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COMPROMISO
ECLESIAL
La VI Asamblea Nacional que se acaba de
celebrar ha sido una proclamación de nuestra dimensión eclesial.
Es para la Iglesia y es en la Iglesia donde se realiza esta corriente
de renovación en el Espíritu, y es en la Iglesia y por la
Iglesia como nosotros participamos de su fuerza revitalizadora. El Espíritu
fue dado a la Iglesia, y en su seno hemos bebido todos de la misma agua
viva que salta hasta la vida eterna.
Una Renovación en el Espíritu desconectada de los Pastores
de la Iglesia resultaría irrealizable, para quedar reducida a una
secta más.
Mantener y fomentar esta eclesialidad es para nosotros cuestión
de vida o muerte.
En cualquier enfoque o planteamiento de nuestra actividad hemos de procurar
que permanezcan siempre muy claros ciertos principios de eclesialidad
que en la práctica deberían traducirse en gestos y detalles
concretos.
Eclesialidad significa ante todo vivir en comunión con toda la
Iglesia de Dios, una, santa, católica y apostólica. Por
ser apostólica, hay unos sucesores de los Apóstoles, a cuya
voz autorizada -llámese discernimiento, magisterio o simples sugerencia
- debemos responder con transparente docilidad, o, lo que es lo mismo,
con obediencia en fe, con sometimiento a Dios en fe, ya que sin fe no
se entiende la comunión ni la sacramentalidad de la que el Señor
ha querido investir a los pastores de la Iglesia.
Quien dice obediencia dice también colaboración gustosa
en toda la acción de conjunto que a ellos toca coordinar, ejerciendo
así nosotros la corresponsabilidad de la que participamos todos
los miembros de la comunidad cristiana.
La fuerza de la Iglesia es la presencia del Espíritu de Cristo
Resucitado, que en todos los miembros a El incorporados actúa a
su vez y se manifiesta en forma de fe, de amor y por medio de una múltiple
gama de dones espirituales.
Si el Espíritu derrama tan copiosamente sus dones es para que los
pongamos al servicio del Cuerpo de Cristo.
No sólo nos sintamos Iglesia. Actuemos también como Iglesia.
Estemos atentos para ver qué servicios reclaman una colaboración
y qué podemos ofrecer nosotros. El Espíritu de Jesús
es amplio y universal, capaz de integrar en nosotros y hacer alentar todo
lo que hay de bueno en el Pueblo de Dios, ya sean otras corrientes espirituales,
otros movimientos reconocidos por la Iglesia -pues todos trabajamos armoniosamente
por la construcción del Reino de Dios-, ya sea cualquier interpelación
que podamos recibir.
La nota de eclesialidad será siempre prenda de un buen sentido
de equilibrio en todo y de acierto en el cumplimiento de los planes divinos.
Tema
5
Respeto y aceptación
al otro.
Reconciliación y amor
por Serafín Gancedo, C. M. F.
De los primitivos cristianos decían: "Mirad cómo se
aman". También el que acude por primera vez a uno de nuestros
grupos nota algo de eso. "Se ve que os amáis mucho",
oímos comentar alguna vez. Pero, ¿es cierto? Sin duda, los
primeros contactos con la Renovación Carismática producen
en nosotros un entusiasmo que facilita las relaciones mutuas. Pero conforme
se apaga ese entusiasmo vuelve la dificultad de amar. La convivencia prolongada
nos revela nuestras limitaciones, egoísmos, simpatías y
antipatías, agresividades, debilidades, bloqueos, Ambiciones, rencores,
celos... Los nuestros y los de los demás. Y amar en cristiano ya
no resulta fácil. Sin embargo, hay que seguir amando, a pesar de
todo.
1. AMAR AL HERMANO
La ley de la comunidad es el amor. De
la comunidad que es la Iglesia y de la comunidad que es cada grupo carismático,
célula de la Iglesia. En la primera comunidad cristiana, como fruto
inmediato de Pentecostés, "todos los creyentes vivían
unidos" (Hch 2, 44). Y no tenían sino un solo corazón
y una sola alma" (Hch 4, 32).
Las palabras de Jesús al respecto son de una claridad deslumbrante
y de una gravedad estremecedora:
"Os doy un mandamiento nuevo: que
os améis los unos a los otros... En esto conocerán que sois
mis discípulos: si os tenéis amor los unos a los otros"
(Jn 13, 34.35). "Este es el mandamiento mío: que os améis
los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15, 12). "En verdad
os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más
pequeños, a mí me lo hicisteis ... Cuanto dejasteis de hacer
con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis
de hacerla" (Mt 25, 40.45).
Mandamiento NUEVO, es decir, de la Nueva Alianza: si no lo cumplimos vivimos
aún bajo la Antigua Alianza que es incapaz de salvar. Mandamiento
MIO, como si los demás no lo fueran. Única SEÑAL
de identidad cristiana. Amar al prójimo es amar a Cristo; rechazarlo,
es rechazar a Cristo. Nos estamos jugando el ser o no ser cristianos,
el salvarnos o condenarnos: ''Venid, benditos de mi Padre... Apartaos
de mí, malditos, al fuego eterno" (Mt 25, 34.41). Jesús
es consecuente: para el curso de la vida señala un programa de
amor, y el examen final es sobre el amor. Aprobar este examen es salvarse,
suspenderlo es condenarse.
Y esta misma es toda la razón de ser de la Iglesia: unir a los
hombres con Dios y entre sí (cf. LG 1). Y no es otro el sentido
de la Renovación Carismática. O nos empeñamos en
que Jesús sea cada vez más el Señor de nuestra vida
y en amar a los hermanos, o estamos falsificando el Cristianismo y la
Renovación.
Como signos de este amor y caminos para
este amor, señalamos los siguientes
2. DESCUBRIR AL HERMANO
Un descubrimiento no es una creación
ni una cienciaficción, es encontrar lo que estaba ahí cubierto
y ponerlo al descubierto. América o tal planeta o los elementos
químicos estaban ahí, ocultos, tapados, hasta que un día
alguien cayó en la cuenta y los destapó, los descubrió.
El prójimo está ahí, no es algo abstracto, sino muy
concreto: es el padre, el hermano, el vecino, el jefe, el alumno, el gamberro,
el terrorista, el pobre que llama a la puerta; es cada uno de los hermanos
del grupo. Tiene rostro concreto, nombre y apellidos concretos.
Y hay que descubrirlo. Es un descubrimiento imprescindible, necesario
hasta para salvarse. Pero no es fácil. A pesar de que Jesús
fue señalando al prójimo con el índice de su palabra
y de su vida, su descubrimiento tiene que hacerlo cada uno. ¡Y cómo
nos cuesta! Descubrirlo es creer que Dios lo ha creado y lo ama, que Jesucristo
ha muerto por él, que mi salvación está comprometida
en la suya, que somos miembros de un mismo Cuerpo, que formamos con él
el pueblo de los salvados, que somos los compañeros entrañables
de camino hacia la casa del Padre, y que por tanto el prójimo no
es algo lejano o ajeno, sino alguien cercano, íntimo, mío,
profundamente mío. Hecho este descubrimiento, ya todo nos resultará
fácil. Habremos encontrado el tesoro escondido (Mt 13, 44), el
Cristo entrañable que es cada uno de los hermanos, y estaremos
dispuestos a venderlo todo para adquirido.
A este descubrimiento ayudará el hacer al hermano objeto de contemplación.
Llevémoslo a nuestra oración; gocémonos en el amor
con que el Señor le está amando y pidámosle que nos
llene de ese amor al hermano, y en esa atmósfera de amor y de gozo
vayamos recorriendo, llenos de gratitud, la obra natural y sobrenatural
de Dios en él, paso a paso, detalle a detalle. Incluso vayamos
apuntando en un cuaderno todo lo positivo que descubramos en esa contemplación.
Nos asombraremos del descubrimiento.
3. ACEPTAR AL HERMANO
Y empezaremos por aceptar al hermano tal como es: con sus cualidades y
carismas, pero también con sus limitaciones y pecados. Es el prójimo
concreto, el único que existe. Dios lo ama así, y al amarlo
lo va transformado. Nosotros instintivamente queremos comenzar por cambiar
al prójimo a nuestra medida para luego poder aceptarlo y amarlo.
Y debemos más bien comenzar amando para ayudarle a cambiar a la
medida de Dios.
Esta aceptación cordial del hermano tal como es nos prohíbe
hacerse lecciones para idolatrar a unos y excluir o marginar a otros.
Este sí: porque es simpático o porque habla bien o toca
la guitarra o es un gran animador o sintoniza con mis ideas y sentimientos.
Este no: porque no tiene carismas o es dominante o agresivo o tiende al
protagonismo o me resulta antipático.
El corazón cristiano no ama a los hombres porque sean amables,
sino porque lo suyo es amar. Como el corazón del Padre que "es
bueno con los ingratos y perversos" (Lc 6, 35) y "hace salir
su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos" (Mt
5, 45).
La comunidad funciona cuando cada uno se esfuerza por aceptar y amar a
los otros tal y como son. Pero ese esfuerzo, prolongado, resulta imposible
al hombre, necesita la fuerza de Dios para quien "nada hay imposible"
(Le 1, 37). Además es insuficiente, porque el amor cristiano no
es flor de nuestro huerto, es don de Dios. Sólo podremos amar en
cristiano al prójimo con el amor mismo de Dios que "ha sido
derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha
sido dado" (Rm 5, 5).
4. RESPETAR AL HERMANO
Todo ser humano en cuanto persona e hijo
de Dios es un misterio sagrado. Es como una presencia de Dios que a la
vez invita a acercarse: confianza y servicio, y manda descalzarse: delicadeza,
estremecimiento, respeto.
Al hermano hay que dejarlo ser él, no violentarlo, no manipularlo
para nuestros intereses, no cosificarlo. Hay que reconocerle y respetarle
su condición de original e irrepetible. En los planes de Dios tiene
asignado su puesto y su tarea que nadie más que él puede
llenar.
Es necesario y hermoso convencerse de
que el hermano con su originalidad, con sus dones y carismas, no es un
enemigo, ni un competidor, es un amigo que me complementa, y juntos, aportando
cada uno su don, como piezas vivas de un mismo mosaico, vamos construyendo
la Iglesia.
No nos permitamos nunca juzgar
al hermano. Carecemos de datos suficientes para un juicio objetivo e imparcial,
pero además nos lo prohíbe el Evangelio: "No juzguéis
y no seréis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis
seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá"
(Mt 7, 1). Ni siquiera Jesús ha venido a juzgar: "No he venido
para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo" (Jn 12, 47). Si
alguna vez la caridad o la responsabilidad nos exigen un juicio del hermano,
dejemos el bisturí que corta y pongámonos los guantes de
terciopelo que acarician, como solemos hacer cuando nos juzgamos a nosotros
mismos. Y entonces también nuestro juicio, como el de Jesús,
será para salvación.
Jesús tampoco clasificaba o ponía etiquetas a las personas
como si fueran objetos de museo. Estaba abierto a su capacidad de evolución.
La mujer clasificada por el fariseo Simón como "una pecadora",
para Jesús es ya una mujer nueva "porque ha mostrado mucho
amor" (Lc 7, 36ss). El recaudador Zaqueo era para los judíos
"un hombre pecador"; para Jesús es un hijo de Abrahán
en cuya casa entra la salvación (Lc 19, ?1 ss). No encasillemos,
no colguemos etiquetas a los hermanos. Concedámosles la posibilidad
de cambiar, de llegar a ser hombres nuevos, hombres distintos transformados
por el poder del Espíritu. Mientras Dios nos da tiempo de vida
es que espera más de nosotros y confía en nuestro cambio.
Y la historia del pueblo de Dios y la nuestra personal es un muestrario
de tales cambios y transformaciones.
Eliminemos también la murmuración. Característica
de la Renovación Carismática es la alabanza. Y el corazón
y la lengua que alaban al Padre no pueden ensuciarse murmurando de los
hijos. Con la lengua "bendecimos al que es Señor y Padre y
con ella maldecimos a los hombres, creados a imagen de Dios. De la misma
boca sale bendición y maldición. Eso no puede ser, hermanos
míos" (St 3, 10). "Hermanos, no habléis mal unos
de otros" (St 4, 11).
