| A partir del Vaticano II han empezado a aparecer pequeñas comunidades cristianas un poco por todas partes. Estas pueden ser de signo muy diverso unas respecto de otras e incluso contrapuestas. Igualmente varía mucho el nombre que se les da: comunidades de base, comunidades eclesiales, etc. En todo este fenómeno cabe destacar un hecho importante: un fuerte movimiento comunitario ha empezado entre los cristianos de hoy y cunde cada vez más. Sólo en Brasil se admite que hay unas 70.000 comunidades de base. Tal florecimiento de comunidades, considerado
como una primavera de la Iglesia, ha llamado la atención de teólogos,
pastoralistas, y en hora muy oportuna de la misma jerarquía.
Siguiendo con el SEMINARIO SOBRE EL CRECIMIENTO
ESPIRITUAL dedicamos el Ciclo III al tema de la Comunidad. Después
de haber presentado en el Ciclo I el aspecto de la vida espiritual profunda
de cara a Dios, y en el Ciclo II, cómo esta relación con
Dios tiene que ser a través de la Iglesia y en la Iglesia, sacramento
universal de salvación y de unidad en Cristo, trataremos de ver
a lo largo de este Seminario cómo el lugar adecuado para el crecimiento
y maduración de la relación con Dios y del compromiso eclesial
es la comunidad cristiana. ¿UN GRUPO DE ORACION NO
ES UNA COMUNIDAD? Estos elementos son poco más o
menos los siguientes: - comparten la eucaristía; - se establece entre ellos unos lazos de amor mutuo y alguna forma de compartir; - hay una dirección pastoral (servidores o líderes) que todos aceptan y siguen; - se organizan algunos ministerios; - viven de acuerdo con la doctrina de
la Iglesia en comunión con su Obispo y con otras comunidades. Tema 2: Primeros
pasos hacia la comunidad. Tema 4: La relación consigo mismo
WALTER SMET, Comunidades carismáticas, Editorial Roma, Barcelona 1978, 204 pgs. Ofrece doctrina sobre la comunidad y testimonios de algunas comunidades concretas. KOINONIA, N° 9 dedicado al tema de la Comunidad, Se puede consultar también el N° 8. TYCHIQUE, Revista publicada bajo la responsabilidad de la Communauté du Chemin Neuf de Lyon. Dirección: 10, rue Henri IV- 69002 LYON. El N° 31 está dedicado al tema de la vida comunitaria. LAURENT FABRE, Comunidad y vida comunitaria en la Renovación, en "Presencia de la Renovación Carismática", Editorial Roma, Barcelona 1981, pgs. 49-69. JEAN VANIER, Comunidad: lugar de perdón y fiesta, Narcea, Madrid 1980, 221 pgs. Libro escrito en forma de reflexión y testimonio. Todo lo que dice el autor, fundador de El Arca, está sacado de la experiencia de sus comunidades. Sus reflexiones nos introducen en el corazón de una comunidad. DIETRICH BONHOEFFER, Vida en comunidad, Ediciones Sígueme, Salamanca 1982, 99 pgs. También en Editorial La Aurora, Buenos Aires 1966, 124 pgs. -Si exceptuamos lo que dice en el último capítulo a propósito de la confesión, la cual, según la doctrina protestante que no admite el Sacramento de la Penitencia, se puede hacer con cualquier hermano, todo lo demás encierra una gran enseñanza sobre el espíritu que se ha de vivir en una comunidad. Aunque publicado por primera vez en 1939 como manual para estudiantes del Seminario que presidía el autor por cuenta de la Iglesia Confesante de Pomerania, su espíritu coincide con el de la R.C. COMISION EPISCOPAL DE PASTORAL, Servicio pastoral a las pequeñas comunidades cristianas, EDICE, Madrid 1982. Es un documento doctrinal de gran interés en el que los Obispos españoles toman conciencia de la importancia de las pequeñas comunidades, entre las que consideran también a los grupos de la R.C., y ofrecen sabias orientaciones. SECUNDINO MOVILLA, Del catecumenado a la comunidad, Ediciones Paulinas, Madrid 1982, pgs. 228. Los dos últimos capítulos están dedicados a la Comunidad cristiana como meta del catecumenado. Es una obra de formación doctrinal que merece figurar en todas las bibliotecas de los grupos de R.C. JOSE RAMON GARCIA-MURGA, Comunidad, experiencia del Espíritu, liberación, Marova, Madrid 1977, 145 pgs. Enfoca el tema de la Comunidad desde el aspecto de la experiencia cristiana del Espíritu. LEONARDO BOFF, Eclesiogénesis,
Edil. Sal Terrae 1980. En las primeras cincuenta páginas analiza
la comunidad de base y lo que puede contribuir a la renovación
de la Iglesia.
1.- Ya hemos visto en el Tema 1 del Ciclo II cómo la Iglesia es un misterio de comunión, una comunidad. La Iglesia es comunidad de los hombres
con Dios y de los hombres entre sí, comunidad en el Espíritu,
comunidad sacramental reunida en Cristo, comunidad de fe, esperanza y
caridad. 2.- La palabra que emplea el Nuevo Testamento para designar una comunidad es ecclesia. Con el mismo término se expresa lo que hoy día nosotros queremos designar al hablar de dos realidades que nos parecen distintas: Iglesia y comunidad. La palabra ecclesia adquirió los
siguientes significados, yendo de menos a más: - la comunidad que reside en un lugar determinado, lo cual equivale a lo que hoy entendemos por iglesia local - la comunidad universal de todos los que creen en Cristo, formando el Pueblo de Dios, que es lo que hoy entendemos por Iglesia universal. La Iglesia universal se realiza y se expresa en y desde las comunidades concretas. Por esto en la mayoría de los pasajes del Nuevo Testamento el término Iglesia se refiere a la comunidad particular o local. 3.- Por tanto, una comunidad pequeña,
cualquiera que sea, debe realizar en sí misma por medio de la palabra
y de los signos, y, sobre todo, por su vivencia de fe, esperanza y amor,
todo lo que se dice de la comunidad universal o Iglesia, manteniéndose
así mismo en comunión con todas las iglesias que forman
el Pueblo de Dios. "Esta Iglesia de Cristo está verdaderamente presente en todas las legítimas reuniones locales de los fieles, que, unidas a sus pastores, reciben también en el Nuevo Testamento el nombre de Iglesias... En estas comunidades, aunque sean frecuentemente pequeñas y pobres o vivan en las dispersión, está presente Cristo, por cuya virtud se congrega la Iglesia una, santa, católica y apostólica" (Vat II. LG 26). “La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos" (GS 1). “Esta identificación de contenido teológico lleva a decir, ?con toda verdad, que la Iglesia es comunidad y la comunidad es Iglesia, destacando por una parte el carácter comunitario de la Iglesia y, por otra, el carácter ec1esial de la comunidad... No hay, pues, lugar para oponer Iglesia universal y comunidad, sino todo lo contrario: en ambas se da una mutua referencia implicante o constitutiva, ya que si la Iglesia universal existe de algún modo porque existen las comunidades, éstas existen como comunidades eclesiales porque existe la Iglesia "(1). 4.- Sea cual sea la comunidad cristiana
que deseemos formar, nos ha de preocupar siempre el guardar y mantener
su carácter eclesial, su referencia a la Iglesia universal permaneciendo
para ello en comunión con la Iglesia local y con toda la Iglesia
de Cristo. b) y que en su seno se dé la Iglesia,
se realice la Iglesia, ?se tome conciencia de ser Iglesia, se viva, en
una palabra, el misterio de la Iglesia.
