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El Seminario se da en nombre de la comunidad.
Debe ser hombre de mucha oración para que su palabra no resuene como algo vacío sin vida ni contenido. Debe prepararse con la oración y el estudio, pues tiene el privilegio de actuar como instrumento de Cristo que mandó predicar el Evangelio a toda criatura para hacer discípulos y contribuir a que otros acepten el mensaje. Al exponer el tema debe transmitir una vivencia profunda y un gran testimonio de entrega al Señor. Los acompañantes son animadores de la oración y colaboradores en la acogida y la atención que hay que prestar a todos los que vienen a hacer el Seminario. Ellos también han de predicar con el testimonio. Entre estos deben figurar algunos del ministerio de música. Si el Seminario de la Vida en el Espíritu se conoce también como el Seminario de las siete semanas, esto no quiere decir que solamente deba durar siete semanas. Se puede prolongar por más tiempo. Dada su importancia y extensión,
algunos de los temas se prestan a ser desarrollados en más de una
catequesis, y, tal como los presentamos aquí, se puede exponer
cada uno de ellos en una sola o en varias sesiones.
Ante todo hay que tener en cuenta que el catequista no puede ser un novato, pues el Seminario no es un lugar de experimentación ni de entrenamiento. Para catequista no vale cualquiera, aunque lleve muchos años en la Renovación. El catequista no puede ir con miedo o inseguridad, pues su palabra no despertará respuesta ni confianza en el oyente. No se trata de dar unas charlas en plan académico, ni de hacer gala de erudición. Mucho menos, hablar para agradar. El catequista al impartir la enseñanza debe predicar con toda su persona, con gran unción de Espíritu. Lo que él diga debe llevar una gran dosis de vivencia profunda. Y para esto tengamos presente que no vamos a presentar unas verdades, sino vida, una vida para ser vivida, como un plan amoroso de Dios para cada uno de nosotros, y la respuesta que le vamos a dar. Es transmisión de un mensaje de salvación. Hay que llevar una buena preparación y dominar muy bien el tema que se va a exponer. El catequista tiene que haber logrado una clara comprensión de la materia y haber asimilado muy bien el esquema y los diversos puntos en que tiene que desglosar el tema, de forma que a los oyentes se les quede prácticamente aprendido el tema. En la exposición no hay que buscar decir muchas cosas. No perder el tiempo en introducciones. Evitar palabras técnicas y expresiones con las que estamos familiarizados en la R.C., pero que para los nuevos pueden resultar chocantes o ininteligibles. Hay que ir al grano resaltando y recalcando los puntos esenciales, midiendo muy bien el tiempo de que disponemos. Lo que hay que decir es algo muy concreto: unas verdades muy fundamentales y muy claras. Al terminar la exposición hay que resumir en pocas palabras todo el tema, para que quede muy bien asimilado. Puesto que toda la enseñanza ha
de ser bíblica, el catequista debe hablar siempre Las citas bíblicas que van en cursivas se han de leer siempre por la Biblia, nunca por los apuntes o por el manual. Cada uno de los participantes debe llevar desde el primer día su Biblia, y en cada sesión se debería dar una pequeña instrucción sobre el manejo de la Biblia. Los acompañantes deben ayudar a
los nuevos a encontrar las citas. Cada día hay que hacer ver la ligazón del tema con los precedentes, así como las consecuencias y exigencias a donde nos lleva. EL MENSAJE Y SU ESQUEMA La primera parte, o semanas 1, 2 y 3, nos presenta el kerygrama cristiano. Los temas se distribuyen de la siguiente manera: 1) El Amor de Dios 2) - Reconocimiento de Jesús, muerto y resucitado, como Señor. 3) - La conversión a Jesús
Más que una teoría o un
conjunto de principios, tratamos de presentar un acontecimiento: que Dios
nos ama y nos salva a través de Cristo. 5.- El fruto de Pentecostés: la
Comunidad cristiana. Procurar que ninguno de los participantes se salte alguna semana o se sume al Seminario habiendo omitido algunos de los temas precedentes. El primer día hay que procurar que cada uno de los participantes se presente y diga algo de sí mismo, con qué inquietud viene, algo de su vida, de forma que cuanto antes, se llegue a crear una atmósfera de familiaridad y de hermanos que facilite el compartir espiritual. Ese día conviene también hacer una presentación general de la R.C., de lo que es el Seminario y cómo va a discurrir. Cada día se empezará haciendo oración durante un cuarto de hora, al menos. A continuación se expone el tema, resumiendo antes el tema del día anterior. En el diálogo que sigue después es de desear que todos los nuevos participen. Algún día se pueden formar grupos para dialogar sobre el tema, de acuerdo con algunas preguntas que haya planteado el catequista. Cada día puede haber un testimonio importante de algún hermano antiguo al que se haya invitado. Unas veces será un testimonio que confirme e ilustre la enseñanza, y otras veces que haga descubrir lo que significa haber empezado una vida de relación profunda con el Señor. El que da el testimonio evite el predicarse a sí mismo, evite el triunfalismo o el exagerar ni lo bueno ni lo malo. Proclame la grandeza, el amor y la misericordia del Señor, y sea sencillo, humilde y breve.
