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LA
IGLESIA NUESTRA MADRE
La Iglesia es el lugar elegido por Dios,
donde El establece su morada entre los hombres (Ap 21, 3), es invocado
su nombre y adorada la Trinidad.
Ella, Esposa de Cristo, es para nosotros seno maternal donde fuimos regenerados
a la Vida, redil que acoge a todos los pecadores, inmenso Pueblo de Dios,
siempre en marcha y peregrino hacia otra patria fuera ya de este mundo.
Todos y cada uno de los que somos miembros
de esta comunidad de salvación, en la que recibimos el perdón
y hallamos siempre acceso a la Vida y a los dones del Espíritu,
gozamos de la dignidad de ser hijos de la Iglesia.
Nunca podemos situarnos a considerar a la Iglesia desde fuera, en plan
de espectadores extraños, complacidos en resaltar sus pecados y
fealdades. Como hijos nos sentimos identificados con ella, Madre y Maestra,
columna de la verdad.
Hoy abunda toda una demagogia impía
contra la Iglesia, y somos sus hijos los que más hemos contribuido
a crear esa animosidad a base de una crítica despiadada. Todos
queremos una Iglesia evangélica, pobre y humilde, al servicio de
los hombres, pero olvidamos que aquí en la tierra siempre estará
mezclado el trigo con la paja, que siempre será una Iglesia de
santos y de pecadores, y que esos pecadores, miembros secos o podridos
o quizá muertos, podemos ser cualquiera de nosotros.
¿Cómo somos nosotros, los que somos la Iglesia? ¿Cuál
habría de ser nuestra contribución a su edificación
en este momento apasionante de su historia?
Ante todo aportar una vida joven y vigorosa, como nueva savia que brota
de su raíz más honda. La Iglesia de hoy necesita abundancia
de carismas y que se desarrollen más los ministerios laicales ante
las innumerables necesidades que surgen. Necesita comunidades vivas y
florecientes, que ofrezcan al mundo, juntamente con su servicio, el testimonio
colectivo de la presencia del Reino de Dios entre nosotros. Necesita cristianos
que sepan vivir en lucha y contemplación, al mismo tiempo que atareados
en la ingente labor que hay que desarrollar ante el mundo de hoy.
Debemos hacer nuestra la misión de la Iglesia.
Anunciar el Evangelio al mundo, ofrecerle la Verdad y la Vida, no es más
que llevar a Cristo al mundo.
A medida que ahondamos en la realidad y el misterio de la Iglesia, no
hallamos más que una sola cosa: Jesucristo. Todo en ella tiene
sentido en tanto en cuanto que hace referencia a Jesucristo. El es su
tesoro, lo único que tiene que ofrecer a la humanidad.
En cierta manera la Iglesia no es otra cosa más que Jesucristo,
pues ella, juntamente con su Cabeza, no forma más que un solo Cuerpo,
y este Cuerpo es el Cristo total. Conforme se desarrolla su edificación,
a medida que la Iglesia avanza hacia el encuentro escatológico
con su Señor, aparece cada vez más diáfana la realidad
de lo que ella es. Nunca habrá realizado en este
mundo toda su santidad, todo lo que encierra su misterio, hasta que no
haya entrado definitivamente en la consumación final.
Para toda la Iglesia, de manera especial para cuantos lo desconocen o
no lo viven, debemos ser testigos del Espíritu que alienta en su
íntima estructura. Hijos comprometidos en su servicio, debemos
reflejar en nuestras vidas el misterio de la Iglesia, viejo tronco del
que incesantemente seguirán brotando los profetas, los mártires,
los santos, los testigos carismáticos de la fe, del amor y de la
esperanza. A todos hemos de proclamar que la Iglesia es el mismo Jesucristo
continuado entre nosotros.
Como Madre, como Cuerpo de Cristo, como
la propia familia, no podemos menos de amarla. La amamos entrañablemente.
Ella es la prolongación de la Trinidad hasta nosotros, y ella a
su vez arranca de este mundo en constante ímpetu ascendente que
termina en la misma Trinidad.
SEMINARIO SOBRE
EL CRECIMIENTO ESPIRITUAL
CICLO II: LA IGLESIA
INTRODUCCION
Dentro de nuestro programa de formación
y crecimiento espiritual es de gran importancia el tema de la Iglesia.
Los cristianos de hoy si queremos salvar nuestra fe y vivir el compromiso
cristiano, necesitamos comprender mejor y profundizar más en el
misterio de la Iglesia.
A medida que se penetra en el conocimiento de la Iglesia de Cristo se
percibe con más profundidad el misterio de la acción de
Dios en los hombres, la presencia del Cristo Resucitado entre los cristianos,
la forma como su Espíritu se comunica a todos los que desde la
fe están abiertos al don de Dios, y cómo vive y actúa
en los corazones.
¿Qué vida del Espíritu podríamos buscar o
fomentar, si no fuera partiendo siempre de la Iglesia, en la que nacemos
del agua y del Espíritu?
¿Qué fe en Jesucristo. Hijo de Dios, es posible vivir hoy
si no es recibiendo su Palabra viva y operante, tal como la Iglesia, a
través de su magisterio, nos proclama y transmite, y con la que
nos alimenta?
¿Dónde encontrar al Cristo viviente, con todo el dinamismo
y poder de su Resurrección, dónde ver sus mismos signos
de salvación y hasta contemplar su gloria, si no es descubriéndolos
a través de las acciones sagradas de la Iglesia?
¿Cómo entrar en comunión, nosotros cristianos de
este siglo, con todos los que nos han precedido en la fe, con tantos testigos
de los que nosotros hemos venido a ser depositarios? ¿Cómo
empalmar con la Iglesia apostólica, tal como salió de Pentecostés,
si no es sintiéndonos plenamente integrados en la realidad de la
Iglesia de hoy?
Es necesario mirar a la Iglesia de Cristo, traspasando el velo de lo que
apreciamos sensiblemente. Lo mismo que muchos de los que se acercaron
al Jesús histórico no vieron en El más que al hombre,
sin llegar por la fe al misterio de su divinidad, así también
hoy son muchos, incluso cristianos, los que no ven en la Iglesia más
que una sociedad homologable con cualquier otra sociedad de este mundo.
