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TEMA 5
FUNCIÓN DE LA JERARQUÍA EN LA IGLESIA
En Cristo somos salvados por su humanidad.
Lo mismo que El, siendo el Hijo de Dios, quiso valerse de nuestra naturaleza
humana para realizar nuestra salvación, así también
ahora durante el tiempo de la Iglesia quiere valerse de ella para seguir
llevando a cabo esta inmensa tarea. La Iglesia resuita ser así
la prolongación de su Encarnación.
Así como en Jesús su naturaleza humana era el sacramento
de la divinidad, así también ahora su Iglesia, en cuanto
institución de salvación, en cuanto sociedad visible, es
sacramento de la comunidad de vida que Dios por medio de su Hijo establece
con nosotros.
La Iglesia es sacramento de Cristo en cuanto a tres grandes aspectos:
-como comunidad de la palabra;
-como comunidad de los sacramentos;
-como comunidad pastoral.
La función de la jerarquía es suplir o prolongar en la Iglesia
la presencia visible de la humanidad de Cristo, por lo que también
ella es sacramento viviente de Cristo.
Todos los que realizan un ministerio eclesiástico son representantes
ministeriales de Cristo, y por esta misma razón representan al
conjunto del pueblo cristiano.
"En la persona, pues, de los Obispos, a quienes asisten los presbíteros,
el Señor Jesucristo, Pontífice supremo, está presente
en medio de los fieles. Porque, sentado a la diestra del Padre, no está
ausente de la congregación de sus pontífices, sino que,
principalmente a través de su servicio eximio, predica la palabra
de Dios a todas las gentes y administra continuamente los sacramentos
de la fe a los creyentes, y por medio de su oficio pastoral va congregando
nuevos miembros a su Cuerpo con regeneración sobrenatural; finalmente
por medio de su Sabiduría y prudencia dirige y ordena al Pueblo
del Nuevo Testamento en su peregrinar hacia la eterna felicidad. "(LG
21).
“Los presbíteros son consagrados por Dios, siendo su ministro
el Obispo, a fin de que, hechos de manera especial partícipes del
Sacerdocio de Cristo, obren en la celebración del sacrificio como
ministros de Aquél que en la liturgia ejerce constantemente, por
obra del Espíritu Santo, su oficio Sacerdotal en favor nuestro.
"(Decreto sobre el ministerio de los presbíteros, 5).
En esto vemos, por una parte, la grandeza del ministerio jerárquico,
que representa al mismo Jesucristo, pero al mismo tiempo su debilidad
como seres humanos.
Los miembros de la jerarquía estructuran a la Iglesia en cuanto
que es sacramento de Jesucristo, o lo que es lo mismo, en cuanto que es
institución sacramental de salvación, pues a través
del ministerio de la jerarquía como instrumento eficaz nos llega:
-la palabra (magisterio),
-la gracia que salva (sacramentos).
-los preceptos que nos llevan por el camino de la salvación (autoridad).
Es así como por la Jerarquía es la Iglesia el misterio de
comunicación activa del don que Dios hace a los hombres. Por esto
es elemento constitutivo de la Iglesia, en cuanto que ésta es institución
de salvación.
1.- TRIPLE MINISTERIO DE LA JERARQUÍA
SERVICIO DE LA PALABRA O FUNCION
PROFETICA
El servicio de la Palabra tiene en el Nuevo Testamento un puesto prioritario
y casi central, pues de la Palabra surge la comunidad. Por eso en torno
a ella se agrupan un conjunto de ministerios: ministerio de los Apóstoles,
de los evangelistas, de los Profetas, de los Doctores, de los Maestros.
En la Iglesia de hoy este ministerio ha adquirido una gran amplitud y
engloba otros varios ministerios, los cuales a su vez agrupan otros muy
variados, unos que miran más al acceso de la fe (evangelización,
predicación), otros que se centran en la educación y desarrollo
de la fe (catequesis, enseñanza, el testimonio).
En todo ministerio que la Iglesia realiza
respecto a la Palabra se atiene siempre a una doble preocupación:
guardar fielmente el depósito de lo que ha recibido y transmitirlo.
Esto nos habla de la importancia que adquiere en la Iglesia la Tradición,
pues nos pone en contacto con los orígenes de la misma Iglesia
y nos aporta la verdad viva tal como se recibió. El Espíritu
Santo es el principio viviente de la Tradición, el intérprete
de su contenido, el que mantiene a la Iglesia en la fidelidad.
Cuando la Palabra es transmitida a través de cualquiera de estos
ministerios por los miembros de la jerarquía, el Papa, los Obispos,
tenemos la enseñanza del magisterio eclesiástico, el cual
propone con autoridad el mensaje de salvación. Ellos son "los
maestros auténticos, o sea los que están dotados de la autoridad
de Cristo".
El magisterio puede ser:
a) Simplemente ordinario: el que en su diócesis
realiza cada obispo "en comunión con el Romano Pontífice",
o el mismo Papa en su enseñanza ordinaria. Entonces "deben
ser respetados por todos como testigos de la verdad divina y católica;
los fieles, por su parte, en materia de fe y costumbres, deben aceptar
el juicio de su obispo, dado en nombre de Cristo, y deben adherirse a
él con religioso respeto" (LG 25).
b) Ordinario y universal: "Aun cuando cada uno de
los prelados no goce por sí de la prerrogativa de la infalibilidad,
sin embargo, cuando, aun estando dispersos por el orbe, pero manteniendo
el vínculo de comunión entre sí y con el sucesor
de Pedro, enseñando auténticamente en materia de fe y costumbres,
convienen en que una doctrina ha de ser tenida como definitiva, en ese
caso proponen infaliblemente la doctrina de Cristo" (LG 25).
"Pero esto se realiza con mayor claridad cuando, reunidos en concilio
ecuménico, son para la Iglesia universal los maestros y jueces
de la fe y costumbres, a cuyas definiciones hay que adherirse con la sumisión
de la fe." (Ib.)
c) Solemne y extraordinario, el cual puede ser o a través
del Concilio ecuménico o a través de las definiciones "ex
cáthedra". En ambos casos se da la infalibilidad.
La infalibilidad, por consiguiente, se puede dar en los casos siguientes:
1.- En el Colegio Episcopal, bien sea reunido en Concilio
Ecuménico, o bien cuando disperso por el mundo conservando el vínculo
de la comunión entre sí y con el Sucesor de Pedro, hay unanimidad
en una verdad de fe.
2.- En el sucesor de Pedro, cuando habla "ex cáthedra”.
3.- En el conjunto de la Iglesia, cuando sostiene unánimemente
una verdad como revelada por Dios (LG 12).
SERVICIO DEL CULTO O FUNCION SACERDOTAL
Función sacerdotal, poder de santificar
y ministerio litúrgico prácticamente se identifican.
"Así como Cristo fue enviado por el Padre, El a su vez
envió a los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo.
No sólo los envió a predicar el Evangelio a toda criatura
y a anunciar que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección,
nos libró del poder de Satanás y de la muerte y nos condujo
al Padre, sino también a realizar la obra de salvación que
proclamaban mediante el sacrificio y los sacramentos, en torno a los cuales
gira toda la vida litúrgica. “(Const. sobre Liturgia,
6).
La Eucaristía y los Sacramentos centralizan la función sacerdotal
de la Iglesia. Como ya hemos visto, la Iglesia es "en Cristo, como
un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión
con Dios y de la unidad de todo el género humano". (LG 1).
Este gran sacramento originario que es la Iglesia se actualiza en la Eucaristía
y en cada uno de los sacramentos. Estos proceden de la Iglesia como Cuerpo
de Cristo y Sacramento originario: son realizaciones o aplicaciones concretas
del gran Sacramento que es la Iglesia. A través de estas realizaciones
sagradas que realiza la Iglesia, es Jesucristo, el único Sacerdote
de la Nueva Ley, el que verdaderamente actúa. Su presencia asegura
la eficacia que tiene el sacramento por sí mismo, es decir, la
infalible presencia de la gracia, sin que tenga que depender de las disposiciones
del que lo administra o del que lo recibe.
Por esto en los sacramentos, celebrados en el seno de la Iglesia, comunidad
sacramental congregada en Cristo, se da el verdadero punto de encuentro
entre Dios y el hombre.
Si en toda acción sagrada es Cristo quien actúa, en toda
celebración se hace también presente la Iglesia. "Esta
Iglesia de Cristo está verdaderamente presente en todas las legítimas
reuniones locales de los fieles, que, unidos a sus pastores, reciben también
en el Nuevo Testamento el nombre de iglesias. Ellas son, en su lugar,
el Pueblo nuevo, llamado por Dios en el Espíritu Santo y en gran
plenitud. En ellas se congregan los fieles por la predicación del
Evangelio de Cristo y se celebra el misterio de la Cena del Señor
“para que por medio del cuerpo y de la sangre del Señor quede
unida toda la fraternidad”. En toda comunidad de altar, bajo el
sagrado ministerio del Obispo, se manifiesta el símbolo de aquella
caridad y “unidad del Cuerpo místico, sin la cual no puede
haber salvación”. En estas comunidades aunque sean frecuentemente
pequeñas y pobres o vivan en la dispersión, está
presente Cristo, por cuya virtud se congrega la Iglesia una, santa, católica
y apostólica. Pues “la participación del cuerpo y
sangre de Cristo hace que pasemos a ser aquello que recibimos" (LG
26).
El resto de la actividad litúrgica está formado por la oración
de alabanza de la Iglesia (Liturgia de las horas) y los Sacramentales,
que "son signos sagrados creados según el modelo de los sacramentos,
por medio de los cuales se expresan efectos, sobre todo, de carácter
espiritual obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos
los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos
y se santifican las diversas circunstancias de la vida". (Const.
de Liturgia, 60).
Los ministros de la comunicación
eficaz del don de Dios en la liturgia son los miembros jerárquicos
o sacerdocio ministerial, que se distingue del sacerdocio común
de los fieles por su naturaleza y no sólo por el grado mayor, por
lo que se confiere mediante un sacramento que deja marcados a los que
lo reciben con un "carácter" especial.
Cuando actúan en cualquier celebración representan a Cristo
en su Iglesia y participan en el oficio de Cristo como mediador, pastor
y cabeza.
Los demás fieles ejercen el sacerdocio común, que obtuvieron
en el bautismo, en la recepción de los sacramentos y en la oración
y acción de gracias.
SERVICIO DE COMUNION O FUNCION PASTORAL
El oficio de regir y apacentar, o de jurisdicción pastoral es un
servicio de comunión, propia del ministerio ordenado. Sus miembros
ejercen el "oficio de padre y pastor".
En la Iglesia se realiza por el Papa para la Iglesia universal, y por
los Obispos para su propia comunidad. Estos han de ser "en medio
de los suyos como los que sirven; buenos pastores que conocen a sus ovejas
y a quienes ellas también conocen; ver?daderos padres que se distinguen
por el espíritu de amor y solicitud para con todos, y a cuya autoridad,
conferida desde luego por Dios, todos se someten de buen grado".
(Decreto sobre el oficio pastoral de los Obispos, 16).
En esta función "los Obispos rigen, como vicarios y legados
de Cristo, las iglesias particulares que les han sido encomendadas...
Esta potestad que personalmente ejercen en nombre de Cristo es propia,
ordinaria e inmediata... En virtud de esta potestad, los Obispos tienen
el sagrado derecho, y ante Dios el deber, de legislar sobre sus súbditos,
de juzgarlos, y de regular todo cuanto pertenece a la organización
del culto y del apostolado... “(LG 27).
El Romano Pontífice tiene sobre el conjunto de la Iglesia "un
poder pleno, supremo y universal". (LG 22).
El conjunto del cuerpo episcopal o Colegio Episcopal, en unión
con el Papa, puede legislar para toda la Iglesia a través del Concilio
Ecuménico.
Cada uno en su propia comunidad o iglesia local (diócesis) ejerce
esta función no en nombre del Papa, sino en nombre de Cristo, aunque
en el ejercicio está sujeto a la regulación última
de la autoridad suprema de la Iglesia.
II- EL PRIMADO
DE PEDRO
Al Primado de Pedro sucede el Primado
Romano. Es decir, lo mismo que fue Pedro al frente del Colegio apostólico,
así también ahora, el sucesor de Pedro, el Obispo de Roma,
es el "principio y fundamento, perpetuo y visible, de unidad y de
comunión" (LG 18) en toda la Iglesia.
Esto quiere decir que la Cabeza visible del Colegio Episcopal y de toda
la Iglesia es el Papa, que es como se designa al Obispo de Roma en su
calidad de cabeza suprema de toda la Iglesia visible.
1.- LA PROMESA Y LA INSTITUCIÓN DEL PRIMADO DE PEDRO
En el Nuevo Testamento, Pedro aparece siempre como el primero entre los
apóstoles, su portavoz, el primero a quien se apareció el
Señor (l Co 15,5).
Jesús promete a Pedro el Primado (ser Cabeza visible de la Iglesia)
en Cesárea (Mt. 16, 18-19). Jesús describe su función
en varios detalles: nombre nuevo (Kefas = Roca): le promete que será
la roca o fundamento de su Iglesia, sin excluir a los demás apóstoles
con los profetas (Ef 2, 19 ss), lo cual nos dice que cumple esta misión
en conexión con los demás apóstoles y la Iglesia
universal.
Piedra fundamental, el poder de las llaves y el poder de atar y desatar,
y luego en Lc 22, 27-32 el confirmar a los hermanos en la fe son distintas
expresiones e imágenes de la misión confiada a Pedro, que
más tarde, después de la Resurrección, junto el lago
de Tiberiades, le confirmará (Jn 21,15-17).