"El Dios del amor" (2Co 13, 11), desde el origen de la humanidad, busca compartir con el hombre su propia vida y damos a conocer su poder y amor. Dios empezó enseguida a revelarnos un misterio de salvación para el hombre, que Israel fue acogiendo a través de la fe y del diálogo con Yahveh. Es así como Dios nos ha revelado también su propia vida divina. Si Dios nos habla es porque quiere darnos a conocer su plan de salvación, diciéndonos, más que lo que El es en sí, lo que El significa para nosotros. Dios se nos ha manifestado, pues, más con hechos que con palabras o, mejor dicho, por gestos y acciones salvadoras. Es así como toda la Revelación, toda la historia de este plan de salvación que Dios empieza a realizar desde los comienzos de la humanidad, nos conduce a una conclusión que lo resume todo: DIOS ES AMOR (J Jn 4, 8.16). I.- El amor de Dios manifestado en su Hijo Jesucristo OBJETIVO: Con este tema tratamos de descubrir el amor que Dios nos tiene para empezar a bendecirle y alabarle. 1.- Nuestro corazón y todo nuestro ser presienten que hay algo muy superior a todo lo que conocemos de este mundo, a lo cual estamos destinados. La necesidad que hay en todo ser humano de amar y ser amado es una expresión de la meta a la que Dios nos ha destinado. La historia de cada uno de nosotros, desde que fuimos concebidos en el seno materno pasando por nuestra infancia, la educación que hemos recibido, nuestra vocación personal y hasta las pruebas y sufrimientos que hayamos vivido, todo nos habla de una providencia y amor muy personal de Dios, como si sintiéramos que nos dirige la misma frase que al profeta Jeremías: "Con amor eterno te he amado" (Jr 31 ,3). Lo que Dios dice de su pueblo en el profeta Oseas, el amor de Dios como causa de la elección de Israel, es nuestra misma historia:
El deseo ardiente de Dios es que cada
uno lleguemos a ser plenamente aquello para lo que El nos ha destinado:
felices compartiendo su misma vida. Llegar a ser yo mismo es llegar a
realizar en mí el plan de Dios, el plan que desde antes de la ?creación
ya Dios se había trazado: El nos atrae siempre "con lazos de amor". Si el hombre busca acercarse a Dios no es por simple sentimiento o necesidad psicológica, como quieren interpretar algunos psicólogos, sino para responder a la llamada del amor que Dios constantemente nos lanza y que de muchas maneras podemos percibir. Cuando a la palabra de Dios responde la palabra del hombre, y al amor de Dios el amor del hombre, es cuando éste entra en la verdadera comunión personal con su Creador. Todo lo que Dios busca es atraernos hacia Sí para comunicarnos su misma Vida. Por esto Dios es "el Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos" (Mt 5, 45), que "da cosas buenas a los que se las piden" (Mt 7, 11), que "es compasivo (Lc 6, 36), "Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado" (Ex 34, 6-7). 3.- Y este amor ha sido siempre gratuito, sin que preceda ningún mérito de mi parte, como fue el amor de Dios para su pueblo elegido: "No porque seáis el más numeroso de todos los pueblos se ha prendado Yahveh de vosotros y os ha elegido, pues sois el menos numeroso de todos los pueblos; sino por el amor que os tiene ... Has de saber, pues, que Yahveh, tu Dios es el Dios verdadero, el Dios fiel que guarda la alianza y el amor por mil generaciones a todos los que le aman y guardan sus mandamientos" (Dt 7, 7-9). El hombre alcanza toda su dignidad de
persona humana cuando llega a responder a este amor. Todo el Antiguo Testamento
nos insiste en que Dios no mira tanto las acciones exteriores, la oración
de los labios o los sacrificios externos como el corazón del hombre.
Lo que Dios, por tanto, quiere de nosotros es nuestro corazón.
"Dame, hijo mío, tu corazón, y que tus ojos hallen
deleite en mis caminos" (Pr 23, 26). "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él"(Jn 3, 16-l7).
El amor de Dios se ha manifestado en la Encarnación de su Hijo. La venida de su Hijo al mundo es una donación de Dios, pues Dios nos da lo mejor y nos dice: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco" (Mt 3, 17). La venida de Jesús al mundo es la forma más clara y radiante como Dios se da a conocer y sale al encuentro del hombre. Jesús viviendo como Dios y como hombre en medio de nosotros es la máxima expresión del diálogo de amor entre Dios y el hombre. Pero Cristo no es solamente la presencia de Dios entre nosotros, el "Emmanuel". Nos trae el Reino de los Cielos y nos lleva al Padre: estas son las dos ideas centrales de todo su mensaje. El Reino de los Cielos nos llega por El, y El mismo es, para los que le acogen por la fe, el Reino. De todas las parábolas que empleó para hacernos comprender lo que es el reino, la más expresiva es la parábola del banquete de bodas, la cual nos resume la historia de Dios con los hombres en la que El busca compartir su vida divina y revelarnos su bondad y amor. .. Este banquete de bodas alcanza su plena realización en la Nueva Alianza con la humanidad que Dios sellará con la sangre de su Hijo, Alianza por la que El se compromete a ser nuestro Padre y darnos abundantemente su vida, a vivir El en nosotros y nosotros en El, y después, como herencia, la plena posesión del Reino de los Cielos, con tal que aceptemos a su propio Hijo como Salvador y Señor de nuestras vidas. Es así como el hombre puede llegar a la plena felicidad, al convertirse en hijo de Dios por la salvación que alcanza en Jesucristo, en el cual somos redimidos y salvados y tenemos "libre acceso al Padre" (Ef 2, 18). Es la forma como Jesús cumple su promesa: "El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed" (Jn 6, 34). Es en Cristo donde conocemos a Dios de verdad. El nos revela lo que es Dios y lo que han de ser nuestras relaciones con El. Cristo es "imagen de Dios invisible" (Col 1, 15), "resplandor de su gloria e impronta de su sustancia" (Hb 1, 3). JESUS NOS DIO LA PRUEBA SUPREMA DEL AMOR DE DIOS Al empezar a describir la última Cena de Jesús con sus discípulos, el evangelista Juan nos presenta el lavatorio de los pies y nos dice de Jesús: "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1). En el final de la cena Jesús se desahoga con sus discípulos y manifiesta:
Y en el pasaje en el que Jesús se presenta como el Buen ?Pastor que da su vida por sus ovejas nos ofrece la misma idea:
La Pasión y Muerte de Jesús,
Hijo de Dios, como grano de trigo que cae en tierra para morir y dar fruto
(Jn 12, 24), como cordero sin defecto ni mancha, es la medida del Amor,
y también la victoria del Amor. Dios en su Hijo nos ha dado testimonio del Amor con sus palabras, pero sobre todo con su sangre: "La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Rm 5, 8), "a quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él" (2 Co 5, 21). "Como yo os he amado" (Jn 13, 34): he ahí hasta donde puede llegar el gran Amor de Dios. CONCLUSION Señor, Tú has querido revelarnos la profundidad de tu amor divino por medio de tu Hijo. El nos manifestó los secretos de tu amor de Padre. El nos enseñó que debemos asemejarnos a tí en el Amor (Mt 5, 48). Que tu Espíritu me ayude a penetrar en el primer mandamiento que nos diste: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Estas palabras que yo te confío las guardarás escritas en tu corazón" (Dt 6, 5-6). 5.- Sal 25, 1-22 7.- Si 43, 27-33
II.- El amor de Dios en el plan de salvación OBJETIVO: Recibir con fe la salvación que Dios me ofrece en su Hijo y llegar a sentirme salvado. La salvación que recibimos de
Dios a través de su Hijo es una prueba, aun más personal,
del amor de Dios. En sus designios eternos Dios, "que quiere que
todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad"
(1 Tm 2, 4), concibió un plan de salvación que su Hijo llevó