ELEMENTOS DE ECLESIALIDAD DE UNA
COMUNIDAD CRISTIANA - asiduidad a la enseñanza de los Apóstoles, - la comunión fraterna, - la fracción del pan, - las oraciones. 1- La asiduidad a la enseñanza de los Apóstoles la convertirá ante todo en comunidad de la Palabra. A partir de la Palabra se va configurando el ser y el actuar de toda comunidad, tanto hacia dentro como hacia fuera de sí misma en forma de testimonio, servicio y evangelización. Con gran acierto se ha dicho que el Evangelio es el carnet de identidad de la comunidad cristiana. Si es comunidad de Palabra ha de ser también
comunidad de fe. "La fe constituye la realidad mínima constitutiva
de la Iglesia particular"(2). "El primer fundamento teológico
de la comunidad cristiana como tal es reunirse en nombre de Cristo. Esto
implica dos dimensiones, aparentemente contradictorias: relación
personal de la comunidad y de sus miembros a Jesús, el Señor,
y, por otra parte, identificación con El"(3), "La Tradición y la Escritura
están estrechamente unidas y compenetradas, manan de la misma fuente,
se unen en el mismo caudal, corren hacia el mismo fin" y "constituyen
el depósito sagrado de la Palabra de Dios, confiado a la Iglesia"
(4) . b) La comunión que es concordia de cada uno de los creyentes con los demás y con Dios (1 Jn 1, 3) lleva a partir el pan de la Eucaristía (Hch 2, 42) y se manifiesta en la comunidad de bienes y en la colecta a favor de las comunidades necesitadas. Aquí se contiene un elemento básico
de toda comunidad: el compartir. "La Iglesia hace la eucaristía,
y la eucaristía hace la Iglesia" "Ninguna comunidad cristiana
se edifica si no tiene su raíz y quicio en la celebración
de la santísima eucaristía, por lo que debe, consiguientemente,
comenzarse toda educación en el espíritu de comunidad"(5). Esta presencia invisible del Resucitado une, fortalece, guía, hace madurar, realiza entre ellos la reconciliación constante, la transparencia y la unidad verdadera: una mente, un corazón, un mismo espíritu.
CONSECUENCIAS DE LA ECLESIALIDAD DE UNA COMUNIDAD Si una comunidad es eclesial de verdad, las consecuencias que se derivan para su propia vida y crecimiento son de suma importancia. Son unos derechos y unas obligaciones que se han de tener siempre en cuenta, y que derivan de los derechos y obligaciones que tienen todos los cristianos, tal como están reconocidos en el Nuevo Código de Derecho Canónico (6). 1.- Podemos destacar los siguientes DERECHOS
que son válidos no solamente para cualquier cristiano
sino también para las comunidades eclesiales: d) Derecho a ser reconocida como comunidad eclesial por la jerarquía aquella comunidad que reúna las debidas condiciones, "derecho básico a que se les reconozca como parte de la diócesis a todos los efectos; una ciudadanía eclesial análoga -no necesariamente idéntica por diferencia de circunstancias a la que tienen las parroquias y otras instituciones y organizaciones pastorales de la Iglesia local..."(7). e) Derecho de atención
espiritual o derecho de recibir ayuda espiritual, principalmente
la Palabra de Dios y los Sacramentos (c. 213). f) Derecho a evangelizar y a ejercer el apostolado: tienen el derecho y el deber de trabajar para que el mensaje cristiano de salvación llegue más y más a todos los hombres, de todos los tiempos y de todos los lugares (c. 21 1). Partícipes de la misión
de la Iglesia todos tienen el derecho de promover el apostolado, aportando
sus propios planes, cada uno según su estado y condición
(c. 216). a) Ante todo guardar la comunión
con la Iglesia (c. 209. b) Cumplir los deberes eclesiales tanto con la Iglesia universal como con la particular a la que pertenecen (c. 209, 2). "Si una comunidad o un grupo de comunidades viven aisladas, sin conexión práctica con el cuerpo de la Iglesia diocesana, que constituye el entorno sociológico y teológico de la pequeña comunidad, ésta no puede sobrevivir como “comunidad eclesial” a la larga. Las pequeñas comunidades cristianas deben sentirse afectiva y efectivamente, parte integrante de la Iglesia local o diocesana" (lb.N.42). c) En asuntos de fe y costumbre
obediencia a la Iglesia a través de sus Pastores que son
maestros y guías del Pueblo de Dios. NOTAS: 2) LEONARDO BOFF, Eclesiogénesis. Las comunidades de base reinventan la Iglesia, Sal Terrae, Santander 1980, p. 32. 3) J.R. GARCIA MURGA, Comunidad, experiencia del Espíritu, liberación, Morova, Madrid 1977, p. 51. 4) Vat. II, Constitución “Dei Verbum”, 9 y 10. 5) Vat. II, Presbyterorum Ordinis, 6. 6) J.M. PIÑERO CARRION, Nuevo Derecho Canónico. Manual practico, Edit. Atenas, Madrid 1983, pgs.118-119. 7) CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA
– COMISIÓN DE PASTORAL, Servicio pastoral a las pequeñas
comunidades cristianas, EDICE, Madrid 1982, n.34.
