Estas tres características de la comunidad cristiana, la alabanza,
el compartir y el testimonio, no son tres formas posibles de comunidad,
como si pudiese existir una comunidad centrada exclusivamente en la escucha
de la Palabra de Dios, o una comunidad de sólo ayuda fraterna,
o una comunidad de sólo testimonio. Los Hechos de los Apóstoles,
nos muestran muy claramente la comunidad cristiana primitiva como constando
de estas tres características. La alabanza lleva al compartir y
al testimonio. El testimonio se basa en la alabanza y en el compartir.
El compartir sólo es posible a partir de la alabanza y del testimonio.
Al haber recibido el don de la Iglesia, nosotros hemos recibido el don
de la comunidad cristiana y por lo tanto el don de la alabanza, del compartir
y del testimonio. A veces esta comunidad cristiana, en las parroquias
o en los grupos cristianos está muy poco desarrollada. Pero el
don, el germen siempre está. Y es sólo a partir del don
de la Iglesia que hemos recibido como podemos conseguir desarrollar y
edificar la comunidad que vemos reflejada en los Hechos de los Apóstoles.
El grupo de oración, en comunión con la Parroquia y con
toda la Iglesia, debe ser una ayuda para ir edificando esta comunidad
cristiana, que no debe quedar circunscrita al pequeño grupo de
oración, sino inserta en toda la gran comunidad cristiana.
Textos para meditar y orar en la semana:
1.- Hch 2, 42. 46-47
2.- Hch 4, 13-22
3.- Hch 4, 23-31
4.- Hch 4, 32. 34-35
5.- Hch 4, 36-37
6.- Hch 4, 33; 5, 12•16
7.- Hch 5, 27-33.
SEXTA SEMANA
Los dones para la construcción de la comunidad
OBJETIVO: Reconocer que todo lo que somos y tenemos es un don
del Señor para el servicio de los demás.
INTRODUCCION
S. Pablo advierte a los Corintios que no han de ser "niños
en Cristo" (1 Co 3, 1) sino que han de ir creciendo hasta convertirse
en adultos en Cristo.
¿Qué significa "ser niño en Cristo"? El
niño es un ser que necesita continuamente que se le dé todo:
necesita las papillas, necesita que se le lleve de paseo, que se le lleve
a dormir, etc. Cuando aprende a hablar su expresión preferida será
"esto es mío". Luego, ya un poco más crecido sabrá
decir "yo y tú", pero sólo cuando tome verdadera
conciencia de lo que es la sociedad y se ponga al servicio de ella empezaremos
a hablar de un adulto. El niño sólo recibe; el adulto también
da. Por lo tanto, "ser niño en Cristo" significa no haber
tomado aún conciencia de que somos el Cuerpo de Cristo y que hemos
sido llamados a construirlo, aportando todo lo que somos.
Jesús mediante varias parábolas nos muestra claramente este
deseo suyo de que crezcamos cada vez más. En primer lugar en la
parábola de los talentos (Mt 25, 14-30) en la que "un hombre,
al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda:
a uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según
su capacidad; y se ausentó". Luego, cuando vuelve el amo pide
cuenta a cada uno de aquellos siervos sobre los frutos que han dado aquellos
talentos que habían recibido. El hecho que se trate de siervos
y que luego el amo pida cuentas, indica claramente que hay un único
Amo y que todos los demás si tienen algún talento es porque
lo han recibido como administradores para que lo hagan fructificar. Lo
mismo encontramos en la parábola del administrador fiel (Mt 24,
45-51) en que se elogia al siervo que administra las provisiones de la
casa según el Amo le ha encargado. Uno sólo es el Amo de
todo, el Señor, Jesucristo. Y todos nosotros no somos más
que siervos suyos y administradores de sus bienes. Si tenemos algo es
que lo hemos recibido para administrarlo al servicio de los hermanos.
-"¿Qué tienes que no lo hayas recibido?", nos
pregunta S. Pablo (1 Co 4, 7). Por lo tanto, Jesús es el Señor,
todo lo que tenemos es un "don gratuito de Dios". Nosotros no
podemos considerarnos dueños de lo que tenemos, sino que hemos
de reconocer que todo procede de Dios poniéndolo al servicio de
los demás. Sólo por obra del Espíritu Santo podemos
reconocer que todas las cosas son un don gratuito de Dios: "Nosotros
no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu
que procede de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado"
(1 Co 2, 12).
Esta actitud de recibir todas las cosas como un don gratuito de Dios para
el servicio de los demás es lo que llamamos actitud carismática.
En griego "carisma" significa "manifestación de
la gracia" o como dice S. Pablo "manifestación del Espíritu
para provecho común" (1 Co 12, 7).
Cfr. R. PUlGDOLLERS, ¿Qué significa la palabra carisma?
¿Qué dice S, Pablo sobre los carismas? ¿Cuántos
carismas hay? en "Koinonía" núm. 33 y 34,
pp. 8-25
Esta actitud que sabe apreciar la obra
de Dios no solo en las cosas grandes, sino también en las cosas
pequeñas, es la que quiere inculcar S. Pablo a los corintios en
el célebre capítulo 12 de la primera carta. He aquí
unos versículos de este capítulo:
“A uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría;
a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro,
fe, en el mismo Espíritu. A otro, carisma de curaciones, en el
único Espíritu; a otro, obras milagrosas. A otro, profecía;
a otro, discernimiento de espíritus. A otro, diversidad de lenguas;
a otro, interpretación de lenguas" (1 Co 12, 8-10).