No, no maldigamos, ni digamos mal de nadie; no nos entretengamos en los
defectos ajenos, que sería convertir nuestra vida en un recogedor
de basura. Más bien empeñémonos en ver y en hacer
ver lo bueno del hermano, y que éste pueda estar seguro de que
no le vamos a traicionar, ni nadie osará hacerlo delante de nosotros.
5. RECONCILIARSE CON EL HERMANO
El hombre, desintegrado por el pecado,
vive dividido y siembra división, y por sí mismo es incapaz
de restablecer la unidad perdida. Por eso vino Cristo, el reconciliador.
“El es nuestra paz", "por él unos y otros tenemos
libre acceso al Padre en un mismo Espíritu" (Ef 2, 14.18),
y ya "todos sois uno en Cristo Jesús" (Gál 3,
28).
Como Jesús, todo verdadero cristiano está llamado a ser
un restaurador de la paz, un reconciliado y un reconciliador.
A pesar de la buena voluntad, el vivir juntos implica roces, susceptibilidades,
malentendidos, palabras que hieren, choques... Y esto a diario, por eso
debe ser también diaria la reconciliación. Un cristiano
vive en actitud perenne de reconciliación, en estado de reconciliación.
Es inaccesible al odio, al resentimiento, a la venganza, al rechazo, al
enfado, a la ingratitud. Todo lo excusa, todo lo soporta, todo lo perdona,
todo lo interpreta bien, todo lo aprovecha para crecer en fe, en amor
y en humildad. En su corazón está siempre pidiendo perdón
y perdonando. Y esta actitud interna florece en concretas peticiones y
concesiones de perdón.
Con frecuencia nos entretenemos en revolver las ofensas que nos han hecho,
los motivos que creemos tener para no perdonar. Si Jesús se hubiera
detenido en lo grave e injusto de las ofensas que le inferían,
habría tenido razón, pero no nos hubiera salvado. Si nos
salvó es porque perdonó las ofensas y se dejó llevar
del amor. Dios no nos va a preguntar en el juicio si estábamos
en la verdad, si tuvimos siempre la razón, sino si amamos siempre.
Como Jesús, dejemos que triunfe en nosotros el amor.
Perdonemos aun unilateralmente, es decir, antes de que nos lo pidan, o
aunque no nos lo pidan, o incluso no crean necesitarlo o a nosotros nos
lo nieguen. A Jesús nadie le pidió perdón y él
perdonaba: al paralítico (Mc 2, 5), a la pecadora (Lc 7, 47), a
la adúltera (Jn 8, 11), a los ejecutores de su cru?cifixión
(Lc 23, 24). También nosotros, tomemos la iniciativa de la reconciliación;
que por nuestra orilla no fallen los puentes de la concordia.
Es más, en la Iglesia y en la comunidad carismática, seamos
elementos integradores, constructores de unidad: quitemos importancia
a las deficiencias, desdramaticemos situaciones, excusemos los fallos
de los hermanos, ayudemos a superar dificultades, destaquemos lo positivo,
prohibámonos la amargura de quien todo lo ve negro y defectuoso,
acudamos al grupo no a ver qué me dan los demás, sino a
ver qué puedo darles yo. Así seremos como un aceite que
facilita el funcionamiento de todas las piezas y contribuiremos a crear
un clima de bienestar en que lo fácil, lo espontáneo, lo
normal es vivir la reconciliación. Así realizaremos el ideal
que Pablo proponía a los cristianos:
Sois elegidos de Dios; él os ha consagrado y os ha dado su amor.
Sed, pues, profundamente compasivos, benignos, humildes, pacientes y comprensivos.
Soportaos mutuamente, y así como el Señor os perdonó,
perdonaos también vosotros, si alguno tiene quejas contra otro.
Y por encima de todo, practicad el amor, que es la cumbre de la perfección.
Que la paz de Cristo reine en vuestras vidas; a ella os ha llamado Dios
para formar un solo cuerpo" (Col 3. 12-15).
Algunos escritos:
J. VANIER, Comunidad: lugar de perdón y fiesta, Narcea,
Madrid, 1980.
I. LARRAÑAGA. Sube conmigo, Ed. Paulinas,
Madrid. 1978, cap. 5°: Relaciones interpersonales.
X. LEON-DUFOUR. Vocabulario de teología bíblica,
Herder, Barcelona. art. amor, II la caridad fraterna.
KOINONIA, nº 22, dedicado a las relaciones interpersonales.
Rasgos de la comunidad
Emmanuel (París)
La Comunidad "Emmanuel" reúne
cristianos de cualquier edad y condición social deseosos de vivir
una vida a la vez contemplativa y apostólica en el seno de la Iglesia
católica.
1. LAS GRACIAS DE LA COMUNIDAD
"Emmanuel", significa "Dios
con nosotros", presente en nuestra vida cotidiana, y cuya voluntad
queremos cumplir, de un modo personal y de conjunto.
Para la mayoría de nosotros, esto significa llevar una vida totalmente
"normal" en apariencia: fundar una familia, ejercer una tarea
profesional, vivir en la ciudad. Pero, al mismo tiempo y, sobre todo,
"estar en el mundo sin ser del mundo."
De nuestros prolongados momentos de adoración ante Cristo, siervo
sufriente, puede nacer una compasión verdadera para los más
pobres y desheredados.
Las gracias de adoración y de compasión
no pueden dejar de llevarnos a hacer conocer la misericordia de Dios hacia
todos los hombres, es decir, evangelizar en la alabanza y por la intercesión
de Maria. La Comunidad Emmanuel es ante todo una comunidad de servicio
y de evangelización.
Estos servicios apostólicos requieren para ser eficaces, una organización
a la vez sencilla y estructurada.
II. SITUACION Y ORGANIZACION
La comunidad celebró el año pasado su décimo aniversario.
El núcleo de partida fue de algunos cristianos renovados por el
Espíritu Santo. Pero hoy reúne cerca de 1.500 personas en
la región parisina, y 500 en distintas provincias. Es una comunidad
joven: la media de edad de los adultos es de unos 30 años.
La comunidad está coordinada por un Consejo amplio, de 15 miembros,
asistido por un teólogo consejero.
Se estructura a partir de las maissonnées (comunidades domésticas),
residenciales o no, pequeñas unidades de talla humana, que agrupan
entre 3 y 6 personas que comparten las exigencias de la vida cotidiana
en el Señor y se mantienen en la oración y la acción
apostólica.
Cada miembro de la Comunidad está acompañado por un hermano
o hermana "mayor" que está a su disposición para
aconsejarle y ayudarle en su caminar comunitario.
Después de un periodo de observación de 3 a 4 meses, puede
uno ser postulante (durante 6 meses o un año), después novicio
(durante 1 ó 2 años) antes de comprometerse en la Comunidad,
compromiso que, por otra parte se renueva cada año.
Los compromisos suscritos ya desde el postulantado son en primer lugar
de orden espiritual: Eucaristía y largos ratos de adoración
personal diarios; y también aceptar ser acompañado de modo
regular y participar en los servicios internos y externos, aportar el
diezmo justo, y vivir de acuerdo con las orientaciones generales de la
comunidad.
Pero la vida comunitaria es siempre un
medio y no un fin en sí mismo. Es un medio que nos da el Señor
para santificarnos sirviendo al Reino de Dios en el seno de la Iglesia.
Por esta razón la vida comunitaria desemboca en numerosas actividades
apostólicas y caritativas que seguidamente enunciaremos.
III. SERVICIOS APOSTOLICOS
En primer lugar, como es ya tradición en la Renovación,
la comunidad anima numerosas asambleas de oración semanales (por
ejemplo unas veinte en la región parisién), abiertas a todos,
y que cada año afectan a miles de personas.
Desde hace tres años, estas asambleas, practican la evangelización
por la calle, proclamando así la buena noticia de la salvación
fuera de la Iglesia, en un clima de oración y de alabanza, en búsqueda
de los que pasan por la calle.
Pero la Evangelización se orienta
también hacia medios más especializados, según las
gracias, las llamadas y la competencia de los miembros de la comunidad.
De este modo actuamos más específicamente en medios científicos
junto a los ingenieros y cuadros de empresa, pero también en el
mundo obrero, cerca de los responsables sindicales, entre los gitanos,
los árabes cristianos o los estudiantes africanos.
La Revista IL EST VIVANT, informativa
y de formación sobre la R.C., tiene un tiraje de 20.000 a 30.000
ejemplares y unos 15.000 suscriptores. Un importante servicio de difusión
de libros (Renovación-Servicio), de grabación y difusión
de cassettes en el mundo entero y, más recientemente, una estación
de radio en la región parisiense permiten, por esos medios modernos,
difundir la Buena Nueva. Por otra parte, el Centro de Información
sobre la Renovación Carismática Internacional con base en
París, 31 Rue de l' Abbé Grégoire, asegura una permanente
circulación de informaciones sobre las actividades de la Renovación
en el mundo entero.
Los jóvenes están en el centro de vida de la Comunidad.
La Comunidad de jóvenes de '"Emmanuel" anima las asambleas
de oración particulares, organiza fines de semana especializados,
actividades de descanso y de oración, por ejemplo vacaciones de
ski en los Alpes o en los Pirineos, en la casa de Sta. Teresa en Lourdes,
centro de oración y acogida para jóvenes abierta todo el
año.
Igualmente la acción apostólica con las parejas, se desarrolla
de un modo notable. La Fundación Mundial Amor y Verdad, centro
de formación para parejas y familias, imparte por un lado enseñanzas
sobre el modo de vivir las gracias del sacramento del matrimonio, y, por
otro, asegura todo un programa de difusión de nuevos métodos
naturales de regularización de nacimientos, seguros y eficaces,
verdadera revolución en el campo de la "planificación
familiar natural",
Un importante servicio de canto, de música
y de liturgia permite responder a las peticiones cada vez más frecuentes
de numerosas parroquias, para animación de la liturgia, por ejemplo,
en la Catedral de Notre Dame de París.
Pero la animación parroquial no se limita a la animación
litúrgica. En Marsella, por ejemplo, es toda la parroquia de San
Vicente de Paúl, situada en un barrio céntrico de la ciudad,
que ha sido confiada a la Comunidad para asegurar la permanencia de los
servicios parroquiales: acogida, preparación para el bautismo,
para el matrimonio, catequesis, liturgia, presencia de la oración.
En un año la asistencia a la misa se ha visto duplicada.
Además, el campo de misión de la comunidad, no queda restringido
a las fronteras del exágono. La FIDEFCO (Fundación internacional
para el desarrollo y la formación de los cooperadores y de las
Comunidades de base) (una ONG acreditada en la CEE) asegura a las peticiones
de los obispos y comunidades cristianas del Tercer Mundo, la ayuda financiera
y técnica a proyectos y el envío de cooperadores deseosos
de participar en el desarrollo técnico y espiritual, en conexión
con las iglesias locales.
Igualmente, se han dado misiones o están en curso, a petición
de los obispos, en muchos países del tercer mundo:
Zaire, Marruecos y la Isla Mauricio donde la Renovación Católica
ha pasado de 3.000 a 30.000 miembros en dos años.
Todas estas actividades se apoyan en una formación doctrinal y
teológica profunda, impartida particularmente en el Centro Internacional
Juan Pablo II cuyas enseñanzas siguen anualmente 1.500 estudiantes
y oyentes libres, y son difundidas por cassettes, lo que multiplica por
diez los auditores; pero también durante el transcurso de fines
de semana de formación abiertos a todos y que en París se
ofrecen mensualmente a un millar de personas; además el Centro
Samuel, abierto hace dos años, asegura la formación de los
formadores de catequistas; en fin, durante las grandes sesiones en Lourdes
o en Paray-leMoniaI han participado más de 5.000 personas en 7
años.
Finalmente, la comunidad está comprometida en los servicios de
compasión con los más pobres: S0S de oración es un
servicio de acogida y de oración por teléfono, en el que,
desde hace tres años hermanos y hermanas de la comunidad se turnan
sin interrupción día y noche, durante todo el año,
para contestar a las llamadas de angustia, que llegan a ser actualmente
más de un centenar por día.
Varios equipos se ocupan de acudir a los medios hospitalarios para orar
con los enfermos más abandonados, de acuerdo con los capellanes.
Todas estas misiones se realizan para la gloria de Dios. En el transcurso
del tiempo han evolucionado y se multiplican a medida del crecimiento
de la comunidad y de las llamadas del Espíritu a las que, muy imperfectamente,
procuramos ser fieles en humildad y perseverancia.