En esta línea, nos parece necesario reconocer públicamente con realismo que, en general, las Pequeñas Comunidades Cristianas no sólo no han nacido por iniciativa de los obispos y vicarios de pastoral, sino que durante mucho tiempo han vivido ignoradas o meramente toleradas por nosotros; que no siem?pre hemos sabido acercarnos a ellas con comprensión y acompañarlas en su camino con paciencia, mirándolas, por el contrario, con ojos demasiado críticos, o manteniéndonos a tal distancia que nos ha impedido ejercer la corrección fraterna de manera cercana, realista y pastoral. Si expresamos aquí esta constatación -que no afecta por igual a todos los obispos y vicarios, pero que asumimos lealmente como colectivo- es para que sea ante la Iglesia un signo de cambio de actitud, de conversión y de renovado compromiso por ayudar con empeño a todos los grupos cristianos, respetando el legítimo pluralismo que representen; como quisiera ser también invitación a los hermanos de las comunidades cristianas a un discernimiento de sus posibles defectos y a la consiguiente conversión (N. 33). Reconocimiento de la eclesialidad de las Pequeñas Comunidades Cristianas Las Pequeñas Comunidades Cristianas constituyen una expresión más entre otras de la vida de la Iglesia. En cuanto comunidad de bautizados que se reúnen para compartir y celebrar su fe y su compromiso con la Iglesia y con el mundo, tienen un derecho básico a que se les reconozca como parte de la diócesis a todos los efectos; una ciudadanía eclesial análoga -no necesariamente idéntica, por diferencia de circunstancias- a la que tienen las parroquias y otras instituciones u organizaciones pastorales de la Iglesia local. Tanto la Parroquia territorial como la Pequeña Comunidad Cristiana, los movimientos apostólicos y las demás agrupaciones pastorales, son expresiones diferentes y legítimas de la misma Iglesia diocesana, presidida por el obispo. Este reconocimiento no debe quedar por parte del obispo y de las demás instituciones diocesanas en una actitud meramente teórica o distante, sino traducirse en concreto apoyo, afectivo y moral, jurídico y material (N. 34). Actitud de diálogo Como primer paso y el más urgente
trataremos, por todos los medios a nuestro alcance, de iniciar contactos
con las Comunidades Cristianas de nuestras diócesis, si no lo hemos
hecho ya, y de continuarlos y profundizarlos en todo caso. Comprenderemos
que quizá sea preciso dedicar un largo tiempo a entablar relaciones
sinceras y cordiales para desbloquear prejuicios mutuos, para buscar una
comprensión que facilite la colaboración, sin que nosotros
las pretendamos forzar con actitudes autoritarias ni juridicistas, sino
conducirlas con espíritu pastoral, que debe presuponer la libertad,
el respeto y el amor ... Dando por supuesto el empeño común para llegar a establecer unas relaciones cercanas, sinceras y cordiales entre los obispos-vicarios y las pequeñas comunidades, nos proponemos ofrecer nuestra ayuda positiva, en las formas que la misma vida pastoral y la situación concreta de cada Iglesia local pueda ir sugiriéndonos, con el fin de estimular el dinamismo y el crecimiento de las comunidades. Entre otras, que en cada lugar puedan surgir por motivos y circunstancias muy concretas, nos proponemos prestar una atención más particular y continuada a las siguientes actividades: - Extremar nuestro interés por
el adecuado acompañamiento pedagógico de cada comunidad
o grupo de comunidades, según sus características o circunstancias...
- Exponerles con franqueza y sencillez, cuando se presente la ocasión, nuestros interrogantes sobre sus posibles ambigüedades, nuestro parecer sobre los pasos que van dando, nuestra corrección fraterna sobre sus defectos... (N. 38). Promoción de nuevas comunidades Por último, queremos proponernos
y proponer a nuestros hermanos obispos y vicarios de pastoral la promoción
de nuevas comunidades como un compromiso preferencial, reconociendo así,
con toda la Iglesia universal, la importancia de este movimiento que el
Espíritu ha suscitado en nuestro tiempo para que muchos hermanos
puedan reencontrar el sentido de la fe y crecer y madurar en la autenticidad
de su vivir cristiano. - En primer lugar, será necesario
iluminar y clarificar en nuestras diócesis la imagen de las Pequeñas
Comunidades Cristianas en general, subrayando las grandes posibilidades
que ofrecen, tanto para la adecuada maduración de la vida cristiana
individual como para el crecimiento de la vida comunitaria y de compromiso
eclesial con el mundo. Siendo plenamente personal, la fe es también
plenamente comunitaria. La fe no es una mera vivencia de Dios, sino una
vivencia compartida, una convivencia: se cree "en Iglesia".
En este sentido, hay que aclarar que las Pequeñas Comunidades Cristianas
no son fruto de una moda o de un capricho o hasta, si se quiere, de una
llamada especial para unos pocos; es por el contrario, una realidad estructural
de la Iglesia de Jesús, que en nuestra sociedad actual aparece
como muy adecuada para que el creyente pueda vivir la fe como una opción
a la vez libre, personal y comunitaria; es decir, como una realidad eclesial.
Esta mentalización es un trabajo que tal vez pueda realizarse sin
grandes dificultades por medio de la predicación y los demás
medios de formación y de información ordinarios... (N. 39)
El comienzo de una comunidad es como poner
los cimientos sobre los que se ha de asentar después. En cualquier
edificación los cimientos no tienen vistosidad ni están
expuestos a la admiración de los demás, pero son los que
mantienen todo el conjunto de la obra. - quizá se hayan puesto fácilmente
de acuerdo, pero al cabo de cierto tiempo aquel comienzo y proyecto resulta
inviable, terminando por disgregarse, quedando un deje de disgusto e indisposición
para nuevas tentativas; He aquí algunos puntos que nunca
hemos de olvidar: 2-) En la raíz de todos los fracasos podemos hallar siempre nuestra falta de espíritu de reconciliación, de compasión, de aceptación y amor al hermano tal cual es. 3-) Los hermanos de la comunidad no los escogemos nosotros. El Señor nos ha puesto providencialmente juntos, no para que nos quedemos parados, sino para que caminemos unidos. Cuando la selección se quiere hacer de forma muy particular y tendenciosa el fracaso es inevitable. 4- ) A pesar de todas las dificultades e intentos fallidos, sigue siendo posible el formar comunidad si se llega a proceder con rectitud y sinceridad en verdadero arrepentimiento, lo cual es un cambio importante de actitud, buscando el apoyo más en el Señor que en nosotros mismos. ACIERTO EN EL VERDADERO ENFOQUE l. En el comienzo de una comunidad suele
haber cierta inspiración o carisma, cierta manifestación
o gracia del Espíritu. Así pasó con la primera comunidad
en Jerusalén que dio comienzo a la Iglesia, y así ha pasado
con las verdaderas comunidades a lo largo de la historia. El Señor
utiliza a personas concretas, dotándolas de los dones necesarios
o haciéndoles sentir una llamada, una moción del Espíritu,
y después han sabido contagiar este fuego a otros hermanos. 4. Desde el primer momento debe haber
cierto liderato, es decir, dirección o autoridad, o como lo queramos
llamar, encarnada en un equipo pastoral. Esto quiere decir que desde el
comienzo debe funcionar muy bien la sumisión y obediencia a los
dirigentes de la comunidad. Sin sometimiento es inútil pensar en
la comunidad. - convivir bajo el mismo techo, - compartir totalmente los bienes, - tener todos el mismo compromiso, - ser muy perfectos en todo. Convivir bajo el mismo techo supone mucha
más dificultad y exigencia. Si algunos o todos los hermanos de
una comunidad llegan a esto es un testimonio maravilloso. A veces en una
misma comunidad hay hermanos que viven en convivencia, y otros, no. Dentro de una misma comunidad carismática puede haber diversidad de compromisos. En principio debe haber un compromiso común para todos, según el cual todos se comprometan a ser hermanos unos de otros, a aceptar la autoridad de la comunidad, el estilo y las normas que tenga establecidas. Pero, además de esto, puede haber hermanos que se sientan llamados a hacer una mayor consagración al Señor, por ejemplo, con los tres votos de obediencia, pobreza y castidad, como la mejor expresión de vivir los consejos evangélicos.