Pedro ejerció el Primado en la primitiva Iglesia. En los Hechos
de los Apóstoles aparece como dirigente responsable inspirado por
el Espíritu. Esto se puede ver en casi todos los primeros capítulos,
aunque, dada la situación sencilla de la Iglesia naciente, el ejercicio
de esta prerrogativa es de una forma modesta, y por otra parte la ejerce
siempre en contacto y comunión de caridad con toda la comunidad.
2.- LA SUCESIÓN EN EL PRIMADO DE PEDRO
Por la historia sabemos que Pedro fue a Roma y en esta ciudad ejerció
el Primado hasta que murió allí mismo el año 67 en
la persecución de Nerón.
Los primeros sucesores en la sede de Roma (Lino, Cleto, Cemente) recibieron
obediencia de todas las comunidades cristianas, tal como vemos por varios
testimonios de los primeros siglos. Para aquellas comunidades o iglesias
locales Roma era la sede de Pedro, y el Obispo de Roma, su sucesor con
los poderes y funciones que le correspondieron.
A lo largo de los siglos el Primado Romano ha experimentado influjos profanos
y diversas formas accidentales, de acuerdo con la cultura y situaciones
político-sociales de cada época.
Como en el caso de los demás dogmas, la Iglesia ha llegado a tomar
conciencia del dogma del Primado romano viviéndolo primero y después
lo plasmó en fórmulas dogmáticas.
En virtud de los datos de la Escritura, la Tradición y las definiciones
del Vaticano II, hoy la Iglesia mantiene claramente en su magisterio estas
dos afirnaciones:
-el sucesor de Pedro es el Obispo de Roma,
-el Romano Pontífice es la Cabeza visible de toda la iglesia
3.- LA FUNCIÓN DEL PAPA EN LA IGLESIA
Pedro y los once, el Papa y los Obispos, no son los sucesores de Cristo,
sino sus vicarios, ya que el Señor sigue siendo el Pastor de su
Pueblo, y realiza esta función de manera invisible por el Espíritu,
y de manera visible por los miembros de la jerarquía.
El Papa es, pues, el Vicario de Cristo en la tierra.
Los sucesores de los Apóstoles han recibido de Cristo la misión
de enseñar, santificar y gobernar el Pueblo de Dios. Cada Obispo
en su diócesis ejerce un poder ordinario e inmediato: es decir,
no es un delegado del Papa. Pero no lo puede ejercer independientemente
del cuerpo del que forma parte, y que está representado por su
Cabeza, el Papa.
Lo mismo que a Pedro, también a sus sucesores fueron dados estos
poderes para ejercerlos a nivel de la Iglesia universal.
La potestad del Papa sobre la Iglesia universal es suprema, total, ordinaria
e inmediata, o sea, se extiende al conjunto de la Iglesia, no depende
de ningún otro, y comprende la plenitud de los poderes confiados
por Cristo.
Sin embargo, no es un poder absoluto: pues en el ejercicio
de estos poderes depende de Cristo y los ejerce en comunión con
el conjunto de los Obispos. Ni tampoco es el Obispo de todos los cristianos.
El Papa es Obispo de Roma, y Padre y Pastor supremo de toda la Iglesia.
El poder de enseñar o Magisterio en él
puede ser ordinario o extraordinario, según la forma de ejercerlo
y si se extiende a toda la Iglesia.
Es ordinario el que ejerce constantemente para confirmar
a los hermanos en la fe, transmitir el mensaje de Cristo en su integridad
y asegurar la unidad en la fe. Las formas pueden ser muy diversas y más
o menos solemnes: encíclicas, bulas, cartas apostólicas,
discursos, homilías, moniciones, prescripciones canónicas,
etc.
El extraordinario sólo lo ejerce cuando habla
solemnemente ("ex cáthedra"), definiendo verdades de
fe o de moral, y como Pastor y Maestro de toda la Iglesia. Esta forma
de intervención está asistida por la infalibilidad, actualmente
es muy rara, y después de haberla definido conciliarmente en 1870,
solamente la usó Pío XII en 1950 al definir el dogma de
la Asunción.
El carisma de la infalibilidad no coloca al Papa por encima de la Iglesia.
Al definir una verdad se expresa en nombre de la Iglesia, no solitariamente,
sino solidariamente, porque, es su Cabeza visible.
El Papa es también Cabeza del gobierno supremo de la Iglesia, y
por tanto el legislador supremo. El es, en consecuencia
el que promulga las leyes de la Iglesia, como acaba de hacer al promulgar
el nuevo Código de Derecho Canónico el pasado 25 de Enero.
LA VOZ DE LA TRADICIÓN
La sucesión apostólica
en la sede de Pedro
Por San Ireneo de Lyón
San Ireneo nació hacia el
130, siendo educado en Esmirna, donde aprende la doctrina cristiana de
San Policarpo, discípulo del Apóstol San Juan. Más
tarde se traslada a Lyón, y allí ya era presbítero
cuando es martirizado el obispo. Poco después es elegido obispo
de Lyón y fue martirizado hacia el año 200. Combatió
las doctrinas gnósticas. Su obra principal, de la que damos a continuación
algunos fragmentos, fue Adversus haereses (Contra las herejías),
que le acredita como el primer teólogo que aparece en la historia
del cristianismo, después de San Pablo.
(La traducción está tomada de la Obra de JOSE VIVES, Los
Padres de la Iglesia, Herder, Barcelona 1982, pgs. 188-193)
El orden sucesorio de las Iglesias.
La Iglesia romana
Sería muy largo en un escrito como el presente enumerar la lista
sucesoria de todas las Iglesias. Por ello indicaremos cómo la mayor
de ellas, la más antigua y la más conocida de todas, la
Iglesia que en Roma fundaron y establecieron los dos g1oriosísimos
apóstoles Pedro y Pablo, tiene una tradición que arranca
de los apóstoles y llega hasta nosotros, en la predicación
de la fe a los hombres (cf. Rom 1, 8), a través de la sucesión
de los obispos. Así confundimos a todos aquellos que, de cualquier
manera, ya sea por complacerse a sí mismos, ya por vana gloria,
ya por ceguedad o falsedad de juicio, se juntan en grupos ilegítimos.
En efecto, con esta Iglesia (romana), a causa de la mayor autoridad de
su ori?gen, ha de estar necesariamente de acuerdo toda otra Iglesia, es
decir, los fieles de todas partes; en ella siempre se ha conservado por
todos los que vienen de todas partes aquella tradición que arranca
de los apóstoles. En efecto, los apóstoles, habiendo fundado
y edificado esta Iglesia, entregaron a Lino el cargo episcopal de su administración;
y de este Lino hace mención Pablo en la carta de Timoteo. A él
le sucedió Anacleto, y después de éste, en el tercer
lugar a partir de los apóstoles, cayó en suerte el episcopado
a Clemente, el cual había visto a los mismos apóstoles,
y había conversado con ellos: y no era el único en esta
situación, sino que todavía resonaba la predicación
de los apóstoles, y tenía la tradición ante los ojos,
ya que sobrevivían todavía muchos que habían sido
enseñados por los apóstoles. En ?tiempo de este Clemente,
surgió una no pequeña disensión entre los hermanos
de Corinto, y la Iglesia de Roma envió a los de Corinto un escrito
muy adecuado para reducirlos a la paz y para restaurar su fe y dar a conocer
la tradición que hacía poco habían recibido de los
apóstoles, a saber, que hay un solo Dios todopoderoso, creador
del cielo y de la tierra, creador del hombre, que causó el diluvio
y llamó a Abraham, que sacó a su pueblo de Egipto, habló
a Moisés, estableció la ley, envió a los profetas
y "preparó el fuego para el diablo y para sus ángeles"
(Mt 25, 41). Que este Dios es predicado por las Iglesias como el Padre
de nuestro Señor Jesucristo, pueden comprobarlo a partir de este
mismo escrito los que quieran. Asimismo pueden conocer en él cuál
es la tradición apostólica de la Iglesia, ya que esta carta
es más antigua que los que ahora enseñan falsamente e inventan
un segundo Dios por encima del creador y hacedor de nuestro universo
A Clemente sucedió Evaristo, y a éste Alejandro. Luego,
en el sexto lugar a partir de los apóstoles, fue nombrado Sixto,
y después de éste Telésforo, que tuvo un martirio
gloriosísirno. Luego, Higinio; luego, Pío, y luego Aniceto;
y habiendo Sotero sucedido a Aniceto, ahora, en el duodécimo lugar
después de los apóstoles, ocupa el cargo episcopal Eleuterio.
Según este orden y esta sucesión, la tradición de
la Iglesia que arranca de los apóstoles y la predicación
de la verdad han llegado hasta nosotros. Esta es una prueba suficientísima
de que una fe idéntica y vivificadora se ha conservado y se ha
transmitido dentro de la verdad en la Iglesia desde los apóstoles
hasta nosotros. (Adv. Haer. IlI, 3, 2ss)
La pureza de la fe y la tradición de la Iglesia
Era tal el cuidado que tenían los apóstoles y sus discípulos,
que ni siquiera querían tener comunicación verbal con alguno
de los que desfiguran la verdad, tal como dice el Apóstol: "Después
de una primera y una segunda admonición, evita al hereje, pues
has de saber que tal hombre es un pervertido, que está en pecado
y es autor de su propia condenación" (Tit 3,10).
Existe una carta muy bien escrita de Policarpo a los de Filipos: en ella
los que quieran y los que se preocupan de su salvación pueden aprender
las características de la fe de aquél y la verdad que predicaba.
Asimismo, la Iglesia de Éfeso, fundada por Pablo y en la que vivió
Juan hasta los tiempos de Trajano, es un testigo verdadero de la tradición
de los apóstoles. (Ib III, 3,4)
Hay que recurrir a la tradición apostólica
Siendo nuestros argumentos de tanto peso, no hay para qué ir a
buscar todavía de otros la verdad que tan fácilmente se
encuentra en la Iglesia, ya que los apóstoles depositaron en ella,
como en una despensa opulenta, todo lo que pertenece a la verdad, a fin
de que todo el que quiera pueda tomar de ella la bebida de la vida. Y
esta es la puerta de la vida: todos los demás son salteadores y
ladrones. Por esto hay que evitarlos, y en cambio hay que poner suma diligencia
en amar las cosas de la Iglesia y en captar la tradición de la
verdad. Y esto ¿qué implica? Si surgiese alguna discusión,
aunque fuese de alguna cuestión de poca monta, ¿no habría
que recurrir a las iglesias antiquísimas que habían gozado
de la presencia de los apóstoles, para tomar de ellas lo que fuere
cierto y claro acerca de la cuestión en litigio? Si los apóstoles
no nos hubieran dejado las Escrituras, ¿acaso no habrá que
seguir el orden de la tradición, que ellos entregaron a aquellos
a quienes confiaban las Iglesias? Precisamente a este orden han dado su
asentimiento muchos pueblos bárbaros que creen en Cristo; ellos
poseen la salvación, escrita por el Espíritu Santo sin tinta
ni papel en sus propios corazones (cf 2 Cor 3, 3) y conservan cuidadosamente
la tradición antigua, creyendo en un solo Dios... (Ib. III, 4,
1 ss)
La Iglesia, custodio de la fe,
por la presencia del Espíritu en ella
La predicación de la Iglesia es la misma en todas partes y permanece
igual a sí misma, pues se apoya en el testimonio de los profetas
y de los apóstoles y de todos los discípulos, a través
de los comienzos, el medio y el fin, a través de la economía
divina y de la acción ordinaria de Dios que se manifiesta en nuestra
fe en orden a la salud del hombre. Esta fe que la Iglesia ha recibido,
nosotros la custodiamos, y es como un licor exquisito que se guarda en
un vaso de calidad y que, bajo la acción del Espíritu de
Dios se rejuvenece constantemente y hace rejuvenecer al mismo vaso en
el que está colocado. Porque, en efecto, a la Iglesia ha sido confiado
este don de Dios a la manera como Dios nos confió su soplo al barro
modelado, a fin de que al recibirlo todos los miembros recibieran la vida:
y con este don va implicada la transformación en Cristo, es decir,
el Espíritu Santo, que es prenda de incorrupción, fuerza
de nuestra fe y escala por la que subimos hasta Dios. Porque, dice Pablo
(1 Cor 12, 28): "Dios puso en su Iglesia apóstoles, profetas
y doctores" y todas las demás manifestaciones de la acción
del Espíritu, del cual no participan quienes no se acogen a la
Iglesia. Estos se engañan a sí mismos y se excluyen de la
vida por sus doctrinas malas y sus acciones perversas.
Porque, donde está la Iglesia,
allí está el Espíritu de Dios: y donde está
el ?Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y la totalidad
de la gracia. El Espíritu es la verdad. Por esto, los que no participan
del Espíritu, ni van a buscar el alimento de la vida en los pechos
de su madre (la Iglesia), ni reciben nada de la limpidísima fuente
que brota del Cuerpo de Cristo, sino que por el contrario "ellos
mismos se construyen cisternas agrietadas" (Jer 2, 13) hurgando la
tierra y beben el agua maloliente del fango, al querer escapar a la fe
de la Iglesia por temor de equivocarse rechazan el Espíritu, y
así no pueden recibir enseñanza alguna. (Ib. III. 24, 1)
Los presbíteros de la Iglesia tienen el carisma de la verdad
Hay que obedecer a los presbíteros
que están en la Iglesia, a saber, a los que son sucesores de los
apóstoles y que juntamente con su sucesión en el episcopado
han recibido por voluntad del Padre el carisma seguro de la verdad. En
cambio, hemos de sospechar de aquellos que se separan de la línea
sucesora original, reuniéndose en cualquier lugar: o son herejes
y perversos en sus doctrinas, o al menos cismáticos, orgullosos
y autosuficientes, o bien hipócritas que actúan por deseo
del lucro o de vana gloria. Todos ellos se apartan de la verdad... y de
todos ellos hay que apartarse. Por el contrario, como acabamos de decir,
hay que adherirse a los que conservan la doctrina de los apóstoles
y a los que dentro del orden presbiteral hablan palabras sanas y viven
irreprochablemente para ejemplo y enmienda de los demás... Los
tales viven en la Iglesia... y el apóstol Pablo nos enseña
dónde podemos encontrarlos cuando dice: "Puso Dios en la Iglesia,
primero los apóstoles, luego los profetas, y en tercer lugar los
doctores" (1 Cor 12, 28). Así pues, allí donde han
sido depositados los carismas de Dios, allí hay que ir a aprender
la verdad, es decir, de los que tienen la sucesión eclesial que
viene de los apóstoles, de los que consta que tienen una vida sana
e irreprochable y una palabra no adulterada ni corrupta. Estos son los
que conservan nuestra fe en el Dios único que hizo todas las cosas,
y los que nos hacen crecer en el amor para con el Hijo de Dios que ha
cumplido en favor nuestro tan grandes designios, y los que nos declaran
las Escrituras de una manera segura, sin blasfemar de Dios, sin deshonrar
a los patriarcas y sin despreciar a los profetas. (Ib. IV, 26,2)
Tema 6
La evangelización como misión de toda la Iglesia
NOTA
Para el desarrollo de este tema basta seguir la Exhortación Apostólica
de Pablo VI sobre la Evangelización (Evangelli nuntiandi). Trataremos
tan sólo de introducir el tema utilizando ideas de la misma exhortación.