a término. "Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor" (Lc 2, 11): fue el mensaje venido del cielo al aparecer el Hijo de Dios en medio de nosotros. En su vida de ministerio procuraría Jesús aprovechar todas las ocasiones posibles para recalcar su misión salvadora: "El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19, 9-10), "no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo" (Jn 12,47). El es la única puerta de salvación (Jn 10, 9). Leyendo atentamente el Evangelio llegamos a concluir que la misión principal de Jesús, como Hijo de Dios venido al mundo, es la salvación de los hombres. En su predicación expresa de diversas maneras en qué consiste la salvación y cómo se ofrece a todos, aun a los más alejados de la casa del Padre. Los Evangelios subrayan desde la infancia de Jesús su función salvadora, como ya estaba anunciado en toda la Escritura; "Todos verán la salvación de Dios" (Lc 3,6), y de forma detallada nos van presentando el desarrollo y la manifestación de esta salvación, que en la Cruz y en la Resurrección tuvo su punto culminante. Cuando nosotros escuchamos hoy este mensaje
del Evangelio a través de la Iglesia, que nos lo trasmite fielmente,
recibimos lo que para todos los hombres es "palabra de salvación"
(Hch 13, 26), y podemos nosotros también afirmar con S. Pablo:
"Es cierta y digna de ser aceptada por todos esta afirmación:
Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y el primero
de ellos soy yo" (1 Tm 1, 15). B) ¿COMO ES LA SALVACION QUE OFRECE? 1.- La salvación que Jesús me ofrece es actual, para mí en concreto aquí y ahora, para hoy, para mañana y para siempre. No es solamente para después de la muerte. El quiere que me sienta salvado todos los días de mi vida: "ahora es el día de la salvación" (2 Co 6, 2). Si yo le dejo entrar en mi mundo, en mis problemas y negocios, en mi casa, escucharé con gozo que me dice: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa" (Lc 19,9). 2.-- Si bien ya es aquí y ahora cuando El "me salva, me saca de las garras del abismo y me lleva consigo" (Sal 49, 16), sin embargo mi salvación no alcanza toda su plenitud y consumación hasta que no haya llegado a la casa del Padre y obtenga la herencia de los santos y "la gloria del reino preparado", desde la creación del mundo, para los que se salvan (Mt 25,34). 3.-- No procede hablar solamente de la salvación de mi alma, sino de todo mi ser, de toda mi persona. La salvación es algo global que afecta a todas las áreas de mi persona, y por tanto también a mi cuerpo, en el que siempre se da una manifestación de cuanto ocurre en mi espíritu, para llegar un día a resucitar como incorrupción, gloria, fortaleza y "cuerpo espiritual" (1 Co 15, 42-44). 4.- No soy yo el que me salvo. El Señor es el autor de la salvación y es El, el que me salva de una forma gratuita, sin que yo haya merecido nada de mi parte, "y si es por gracia, ya no lo es por las obras; de otro modo, la gracia no sería ya gracia" (Rm 11, 6). Cada día tengo que dar gracias a Dios por esta salvación que recibo con tanta misericordia y amor. Un dÍa espero yo también unirme al canto de alabanza de los elegidos: "La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero" (Ap 6. 10). 5. - A mí me corresponde disponerme, apartándome del pecado y convirtiéndome al Señor, y como un pobre, como un enfermo, como un niño, acoger por la fe en Jesucristo el don que graciosa y abundantemente me ofrece la misericordia amorosa del Padre. La fe es el principio de mi salvación y el fundamento de mi justificación ante Dios, pues "el justo vivirá por la fe" (Ga 3, 11). 6.- Esta fe no es sólo asentimiento intelectual, sino un SI total de todo mi ser a Cristo Salvador, una acogida de su palabra y de su persona, lo cual supone un rendirme a El, que así me libera y quiere conservarme sano y salvo para el día de la resurrección. No es tampoco una simple creencia o una vaga persuasión, es un creer con la inteligencia y también con el corazón (Rm 10, 10), lo cual implica mi incorporación por el Bautismo a Cristo, Verdad y Vida, y el que yo empiece a vivir en El y por El. Es así como por la fe habita Cristo en mi corazón (Ef 3, 17), y también por la fe recibo "el Espíritu de la Promesa" (Ga 3, 14), las "arras" puestas en mi corazón de la herencia prometida (2 Co 1, 22 y 5, 5).
-un pasar de la muerte a la vida. Jesús nos dice: "El que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado tiene vida eterna, y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida" (Jn 5,24); -pasar de las tinieblas a la Luz. "Yo,
la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga
en tinieblas" (Jn 12,46); 2.-- Es esencialmente una liberación:
a) El poder de Satanás, el maligno,
el señor de la muerte o el acusador, como le llama la Escritura,
que se opone a Dios y a la salvación de los hombres, sufrió
su gran derrota con la muerte de Jesús en la Cruz. Esta victoria
de Jesucristo anula el acta de acusación destinada a perder a la
humanidad (Col 2, 14-15). b) "En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo. Y el esclavo no se queda en casa para siempre; si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres" (Jn 8 33-36). En efecto, por el poder de Cristo resucitado
somos liberados y salvados del pecado: c) Nos libera de la muerte. La resurrección de Jesús es la prueba de su victoria sobre una de las consecuencias más dolorosas del pecado: la muerte. "El último enemigo en ser destruido será la muerte, porque ha sometido todas las cosas bajo sus pies... “(1 Co 15,26). "La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?" (1 Co 15, 54-55). Cristo "aceptó la muerte, uno por todos, para librarnos del morir eterno" (Prefacio de difuntos, II). Su victoria sobre la muerte, garantía de nuestra futura resurrección, nos infunde una gran seguridad ante el hecho de la destrucción de nuestro cuerpo, haciéndonos ver que lo que los hombres llamamos muerte no es más que el paso a la verdadera vida, porque la vida de los que creen en el Señor no termina; se transforma. Para el cristiano que vive en serio su fe y unión con el Señor, nada tiene de terrible la muerte; al contrario, la espera con paz y hasta con gozo indecible, como vemos en los santos y en hermanos que nos han precedido, cuya muerte envidiamos. La hermana Isabel de la Trinidad en el momento de su muerte dijo: "¡Me voy a la luz, a la vida, al amor'" 3.- Si la salvación, como hemos
dicho antes, es perdón del pecado, también es: En el amor que Dios nos ha manifestado a través de su Hijo como salvador nuestro se contiene toda nuestra salvación; y la glorificación del Hijo se consumará en nosotros cuando definitivamente formemos parte del pueblo adquirido para la alabanza de su gloria (Ef 1 , 14). 4. La salvación de Cristo, si quisiéramos resumir, diríamos que es una liberación de la muerte eterna y entrar en posesión de la vida eterna; En el Evangelio de Juan hay numerosos pasajes que nos hablan constantemente de vida eterna: unas veces a propósito de todo el que cree en Jesús: Jn 3, 16-36; 5,24 6,47; 10,28; 12,25; 17,3; otras veces al hablar de aquel que come
el pan vivo que Jesús nos ofrece: .Jn 6, 51-58. Hablando del pan
vivo es cuando Jesús más nos habla de la resurrección
en el último día: Jn 6, 39.40.44.54, en correspondencia
con la vida eterna; de no ver la muerte jamás: Jn
8, 51; 11,26; D) CRISTO JESUS, NUESTRO SALVADOR (Tt 1,4) Nunca como hoy se ha encontrado el hombre con una oferta tan variada y abundante de fórmulas y medios de salvación. Líderes de todo tipo, corrientes y religiones orientales que se nos presentan como un nuevo mesías para occidente, reformadores sociales, hallazgos de la técnica y de la ciencia, de la medicina, de la psiquiatría, ete. El cristiano tiene la verdadera "palabra
de salvación" (Hch 13, 26; 11,14) para todos los hombres de
ayer, de hoy y de mañana. Y porque ha sido salvado debe proclamar
en nombre de Jesús el mensaje de la Buena Nueva, el Evangelio que
es "fuerza de Dios para salvación de todo el que cree"(Rm
1, 16). Recuérdalo siempre: "No hay bajo el cielo otro nombre
dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch4,12).