En este texto S. Pablo exhorta a tener una actitud carismática
en varias áreas de la vida de la comunidad:
a) A ver la predicación de la
Palabra de Dios como un don: tanto cuando se anuncia con sabiduría
(palabra de sabiduría), como cuando se anuncia con la ciencia de
Dios (palabra de ciencia), como cuando se recibe con la fe (fe).
b) A ver todos los bienes como un don: tanto en la curación que
nos devuelve la salud (curación), como en el compartir los bienes
materiales (obras).
c) A ver la actualización de la Palabra de Dios como un don: tanto
cuando ésta se hace proféticamente (profecía), como
cuando se realiza mediante el discernimiento de la voluntad de Dios (discernimiento
de espíritus).
d) A ver toda forma de oración como un don: tanto cuando es una
oración espontánea sin palabras (oración en lenguas),
como cuando se trata de una oración bocal (interpretación
de lenguas).
A) - Acoger como un don la predicación de la Palabra
La Palabra de Dios a los hombres se hace presente en medio de nosotros
a través de los hermanos que por ministerio o de forma espontánea
nos proclaman la realidad evangélica.
• S. Esteban, tal como nos lo presentan los Hechos de los Apóstoles,
es para nosotros modelo de un modo de hablar fuertemente inspirado. S.
Lucas nos lo describe como un hombre "lleno de Espíritu y
de sabiduría" (Hch 6, 3) de forma que los que le escuchaban
"no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu
con que hablaba" (Hch 6, 10). S. Esteban estaba lleno de esa sabiduría
de Dios de la que hablaba Jesús cuando decía:
"Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque
has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado
a pequeños" (Mt 11, 25; Le 10, 21). Esa sabiduría que
prometió a sus discípulos: "Yo os daré una elocuencia
y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir
todos vuestros adversarios" (Lc 21, 15). Este "hablar
con sabiduría" es un carisma, es decir, una manifestación
del Espíritu para provecho de todos.
• S. Pablo se nos presenta él
mismo como modelo de otro modo de hablar también inspirado aunque
menos espectacular. El dice de sí mismo que carece de elocuencia,
"no así de ciencia" (2 Co 11, 6; cf. 6, 6). No se trata
de una ciencia humana, sino del "conocimiento del amor de Cristo,
que excede a todo conocimiento" (Ef 3, 19). Los Hechos de los Apóstoles
nos indican que enseguida después de su conversión "se
puso a predicar a Jesús en las sinagogas: que él era el
Hijo de Dios. Todos los que le oían quedaban atónitos"
(Hch 9, 20). Este "hablar con (1a) ciencia" de Dios es un carisma,
es decir, una manifestación del Espíritu para provecho de
todos.
• Los Tesalonicenses son para nosotros ejemplo de otra actitud carismática
cual es el acoger la predicación con fe. San Pablo les escribía
diciendo: "al recibir la Palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis
no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios,
que permanece operante en vosotros, los creyentes" (1 Ts 2, 13).
Esta actitud de fe ante la acción de Dios es un carisma, es decir,
una manifestación del Espíritu para provecho de todos.
De este modo, S. Esteban, S. Pablo y los Tesalonicenses nos enseñan
a acoger como una manifestación del Espíritu Santo para
provecho de toda una serie amplia de manifestaciones que se presentan
en la comunidad cristiana. Desde la más espectacular del que habla
con sabiduría de Dios que sólo el Espíritu puede
dar, pasando por el que habla de las cosas de Dios con esa ciencia que
penetra y está llena de unción, hasta llegar a la actitud
humilde del que acoge la Palabra con fe. En todo, en lo más espectacular
y en lo más humilde hemos de saber contemplar la obra de Dios que
lo "obra todo en todos" (1 (1 Co 12, 6).
B) - Acoger como un don todos los bienes que Dios nos da
Todo lo que nosotros tenemos es un don de Dios. Tanto las cosas materiales
como las espirituales. Si acogemos con agradecimiento los dones espirituales,
también hemos de saber acoger los dones materiales.
Las comunidades cristianas primitivas sabían recibir todos los
acontecimientos como un don de Dios, de modo que san Pablo podía
escribir: "en todas las cosas interviene Dios para bien de los que
le aman" (Rm 8, 28). De esta aceptación de la voluntad de
Dios es de donde nace la apertura a esas manifestaciones como la curación
y el compartir.
• El tullido que pedía en la puerta Hermosa del Templo de
Jerusalén (Hch 3, 1-10) es para nosotros un ejemplo de esta actitud
carismática de acogida del don de Dios. Alaba y da gracias a Dios
por la curación que ha recibido. Al darse una curación tomamos
mayor conciencia de que toda nuestra vida está en manos de Dios
y de que tanto la vida como la salud son un gran don de Dios.