Remitimos también al número 20 de KOINONIA, dedicado a la
Evangelización.
El mandato de Jesús de proclamar el Evangelio y llevarlo hasta
los confines del mundo afecta a toda la Iglesia.
"El Concilio Vaticano II ha dado una respuesta clara: “Incumbe
a la Iglesia por mandato divino ir por todo el mundo y anunciar el Evangelio
a toda creatura” (Declaración sobre la libertad religiosa,
13). Y en otro texto afirma: “La Iglesia en?tera es misionera, la
obra de evangelización es un deber fundamental del Pueblo de Dios”
(Decrt. sobre la actividad misionera, 35)" (EN. 59)
Para la iglesia, por tanto, el proclamar el mensaje evangélico
no es algo facultativo, sino un deber que ha recibido por mandato del
Señor, para que los hombres crean y se salven.
JESUS Y LA EVANGELIZACION
La evangelización fue la misión de Jesús enviado
por el Padre y ungido por el Espíritu Santo para evangelizar a
los pobres.
Jesús, la Palabra del Padre hecha carne, fue el verdadero evangelizador:
no sólo con sus palabras, sino también y principalmente
con sus obras, con la ofrenda y sacrificio de su propia vida.
- Anunció el Reino de Dios como lo verdaderamente importante y
a lo que hay que supeditar todas las demás cosas. "EI Reino
es absoluto y todo el resto es relativo" (EV, 8).
- El centro de la Buena Nueva fue la salvación, como don gratuito
de Dios y que es liberación de cuanto oprime al hombre. Esta salvación
se logra por su muerte y resurrección.
- El Reino y la salvación son para todo hombre como pura gracia,
como pura misericordia que Dios le ofrece, pero que cada uno debe aceptar
con el mínimo esfuerzo que se le pide, y en cierta forma conquistar
(Mt 11, 12: Lc 16, 16), por sus disposiciones espirituales, arrepentimiento,
conversión radical o cambio de la mente y el corazón.
- La palabra de Cristo con la que El proclamó el Reino de Dios
tiene el poder de tocar el corazón del hombre y de hacerla cambiar.
- A su palabra acompañan los signos, los cuales, a su vez, cuestionan,
arrastran, atraen hacia El para escucharle y dejarse transformar. Entre
estos signos El da gran importancia a éste: los pobres son evangelizados,
es decir, son convertidos por la fe en sus discípulos para formar
la comunidad de los que creen en El.
Pero el signo más decisivo de toda evangelización fue su
muerte, resurrección y el envío del Espíritu Santo.
- Como consecuencia, los que acogen el mensaje de la Buena Nueva, es decir,
los que se convierten y llegan a la fe en El, forman una comunidad cristiana:
entran a formar parte del Pueblo de Dios, forman la Iglesia.
¿QUE ES EXACTAMENTE LO QUE MAS CLARAMENTE HAY QUE PROCLAMAR?
"Evangelizar es ante todo dar testimonio,
de una manera directa y sencilla, de Dios, revelado por Jesucristo mediante
el Espíritu Santo. Testimoniar que ha amado al mundo en su Hijo;
que en su Verbo Encarnado ha dado a todas las cosas el ser, y ha llamado
a los hombres a la vida eterna" (EN, 26).
"Para muchos es posible que este
testimonio de Dios evoque al Dios desconocido, a quien invocan sin darle
un nombre concreto, o a quien buscan por sentir una llamada secreta en
el corazón, al experimentar la vacuidad de todos los ídolos.
Pero este testimonio resulta plenamente evangelizador cuando pone de manifiesto
que para el hombre el Creador no es un poder anónimo y lejano:
es el Padre. 'Nosotros somos llamados hijos de Dios y en verdad lo somos',
y por tanto somos hermanos los unos de los otros. en Dios". (Id.)
"La evangelización también
debe contener siempre -como base, centro y, a la vez. culmen de su dinamismo-
una clara proclamación de que en Jesucristo, Hijo de Dios hecho
hombre, muerto y resucitado, se ofrece la salvación a todos los
hombres, como don de la gracia. y de la misericordia de Dios" (EN,
17).
EVANGELIZAR ES LA MISION ESENCIAL DE LA IGLESIA
- A la comunidad de sus discípulos Jesús dio el encargo;
"Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación.
El que crea y se bautice se salvará; el que no crea, se condenará"
(Mc 16, 15-16).
Este encargo es para todos los cristianos, pues si ellos ya están
en la comunidad de salvación, ellos pueden y deben difundir esta
salvación a los demás.
- Toda la Iglesia es receptora de este mandato de evangelizar a todos
los hombres.
- Es la misión esencial de la Iglesia.
- "Evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la
Iglesia, su identidad más profunda. Ella, existe para evangelizar,
es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia,
reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo
en la Santa Misa, memoria de su muerte y resurrección gloriosa"
(EN. 14).
- La Iglesia nace de la acción evangelizadora de Jesús y
de los Doce, y en el desarrollo de su historia está vinculada a
la evangelización.
- Nacida de la misión de Jesús es enviada a su vez por El:
ella es su prolongación en el mundo y en la historia, el signo
de la presencia de Cristo resucitado en el mundo.
La Iglesia debe continuar ante todo la misión de Jesús,
debe seguir evangelizando. Toda su riqueza interior, toda la posesión
de la verdad y de los dones de la gracia que hay en ella deben convertirse
en testimonio que sea una verdadera predicación de la Buena Nueva
y que provoque la conversión de los hombres.
- "Evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí
misma... Tiene necesidad de escuchar sin cesar lo que debe creer, las
razones para esperar, el mandamiento nuevo del amor... En una palabra,
esto quiere decir que la Iglesia siempre ?tiene necesidad de ser evangelizada
si quiere conservar su frescor, su impulso y su fuerza para anunciar el
Evangelio" (EN, 15).
- Es la Iglesia la que fue depositaria de la Buena Nueva que se debe anunciar:
a ella se le confió el contenido del Evangelio como un depósito
viviente para comunicarlo a todos los hombres ..
- "Enviada y evangelizada, la Iglesia misma, envía a los evangelizadores:
éstos no van a predicarse a sí mismos, ni tampoco sus ideas
personales, sino el Evangelio del que ni ellos ni la Iglesia son dueños,
ni pueden presentarlo conforme a su arbitrio" .
- Cristo - Iglesia - Evangelización: es una sucesión y concatenación
de causa que hemos de tener siempre presente.
"Evangelizar no es para nadie un acto individual y aislado, sino
profundamente eclesial... Si cada cual evangeliza en nombre de la Iglesia,
que a su vez lo hace en virtud de un mandato del Señor, ningún
evangelizador es el dueño absoluto de su acción evangelizadora,
con un poder discrecional para cumplirla según los criterios y
perspectivas individualistas, sino en comunión con la Iglesia y
sus pastores" (EN, 60).
Tema 7:
Presencia de la Iglesia en el mundo
1 - Pastores y laicos
Todo lo que hemos dicho hasta ahora sobre
el Pueblo de Dios afecta por igual a los miembros de la jerarquía
(pastores), a los religiosos y a los laicos...
A los Pastores corresponde "apacentar a los fieles y reconocer sus
servicios y carismas de tal suerte que todos, a su modo, cooperan unánimemente
a la obra común" (LG 30, cf: Decreto sobre apostolado de los
laicos, 3).
Los laicos están "incorporados a Cristo por el Bautismo, integrados
en el Pueblo de Dios y hasta hechos partícipes, a su modo, de la
función sacerdotal, profética y real de Cristo", y
por tanto "ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de
todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde" (LG
31: Decreto sobre apostolado de los laicos, 2).
Hay por tanto una igualdad previa de todos los miembros del Pueblo de
Dios.
-Es común: -la dignidad de los miembros que deriva de su regeneración
en Cristo
-la gracia de la filiación,
-la llamada a la perfección: todos llamados a la santidad;
-Hay igualdad: - en cuanto a la dignidad y a la acción común
en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo;
-Entre los pastores y laicos debe haber:
- solidaridad,
- recíproca necesidad,
- los Pastores están al servicio los unos de los otros y al de
los restantes fieles.
- los fieles se asocien gozosamente al trabajo de los Pastores y doctores
(LG 32).
Por consiguiente: hay "diversidad de ministerios, pero unidad de
misión" (Decreto apostolado de los laicos, 2)
2.- Misión de los laicos
Dentro de la Iglesia:
-están "llamados a contribuir con todas sus fuerzas al crecimiento
de la Iglesia y a su continua santificación" (LG 33). "Es
tan estrecha la conexión y trabazón de los miembros en este
Cuerpo, que el miembro que no contribuye según su propia capacidad
al aumento del cuerpo debe reputarse como inútil para la Iglesia
y para sí mismo" (Apostolado de laicos, 2):
-en virtud del bautismo y de la confirmación están destinados
a participar en la misma misión salvífica de la Iglesia
(LG 33);
-especialmente llamados a hacer presente y operante a la Iglesia en aquellos
lugares y circunstancias en que sólo pueden llegar a ser sal de
la tierra a través de ellos;
-pueden ser llamados de diversos modos a una colaboración más
inmediata con el apostolado de la jerarquía;
-poseen aptitud de ser asumidos por la Jerarquía para ciertos cargos
eclesiásticos (LG 33).
Para con la Jerarquía:
-tienen la facultad, y a veces el deber, de exponer su parecer sobre asuntos
concernientes al bien de la Iglesia;
-acepten con prontitud la obediencia a los Pastores en cuanto representantes
de Cristo a aquello que establecen en la Iglesia como maestros y gobernantes;
-los Pastores, a su vez, deben reconocer y promover la dignidad y la responsabilidad
de los laicos en la Iglesia. Deben recurrir a su consejo, encomendarles
cargos en servicio de la Iglesia, darles libertad y oportunidad para actuar.
Más aun, deben animarles a emprender obras por propia iniciativa;
-entre laicos y Pastores debe haber un trato familiar: esto robustece
el sentido de su responsabilidad, se fomenta el entusiasmo y con ello
se asocian las fuerzas de los laicos al trabajo de los Pastores.
Para con el mundo:
-la misma misión de la Iglesia: es decir: "impregnar y perfeccionar
todo el orden temporal con el espíritu evangélico"
(D. apostolado de los laicos, 5);
- "todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas,
la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso de alma
y cuerpo, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas
de la vida, si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios
espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo" (LG 34);
-consagran el mundo mismo a Dios;
-como partícipes de la misión profética de Cristo
son tes?tigos y, dotados del sentido de la fe y de la gracia de la palabra,
hacen que la virtud del Evangelio bril1e en la vida diaria, familiar y
social (LG 35);
-este anuncio de Cristo por el testimonio
de la vida y por ?la palabra es su forma de evangelización, de
una característica específica y eficacia singular porque
se realiza en las condiciones comunes del mundo (LG 35);
-en toda esta tarea resalta la vida matrimonial y familiar;
-aunque estén ocupados en los cuidados temporales, pueden y deben
desplegar una actividad muy valiosa para la evangelización;
-todos contribuyen a la dilatación y crecimiento del Reino de Dios,
lo cual les exige un conocimiento más profundo de la verdad revelada
y que pidan a Dios el don de la sabiduría (LG 35).
Para con las estructuras humanas:
- “todo lo que constituye el orden temporal: bienes de la vida y
de la familia, la cultura, la economía, las artes y las profesiones,
las instituciones de la comunidad política, las relaciones internacionales
y otras realidades semejantes, así como su evolución y progreso,
no son solamente medios para el fin último del hombre, sino que
tienen además un valor propio puesto por Dios en ellos ... Es preciso
que los seglares acepten como obligación propia el instaurar el
orden temporal y el actuar directamente y de forma concreta en dicho orden"
(Apostolado de los laicos, 7);
-"tengan en sumo aprecio el dominio de la propia profesión,
el sentido familiar y cívico y todas aquellas virtudes que se refieren
a las relaciones sociales, esto es, la honradez, el espíritu de
justicia, la sinceridad, los buenos sentimientos, la fortaleza de alma,
sin las cuales no puede darse una auténtica vida cristiana"
(Ib, 4);
- "con su competencia en los asuntos profanos y con su actividad
elevada desde dentro por la gracia de Cristo, contribuyen eficazmente
a que los bienes creados ... sean promovidos, mediante el trabajo humano,
la técnica y la cultura civil, para utilidad de todos los hombres
sin excepción...;
-coordinen sus esfuerzos para sanear las estructuras y los ambientes del
mundo...;
-impregnen de valor moral la cultura y las relaciones humanas...;
-aprendan a saber distinguir los derechos y deberes que les conciernen
por su pertenencia a la Iglesia y los que les competen en cuanto miembros
de la sociedad humana. Deben saber conciliarlos entre sí: en cualquier
asunto temporal deben guiarse por la conciencia cristiana, pues ninguna
actividad humana puede sustraerse al imperio de Dios. "Es sumamente
necesario que esta distinción y simultánea armonía
resalte con suma claridad en la actuación de los fieles" (LG
36).