INTRODUCCION Después de haber descubierto hasta qué punto Dios me ama y lo ha manifestado de manera especial en su plan de salvación por medio de su Hijo, Salvador del mundo, intentaremos esta semana llegar a un conocimiento más profundo del misterio de Jesús, "para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente, iluminando los ojos de vuestro corazón para que conozcáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos" (Ef 1, 17-20). Para el cristiano verdadero todo está definido por su fe en Cristo Jesús, Salvador y Señor. Su Dios no es el Dios de los filósofos, ni el Dios lejano de la religión natural. Toda su relación con Dios, toda experiencia sobrenatural que pueda vivir en este mundo será siempre a través de Jesús, "constituido por Dios juez de vivos y muertos" (Hch 10,42), "Señor y Cristo" (Hch 2,36), "el Señor de todos" (Hch 10,36). Es, pues, de máxima importancia confesar y reconocer a Jesús como Señor, lo cual significa aceptarle como Señor de todas las cosas y sobre todo, por lo que a mí concierne, Señor de toda mi persona, de toda mi vida, de todo cuanto yo soy y hago. “Todo fue creado por El y para El: El existe con anterioridad a todo, y todo tiene en El su consistencia. El es también la Cabeza del cuerpo, de la Iglesia; El es el principio, el Primogénito de entre los muertos para que sea el primero en todo" (Col 1, 16-18). ¡JESUS ES SEÑOR!: he aquí la confesión fundamental de la fe cristiana. Es una fórmula que en su simplicidad encierra todo el contenido de nuestra fe. Para la Iglesia primitiva fue el primer credo o símbolo de fe: confesando a Jesús, como Señor, es como expresaban todo el misterio de Cristo, hijo del hombre e Hijo de Dios, muerto y resucitado por nosotros. Para el creyente del siglo XX tiene la
misma fuerza y actualidad, y en tomo a este misterio se pueden agrupar
todos los demás artículos de la fe. A) EL CRISTO DE NUESTRA FE Todo esto no es más que presentar a Jesús bajo su aspecto puramente humano, sin llegar a la esencia de su misterio. A nosotros también nos podría dirigir Jesús la misma pregunta que formuló a sus discípulos: "¿Quién dicen los hombres
que es el Hijo del hombre? Ellos le dijeron: 'Unos, que Juan Bautista;
otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas:
Díceles él: 'Y vosotros ¿quién decís
que soy yo? Simón Pedro contestó: 'Tú eres el Cristo,
el Hijo de Dios vivo '. Replicando Jesús les dijo: 'Bienaventurado
eres Simón, hijo de Jonás, porque no te lo ha revelado esto
la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos"
(Mt 16, 13-17) Es el Espíritu de la verdad el que nos revela interiormente el Cristo de nuestra fe y nos da "en toda su riqueza la plena inteligencia y perfecto conocimiento del Misterio de Dios (de Cristo), en el cual están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (Col 2,2-3). Este es el Cristo con el que nos relacionamos a través de la fe, de la oración y de los sacramentos. Es el eterno viviente, a quien amamos sin haberle visto, en quien creemos, aunque de momento no le veamos, rebosando de alegría inefable y gloriosa (1 P. 1, 8). Es el que está sentado a la diestra de Dios Padre (Me 16, 19) y permanece con nosotros todos los días hasta la consumación de los siglos (Mt 28,20). Si el cristiano no vive en profundidad su fe, corre el riesgo de quedarse solamente con Jesús tal como vivió y predicó en Palestina, con el "Cristo según la carne" (2 Co 5,16), en frase de S. Pablo, y su relación con el Señor resulta fría, lejana y superficial, sin llegar a entrar en la atmósfera de su intimidad y sin llegar en realidad a conocerle. B) ¿QUE SIGNIFICA CONFESAR Y PROCLAMAR QUE JESUS ES SEÑOR? 1.- El discurso que Pedro pronuncia el día de Pentecostés se centra en el kerigma cristiano, es decir, en el anuncio de Jesús, hecho Cristo, hecho Señor y Salvador por su resurrección:
Por su resurrección Jesús fue constituido en el Señor de que habla el Salmo 110, con el que había tratado Jesús de enseñar a sus oyentes que, a pesar de ser hijo de David, le era superior y anterior (Mt. 22,43). Es así como Pedro, y con él toda la Iglesia primitiva, a partir de este Salmo proclamó en su predicación el Señorío de Jesús, actualizado por la resurrección, con lo cual se afirmaba que Dios, al resucitar y exaltar a Jesús, le había entronizado como el Señor a su derecha, como el Cristo, es decir, el Rey Mesías anunciado por la Escritura. Tal como podemos ver por el libro de los Hechos, la Iglesia primitiva llamó a Dios Señor, como consecuencia de la versión griega del Antiguo Testamento en la que se tradujo la palabra Yahveh, el nombre propio de Dios, por la palabra Señor. Pero dieron también este nombre a Jesús y se usó la expresión Señor Jesucristo (Hch 28, 31), y se daba testimonio y se predicaba "tanto a judíos como a griegos para que se convirtieran a Dios y creyeran en nuestro Señor Jesucristo" (Hch 20, 21). 2.- En la Epístola a los Filipenses tenemos un precioso fragmento, que seguramente fue un himno anterior a San Pablo, en el que se nos exponen las diversas etapas del Misterio de Cristo: su preexistencia divina, su humillación en la Encarnación y el anonadamiento total de su muerte, su glorificación celestial, la adoración del universo y el nuevo título de Señor conferido a Cristo (Cf. Biblia de Jerusalén, nota a Flp 2,5): "El cual, siendo de condición
divina, no retuvo ávidamente ?el ser igual a Dios.