Ante las dificultades que para las relaciones interpersonales se originan en el grupo de oración a medida que crece numéricamente, se han comprobado, la bondad y conveniencia de los grupos de profundización, llamados también grupos de crecimiento o de compartir. No se trata de un grupo más de oración, ni tampoco de sustituir el grupo grande por otros más pequeños, sino de dar más fuerza y consistencia al grupo grande, y al mismo tiempo, ofrecer una atención pastoral más personalizada a cada uno de los hermanos. El grupo de profundización puede
estar formado por un número de seis a diez, con un coordinador
que tiene la solicitud de que se logre siempre el clima de unidad y amor
entre todos, procurando que cada participante se abra a la comunicación.
La distribución por grupos de profundización se hace según
el discernimiento de los servidores, entre ellos mismos y con cada uno
de los hermanos. Ha de ser ya una pequeña fraternidad, como etapa intermedia y de aprendizaje de todo lo que hay que practicar y vivir en una comunidad. La apertura, la transparencia, la ayuda mutua, la corrección fraterna, el interceder unos por otros, el compartir lo que se es y lo que se tiene, han de encontrar su expresión de una forma sencilla y natural. Los problemas, los sufrimientos y las necesidades de cada uno han de ser asumidos por todo el grupo. Esto no quiere decir que se tengan que
manifestar hasta los problemas más íntimos, que solamente
se deben exponer al confesor o al director espiritual, pues esto no haría
más que problematizar y agobiar al grupo obstaculizando su crecimiento
y buena marcha.
Llegar a formar cuanto antes una verdadera fraternidad en la que ya se viva el espíritu de la comunidad. La celebración eucarística,
que de vez en cuando puede tener cada grupo como uno de lo momentos más
intensos, los tiempos de convivencia y de oración asidua, todo
lo que juntos vivan y hagan les irá dando paulatinamente una configuración
comunitaria. - deseo sincero de servir al Señor en la comunidad; - espíritu fraternal, que se manifieste en actitudes de preconciliación, misericordia y compasión para con todos, y, de manera especial, en una conciencia rectamente formada, que sepa evitar críticas, murmuraciones, chismes y discusiones; - equilibrio y estabilidad en la vida familiar y en la afectividad, y responsabilidad en el propio trabajo o profesión; - humildad y docilidad manifestadas en la práctica del sometimiento y en la aceptación plena del Magisterio de la Iglesia; - oración personal diaria de al menos media hora; - vida sacramental frecuente en cuanto a la Penitencia y Eucaristía; - haber asimilado el espíritu de la R.C., que casi se la viva como una vocación; - los casados, si ambos esposos están en la R.C., han de ir muy unidos y de común acuerdo, tanto para integrarse en un grupo de profundización como a la hora de hacer un compromiso comunitario. Cualquier forma de divergencia o divorcio espiritual en la pareja matrimonial no sólo atenta contra la unidad del matrimonio y de la familia, sino que para la comunidad sería un lastre. En esto hay que ser claros y precisos.
por Miguel A. Vilchez, O.P. Cuando una persona ha vivido en profundidad
la efusión del Espíritu y siente muy dentro el hambre y
la sed de Dios que el Espíritu pone en su corazón, no puede
por menos cada día de buscar el alimento y el agua de la Palabra
para encontrar cauces cada vez más claros para calcar en su vida
el proyecto de Jesús. Por ello, el creyente tiene que seguir profundizando
en su experiencia fundamental para conseguir que de una forma progresiva
pero continua las consecuencias de la irrupción del Espíritu
en su vida llegue hasta la vivencia de una fe madura conforme a la estatura
de Cristo: “....hasta que todos sin excepción alcancemos
la unidad que es fruto de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, la
edad adulta, el desarrollo que corresponde al complemento del Mesías"
(Ef 4,13). La conclusión de la venida del Espíritu es la forma concreta de vida de la comunidad. La efusión del Espíritu conduce al descubrimiento de la comunidad. El autor de los Hechos resalta la consecuencia de la vida en el Espíritu. La comunidad es una de las señales más claras de la actuación del Espíritu en la vida de los creyentes. LA COMUNIDAD SE REALIZA EN JESÚS... Es Jesús, por medio de su Espíritu, el que nos convoca a vivir formando comunidad. Y cuando Jesús nos llama de una forma concreta a vivir la unidad, es siempre por algún designio especial, que redunda en beneficio nuestro. Tenemos que ahondar en este designio de su misterio de amor para llegar a descubrir cada vez con más nitidez cuál es nuestro cometido concreto. Jesús nos inunda de carismas y dones comunitarios porque no hemos sido llamados a vivir la vida del Espíritu separados. En la medida en que mantenemos nuestra fidelidad a Jesús viviremos su plan comunitario. La comunidad no la realizamos nosotros, la comunidad que Jesús quiere, muy distinta de la meramente humana, sólo se puede realizar si El está en medio. En una comunidad humana la fuerza de cohesión viene dada o por los lazos de la sangre o por otros lazos de simpatía, homogeneidad, de tareas a realizar, etc. Pero la comunidad evangélica es distinta. Lo que une es Jesús. Por eso, en el relato de los Hechos no se llama a los que forman la comunidad hermanos, para no confundirla con agrupaciones humanas no dimanadas del Espíritu, sino que se les denomina creyentes, la comunidad de los creyentes; para recalcar que lo que une es la misma fe en Jesús. El que nos convoca a vivir en comunidad es el Espíritu de Jesús. No formamos parte de una comunidad movidos por la simpatía de las personas que la forman, ni movidos por las tareas u objetivos que hay que realizar, ni por la coincidencia de intereses. No formamos comunidad por los lazos de la sangre o por la afinidad de caracteres o sentimientos, sino que es Jesús el que nos llama a vivir comunidad y la realiza. Por ello, si una comunidad falla, es porque los creyentes no han sido fieles a Jesús, han comenzado a mirarse unos a otros y han desviado su mirada de Jesús. Han dejado de estar tensos hacia El y