Tomado de La Communauté Emmanuel, folleto policopiado en Mayo
1982
La Maison de l’Emmanuel 31, rue de l’Abbé Grégoire
75006-PARIS (Francia)
Tema 6
La transparencia comunitaria
por Xavier Quintana, S. J.
"¿Quieres, renunciando a
toda forma de propiedad, vivir con tus hermanos no solamente en comunidad
de bienes materiales, sino también en comunidad de bienes espirituales
esforzándote a la apertura del corazón?"
Estas palabras, que se escuchan en la Iglesia de la Reconciliación
de Taizé cuando el Prior se dirige a algún hermano de la
comunidad en el momento en que realiza su profesión religiosa,
nos introducen en el corazón del misterio de la vida comunitaria.
La llamada a vivir en comunidad exige y ofrece la posibilidad de poner
a disposición de los demás hermanos toda la persona. No
se trata solamente de poner en común cosas, algunos momentos de
la vida o retazos de habilidades, sino de entrar en comunión personal,
de "poner a disposición de los demás todo lo que uno
tiene y es, y aceptar de ellos todo lo que tienen y son" en expresión
muy querida al P. Arrupe, Superior General de los jesuitas.
El Santo Padre Juan Pablo II, en la homilía
que pronunció durante la Misa para las familias el pasado 2 de
noviembre en Madrid hablaba de la comunidad familiar "en la que todo
hombre es amado por sí mismo, por lo que es y no por lo que tiene".
Como una extensión a toda comunidad cristiana de este principio
descubrimos esa llamada exigente a acoger a cada miembro en su verdadero
ser, y, como consecuencia, la necesidad de una transparencia de unos para
con otros, y del establecimiento de los cauces que posibiliten la entrega
y la acogida, el compartir profundo de sentimientos e ideales, de sufrimientos,
miserias y capacidades.
"Si la comunidad de bienes no alcanzara más que a los bienes
materiales sería muy limitativa, debe conducir a la comunidad de
bienes espirituales, penas y gozos", dice la Regla de Taizé,
sugiriéndonos la importancia de la transparencia comunitaria. Si
la comunidad cristiana se basa en la comunión, ¿cómo
amarse unos a otros sin un conocimiento profundo de lo que cada uno es?;
¿cómo compartir sentimientos e ideales, penas y alegrías
sin la presencia gozosa y sencilla de la transparencia que preside todos
los intercambios comunitarios?
I . REQUISITOS PARA UNA TRANSPARENCIA COMUNITARIA
Para que se pueda hablar de transparencia es necesario que las personas
sean capaces de entregarse y acoger la entrega de los demás, por
una parte; y que sientan la llamada a pertenecerse mutuamente, por otra.
1) Para poder ser miembro transparente en una comunidad es necesario llegar
al conocimiento y a la aceptación de sí mismo. Nadie puede
darse si antes no se posee es la versión del conocido aforismo
"nadie puede dar lo que no tiene" cuando lo que se trata de
compartir es la propia persona. Para poder entregarse es, por tanto, necesario
poseerse, es decir, tener un conocimiento certero de sí mismo,
un conocimiento que incluya la aceptación personal, la lucidez
para saber reconocer las propias posibilidades y logros así como
los fallos y carencias, y la confianza de creer que todo puede ser transformado,
impulsado y mejorado.
Es necesario vivir desde la profundidad de uno mismo y allí saber
realizar una cierta integración: la dispersión, la superficialidad,
la fragmentación de la persona en mil impulsos y sentimientos inconexos
son obstáculos a la comunicación, a la capacidad de entrega
personal y de acogida de los demás.
Sólo en la medida en que la persona se conozca y acepte, y logre
vivir desde la intimidad unificada de sí misma, será capaz
de ofrecer todo su ser y de acoger, comprender y entrar en comunión
con los demás. Por el contrario, cuanto mayor sea la instalación
en la superficie -en la búsqueda instintiva de objetos que satisfagan
el placer y la utilidad-, cuanto mayor sea el índice de desintegración
interior, mayor será la dificultad de ofrecerse a esa transparencia
exigida por la vida comunitaria.
2) Además de esta posesión de sí mismo que nos capacita
para entregarnos a los demás, para que esta entrega llegue a ser
espontánea y gozosa se requiere un fuerte sentido de pertenencia
de unos a otros. Sólo desde esta conciencia de pertenecernos unos
a otros es posible la ruptura de esa soledad individualista que le hace
al hombre sentirse celoso propietario de su interioridad. Esta convicción
de pertenecernos unos a otros está basada en la toma de conciencia
de haber sido convocados por Otro. Es Dios el que nos ha llamado para
estar juntos, son su Palabra y su Espíritu los que nos entregan
los unos a los otros, es su Presencia en medio de nosotros la que convierte
cada una de nuestras existencias en existencias para los demás.
El Señor nos ha entregado los unos a los otros, y la acogida común
de esta llamada a vivir juntos, a pertenecernos. Una debilitación
de este sentimiento de pertenencia dificultaría cualquier intento
de transparencia, que sólo podría entonces realizarse multiplicando
normas e imposiciones y no sin producir sentimientos de falta de espontaneidad
y de agresión injustificada a la propia intimidad.
Un caudal rico de interioridad unificada y serenamente poseída,
y un maduro sentido de pertenencia son, pues, las condiciones de posibilidad
de esa confianza en la donación de todo lo que somos y tenemos
a nuestros hermanos que llamamos transparencia.
Vamos a analizar ahora los elementos que incluye esa transparencia fraterna.
II. ELEMENTOS DE LA TRANSPARENCIA
FRATERNA
1) Transparencia es sinónimo de
confianza y apertura. Si nos pertenecemos, ¿cómo no entregarnos
unos a otros?, ¿cómo no decirnos la verdad de nosotros mismos,
dejando caer las barreras, los miedos, las palabras a medias, los grandes
silencios, las "agendas encubiertas" -en las que anoto los proyectos,
los intereses, los objetivos sustraídos a la mirada de los demás?
La sociedad competitiva en la que nos encontramos, el consumismo que intenta
explotar la envidia y la ambición obligan al hombre moderno a ocultar
lo que "es" y a aparentar lo que le hacen desear ser, e interponen
entre las personas mil caretas y recelos. Una debilidad manifestada es
una baza ofrecida al competidor, una habilidad exhibida puede incitar
sólo la envidia o la agresión.
La comunidad cristiana en la que el amor debe ser la exigencia fundamental
y en la que el "nosotros" y el "ellos" -aquellos a
quienes servimos- tengan siempre primacía sobre el "yo",
posibilitan esta confianza y sencillez en la comunicación: puedo
y debo aparecer como soy, con mis límites, que podrán y
deberán ser aceptados, y mis posibilidades, que podrán y
deberán incrementar el gozo común y la capacidad de servicio
misionero de la comunidad.
2) Como los llamados a vivir en comunidad
son siempre personas frágiles, con su caudal de miserias y debilidades,
la transparencia incluye también el perdón y la compasión.
Mientras las personas se mantienen a distancia unas de otras, la debilidad
ajena puede ser desconocida y es fácil ponerse a salvo de ella.
Es cuando las personas aceptan el riesgo de acercarse, cuando se dejan
invadir por aquellos a quienes el Señor les ha vinculado, cuando
van a experimentar dolorosamente las flaquezas de los demás y la
propia incapacidad que aparece incluso terrible. "La comunidad es
el lugar donde se revelan nuestras limitaciones y egoísmos",
dice Jean Vanier en ese magnífico libro "Comunidad: lugar
de perdón y fiesta", en el que desarrolla ampliamente lo que
aquí va a quedar sólo apuntado.
Por eso, como con la transparencia va
a surgir dolorosamente la percepción de la debilidad de unos y
otros, la única forma de no mantenerse en una actitud estéril
de queja o de escándalo, de rechazo o de condena, es abrirse a
la compasión y al perdón. Saber hacer propias las debilidades
de los demás, dejar que lleguen a doler íntimamente, pasarlas
por nuestra mejor capacidad de perdón y de misericordia. El perdón
generoso y abierto, la capacidad de olvidar y de volver a empezar ?una
y mil veces, la comprensión y la misericordia son las actitudes
que hacen de la transparencia un estilo de vida permanente en la comunidad.
3) La transparencia es también
un servicio a la vida de cada miembro de la comunidad. Se comunica lo
que se es, se comparte la vida no sólo por el mero gozo de la comunicación
sino porque la transparencia, la comunicación, el dar y recibir
generoso son la expresión más auténtica de la vida,
y la forma adecuada de dar crecimiento y expansión a nuestra vida
interior. La comunicación fraterna es el clima adecuado para ese
crecimiento que incluye la poda de lo defectuoso y la expansión
continua de la vida auténtica.
Este servicio mutuo incluye la necesidad de la corrección fraterna.
La compasión y el perdón de los que antes se hablaba no
pueden en ningún modo confundirse con una actitud de permisividad
indiferente en relación con los fallos o defectos de los hermanos,
que significaría más bien falta de amor y un olvido culpable
de la responsabilidad que unos han adquirido para con otros. Si nos hemos
entregado las vidas para seguir ayudándonos a crecer y a caminar,
la corrección fraterna deberá estar presente en nuestras
relaciones: la necesitamos para conocernos y para renovarnos. Necesitamos
esa luz que nos viene de fuera, que ilumina lo que no hemos todavía
conocido o superado, y que sugiere formas de luchar y de avanzar. Esta
corrección, para que sea transmisora de paz y creadora de vida,
deberá realizarse sólo desde el amor. El que va a corregir
deberá captar el momento de vida espiritual en el que se encuentra
el que la recibe, y su propio momento emocional, para no llamar corrección
fraterna a lo que no sería sino un desahogo, un "sacarse la
espina", o una proyección de envidias o malestares interiores.
Tener un amor profundo a la persona del hermano cuya corrección
se efectúa es la forma de ayudarle a conocerse y no a rebelarse,
a aceptarse en lugar de despreciarse.
La transparencia es creadora de vida en la medida en que el conocimiento
mutuo, las confidencias y la sinceridad no hayan impedido el que unos
y otros estén abiertos a la esperanza. "La caridad todo lo
espera", dirá S. Pablo en el capítulo 13 de la Carta
a los Corintios; y la exhortación apostólica "Evangélica
testificatio" de Pablo VI recordará: "La caridad debe
ser como una activa esperanza de lo que los demás pueden llegar
a ser gracias a nuestra ayuda fraterna" (E.T. n.39).
Hemos indicado los requisitos para la transparencia y algunos elementos
que la integran. Habría que añadir, para acabar estas líneas,
alguna palabra sobre el diálogo.
III. EL DIALOGO COMUNITARIO
La transparencia reclama un ambiente
de diálogo fraterno en el que sea posible la comunicación
de los propios sentimientos. La existencia de momentos, establecidos o
espontáneos, en los que las personas sean capaces de hablar de
sí mismas, de sus alegrías y sinsabores, de sus esperanzas
y de sus temores, es necesaria para que unos y otros dejen de estar aislados
y replegados sobre sí mismos. Dialogar no es sólo hablar
de cosas, dialogar es abrirse, comunicarse, manifestar lo que uno desea
y siente, teme y sueña, lo que uno "es", El diálogo
es comunión, es expresión de amor y crea capacidad de amar
aún más intensamente.
Y con esta palabra terminamos. La transparencia es posible a los que sintiéndose
intensamente amados por Dios y por sus hermanos están abiertos
al amor y son creadores de amor. En la 1ª Carta a la comunidad de
Tesalónica -el documento más antiguo dcl Nuevo Testamento-
después de decirles Pablo que no necesita añadir1es nada
sobre el amor porque ya Dios les ha iluminado sobre ello ("En cuanto
al amor mutuo no necesitáis que os escriba, ya que vosotros habéis
sido instruidos por Dios para amaros mutuamente" (1 Ts 4, 9), al
final de la carta se siente impulsado a recordarles lo importante que
es para el amor el diálogo, la acogida. la ayuda. el aliento mu?tuo...
, la transparencia: "Os exhortamos, hermanos, a que amonestéis
a los que viven desconcertados, animéis a los pusilánimes,
sostengáis a los débiles y seáis pacientes con todos.