Proclamar que Jesús es Señor
es confesar que merece el título supremo de Señor o Kyrios,
"en cuanto mesías entronizado en el cielo, que inaugura su
reinado por el don del Espíritu y está siempre presente
a su Iglesia en la asamblea eucarística en tanto llega el juicio"
(León-Dufour). Hay un texto fundamental de la Palabra de Dios que nos lo aclara todo:
Esta es la palabra de fe que nosotros profesamos: Jesús es el Señor. Confesando con la boca y creyendo con el corazón tenemos la adhesión interna del corazón y la profesión externa: las dos dimensiones de la fe por la que nos abandonamos en Dios como único autor de la salvación en Cristo Jesús. El objeto propio de la fe es el misterio de Cristo, a quien Dios ha resucitado de los muertos y le ha hecho Señor y único Salvador de todos los hombres, De una forma más inmediata: es reconocer que en mí todo ha de ser suyo, que todo le pertenece y debe estar sometido al imperio y señorío de su amor. Cada vez que proclamo que Jesús es Señor debo expresar mi fe y mi decisión de ser todo para El y de ofrecerle toda mi vida. Toda la existencia cristiana consiste en consagrar la vida a nuestro Señor Jesucristo. D) ESTO SOLO ES POSIBLE POR LA ACCION DEL ESPIRITU SANTO Jesús afirma rotundamente: "Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no le atrae; y yo le resucitaré el último día" (Jn 6, 44). Y San Pablo escribe: Como hemos visto, confesar que Jesús es Señor es el acto de fe por excelencia, y es además un acto que compromete nuestra vida. Reconocer a Jesús como Hijo de Dios, lo mismo que confesarle como Señor, es un acto de salvación, algo que nosotros no podemos hacer por nosotros mismos. No importa repetirlo: sólo por
el Espíritu es posible descubrir a Cristo como el Hijo de Dios,
que ha sido constituido Señor. Una consecuencia de toda efusión del Espíritu sobre nosotros es la toma de conciencia de que Jesús es el Señor y la necesidad que pone en nosotros de proclamarlo y aceptarlo como Señor de nuestra vida. El Espíritu es el que verdaderamente nos introduce en el misterio de Jesús y nos lleva a vivir sometidos a su señorío. E) JESUS ES EL CAMINO QUE NOS LLEVA AL PADRE He aquí un texto muy profundo que con frecuencia debe?mos hacer objeto de oración:
1.- EL CAMINO: El pueblo de Israel había orado con los salmos anhelando marchar por el verdadero camino, por las vías del Señor (Sal 119), por "sendas de vida" (Pr 2, 19; 5, 6; 6, 23, etc.). El camino de vida era el camino de la justicia, de la verdad y de la paz. Al presentarse Jesús como el CAMINO nos ofrece una nueva forma de caminar según Dios. Quizá esto dio origen a que en el libro de los Hechos se llame camino al cristianismo, al ser discípulo de Jesús (Hch 9, 2; 18, 25.26; 19, 9.23; 22, 4). Jesús es el CAMINO no sólo porque sus palabras nos conducen a la Vida, sino también porque El mismo nos lleva al Padre. ¿Cómo nos lleva al Padre? a) Revelándonos al Padre: "El que me ve a mí, ve al Padre"(Jn 14,9; 12,45); b) Mostrándonos el camino hacia el Padre; c) El mismo es nuestro acceso al Padre: "A Dios nadie le ha visto jamás; el Hijo nico que está en el seno del Padre, El lo ha contado" (Jn 1, 18); d) Viene del Padre y va al Padre, y es uno con El. "Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre"(Jn 16,28). 2.- El es la VERDAD: Y lo manifiesta con su palabra y con su obra: "Si os mantenéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres" (Jn 8. 31-32). 3.-- Por ser la expresión del Padre, nos introduce en la comunión con el Padre, en lo cual consiste la plenitud de la verdadera Vida. El Padre le ha enviado "para que todo el que cree en El tenga Vida eterna" (Jn 3, 16). F) ESUS NOS INTRODUCE EN EL MISTERIO DE LA TRINIDAD Toda la vida de Jesús, su persona, su palabra y su actividad son el lugar de la manifestación perfecta del Padre, por estar unido a El en una comunión inefable. El acontecimiento pascual nos trae una nueva efusión del Espíritu, y, como consecuencia, un conocimiento más íntimo del misterio de Jesús y de su unión con el Padre. Es el Espíritu el que nos introduce en el misterio de la persona de Jesucristo, Verbo de Dios, Hijo del Padre, y el que también nos introduce en el misterio de Dios Padre. En otras palabras, el Espíritu nos revela a Jesús y Jesús nos revela al Padre, "que habita en una luz inaccesible, a quien no ha visto ningún ser humano ni le puede ver" (1 Tm 6,16). Por Jesús "unos y otros tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu" (Ef 2, 18), pues El es la imagen del Dios invisible (Col 1 , 15). La vida cristiana esencialmente consiste en: -vivir nuestra comunión con Dios Padre, en sumisión a su voluntad y sintiéndose en Cristo hijos muy amados del Padre; -nuestra comunión con el Hijo, incorporados a El por el bautismo y constantemente tocados, curados y transformados por su gracia en los sacramentos; -esta doble relación es obra del Espíritu Santo, que nos revela el verdadero rostro de Jesús. La auténtica vida del cristiano consiste en vivir el misterio de la Trinidad. Si Dios se nos ha revelado como uno en la Trinidad de personas, y si queremos amar a Dios, debemos adorarle y amarle como El quiere ser adorado y amado. Por eso en nuestra oración tratemos de vivir este misterio y nos dirijamos a Dios tal cual El es: -alabemos al Padre de nuestro Señor
Jesucristo, que es bondad y misericordia, Textos para meditar y orar en
la semana 5.-Ef 3, 1-2l 6.- Mc 8, 34-38 7.-Jn 14, 1-13.