La consecuencia es el hecho tan contradictorio y frecuente de los que
dicen creer en Cristo, pero no en la Iglesia. ¿Cómo creer
en Cristo y no creer en la Iglesia, si el Cristo que hoy existe para nosotros
es el Cristo que se identifica con los cristianos unidos en comunión,
el mismo Cristo que así se lo hizo ver a Saulo cuando los iba persiguiendo
camino de Damasco?
En lo que no creen muchos cristianos es ciertamente en la caricatura de
la Iglesia. Hay que manifestar y hacer ver con claridad en qué
consiste el misterio de la Iglesia, de la única Iglesia que existe,
la Iglesia de Jesucristo.
LA RESPONSABILIDAD DE LA R.C.
La R.C. no es un movimiento de Iglesia, se ha dicho muchas veces, sino
la Iglesia en movimiento.
Para que conozcamos lo que es la Iglesia, para poder apreciar también
lo largo y lo ancho, lo alto y lo profundo de ese gran movimiento, hasta
dónde llegan todas sus implicaciones, para que no hagamos fracasar
el mensaje de la Renovación, debemos conocer más a fondo
lo que es la Iglesia.
Si no adquirimos ese imprescindible sentido eclesial, nos faltará
una base firme. Una comunidad cristiana sin sentido eclesial no es comunidad.
Nuestros grupos y comunidades no son formas de capillismo, y ni siquiera
deben parecerlo. Son Iglesia de Cristo: esta es nuestra verdadera identidad.
En el seno de nuestros grupos hemos de descubrir y vivir la presencia
de la Iglesia.
Si no nos sentimos Iglesia, si no somos Iglesia, no somos nada, ni tendría
interés para nosotros seguir en este empeño. Cuando falta
esta perspectiva de Iglesia siempre amenaza el peligro del individualismo
o de la secta.
Hemos elaborado este Ciclo II del Seminario sobre el crecimiento espiritual,
centrado en el tema de la Iglesia, pensando en lo que los hermanos de
los grupos de la Renovación necesitan saber con vistas a ese crecimiento
y maduración espiritual.
No se trata ya de aquellos primeros elementos que ofrecíamos en
el Seminario de iniciación a la vida del Espíritu, en el
que predominaba el kerygma cristiano y las cuestiones más elementales
de iniciación en orden a la evangelización y acogida de
los primeros convertidos.
Nos dirigimos a hermanos que ya están creciendo en la vida del
Espíritu, con un compromiso cada vez mayor, con una vida de testimonio
y evangelización, y en afán comunitario. Para ellos hay
que ofrecer alimento sólido.
Hemos distribuido lo más esencial, lo que todos debemos saber sobre
el misterio de la Iglesia, en siete temas o exposiciones. Dada la amplitud
de la doctrina sobre la Iglesia, resulta imposible abarcar todos los puntos.
Nos parece que lo que presentamos es suficiente, pues son catequesis para
profundizar en la fe, y no un tratado completo sobre la Iglesia para desarrollar
en clases de teología.
Estos son los Temas:
1.- El misterio de la Iglesia
2.- El Espíritu Santo y la Iglesia
3.- La Iglesia es carismática e institucional
I .- Los Carismas
II.- Los Ministerios eclesiales
4.- La Iglesia institucional
5.- Función de la jerarquía en la Iglesia
I.- Triple ministerio de la jerarquía
II.- El Primado de Pedro
6.- La Evangelización como misión
de toda la Iglesia
7.- Presencia de la Iglesia en el mundo
I.- En la familia
II.- En el trabajo
III.- En la sociedad
¿QUE ENFOQUE SEGUIMOS?
Hoy en día se trata el tema de la Iglesia de acuerdo con distintos
enfoques o eclesiologías.
Comúnmente se considera que prevalecen cuatro ec1esiologías,
bastante diversas unas de otras, y que son las siguientes por orden de
su aparición:
-La eclesiología histórico-jurídica,
en la que predomina la línea de la autoridad en conexión
con la autoridad de los Apóstoles, valiéndose para el estudio
de la Iglesia principalmente de la categoría de sociedad.
-La eclesiología sacramental, muy ligada al despertar litúrgico,
pone en primer plano los sacramentos, principalmente la Eucaristía,
como órganos constructores de la Iglesia, la cual aparece en la
línea de los que la une con el Cristo pascual, hecho Espíritu
vivificante. Pone el énfasis en la Iglesia como comunión,
y se llama también eclesiología eucarística.
-La eclesiología carismática o pneumatológica, acentúa
los carismas, y por tanto la acción del Espíritu Santo,
y apela al hoy de Dios tal como se detecta en las personas, en las pequeñas
comunidades y en los movimientos de base. Acentúa la coparticipación
y la corresponsabilidad.
-La ec1esiología ecuménico-misionera es la más reciente
y tiene muchas variantes. La comunión adquiere un sentido mucho
más amplio, incluso más allá de las fronteras de
la Iglesia, buscando caminar unidos con todos los hombres de buena voluntad.
La diferencia entre estas cuatro eclesiologías no está en
cosas fundamentales, pues entonces no serían admisibles las cuatro,
sino en este o aquel elemento constitutivo de la Iglesia que se subraya.
Cada una es válida en tanto en cuanto admita todos los elementos
esenciales del misterio de la Iglesia, sin omitir nada.
Más bien se complementan las cuatro, y ninguna puede excluir u
oponerse a las otras. Las cuatro están presentes también
en la doctrina del Vaticano II.
Lo mismo que con el Evangelio, también hemos de ser muy honrados
y sinceros con la forma de interpretar el misterio de la Iglesia. No consiste
en presentar nuestra propia visión, sino en acoger y asimilar aquello
que la Iglesia nos ofrece y nos dice de sí misma.
Lo que hoy necesitamos los cristianos son verdades seguras y ciertas en
las que apoyarnos. Esto es lo que hemos de ofrecer en nuestra enseñanza,
no opiniones particulares, manteniéndonos a un nivel por encima
de cuestiones discutidas o de grupo.