Los mismos Hechos de los Apóstoles nos muestran a continuación
que cuando se da una curación hay siempre el peligro de poner los
ojos más en los hombres que en Dios. De forma que san Pedro tiene
que decir: "Israelitas, ¿por qué os admiráis
de esto, o por qué nos miráis fijamente, como si por nuestro
poder o piedad hubiéramos hecho caminar a éste?" (Hch
3, 12). Es Jesús y sólo Jesús el que cura. Por eso
hemos de decir que la curación es un carisma, es decir, una manifestación
del Espíritu para provecho de todos.
* Pero no sólo en las curaciones se manifiesta que todo lo material
que tenemos es un don de Dios, esto también queda claro cuando
nosotros compartimos nuestros bienes unos con otros. Hay varios milagros
en los Evangelios que nos muestran esta importancia de compartir, reconociendo
que todos los bienes son para el provecho de todos. Recordemos especialmente
las multiplicaciones de los panes (Mt 14,13-21; 15, 32-39; Mc 6, 31-44;
8, 1-10; Lc 9, 11-17; Jn 6, 1-13), la conversión del agua en vino
(Jn 2, 1-11), la viuda de Sarepta (1 R 17, 7-16); pero también
hay otros episodios no milagrosos que nos muestran la manifestación
de Dios en el compartir humano. Así el óbolo de la viuda
(Mc 12, 41-44; Lc 21, 1-4), y la actitud de Bernabé que vende el
campo que tenía y pone lo conseguido a disposición de los
apóstoles (Hch 4, 36-37). De este modo la Sagrada Escritura nos
muestra que el compartir los bienes es un carisma, es decir, una manifestación
del Espíritu para provecho de todos.
C) - Acoger como un don la manifestación de la voluntad
de Dios
El gran deseo de Jesús es realizar en todo momento la voluntad
del Padre. Este es "su alimento", tal como dice a sus discípulos
en Samaría (Jn 4, 34), y su oración en el Huerto no hace
sino pedir que "se haga" la voluntad del Padre. Pero, ¿cómo
conocer la voluntad del Padre? San Pablo, al final del cap. 2 de la primera
carta a los Corintios, hace esta pregunta: "Quién conoció
la mente del Señor para poder enseñarle?". Y contesta:
"Pero nosotros tenemos la mente de Cristo” (Co 2, 16). Esta
mente de Cristo a que se refiere el apóstol es el Espíritu
Santo, porque "nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu
de Dios" (1 Co 2, 11). La manifestación de la voluntad de
Dios es un don que Dios nos hace, no podemos pretender conocer su voluntad
por nuestro simple esfuerzo humano.
* Judas y Silas se nos presentan en los Hechos de los Apóstoles
como modelo de esta manifestación de la voluntad de Dios que es
el hablar profético. Después de haber puesto en comunicación
de las comunidades el contenido de la carta escrita por los apóstoles
en el Concilio de Jerusalén, "Judas y Silas eran también
profetas, exhortaron con un largo discurso a los hermanos y les confortaron"
(Hch 15, 32). El hablar profético es un hablar inspirado por el
Espíritu para "edificación, exhortación y consolación"
de la asamblea (1 Co 14, 3). Los hemos visto en Judas y Silas y lo encontramos
también en Agabo, de la comunidad de Jerusalén (Hch 11,
27 ss.; y 21, 10 ss.), en los dirigentes de la comunidad de Antioquía
(Hch 13, 1), en los discípulos bautizados en Efeso (Hch 19, 6),
en las cuatro hijas vírgenes de Felipe (Hch 21, 9), en la comunidad
de Corinto (cf. 1 Co 14, 29 ss), en Pablo (1 Co 14, 19), en el autor del
Apocalipsis (Ap 1, 3 ss). En el Apocalipsis nos ha quedado recogida una
forma concreta de palabra profética que es aquella que se presenta
en primera persona, como en boca de Jesús. He aquí el texto:
"Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, Aquel que
es, que era y que va a venir, el Todopoderoso" (Ap 1, 8). El hablar
profético en cuanto actualización de la Palabra de Dios
y manifestación de su voluntad es un carisma, es decir, una manifestación
del Espíritu para provecho de todos.
J. M. Martín Moreno, Funciones de la profecía en la
construcción de la Iglesia; en "Koinonía"
núm. 15, pp. 6-9.
X. QUINCOCES, Criterios para discernir la profecía, en
"Koinonía" núm. 15, pp. 10-12.
* Este hablar profético, sin embargo, está sometido al discernimiento
(cf. 1 Co 14, 29-32). De tal forma que el discernimiento aparece como
la forma fundamental y básica del conocimiento de la voluntad de
Dios. La primera carta de S. Juan lo señala muy claramente: "No
os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus
vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo"
(1 Jn 4, 1). S. Pablo señala la siguiente regla de oro: "nadie,
hablando con el Espíritu de Dios, puede decir: 'Anatema es Jesús',
y nadie puede decir: 'Jesús es Señor', sino con el Espíritu
Santo" (1Co 12, 3). El discernimiento es un don gratuito de
Dios, y ha de ir acompañado de la oración y de una vida
entregada al Señor. S. Pablo señala a los Romanos: "No
os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante
la renovación de vuestra mente, de forma que podáis discernir
cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto"
(Rm 12, 2). El discernimiento es, pues, un carisma, es decir, una manifestación
del Espíritu para provecho de todos.