han surgido entonces otras tensiones que la minarán por dentro. La unidad de la comunidad se mantiene en la medida en que todos sus miembros están tensos hacia Cristo. Cuando los miembros de una comunidad dejan de tener el objetivo de Cristo y cada uno se fija en su propio objetivo, la comunidad se rompe. Cuando los miembros de una comunidad en vez de estar mirando y tendiendo hacia Cristo, se ponen a mirarse unos a otros, comienzan a verse sus propias diferencias, sus propios defectos, las cosas que separan y entonces surgen los problemas. El único problema grave de una comunidad es dejar de mirarse todos en Cristo. Hay problemas cuando cada uno comienza a mirarse a sí mismo o a mirar a otros sin pasar por la mirada de Cristo. Ya no miramos con la mirada de Jesús, sino con la nuestra, cargada de prejuicios, y es normal que se vean los problemas. Sólo en Cristo se pueden superar las diferencias. La comunidad no es mirarse unos a otros, sino mirar todos hacia Cristo. En El se funden todas las miradas y todas las tendencias. En El confluyen armonizándose todas las diferencias en una unidad que nos supera. Si la comunidad está fundada en nuestras cosas, siempre estará fundada sobre arena. Si está cimentada en El estará segura. ¡Nadie puede quitar el fundamento auténtico! Si la unidad se cimenta en otra cosa que no sea Cristo, la comunidad vivirá siempre en un equilibrio inestable. LA COMUNIDAD UNIDA EN LOS SENTIMIENTOS DE CRISTO JESÚS... San Pablo en su carta a los Filipenses, capítulo 2, dice lo siguiente: ''Tened entre todos los mismos sentimientos que tuvo Cristo", a continuación entona un himno que canta el abajamiento de Jesús. Si no cultivamos en nuestro corazón los sentimientos de Jesús, si no vamos calcando sus actitudes, estaremos siempre en nuestras cosas y bajo el influjo de nuestros propios sentimientos que son dispares y a veces inarmonizables. La conversión a Jesús y a la vida de su Espíritu supone que continuamente cada uno va asimilando los gestos, actitudes y sentimientos de Jesús y en esa misma medida va estrechando la unión entre los miembros de la comunidad. Una comunidad basada en los propios sentimientos de cada uno dura muy poco. Por ello, si queremos mantener la unidad y cohesión de unos con otros, encontrémonos en Jesús. La fidelidad a Jesús es fidelidad a la comunidad, no se da la una sin la otra. Cuando nos dejamos llevar por nuestros arrebatos, por nuestras ideas sobre los demás, por nuestro concepto estrecho de justicia, por nuestro puritanismo en la verdad, corremos el riesgo de juzgar al otro dejándonos llevar por nuestros prejuicios; mientras que si tratamos de sentir al otro como lo siente Jesús, todo será distinto. Venceremos a nuestra justicia con la misericordia de Jesús y a la verdad con la entrega y la generosidad de nuestra vida. La comunidad de fe representa una nueva
forma de vivir en comunión con los demás, superando todas
las barreras y encontrándose en Jesús -sin agruparse por
tendencias-o sabiendo que el encuentro cristiano con el otro tiende a
realizarse en la medida de nuestro encuentro con el Señor. La comunidad
eclesial significa la realidad y el reconocimiento de estar unidos mediante
y en Cristo. Cualquier otro grupo humano puede estar generado y expresado
por la palabra humana. La comunidad cristiana, sólo por la Palabra
divina, que es Jesús. Por eso, la comunidad cristiana trasciende
a las personas que la integran, ya que nos hace penetrar en la vida mistérica
de Dios en Cristo. Un grupo de personas se transforma en comunidad eclesial
cuando se congrega como comunidad de la Palabra, del culto y de vida evangélica,
instaurada en el nombre del Señor Jesús. Es necesario comenzar con las palabras del mismo apóstol Pablo que en el capítulo 12 de su carta a los Romanos dice lo siguiente: "En virtud de la gracia que me fue dada, os digo a todos y a cada uno de vosotros: No os estiméis en más de lo que conviene; tened más bien una sobria estima según la medida de la fe que otorgó Dios a cada cual. Pues, así como nuestro cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros, y no desempeñan todos los miembros la misma función, así también nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo, siendo cada uno por su parte los unos miembros de los otros. Pero, teniendo dones diferentes, según la gracia que nos ha sido dada, si es el don de profecía, ejerzámoslo en la medida de nuestra fe; si el ministerio, en el ministerio; la enseñanza, enseñando; la exhortación, exhortando. El que da, con sencillez; el que preside, con solicitud; el que ejerce la misericordia, con jovialidad. Vuestra caridad sea sin fingimiento; detestando el mal, adhiriéndoos al bien; amándoos cordialmente los unos a los otros; estimando en más cada uno a los demás; con un celo sin negligencia: con espíritu fervoroso; sirviendo al Señor con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la oración; compartiendo las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad" (Rm 12). La fidelidad al Señor es fidelidad a la comunidad. Una comunidad formada por hombres de carne y hueso que viven unas situaciones concretas y que no podemos soslayar. Si el camino del Señor pasa por el camino de los hombres, mis hermanos, yo no puedo hacer mi camino independiente de los demás. El compromiso se da en los bienes materiales, pero también, y muy importante, en los bienes espirituales. Yo no puedo desentenderme de las cosas espirituales de mi hermano, siendo así que demuestro en muchas ocasiones que sus aspectos materiales sí me interesan. Caminar juntos no permite hacer de las cosas espirituales un asunto exclusivamente personal. Ellas tienen que suponer un continuo encuentro en profundidad con cada hermano. Compartir con los hermanos es signo de
fidelidad al Señor y a la comunidad. No venimos a la comunidad
cada uno a iluminar un pequeño rincón de la casa, sino que
estamos llamados a unir nuestras pequeñas llamas para fundirla
en una sola en Cristo. Sólo así la comunidad se convertirá
en una gran luz puesta sobre un monte que ilumina a todos los que se acercan
a ella. No podemos formar una playa si no juntamos todas nuestras arenas.