Así nos lo recordaba a todos Juan Pablo II en su viaje apostólico
a España:
"No seáis portadores de dudas o de 'ideologías',
sino de 'certezas' de fe ... Ante todo tenéis que transmitir, con
fidelidad la doctrina de la Iglesia, esa doctrina que ha quedado expresada
en documentos tan ricos como los del Concilio Vaticano II... “
(Discurso a los Religiosos)
"La Iglesia ha sido constituida por Cristo, y no podemos pretender
hacerla según nuestros criterios personales. Tiene por voluntad
de su fundador una guía formada por el Sucesor de Pedro y de los
Apóstoles: ello implica, por fidelidad a Cristo, fidelidad al Magisterio
de la Iglesia... Ella es madre en la que renacemos a la vida nueva de
Dios; una madre debe ser amada. Ella es santa en su fundador, medios y
doctrina, pero formada por hombres pecadores; hay que contribuir positivamente
a mejorarla, a ayudarla hacia una fidelidad siempre renovada, que no se
logra con criticas Corrosivas. "
(Homilía en el Camp Nou de Barcelona)
METODOLOGIA
Al exponer los temas sería necesario hacerla del modo más
activo posible para todos los hermanos, de forma que cada uno participe
en el estudio y en el diálogo, y no se limite simplemente a escuchar.
Los que presentan el tema eviten el peligro de siempre: ser prolijos o
vagos en la exposición, o querer dar una clase magistral. La exposición
ha de ser muy sencilla y concreta, ceñida al orden de las ideas
que se sigue, y de tal forma clara e inteligible que el que escucha se
quede con el esquema mental, con ideas precisas, y no con un maremagnum
de cosas imposibles de digerir.
Todos deberían tener los Documentos del Vaticano II, y al mismo
tiempo que se va desarrollando el Ciclo sobre la Iglesia, habría
de ir leyendo cada uno la Constitución Dogmática sobre la
Iglesia (Lumen Gentium).
Al final de cada tema hay que volver a hacer una síntesis de lo
expuesto, recalcando los puntos principales, y procurando llegar también
a aplicaciones prácticas y a alguna revisión sobre nuestra
vida eclesial.
El diálogo sobre los diversos puntos puede continuar también
en los grupos de profundización.
TEMA 1
El misterio de la Iglesia
La Iglesia no es un colectivo humano cualquiera,
ni una sociedad como otra cualquiera de hombres a los que les une un ideal
común, ideológico, político, cultural, o una tarea
común a cumplir.
La Iglesia está formada por los hombres que han llegado a la fe
en Jesucristo, Hijo de Dios, y, por medio del sacramento del bautismo,
se han incorporado a El y han recibido el don del Espíritu. Ellos
forman la comunidad de los que creen en Cristo, su cuerpo viviente.
Es una comunidad muy especial de personas, que difieren de los demás
hombres por este don fundamental que es la fe en Cristo Jesús,
en el que han encontrado el sentido y la esperanza de la existencia humana
y de toda la historia de la humanidad.
El Concilio Vaticano II estructura todas sus enseñanzas en torno
a un documento fundamental: la Constitución dogmática sobre
la Iglesia o Lumen Gentium (LG). El título del primer capítulo
es muy significativo: El Misterio de la Iglesia.
El Misterio de la Iglesia deriva del Misterio de Dios que creó
el universo y llama a todos los hombres a participar de su vida divina
para formar con El una comunión de amor en Cristo su Hijo, por
el Espíritu Santo (LG 2).
1.- LA IGLESIA,
MISTERIO Y SACRAMENTO DE SALVACION
El Vaticano II para hacernos comprender la naturaleza íntima del
misterio de la Iglesia nos presenta las diversas imágenes que emplea
la Sagrada Escritura "tomadas de la vida pastoril, de la agricultura,
de la edificación, como también de la familia y de los esponsales"
(LG 6).
La Iglesia es:
-redil, cuya puerta es Cristo Un 10.
1-10): grey de la que el "Buen Pastor y Príncipe de los
pastores dio su vida parias ovejas" (Jn 10, 11-15: 2 P 5,4);
-labranza o arada de Dios, viña escogida, siendo Cristo la vida
verdadera y nosotros los sarmientos (1 Co 3,9; Jn 15, 1-5);
-edificación de Dios en la que Cristo es la piedra angular que
rechazaron los constructores (1 Co 3,9; Mt 21,42; Hch 4,11: 1 P 2,7).
Esta edificación es casa de Dios (1 Tm 3.15) en la que habita
su familia, habitación de Dios en el Espíritu (Ef 2, 19-22),
tienda de Dios entre los hombres (Ap 21, 3), templo santo del que todos
somos piedras vivas (1 P 2. 5). Se la compara también a la ciudad
santa de Jerusalén, la "Jerusalén de arriba"
y "madre nuestra" (Ga 4, 26: Ap 12, 17);
-la Esposa del Cordero, a la que Cristo amó y se entregó,
uniéndola consigo en pacto indisoluble (Ap 19.7; 21,2; 22,17;
Ef. 5, 25-26.29).
Cada una de estas imágenes nos
presenta una dimensión distinta del misterio de la Iglesia, y ninguna
por sí sola es suficiente para expresarnos todos los aspectos que
integran la realidad de la Iglesia.
¿Qué queremos expresar con la palabra misterio?
Tal como se emplea este vocablo, tanto en la Liturgia como en la Teología,
significa un signo visible de una gracia invisible: algo que vemos externamente,
pero que significa y hace presente otra realidad espiritual, que es invisible
no solo para los sentidos sino también para la razón humana.
La Iglesia, por consiguiente, no es sólo lo que vemos externamente,
los hombres que la integran y la representan, con su organización
y estructuras (jerarquía, gobierno. ritos, etc.), sino que también
hay algo que no podemos descubrir si no es por la fe: la presencia y acción
del Espíritu, esa comunión en Cristo entre Dios y los hombres.
Esta es la realidad invisible que está significada por lo que vemos
externamente. Pablo VI decía que la Iglesia es una realidad imbuida
por la presencia oculta de Dios.
Todo esto es lo mismo que decir, utilizando otra expresión importante
del Vaticano II, que:
"La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea, signo e instrumento
de la unión íntima de Dios y de la unidad de todo el género
humano" (LG 1).
Retengamos esta palabra de Sacramento porque es de una gran riqueza teológica.
La Iglesia es el Sacramento de Jesucristo.
A Cristo se le considera el Sacramento de Dios, el Sacramento fundamental
o sacramento por excelencia, origen y soporte de los demás sacramentos.
Si Cristo es el Sacramento de Dios, la Iglesia es el Sacramento de Jesucristo,
es decir, "una realidad compleja que está integrada de un
elemento humano y otro divino. Por eso se la compara, por una notable
analogía, al misterio del Verbo Encarnado" (LG 8).