Campo del apostolado:
-los seglares ejercen su múltiple apostolado tanto en la Iglesia
como en el mundo. En uno y otro orden se abren variados campos a la actividad
apostólica, de los que queremos recordar aquí los principales.
Son estos:
- las comunidades de la Iglesia,
- la familia,
- la juventud,
- el ambiente social,
- los órdenes nacional e internacional (Apostolado de laicos, 9).
Todo este compromiso lo podemos sintetizar en tres puntos fundamentales:
la familia, el trabajo y la sociedad en general.
1- LA FAMILIA
Cuando hablamos de un compromiso en la propia familia no nos referimos
a ninguna decisión unilateral que cada uno de nosotros debe tomar
en el seno de la familia, sino de la asunción responsable de la
llamada de Dios. Como dice San Pablo: “…cada uno tiene de
Dios su carisma particular" (1 Co 7, 7). El cristiano que ha recibido
la llamada a la vida matrimonial ha recibido con ésta una misión
conyugal y familiar concreta. Hablar de compromiso en la propia familia
no es nada más que asumir responsablemente esta misión que
Dios da junto con cada vocación.
"¿Qué hemos de hacer?", preguntaba la gente a
los apóstoles el día de Pentecostés (Hch 2, 37).
Acoger la Palabra de Dios es acoger en primer lugar la propia vocación,
y por lo tanto ponerse al servicio de la misión recibida por Dios.
Cuando decimos que el matrimonio entre cristianos es un sacramento, indicamos
nuestra fe de que en la alianza de amor entre un hombre y una mujer se
hace presente también la alianza de Dios con estas personas, y
que, por tanto, nace ahí una pequeña comunidad cristiana.
San Juan Crisóstomo llamaba al matrimonio y a la familia, iglesia
doméstica, pequeña iglesia. El matrimonio cristiano es el
inicio de una "pequeña comunidad cristiana", una pequeña
comunidad dentro de la gran comunidad. En la medida que vamos descubriendo
cada vez más el sentido de la comunidad cristiana, podemos ir descubriendo
este aspecto del matrimonio y la familia cristiana. Tertuliano decía
del matrimonio cristiano que "lo consolida la Comunidad, lo fortalece
la Asamblea eucarística y lo hace crecer la Oración"
(Ad Uxorem 2, 9).
La misión dentro de la propia familia se extiende por lo tanto
a todos los aspectos de la construcción de la comunidad familiar.
Esta misión familiar es primera y es la base para poder hablar
de una misión o ministerio dentro de la comunidad cristiana. San
Pablo, decía refiriéndose a los que tenían que ocupar
un servicio de responsabilidad dentro de la comunidad: "si alguno
no es capaz de gobernar su propia casa, ¿cómo podrá
cuidar de la Iglesia de Dios?" (1 Tm 3, 5). Los distintos aspectos
de la comunidad familiar los podemos sintetizar en tres:
1) Comunidad de amor: Crecer cada día más
en el amor mutuo, esta es una de las misiones fundamentales del matrimonio
cristiano. Esto supone:
-el reconocimiento cada vez mayor de la dignidad personal del hombre y
de la mujer en el mutuo y pleno amor (cf. GS 49). No podemos olvidar que
nos movemos en una sociedad que mantiene esquemas excesivamente machistas,
y que el cristiano si quiere vivir dentro de una verdadera conversión
ha de esforzarse continuamente por hacer desaparecer aun los rastros de
este tipo de mentalidad;
-el diálogo y la comunicación
dentro de la pareja y con los hijos. No basta el convencimiento del mutuo
amor, sino que éste debe ir acompañado de profundos momentos
de diálogo en que cada uno pueda expresar lo que piensa, lo que
siente y lo que espera. Crecer en el diálogo es crecer en el amor.
Aunque esto suponga esfuerzo. El diálogo matrimonial puede ser
en muchos casos uno de los mejores caminos espirituales para salir de
uno mismo y romper el propio egoísmo;
-una cuidadosa cooperación de los padres en la educación
de los hijos. A este respecto señala el Concilio: "La activa
presencia del padre contribuye sobremanera a la formación de los
hijos; pero también debe asegurarse el cuidado de la madre en el
hogar" (GS 52). Los hijos acostumbran a necesitar mucha más
dedicación de la que el padre o la madre normalmente les dan;
-la mutua entrega y la fidelidad: son tantas las formas que adquiere la
entrega y la fidelidad que siempre hay aspectos en los que se puede crecer.
2) Comunidad de oración: Para la misma familia
cristiana, en la medida en que se va descubriendo el sentido de la comunidad
cristiana, la familia va apareciendo cada vez más como una pequeña
comunidad en que se realiza la palabra de Jesús: "Donde dos
o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio
de ellos" (Mt 18, 20). Esta dimensión de oración supone:
-la comunión y participación en la comunidad cristiana.
El matrimonio y la familia deben sentirse miembros de una comunidad cristiana
si quieren poder vivir en plenitud la gracia de Cristo;
-la oración en común: uno de los grandes medios de crecimiento
del matrimonio es la oración matrimonial. No es ésta fácil.
Pero es una gran bendición cuando se produce. Lo mismo se puede
decir de la oración familiar. Costumbres como la de la bendición
de la mesa son cosas que no se deberían perder.
3) Comunidad de testimonio: Señala el Concilio
con todo acierto que "si los esposos cristianos brillan con el testimonio
de su fidelidad y armonía en el mutuo amor y en el cuidado por
la educación de sus hijos, y si participan en la necesaria renovación
cultural, psicológica y social en favor del matrimonio y de la
familia, se apreciará notablemente el genuino amor conyugal y se
formará una opinión pública sana acerca del matrimonio"
(GS 49). La mejor forma de luchar por una renovación de la familia
en nuestra sociedad y ayudar a alejar la plaga del divorcio es el testimonio
de familias configuradas de verdad según el Evangelio.
II.- EL TRABAJO
El hombre no se realiza solamente en la familia, sino que gran parte de
su tiempo y de sus esfuerzos cotidianos están ocupados por el trabajo.
Es, por consiguiente, muy importante saber contemplar el trabajo a la
luz del Evangelio, la misión que el creyente tiene en él
y el compromiso que de allí se deriva.
Para ello es conveniente tener en cuenta tres puntos:
1) El trabajo es parte fundamental de la vocación humana.
El trabajo no es desde el punto de vista bíblico una maldición
o una esclavitud, sino una vocación que Dios ha hecho al hombre.
En la expresión "henchid la tierra y sometedla" (Gn l,
28) podemos ver ref1ejado el hecho que "el hombre está desde
el principio llamado al trabajo" (JUAN PABLO II, Laborem exercens,
introd.). Se trata de "una dimensión fundamental de la existencia
humana" (núm. 1) por medio de la cual "el hombre no sólo
transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades,
sino que se realiza a sí mismo como hombre" (núm. 9).
De este modo, mediante el trabajo, el hombre puede acercarse a Dios, pues
cuando lo realiza de forma que resulte en servicio de los demás
está desarrollando la obra del Creador y está contribuyendo
de modo personal a que se cumplan los designios salvíficos de Dios
(cf. núm. 24-25; GS 34). El trabajo realizado al servicio de la
humanidad:
-es colaboración en la obra creadora de Dios: "los cristianos
lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al
poder de Dios..., están, por el contrario, persuadidos de que las
victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de
su inefable designio" (GS 34);
- es colaboración en la obra redentora
de Cristo: por medio del esfuerzo, el cansancio, la lucha, "el cristiano
descubre en el trabajo humano una pequeña parte de la cruz de Cristo",
pero al mismo tiempo descubre "siempre un tenue resplandor de la
vida nueva... casi como un anuncio de “los nuevos cielos y tierra
nueva", que no es sino una participación de la resurrección
de Cristo (cf. núm. 27).
2) El valor humano del trabajo. Muchas veces el trabajo
se realiza en condiciones que tienden a reducir al hombre a una máquina,
si no a un esclavo. Es importante que el cristiano sepa aplicar la frase
de Jesús "el sábado ha sido instituido para el hombre
y no el hombre para el sábado" (Mc 2, 27), tal como lo hace
Juan Pablo II: "el trabajo está en función del hombre
y no el hombre en función del trabajo" (núm. 8). Esto
quiere decir que desde el punto de vista evangélico "el fundamento
para determinar el valor del trabajo humano no es en primer lugar el tipo
de trabajo que se realiza, sino el hecho de que quien lo ejecuta es una
persona" (núm. 6). Esto supone:
-que no se puede valorar las personas por el tipo de trabajo que realizan,
introduciendo así distinción de personas. En la sociedad
se valora de forma distinta el trabajo directivo que el trabajo manual
o intelectual: o se valoran los trabajos según el rendimiento económico
inmediato que producen;
-que no se pueden aplicar los baremos de eficacia, sin tener en cuenta
el valor fundamental de lo personal. Es a través de tales principios
como se da en la sociedad una desigualdad entre el trabajo de la mujer
casada y el de la mujer soltera; o se aleja del mundo del trabajo a los
disminuidos o a los ancianos.
3) Una mayor justicia. El compromiso del cristiano en
el trabajo debe ir llevando a una lucha por una mayor justicia en todas
las relaciones laborales. Los problemas de la sociedad actual afectan
profundamente al campo del trabajo: paro, salarios bajos, absentismo,
seguridad social. Es importante que el compromiso del cristiano se exprese
en todos estos aspectos, que tanto afectan a la construcción de
una sociedad más justa y al establecimiento de unas relaciones
humanas más fraternas. En este sentido quizá conviene recoger
algunos de los puntos señalados en la encíclica del Papa:
-necesidad de una mayor humanización del trabajo: "El hombre
que trabaja desea no sólo la debida remuneración por su
trabajo, sino también que sea tomada en consideración en
el proceso mismo de producción, la posibilidad de que él,
a la vez que trabaja incluso en una propiedad común, sea consciente
de que está trabajando “en algo propio” (núm.
15);
-el sentido evangélico de la propiedad: "La tradición
cristiana no ha sostenido nunca este derecho, el derecho a la propiedad
privada, como absoluto e intocable. Al contrario, siempre lo ha entendido
en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar
los bienes de la entera creación: el derecho a la propiedad privada
como subordinado al derecho al uso común, al destino universal
de los bienes... Los medios de producción no pueden ser poseídos
contra el trabajo, no pueden ser ni siquiera poseídos para poseer,
porque el único título legítimo para su posesión
-y esto ya sea en la forma de la propiedad privada, ya en la de la propiedad
pública o colectiva- es que sirvan al trabajo" (núm.
14);
-la necesidad de un esfuerzo de preparación cada vez mayor: "La
capacidad de trabajo (es decir, de participación eficiente en el
proceso moderno de producción) exige una preparación cada
vez mayor y, ante todo, una instrucción adecuada" (núm.
12);
-defensa de la mujer y de la familia: "Si se debe reconocer también
a las mujeres, como a los hombres, el derecho a acceder a las diversas
funciones públicas, la sociedad debe sin embargo, estructurarse
de manera tal que las esposas y madres no sean de hecho obligadas a trabajar
fuera de casa y que sus familias puedan vivir y prosperar dignamente,
aunque ellas se dediquen totalmente a la propia familia" (Familiaris
Consortio, núm. 23).
III.- LA SOCIEDAD
Nada de lo que es humano puede ser ajeno al cristiano, discípulo
de Jesús que dio la vida por todo hombre. Por eso el compromiso
cristiano se extiende a todas las esferas de la sociedad, procurando que
cada vez más se vaya realizando en medio del mundo el proyecto
creador de Dios, de que todos los hombres y la sociedad realice la semejanza
de Dios a cuya imagen ha sido creada.
Este compromiso del cristiano se puede expresar a muchos niveles, pero
no es el menor el de la mentalidad y los valores que configuran el vivir
cotidiano. Señalamos a continuación algunas de las áreas
más fundamentales:
1) Los derechos de la persona humana, que se ven conculcados
tan a menudo. El cristiano, por su parte, no puede olvidar que no sólo
está llamado a la defensa y vivencia de los derechos humanos universalmente
reconocidos, sino que debe recordar la palabra de Jesús: "Recordáis
que se os dijo..., pero yo os digo". Cuanto más grande es
la imagen y dignidad que uno se forma de la persona humana, más
grande es el respeto y amor que por ella debe sentir.
2) La cultura, que forma parte de la historia de los
pueblos y de toda la humanidad. Es por medio de la cultura como el hombre
puede desarrollarse en sus verdaderos valores personales. De ahí
la importancia del respeto, conservación y desarrollo de la cultura
propia de cada pueblo.
3) La conservación de la naturaleza. En la medida
en que el hombre pierde su contacto con la naturaleza y su respeto por
ella, se va deshumanizando cada vez más. De ahí la importancia
del desarrollo de un equilibrado ecologismo que nos ayude a mantener unas
condiciones humanas de vida.
4) La dimensión política de la vida. La
justicia social no puede construirse si no es mediante de una estructuración
política de la sociedad. Aquí, conservando el respeto a
las opciones personales de cada uno, hay que tomar conciencia de la responsabilidad
de nuestra participación y de la urgencia. Dice en este punto el
Concilio:
"Los cristianos deben tener conciencia de la vocación particular
y propia que tienen en la comunidad política; en virtud de esta
vocación están obligados a dar ejemplo de sentido de responsabilidad
y de servicio al bien común; así demostrarán también
con los hechos cómo pueden armonizarse la autoridad y la libertad,
la iniciativa personal y la necesaria solidaridad del cuerpo social, las
ventajas de la unidad combinada con la conveniente diversidad" (GS
núm. 75).