No podemos hacer un pan si mantenemos nuestros granos de trigo, separados
y sin moler. No podemos vivir ni hacer Eucaristía si no fundimos
el zumo de nuestras uvas. La comunidad de la que formo parte, con sus limitaciones y su pobreza de compartir y sus pecados, es un don que me ha hecho Dios, no la he escogido yo. Debo dar gracias diarias por ella y por cada hermano en particular. Sabiendo que después de la fe es el don más grande que me ha hecho. La comunidad es el lugar de salvación para mí. Nunca agradeceremos suficientemente el pertenecer a ella.
Aceptación
de sí mismo por Pedro Femández, O.P. El proceso de la identidad y de la realización
de la persona, en sus diversos niveles individuales y sociales, es una
realidad siempre inacabada, como aparece en la crisis de identidad del
adulto hacia la mitad de su vida. La maduración o desarrollo normal
de la persona implica principalmente la mente y el corazón, como
nos sugieren estas palabras que encontramos al comienzo del Libro de la
Sabiduría: "Pensad rectamente del Señor y buscadle
con un corazón entero" (SI 1,1). En consecuencia, este proceso
de la madurez personal se apoya principalmente en el interior de uno mismo,
y se manifiesta como conocimiento y aceptación de uno mismo, como
capacidad de asumir la vida con sus maravillas y sus dificultades, y como
fuerza para el perdón y para la esperanza ante uno mismo y ante
los demás. La reconciliación es la clave, en personas tan
vulnerables como los humanos, para llegar a tener un espíritu de
bronce y un corazón de carne. 1. -MADUREZ HUMANA Y CRECIMIENTO ESPIRITUAL Los cristianos, en consecuencia, no separamos
la maduración humana del crecimiento espiritual, como don o capacitación
del Espíritu Santo. El Señor nos dice también a nosotros:
2. -LA ACEPTACIÓN DE SÍ MISMO La maduración cristiana coincide,
como hemos visto anteriormente, con la experiencia del nuevo nacimiento
del agua y del Espíritu; es un acontecimiento concreto, con el
que se intenta un largo camino de luz y de lucha. Todo comienza con la
conversión, palabra clave y don de Dios, que consiste en gozarse
en esa alegría grande que hay en el cielo por un pecador que se
convierte. La conversión se puede describir de formas diferentes.
Por ejemplo, como luz que puede manifestarse también visiblemente.
"Si, pues, tu ojo estuviere sano, todo tu cuerpo estará luminoso;
pero si tu ojo estuviere enfermo, todo tu cuerpo será tenebroso,
pues si la luz que hay es tinieblas, ¡qué tales serán
las tinieblas!" (Mat. 6, 22-23). También puede describirse
como libertad interior, traducida a veces en una espontaneidad profunda
y nueva en palabras y gestos con una gran eficacia apostólica.
Igualmente, la conversión se manifiesta como la advertencia iluminadora
de que Dios nos ama y que estamos llamados a amar a Dios por encima de
toda otra persona y realidad, para ser verdaderos discípulos de
Jesús. ¿Qué sentido tiene, por tanto, la aceptación de sí mismo? ?La aceptación cristiana de sí mismo significa verdaderamente la aceptación de Jesús como nuestro (mi) Señor y nuestro (mi) Salvador. Como Señor y Salvador único. ¡Qué bueno es darse cuenta de que uno se encuentra necesitado y que Jesús se acerca para salvarme! Es preciso advertir cómo el proceso de la sanación interior es necesario recorrerlo en cada una de nuestras vidas. Sin la experiencia humillante de la propia pobreza, no llegaremos a ser humildes, lo que nos permitirá decir al Señor con el corazón entero: ¡Señor, puedes hacer lo que quieras! Con frecuencia, ahogamos en nosotros la voz interior que nos llama a liberar esa fuente que hay en cada uno de nosotros. Tenemos miedo a encontramos con esa corriente que mana del interior, que somos nosotros mismos, y que es Dios en nosotros. Recuerda algunos momentos de tu vida y
algunos hechos, cuando no has sido capaz de actuar con libertad; cuando
no has sido capaz de controlar tus palabras, tus sentimientos, tus deseos,
tu misma vida. Examina las causas de estas esclavitudes, cadenas, y no
cierres los ojos a la verdad, aunque sea dura. Salta la frontera, y no
tengas miedo a conocer tu verdad; no tengas miedo a manifestar tu verdad
a quien pueda transmitirte la palabra y la luz de Dios. Sobre todo, cuando
estés frente a tu verdad, no dudes en acercarte a Jesús
y decirle de verdad: "el que amas está enfermo" (Jn 11,3).
Para estar en armonía con los demás y también con
Dios, necesitamos estar igualmente en armonía con nosotros mismos.
Necesitamos encontrar el cauce de ese río, interior, que salta
hasta la vida eterna; tiene que decantarse la presencia de Dios en el
corazón. "Si conocieras el don de Dios, y quién es
el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías a El, y El
te daría a tí agua viva" (Jn 4, 10). La aceptación
de sí mismo es lo que nos hace capaces también de estar
por encima del agobio, y cantar con el profeta: "Yahvé, mi
Señor, es mi fortaleza, que me da pies como de ciervo y me hace
volar por las alturas" (Ha 3, 19). Esta es la libertad de los hijos
de Dios, que nos da la capacidad de ser uno mismo, aunque por algún
tiempo tuviera que quedarse uno aparentemente solo. La aceptación de sí mismo
nos lleva a la aceptación de los demás en cuanto dones de
Dios. Además esta maduración espiritual, fundada en ser
nuevas criaturas por el nuevo nacimiento, nos concede ese raro equilibrio
entre el espíritu y la carne: el temple del corazón cristiano.