Mirad que nadie devuelva a otro mal por mal, antes bien, procurad siempre
el bien mutuo y el de todos. Estad siempre alegres. Orad constantemente.
En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús,
quiere de vosotros" (I Ts 5, 14-18).
Que sea El mismo, por la fuerza de su Espíritu, el que nos ayude
a vivir esta transparencia, creadora de comunidad y testimonio de fraternidad
ante los hombres.
La Comunidad
«Madre de Dios» en Washington, DC. (USA)
Entre las comunidades que surgieron desde
el principio de la Renovación Carismática en Estados Unidos,
por el año 1967, está la comunidad Mother of God. Aunque
tiene la dirección postal en Washington DC., la mayoría
de las familias viven en núcleos comunitarios en la zona norte
de Washington, en un radio de 30 Km., en el estado de Maryland: Bethesda,
Rockville. Gaithersburg, Hay unas doscientas familias con un total de
más de mil miembros. Es un tipo de comunidad integrada en la ciudad,
como presencia cristiana en el mundo de hoy y una llamada fuerte a la
evangelización a través de la reunión de oración
semanal, por la palabra escrita con la revista The Word Among Us (La Palabra
entre nosotros), el testimonio en el trabajo secular y en las familias.
Poco a poco se han ido formando núcleos de familias que viven en
la misma vecindad y ofrece un ambiente de apoyo mutuo y convivencia cristiana.
La dirección es llevada por seglares,
con un equipo pastoral de cinco sacerdotes teólogos, que forman
parte del equipo de redacción de la revista y atienden a la enseñanza
regular de la comunidad, junto con los seglares.
Mi contacto con esta comunidad ha sido a través del padre Francis
Martin, teólogo, profesor de Sagrada Escritura en la universidad
de Steubenville, Ohio, a quien invitamos, desde el Equipo Nacional, para
dar un retiro a dirigentes de la Renovación en España, y
dirigir también unos ejercicios espirituales a sacerdotes, el pasado
año 1982.
A raíz de su visita, acompañado de un seglar, Tom Dilenno,
me invitaron a convivir una semana con ellos, y fue el mes de mayo cuando
pude conocer personalmente la vida de esta comunidad.
A lo largo de estas semanas he visto lo que podría llamar sus características:
l. Enseñanza
sólida en lo básico de la fe y vida cristiana:
- Claridad acerca del pecado y el arrepentimiento.
- Vivir la Palabra de Dios, con experiencia
personal de que Dios nos habla a cada uno en la oración para orientar
nuestras vidas.
- Base firme de oración personal
y comunitaria (cada mañana más de cien hombres se reúnen
a las 6,15 para media hora de oración antes de ir al trabajo).
- Los carismas del Espíritu se
aceptan y se usan con naturalidad y sin exageraciones: alabanza fuerte
y lenguas, profecía, intercesión para fortaleza y liberación,
discernimiento, autoridad en el Señor.
2. Referente a la vida de comunidad:
intensa vida de comunidad que atrae a muchas familias:
- Muchos hombres
- Comunidad viva y bien ordenada.
- Relaciones personales sanas, entre
mayores y jóvenes.
- Apoyo mutuo de hermanos.
- Conversaciones cristianas: con facilidad
se habla de la fe, en familia, en encuentros casuales ...
- Cuidado especial para cada grupo: matrimonios,
hombres, mujeres, jóvenes (universitarios y colegiales), niños.
3. Reunión de oración
numerosa (500•600 personas) y llena del poder del Espíritu
Santo. Y se procura que la enseñanza y lo que nos dice el Señor
se viva toda la semana. La reunión de oración es el domingo
por la tarde, y el martes por la mañana se distribuye un resumen
para que se comparta y comente en familia.
4. Dirección firme
en el Señor. Interés y cuidado de los unos para con los
otros. Atención personal, que nadie vaya solo. Hay cabezas de grupo
y acompañantes.
5, Evangelización.
Interés en testimoniar a personas individualmente y mirar de traerlas
a la oración, que es un gran momento de evangelización.
En el mundo de hoy, donde la influencia
de la sociedad consumista y hedonista es tan fuerte, se busca crear un
ambiente, sin alejarse de la ciudad, donde se pueda vivir la fe cristiana
y desde donde se pueda evangelizar con el poder de Jesucristo y la eficacia
del Evangelio.
Manuel Casanova, SJ.
Madrid, junio 1983
Tema 7
Obediencia y sometimiento
por Juan Manuel Martín-Moreno, S.
J.
Quizás de entre todas las virtudes
cristianas sea la virtud de la obediencia la que necesita hoy día
de más explicaciones, pues choca con muchas alergias, prejuicios
y rechazos, entroncados a veces en heridas psicológicas de la propia
experiencia personal, o en ambientes generalizados sociológicos
como virus que flotan en el ambiente.
1. LA OBEDIENCIA DEL HIJO
"Así como por la desobediencia
de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también
por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos"
(Rm 5, 19).
En este pasaje de la carta a los Romanos se contraponen dos actitudes
radicalmente opuestas del hombre: la desobediencia de Adán que
es causa de ruina, y la obediencia de Cristo que es causa de salvación.
-Jesús nos lo dirá de una manera más bella, en parábolas,
cuando nos habla de un hijo que no quiso vivir en la casa del padre. En
su deseo de emancipación y autonomía, pidió su herencia
para administrársela a su propio antojo, cortando todo lazo de
dependencia. Enseguida lo malgastó todo (Lc 15, 11-13).
Con su propia actitud de Hijo obediente
("el que se queda en casa para siempre", Jn 8, 35), Jesús
denuncia nuestra fiebre de autonomía, de insolaridad. En su actitud
afectuosamente obediente, Jesús denuncia que nuestro vano intento
de "ser como dioses" (Gn 3, 5), encerrados en nuestra autosuficiencia,
es la fuente de todas nuestras desgracias. Lejos de conseguir ser como
dioses, lo único que logramos es destruirnos a nosotros mismos
y a cuantos nos rodean.
El hombre viejo, herido, identifica su
propia realización humana con su voluntad de dominio, de autonomía:
el dejar de depender, el alcanzar la mayoría de edad, la ruptura
de todo tipo de lazos solidarios, el dejar de recibir. Quiere toda su
herencia para disponer de ella a su capricho. Entiende su filiación
como la del "hijo de papá" arbitrario y caprichoso. Por
eso Jesús ha tenido que venir a mostrarnos el verdadero rostro
del Hijo que no deja de recibirse continuamente, y que se realiza en el
servicio, por amor a la voluntad de Su Padre.
“Aun siendo Hijo, con lo que padeció,
experimentó la obediencia y llegó a la perfección"
(Hb 5, 8-9). Normalmente solemos oponer obediencia y realización
propia. Sin embargo en este texto de Hebreos se nos habla de cómo
Jesús llegó a su perfección, a su consumación
más perfecta, precisamente a través de su conformidad con
la voluntad del Padre.
Todo su ser, su realidad más íntima,
queda definida en esa sola palabra: "El Hijo" (Mc 13, 32), la
total referencia a lo absoluto de Dios. Todo su ser viene del Padre y
vuelve al ?Padre; es todo él impulso de relación, como un
pájaro que no fuera sino vuelo.
Todo lo refiere al Padre como don gratuito.
Su mano no se aprieta sobre ningún don para poseerlo. Sus discípulos
son "los que Tú me has dado" (Jn 17, 6); sus palabras
son: "las palabras que Tú me has dado" (Jn 17, 8); aun
su propia Pasión no es sino "el cáliz que me da mi
Padre" (Jn 18, 11). Su gloria (su realización personal) no
se encarga él de buscarla; sólo quiere recibirla del Padre
("Es mi Padre quien me glorifica" (Jn 8, 53). ~
Sus obras no son suyas porque vive en una actitud de total disponibilidad
y abandono filial. "El Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino
lo que ve hacer al Padre" (Jn 5, 19). “Yo hago siempre lo que
le agrada" (Jn 8. 29). "Mi alimento es hacer la voluntad del
que me ha enviado y llevar a cabo su obra" (Jn 4, 34). Frente a esta
voluntad, que es el norte de su existencia, no admite la más mínima
desviación, ni de sus parientes (Lc 2, 49), ni de sus discípulos
(Mc 8, 33), ni de sus propios sentimientos de temor o tristeza (Mc 14,
36). "Abbá, Padre, no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres
tú".
Y es precisamente en esta renuncia a su ganancia, a su voluntad, a aferrarse
a sus posesiones, en la que realiza profundamente su ser, como nos dice
el bellísimo himno cristológico de Filipenses: "Se
despojó a sí mismo..., se humilló a sí mismo
obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó
y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre" (Flp
2, 7.9). Y su obediencia fue causa de salvación para todos los
hombres (Hb 5, 9; Rm 5, 19).
2. OBEDIENCIA Y LIBERTAD
La corriente del liberalismo filosófico
y político sigue definiendo la libertad como la ausencia de lazos
y compromiso. Así entendido, este liberalismo es semilla de insolidaridad
y de muerte. Es un demonio que tiene poseídos a muchos hombres
de nuestra época. Podríamos verlos identificados en el endemoniado
de Gerasa.
"Al saltar Jesús a tierra vino de la ciudad a su encuentro
un hombre poseído de los demonios, que hacía mucho tiempo
que no llevaba vestido, ni moraba en una casa, sino en los sepulcros...
Le sujetaban con lazos y cadenas para protegerle, pero rompiendo las ligaduras,
era empujado por el demonio al desierto" (Lc 8, 27•29). Impresionante
parábola del hombre que rompe todos los vínculos, incapaz
de morar en un hogar, de establecer lazos familiares de convivencia. "Nadie
podía dominar le..., dando gritos e hiriéndose con piedras"
(Mc 5, 4-5). Vocifera su propia libertad, pero en el fondo se está
hiriendo, se está destrozando a sí mismo.
Aparentemente nadie más libre que él, en su loca carrera
de huída frente a cualquier convivencia estable, como el potro
salvaje que no se deja domesticar. Pero en el fondo sabemos que no es
un hombre libre. Está esclavizado por un demonio interior. Parece
que no obedece a nadie pero en realidad "obedece a sus pasiones"
(Rm 6, 12), a la tiranía de sus impulsos, de sus estados de ánimo
cambiantes. "El pecado tiraniza su cuerpo mortal” (Rm 6, 12).
"Estoy vendido al poder del pecado" (7. 14), "en realidad
no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí'" (7,
17).
Pablo contrapone dos clases de obediencia: una obediencia para la muerte
(la de las propias pasiones) y una obediencia para la salvación
(Rm 6, 16). Los fariseos, como tantos hombres de hoy, que presumen de
ser hombres libres, dicen a Jesús: "Nosotros nunca hemos sido
esclavos de nadie, ¿cómo dices tú: “Os haré
libres'? Jesús les respondió: “Todo el que comete
pecado es un esclavo... Si pues el Hijo os da la libertad, seréis
realmente libres" (Jn 8, 33-36).
3. OBEDIENCIA Y REALIZACION PERSONAL
En realidad esta actitud del Hijo es
la propia de quien no inventa su destino, ni escoge el sentido que quiere
dar a su vida, sino que busca realizar el plano que alguien ha trazado
para él con amor. Elegir es consentir al plan de alguien sobre
mí. Esto podría ser profundamente alienante, si se tratara
de renunciar a mis propios planes en sometimiento a los planes de un extraño,
de un tirano que quisiese utilizarme y manipularme para sus propios planes,
en los que yo no sería más que una ficha impersonal. Pero
no es algo alineante si en el fondo se trata de consentir al plan de mi
Padre, que me ha creado, que ha inscrito este plan en lo más profundo
de mis entrañas, en mi genética, mi psicología, mi
contexto social. Descubrir el plan de Dios sobre mí es descubrir
aquella vida concreta en la que voy a ser más profundamente feliz,
en la que voy a realizar las aspiraciones más profundas inscritas
en mi ser.
Esto no se realiza sin una renuncia. Elegir es siempre renunciar, y toda
renuncia es dolorosa; toda poda es mutilante. Pero si no se podan algunas
ramas laterales no podrá crecer la rama guía, y el árbol
se quedará sin crecer.