Para una mayor profundización en estos temas recordemos los siguientes
documentos del Magisterio:
CONCILIO VATICANO II, Constitución sobre la Iglesia en el mundo
actual "Gaudium et Spes"
JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica "Familiaris Consortio",
sobre la familia
JUAN PABLO II, Carta encíclica "Laborem exercens”: sobre
el trabajo.
La Iglesia
y la Virgen María
por el Cardenal Henri de Lubac
PARALELISMO DE MARIA Y LA IGLESIA
A LO LARGO DE LA TRADICION
Los lazos que existen entre la Iglesia y la Virgen María no son
solamente numerosos y estrechos, sino también esenciales. Están
íntimamente entretejidos. Estos dos misterios de nuestra fe son
más que solidarios: se ha podido decir que son "un solo y
único misterio". Digamos al menos que es tal la relación,
que entre ambos existe, que ganan mucho cuando el uno es ilustrado por
el otro; y aún más, que para poder entender uno de ellos,
es indispensable contemplar el otro.
En la Tradición, los mismos símbolos bíblicos se
aplican sucesiva o simultáneamente, y cada vez con mayor profusión,
a la Iglesia y a la Virgen. La una y la otra es la nueva Eva. La una y
la otra es igualmente el Paraíso y el árbol del Paraíso,
árbol cuyo fruto es Jesús, y también el gran árbol
que Nabucodonosor vio en sueños, plantado en medio de la tierra.
La una y la otra es el Arca de la Alianza, la Escala de Jacob, la Puerta
del cielo, y la Puerta oriental por la que entra nuestro Pontífice,
aquella Puerta elevada que abre el paso al Señor de Israel. La
una y la otra son la Casa construida en la cima de las montañas,
y el Vellón de Gedeón, y el Tabernáculo del Altísimo,
y el Trono de Salomón, y la Fortaleza inexpugnable. La una y la
otra son la Ciudad de Dios, la Ciudad del Gran Rey, aquella Ciudad mística
cantada por el Salmista, de la que se han dicho tantas cosas gloriosas.
La una y la otra son también la Mujer fuerte de los Proverbios,
la Esposa ataviada para comparecer ante su Esposo, la Mujer enemiga de
la Serpiente, y aquel gran signo aparecido en el cielo, que describe el
Apocalipsis: la Mujer vestida de Sol y victoriosa del Dragón. La
una y la otra -después de Cristo son la morada de la Sabiduría,
o su mesa, e incluso, después de Cristo, la misma Sabiduría.
La una y la otra son "un mundo nuevo", "una creación
pro?digiosa". La una y la otra reposan a la sombra de Cristo".
Pero en todo esto hay mucho más que un paralelismo o el uso alterno
de símbolos ambivalentes. La conciencia cristiana se percató
muy pronto de ello, y lo proclamó a lo largo de los siglos de mil
maneras, tanto en el arte y en la liturgia como en la literatura: María
es la “figura ideal de la Iglesia". Ella es su "sacramento".
Ella es "el espejo en el que se refleja toda la Iglesia". Doquiera
encuentra en ella la Iglesia su tipo y su ejemplar, su punto de origen
y de perfección. Ad vicem Matris ejus (Christi), Matris nostrae
Ecclesiae forma constituitur. En cada momento de su existencia María
habla y obra en nombre de la Iglesia –figuram in se santae Ecclesiae
demonstrat – no en virtud de decisión sobreañadida
ni, entiéndase bien, por efecto de una decisión explícita
por su parte, sino porque, por así decirlo, la lleva ya y la contiene
toda entera en su persona. Ella es, dice M. Olier, “el todo e la
Iglesia. Ella es “la Iglesia, reino y sacerdocio, reunida en una
sola persona”. Lo que las antiguas Escrituras anunciaban proféticamente
de la Iglesia recibe como una nueva aplicación en la persona de
la Virgen María, de la cual la Iglesia viene a ser de esta suerte
la figura: “¡Qué bellas son las cosas que, bajo la
figura de la Iglesia. han sido profetizadas de María!"
Y en cambio, lo que el Evangelio refiere
de la Virgen, prefigura de igual modo la naturaleza y los destinos de
la Iglesia: "Sicut María, ita et Ecclesia".
En todo cuanto de ella nos dice, latent Ecclesiae sacramenta.
"De esta suerte, la Virgen María, que fue la mejor parte de
la Iglesia antigua anterior a Cristo, mereció ser la Esposa de
Dios Padre para ser también el ejemplar de la Iglesia nueva, Esposa
del Hijo de Dios". Esto es lo que de igual manera se verifica tanto
bajo el uno como bajo el otro de los dos aspectos fundamentales que anteriormente
hemos distinguido en la Iglesia, aquel según el cual aparece como
santificante y aquel bajo el cual se muestra como santificada.
LA MATERNIDAD DE MARIA Y LA MATERNIDAD
DE LA IGLESIA
Según el primero de estos dos aspectos, la maternidad de la Virgen
es un trasunto acabado de la maternidad de la Iglesia. "Aquel a quien
la Virgen dio a luz, también lo da todos los días la Iglesia".
"La Virgen gloriosa, dice Honorio de Autun, representa a la Iglesia,
que también es virgen y madre. Madre porque, fecundada por el Espíritu
Santo, todos los días da a Dios nuevos hijos en el bautismo. Virgen
al mismo tiempo porque, conservando la integridad de la fe de una manera
inviolada, no se deja corromper en lo más mínimo por la
mancha de la herejía. Así también María, fue
madre al dar a luz a Jesús y Virgen al permanecer incorrupta después
del parto. "La una ha dado la salud a los pueblos, la otra da los
pueblos al Salvador. La una ha llevado la Vida en su seno, la otra la
lleva en la fuente del sacramento. Lo que en otro tiempo fue concedido
a María en el orden carnal, ahora se le concede espiritualmente
a la Iglesia; ella concibe al Verbo en su fe indefectible, ella lo da
a luz en un espíritu libre de toda corrupción, ella lo contiene
en un alma cubierta de la virtud del Altísimo". Pero la semejanza
es aún más perfecta. No es solamente del orden carnal al
orden espiritual, ya que antes de haberlo concebido según la carne,
María había concebido al Verbo de Dios en su fe virginal,
al escuchar la palabra del ángel. Et ipsa, quem credendo peperit,
credendo conceperat. Y por eso, añade Honorio, "todo lo que
se ha escrito de la Iglesia puede también leerse pensando en María";
y, añadiremos nosotros, todo lo que se ha escrito de María,
puede también, en lo esencial, leerse pensando en la Iglesia. Pronto
volveremos a tratar de este principio general.
Ya en el siglo II, en la célebre carta que nos ha conservado Eusebio,
los cristianos de Viena y de Lyón hablaban de la santa Iglesia,
por una alusión implícita pero clara a la Virgen María,
como de "nuestra madre virginal". Una inscripción del
baptisterio de San Juan de Letrán dice igualmente que "en
esta fuente la Iglesia, nuestra madre, da a luz de su seno virginal los
hijos que ella ha concebido por el soplo de Dios". La predicación
de los Padres celebra frecuentemente "los misterios de la Iglesia
virgen", y San Zenón de Verona precisa que esta madre que
nos da a luz sin gemidos permanece virgen después del parto. La
comparación se hace explícita con San Ambrosio: "como
la madre de Jesús, la Iglesia está desposada, pero intacta;
ella, que es virgen, nos ha concebido del Espíritu; ella, siendo
virgen, nos da a luz sin gemidos", Este tema es frecuente en San
Agustín: nam Ecclesia quoque et mater et virgo est. También
él admira en la una y en la otra la misma virginidad fecunda, o
la misma fecundidad virginal. Para cantar esta perpetua virginidad de
la gran "Madre de los Vivientes", que la hace "imitar a
la Madre de su Señor" Agustín recuerda, siguiendo a
otros, su fe siempre íntegra, su esperanza firme y su amor sincero.
El muestra también a esta "virgen sagrada", a esta "madre
espiritual”, "toda semejante a María", en el acto
del alumbramiento. Además, él subraya y precisa esta semejanza
entre ambas vírgenes madres cuando hace observar que, si la Iglesia
engendra muchedumbres, ella hace de todos sus hijos, congregados de todas
partes, los miembros de un cuerpo único: y de esta suerte, así
como la Virgen María, engendrando a uno solo, viene a ser la madre
de la muchedumbre, también ella, al engendrar a la muchedumbre,
viene a ser "madre de la unidad".
(Henri de Lubac. Meditación sobre la Iglesia, Desclée
de Brouwer, Bilbao 1964, pgs. 282-290).
Efusión del Espíritu y vida consagrada
Después de recibir la efusión
del Espíritu se pregunta uno: ¿ Qué es lo que ha
cambiado en la vida de aquellos que se han ofrecido al Señor con
una especial consagración?
La efusión del Espíritu no cambia de modo radical a las
personas. Siguen siendo lo que son. Pero les infunde una fuerza, por la
acción de la gracia para llegar a ser lo que realmente deben ser
como consagrados.
El Espíritu Santo, difundido en ellos, no los ha apartado sino
renovado al potenciar el carisma propio de su vocación. Porque
toda vocación es un conjunto de carismas y dones del Espíritu
que estaban adormecidos, como enterrados. Y el Espíritu Santo los
ha resucitado llamándolos fuera del sepulcro, dándoles nueva
vida.
Hay que reconocer que el testimonio luminoso de la renovación espiritual
que radica en el corazón, con frecuencia no es entendido y encuentra
en torno suyo frialdad, burla, rechazo e incluso prohibición. Esta
incomprensión, estos obstáculos ¿no nos revelan que
tanto en el director espiritual como en los mismos consagrados el don
del discernimiento espiritual es aún muy débil? .
Los hermanos y hermanas que han entrado en la Renovación en el
Espíritu, no han traicionado su vocación, no han cambiado
la espiritualidad propia de su Instituto, no han abandonado su comunidad,
no han dejado la observancia de sus votos y reglas, no han dejado de orar
y obrar según su vocación. Muy al contrario. La renovación
en el Espíritu no es para ellos un Instituto paralelo al propio,
porque la renovación es una corriente de gracia, no un Instituto.
Es un suplemento de animación espiritual para el cristiano, sin
substituir ni suplantar nada de aquello que pertenece a la Iglesia, a
la familia, a la parroquia, a los Institutos religiosos o seculares.
Los hermanos de la Renovación no buscan formar una nueva comunidad
en conflicto con la de su Instituto, porque se trata, simplemente, de
una oración dentro de la cual el Espíritu libera en ellos
una nueva fuerza, y les otorga aquellos dones que les ayudarán
a la edificación de la comunidad y del propio Instituto. No abre
el Espíritu a una nueva espiritualidad distinta de la del propio
Instituto, sino que renueva la que le es propio. Así, los dominicos
se sienten más dominicos, los franciscanos más franciscanos,
los benedictinos más benedictinos, los salesianos más salesianos.
La vida consagrada, en sí, es un don y un carisma del Espíritu
y el Espíritu cuando renueva no anula las distintas vocaciones
que son obra suya, sino que las enriquece y vigoriza.
Alabamos al Señor porque podemos
dar testimonio de la vida renovada en muchos religiosos y en comunidades
enteras por la acción del Espíritu. Y lo vemos en los distintos
niveles de su vida.
A nivel personal, la efusión del Espíritu es la gracia de
la segunda conversión para los hermanos y hermanas que la han recibido.
Esta segunda conversión es un nuevo impulso en la donación
total a Jesús, su Señor, en la negación de sí
mismos y lleva a un seguimiento más generoso del Señor según
el carisma de la propia vocación.
A nivel comunitario la efusión del Espíritu otorga el don
del corazón nuevo, que es la condición fundamental en cada
uno de los consagrados para construir la comunidad nueva. Nueva porque
está animado de la nueva ley del Espíritu, escrita en el
corazón y porque da fuerza y vida a la ley escrita de la Regla.
Comunidad de fe y de amor porque está ávida de nutrirse
de la Sagrada Escritura y de Jesús Eucaristía.
Comunidad de contemplación, adoración y alabanza a Jesús
el Señor, es el primer servido ante todo y ante todos.
Comunidad de servicio y ministerio, que
pasa de la actitud de fijarse en los defectos de los hermanos a interesarse
por cada uno y reconocer su carisma personal.
Comunidad de comunicación y corrección fraterna para el
común perfeccionamiento.
Comunidad de curación, que de la crítica, la intolerancia
y el rechazo recíproco pasa a rogar por cada uno pidiendo la curación
interior de su corazón y de su cuerpo.
Comunidad de discernimiento, viendo que lo ciertamente importante no debe
ser motivo de discusión, sino la oración y docilidad al
Espíritu.
Comunidad de gozoso testimonio de que la observancia de los votos, no
es un peso, sino un don y una fuerza del Espíritu.
Finalmente, a nivel de gobierno, la efusión del Espíritu
renueva en el Superior y sus consejeros el sentido evangélico de
gobierno. El sentido evangélico es, ante todo, el fruto del Espíritu:
amor, alegría, paz, paciencia, benevolencia, ?bondad, fidelidad,
mansedumbre, dominio de sí. Además, el don de discernimiento,
de profecía, de sabiduría, de animación de la oración
comunitaria.