Tenemos, pues, un elemento humano y un elemento divino: una realidad externa
y otra realidad interna. Lo humano y lo divino se compenetran.
Lo externo, o lo visible y social, es lo que llamamos lo institucional,
una institución de salvación: todo esto no es más
que signo e instrumento que está al servicio de lo invisible.
Lo interno, que es lo invisible o el elemento divino, constituye a la
Iglesia en su realidad más profunda, y es el Espíritu de
Jesús resucitado, o lo que es lo mismo, Cristo comunicado en el
Espíritu Santo. He aquí el origen de toda la fuerza y vitalidad
de la Iglesia, lo que realiza la comunión de vida entre Dios y
los hombres, por lo cual también se define a la Iglesia como un
misterio de comunión entre Dios y los hombres. ''Lo que constituye
a la Iglesia a manera de principio es el Espíritu Santo en los
corazones, y todo lo demás (Jerarquía, magisterio, potestades
de la Iglesia) está al servicio de esa transformación interna"
(Sacramentum mundi, t. 3, col. 605).
¡Este es el Sacramento de nuestra fe!: así podemos decir
ante la realidad de la Iglesia, de modo equivalente a como decimos ante
el pan y el vino que consagrados se han convertido en signo de la presencia
del Cuerpo y Sangre del Señor.
Sí, esta es la Iglesia, este es el Sacramento del Cristo Resucitado
que de esta forma tan maravillosa "ha plantado su tienda" en
medio de la humanidad hasta el fin de los tiempos.
"El Espíritu habita en la Iglesia y en el corazón de
los fieles como en un templo (I Co 3, 16:6,19)", dice el Vaticano
II (LG 4). En este sentido se considera a la Iglesia el templo del Espíritu,
y la Liturgia en la alabanza del prefacio exclama:
"de este modo tu Iglesia, unificada por virtud y a imagen de la Trinidad,
aparece ante el mundo como Cuerpo de Cristo y templo del Espíritu,
para alabanza de tu infinita sabiduría"
Esta visión de la Iglesia como Sacramento nos introduce en el tema
de los tres aspectos más significativos y que mejor expresan el
misterio de la Iglesia. Nos referimos a:
a) la Iglesia como comunidad
b) la Iglesia como Cuerpo de Cristo
c) la Iglesia como Pueblo de Dios
II.- LA IGLESIA COMO COMUNIDAD
Si la Iglesia en su aspecto interno e invisible es, como hemos dicho,
Cristo comunicado en el Espíritu Santo, el cual realiza la comunión
de vida entre Dios y los hombres, necesariamente es un misterio de comunión,
una comunidad (koinonia).
"Cristo, el único mediador, instituyó y mantiene
continuamente en la tierra a su Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza
y caridad, como un todo visible, comunicando mediante ella la verdad y
la gracia a todos" (LG 8).
Cristo mantiene en la tierra esta comunidad de fe, esperanza y caridad
uniendo a los hombres con Dios, haciendo que entren en comunión
con el Padre por la comunicación del Espíritu Santo.
Es, por tanto, una comunidad de los hombres con Dios. Pero, y puesto que
su Espíritu es siempre Espíritu de unión y de Amor,
realiza también a un mismo tiempo una gran comunión entre
sí de los hombres que le aceptan por la fe.
La Iglesia es entonces comunidad de los hombres con Dios y de los hombres
entre sí, comunidad en la que por la acción del Espíritu
Santo, Cristo se hace presente y se comunica a los hombres.
En consecuencia, es también comunidad en el Espíritu Santo.
El fundamento de la Iglesia en cuanto comunidad, lo mismo que en cuanto
institución de salvación, es el Espíritu Santo.
Esta comunidad se realiza también bajo la forma de una comunidad
sacramental, en el sentido en que antes hemos dicho, porque siempre es
signo visible de esa comunión de vida (realidad invisible) entre
Dios y los creyentes, y también porque cuando toda asamblea de
creyentes se reúne para celebrar los sacramentos, y de manera especial
la Eucaristía, constituye una comunidad, comunidad sacramental
reunida en Cristo.
III.- LA IGLESIA COMO CUERPO DE CRISTO
La Iglesia, como hemos visto, es la comunidad de los que creen en Cristo,
los cuales, según la expresión de San Pablo, forman su cuerpo
viviente. Un cuerpo en el que Cristo es la Cabeza y los creyentes son
los miembros, y el Espíritu Santo como el alma.
El Vaticano II nos dice que el Hijo de Dios redimió al hombre y
lo transformó en nueva criatura, "y a sus hermanos, congregados
de entre todos los pueblos, los constituyó místicamente
su cuerpo, comunicándoles su Espíritu. En ese cuerpo la
vida de Cristo se comunica a los creyentes, quienes están unidos
a Cristo paciente y glorioso por los sacramentos de un modo arcano, pero
real" (LG 7).
Esta imagen hace resaltar la unidad de los miembros entre sí y
su unión vital con Cristo por medio del bautismo, hasta el punto
de que el mismo Señor se identifica con los cristianos.
Esto nos ayuda a profundizar en el punto anterior: la Iglesia en su misma
esencia es la comunidad de vida que resulta de los hombres incorporados
a Cristo, como miembros unidos a la Cabeza, los cuales reciben de Ella
vida divina, por lo cual resulta que la Iglesia es también la culminación
del misterio de Cristo: el Cristo total, y todo es "para edificación
del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y
el conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto,
a la madurez de la plenitud de Cristo" (Ef 4, 12-13).
"La Cabeza de este Cuerpo es Cristo. El es lo Cabeza de su Cuerpo
que es la Iglesia... Es necesario que todos los miembros se hagan conformes
a El hasta el extremo de que Cristo quede formado en ellos. Por eso somos
incorporados a los misterios de su vida, configurados con El, muertos
y resucitados con El, hasta que con El reinemos... "(LG 7).
Al expresar esto, tocamos, por así decirlo, el corazón mismo
del misterio de la Iglesia. Por esta participación llegamos a ser
"partícipes de la naturaleza divina" (2 P 1,4), y la
Iglesia ya no es sólo la Iglesia de Cristo, sino Cristo mismo,
y nosotros estamos asociados a su ser y a sus misterios, "configurados
con El, muertos y resucitados con El".