D) - Acoger como un don todas las formas de oración
La oración no es sólo la expresión de nuestro espíritu,
sino que ha de ser la expresión del Espíritu de Dios. S.
Pablo nos indica cómo en el cristiano es el Espíritu Santo
el que clama en nuestros corazones "Abba, Padre" (Ro 8, 15).
De modo que "el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza.
Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas
el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables,
y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración
del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos
es según Dios" (Rm 8, 26-27).
* Una forma de oración que se utilizaba mucho en la Iglesia primitiva
y que posteriormente se ha utilizado sólo en algunos grupos aislados,
es la que se llama "oración en lenguas". Se trata de
un orar con sonidos, pero sin palabras; un orar dejando de lado la lengua
como forma de expresión humana, de ahí la expresión
"en lenguas" o "en otras lenguas",
que no quiere decir en lenguas antiguas (latín, arameo, sánscrito,
etc.) ni en lenguas actuales desconocidas por el que habla, sino en ningún
tipo de lengua entendida ésta como forma de expresión conceptual.
Tampoco se trata de un movimiento irrefrenable, como si uno estuviese
movido por un espíritu que lo domina; no se trata de ningún
histerismo, sino de una forma de orar que intenta expresar lo más
profundo del ser. Es una forma muy provechosa de oración afectiva.
Como dice el Cardenal Suenens: "es una forma de desprendimiento de
sí mismo, de desbloqueo y de liberación interior ante Dios
y los hombres. Si al comienzo de la experiencia se acepta este acto de
humildad se probará la alegría de descubrir una manera de
orar por encima de las palabras y más allá de todo cerebralismo".
Sin embargo, como ya indica S. Pablo, es una forma de oración que
se presta a abusos y que sólo se debe emplear cuando la asamblea
está preparada para ello y con mucho discernimiento. (cf. 1 Co
14). La oración en lenguas es un carisma, es decir,
una manifestación del Espíritu para provecho de todos.
Cf. R. PUlGDOLLERS, ¿Qué es la oración en lenguas?,
en "Koinonía" núm. 5, pp. 11-13.
• Pero no sólo la forma de orar en lenguas es una oración
inspirada por el Espíritu, sino que toda auténtica oración
es una oración en el Espíritu. No sólo la oración
que no se entiende, sino también lo que llama S. Pablo "la
interpretación de las lenguas", es decir, la expresión
bocal de estos gemidos inenarrables del Espíritu que intentan reflejar
las lenguas. La oración sencilla del cristiano es siempre la oración
del Espíritu Santo que ora por nosotros. Como dice S. Pablo "nadie
puede decir: 'Jesús es Señor', si no con el Espíritu
Santo" (1 Co 12, 3). Si podemos decir a Dios "Padre
nuestro" es porque Jesús nos ha dado su Espíritu
que clama con nosotros 'Abba, Padre". La oración bocal es,
por lo tanto, un carisma, es decir, una manifestación del Espíritu
para provecho de todos.
CONCLUSION
Jesús ha derramado sobre todos nosotros sin distinción su
Espíritu Santo que obra en nosotros, para construir la comunidad
cristiana, el Cuerpo de Cristo. Sólo cuando nos abrimos a esta
dimensión carismática de contemplar todas las cosas como
un don de Dios podemos vivir en la continua alabanza de Dios, podemos
reconocer el don que existe en cada hermano respetándolo, podemos
captar la voluntad de Dios que se manifiesta a través de sus dones.
De lo contrario, con una actitud cerrada, racionalista o autoritaria,
limitamos la obra del Espíritu y al fin Y al cabo nos encontramos
siempre con nosotros mismos. Dejamos de construir el Pueblo de Dios y
empezamos a construir la Torre de Babel que no es capaz de construir una
verdadera hermandad entre los hombres.
Textos para meditar y orar en la semana:
1. - Ef 4, 11-16
2. - 1 P 4, 8-11
3. - Rm 12, 3-13
4.- 1 Co 1, 17-31
5. - 1 Co 2, 1-5
6.-1 Co 12, 4-11
7.- 1 Co 12, 12-30.
SEPTIMA SEMANA
Crecimiento en la vida del Espíritu
OBJETIVO: Dar las pautas
necesarias para asegurar un crecimiento real en la vida del Espíritu,
evitando que todo quede reducido al entusiasmo de unos días.
INTRODUCCION
La obra que el Espíritu Santo quiere
realizar en nosotros no es sólo la labor de un día. Pentecostés,
tal como lo vemos en los Hechos de los Apóstoles, es el comienzo
de una vida dedicada al Señor, vida en la que no van a faltar dificultades,
desalientos y fallos. También para nosotros el recibir una nueva
efusión del Espíritu Santo no marca un punto final, sino
un nuevo punto de arranque. Es una renovación de toda nuestra vida,
pero una renovación que debe mantenerse y crecer cada día.
S. Lucas nos indica en los Hechos de los Apóstoles que "los
que acogieron su palabra (de Pedro)... acudían asiduamente a la
enseñanza de los apóstoles" (Hch 2, 41-42). También
nosotros tenemos que mantenernos asiduos y firmes en el camino emprendido.