Así es como la vida renovada de nuestros hermanos y hermanas resulta
testimonio. Porque va dirigida a la totalidad del Instituto: comunidad,
superiores, hermanos y hermanas, para indicarles que la deseada renovación
de la vida consagrada no depende del voluntarismo, de la programación,
de los congresos y de los diplomas, sino que es obra, ante todo, de la
efusión del Espíritu y de sus dones. Solamente así
tendrán los institutos numerosas vocaciones porque, como dice Karl
Rahner "cuanto más aparezca el elemento carismático
propio de una orden religiosa, tanto más atraerá a los jóvenes".
P. Francesco Caniato, S.J. 1980
III Convocazione nazionale dei gruppi di Rinnovamento nello Spirito
(pág. 78) - Rimini aprile 1980. A cura di Alleluja
La oración del corazón
por Jean Lafrance
Agradecemos a la Revista TYCHIQUE la licencia que tan amablemente
nos da para traducir y publicar el siguiente artículo del P. Jean
Lafrance. Creemos que con gran sabiduría cristiana toca aspectos
importantes de la vida de oración, que bien merece lo conozcan
nuestros lectores.
Del mismo autor puede leerse también La oración del corazón,
libro de 102 pgs., publicado en Narcea, S.A. Ediciones, Madrid 1981, 2a.
edic.
Con frecuencia en los retiros nos dicen:
"Habladnos de la oración del corazón" y los libros
que tratan de este tema atraen porque dejan presentir que esta oración
que busca las raíces en el corazón es un manantial que alimenta
la oración continua. Pero no resulta fácil hablar de ella
porque la oración del corazón difiere de las formas de oración
que conocemos: no es ni una oración vocal, ni una meditación,
ni una "lectio divina", ni la liturgia, aunque puede impregnar
con su unción todas estas realidades. Pero aunque impregne todas
estas formas de oración, no puede identificarse con ninguna de
ellas.
Si fuera necesario buscar alguna referencia para situarla en la tradición
espiritual, podría aproximarse a lo que los Padres de Oriente expresan
como "oración pura", especialmente Isaac el Sirio. En
Occidente, se aproximaría a la oración de unión,
incluso a la de quietud de la que habla Santa Teresa de Ávila en
el Camino de Perfección. Pero añade inmediatamente que es
tan difícil hablar de ella a los que no han tenido experiencia
como hablarles en árabe o en griego. Y si yo acepto hablar de ella
en un retiro o en un artículo es porque tengo la convicción
de que no me lo pedirían si no hubiera un mínimo de experiencia:
no se puede hablar de la luz a un ciego.
Apelo pues a vuestra experiencia al empezar estas páginas. Quisiera
exponeros sencillamente la experiencia de dos hombres que parecen haber
percibido lo que era esta oración. Leed estos textos lentamente
y examinad luego vuestro corazón, y si sentís que algo en
él vibra, existen probabilidades de que el Espíritu Santo
ya os haya concedido esta gracia o que esté próximo a concedérosla.
La primera experiencia es la de un monje de hoy. Se ha servido de una
imagen para hacer entender esto. Es un hombre profundamente interior al
que la oración ha "cogido" sencillamente, dice Dom André
Louf y que le ocupa de continuo. Le preguntaron cómo había
llegado a ello: "Hoy, dijo, tengo la impresión de que desde
hace muchos años llevaba la oración en mi corazón,
pero lo ignoraba. Era como un manantial, cubierto por una piedra. En un
momento dado Jesús quitó la piedra. Entonces el manantial
empezó a brotar y desde entonces corre siempre."
El segundo testimonio viene de un escritor, Julien Green. Se aproxima
mucho al anterior aunque de momento parece desconcertante. Habla de la
oración, sobre la cual dice, "no entiendo gran cosa",
pero añade una observación que empalma con la experiencia
universal de los que oran: "No son los libros los que nos enseñan
a orar, como no son los libros los que nos enseñan inglés
o alemán. Sin embargo hay que indicar lo que escapa a muchos autores,
que existe un momento en el que de pronto el que ora pierde pie. Incluso
las oraciones recitadas pueden llegar a esto. ¿Qué significa
perder pie? Significa que uno no sabe ya lo que hace pero esto no tiene
importancia. Es como el momento en que uno cae en el sueño. Cuántas
veces he intentado captar ese momento de la caída en el sueño.
Pero viene sin que nos demos cuenta y pienso que ocurre algo así
con la oración con o sin palabras" (JULIEN GREEN, Vers
l'invisible. Journal 1958-1968. Libro de bolsillo).
1.- LA ORACION OCULTA EN EL FONDO DEL CORAZON
Estos dos textos nos encaminan hacia
una oración oculta en el fondo del corazón, que brota de
pronto en el momento en que se enciende el fuego de la oración
de los labios. Sylvano de Athos cuenta una experiencia de esta clase.
"Un día, dice, estaba orando ante el icono de la Madre de
Dios, y de pronto la oración de Jesús irrumpió en
mi corazón y desde entonces no ha cesado más" (SILOUANE,
Ed. Bellefontaine, p. 52). Se podría creer que esta oración
está reservada a los grandes espirituales o a los monjes, nada
de eso: pienso ahora en esa viejecita que apenas sabe leer; me preguntaba
un día si debía aún rezar el rosario, porque, al
levantarse por la mañana, me decía, "siento que mi
corazón repite: Dios te salve, María". En rigor del
término, sorprendía a su corazón en flagrante delito
de oración.
Es así como la experiencia nos muestra que el hombre no debe buscar
la oración fuera de sí mismo y, menos aún, en libros
y técnicas. El cristiano debe tomar conciencia de que la oración
ya existe en él, que no es cosa que se adquiera por el esfuerzo,
tampoco por un método determinado. Se encuentra en estado de oración
como se encuentra en estado de gracia. Estado de oración es otro
término para expresar el estado de gracia que recibió en
el momento de su bautismo. A un nivel muy profundo de su ser hay un lugar
en el que el estado de gracia se expresa por el estado de oración
continua. Allí, el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu:
hay un diálogo continuo entre el Espíritu Santo y nuestro
espíritu creado. Allí donde el Espíritu lanza incesantemente
gemidos inenarrables gritando: .. ¡Abba Padre!" (Rm 8. 15 y
Ga1 4, 6).
El Espíritu escruta las profundidades de Dios y las profundidades
del corazón del hombre. Los que son guiados por el Espíritu,
a ese nivel profundo, son verdaderamente hijos de Dios. Sin embargo todos
nosotros lo somos, pero no somos conscientes de ello. Esta oración
busca incluso sus raíces en lo profundo de nuestro cuerpo, transfigurado
por la gloria del Resucitado: "¿No sabéis que vuestro
cuerpo es santuario del Espíritu Santo que está en vosotros,
y habéis recibido de Dios...? Glorificad, pues, a Dios por vuestro
cuerpo" (1 Co 6, 19- ?20). Todo el problema de la oración
consiste en llegar a ser conscientes de algo que se nos ha dado.
Antes de tomar conciencia de ello, es necesario que podamos percibir ese
lugar hacia el que hemos sido ya movidos por la oración: pero ese
lugar está escondido, velado, envuelto en una especie de caparazón.
Es el corazón de piedra de que habla el profeta Ezequiel (36, 26)
o el corazón endurecido. A lo largo de los años los autores
espirituales han utilizado un vocabulario diferente para designar este
lugar: "profundidad", "fondo del corazón",
"punta del alma", "cima del alma", "profundidad
de las profundidades", "querer fundamental" (Taulero).
San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila dirán: "El
centro más profundo del alma es Dios". Finalmente este vocabulario
hace siempre referencia a la misma profundidad, al “corazón".
El corazón en sentido bíblico de la palabra, o en el sentido
que la literatura patrística o monástica ha dado a esta
palabra: es decir, no la inteligencia como facultad discursiva o de razonamiento
regulado por cierta lógica, y tampoco a la afectividad o a la sensibilidad
superficiales: ..., todos estos caminos no desembocan en la oración
si no están iluminados desde lo interior. El corazón es
el lugar "donde el hombre abre o cierra al mendigo del amor que llama
a su puerta" (Olivier Clément).
El obstáculo de la oración
Es ahí donde encontramos el verdadero
obstáculo para la oración. No es la falta de tiempo, ni
la sobrecarga de trabajo lo que nos impide la oración, sino nuestro
corazón de piedra. En lo más íntimo, este corazón
está habitado por el Espíritu Santo, pero está rodeado
por un caparazón de piedra. Somos atraídos por la oración
porque el Espíritu trabaja en nosotros en profundidad, pero utilizamos
caminos que son grandes rodeos, por ejemplo: la inteligencia, la imaginación
o la sensibilidad. Así razonamos sobre Dios, intentamos provocar
sentimientos piadosos o tomar buenas resoluciones para el día,
pero muy difícilmente llegamos a percibir en nosotros esa mirada
de ternura del Padre, para hablarle y orar a El en lo secreto de nuestro
corazón (Mt 6, 6). No se trata de desacreditar la inteligencia
o la afectividad, sino de situarlas en su verdadero lugar y enraizarlas
en el corazón, según la buena filosofía tomista que
quiere que las facultades tomen su origen en las profundidades del ser.
Esta profundidad es precisamente en nosotros el "corazón",
el cual está en el origen de nuestro ser. Cuando es liberado, cuando
se ha quitado el velo, entonces empapa desde el interior nuestra inteligencia,
nuestra voluntad y nuestra afectividad que podemos utilizar para escrutar
respetuosamente el misterio de Dios.
Para provocar esta misteriosa presencia de la oración en el corazón
del hombre, los espirituales, siguiendo el evangelio utilizan diversos
símbolos: el agua viva o el fuego. Hay, pues, en nosotros, un pozo
abierto donde la vida de Dios brota incesantemente en el corazón
y donde estamos, bienaventuradamente, sumidos en Dios. Todo esto es verdad
en ese lugar en el que por lo general no estamos presentes. Lo llevamos
en nosotros, pero nuestra mirada no está abierta; por otro lado,
nuestros sentidos no han sido profundizados hasta este nivel. En general,
dice Dom André Laouf, vivimos en las actividades, incluso espirituales,
para "cultivar las virtudes" y hasta para "hacer el bien",
o en la "razón razonante", en la teología, a falta
de otra cosa mejor, lo cual es un mal necesario.
El otro símbolo es el de fuego o el de la luz. El fuego que Jesús
vino a traer sobre la tierra (Lc 12, 49) ha prendido en nuestro interior
y acabará, quizá un día, transfigurando nuestro cuerpo
e incluso nuestro rostro. Por desgracia estamos ocupados en nuestro interior
en la adquisición de las virtudes; aunque hubiera que hacer este
esfuerzo, lo cual no sería más que por caridad para con
los demás, no sería lo más importante, y por poco
que hubiéramos triunfado, terminaríamos por estar satisfechos
de ello, lo cual es una ilusión que nos puede acechar. Sobre todo
si llegásemos a olvidar el poder de la presencia del Espíritu
oculto en nosotros y que nos santifica desde el interior hacia el exterior.
En realidad estamos dormidos, y es preciso despertarnos a esta misteriosa
presencia de la oración en nosotros; de aquí nace la tradición
oriental de los padres Népticos (nepsis = sueños) que despiertan
el corazón profundizando en él con la oración monológica.
En Occidente, los antiguos tenían una expresión muy bella;
la emplea San Gregario hablando de San Benito. Antes de fundar la vida
cenobítica, se había retirado al desierto y en la soledad
"vivía consigo mismo" (habitavit secum). Habitar consigo
mismo, con lo más íntimo de noso?tros mismos, estar perfectamente
conectados y abocados hacia nuestras profundidades. Sin embargo, no lo
estamos. Hay una ruptura en nuestro ser, una dispersión. En una
palabra, no estamos unificados sino dispersos. Cuando San Agustín
se convirtió dijo que había pasado de la dispersión
a la intención, a la unificación. No hemos llegado a estas
profundidades, allí donde está nuestro verdadero rostro
y donde somos nosotros mismos. Vivimos al lado de nosotros mismos, al
exterior de nuestra epidermis; estamos dispersos, distraídos. Son
estas las imágenes que emplea Evagrio el Póntico para hacernos
comprender que no estamos allí donde deberíamos estar.
Despertar la oración que está dentro
Por eso hay que despertar ante todo el corazón, liberarlo, quitar
el velo que lo cubre, para profundizar en él. No se trata de conquistar
la oración. Ya está ahí. Hay que quitar, renunciar,
dejar caer; en general hay que hacer menos para abrir la oración
en nosotros. Siempre hacemos demasiado. Si pudiéramos instalarnos
en esta especie de despojo interior, la oración brotaría
espontánea, despertaría y se haría audible porque
siempre está ahí. Los Padres llaman a este estado: "hesychia",
un estado de silencio y de paz interior que permite que la oración
brote.
Como decía un padre antiguo: "Tu alma es como la fuente, si
ahondas la fuente se vuelve aun más limpia, pero si echas en ella
basura (ideas, reflexiones, conceptos, imágenes) se ensucia y e
vuelve turbia". Es preciso dejar que el agua repose para que las
impurezas vayan al fondo y el sol pueda reflejarse en ella. Es, pues,
necesario ahondar en el corazón y, para esto, someterlo a cierto
ayuno cordial, es decir, a un ayuno de sentimientos, de imágenes
e ideas, y no darle otro alimento más que el bendito nombre de
Jesús. Entonces la mirada interior se abre y el amor de fe (afectus
fidei) despierta en nosotros, para que el susurro del Espíritu
se haga oír a nuestros sentidos espirituales. La oración
ya se nos ha dado, nos falta desvelarla.
¿Hay que resignarse a llevar este tesoro de la oración en
vasos de barro, sin tener nunca acceso a ella? ¡Si el Espíritu
de Jesús es fuego, tiene que quemar; si su amor es agua viva, tiene
que apagar nuestra sed! No podemos vivir siempre "por poderes",
esta relación filial de ter?nura con nuestro Padre del cielo. ¿Cuál
será la fuerza misteriosa que nos dé acceso a estas profundidades?