Cristo posee la gracia, la vida del Espíritu en plenitud, nosotros
en cambio la conseguimos como miembros y por un don gratuito.
San Agustín decía: "El cuerpo y los miembros ¿no
forman un solo Cristo? ¿Qué es la Iglesia?: el Cuerpo de
Cristo. Añadidle la cabeza, y tendréis un solo hombre: la
cabeza y el cuerpo forman un solo hombre".
Esta unión entre Cristo y nosotros, sus miembros, no es una unidad
física, pero tampoco una unidad moral: se la llama unidad mística:
muchas personas formamos una sola persona mística, un cuerpo místico.
"En esto consiste precisamente el misterio del Cuerpo Místico:
que muchos, siendo muchos, tengan una misma vida" (Cangar).
Por esto se dice de la Iglesia que es la plenitud de Cristo, la consumación
de su misterio, el Cristo total:
"la Iglesia que es su Cuerpo,
Plenitud del que lo llena todo en todo"(Ef 1,22-23; 4, 13; Col
2. 10).
Esto nos ayudará a comprender un poco lo que quiere expresar el
lenguaje de la Escritura cuando llama a la Iglesia esposa de Cristo, la
esposa del Cordero (Ap 21, 9). Esta imagen expresa el mismo misterio que
la del cuerpo, pero subraya más el aspecto del amor mutuo entre
Cristo y la Iglesia (Ef 5, 2530), así como la distinción
esencial que hay entre ambos, la gratuidad del don, y la fecundidad de
la Iglesia nuestra madre (Ap 12).
IV - LA IGLESIA COMO PUEBLO DE DIOS
El Concilio Vaticano II dedica todo el segundo capítulo de la Constitución
dogmática sobre la Iglesia a la consideración de la Iglesia
como el Pueblo de Dios.
Esta imagen está tomada del Antiguo Testamento y nos ayuda a captar
bajo otros aspectos el misterio de comunión de Dios con los hombres
en su Hijo, del cual ya nos han hablado las imágenes anteriores
de la Iglesia, y la unidad que existe en todo el plan de salvación
realizado por Dios a lo largo de toda la historia.
La Iglesia se configura así como la heredera de un largo pasado:
"Fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no
aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo
un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente. Por ello
eligió al pueblo de Israel como pueblo suyo, pactó con él
una alianza y le instruyó gradualmente, revelándose a sí
mismo y los designios de su voluntad a través de la historia de
este pueblo, y santificándolo para sí. Pero todo esto sucedió
como preparación y figura de la Alianza Nueva y perfecta que había
de hacerse por el mismo Verbo de Dios hecho carne. He aquí que
llegará el tiempo, dice el Señor, y haré un nuevo
pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá... Pondré
mi ley en sus entrañas y la escribiré en sus corazones,
y seré Dios para ellos y ellos serán mi pueblo... Todos,
desde el pequeño al mayor, me conocerán, dice el Señor
(Jer 31. 31-34). Ese pacto nuevo, a saber, el Nuevo Testamento en su sangre
(1 Co 11,25), lo estableció Cristo convocando a un pueblo de judíos
y gentiles, que se unificara no según la carne, sino en el Espíritu,
y constituyera el nuevo Pueblo de Dios. Pues quienes creen en Cristo,
renacidos no de un germen corruptible, sino de uno incorruptible, mediante
la palabra de Dios vivo (1 P 1.23), no de la carne, sino del agua y del
Espíritu Santo (Jn 3, 5-6), pasan, finalmente, a constituir un
linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo de adquisición....
que en un tiempo no era pueblo y ahora es pueblo de Dios. "(1
P 2. 9-10) (LG 9)
La consideración de la Iglesia como Pueblo de Dios des?taca algunos
aspectos importantes:
a) El misterio de su elección, su vocación para ser "comunión
de vida, de unidad y de verdad.... instrumento de redención universal"
(LG 9);
b) Tiene por cabeza a Cristo que reina gloriosamente en los cielos, pues
El adquirió a la Iglesia "con su sangre (Hch 20, 28), la llenó
de su Espíritu y la dotó de medios apropiados de unión
visible y social" (LG 9);
c) En él se da una igualdad básica de todos sus miembros,
"la dignidad y la libertad de los hijos de Dios" (LG 9), anteriormente
a la distinción de funciones y ministerios; participando todos
por igual del mismo misterio de Cristo y del sacerdocio común,
sacerdocio regio, "concurren a la ofrenda de la Eucaristía
y lo ejercen en la recepción de los sacramentos, en la oración
y acción de gracias, mediante el testimonio de ?una vida santa,
en la abnegación y caridad operante" (LG 10);
d) Es, pues, un pueblo consagrado por el bautismo y la unción del
Espíritu, un pueblo sacerdotal para alabanza de Dios, y todos los
miembros se hacen partícipes de la triple misión de Cristo:
profética, sacerdotal y real. Como pueblo sacerdotal alcanza su
expresión más plena cuando reunido en asamblea litúrgica
proclama y celebra la Palabra y el misterio pascual de Cristo;
e) Es un pueblo profético en el que todos están llamados
a “anunciar las alabanzas de Aquél que nos ha llamado de
las tinieblas a la luz admirable" (1 P 2.9). "El Pueblo santo
de Dios participa también de la función profética
de Cristo, difundiendo su testimonio vivo, sobre todo con la vida de fe
y caridad y ofreciendo a Dios el sacrificio de alabanza, que es fruto
de los labios que confiesan su nombre" (LG 12);
f) Pueblo dotado también del carácter real de Cristo, y
por esto un pueblo de servidores en el que todos los miembros, cada uno
según su propio carisma y ministerio, están llamados a desempeñar
una función como acto de servicio para edificación de la
comunidad;
g) Es un pueblo universal, pues “todos los hombres están
llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios..., el cual debe extenderse
a todo el mundo y en todos los tiempos para así cumplir el designio
de la voluntad de Dios... El único Pueblo de Dios está presente
en todas las razas de la tierra, pues de todas ellas reúne sus
ciudadanos, y éstos lo son de un reino no terrestre, sino celestial.
Todos los fieles dispersos por el orbe comunican con los demás
en el Espíritu Santo, y así “quien habita en Roma
sabe que los de la India son miembros suyos’... Este carácter
de universalidad que distingue al Pueblo de Dios es un don del mismo Señor
con el que la Iglesia católica tiende, eficaz y perpetuamente,
a recapitular toda la humanidad, con todos sus bienes, bajo Cristo Cabeza,
en la unidad de su Espíritu." (LG 13)
APLICACION PRÁCTICA
Creemos en la Iglesia, decimos en el Credo.