Para ello es necesario apoyarse en tres aspectos fundamentales del crecimiento:
1) la oración (oración personal y comunitaria,
la lectura de la Sagrada Escritura, los sacramentos); 2) la comunidad
(vida comunitaria); y 3) el servicio (testimonio, evangelización,
servicio y compromiso cristiano).
I.- La oración
La importancia de la oración la
descubrimos sobre todo al constatar el lugar que ocupa en la vida de Jesús:
se retiraba a orar (Mt 14, 23; Mt 1, 35; 6, 46; Lc 5, 16; 6, 12; 9. 18;
9, 18-28ss; 11, 1), oraba durante la noche (Lc 6, 12), enseñó
a orar a sus discípulos (Lc 11, 1), oró después de
su bautismo (Lc 3, 21), oró antes de elegir a sus discípulos
(Mt 14, 23; Lc 6, 12-13), oró antes de su pasión (Mt 26,
36ss; Mc 14, 32ss.; Lc 22, ?41ss); oró en la última cena
(Jn 17), oraba sobre los niños (Mt 19, 13).
Por medio del Espíritu Santo nosotros nos adentramos en la oración
de Jesús. S. Pablo nos señala que "Dios ha enviado
a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abba!
Padre!" (Ga 4, 6). Y S. Juan en el Apocalipsis dice que "el
Espíritu y la Novia dicen: ¡Ven!" (Ap 22, 17).
Si verdadera mente nosotros nos dejamos mover por el Espíritu de
Jesús también nosotros haremos como él.
La vida de oración presenta distintos aspectos, tanto en su dimensión
individual como comunitaria. Si queremos crecer en la vida del Espíritu,
hemos de intentar crecer en todos ellos:
A) La oración comunitaria. Hemos tomado contacto
con un grupo de oración, donde hemos descubierto la oración
comunitaria. Si queremos mantenernos en un crecimiento continuo en la
vida del Espíritu, el primer punto que hemos de tener en cuenta
es el mantenernos asiduos a la oración semanal del grupo. Allí
aprenderemos a salir cada vez más de nosotros mismos y a ponernos
a la escucha del Señor por medio de los hermanos. Aprenderemos
a unirnos a la oración de los demás, a pedir por sus necesidades,
a alegrarnos con ellos.
Para comprender cada vez más la oración comunitaria hemos
de tener en cuenta sus líneas de fuerza:
a) la presencia de Jesús y la apertura al Espíritu.
Vamos a la oración a centrarnos en Jesús por medio de su
Espíritu. No se trata de hacer unas reflexiones o de escuchar como
los demás oran, o de hacer nuestra propia oración personal,
sino de ponernos todos ante la presencia de Jesús. Cuando entres
en la oración procura centrarte en Jesús y abrirte al Espíritu;
a partir de esta presencia de Jesús todo lo demás lo verás
distinto.
b) la alabanza. Una de las razones principales por las
que el grupo se reúne es para alabar a Dios. Alabar es centrarse
en Dios por lo que él es, por el amor que nos tiene. Procura dejar
de lado lo que tienes que pedirle y hasta aquello por lo que quieres darle
gracias. Repite: "¡Gloria a ti, Señor!". La alabanza
nos centra en Dios y nos hace salir de nosotros mismos.
c) dimensión comunitaria. No se trata de varias
personas que se han reunido para hacer juntas su oración personal,
sino del Cuerpo de Cristo que, movido por un solo Espíritu, eleva
a Dios una misma alabanza. Es una misma y sola oración la que debe
elevarse entre todos: la oración de Jesús. Procura sentirte
profundamente unido a todos los demás hermanos, reconciliado con
todos. Escucha sus oraciones y hazlas tuyas, apóyalas. Que ellos
oren a través tuyo y tú ores a través de ellos.
d) escucha de la Palabra de Dios. En la oración
comunitaria debe resonar la Palabra de Dios; en primer lugar a través
de lecturas de la Sagrada Escritura, otras veces también por medio
de palabras proféticas. No dejes que la Palabra de Dios caiga en
el vacío. Después de escuchada una lectura, haz silencio
y deja que el Señor te hable en tu corazón. Cuando el Señor
habla es él el que marca el ritmo de la oración.
Aunque la oración comunitaria en los grupos carismáticos
es muy espontánea, sin embargo en líneas generales acostumbra
a presentar la siguiente estructura que nos puede ayudar a orientarnos
mejor en la oración:
1a. parte: Introducción: cantos, invocación. Alabanza. Palabra
de Dios. Adoración. 60-75 min.
2a. parte: Catequesis. 10-15 min.
3a. parte: Testimonios, compartir y avisos. 15-120 min.
4a. parte: Oraciones de petición. 10-15 min.
B) La oración personal. La oración comunitaria
no es posible si no viene respaldada por la oración personal diaria.
Si hemos descubierto la importancia de la oración comunitaria,
nos daremos cuenta dentro de poco que ésta existe porque hay un
grupo de personas que diariamente realizan un rato de oración personal.
Si nosotros queremos crecer en la vida el Espíritu y no ser unos
niños en Cristo, debemos procurar tener también nosotros
nuestro tiempo de oración.