Juan El Bautista empezó su vida de ministerio con una llamada a la conversión (Mt 3, 2; Mc 1,4; Lc 3, 3-18). Jesús da comienzo también
a su predicación con el mismo mensaje: " ¡Convertíos
porque ha llegado el Reino de los cielos!" (Mt 3, 2; 4, 17; Mc 1,4;
1,15). ¿A quienes interesa? A los que están alejados de Dios y a los que se encuentran ya en camino de salvación. Hay una insistencia constante en el Evangelio de que también necesitan convertirse los que se creen "justos". Si ya éstos, por definición, son convertidos, sin embargo el Señor siempre nos llama a más. El que haya más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesitad de conversión, denota más bien que los noventa y nueve justos son llamados también a conversión (Lc 15,7). En forma muy concreta Dios nos dirige hoy este llamamiento a cada uno de nosotros. A todos nos llama de un modo general por el Evangelio, por su Iglesia que en la Palabra, en los sacramentos y en su oración nos lo recuerda. De una forma más particular Dios nos llama a cada uno por nuestro propio nombre. En la vida de cualquiera de nosotros podemos distinguir toda una sucesión de pequeñas y grandes llamadas, de gracias constantes. Es siempre una llamada que resuena en el interior. Todos sin duda hemos sentido más de una vez alguna llamada de Dios, una mirada de Jesús sobre nosotros. No siempre nos hemos interesado, y más de una vez hemos tratado de eludir el encuentro con El. Nuestras ocupaciones, el deseo de novedades, incluso nuestros fracasos, son muchas veces la forma de escapar de Dios, y de dejar que alguien o algo le suplante, ocupando la atención que le corresponde. Estas llamadas son los acontecimientos, los momentos dolorosos y los momentos felices que vivimos, las personas, que para el que vive en una gran fe son siempre un mensaje y un don de Dios, los testimonios y buenos ejemplos, y en general todo lo que nos trae el recuerdo del Señor. I.- Conversión y arrepentimiento OBJETIVO: Profundizar en el arrepentimiento para llegar a rendirme más decididamente a Jesús como mi único Señor. A) ¿QUE ES CONVERSION? 1.- En nuestra vida podemos siempre distinguir una primera conversión, que para muchos puede haber sido su misma educación cristiana como consecuencia del Bautismo que para nosotros pidieron un día nuestros padres, y para otros, quizá, un momento decisivo en su vida que ha marcado todo el tiempo posterior. Pero siempre cabe esperar una segunda conversión, y hasta una tercera, en el sentido de que el Señor nos invita hoy a una entrega mayor, a tomar una decisión, que, como ocurrió en la vida de los santos, cambie aún más nuestra vida. Siempre será para ahondar más en lo que empezó con la primera conversión. La invitación será entonces a vivir lo que ya somos, como si nos dijera: eres ya salvo y fuiste colocado en el Reino de mi Hijo, vive, por tanto, lo que has recibido; has resucitado con mi Hijo, busca más las cosas de arriba; fuiste hecho templo del Espíritu Santo, vive más la vida del Espíritu. Toda la vida cristiana es conversión, y como cristiano debo buscar llegar a ser cada día en cada momento lo que ya soy por vocación: renacido a la vida de Dios. ¿Hasta qué punto estoy tomando en serio mi condición de discípulo de Jesús?, ¿estoy de verdad dispuesto a seguirle y vivir por El? 2.- La conversión es algo inacabado. Es un largo camino a recorrer que no tiene fin, ni se termina al empezar una vida nueva en Cristo, sino más bien comienza ahí. Lo que hay que vivir es una conversión continua. Ese paso fundamental, por el que con la gracia de Dios llegué a dar un viraje en mi existencia, debe seguir iluminando mi vida posterior y a él debo remitirme muchas veces como un punto de referencia en los momentos de turbación, vacilación, decaimiento, y sobre todo cuando advierta que no estoy siendo fiel a la marcha que emprendí. Siempre habrá que renovar el don total de sí a Dios. Si mi conversión fue poco firme, todo se esfumará enseguida y lo consideraré como una emoción del momento. 3.- ¿De qué conversión se trata? Tanto si la llamada va dirigida al que está viviendo en el pecado, como si es para el que sigue fiel en su vocación, la conversión no es simplemente un cambio de conducta o de comportamientos. Tampoco es solamente un cambio de pensar, aunque esto significa literalmente la palabra metanoia, tal como se emplea en el Nuevo Testamento. Ambos aspectos deben estar incluidos, pero es necesario algo más. La esencia de la conversión es el cambio del corazón. Así como para Israel era un retomar al amor primero de Dios o a una amistad más íntima, así también para mí en concreto significa reanudar una relación más íntima y amorosa con Dios, una relación que quizá se había cortado o no había llegado a cristalizar a pesar de tantas invitaciones. Este cambio del corazón implica: a) un sincero arrepentimiento ante mi alejamiento de Dios o ante la dejadez y mediocridad con que estoy viviendo mi relación con El; b) una actuación de mi fe, por la que se me representará claramente el valor de lo que el Señor me ofrece; lo que es el tesoro escondido o la perla preciosa (Mt 13,41-46) ante todas las demás cosas; c) una decisión a entregarme en serio y volver a vivir más de lleno la transformación realizada por la gracia en mi primera conversión. B) LA CONVERSION ESENCIALMENTE ES ARREPENTIMIENTO 1.- Cuando el hombre se encuentra con Dios o ha sido tocado profundamente por la gracia, siempre hace la misma pregunta: "¿Qué he de hacer, Señor?" (Hch 22,10), "¿Qué hemos de hacer, hermanos?" (Hch 2,37). Y la respuesta puede ser la misma que dio Pedro el día de ?Pentecostés: " ¡Arrepentíos!". El arrepentimiento es siempre el elemento
decisivo. En la Escritura encontramos unidos: 2.- El arrepentimiento es un don de Dios
Sólo el poder del Espíritu Santo, "el Espíritu de la verdad" (Jn 15, 26; 16, 13), es el que convence verdaderamente al hombre de su pecado (Jn 16, 8-9). Y nos convence de nuestro pecado, no para acusarnos o para condenarnos, sino para liberarnos y curarnos. 3.- Con frecuencia se entabla una lucha interior entre el bien y el mal, muchas veces dramática, hasta que llegamos a rendirnos a la gracia. Pero cuántas veces nos desentendemos, o buscamos una evasión, para no tener que enfrentarnos con nosotros mismos y mirar en nuestro interior toda nuestra miseria y fealdad. Si es grande la dureza del corazón, por constantes infidelidades, aún se hace más difícil el arrepentimiento. El grado de arrepentimiento a que llegamos nos da la medida de nuestra conversión. Si con frecuencia sigo cometiendo los mismos pecados, mi arrepentimiento es insuficiente. Cuando es profundo, corta todo brote posible. Siempre debemos dar una gran importancia al arrepentimiento. La autenticidad y sinceridad de nuestra oración depende de ordinario del arrepentimiento que tengamos. Nunca lo demos por supuesto, ya que nuestro corazón cambia constantemente. Puesto que yo por mí mismo no puedo
arrepentirme ni librarme de mi egoísmo, que es la raíz de
mis pecados, debo pedir al Espíritu Santo el don del arrepentimiento,
sobre todo al acercarme a los sacramentos o cuando intente encontrarme
de verdad con el Señor. Por eso la conversión, lo mismo
que el arrepentimiento, si bien en ciertos momentos puede revestir una
lucha encarnizada, sin embargo, una vez que llegamos a acceder al don
de la gracia, se convierte en una verdadera fiesta (Lc 5, 27-29; 15, 20-24),
y las lágrimas que pueden sobrevenir no se sabe si son de dolor
o de gozo en el Señor. 1.- Un aspecto negativo: que es rechazo de todo lo que se opone a la llamada del Señor, del pecado en general y de cuanto diga relación al mismo, no sólo los actos realizados, sino también y de manera especial los comportamientos y actitudes antievangélicas, los criterios y escala de valores tributarios más bien del espíritu y sabiduría de este mundo y en abierta oposición al sentir del Señor. En los actos causados principalmente por mi egoísmo o por falta de amor se pone de manifiesto la maldad que se ha ido acumulando en mi corazón que me definen como tal pecador y enfermo que soy. Debo rechazar también hábitos y costumbres opuestos a las actitudes del Señor, así como el apego a cosas y personas que coartan la libertad de espíritu. En definitiva se trata del abandono de mis propios ídolos, que hasta pueden ser cosas lícitas y buenas: "Todo es lícito, más no todo conviene. 'Todo es lícito', mas no todo edifica" (1 Co 10,23). La conversión significa liberación del pecado, y esta liberación en una gran parte de casos será gradual a medida que vaya entrando en una relación cada vez más íntima con el Señor. 2.- Tenemos también el aspecto positivo de la conversión: volver al Señor, rendirme totalmente a la invitación de su Espíritu. Es el aspecto verdaderamente decisivo, pues, más que los males presentes o que se temen para después de la muerte, lo que influye y provoca un cambio radical en toda conversión es la experiencia del Reino de Dios, de su vida en nosotros, el encuentro con El, cualquier manifestación de su amor. En Zaqueo fue la visita de Jesús (Lc 19, 1-10), en la pecadora perdonada fue el Amor de Jesús (Lc 7, 36-50), en Pablo la visión del Cristo resucitado, en los enfermos la experiencia que tuvieron de salvación. Este aspecto puede significar empezar
a vivir como hijo de Dios, como muerto y resucitado con Cristo, como renacido
del Espíritu Santo, querer acoger a Jesús como mi Señor
y con El también su espíritu, sus criterios, sus bienaventuranzas,
su mansedumbre, humildad, pobreza y amor. 3.- Toda la ley revelada y todo el Evangelio
se reduce a ?un mandamiento de amor: La vida cristiana es lucha constante entre el amor de Dios y el amor a nosotros mismos y a las cosas de este mundo. Los santos son los que supieron morir a sí mismos para lograr el verdadero amor de Dios. El grado de mi conversión se reducirá
al final al grado de amor a que yo haya llegado, porque lo que esencial
y primordialmente me pide el Señor es que le ame. Y si llego a
amarle de corazón es cuando todo mi ser habrá alcanzado
su estabilidad y realización.