Debo darme cuenta de que siendo la Iglesia un Misterio, no puedo llegar
a conocer su realidad más profunda y verdadera si no es a través
de la fe. Es necesario mirar a la Iglesia siempre con mirada de fe.
Cuando digo Creo en la Iglesia afirmo que ella es la prolongación
de Cristo en el tiempo y en el espacio, que de ella recibo la fe y que
en ella llego a entrar en posesión de la salvación y del
don del Espíritu. Rechazar a la Iglesia es rechazar a Cristo.
Debo avivar la conciencia de mi pertenencia a este Pueblo.
En él es donde encuentro mi identidad de discípulo y seguidor
de Cristo.
Estar en comunión con toda la Iglesia significa aceptar toda su
fe, todos los medios de salvación que me ofrece, y por tanto también
toda su enseñanza y preceptos.
"La Iglesia no es una realidad meramente humana, sino el Pueblo
de Dios, el Cuerpo de Cristo, el Templo del Espíritu Sama, el “sacramento
universal de salvación”. La fidelidad a Cristo se prolonga
así en fidelidad a la Iglesia, en la que Cristo vive, se hace presente,
se acerca a todos los hermanos y se comunica al mundo. "
(Juan Pablo II, Viaje Apostólico a España)
Tema 2:
El Espíritu Santo y la Iglesia
La efusión del Espíritu
Santo en Pentecostés da origen a la primera comunidad cristiana
de los discípulos de Jesús, los cuales a partir de entonces
son asiduos a la enseñanza de los Apóstoles, a la comunión
fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones (Hch 2, 42).
Con esta primera comunidad empieza la Iglesia delineada ya en sus elementos
estructurales.
Este bautismo en el Espíritu Santo es como la investidura o inauguración
oficial de la Iglesia, y marca lo que en adelante será su mismo
naturaleza. La Iglesia nace carismáticamente del Espíritu
Santo como una nueva creación, como comunidad mesiánica,
investida del don de la nueva Ley (Jr 31, 33; Ez 36, 27), que está
llamada a extenderse a todos los pueblos (Hch 2, 5-11).
El Espíritu es el don por excelencia que Jesús Resucitado
ha comunicado a su Iglesia. En adelante la presencia y la acción
del Cristo Resucitado en la Iglesia será a través de la
presencia y la acción de su Espíritu.
Por tanto hemos de concebir siempre a la Iglesia de Cristo, más
que a partir del Jesús carnal (2 Co 5, 16), a partir del Jesús
Resucitado, a partir del "Señor que es el Espíritu"
(2 Co 3, 17), en el sentido de que el Jesús muerto por nosotros
fue devuelto a la vida por el Espíritu Santo (Rm 1,4) y constituido
Señor (Kyrios), cuyo cuerpo ha quedado constituido en Espíritu
vivificante (1 Co 15,4549), por lo que el que se une al Señor resucitado,
que vive en la forma de Espíritu "se hace un solo espíritu
con El" (1 Co 6, 17).
La Iglesia que es el Sacramento de Cristo, la hemos de entender como el
Sacramento, el signo y el instrumento del Cristo Resucitado, y en cierto
sentido como el sacramento del Espíritu.
El Espíritu será la fuerza que lleve siempre a la Iglesia
hasta "los confines de la tierra (Hch l. 8), guiará y acompañará
a los Apóstoles (Hch 16, 16) y dará autoridad a sus decisiones
(Hch 15, 28). El Espíritu será también la fuerza
que incorpora al creyente a la comunidad, surgiendo así las primeras
comunidades edificadas en el temor del Señor y llenas de la consolación
del Espíritu (Hch 9,31), y los discípulos en los momentos
de prueba se verán "llenos del gozo y del Espíritu
Santo" (Hch 13,52).
Es el Espíritu el que crea la unidad de la comunidad, y como no
hay más que un solo Espíritu no habrá más
que un solo Cuerpo, una sola Iglesia (Ef 4, 4; Rm 12, 5; 1 Co 12, 12-13).
Si el Espíritu dado a la Iglesia es el Espíritu del Señor
Resucitado, es también la señal de que se ha iniciado y
cumplido la última hora, los últimos tiempos, es decir,
el período que media entre la Ascensión de Jesús
a los cielos y su venida final o Parusía: el tiempo de la Iglesia,
o lo que es lo mismo, el tiempo del Espíritu. La Iglesia es, pues,
el pueblo escatológico de Dios, el pueblo de Dios de los últimos
tiempos.
En adelante ya no será posible para nosotros concebir el Espíritu
sin la Iglesia, pues sería como una fuerza sin medio de acción,
así como tampoco podremos concebir a la Iglesia sin el Espíritu,
lo cual no sería más que un cuerpo sin principio de vida.
Hay plena identidad entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia del Espíritu.
No es posible hacer distinción como ocurrió con ciertas
herejías pasadas, ni se puede afirmar que a la era actual de Cristo
ha de suceder la era del Espíritu. La era nueva y última
ya empezó en Pentecostés.
A partir del Pentecostés el Espíritu y la Iglesia están
ordenados el uno a la otra, y serán inseparables y seguirán
unidos en la misma espera y anhelo del advenimiento del Cristo glorioso.
“El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven!" (Ap
22, 17).
FUNCION DEL ESPIRITU SANTO EN LA IGLESIA
La función del Espíritu Santo en la Iglesia ha sido comparada
a la del alma en el cuerpo:
"Nos concedió participar de su Espíritu, quien,
siendo uno solo en la Cabeza y en los miembros, de tal modo vivifica todo
el cuerpo, lo une y lo mueve, que su oficio pudo ser comparado por los
Santos Padres a la función que ejerce el principio de vida o el
alma en el cuerpo humano" (LG 7)
Esto no quiere decir, hablando con rigor, que el Espíritu Santo
sea el alma de la Iglesia, pues el alma compone con el cuerpo un solo
ser físico, pero el Espíritu Santo no compone con la institución
eclesial, sino que solamente le está unido, la habita y la anima
(Congar).