Hablamos de la entereza del corazón, propia de quien lleva dentro
el canto de los redimidos. Nos referimos al corazón transformado
por el amor de Dios y lleno de los frutos del Espíritu, que son:
"Caridad, gozo, paz, longanimidad, afabilidad, bondad, fe, mansedumbre
y templanza" (Ga 5, 22-23). Esta es la perspectiva donde planteamos
la cuestión del equilibrio afectivo o equilibrio emocional, advirtiendo
que la afectividad influye en las realidades más profundas de nuestro
ser y de nuestra conducta humana y cristiana. Primero: debemos conocer nuestra afectividad con sus cualidades propias para aceptarnos como somos y cómo los acontecimientos de la vida, positivos y adversos, nos han ido configurando. Segundo: asumir las alegrías y también las heridas que la vida ha dejado en nuestro corazón; aceptar a quienes nos han amado y a quienes nos han odiado, despreciado o marginado, hiriendo profundamente nuestra afectividad. Dios nos llama a dejarnos curar, abandonándonos en sus manos, que nos llevan hacia nuestra vida interior para descubrir quizá derrumbamientos donde tendría que haber esperanza. Dios llena el vacío de no haber sido amados o de haber sido mal amados. Tercero: debemos escuchar la voz de Dios en la oración, que nos dice: "Hijo, dame tu corazón" (Pr 23, 26). En la oración debemos pedir a Dios un corazón nuevo para ser criaturas nuevas; las criaturas que viven en la nueva tierra y en los nuevos cielos. Cuarto: una vez que hayamos experimentado
que Dios nos ama, comenzaremos ya a amar desde el corazón de Dios,
con el amor de Dios (que es un don, no un sentimiento), a Dios y a los
hermanos que El nos vaya dando. No me refiero a la necesidad de hacerse
un programa de vida, con un conjunto de propósitos y sus revisiones
periódicas. En absoluto. Aludo, por el contrario, al descubrimiento
discernido de la vocación que Dios nos concede como don, y que
se concreta necesariamente en un estilo de vida, claro y distinto, al
que debemos de ser fieles, no a fuerza de buena voluntad, ni de esfuerzo
de voluntad (cosas que valen muy poco en la vida cristiana), sino por
la gracia de Dios. Es decir, es preciso descubrir la voluntad de Dios
para cada uno, para sí mismo, y caminar con la confianza puesta
plenamente en el Señor, sin idolatrar a nadie ni a nada. Este proyecto
de Vida Cristiana, fundado en un compromiso serio (estemos atentos, pues
hay personas acostumbradas a tomar superficialmente la palabra dada),
se levanta sobre la gracia de Dios, manifestada, por ejemplo, en la oración
y en la ascesis. La oración nos da la medida en nuestra relación
con Dios; la ascesis, la medida en nuestra relación con el mundo
y con los hombres y mujeres. Este proyecto, no es algo puramente intimista,
pues tiene necesariamente unas consecuencias para la vida comunitaria,
e, incluso, socio-política. De todas maneras, recordemos cómo
las estructuras y las personas pasan, y a veces los protagonismos y los
proyectos ocultan los caminos de Dios. La Biblia en la comunidad cristiana por Santiago Guijarro
"Como bajan la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado y fecundado la tierra y haberla hecho germinar, dando la simiente para sembrar y el pan para comer, así la palabra que sale de mi boca no vuelve a mí vacía, sino que hace mi voluntad y cumple su misión." (Is 55, 10-11) Esta fuerza de la palabra que procede
de Dios, y que hace germinar nuestras comunidades para que den fruto,
es la que nos convoca a una reflexión sobre la función de
la Biblia en nuestros grupos, y en la Iglesia en general. El objetivo
de estas líneas es contribuir a esta acción misteriosa,
haciendo una descripción de la situación actual de la Biblia
dentro de nuestras comunidades y proponiendo algunas sugerencias para
que esta presencia sea cada vez mayor. En términos generales la situación
actual es contradictoria. Por un lado los estudios bíblicos y el
ansia de conocer más la Biblia están cada vez más
presentes entre los creyentes. Puede decirse que la Biblia está
de moda, que todo pretende buscarse en la Biblia. Al mismo tiempo, y no
con menor verdad, puede decirse que los cristianos estamos aún
lejos de una lectura asidua y detenida de la palabra de Dios. La Biblia
resulta muchas veces difícil de comprender y la sentimos lejos
de nuestro lenguaje y de nuestras preocupaciones. La situación
actual, es, pues, una mezcla de anhelo y de separación. Sobre el transfondo de un divorcio secular entre la palabra y el pueblo de Dios, se dibuja la esperanza de un anhelo creciente. La constatación de estas dos realidades es, me parece, la mejor plataforma para plantearse con seriedad cuál ha de ser en el futuro el camino a seguir para lograr la "reconciliación" entre ambos. Para iluminar nuestra situación, vamos a describir brevemente el uso que hacían las primeras comunidades de la palabra de Dios. 2.1. PARA ENTENDER MEJOR LO SUCEDIDO EN JESÚS La preocupación más urgente
de los primeros creyentes no fue la de entender la Biblia, sino la de
entender el acontecimiento de Jesús. Trataban de comprender el
anuncio fundamental, resumido por Pablo de modo admirable en la carta
primera a los Corintios: " ... yo os transmití lo que a mi
vez había recibido: que Cristo murió según las Escrituras
y fue sepultado; que resucitó según las Escrituras y que
se apareció ... " (1 Co 15, 3-5). La muerte y la resurrección
de Jesús fueron las primeras preocupaciones y las más urgentes.