María entendió que elegir es consentir: "He aquí
la sierva del Señor. Hágase en mí según tu
palabra" (Lc 1, 38). No se trata, por tanto, de inventar uno sus
propios valores, sino de "descubrir qué es lo que agrada al
Señor" (1 Jn 3,22). Y esos valores que agradan a Dios ya nos
han sido dados a conocer: son el evangelio, las bienaventuranzas, el amor
que es vínculo de perfección. A este Evangelio hay que obedecer
(2 Ts 1,8); a este modelo de vida hay que someterse (Rm 6, 17).
4. LA AUTORIDAD EN LA COMUNIDAD
Muchos cristianos estarían dispuestos
a aceptar todo lo dicho hasta ahora sobre la obediencia a la voluntad
de Dios. El conflicto para muchos comienza cuando se trata de obedecer
a los hombres que representan a Dios: la mediación de la voluntad
de Dios a través de hombres llenos de limitaciones y errores, transistores
de válvulas quemadas que transmiten una voluntad de Dios desfigurada
por tantas interferencias de sus propios intereses y mezquindades. Preferimos
atenernos a la voluntad de Dios que se nos revela a través de nuestro
propio criterio, quizás porque pensamos que nuestro transistor
no tiene tantas interferencias como el de los demás.
Sin embargo no cabe duda de que Dios ha querido correr este riesgo de
confiar su autoridad a hombres muy limitados para que rijan a sus propios
semejantes. "Apacienta mis corderos" (Jn 21, 16), es un bellísimo
símil bíblico por el que se transmite un encargo y una autoridad
sobre el rebaño, que habrá que ejercer con mansedumbre,
pero con firmeza. "Apacentad la grey de Dios que os está encomendada,
vigilando, no de mala gana, sino voluntariamente, según Dios; no
por mezquino afán de ganancia, sino de corazón, no tiranizando
a los que os ha tocado cuidar, sino siendo modelos de la grey" (1
P 5, 2-3).
En su comunidad Jesús introduce un estilo de autoridad distinto
al del mundo, pero una verdadera autoridad. "Los reyes de las naciones
los dominan como señores absolutos y los que ejercen el poder sobre
ellas se hacen llamar bienhechores; pero no así entre vosotros,
sino que el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que
gobierna como el que sirve" (Lc 22, 24-26).
En su sentido original la palabra autoridad viene del verbo “augeo”
y significa la facultad para hacer crecer. Pablo dirá "el
poder que me otorgó el Señor para edificar y no para destruir"
(2 Co 13, 10). Tomado en este sentido, como servicio de amor, como ayuda
al crecimiento, sí existe una verdadera autoridad en la comunidad
cristiana. El rechazo del autoritarismo y el paternalismo no nos debe
llevar a rechazar la autoridad y la paternidad.
Ya en el mismo marco social hay una autoridad constituida que viene de
Dios y que debe ser ejercida con benevolencia. "Sométanse
todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no venga
de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas, de modo que
quien se opone a la autoridad se rebela contra el orden divino" (Rm
13, 1-2). Este origen divino de la autoridad se aplica a todos los órdenes
sociales, desde la familia ("hijos obedeced en todo a vuestros padres
porque esto es grato a Dios en el Señor" (Col 3, 20), al orden
político (a los mismos funcionarios corruptos del imperio romano,
no vacila Pablo en llamarles "funcionarios de Dios" a quienes
hay que someterse, no sólo por temor al castigo, sino también
"en conciencia" (Rm 13, 5-8).
5. LA AUTORIDAD DE SAN PABLO SOBRE SUS COMUNIDADES
En el seno de la comunidad cristiana
Pablo es muy consciente de sus atribuciones como padre (Ga 4, 19; 1 Co
4, 14; 2 Co 6, 13), derivadas de la misma autoridad del Señor Jesucristo.
Esta autoridad se fundamenta en un inmenso amor por sus cristianos: amor
entrañable (testigo me es Dios de cuánto os quiero en las
entrañas de Cristo Jesús (Flp 1, 8), amor generoso ("No
corresponde a los hijos atesorar para los padres, sino a los padres para
los hijos", (2 Co 12, 14); amor celoso ("la preocupación
por todas las Iglesias, ¿quién desfallece sin que desfallezca
yo? ¿Quién sufre escándalo sin que yo me abrase?"
(2 Co 11, 29), amor sacrificado ("Muy gustosamente me gastaré
y me desgastaré totalmente por vosotros", (2 Co 12, 15).
Su misión es a la vez consolar y llenar de alegría (2 Co
1, 4-6), estimular (2 Co 6, 1), organizar y dar instrucciones (1 Co 16,
14). Su talante está más inclinado a la mansedumbre que
a la dureza (" ¿Qué preferís, que vaya a vosotros
con palo o con espíritu de mansedumbre?" (1 Co 4, 21), sin
embargo su autoridad le lleva también a mandar y prohibir en nombre
del Señor Jesucristo (2 Ts 3, 6), a reñir ("insensatos
Gálatas" (Ga 3, 1), a reprender (la manera corintia de celebrar
la Cena del Señor (1 Co 2, 22), a juzgar (al incestuoso de Corinto
(1 Co 5, 20), a imponer sanciones a los que no obedecen (cf 2 Ts 3, 14;
2 Co 10, 6).
6. LA OBEDIENCIA A LOS RESPONSABLES EN LA COMUNIDAD
En el Nuevo Testamento hay una continua
exhortación a someterse a los responsables para facilitarles su
tarea. "Obedeced a vuestros dirigentes y someteos a ellos, pues velan
sobre vuestras almas como quienes han de dar cuenta de ellas, para que
lo hagan con alegría y no lamentándose, cosa que no traería
ventaja alguna" (Hb 13, 17). "Os pedimos, hermanos, que tengáis
en consideración a los que trabajan entre vosotros, os presiden
en el Señor y os amonestan. Tenedles en la mayor estima, con amor
por su labor" (1 Ts 5, 12).
El ejercicio de la obediencia en la comunidad entraña el desarrollo
de muchas virtudes sobre las que se funda:
-la humildad: frente al orgullo de considerarse uno a
sí mismo el que siempre tiene razón. Pablo exhorta a que
"no hagáis nada por rivalidad, ni por vanagloria, sino con
humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a
sí mismo" (F1p 2, 3). El mayor inconveniente contra la obediencia
es la dureza del juicio de quien a priori prefiere su opinión a
la de todos. El hombre humilde y prudente es consciente de la posibilidad
de equivocarse, de sus autoengaños y racionalizaciones, y aprecia
las directivas de sus hermanos como un don del Señor.
-la generosidad: "buscando cada cual no su propio
interés, sino el de los demás (Flp 2. 4). La conciencia
de formar parte de un cuerpo, nos hace buscar el bien de los otros, aun
a costa del sacrificio de un bien particular egoísta de cualquiera
de sus miembros.
-la fe: fe en la presencia de Cristo en la autoridad:
fe en cómo a veces el Señor puede escribir derecho con renglones
que en un principio nos parecen torcidos, como la fe de Abraham, sometido
a la prueba, que ofreció a su querido hijo en obediencia, pues
"pensaba que poderoso es Dios para resucitar de entre los muertos"
(Hb 11, 19).
Sin embargo no hay que presentar una teología de la obediencia
centrada sobre casos límites en que se nos pidan obediencias absurdas,
sin diálogo ninguno, por parte de superiores egoístas faltos
de juicio y de prudencia, desconocedores de las personas y circunstancias
de quienes tienen que obedecer.
El que Dios escriba derecho con renglones torcidos, el que en alguna ocasión
límite la obediencia sea el tributo de nuestro juicio y nuestra
voluntad, no implica ni muchísimo menos el que una obediencia sea
tanto más perfecta y meritoria cuanto más absurda sea la
cosa que se nos pida, o cuanto menos se haya contado con nosotros, o cuanto
más subnormal sea el superior que nos la exija.
Al revés, la obediencia será tanto más cristiana
y según el Espíritu, cuanto más espirituales sean
los dirigentes (abiertos al Espíritu), cuanto más estén
dotados de dones de prudencia y sentido común, cuanto más
diálogo haya en el que se escuche a todas las partes implicadas,
cuanto más amor y conocimiento personal exista entre el responsable
y los que obedecen, cuanto mejor se intente coordinar el bien particular
del individuo con el bien común de todo el cuerpo, sin imponer
renuncias dolorosas que no sean estrictamente necesarias.
La finalidad de la obediencia no es machacar nuestra voluntad, sino ayudarnos
a encontrar la voluntad de Dios. El hombre viejo debe morir en nosotros,
pero nunca deberíamos matar al hombre nuevo con sus ilusiones y
proyectos según Dios. Y aunque en ocasiones la obediencia pueda
ser onerosa, imponer alguna carga pesada, resultar mutilante, y aunque
esto pueda ser meritorio a los ojos de Dios en casos límites, no
es este tipo de mérito el que directamente se busca a través
de la obediencia, sino al revés. Se busca encontrar la voluntad
de Dios para la comunidad y el individuo, integrar el bien particular
en el bien comunitario, iluminar con una instancia de fuera de nuestros
posibles autoengaños y racionalizaciones, dotar a la comunidad
de una unidad de inspiración, de organización y de ejecución.
Del mismo modo que la vida en comunidad nos santifica ante todo por lo
que tiene de estímulo, de inspiración, de amor. de convivencia,
de enriquecimiento, y sólo residualmente por lo que tiene de crucificante,
por lo que nos exige de perdón y renuncia, así también
la obediencia nos santifica ante todo por lo que tiene de inspiración,
y sólo residualmente por lo que en ocasiones pueda tener de mutilante
y oneroso.
Escuela evangelización y
comunidad cristiana
por P. Ángel Ruiz, Seh. P.
En un número de la Revista
dedicado a la comunidad no podía faltar el tema de la comunidad
cristiana en la obra de educación. Le hemos pedido al padre Ángel
Ruiz, Superior General de las Escuelas Pías, el poder reproducir
las proféticas palabras que el 8 de septiembre dirigía
a los centros Escolapios, y que nos hacen ver las posibilidades de evangelización
de todo centro docente donde se forma la comunidad cristiana.
El Espíritu Santo sigue hoy purificando
a su Iglesia. A través de las crisis que la Iglesia sufre, se va
decantando con más precisión lo auténticamente cristiano.
Y esta verificación se da también en las escuelas católicas.
Sin angustia, pero con conciencia crítica, leyendo en clave de
fe y en actitud preñada de esperanza los acontecimientos, los que
se dedican a la educación deben preguntarse qué quiere decirles
el Señor con esta situación nueva.
Todas las escuelas llevadas por religiosos por definición son escuelas
cristianas. Pero entendidas en abstracto. Si nos referimos a las escuelas
concretas, ¿resultaría ofensivo afirmar que hay centros
llevados por religiosos que no son cristianos? Lo exacto, para mí,
sería decir que quieren ser colegios cristianos.
UNA ALTERNATIVA APREMIANTE:
LA COMUNIDAD CRISTIANA
La alternativa de la comunidad cristiana
actuante en el ámbito escolar y paraescolar nace como imperativo
de situaciones nuevas que se dan actualmente en los centros educativos,
y que requieren respuestas nuevas. He aquí algunas de estas situaciones:
l. Pluralismo religioso de los
alumnos. La estructura de la escuela tradicional no cuenta con
una capacidad eficaz para el anuncio del Evangelio de Jesús. La
escuela católica existe como concepto abstracto solamente. En los
centros concretos hay que reconocer con lealtad que se está dando
un pluralismo religioso por más que presuman de tener un ideario
y proyecto educativo de orientación cristiana. Se definen confesionales,
pero en la práctica no lo son.
La mayoría de alumnos están bautizados, aunque cada día
se dan más casos de no bautizados. Algunos han hecho una opción
más o menos consciente de adhesión a Jesús de Nazaret.
Estos constituyen un grupo fluctuante. La mayoría no ha hecho ninguna
opción por Cristo. Algunos pocos sí que están en
actitud de optar por Cristo seriamente.
Tratar a todos indistintamente como personas que han hecho ya la opción
de adhesión a Cristo constituiría un error educativo y pastoral.
Es bastante objetivo afirmar que la mayoría de escuelas se encuentran,
en la práctica, en situación de misión. Hay que tener
el valor de reconocerlo. Y organizar los colegios coherentemente. La misión
está dentro de los colegios concretos.