Hay momentos en nuestra vida en que la oración nos sale espontánea
y querríamos poder tener tiempos para orar. Son a veces momentos
de gran alegría, o de gran necesidad. Es bueno que vivamos esos
momentos. Pero si queremos crecer de una forma madura en la vida espiritual,
no podemos quedarnos a merced del viento que sopla y a esperar que llegue
un tiempo de euforia para orar. La oración debe entrar dentro de
nuestra vida diaria.
En nuestro día hay algunos momentos privilegiados, que parecen
pedir un elevar más nuestro interior hacia Dios. Así, p.
ej., al levantarse, la comida, al acostarse. La alabanza parece que surge
espontánea al empezar un nuevo día, la acción de
gracias al empezar la comida, la revisión con acción de
gracias y petición de perdón antes de acostarse. Estos momentos
son importantes y no debemos olvidarlos. Pero además de esto, es
necesario tener un tiempo concreto en que nosotros hacemos nuestra oración
personal.
Para hacer posible esta oración personal es conveniente tener en
cuenta los siguientes consejos prácticos:
a) debemos determinar de antemano
a qué hora haré mi oración personal. Normalmente
uno lleva un horario muy apretado, y sólo si lo he previsto anteriormente
encontraré tiempo para la oración. De lo contrario, siempre
diré "no tengo tiempo", o dejaré pasar el tiempo
que tengo diciendo "ya la haré más tarde".
b) debo determinar cuánto tiempo voy a hacer.
No importa que sean sólo cinco minutos, lo más importante
es que sean diarios. Normalmente, como principiantes, nuestra oración
debe oscilar entre los diez minutos y la media hora.
c) debo determinar en qué lugar la haré.
A algunas personas les ayuda mucho el hacer la oración siempre
en el mismo lugar, en un lugar en que se encuentren bien. No se trata
de hacerlo en el lugar que me parezca más digno, sino en el lugar
en que me encuentre más recogido y que me ayude más a hacerla.
d) la oración personal es para estar con el Señor, para
escucharle, para alabarle. No existen métodos fijos. Has
de encontrar tu forma personal. Quizá te ayude la lectura de la
Sagrada Escritura, algún salmo...
(Cf. R, Caries, Necesidad de la oración
personal, en "Koinonía", núm. 19, pp. 4-5).
C) La lectura de la Sagrada Escritura.
La Biblia es la Palabra de Dios. Si queremos saber qué es lo que
el Señor nos dice debemos conocer la Sagrada Escritura, San Jerónimo
decía que desconocer la Sagrada Escritura es desconocer a Cristo.
La Biblia es proclamada en primer lugar en medio de la asamblea litúrgica,
cuando toda la comunidad está reunida. Pero, también debe
ser escuchada y meditada continuamente a nivel personal.
No se trata de hacerla objeto de un estudio frío, sino lugar de
meditación y oración. Para ello, sin embargo, es muy conveniente
tener una cierta formación bíblica, sobre todo cuando ésta
es impartida con unción y por personas que han captado su dimensión
espiritual. Este estudio nos ayudará a situarnos rectamente para
poder escuchar a Dios que nos habla, teniendo en cuenta las características
de algunos géneros literarios y de algunos textos más difíciles.
Es conveniente que cada día dediquemos un tiempo a esta lectura
gratuita de la Palabra de Dios, en espíritu de oración.
Podemos emplear para ello diversas formas. A continuación señalamos
tres:
a) Abrir la Biblia al azar. En algunos momentos de oración
puede ser una buena forma, pero a la larga tiene el inconveniente de que
no nos ofrece una lectura orgánica de la Biblia, de modo que puede
haber textos que nunca leamos.
b) Leer cada día los textos correspondientes a la Eucaristía
del día. Puede ser una gran forma para leer la Sagrada
Escritura al mismo ritmo que toda la Iglesia. Sobre todo, es válida
si no se asiste a misa diariamente.
c) Leer cada día la lectura del Oficio de Lecturas (ciclo
bienal). Es quizá una de las formas más completas de leer
la Sagrada Escritura al mismo ritmo que toda la Iglesia. De esta forma
se lee casi toda la Biblia en el plazo de dos años. Esta forma
es válida sobre todo para los que ya escuchan los textos de la
Eucaristía en la misa diaria.
D) La asamblea eucarística y el sacramento de la reconciliación.
En el crecimiento de nuestra vida espiritual no podemos dejar olvidado
el alimento principal, tanto a nivel individual como comunitario: la asamblea
eucarística. Somos el Cuerpo de Cristo y de él nos tenemos
que alimentar. A medida que van renaciendo las comunidades cristianas
vamos redescubriendo cada vez el sentido de asamblea de la comunidad que
tiene la Eucaristía dominical. Es allí donde se encuentra
la comunidad en su máxima expresión. De modo que con toda
razón el Concilio Vaticano II dice que "es la fuente y cúlmen
de toda la vida cristiana" (S.C. 10).
La experiencia nos muestra que a medida que vamos descubriendo cada vez
más la dimensión comunitaria de la vida cristiana, aparece
con una luz nueva el sacramento de la reconciliación. Cuando nos
vamos acostumbrando a que los hermanos oren por nosotros en nuestras necesidades,
descubrimos el gran tesoro que es el que el Sacerdote, en nombre de toda
la comunidad, ore por nosotros por el perdón de nuestros pecados.