Podemos reducir la función del Espíritu Santo en la Iglesia
a los siguientes aspectos:
1.- El Espíritu es el
principio de vida y de santificación
En el Credo afirmamos: Creemos en el Espíritu Santo, Señor
y dador de vida.
Y el Vaticano II enseña:
"Consumada la obra que el Padre encomendó realizar al Hijo
sobre la tierra, fue enviado al Espíritu Santo el día de
Pentecostés a fin de santificar indefinidamente a la Iglesia y
para que de este modo los fieles tengan acceso al Padre por medio de Cristo
en un mismo Espíritu. El es el Espíritu de vida o la fuente
de agua que salta hasta la vida eterna, por quien el Padre vivifica a
los hombres, muertos por el pecado, hasta que resucite sus cuerpos mortales
en Cristo" ( LG 4 ).
El Espíritu es el que nos lleva al conocimiento verdadero de Cristo
el que nos induce a creer en El, el que infunde en nosotros la caridad,
el que perdona los pecados. En El y por El Cristo nos comunica la vida.
Es, pues, el principio de nuestra divinización.
Los Padres griegos decían que el Espíritu Santo es el que
hace a Dios comunicable. Es decir, el Espíritu que el Cristo glorificado
nos comunica es el principio de vida y la fuerza que configura a la Iglesia,
por lo que ella está animada y guiada por el Espíritu, y
a El debe su origen y continuidad.
Para asegurar “esta función" ininterrumpidamente quiso
el Señor asegurar una presencia constante del Espíritu en
su Iglesia. El es la ley interior de distribución de vida en los
distintos miembros del Cuerpo.
La Iglesia resulta así, como ya vimos, el templo del Espí?ritu,
una construcción penetrada de1 Espíritu de Dios.
“El Espíritu habita en la Iglesia y en el corazón
de los fieles como en un templo, y en ellos ora y da testimonio de su
adopción de hijos" (LG 4).
Comprendemos entonces el célebre texto de San Ireneo:
''Allí donde está la iglesia,
allí está el Espíritu de Dios y donde está
el Espíritu de Dios allí está la Iglesia y la comunidad
de gracia. El Espíritu es la verdad. Por eso no participan de El
quienes no son alimentados al pecho de la madre ni reciben nada de la
pura fuente que mana del Cuerpo de Cristo“. (Adv. Haer. III, 24,
1)
2.- El Espíritu Santo es el principio de unidad y diversidad
en la Iglesia.
El Espíritu “guía a la Iglesia a toda la verdad, la
unifica en comunión y ministerio" (LG 4).
"Por esto envió Dios al Espíritu del Hijo ,Señor
y Vivificador, quien es para toda la Iglesia y para todos y cada uno de
los creyentes el principio de asociación y unidad en la doctrina
de los Apóstoles, en la mutua unión, en la fracción
del pan y en las oraciones...” (LG 13)
“Y del mismo modo que todos los miembros del cuerpo humano, aun
siendo muchos, forman, no obstante, un solo cuerpo, así también
los fieles en Cristo. También en la constitución del cuerpo
de Cristo está vigente la diversidad de miembros y oficios. Un
solo es el Espíritu que distribuye sus variados dones para el bien
de la Iglesia según su riqueza y la diversidad de ministerios."
(LG 7)
El Espíritu Santo es por consiguiente en la Iglesia, el Espíritu
de la unidad y el Espíritu de la diversidad a un mismo tiempo,
el Espíritu de la comunidad y el Espíritu de las personas
que están en Cristo. "Por una parte, distribuye, a partir
de Cristo, los dones múltiples y diversos, de los cuajes el Señor
es la fuente; por otra parte, hace concurrir a la unidad los dones que
ha puesto en cada uno" (CONGAR, Pentecostés, Estela, Barcelona
1961, p. 51).
Sin embargo, siempre que hay unidad hay también complementariedad
y nunca contradicción entre lo que el Espíritu Santo realiza
en el alma de cada fiel, íntima y personalmente, y la acción
que lleva a cabo a través de la jerarquía. Esto hay que
tenerlo siempre en cuenta como una gran regla de discernimiento.
Por tanto, la vida en el Espíritu para que sea auténtica
ha de ir siempre marcada por un profundo sentido eclesial. El Espíritu
que actúa en cada uno de nosotros es el mismo que actúa
en toda la Iglesia, y a todos nos conduce siempre hacia la unidad y la
comunión.
Si ya dijimos anteriormente que la Iglesia es un misterio de comunión,
aquí podemos añadir que precisamente esto es así
porque el Espíritu Santo es la ley de comunión de los diversos
miembros del Cuerpo en la unidad.
"El Espíritu Santo que ha sido la ley interior de distribución
de la vida en los miembros, es también la ley de su comunión
en la unidad. Se trata de la unidad entre personas. Como decía
Pascal, “un cuerpo lleno de miembros que piensan”. En ese
cuerpo que es la Iglesia, que llamamos místico, no en el sentido
más o menos vaporoso e irreal, sino para subrayar que es un cuerpo
de manera distinta de los cuerpos físicos de nuestro mundo terrestre,
la unidad de los miembros no puede ser una unidad de fusión: es
una unidad de comunión... Es el Espíritu Santo quien realiza
eso en nosotros, según la forma única de Jesucristo, a la
vista del Padre que nos es común. Gloria al Padre, por Cristo,
en el Espíritu Santo, declaran los antiguos Padres; y muchos decían
equivalentemente: Gloria al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo
en la Santa Iglesia, porque eso es la Iglesia y eso es su profunda unidad"
(CONGAR, ib. p. 55•56).
3.- El Espíritu gobierna a la Iglesia
"El Espíritu Santo que habita en los creyentes y llena
y gobierna a toda lo Iglesia, realiza esa admirable unión de los
fieles y tan estrechamente une a todos en Cristo, que es el principio
de la unidad de la Iglesia. El es el que obra las distribuciones de gracias
y ministerios... Este es el misterio sagrado de la unidad de la iglesia
en Cristo y por Cristo, obrando el Espíritu Santo la unidad de
las funciones. El supremo modelo y supremo principio de este misterio
es, en la trinidad de personas, la unidad de un solo Dios Padre e Hijo
en el Espíritu Santo."