2. Motivaciones de los padres
de los alumnos: Los motivos que llevan a los padres de los alumnos
a optar por la escuela católica constituyen una vasta gama. Los
motivos de orden social, humanístico, ético, científico,
de prestigio, eficacia, seriedad predominan sobre la motivación
de la fe.
En la inscripción ordinariamente no se indaga acerca de las motivaciones.
Por parte de los colegios se aceptan los motivos enumerados y se admite,
de hecho, que los alumnos no vengan primariamente para recibir una formación
catequística. Pero también hay familias que: tienen un compromiso
cristiano y por eso eligen un colegio confesional.
3. La selección del profesorado. Los profesores
son los que son. Con ellos hay que contar. Y tal como son hay que aceptarlos.
Estarán cargados de méritos y valores. Serán competentes
en sus materias, buenos profesionales, solidarios y amantes de su colegio.
Oficialmente, acaso todos son católicos. Pueden ser magníficos
profesores. Pero ¿son educadores cristianos?
Ante tal panorama, podemos preguntarnos:
- Si los componentes de la "comunidad
educativa” son tal como aparecen perfilados arriba, ¿se puede
pensar que la evangelización a realizar en el colegio quede confiada
a la "comunidad educativa"?
- Si entre los componentes de la "comunidad educativa" hay miembros
creyentes, con actitud clara de opción por Cristo, ¿es utópico
pensar que con ellos se puede crear una "comunidad cristiana"
que asuma la gestión evangelizadora del centro?
EVANGELIZACION Y COMUNIDAD CRISTIANA
Todavía hay otras respuestas a
la pregunta de “¿Por qué crear la comunidad o comunidades
cristianas?" que animen la evangelización de los colegios:
l. Quien evangeliza es siempre
la comunidad cristiana: Evangelizar supone iniciar, acompañar
y estimular al catecúmeno que empieza el camino de Jesús,
para incorporarlo a la "comunidad cristiana". Esta no es medio,
es fin en sí misma. Dios es comunidad. Cristo comenzó por
crear una comunidad. La Iglesia naciente irradia la Buena Nueva desde
la comunidad de creyentes. "La fe se asimila, sobre todo, a través
del contacto con personas que viven cotidianamente la realidad. La fe
cristiana nace y crece en el seno de una comunidad" (EC 53).
Sin "comunidad cristiana" no se puede hablar de escuela
católica. El colegio en cuanto tal, pese a la perfección
de sus estructuras, no es primariamente evangelizador. Ingenuo sería
esperar resultados evangelizadores.
Sin esta "comunidad cristiana",
que actúa en el ambiente escolar, la estructura del colegio cristiano
carecería de cauces adecuados para quienes -alumnos, profesores,
padres u otras personas afectas al colegio- van dando una respuesta de
fe o van optando por la persona de Jesús. Estos necesitan un clima
que aliente y cultive las actitudes que comporta todo crecimiento en la
fe.
2. Esta "comunidad cristiana"
será una presencia testimonial significativa:
Crear la comunidad cristiana es hoy la respuesta al reto de los jóvenes.
Más que en otras épocas históricas, los jóvenes
se mueven sobre todo por el testimonio presencial y no por ideologías.
Están hambrientos de comunicación, de coparticipación.
Reclaman con fuerza la comunidad. Intuyen que sólo en ella encontrarán
la fuerza para decir sí a Jesús.
Las comunidades religiosas, por diversas causas, están dejando
de ser presencia significativa en la escuela. Es un hecho que hay que
aceptar. Este vacío sólo lo puede llenar una comunidad cristiana
testimonial. Un grupo eclesial formado por profesores, religiosos, alumnos,
familias y amigos del colegio, comprometido con el Evangelio suscitará
interrogantes en el resto de la comunidad educativa: "¿Por
qué se comportan así?, ¿Por qué viven de esta
manera?, ¿Por qué entregan su tiempo y vida gratuitamente?
¿Quién los inspira y sostiene?, ¿Por qué hacen
eso? A esos interrogantes seguirán sin duda decisiones personales,
que se traducirán en una opción por Cristo. Sin esa comunidad
cristiana testimonial no hay que esperar esa opción.
ALGUNAS PRECISIONES
"Comunidad educativa" y "comunidad
cristiana": La comunidad educativa, corazón, cerebro y objetivo
perenne a conseguir, es punto de constante referencia. De ahí la
necesidad de afirmar desde el principio que no se puede identificar "comunidad
educativa" y "comunidad cristiana". El colectivo formado
por profesores, padres de alumnos, personas afectas al colegio y religiosos
constituye la comunidad educativa. Esta actúa con autonomía,
amparada, impulsada y dirigida por las estructuras básicas como
son el Ideario, el Proyecto educativo, el Estatuto jurídico y el
Reglamento interno.
La comunidad religiosa no es lo que aquí entendemos por comunidad
cristiana. Esta comunidad cristiana es un grupo heterogéneo en
la edad y en el sexo, de creyentes que han hecho opción por Jesús
de Nazaret, con voluntad de lucha para modificar los condicionamientos
de las estructuras educativas que impiden filtrar con fidelidad el mensaje
de Cristo. En él tienen cabida alumnos, profesores seglares, religiosos,
religiosas, padres de alumnos, personal afecto al centro.
Su aspiración es que "todo el proceso educativo, en la teoría
y en la práctica, esté basado en Cristo Jesús"
(EC 5). Esta comunidad cristiana nace en torno al colegio y en función
del mismo. Asume la responsabilidad evangelizadora de algunos de sus miembros,
en ese colegio que intenta llegar a ser cristiano. Esa comunidad es "como
el lugar de encuentro de aquellos que quieren testimoniar los valores
cristianos, en toda la educación". (EC 53)
No se identifica con la comunidad parroquial,
pero no la excluye. Esta comunidad cristiana, en comunión con el
Pastor de la Iglesia, tiene como objetivo, en unión con la comunidad
educativa llegar a crear la escuela cristiana. Pero sin asumir la estructura
del colegio, sin interferir en las competencias de la comunidad educativa.
Esta, coherente con su Proyecto educativo de corte cristiano, acepta la
intervención transformadora de aquella, a través de sus
miembros, y respeta y apoya sus acciones evangelizadoras en el colegio
El rol de la comunidad cristiana es de
presencia, testimonio, voluntad transformadora, anuncio de la Buena Noticia
y signo del Evangelio. Su programa de actividades va desde la clase de
Religión y orientación cristiana de las materias hasta la
catequesis catecumenal y la celebración de la fe, fuera y dentro
del horario escolar, sobre la base de la libertad. Y todo esto en íntima
relación de respeto, colaboración y perfeccionamiento de
las estructuras de la comunidad educadora.
CAMINO A SEGUIR
Es un camino que hay que hacer. No hay
experiencias consagradas. Se trata de empezar esa andadura sin miedos,
con fe y voluntad de lucha. La comunidad cristiana a crear, como una criatura
que ha de nacer, será fruto también de fuerzas coordenadas
y colaboraciones integradas. Pero, sobre todo, será fruto de amor.
Una criatura nace porque se la ha querido antes.
¿Se quiere que en un colegio nazca esa criatura nueva que es la
comunidad cristiana? Esta es fruto de la evangelización. Pero el
Evangelio vino con Cristo. Y Cristo no se hizo presente hasta que, como
dice Pablo, "llegó la plenitud de los tiempos". Ahora
bien, el nacimiento de la comunidad cristiana no es sino hacer más
tangible, más viva la presencia de Jesús de Nazaret. La
llegada de Jesús supuso expectativa, preparación. El envío
del Espíritu de Jesús tiene su momento histórico
para la escuela cristiana. Sin la superación de ese "Antiguo
Testamento" de esta etapa histórica de la escuela cristiana
no será posible que Jesús se haga presente con fuerza en
la comunidad cristiana. ¿No habrá llegado esa "plenitud
de los tiempos" para los colegios y comunidades? ¿O será
necesario seguir esperando? ¿Deberá la escuela católica
sentir aún más profundamente su propia impotencia, para
que se manifieste la fuerza y esplendor y gloria del Señor?
Comunidad carismática
y vivencia parroquial
por Gonzalo Chala, C. S. V.
Comunidad carismática, grupo carismático,
grupo de oración, asamblea carismática: son distintos nombres
que expresan la realidad en la que el Señor nos une; pero, por
encima de todo, siempre hay una base firme que se pone de manifiesto entre
nosotros: somos Iglesia. No estamos o pertenecemos. Somos.
Desde esta perspectiva es necesario saber valorar, tanto en el pensamiento
como en la realidad, nuestra inserción diocesana a través
de la inserción parroquia.
Dentro de la misma Iglesia, la célula eclesial en la que se realiza
la vivencia de la fe es la parroquia, entendida como "comunión
de familias", como "comunión de comunidades”, como
el lugar de encuentro y comunión para todos los cristianos.
Vemos muy claro todos cómo es el Espíritu el que nos convoca
a vivir en comunidad, cómo es el Espíritu el que de un grupo
de personas llenas de miedo hace una Comunidad en Pentecostés.
El es el vínculo de unión en toda la Iglesia y en todos
los grupos humanos que se abren a su acción.
Es preciso que revaloricemos nuestro sentido comunitario eclesial, que
nos comprometamos a trabajar para conseguir una mayor profundidad y transformación
de nuestras comunidades parroquiales, las cuales no aparecen siempre ante
la opinión general como lugar de "comunión”.
"La parroquia es percibida hoy por la mayoría de la gente
como una realidad masificadora que dificulta las relaciones humanas directas
y el conocimiento y apoyo mutuo, como un marco organizativo y administrativo
y como un lugar donde se prestan unos servicios religiosos" (l).
En nuestras parroquias se echa de menos una vivencia de lo que se celebra,
un compromiso con lo que se celebra...
Quizá por esto los jóvenes han buscado muchas veces grupos
humanos que ofrezcan respuesta a sus deseos de vivencia espiritual, equivocando
con frecuencia el camino.
Por esto, y por otras muchas razones,
debemos revitalizar y profundizar la credibilidad de nuestras comunidades
parroquiales como lugar de oración y encuentro, como lugar de vida
y esfuerzo comunitario. "Todo grupo o comunidad cristiana debe vivir
su fe y su proyecto misionero dentro de la comunidad eclesial de su parroquia
o sector, y vivir en comunicación con el resto de las comunidades
cristianas, que, dentro de la pluralidad de carismas formamos la iglesia
local. La Iglesia es, de este modo, una “comunidad de comunidades”,
unidas por la confesión significativa de la misma fe y comprometidas
en el anuncio universal del Evangelio" (2).
La R.C. es una corriente de renovación que ha logrado ya cierto
grado de renovación en la Iglesia. Por todo el mundo han surgido
miles de grupos de oración, de los que algunos han ido profundizando
en su opción comunitaria de una u otra forma para el enriquecimiento
de la Iglesia.
DESDE LA R.C. ¿TENEMOS ALGO QUE OFRECER A NUESTRAS COMUNIDADES
PARROQUIALES?
Es evidente que sí, pero primeramente
y como base hemos de afirmar que nuestra vivencia diocesana y también
eclesial a nivel personal se ha de realizar a través de nuestra
inserción parroquial. Es así como llegaremos al verdadero
sentido eclesial.
No podemos ser un grupo eclesial desconectado de la fatiga, de la alegría
y de la vida diaria de la parroquia. Hemos de potenciar la realidad comunitaria
que puede resultar visible para todos los hombres: la parroquia.
Hace ya muchos años que el Señor me concedió la gracia
de conocer el don de la R.C. Gracias a El, a través de mi trabajo
y de mi opción personal como religioso, he llegado a vivir fundamentalmente
a la sombra de dos grupos de oración y he podido conocer otros
en diferentes localidades. Sé que muchos grupos abiertos a la acción
de Dios han ?madurado considerablemente y que otros han quedado "atascados",
“aislados", pudiéndose también observar cómo
miembros de distintos grupos de oración adolecen de una falta de
sentido parroquial de forma que el grupo se ha convertido para ellos en
sustituto de la comunidad parroquial a la que pertenecían.
Pero si somos fieles al Espíritu nunca puede convertirse la R.C.
en una evasión de nuestra inserción parroquial, sino todo
lo contrario.
Creo necesario afirmar que, a no ser en el caso de una llamada especial,
el grupo de oración como tal, considerado en su conjunto, no debe
tomar una opción parroquial concreta, pues sus miembros generalmente
pertenecen a distintas parroquias, y además esta opción
debe ser personal.