II.- La comunidad
El crecimiento en la vida del Espíritu
no es sólo una relación con Dios, sino también una
relación con los hermanos.
San Pablo, en la Carta a los Corintios, dice que "del mismo modo
que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros
del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo
cuerpo, así también Cristo. Porque en un solo Espíritu
hemos sido todos bautizados, para no formar más que un solo cuerpo,
judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un
solo Espíritu" (1 Co 12, 12-13). Todos los que hemos recibido
un mismo Espíritu, por lo tanto, hemos sido reunidos en una comunión
profunda que es el Cuerpo de Cristo, la comunidad cristiana.
Ahora bien, si es verdad que somos el Cuerpo de Cristo "el cuerpo
no se compone de un solo miembro, sino de muchos. Si dijera el pie: 'Puesto
que no soy mano, yo no soy del cuerpo', ¿dejaría de ser
parte del cuerpo por eso? Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿dónde
estaría el oído? Y si fuero todo oído, ¿dónde
el olfato? Ahora bien, Dios puso cada uno de los miembros en el cuerpo
según su voluntad. Si todos fueran un solo miembro, ¿dónde
quedaría el cuerpo? Ahora bien, muchos son los miembros, más
uno el cuerpo. Y no puede el ojo decir a la mano: '¡No te necesito!:
Ni la cabeza a los pies: '¡No os necesito!'. Más bien los
miembros del cuerpo que tenemos por más débiles, son indispensables.
Y los que nos parecen los más viles del cuerpo, los rodeamos de
mayor honor. Asi a nuestras partes deshonestas las vestimos con mayor
honestidad. Pues nuestras partes honestas no lo necesitan. Dios ha formado
el cuerpo dando más honor a los miembros que carecían de
él, para que no hubiera división alguna en el cuerpo, sino
que todos los miembros se preocuparan lo mismo los unos de los otros.
Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un
miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo"
(1 Co 12, 14-26)
Este texto nos muestra mejor que ninguno
la realidad que crea en nosotros el Espíritu Santo que ha sido
derramado en nuestros corazones. Un solo Espíritu, un solo Cuerpo.
No siempre es fácil salir de nuestro egoísmo y de nuestra
formación individualista, para entrar dentro del plan de Dios y
de la realidad comunitaria. Pero vale la pena. A medida que nos abrimos
a los hermanos, el rostro de Dios se nos va revelando cada vez más.
Hemos de pensar que Dios se nos ha manifestado en Jesús, y Jesús
es nuestro hermano.
Para irnos adentrando cada vez más en esta dimensión comunitaria
de la vida en el Espíritu es conveniente tener en cuenta una serie
de puntos:
a) para que nazca en nosotros esta dimensión comunitaria es necesario
que asistamos a los actos del grupo de oración, de un modo especial
a la oración semanal. Si perdemos el contacto con el grupo, la
experiencia que hemos tenido se irá debilitando cada vez más.
b) procurar entrar cada vez más en relación con los hermanos
del grupo. Cuando conocemos al hermano se nos hace más fácil
compartir sus penas y sus alegrías. Al mismo tiempo nos damos cuenta
de que cada hermano es distinto y que hemos de vencer nuestro egoísmo
para permanecer abiertos a todos.
c) si queremos dar dos pasos seguidos en la dimensión comunitaria,
hemos de vigilar mucho nuestra lengua y eliminar todo rastro de crítica.
Santiago en su carta dice que "la lengua es fuego, es un mundo de
iniquidad; la lengua que es uno de ?nuestros miembros, contamina todo
el cuerpo, y encendida por la gehenna prende fuego a la rueda de la vida"
(Sí. 3,6).
d) en toda comunidad hay una diversidad de ministerios, por lo tanto es
necesario para crecer en la dimensión comunitaria aprender a aceptar
el discernimiento de los dirigentes del grupo y saberse servir de las
ayudas espirituales que en él haya.
Cuando aquí hablamos de comunidad hay que saber entender la dimensión
comunitaria que toda verdadera vida cristiana comporta, es decir, nos
referimos a la comunidad en su sentido más amplio y eclesial. La
llamada a formar parte de una comunidad más cerrada, con unos compromisos
concretos y una vocación especial, no es cosa de todos. Es muy
necesario darse cuenta de esta distinción para no rechazar la dimensión
comunitaria que comporta la vida cristiana como si fuese cosa de unos
pocos, o bien pensar que formas cerradas de comunidad deben ser la llamada
de todo cristiano. El grupo de oración en principio se coloca en
el ámbito de la comunidad cristiana abierta, sin que esto quiera
decir que algunos de los miembros del grupo de oración no estén
llamados a constituir entre ellos una comunidad más cerrada y con
una vocación más específica.
(Cf. J.M. Martín Moreno, Las relaciones interpersonales en
la comunidad cristiana, en "Koinonia", núm. 22,
pp. 10-13., y X. Quincoces, El acompañamiento espiritual, medio
de crecimiento, en "Koinonía", núm. 27, pp.
17-19)
III.- El servicio
El crecimiento en la vida del Espíritu
no puede limitarse a nuestra relación con Dios y a nuestras relaciones
dentro de la comunidad, si queremos que nuestro crecimiento espiritual
y comunitario sea real debe convertirse en un servicio a los demás.