Después de la exposición
del tema se puede hacer una simple celebración penitencial del
estilo de las que señala el Ritual, pgs. 127 -188, con vistas a
una preparación más fructuosa del sacramento. II.- Conversión y curación interior OBJETIVO: Descubrir los aspectos de mi personalidad que más necesitan la liberación del Señor. (Es importante poder recuperar la palabra "liberación" en el sentido de Jesús que rompe las cadenas que nos atan, y no en el sentido de alejamiento de "malos espíritus", como a veces, por desgracia, se intenta reducir el caso). INTRODUCCION A muchos la conversión es el comienzo de un nuevo caminar en el Señor. Con ella se inicia en nosotros un proceso de transformación que se irá operando conforme vamos viviendo intensamente la vida del Señor en nosotros. A muchos sorprende la forma como se acentúa en nosotros, y ahora más que antes, la lucha anterior entre el bien y el mal. Apreciamos claramente que la vida cristiana es un duro combate (Ef 6, 10-20). San Pablo ha sabido exponer con rasgos muy vivos la lucha y la división interior que sentimos en nuestra naturale?za: "Realmente, mi proceder no lo comprendo, pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco... En realidad ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí... Descubro pues esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta... “(Rm 7, 14-25). Es Jesús el que mejor conoce nuestro corazón cuando nos dice que "de dentro, del corazón de los hombres, salen las tentaciones malas... todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre" (Mc 7, 20-23). Si El ha triunfado sobre el pecado y sobre
todos sus efectos nocivos, podrá El atacar el mal en su verdadera
raíz y realizar en nosotros toda una curación espiritual
de ciertos males y enfermedades que sólo la fe puede ayudarnos
a detectar en el corazón del hombre, cuyo sentido él no
puede descubrir por sí mismo. El origen de cada una de estas dificultades suele ser múltiple y a veces muy complejo, pero para más fácil comprensión los podemos reducir a tres grupos: a) los que proceden de nuestra naturaleza, es decir, de nuestra constitución psíquico-somática, en la que se encuentran las huellas del pecado original, nuestra inclinación al mal, nuestra debilidad moral y la obnubilación que tenemos para todo lo espiritual. b) Todo aquello que pertenece a nuestra historia personal, como el medio en que nos criamos, la familia de donde procedemos, la herencia, la educación, la infancia que hemos vivido y en general todo el contexto histórico que nos ha rodeado. Todo esto nos ha condicionado de una forma muy determinada que explica muchos de nuestros comportamientos. c) Los recuerdos y vivencias desagradables, muchas veces soterrados en el subconsciente pero desde donde siguen actuando en la conducta, juntamente con los traumas que se mantienen latentes, y su secuela de comportamientos neuróticos, frustraciones, agresividad, emotividad y afectividad inma?duras, enfermedad de escrúpulos, afecciones psicosomáticas. El pecado deja siempre una huella en el hombre interior, la cual coarta la libertad de espíritu y puede persistir en forma de odio, envidia, resentimiento, amargura, angustia, complejos de culpabilidad, etc. 2.- ¿Cuáles pueden ser los escollos que resultan insalvables para mí? ¿En qué área particular de mi personalidad necesito más la acción del Señor? ¿ Cómo verme liberado de esta y aquella tara que tanto frenan mi caminar en el Espíritu? Algunas de estas enfermedades interiores requieren el tratamiento de la psicoterapia para que se pueda restablecer el equilibrio afectivo perturbado. Pero en multitud de casos, y sin descartar el recurso al tratamiento médico, no cabe duda que el Señor puede ejercer su poder de curación, si sabemos someterlo con fe a su acción. En todo aquello que me impida crecer en la vida del Espíritu o que para mí represente una dificultad especial, el Señor quiere realizar una curación interior. El, más que yo, anhela que la salvación que recibo de su misericordia sea lo más completa posible, de forma que toda mi persona quede integrada en su armonía divina y me aproxime cada vez más al ideal del hombre perfecto, del "hombre nuevo creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad" (Ef 4, 24), de acuerdo con el plan que Dios se propuso al crearme. La acción de la gracia tiende siempre a restablecer el equilibrio de la primera creación, y verdaderamente "el que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo" (2Co 5, 17). 3.- Todos necesitamos curación interior en alguna zona determinada de nuestra personalidad, pues nadie se encuentra inmune de pecado ni de cualquier anormalidad. Quizá hasta ahora he vivido una imagen perfeccionista de mí mismo, complaciéndome en mi propia bondad y en los logros de mi esfuerzo, por lo que tengo reparo en verme como enfermo. Pero dejémonos transparentar por la luz de la verdad y escuchemos lo que también a nosotros nos dice el Espíritu: "Tú dices: 'Soy rico; me he enriquecido, nada me falta'. Y no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de compasión, pobre ciego y desnudo" (Ap 3, 17). Sólo se puede curar el que se reconoce enfermo y tiene voluntad de curarse. "¿Es que también nosotros somos ciegos?" -le preguntaron a Jesús algunos fariseos y El respondió: "Si fuerais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís: 'Vemos', vuestro pecado permanece" (Jn 9, 40-41). Cuando ante el Señor nos presentamos como los leprosos, como los ciegos, como los paralíticos del Evangelio, y así lo reconocemos ante los hermanos, es cuando la curación empieza de verdad para nosotros. B) IMPORTANCIA DE LACURACION INTERIOR EN EL EVANGELIO Las curaciones que realiza Jesús
no son simplemente milagros para demostrar su divinidad o para obtener
credibilidad ante sus desconcertantes palabras y contrarrestar el escándalo