La tradición espiritual nos indica caminos, nos traza sendas que
nos permitan, según la bella expresión de los Padres, hacer
"la peregrinación hacia el corazón". Quisiéramos
escoger tres: la Palabra de Dios, la apertura del corazón y la
memoria espiritual. Por supuesto, nuestro intento no es exclusivo, queda
abierto a otras vías como la ascesis, el ayuno, las vigilias, la
soledad. etc. y dejamos a cada uno la solicitud de prolongar esta búsqueda.
2.- EL CAMINO DE LA PALABRA DE DIOS
En esta tradición espiritual, el mejor camino desde luego es la
Palabra de Dios, que según la carta a los Hebreos:
"Es viva, eficaz y más cortante que espada de dos filos. Penetra
hasta las fronteras del alma y del espíritu, hasta las junturas
y médulas" (Heb 4, 12). Este deslumbramiento del corazón
por la Palabra de Dios es un acontecimiento en la vida del cristiano y
un recuerdo inolvidable. Bruscamente el Espíritu Santo circula
a través de la Palabra escrita, ésta se enciende, se ilumina
desde dentro y se hace palabra personal que Dios nos dirige concretamente.
Reconocemos con certeza que es una palabra de Dios, porque nos llama por
nuestro propio nombre, nos arranca del anonimato y nos hace reconocer
nuestro propio rostro. En el libro de Las Moradas, Teresa de Ávila
nos da algunos ejemplos del corazón cautivado por la Palabra de
Dios y añade que estas palabras son al mismo tiempo actos, porque
operan y rea1izan lo que dicen. Por ejemplo, Dios nos dice: "Soy
yo, no temas", y el alma turbada se llena de pronto de una paz que
el mundo no puede dar y que viene directamente de Cristo resucitado (Moradas
VI, Cap. III).
En este momento el corazón despierta y una sensibilidad espiritual
se aviva en nosotros. Los antiguos llamaban a esta experiencia La "katanuxsis",
es decir, la transfixión, la perforación del corazón.
La Palabra de Dios en cierta manera ha traspasado el corazón y
algo ha "brotado en vida eterna". La Palabra de Dios está
hecha para el corazón del hombre y el corazón del hombre
está hecho para la Palabra de Dios. Sospecháis ya lo importante
que es el no interponer una pantalla entre la Palabra y el corazón,
y ofrecer nuestro corazón sencillamente desnudo y solitario a la
Palabra de Dios.
Aquí hay que situar la función de la oración de Jesús,
que no hay que confundir con la oración del corazón. Los
que han leído el Relato de un peregrino ruso han presentido que
hay en aquella un camino privilegiado hacia la oración continua
del corazón. El orante se recoge y murmura dulcemente con los labios
la oración de Jesús que es una síntesis entre la
oración del ciego Bartimeo y la oración del publicano: "Jesús,
Hijo de Dios Salvador, ten piedad de mí, pecador". Y poco
a poco a un mismo tiempo, esta oración de los labios baja al corazón,
y hace brotar en él la oración del Espíritu. San
Serafín de Sarov hace notar que de este modo llamamos al Espíritu
Santo, pero, desde el momento en que brota en el corazón, ya se
le deja de llamar y de decir la fómula porque El está ahí.
Puede reconocerse su presencia en nosotros por la alegría, el calor
y la dulzura que el Espíritu derrama en el corazón.
Los autores de la Edad Media no tenían otros métodos de
oración. Así Guigues el Cartujo, en La escala de los claustros,
aconseja a los monjes un método muy sencillo que se resume en cuatro
palabras: lectio, meditatio, oratio, contemplatio. El monje lee despacio
la Palabra de Dios (lectio) en la espera y la pobreza, en el "desierto
de los sentidos", dice Orígenes. Cuando ha brotado la chispa,
el corazón es fecundado por el Espíritu: es la meditatio.
No se trata de meditar, en el sentido cartesiano del término, con
la materia gris del cerebro, sino de "repetir con voz baja"
una palabra (meditari en griego, hagha en hebreo). El justo medita la
palabra de Dios con la boca (Sal 37, 30). Se trata de rumiar la palabra
de Dios arrullándola en el corazón, no para adormecerse,
sino para despertarlo.
El Espíritu hiere el corazón y hace brotar la oración
Entonces brota la oración (oratio) que normalmente debe cesar para
dar lugar al silencio o a la quietud de la contemplatio. El Espíritu
que yace en el fondo del corazón es el mismo Espíritu que
atraviesa la Palabra de Dios y actúa en ella; cuando llega al corazón,
lo hiere y hace brotar de él la oración como un gran fuego,
tal como se cuenta del gran taumaturgo Juan de Crosntadt: "Su oración
semejante a una columna de fuego se elevaba hasta el cielo". El orante
es entonces capaz de devolver la Palabra de Dios, porque ésta ha
realizado su curso activo en el corazón. Entonces el Espíritu
la toma como por la mano para incorporarla a su propia oración
y hacerla suya. Es la única oración que agrada al Padre:
"De igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza.
Pues nosotros no sabemos pedir como conviene: mas el Espíritu mismo
intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones
conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que
su intercesión a favor de los santos es según Dios"
(Rm 8, 26-27). Si hubiera que traducir al pie de la letra, se podría
decir:
"Cuando no se sabe escoger las palabras para orar (o cuando no hay
palabras), el Espíritu ora en nosotros con gemidos demasiado profundos
para expresarlos en palabras".
Descubrimos aquí el nexo entre la celebración litúrgica
y la celebración privada de la Palabra de Dios en el corazón,
o el lazo entre oración comunitaria y oración personal.
Varias veces al día (los salmos hablan de siete) el creyente interrumpe
su trabajo para volver a tomar contacto con la Palabra de Dios, la escucha
en el capítulo, la interioriza en su corazón y la devuelve
a Dios en el canto de los salmos. "Me brota del corazón un
poema bello, recito mis versos a un rey" (Sal 44, 1). Normalmente
esta celebración común de la palabra le lleva al fin de
toda vida monástica, que es, según Juan Casiano, "la
oración ininterrumpida" (indisoratio). En el Evangelio Jesús
lo dice también: "Es preciso orar siempre sin desfallecer"
(Lc 18, 1). El capítulo es esta palabrita breve que se lleva como
viático de la oración para todo el día.
3.- EL CAMINO DE LA APERTURA DEL CORAZON
Hay otro camino que pertenece a toda la tradición monástica
y que se le puede llamar la apertura del corazón. Por lo demás
está íntimamente ligado al camino de la Palabra de Dios,
cuando se vive ésta en un ministerio de acompañamiento.
El que ha recibido la misión de acompañar a alguno de sus
hermanos por el camino de la oración continua le ayuda a descubrir
la palabra personal que Dios le dirige a través de las circunstacias
concretas de su vida y de su historia. Esto supone la presencia de un
testigo que puede ser un hermano o un padre espiritual: éste era
el caso de la ?vida monástica. Es un camino de oración porque
es un camino de libertad espiritual y de renuncia a la propia voluntad.
Los antiguos vivían esta actitud de apertura de una forma bastante
sistemática. El joven novicio se presentaba ante su padre espiritual
y le manifestaba todos sus "pensamientos", en el sentido de
"logismoi", es decir, pensamientos pasionales, que revelan una
tirantez interior, buena o mala. En este compartir se pueden expresar
los deseos malos, neutros o buenos, que surgen en el corazón. Todos
estos deseos permanecen mezclados y confusos, mientras no los estructuramos
por medio de una palabra. Es lo que el P. Beirnaert llama "la función
sacrificadora de la palabra". Al expresar estos conflictos, tomamos
conciencia de ellos y se pueden convertir en "tentaciones",
en el sentido bíblico del término. No es siempre fácil
discernir si un buen deseo en sí mismo es bueno para nosotros,
mucho menos los deseos neutros, sin hablar de los malos deseos que incesantemente
se deben purificar. Renunciando a la satisfacción inmediata de
un deseo, incluso bueno, dejamos al Espíritu la libertad de hacer
surgir en nosotros el verdadero deseo que Dios quiere para nosotros. Nos
acercamos así a la actitud de Cristo en su Pasión, que no
vino para cumplir su voluntad, sino la del Padre. A la vez que la voluntad
de Dios se hace evidente: se opera en nosotros una verdadera liberación
interior que al mismo tiempo es una re-creación del ser.
A fuerza de verse en la mirada de otro, que es el signo de la mirada llena
de ternura que el Padre le dirige, el novicio es enviado de nuevo a su
propia vida, para obrar por sí mismo esta obra de discernimiento.
Sentirá a la vez menos necesidad de recurrir a su padre espiritual,
porque se habrá afinado en sí mismo un tacto de discernimiento
que le hará rechazar el mal y acoger el bien (I Ts 5, 19-20). Estará
siempre alerta a la puerta de su mañana. Examinará los pensamientos
que suben del corazón; si vienen del mal espíritu, los aplastará
contra la roca del nombre de Jesús (Regla de San Benito), y si
vienen del buen Espíritu, los revestirá con el mismo nombre,
para ofrecerse al Padre en verdadera adoración (Rm 12, 1). De este
modo, a partir incluso de su existencia pasará a Dios, con armas
y bagajes, en la oración continua. Aún es preciso que haya
pasado por la experiencia de la apertura del corazón, en una relación
sincera con el padre espiritual: "Hay quien cambia continuamente
de padre espiritual para tener el placer de contar de nuevo su historia
y para no tener que obedecer en profundidad. No agotes a tu padre espiritual
con vanas palabras, no le cuentes de nuevo tu pasado, tus proyectos para
el futuro. Háblale del estado actual de tu alma, porque es ahora
cuando debes recibir la gracia del perdón y la fuerza del Espíritu.
Si le hablas de lo que ya no es, o de lo que todavía no ha sido,
¿en qué presente podrá depositar el don de Dios?"
(Palabras del Monte Athos, vie Sp. Marzo-Abril 1979, núm.
631, p. 279).
4.- EL CAMINO DE LA "MEMORIA ESPIRITUAL"
Este camino está menos presente en la tradición monástica,
aunque San Benito, en su Regla, recomienda al monje "huir del olvido
de Dios" y caminar siempre en su presencia. Esta forma de oración
está más vinculada a la corriente de espiritualidad ignaciana
para los hombres que han "de encontrar a Dios en todas las cosas",
según la fórmula de Nadal a propósito de San Ignacio:
"Sentía y gustaba la presencia de Dios en todas sus palabras,
sus actos y sus diligencias". Esto corresponde, poco más o
menos, a lo que San Ignacio dice en los Ejercicios (Núm. 53) con
la expresión "Examen de conciencia". Con la condición
de que se purifique a este ejercicio de su connotación moral para
vincularlo al discernimiento espiritual. Ahí están la "relectura
de la vida", la "revisión de vida", la "evaluación
cotidiana", o "la mirada sobre el día".
No es este el lugar de exponer esta forma de oración; los que han
hecho los ejercicios han tenido una pequeña iniciación sobre
ella. Queremos sencillamente decir que se relaciona también con
la apertura del corazón, porque se trata concretamente de la "filtración"
de pensamientos y deseos en el recuerdo del nombre de Jesús. De
un modo más preciso el creyente trata de leer la trama de su vida
real para descubrir en ella las huellas de la acción de Dios. Como
la Virgen María, él conserva en la memoria de su corazón,
para meditarlos y orarlos, todos los acontecimientos de su vida (Lc 2,
19 y 51). Entonces descubre, a la luz de la Palabra de Dios, la historia
santa de su vida:
"Acuérdate de todo el camino
que Yahvé, tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años
en el desierto para humillarte, probarte y conocer lo que había
en tu corazón: si ibas o no a guardar sus mandamientos. Te humilló,
te hizo pasar hambre, te dio a comer el maná que ni tú ni
tus padres habíais conocido, para mostrarte que no sólo
de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de
la boca de Dios. No se gastó el vestido que llevabas ni se hincharon
tus pies a lo largo de esos cuarenta años" (Dt 8, 2-4).
No hay que confundir el rezo del examen con la oración, y no dispensarse
fácilmente de él, sobre todo si uno cree que ya ha "llegado".
Hay hombres que oran mucho pero que nunca perciben lo que Dios hace en
su vida, porque descuidan ese cuarto de hora de oración diaria
consagrada al examen de conciencia. Lo que aquí importa no es tanto
la cualidad moral de las acciones buenas o malas, sino el modo como el
Señor nos toca, nos mueve y nos conduce (a veces sin saberlo) a
lo profundo de los sentimientos que experimentamos.
Es más importante lo que ocurre de improviso en nuestra conciencia
espiritual y la lleva más allá de nuestros actos cualificables
jurídicamente como buenos o malos. ¿Cómo experimentamos
la atracción del Padre (Jn 66, 44), que trabaja siempre con el
Hijo (Jn 5, 17) en nuestra conciencia espiritual concreta? ¿Cómo
nuestra naturaleza pecadora nos tienta tranquilamente y nos aleja del
Padre, a través del juego sutil de nuestras disposiciones espirituales?
De esto se trata en nuestro examen diario, más que de dar respuesta
a nuestras acciones. Por eso San Ignacio hace pedir al ejercitante la
luz del Espíritu, dicho de otro modo, "los ojos de la fe",
a fin de ver lo que ha sucedido en él, lo que el Espíritu
ha hecho, y lo que le ha pedido. Hay tonalidades tan tenues que nuestros
oídos acostumbrados al ruido ya no perciben.
Hay que comprender bien de qué manera se percibe la presencia de
Dios en una vida. No se encuentra uno con Dios cara a cara, sino en un
movimiento y en el momento en que El actúa, es la noche en el corazón.
Muchos años después de que reconocemos su paso. Con frecuencia
nuestra actividad se adelanta a la de Dios, y perdemos el sentido de la
respuesta. Nos volvemos auto-activos y auto-motivados, en vez de estar
movidos y motivados por el Espíritu Santo (Rm 8, 14).