¿QUE HACER?
El discernimiento nunca debe faltar.
Hemos de ser creativos y ponernos en las manos del Señor. Siempre
será necesario orar y pedir luz al Señor.
Nuestro ofrecimiento puede estar marcado por las siguientes pistas de
acción:
- Animación litúrgica
Sin pretender que la liturgia parroquial se convierta en una continuación
de "nuestro" grupo de oración, sino realizando más
bien un servicio según el orden y esquemas de la parroquia, sin
que obste para ello aportar la "vivencia tranquila del Señor”
que hemos recibido por pura gracia.
Entre otras cosas podemos señalar:
- animación musical de las celebraciones y encuentros, bien por
la instrumentación o bien por el simple canto, creando o insertándonos
en el servicio musical de la parroquia.
- animación litúrgica en las moniciones y en las lecturas
bíblicas, tratando de conseguir que se haga una verdadera "proclamación
de la Palabra" y no una simple lectura.
- Inserción en grupos de servicio pastoral
Caritas, pastoral de enfermos, grupos
de catequesis, apoyo a grupos de confirmación. Hay parroquias con
dificultades para estos servicios y el trabajo suele sobrar.
- Inserción en grupos de
crecimiento.
No sólo hay grupos en las parroquias para "trabajar".
También los hay para profundizar o crecer en la vida cristiana,
en los que nosotros podemos participar: grupos de formación bíblica,
catecumenado de adultos, grupos de reflexión.
- Otros servicios parroquiales.
En todas las parroquias hay otros servicios
más escondidos a los ojos de los hombres, pero imprescindibles
en la marcha de la comunidad parroquial, en los que podemos poner nuestro
granito de arena: limpieza de ?locales, recogida de avisos y llamadas,
secretarías, servicios de sacristía, etc. Cada parroquia
tiene sus necesidades concretas que solucionar.
Ir al párroco y ofrecerse, no con medallas o méritos, sino
humildemente como un miembro más de la comunidad parroquial, que
desea participar en lo que sea, no siempre es fácil. Unas veces
el obstáculo puede estar en nosotros mismos, y entonces hemos de
revisar nuestros miedos u orgullos. Otras veces puede ocurrir que el mismo
párroco no esté "hecho" a tales colaboraciones
o que su carácter sea completamente distinto del nuestro.
NOTAS:
(1) MOVILLA, Secundino, Del Catecumenado a la comunidad, Ed.
Paulinas, Madrid 1982, p. 9
(2)PEREZ ALVAREZ, J.L., La fe en Jesús: proyecto de juventud.
Folleto Col. Juventud y fe cristiana, n. 2, Bilbao, 1982
La Comunidad
«Maranatha» de Bruselas
Hace ya varios años que un grupo
de cristianos se viene reuniendo cada semana. Han vuelto su corazón
al Señor y le han implorado: "Ven, Señor Jesús,
Marana tha".
Los diques y las barreras han quedado derribados. El Espíritu ha
inflamado los corazones y se ha unido a su naciente comunidad para clamar:
“¡Marana tha, ven, Señor Jesús!”.
La comunidad ha tomado este nombre de "Maranatha", expresión
aramea que hallamos en el Apocalipsis y en la Primera Epístola
a los Corintios. Se trata de una breve oración que usaban los primeros
cristianos al dirigirse al Señor Jesús. Significa: "¡Ven,
Señor nuestro!".
Han pasado meses y años en el deseo del Señor, en la escucha
atenta y en la disponibilidad a las llamadas del Espíritu. La comunidad
se ha ido formando siguiendo unas etapas. Hoy son más de 200 personas
las que participan, cada una a su manera, en la vida del conjunto. Siguiendo
el ejemplo de los primeros cristianos, "son asiduos a la enseñanza
de los apóstoles, a la comunión fraterna, a la fracción
del pan y a las oraciones" (Hch 2, 42). Viven los acontecimientos
y el crecimiento de la comunidad, con sus gozos y sufrimientos, en el
Señor Jesús: bautizos, compromisos de todas clases, bodas,
defunciones... Las personas son muy distintas: edad, profesión,
ambiente. Pero han acogido el don que el Señor les ofreció:
el amor fraternal.
Desde el comienzo se ha estado pidiendo este don al Señor y lo
hemos recibido en la oración de alabanza. Por todo demos gracias
a Dios. La alabanza empapa ?a cada uno en la fe confiada del pobre, del
pequeño.
Fraternidad y alabanza: los dos raíles de una
misma vía. No hay alabanza verdadera sin amor, no hay fraternidad
profunda sin alabanza al Señor. Se recibe la fraternidad y la alabanza
como un don, y se las experimenta como una llamada, como una vocación.
I. CANTAR AL SEÑOR
Recitad juntos salmos, himnos y cantos
inspirados, cantad y celebrad al Señor con todo vuestro corazón.
(Ef 5, 19).
La oración ha fundado la comunidad. Hemos escuchado la llamada
urgente a dar gracias... en todo tiempo y lugar (Ef 5, 20), tanto en la
oración comunitaria como en la oración personal.
l. Fuerte alabanza
Gritad de alegría a Dios,
nuestra fuerza. Aclamad al Dios de Jacob. (Sal 80).
Cuando nos encontramos juntos, lo primero que hacemos es alabar fuertemente
al Señor con aclamaciones y cantos. Algo semejante a la entrada
triunfal en Jerusalén.
Esta alabanza fuerte es como la criba a través de la cual se pasa
para ponerse en presencia de Dios. La vida es tan alienante que nos distrae
de Dios, de nosotros mismos, de nuestros hermanos... En la alabanza nuestro
espíritu y nuestro corazón se lanzan hacia el Señor
en un grito de amor y de confianza que nos sumerge en su misericordia
con todo el peso de la ciudad y del mundo.
El día en que recibimos el impacto
de esta alabanza fuerte, hubo un gran cambio. Fuimos liberados. Libres
para escuchar al Señor y aceptar su llamamiento. Libres para amar
a los hermanos. Libres para aceptar o inventar los servicios necesarios
a la comunidad fraterna y misionera.
2. Ocasiones para orar juntos.
No os inquietéis por nada,
sino que en toda ocasión, por la oración y la súplica,
acompañados de acción de gracias, haced conocer a Dios vuestras
necesidades. (Flp 4,6).
Con el pasar de los años, las llamadas
a reunirse para alabar al Señor se han multiplicado. Y no han faltado
intenciones que presentarle. Todo hay que recibirlo, incluso la vocación,
para que "la paz de Dios... guarde nuestros corazones y nuestros
pensamientos en Jesucristo" (Flp 4, 7).
El miércoles por la tarde.
Durante esta reunión nos ha sucedido que hemos comprendido cómo
el Señor pide tomar tal o cual orientación. Algunas actividades
de la comunidad encontraron aquí su origen y su fuerza.
Vigilia de la resurrección.
El sábado celebramos la vigilia de la resurrección del Señor
Jesús. Después de la eucaristía, abierta a todos,
tiene lugar una comida fraterna y se comparte lo que trae cada uno. ¡Cuántas
cosas suceden en este encuentro gozoso! "Venid y veréis”.
Dos veces al día.
A las 12.30, los hermanos y hermanas que pueden se reúnen para
cantar la oración del mediodía. Y por la tarde, a las 6,
se encuentran de nuevo para la eucaristía.
El canto.
No somos especialistas en el canto. ?Sin
embargo, en la comunidad se canta mucho. Cada lunes, los voluntarios se
reúnen para aprender nuevas melodías, frecuentemente de
inspiración bizantina. No tenemos un coro separado: todos estamos
invitados a participar en la polifonía. Canto que une a la comunidad
y que la forma.
3. Oración personal
En cuanto a ti, cuando quieras orar,
entra en tu aposento más retirado, cierra la puerta y dirige tu
oración al Padre que está allí en lo secreto.
(Mt 6. 6).
Muchos hermanos y hermanas de la comunidad
oran cada día durante una hora, antes de ir al trabajo. Esta oración
personal es como el pulmón de la oración comunitaria.
Muchos practican la "oración de Jesús", y tratan
de vivir "el desierto en la ciudad".
Algunos han aceptado más particularmente la misión de interceder
por sus hermanos, por la ciudad, por el mundo entero.
4. Una locura por el Señor
Bendecid al Señor, vosotros
los siervos del Señor, los que pasáis la noche en la casa
del Señor. (Sal 134).
Hemos empezado las noches de oración, una vez al mes, porque nos
ha parecido que el Señor nos lo pide. Velad porque no sabéis
el día ni la hora (Mt 24, 42).
A esta oración vienen los que desean y pueden participar en la
oración toda la noche. El esquema es: oficio de la tarde, eucaristía,
oficio de lecturas y oficio de la mañana. Lo restante del tiempo,
adoración en silencio u oración libre.
Es una gracia excepcional de purificación
y de comunión. Es también para nosotros una rica experiencia
de escucha de la Palabra de Dios. La comunidad entera queda unida en el
combate de Jacob.
II. EL AMOR FRATERNO
La alabanza al Señor nos cura
y nos hace más fraternales. Conocemos nuestras debilidades, pero
el Señor nos da amor y fraternidad.
La fraternidad, don de Dios
Con frecuencia hemos experimentado que
no basta "optar" por la fraternidad; hay que “pedirla".
Es un don del Señor. Somos tan distintos: un general, antiguos
desertores, parados, profesores, enfermeros, médicos, belgas, franceses,
americanos, zaireños, estudiantes, viejos, jóvenes, célibes,
casados, marginados. Un bonito saco del que el Señor va sacando
guijarros para pulirlos. Sólo el Espíritu Santo puede cimentar
la comunidad.
Compromisos múltiples
Tenemos una vocación común:
esperar la vuelta de Jesús en la alabanza y en la vida fraterna:
"un solo corazón y una sola alma dirigidos hacia Dios"
(San Agustín). Sin embargo, los compromisos particulares son muy
distintos.
Hay célibes que viven en fraternidades de estilo monástico,
en las que comparten todo: la oración, el techo, los bienes...
Otros forman fraternidades más abiertas, no viven en residencias
comunes. El celibato y el matrimonio se viven como compromisos que corresponden
a una llamada. Los hay, en fin, que vienen a buscar fuerza y ánimos
en tal o cual actividad.
Los compromisos a nivel de organización
y dimensión de la comunidad son también muy diferentes.
A cada uno, su llamada y su generosidad.
Al entrar en la comunidad, cada cual se
compromete en un camino de alabanza y fraternidad en el seguimiento de
Jesús. Estamos llamados a dar siempre más y a superar etapas.
Vacaciones comunitarias
Desde 1978, un número creciente
de miembros de Maranatha se vienen reuniendo cada verano para pasar juntos
unos diez días de vacaciones, vividos en la alabanza y en la vida
fraterna. En 1978 fueron 22, en 1979, 44, y en 1980, 80.
III. COMPARTIR LA BUENA NUEVA
No te calles... porque tengo en esta
ciudad un pueblo numeroso. (Hch 18, 10).
La comunidad ha nacido y crecido en el
centro de la ciudad de Bruselas. Ir. Nuestra misión es ir hacia
ese pueblo numeroso que desconoce al Señor y, sin embargo, le pertenece.
Este llamamiento resuena cada vez más fuerte.
"Venid y ved"
El primer trabajo de nuestra comunidad
es el testimonio de la vida fraterna, principalmente en la liturgia que
brota de la alabanza.
La celebración de la Vigilia Pascual,
el sábado a las 17 h., está abierta a los transeúntes
y curiosos. El Señor bendice la alabanza fraterna hasta el punto
de tocar los corazones y convertirlos. Se juntaban cada día a la
comunidad aquellos que debían salvarse (Hch 2, 47).
En la parroquia
Para responder a la invitación de los párrocos, un domingo
cada mes toda la comunidad acude a una parroquia. La anima: eucaristía,
"pique-nique", enseñanza y compartir. Estos encuentros
entre comunidades son muy fructíferos.
Un lugar de alabanza
Levantamos nuestra tienda de alabanza en lugares muy distintos. Sin embargo,
pedimos al Señor un lugar para reunirnos, para alabarle a diario
e implantar las diversas fraternidades.