que provocan. b) Son también manifestaciones de la salvación que ha venido a traer y que aquí, en concreto, con este enfermo se opera ahora, de acuerdo con su misión mesiánica (Lc 4, 16-22). El triunfo de Jesús sobre Satán, sobre el pecado y todas sus consecuencias tiene esta proyección de curación. Son signo de gracia y bendición, de bendición gratuita, por lo que los Evangelios al hablar de los que son curados dice que fueron "salvados"(Mt 9,22; Mc 5,34; 6, 54-56;10, 52; Lc 17, 19). c) Tal como anunció Isaías en su Cuarto Canto del Siervo, el Mesías realizaría la curación cargando El mismo con la enfermedad: “¡Eran nuestras dolencias las que El llevaba, y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros lo tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas" (Is 53, 4-5; Mt 8, 16-17). No perdamos nunca de vista esta relación profunda de las curaciones con la redención por el sacrificio expiatorio de la Cruz: Jesús, que rehusó curarse a sí mismo (Lc 4,23) se hizo el Buen Samaritano de la humanidad (Lc 10, 29-37) y se identificó con todos los enfermos (Mt 25, 36). De aquí deriva el sentido de expiación y redención que puede adquirir todo nuestro sufrimiento si se asocia al suyo. d) En consonancia con el lenguaje del Evangelio, al decir que fueron "salvados" los que quedaron curados, debemos recalcar que Jesús cuando cura, salva, es decir, cura a toda la persona. Por tanto, la curación física no es más que manifestación o exteriorización de la curación que se espera en toda la persona, de manera especial de la curación ocurrida en su espíritu. En otras palabras: la salvación abarca a toda la persona humana y la curación actúa de dentro hacia afuera. En muchas curaciones vemos que esencialmente libera del pecado, y la curación exterior es una consecuencia o repercusión de la sanción interior, como, por ejemplo, en el paralítico (Mt 9, 1-8; Mc 2, 1-12), en la pecadora perdonada (Lc 7, 36-50), en la mujer encorvada (Lc 13, 10-17). Esto nos da idea de dónde se enmarca la curación interior y la importancia que tiene. Es la curación interior lo que todos necesitamos, y lo que el Señor quiere primordialmente dar a todos los enfermos por los que podemos orar, pues en la curación interior es la que trae "la libertad a los oprimidos" (Lc 4, 17-19). C) ¿COMO SE PUEDE RECIBIR LA CURACION INTERIOR? 1.- La curación interior, puesto que tan profundamente afecta a la persona, es algo sumamente delicado y que exige un gran discernimiento y experiencia. El primer discernimiento que hay que hacer es ver si no es más bien competencia del confesor o del psiquiatra. Si así es, remitamos al hermano al tratamiento competente, sin interferencias por nuestra parte. 2. La forma ordinaria como se realiza
la curación interior y que está al alcance de todos es en
el trato sincero y profundo con el Señor. El contacto con el Señor
siempre cura. Muchos hermanos de la R.C. pueden dar testimonio de cómo sin esfuerzo pudieron dejar el tabaco o la droga, o de cómo se vieron libres del resentimiento y llegaron a perdonar de verdad a quien antes no habían podido durante años. La oración personal es un medio extraordinario para la curación interior de cualquier mal. Si te decides por fin a hacer oración diaria, comprobarás cómo todo empieza a cambiar dentro de ti y como el trato con el Señor te hace más equilibrado. Si la oración no produjera un cambio apreciable, sería señal de que no se hace oración de verdad, de que la oración es rutinaria, fría, formalista u oración muerta en la que se busca a sí mismo y se centra en sí, sin llegar al encuentro vivo con Dios. Acércate a la zarza ardiente y descálzate de ti mismo porque el Dios vivo te habla, te ilumina, te calienta y te transforma. 3.-- Los Sacramentos son el lugar privilegiado para la curación interior. Cada sacramento produce la curación según la gracia que comunica. El Bautismo no sólo perdona todos los pecados cometidos sino que también cura y transforma en nueva creatura, pues es despojo del hombre viejo y revestimiento del hombre nuevo (Rm 6, 6: Col 3, 9; Ef 4, 24), nueva creación según la imagen de Dios (Ga 6, 15). La Eucaristía es también sacramento de curación, medicamento del cuerpo y del alma, ya que nos pone en íntimo contacto con Cristo médico y salvador. Recibir la comunión del cuerpo y de la sangre del Señor es recibir el abrazo de la humanidad gloriosa de Cristo que fue inmolado por nuestra salvación. Este abrazo inefable necesariamente nos cura, aunque en esto influye mucho la disposición con que se recibe, la acogida, la fe y la atención que prestamos a la presencia del Señor. El Sacramento de la Penitencia es el remedio contra el pecado, origen de tantas heridas y desarreglos causados en nuestro espíritu. Para sacar el máximo partido de sus virtualidades, de manera que se actualice nuestra fe y el arrepentimiento sea más profundo, damos especial importancia a la forma de su celebración: con calma, y con tiempo suficiente, al menos de media hora, confesor y penitente oran juntos. El penitente se acusa después ante el Señor, y luego oran de nuevo para pedir al Señor discernimiento sobre la raíz principal de los pecados confesados. El confesor hace después una oración de curación interior, con especial insistencia en el arrepentimiento y la liberación interior, dando a continuación la absolución. El efecto que produce así el sacramento es muy profundo. Se puede consultar: M. SCANLAN, La fuerza de la reconciliación, en KOINONIA, Núm. 16, pgs. 11-13. La Unción de enfermos es sacramento de curación, principalmente interior, en forma de fortalecimiento, consuelo, aliento e iluminación. 4.- La oración de curación interior la puede hacer sobre mí o un sacerdote, o un grupo de intercesión, o un hermano con especial discernimiento y carisma para este ministerio. Después del discernimiento adecuado para identificar la raíz del mal interior, se hace esta oración que esencialmente consiste en presentar al Señor no sólo la enfermedad interior, sino también todo el contexto histórico en que se pudo originar, y todas las ramificaciones que pueda tener en las distintas áreas de la personalidad. Para que la oración de curación sea efectiva se requiere a veces repetida en distintas sesiones, pues se trata de todo un proceso regenerador que progresivamente se irá operando. Es de gran importancia que el hermano por el que se ora ponga todo lo que se precisa de su parte y se comprometa entregándose totalmente al Señor. (Se puede consultar el artículo de M. SCANLAN, Fallos posibles en el ministerio de la curación interior, KOINONIA, Núm. 12, pgs. 12-16. Ver también Ph. VERHAEGEN, Introducción a la Renovación en el Espíritu, Colección Nuevo Pentecostés 1, Ed. Roma, Barcelona 1979, p. 86-89). CELEBRACION DE LA ORACION DE CURACION INTERIOR Sobre todo el grupo que recibe el Seminario se puede hacer una oración general de curación interior, quizá después de la exposición del tema o bien otro día. Ayudará a todos a tomar conciencia por primera vez de aquello en lo que más necesitan la curación del Señor. Textos para orar y meditar en
la semana
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