Para ellos, que tenían esta experiencia de la resurrección,
era fácil comprender su sentido, pero se sentían impulsados
a transmitir a otros lo que ellos habían experimentado. Voy a poner un ejemplo concreto para ilustrar este uso de la Escritura, y me voy a referir al problema más importante y decisivo que tuvo la Iglesia naciente: el anuncio de un Mesías que murió en la cruz, necedad para los griegos y escándalo para los judíos (1 Co 1, 23). ¿Cómo explicar que el Mesías tenía que padecer? El Mesías esperado por los judíos era, ante todo, un Mesías triunfante y victorioso que liberaría al pueblo de la opresión romana. Era el Mesías-Rey, Hijo de David. ¿Cómo explicar y mostrar que Jesús, muerto en la cruz como un malhechor, era el Mesías esperado por Israel y prometido por Dios desde antiguo? Para responder a esta pregunta contaban con tres datos: en primer lugar, los hechos ocurridos; en segundo, la experiencia profunda e inequívoca de la resurrección del Señor y del envío del Espíritu a los creyentes; y, en tercer lugar, la prueba de que lo sucedido en Jesús correspondía al anuncio de las Escrituras. Los dos primeros datos eran para ellos evidentes, pero era necesario el tercero para entrar en con?tacto con sus destinatarios, que generalmente eran de origen judío. Era un puente necesario, pues ambos, judíos y cristianos, concedían a la palabra de la Escritura un valor decisivo; era para ellos una palabra normativa. Buscaron y encontraron una explicación al sufrimiento de Jesús en los designios amorosos de Dios. Esto es sólo un ejemplo, que podría multiplicarse, para mostrar cómo desde muy temprano la Escritura fue un factor decisivo en la explicación de la fe cristiana. En él observamos el mecanismo que seguían los primeros creyentes para llegar a tal explicación y los tres factores decisivos de esta reflexión creyente: los hechos ocurridos en Jesús, la experiencia profunda de la resurrección y de la salvación, y la iluminación desde la Palabra de Dios. Vayamos anotando todos estos elementos: también nuestro acercamiento a la palabra de Dios debe ser desde la fe en Jesús resucitado, y para comprender mejor lo que El significa para nuestra vida. 2.2. PRESENTE EN TODA SU VIDA La Iglesia apostólica desarrolló su actividad principalmente en tres ámbitos: en el anuncio del mensaje cristiano fundamental, en la catequesis o enseñanza y en la celebración litúrgica. En estos tres contextos la palabra de Dios tenía un papel principal. - Con el ejemplo anterior quedaría
ilustrado el uso de la Biblia que los cristianos hacían en el contexto
del anuncio del mensaje central de la fe cristiana. Otro ejemplo lo podemos
encontrar en el pasaje de los discípulos de Emaús (Lc 24,
13-35). En él también la explicación de los hechos
a la luz de las Escrituras es la clave para el reconocimiento de Jesús,
y a su vez el reconocimiento de Jesús es la clave para comprender
las Escrituras. - Finalmente el uso en el culto. Los Hechos de los Apóstoles nos cuentan que los primeros cristianos se reunían asiduamente para partir el pan en las casas. Por otros escritos de aquella época sabemos que el culto era una de las actividades principales de la primera Iglesia. Sabemos también que la lectura de la palabra de Dios era uno de los elementos importantes de éste. En esto, las primeras comunidades debieron copiar el sistema de lecturas usado en las sinagogas judías. San Justino nos informa en el primer libro de su Apología (Apol. 1, 66-67) que hacia el año 160 los cristianos solían reunirse el día del Señor para celebrar la Eucaristía, y que la primera parte consistía en la lectura de pasajes de los profetas y de los "recuerdos de los apóstoles." El Antiguo Testamento envolvía las celebraciones cristianas, y, para comprobarlo, sólo tenemos que visitar las catacumbas romanas y contemplar las pinturas que representan escenas del Antiguo Testamento, entendidas como promesa de lo ocurrido en Jesús y en las primeras comunidades. Dejemos por ahora otras muchas cosas interesantes
que podrían recordarse del uso que los primeros cristianos hicieron
de las Escrituras y quedémonos con el dato fundamental. Y el dato
fundamental es: que las comunidades cristianas de la edad apostólica
estaban impregnadas totalmente de la meditación y la lectura de
la palabra de Dios; que se sentían imbuidas de sus conceptos y
sus promesas. La lectura y meditación del Antiguo Testamento hizo
posible la reflexión sobre el significado de lo ocurrido en Jesús
y en los primeros cristianos. Sin él no habría sido posible
el Nuevo Testamento. Así pues, la lectura y meditación de
la Palabra de Dios, como palabra normativa, fue uno de los motores que
impulsaron la consolidación de los primeros creyentes en torno
a Jesús resucitado, cumplimiento y plenitud de toda la Escritura.
3.1. LA B1BLIA PERTENECE A TODA LA COMUNIDAD Simplificando un poco las cosas podemos decir que la interpretación de la Escritura ha sido durante mucho tiempo patrimonio exclusivo del magisterio eclesiástico. Más recientemente la exclusiva de la interpretación parecían tenerla los estudiosos de la Biblia. No se podía decir nada sobre tal o cual pasaje, sin antes haber consultado la opinión del magisterio o del especialista. Se pasó de una hegemonía a otra, dejando siempre a un lado al pueblo de Dios. Ahora que los cristianos se acercan con más frecuencia a la Palabra de Dios, la leen y la interpretan, se plantea de nuevo la cuestión: ¿A quién corresponde la interpretación auténtica de la Escritura? La respuesta es sencilla. La palabra de Dios, como dice el Concilio Vat. II, ha de ser leída con el mismo Espíritu con que fue escrita. Si el Espíritu se ha derramado sobre toda la Iglesia, eso significa que toda la Iglesia, y no sólo parte de ella, es el sujeto de la interpretación. Ahora bien, en la Iglesia existen diversos carismas, y la interpretación ha de hacerse atendiendo a la peculiaridad de cada uno de ellos. Podríamos concebir imaginativamente la interpretación ideal de la Escritura como un triángulo construido con tres lados: la ?interpretación magisterial, la interpretación de los estudiosos y la interpretación del pueblo de Dios. La confluencia de estas tres aportaciones, cada uno desde su campo, compondría la interpretación ideal de la Palabra de Dios a la luz del mismo Espíritu con que fue escrita. 3.2 LA COMUNIDAD HA DE ACERCARSE MAS A LA BIBLIA Vamos a dejar a un lado, sin olvidarlas,
las otras dos partes, y vamos a fijarnos en la que nos corresponde a nosotros,
que formamos la comunidad de los creyentes y no tenemos encomendada ni
la misión magisterial ni la de ser doctores o entendidos en materia
de escritura. Tenemos el Espíritu y esta credencial es título
suficiente como para arrogarnos el derecho de poder decir una palabra
sobre el sentido de la Escritura, y para recordarnos que tenemos la obligación
y el deber de leer y meditar esta gran Carta de nuestro Padre. Voy a proponer
algunas postas que a mí me parecen adecuadas para que la Biblia
llegue a impregnar la vida de nuestras comunidades, como ocurría
con las comunidades apostólicas. 3. En tercer lugar la lectura, meditación
y estudio en grupos. Este es un fenómeno más reciente que
puede recoger un amplio espectro de iniciativas. Desde los círculos
o grupos Bíblicos propiamente dichos, hasta otro tipo de grupos
que conceden a la lectura y estudio común de la Biblia un puesto
importante. Pienso aquí en las comunidades de base, comunidades
de renovación carismática, comunidades neocatecumenales
y escuelas de catequistas. En estos grupos a veces se combina el estudio
y la meditación de la Biblia con otro tipo de instrucción,
pero siempre está presente ésta como pieza clave. El problema
en este ámbito radica en la falta de un itinerario o un método,
que pedagógicamente vaya conduciendo a los miembros de estos grupos
a un mayor conocimiento e interiorización del mensaje bíblico.
No obstante, con todos los de?fectos e inconvenientes que pueda tener,
creo que es uno de los cauces más válidos hoy para llevar
a cabo este acercamiento de la palabra de Dios al pueblo cristiano. Deberían
promocionarse estos grupos a todos los niveles: en las parroquias, en
el interior de los diversos movimientos, etc.
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