Después damos gracias a Dios por los dones recibidos, porque hemos
identificado el paso de Dios por nuestra vida. Al mismo tiempo "pedimos
perdón a Dios nuestro Señor de las faltas y proponemos enmienda
con su gracia" (Ex n. 43). El examen no se acaba con la simple constatación
de lo que Dios ha hecho en nosotros. Ha de haber un esfuerzo de lucidez
y de amor para comprometernos en la dirección que el Espíritu
imprime en nuestra vida. No se trata entonces de querer hacerlo todo,
¡tropezamos con tantas cosas!, sino de descubrir y de sentir el
punto preciso de nuestra vida que se debe convertir.
CONCLUSION
Es aquí donde se sitúa la verdadera unión con Dios
en la acción. No es un alejamiento de las cosas, ni del mundo,
en imposible conciliación. Lo que cuenta es que estemos en lo más
profundo de la vida de Dios con nuestra plenitud de hombres (Ef 3, 19).
La unión no se encuentra en una división psicológica,
pues "Dios debe ser hallado en todas las cosas", pero esta oración
en la vida no es posible sino a los que consienten en tener largos momentos
de contemplación gratuita. No hay recetas, ni técnicas;
la oración continua del corazón es un don, una gracia que
Dios hace a los que oran (San Juan Clímaco). Es la unificación
del ser espiritual, a partir de la presencia operante del Espíritu
Santo en nosotros. Un joven adolescente, que está descubriendo
ahora la oración me escribe:
"Mira, tengo la impresión de tocar con la punta de los dedos
la verdadera felicidad que yo había olvidado: la sensación
que tengo en el corazón es ésta: se diría que late
de un modo distinto desde que se ha vuelto a abrir a Dios".
"Cuando el Espíritu Santo fija su morada en el hombre, éste
ya no puede interrumpir la oración, porque el Espíritu no
cesa de orar en él. Ya duerma, ya vele, la oración no se
separa de su alma. Mientras come, bebe, está acostado, se exhala
espontáneamente de su alma. En adelante, ya no domina la oración
en los períodos de tiempo determinado, sino en todo tiempo"
(Isaac el Sirio, Tratado, 174).
(Traducido con permiso para KOINONIA de la Revista TYCHIQUE, Noviembre
82, Núm. 40, pgs. 3-11).
Tentaciones contra la alabanza
por Manuel Rodriguez Espejo, Sch. P.
En Habacuc 3, 17-19 se lee: "Aunque
no dé sus yemas la higuera, y sus frutos la vida: aunque falte
la cosecha del olivo y no den mantenimiento los campos; aunque desaparezcan
del redil las ovejas y no haya bueyes en el establo, yo siempre me alegraré
en Yahvéh y me gozaré en el Dios de mi salvación.
Yahvéh, mi Señor, mi fortaleza, que me da pies como de ciervo
y me hace correr por las alturas".
Hacer oración de alabanza, alabar, es como entrar en una nueva
dimensión de la vida de oración. En la alabanza describimos
la realidad de Dios, no nos describimos a nosotros mismos. Por ejemplo:
"Te alabo, Padre, porque eres bueno…",
"Padre, eres maravilloso: te alabo…",
"Señor, todo lo has hecho bien. Aleluya... "
Así, la alabanza desarrolla una nueva y gran sensibilización
a la presencia, a la cercanía y a la acción de Dios (es
decir, a su providencia) en nuestra vida y en nuestra sociedad. Pero precisamente
porque la alabanza es tan importante que constituye "nuestro deber
y la fuente de salvación", "cosa buena, justa y bella",
se dan muchas tentaciones contra la alabanza de parte del Maligno. ¡Bien
sabe él que si nosotros alabamos, no tiene nada que hacer con nosotros!
Veamos algunas de estas tentaciones:
1.- Hacer o querer hacer todo en nuestra vida, menos alabar;
estar de tal manera ocupados en el "apostolado", entre comillas,
o en la oración de petición, que no dispongamos de tiempo
para la alabanza.
¿Cuál es la raíz de esta tentación?: que
no tenemos confianza en el fruto de la alabanza; que queremos ver el fruto
de lo que hacemos; que nos dejamos dominar de un criterio matemático
y no de fe... ; y como si doy limosna, o si visito a un enfermo, o si
doy catequesis, o hago "apostolado social"... me parece ver
el fruto, mientras que si alabo, me parece perder el tiempo de cara a
las necesidades de los hombres, o me creo eso que a veces se dice de los
carismáticos, que somos intimistas, espiritualistas, desencarnados...
, entonces no alabo.
Deberíamos creer todo lo que la Palabra de Dios y la Plegaria eucarística
IV nos dice, y poner en el primer lugar de nuestra vida la alabanza.
2.- No alabar cuando nuestras obras no son buenas, por ejemplo
porque hemos pecado o hemos dejado de hacer algo positivo y posible; o
porque en ese tiempo nos encontramos poco generosos, o no nos encontramos
"consecuentes", porque nuestras obras no van de acuerdo con
nuestras palabras o deseos.
¿Cuál es la raíz de esta tentación?: creer
que nuestra alabanza toma su valor de nosotros mismos, de nuestras buenas
obras, olvidando que la alabanza es especialmente un don gratuito
que Dios otorga a quien quiere y cuando El quiere, y jamás se merece;
olvidar que la alabanza es una oración que el Espíritu hace
en nosotros: es el Espíritu quien alaba al Padre en mí,
y, por esto, la alabanza es "fuente de salvación" y es
lo que más agrada al Padre. La raíz es, en síntesis,
creer que son nuestras buenas obras -y no la gracia (don, gratuidad) de
Dios- lo que nos salva.
No deberíamos dejar de alabar cuando nuestras obras no son buenas.
Más aún, rolo alabando podremos un día, cuando Dios
quiera y como El quiera, no cuando nosotros y como nosotros queramos,
convertimos.
3.- No alabar cuando no sentimos en el corazón palabras
de alabanza, es decir, no alabar cuando nos parece que nuestra
alabanza no sale espontánea y alegre del corazón.
¿Cuál es la raíz de esta tentación?: creer
que soy un hipócrita si alabo con palabras que no salen del corazón;
creer que el hombre es pura espontaneidad, puro sentimiento,
y olvidar que la autenticidad humana es algo más que pura espontaneidad...;
creer que nuestra alabanza vale más cuando la hacemos con palabras
espontáneas y bellas...
Deberíamos tener siempre presente que quien mejor nos conoce es
Dios - ¡es El quien nos ha hecho como somos!- y, por tanto, Dios
jamás nos pedirá nada que en ese momento no poda?mos darle.
Siendo verdad que debemos "darle gracias, es decir alabarle, siempre
y en todo lugar", sabemos que no siempre la expresión de esta
alabanza puede salir de lo profundo de un corazón alegre, y que
muchas veces nos faltan las "palabras sentidas”... Deberíamos
recordar siempre que Dios espera de nosotros en todo momento sólo
aquello que le podemos dar y todo (nada menos) aquello que le podamos
dar: presencia sin palabras, palabras sin sentimiento, sentimientos sin
palabras... ¡Atentos, hermanos: no deberíamos dejar de venir
al Grupo cuando nos encontramos incapaces de hablar, de alabar en alto;
esto sería caer en la tentación que nos tiende el Maligno.
4.- Abandonar la alabanza (comunitaria o privada) porque nos "molesta"
un hermano o una hermana del Grupo, nos molesta con su manera
de alabar o con su forma de ser y de obrar.
¿Cual es la raíz de esta tentación?: que
hacemos depender nuestra alabanza no de la realidad de Dios, sino de nuestra
pequeña y limitada realidad. Si es verdad que muchas veces
hemos venido al Grupo de Oración por un hermano, por no despreciar
su invitación, por agradarle... no es menos verdad que en la alabanza
no deberíamos tener en cuenta ninguna persona ni ninguna cosa,
aunque estas palabras suenen muy duras. Por otra parte, en la vida cristiana
ocurre lo mismo, es decir, no creo ni obro el bien por lo que me han dicho
los hombres, sino por Dios. Lo que se dice de la alabanza puede decirse
igualmente de la fe y de toda la vida cristiana, porque alabar es vivir
como cristianos, y la vida del creyente consiste en alabar.
Deberíamos elevar nuestro corazón a Dios en la alabanza,
deseándolo por sí mismo y no por sus dones. Deberíamos
centrar la atención en El y dejar que ésta fuera la única
preocupación de nuestra mente y de nuestro corazón. Deberíamos
hacer todo lo que esté en nuestras manos para olvidar, en el momento
de la oración de alabanza, a los restantes compañeros del
Grupo, sus formas de alabar, sus palabras... Es difícil de explicar,
pero lo que deseo decir es que en la alabanza tenemos necesidad de un
corazón tan grande y tan tierno que sea capaz de no pararse en
las palabras del hermano para juzgarlo, que no anda a la caza de herejías
o exageraciones..., sino que seamos capaces, como las madres que comprenden
al hijito o al marido enfermo aun cuando no hable correctamente, porque
no escuchan con la cabeza sino con el corazón y un corazón
abierto, amoroso... Con otras palabras: deberíamos escuchar al
hermano que alaba en alto, para hacer nuestra su alabanza, y, al mismo
tiempo, no escucharlo para poder atender a Dios...
5.- Venir al Grupo a conseguir cualquier fruto concreto,
es decir, venir a convencer a Dios para que El haga mi voluntad en vez
de escucharle yo y poner en práctica su voluntad. Y quiero recordar
que esta actitud es igualmente nociva, aun en el caso de que lo que yo
quiero imponer a Dios es "que me haga mejor cristiano" o que
me conceda "hacer esta o aquella obra buena"...
¿Cuál es la raíz de esta tentación?: en
el fondo es la misma de las anteriores tentaciones: que me cuesta una
muerte el aceptar que sea Dios quien disponga, quien tome la iniciativa.
Más aún: que me cuesta aceptar que la vida cristiana no
consiste en domesticar yo a Dios, sino en dejarme yo domesticar por El.
Este precisamente es el objetivo de la oración de alabanza: escuchar
con el corazón la Palabra de Dios, su voluntad, su inspiración,
creerla confiadamente y, después, con su ayuda y no con mis pocas
fuerzas, practicarla, es decir, hacer de mi vida "una víctima
de alabanza" (plegaria IV). Deberíamos venir al Grupo "gratuitamente",
sin postura comerciante..., venir al Grupo a dar y no a recibir: a dar
gloria a Dios, y no a robarle su gloria... Y, por tanto, no deberíamos
dejar de venir cuando Dios no nos hace ver nuestro mejoramiento o cuando
nos parece que Dios no nos otorga aquello que le pedimos... La alabanza
no se puede instrumentalizar: el cambio que podemos ver en nuestra vida
o la curación de otra persona, son la consecuencia de la alabanza,
pero no la causa o motivación.
6.- Creer que la alabanza es alienación o espiritualismo
que exime de un serio compromiso ascético y social, como dicen
los que no nos conocen ni nos aman.
¿Cual es la raíz de esta tentación?: aquel
sentimiento (no concorde con el pensamiento de Jesús)
que tuvo Pedro en la Transfiguración: "Señor,
qué bien se está aquí: si quieres, podemos hacer
tres tiendas...". La raíz es, con otras palabras, ir más
allá de la fe, confundir la fe con la magia: encontrarse
tan a gusto alabando que nos olvidamos de trabajar seriamente en nuestro
progreso cristiano y en la mejora de las condiciones sociales de este
mundo, "como si Dios lo fuera a hacer sin nuestra colaboración".
El hombre vive continuamente la permanente tentación del extremismo:
no creer nada o creer todo indiscriminadamente...
Deberíamos creer que Dios puede hacer lo imposible, pero, al mismo
tiempo necesitamos tomar nuestra parte de responsabilidad. Por esto alabar
no es sólo orar, sino que es, también y en primer lugar,
vivir en la obediencia a Dios, quien nos envía a ayudar a los pobres
y necesitados.
7.- Creer que alabar a Dios por todo (por lo bueno y
por aquello que nos parece desgracia, por la riqueza y la pobreza, por
la salud y la enfermedad, por la virtud y el pecado...) puede conducir
a cierto fatalismo o indolencia.
¿Cuál es la raíz de esta tentación?: tener
como primer criterio nuestra lógica humana, nuestra racionalidad;
querer someter a Dios a nuestra manera de juzgar las cosas: determinar
nosotros lo que es bueno y malo, olvidando que Dios ha hecho de la cruz
gloria, del sufrimiento alegría, de la mujer estéril madre
de muchos hijos, de la debilidad fortaleza, de la muerte resurrección
y vida...
Deberíamos ser menos racionalistas y más creyentes; deberíamos
siempre hacer todo lo posible por obrar el bien y evitar el mal, pero
después (después y no antes de hacer nosotros todo lo posible)
alabar al Señor por el resultado, cualquiera que éste fuere,
teniendo presente que José vendido por sus hermanos será
el que salvará a su casa del hambre.... que Jesús muerto
será el vencedor de la muerte...
8.- Creer que puesto que la alabanza es un don y yo soy "malo"
con Dios, no puedo obtener tal don, no estoy llamado a la alabanza:
creer que alabar es para los otros, para los puros y santos...
¿Cuál es la raíz de esta tentación?: creer
que Dios, como hacemos los hombres, ama sólo a los buenos y da
sus dones sólo a éstos. El amor de Dios es totalmente
distinto al nuestro: en el cielo habrá más alegría
por un pecador que acoge la salvación gratuita de Dios que por
99 justos...
Alegrémonos, creamos en Dios, mirémosle a El y no al Maligno;
seamos "pequeños" y confiados, y confesemos el amor,
la potencia y la maravilla del Dios tres veces santo: esto es alabar.
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