Jesús es para nosotros el modelo, él que no vino a ser servido,
sino a servir (Cf. Mt. 20, 28; Mc. 10, 45). Uno crece sólo en la
medida en que sirve. La misma comunidad cristiana no existe para estar
cerrada en sí misma, sino para realizar una misión en medio
del mundo, es decir, un servicio.
Este servicio cristiano lo podemos sintetizar en tres puntos, que son
en los que cada uno de nosotros y toda la comunidad debe centrarse si
quiere que se realice un verdadero crecimiento en el Espíritu:
A) - TESTIMONIO.
El primer punto a tener en cuenta es la importancia de nuestro modo de
vivir. Esta es la acción primera. La palabra de anuncio del Evangelio
sólo tiene sentido si se basa en una vivencia que corresponde a
un intento de respuesta a esta Palabra. Por eso, el primer servicio que
debe realizar el cristiano es el vivir toda su vida como un auténtico
cristiano, dando así testimonio de la resurrección de Cristo.
Este testimonio que es la propia vida queda enriquecido cuando compartimos
las obras que Dios realiza en nuestra vida, de modo que confesamos la
acción maravillosa de Dios, invitamos a los hermanos a la alabanza
y les ayudamos a contemplar y esperar esta acción del Señor
en sus propias vidas. Hay cosas que Dios obra en nuestra vida que deben
permanecer guardadas, pero hay otras que pueden ser compartidas para edificación
de todos. Como dice el ángel a Tobías: "Es bueno
mantener oculto el secreto del rey y es bueno publicar las obras gloriosas
de Dios". - (Tb 12, 11). Para dar este testimonio de autenticidad
es conveniente tener en cuenta algunos puntos:
a) Se da testimonio para gloria de Dios, no para gloria propia;
b) Hay que centrase en la acción de Dios, no en las anécdotas
de lo que ha ocurrido;
c) Hay que ser breves;
d) Hay que discernir qué cosas hay que explicar públicamente
y qué cosas hay que callar.
B) - EVANGELIZACION
El anuncio del Evangelio no puede quedar reducido al testimonio de la
propia vida, sino que debe ir acompañado en algunos momentos del
anuncio explicito de Cristo.
Con demasiada facilidad dejamos que quede en silencio el mensaje de Jesús,
bajo la excusa de que ya todo el mundo conoce el Evangelio, o bajo la
costumbre de conservar la boca cerrada.
La propia experiencia nos mostrará que la gente está muchas
veces ansiosa de la Palabra de Dios o de una palabra de ánimo que
les ayude a levantar los ojos hacia arriba. No siempre es fácil
encontrar la forma respetuosa y adecuada, pero hay que pedir al Señor
esta actitud correcta en la que se une el respeto con la valentía.
Evangelizar no es anunciar con palabras el mensaje evangélico,
sino que es ayudar a transformar las personas, las relaciones interpersonales
y las estructuras sociales a la luz del Evangelio. En este punto hay que
tener en cuenta que todo anuncio, toda forma de expresarse, todo método
empleado lleva una carga cultural determinada y una serie concreta de
valores. Hay que saber ser muy crítico y muy respetuoso para poder
hablar a cada uno según su lenguaje y ayudarle a enfrentarse de
verdad a la Palabra de Dios.
No hay que confundir la evangelización con la predicación
por las calles, la distribución de folletos o la organización
de festivales o de retiros. Cada lugar puede necesitar sus métodos
propios. Lo único importante es que el anuncio del Evangelio, con
toda la realidad de la propia vivencia, se vaya haciendo realidad en cada
población.
(Cf. X. Quincoces, Diversas formas de evangelizar hoy, en "Koinonia",
núm. 20, pp. 11-13)
C) - COMPROMISO CRISTIANO
La vida de seguimiento de Jesús supone dejarse mover por su mismo
Espíritu y, por lo tanto, no vivir para sí mismo, sino al
servicio de los demás. El Espíritu derramado sobre nuestros
corazones nos hace reconocer en cada persona a nuestro hermano y ponernos
a su servicio.
Esta vida de servicio no está reducida a nuestras acciones sino
también a todo el enfoque de nuestra vida y a todo lo que tenemos.
El sentido de todo lo creado es el servicio del hombre y sólo cuando
construimos una sociedad en que todas las cosas están al servicio
del hombre y no para su explotación, estamos respetando realmente
el designio creador.
Esta vida de servicio y este sentido cristiano de los bienes no se reduce
al ámbito de la comunidad cristiana, sino que es válida
para toda nuestra vida. Por eso, nuestro seguimiento de Cristo debe transformarse
en un verdadero compromiso cristiano que vaya haciendo posible cada vez
más la construcción de una sociedad más justa y más
fraterna.
(Cf. R. Puigdollers, La. R.C. y el compromiso socio-político,
en "Koinonia", núm. 6, pp. 9-11. Y C. Talavera, La
dimensión horizontal de la R.C., en "Koinonia",
núm. 29, pp. 20-22).
Textos para meditar y orar en la semana:
1. - Col 3, 12-l7
2. - Rm 12, 1
3. - 1 Tes 5, 12-22
4. - Ga 5, 22-23
5. - 1 Jn 4, 7-11
6. - Mt 5, 13-16
7. - 1 P 3, 15-17.
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