Escuela de evangelización
La sesión sobre evangelización, que la comunidad organizó
en septiembre de 1980, animó a los misioneros, sobre todo a los
que se hallaban en camino, "de dos en dos" (Lc 10, 1), para
llevar la Buena Nueva a los hermanos.
La apertura de una escuela de evangelización -Escuela de San Pedro
y San Pablo- permite a los hermanos y hermanas revisar sus iniciativas
misioneras a la luz de la Biblia y de la Tradición.
La enseñanza de esta escuela, centrada en la misión, reúne
semanalmente a la comunidad, cuya formación está integrada
por la liturgia, los seminarios y el Instituto de Estudios Teológicos
(SJ.), donde numerosos hermanos y hermanas siguen cursos.
Traducido de Communauté
Maranatha, folleto de presentación de la Comunidad.
Dirección: Communauté Maranatha Rue Zinner. 3 - 1000 Bruselas
Tolerancia
en la Renovación Carismática
por Tomás Forrest, C. Ss. R
Siendo muchas las cosas buenas que suceden
en la R.C., todavía podrían suceder más si nos concentrásemos
en los frutos del Espíritu Santo tanto como en sus dones. Los dones
nos ayudan a llevar a otros al Cuerpo de Cristo, pero los frutos nos hacen
resplandecer a nosotros mismos como partes de ese Cuerpo. Uno de esos
frutos es la paciencia (Ga 5, 22), y una expresión vital de la
paciencia es la tolerancia.
El diccionario define la tolerancia como "respeto y consideración
hacia las opiniones o prácticas de los demás; margen o diferencia
que se consiente en la calidad o cantidad de las cosas".
Una dosis abundante de tolerancia no haría ningún daño
a la R.C. La tolerancia nos enseña a dar cabida a las equivocaciones
de los demás, y protege nuestro derecho a hacer las cosas de una
manera diferente, quizás mejor o peor que los demás. Básicamente
preserva a cualquier persona o grupo de considerarse la medida de si los
demás lo están haciendo bien o no, y nos ayuda a evitar
las inútiles comparaciones (Ga 6, 3 -4).
Veamos algunos ejemplos de intolerancia en la R.C.
ENCAJONAR LA RENOVACION
Algunos tratan de encerrar la Renovación
en la estrecha caja de sus propias experiencias, dones, ministerios, o,
lo que es peor, inclinaciones personales.
Pero un modelo único, una única dirección, una única
expresión para la R.C. no va al paso del Espíritu Santo
y está en contra de la naturaleza de los dones como llamadas personalizadas
(Ef 4, 11; Rm 12 4-8; I Co 12, 4-11). Ser un sacerdote redentorista, por
ejemplo, no me permite despreciar a los laicos en la Iglesia ni criticar
a los demás sacerdotes por no ser ellos también redentoristas.
Mi llamada y mis dones no son necesariamente los suyos, y aunque yo pudiera
demostrar que mi camino es objetivamente mejor, esto sin embargo no lo
haría obligatorio para los demás.
Como Jesús muestra en la parábola de los criados con diversos
talentos (Mt 25, 14ss.), mi tarea es hacer las cosas lo mejor que pueda
según mi llamada y mis dones, no hacer las mismísimas cosas
y tan bien como cualquier otro. Y, a su vez, mi éxito no se convierte
en la norma del éxito de los demás.
Sin duda que todos nosotros hemos sido
llamados a las alturas de la santidad (Mt 5, 48), pero esto no quiere
decir que el Padre Eterno nos dé de plazo solamente hasta mañana
al mediodía para llevar a cabo toda la tarea. El entiende, e incluso
tiene previsto, que nuestra lucha pueda durar otros diez años,
o quizá el resto de nuestra vida y, además, un poco de Purgatorio.
Por tanto, es importante ser tolerantes con nosotros mismos, con los demás
y con Dios mismo.
Tolerantes con nosotros mismos, pues aunque algunos puedan estar muy por
delante de nosotros con dones más espectaculares, esto, no significa
que de alguna manera competitiva agradan más a Dios.
Tolerantes con los demás, ya que mis ideas e ideales, mis dones
y mi llamada no son necesariamente la norma y el camino para ellos.
Y tolerantes con Dios, porque nada le
obliga a hacer las cosas a mi modo, a dejarse llevar por mis inclinaciones,
o a usar de mí y moverme tan rápidamente como lo hace con
otros. Dios es el último a quien podemos encajonar en una caja
estrecha, y ciertamente no en la caja de nuestros propios gustos o antipatías.
Si el criterio para el discernimiento espiritual fuera el "no me
gusta", el don de lenguas y quizá algunos otros dones auténticos
no habrían encontrado espacio.
A través de la tolerancia, a todos se nos permite desarrollar nuestra
propia función libremente, según nuestras posibilidades
y circunstancias, precisamente en el modo en que Dios lo planteó.
PRETENDER POSEER UNA VISION TOTAL
Aunque yo creo que somos parte de una
nueva efusión del Espíritu Santo que tendrá éxito
en la renovación de la Iglesia, no creo que ninguno de nosotros
tenga una visión completa de cómo o de cuándo exactamente
vaya a suceder todo.
Cada uno no es más que una pieza de un divino rompecabezas y ha
recibido una misión específica, pero no conoce el plan de
Dios para colocar todas las piezas en su sitio, o si esto va a suceder
dentro de un año, de una década, de un siglo o dos.
Es algo como un carpintero, un albañil, un electricista y un encargado
de la grúa, que trabajan en distintas partes de un mismo edificio
en construcción, con el arquitecto que es el único que ve
todos los planos completos. Ninguno de nosotros es ese arquitecto.
Cada uno conoce o debe discernir de qué manera quiere Dios usar
de él en ese momento, pero cualquiera que piense que puede ver
todo el camino hasta el resultado final, se está preparando para
encontrarse con algunas sorpresas.
El pensar que puedo ver claramente cómo Dios hace todo significa
que me estoy viendo a mí mismo demasiado en el centro, mientras
que en realidad no soy más que una parte pequeña, aunque
especial.
Aquellos que no pueden dejar todo el
cuadro final en manos de Dios se convierten en especialmente intolerantes,
demasiado seguros y demasiado en el centro de lo que ven para dejar espacio
a las demás partes importantes de cuadro, diferentemente configuradas
y ensambladas. A su último libro o enseñanza lo llaman la
última palabra, mientras que la última palabra sigue siendo
la prerrogativa de un Dios tan lleno de sorpresas que es siempre un misterio
(Is 5, 8-9).
EL METODO DEL "0... O...”
La idea de que "o tu camino, o el
mío es correcto" es frecuentemente equivocada. A menudo, tu
camino será indicado para ti y el mío indicado para mí.
Y si pusiéramos juntos ambos caminos, en un esfuerzo unificado,
podríamos llegar a formar un gran equipo.
Recuerdo un país en el que los líderes de un centro estaban
adoptando un método de Renovación muy intelectual mientras
el método de los líderes de otro centro se basaba en la
experiencia. Ambos grupos perdieron tiempo y esfuerzos preciosos, cada
uno atacando los errores del otro, mientras que el único error
era el no haber visto que cada uno necesitaba del otro. Un grupo estaba
produciendo una magnífica literatura carismática y una admirable
serie de enseñanzas, mientras que el otro tenía grandes
dones de alabanza, música, alegría, amor y oración.
No era cuestión de "o... o... ", sino más bien
de que ambos trabajaran juntos como partes claramente diferenciadas del
mismo cuerpo.
Un perfecto punto de encuentro para un montón de nuestras diferencias
está muchas veces en el medio, un punto alcanzado tras un humilde
compartir y tras dejar que las ideas y direcciones de uno equilibren y
corrijan las del otro.
CONFUNDIR LA CULTURA
La tolerancia hace que nos mantengamos
pacientes con ciertas expresiones ?culturales de la R.C. que uno encuentra
difícil de apreciar. La Renovación es un fenómeno
universal, y las distintas partes del mundo son muy diferentes.
Yo he visitado 80 países, y aunque evidentemente es el mismo Espíritu
Santo el que actúa en todas partes, hay una exquisita variedad
cultural en sus acciones.
Un ejemplo es una inolvidable liturgia en Costa del Cabo (Ghana). Cuando
el diácono elevó los Evangelios en alto por encima de su
cabeza para proclamar "Palabra de Dios", todos los presentes
dejaron sus bancos, y con una magnífica sonrisa danzaron ante el
altar por turno, con los brazos extendidos, haciendo una profunda reverencia
a la Palabra de Vida. Es el ejemplo más hermoso de danza litúrgica
que yo he visto.
Pero eso no quiere decir que nosotros
podamos o debamos esperar ver el mismo hecho en un monasterio capto, en
el monte Sinaí, o en la catedral de Munich. Algo que es hermoso
para África no se convierte en ley para otro lugar: pero algo que
está fuera de lugar en un monasterio no es, a su vez, necesariamente
equivocado para África.
Dios sabe quiénes somos y dónde nos encontramos, incluso
mejor de lo que sabemos nosotros mismos, y nos trata de conformidad con
ello, con una libertad y variedad de acciones muy sensible a la cultura
y limitada solamente por la única ley de actuar siempre con amor.
El modo como El toca y conduce a cada persona no se convierte nunca en
el modo como EL DEBE tocar y guiar a los demás.
Los principios de doctrina y las prudentes prácticas de pastoral
deben ser, sin duda, definidos claramente y seguidos por todos. Pero junto
con la variedad de dones y de llamadas, la amplia variedad de preciosas
culturas puede hacerlas maravillosamente provechosas allí donde
existan, pero no siempre es posible repetirlas, y quizás incluso
parece que sería equivocado exportarlas a otros lugares.
En Oriente, el signo de la paz es solamente el juntar las propias manos,
una dulce sonrisa y un intercambio de inclinaciones profundamente respetuosas.
Pero en América Latina es un caluroso abrazo, y en Bélgica
y Zaire un triple contacto de mejillas. No sólo la música
y los estilos de alabanza siguen unas líneas culturales, sino también
el estilo de enseñar, imitando el propio ejemplo de Cristo de adecuar
sus palabras a la cultura de quienes le escuchaban.
En general, la tolerancia nos hace más
lentos para juzgar y condenar otras culturas y mucho más rápidos
para estudiarlas y gozar de ellas. Cada una es otro don del inagotable
Espíritu Santo.
MOTIVADA POR EL PROPIO INTERES
Aunque tratada en último lugar,
éste es el corazón del tema.
La intolerancia tiene su raíz en los celos y en el orgullo, en
el miedo a que los demás lo puedan hacer mejor, y en la inconsistente
exigencia de ser considerados los mejores al ser seguidos por todos.
"Si vivimos según el Espíritu -escribe san Pablo- obremos
también según el Espíritu. No busquemos la gloria
vana provocándonos los unos a los otros y envidiándonos
mutuamente" (Ga 5, 25).
Como Pablo da a entender en el capítulo
12 de la Primera Carta a los Corintios, el oído no puede tener
celos del ojo porque no ve, y el ojo no puede ser intolerante con el oído
que no ve. Cada uno es solamente una parte de un plan divino llamado cuerpo,
uno viendo y el otro oyendo, para el bien común.
Del mismo modo, cada uno de nosotros es una parte del más maravilloso
plan divino llamado Cuerpo de Cristo, cuando nos dejamos llevar, no por
el propio interés (Flp 2, 2-4), sino por el Espíritu de
Dios, para servir uno al otro, gozando los unos del encanto de los dones
de los otros.
San Cipriano mártir mostraba este
tipo del espíritu cuando escribía a Camelia:
"Hemos tenido noticia del testimonio glorioso que habéis dado
de vuestra fe y fortaleza; y hemos recibido con tanta alegría el
gozo de vuestra confesión, que nos consideramos partícipes
y socios de vuestros méritos y alabanzas. En efecto, si formamos
todos una misma Iglesia, si tenemos todos una sola alma y un solo corazón,
¿qué sacerdote no se congratulará de las alabanzas
tributadas a un colega suyo, como si se tratara de las suyas propias?
¿O qué hermano no se alegrará siempre de las alegrías
de sus otros hermanos?" (Epístola 60).
Si ese tipo de espíritu tolerante
y generoso nos guiase siempre, las piezas del divino rompecabezas se deslizarían
hacia su propio lugar muy rápidamente, y nosotros veríamos
muy pronto renovado el magnífico cuadro de la Iglesia.
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