(Vat. II Decreto de Ecumenismo)
La acción del Espíritu en Pentecostés sobre los Apóstoles,
como fundamento y primicias de la Iglesia, a la que "provee y gobierna
con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece
con sus frutos" (LG 4), tuvo como efecto la consagración del
ministerio apostólico para llevar a cabo la misión que Cristo
les había confiado. Esta consagración implica una asistencia
constante del Espíritu en el ejercicio de la función de
enseñanza, gobierno y santificación.
4.- El Espíritu rejuvenece y renueva la Iglesia
El secreto de la perenne juventud de la Iglesia está en su principio
de vida que es el Espíritu Santo. "Con la fuerza del Evangelio
rejuvenece a la Iglesia, la renueva incesantemente y la conduce a la unión
consumada con su Esposo" (LG 4).
Sin embargo, es una Iglesia de pecadores, "encierra en su seno”
a pecadores, siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación,
avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación"
(LG 8), por lo que "peregrina en este mundo es llamada por Cristo
a esta perenne reforma, de la que ella en cuanto institución terrena
y humana, necesita permanentemente" (Decreto de Ecumenismo, 6).
CARACTER TRINITARIO DE LA IGLESIA
"Toda la Iglesia aparece como un pueblo reunido en virtud de la unidad
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo: "(LG4).
La Trinidad es en efecto el origen, el modelo y el término de la
Iglesia.
Las palabras de Jesús nos dan a entender claramente esto:
"Como el Padre me envió, también yo os envío"
(In 20, 21)
"Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré junto
al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, El dará
testimonio de mí. "(Jn 15,26)
"Yo les he dado la gloria que Tú me diste; para que sean uno
como nosotros somos uno. "(Jn 17,22)
La Iglesia resulta ser así como una prolongación de la Tri?nidad,
o el misterio mismo de Dios extendido a la humanidad.
"Allí donde están los Tres, a saber, el Padre, el Hijo
y el Espíritu, allí está la Iglesia, porque la Iglesia
es “el cuerpo de los Tres", decía Tertuliano.
"La Trinidad y la Iglesia es realmente Dios que procede de Dios y
vuelve a Dios llevando consigo, en sí, a su criatura humana."
(Congar)
"De este modo tu Iglesia, unificada por virtud y a imagen de la Trinidad,
aparece ante el mundo como cuerpo de Cristo y templo del Espíritu,
para alabanza de tu infinita sabiduría. "(Prefacio Dominical
VIII)
CARACTERISTICAS DEL PUEBLO DE DIOS
1.- Es una Iglesia indefectible
Esto quiere decir que no puede ser destruida, sino que ha de subsistir
hasta el final del mundo sin experimentar un cambio substancial que pudiera
equivaler a su destrucción.
Es indefectible por la fidelidad del Señor que ha dado su palabra
(Mt 16.18) y porque goza de la asistencia perpetua del Espíritu
Santo que asegura su unión con Cristo.
A pesar de las fuertes persecuciones que pueda sufrir en cualquier momento
de su historia, o de la presencia constante de hombres pecadores en su
seno, subsistirá victoriosa a través de todos los siglos.
2.- Es una Iglesia infalible
No puede caer en error contra la fe ni equivocarse en cuestiones de moral,
tanto por parte de los que ejercen su magisterio, como en el asentimiento
que el conjunto de los fieles pueda prestar.
"La totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo,
no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la
manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo
cuando “desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos”
presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres. "(LG
12)
3.- Las cuatro notas de la Iglesia: una, santa, católica y apostólica
Cuando confesamos en el Credo que la Iglesia es una, santa, católica
y apostólica afirmamos aquellas propiedades esenciales por las
que exteriormente puede ser reconocida y discernida como la Iglesia de
Cristo.
No basta cualquier propiedad, como por ejemplo la perennidad, sino que
han de ser propiedades que sean discernibles, verificables externamente,
en otras palabras, elementos constitutivos de la Iglesia que la den a
conocer en cuanto Iglesia de Cristo.
Si la Iglesia no pudiera ser reconocida externamente con certeza ya no
sería signo o sacramento de Cristo en medio de los hombres, ni
podría llevar a cabo lo que le encomendó su fundador.
-UNA quiere decir: 1) única. La Iglesia de Cristo
es una sola, aunque "fuera de su estructura se encuentran muchos
elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia
de Cristo, impelen hacia la unidad católica: 2) unidad en la fe
y unidad de régimen, como expresión de la unidad de comunión.
Ya hemos visto que la Iglesia es misterio de comunión en Cristo
de los hombres con Dios y de los hombres entre sí, y por eso "creemos
que la Iglesia fundada por Cristo Jesús, y por la cual El oró,
es indefectiblemente una en la fe, en el culto y en el vínculo
de la comunión jerárquica.
Dentro de esta Iglesia, la rica variedad
de ritos litúrgicos, lejos de perjudicar a su unidad, la manifiestan
ventajosamente" (PABLO VI, Solemne profesión de fe, n. 21).
-SANTA, porque: 1) en sus principios constitutivos, como
institución de salvación o medio por el que Dios comunica
su vida, lleva la santidad de Dios, y 2) porque, aunque en este mundo
está integrada por pecadores, es la Iglesia de los santos. La Iglesia
perfectamente santa sólo existe en el cielo. En este mundo "la
Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo
santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la
senda de la penitencia y de la renovación" (LG 8).
Por ser la Iglesia Cristo comunicado en el Espíritu Santo, es un
signo de contradicción, y un signo que sólo se manifiesta
a los que tienen alma de pobre.
-CATÓLICA quiere decir universal, más que
por la catolicidad cuantitativa, o geográfica que no se puede ignorar,
lo es por la cualitativa, es decir, por el carácter universal de
su doctrina y de los medios de salvación que ofrece, y porque "todos
los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios.
Por lo cual, este Pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse
a todo el mundo y en todos los tiempos... Este carácter de universalidad
que distingue al Pueblo de Dios es un don del mismo Señor con el
que la Iglesia católica tiende, eficaz y perpetuamente, a recapitular
toda la humanidad, con todos sus bienes, bajo Cristo Cabeza, en la unidad
"de su Espíritu". (LG 13).
-APOSTÓLICA quiere decir que hasta nuestros días
y hasta el fin del mundo se dará una sucesión directa de
los Apóstoles en los Obispos, y de Pedro, como jefe y cabeza visible,
en el Romano Pontífice. Esto asegura a su vez una sucesión
ininterrumpida en doctrina, en medios de salvación, en culto.
Por la apostolicidad y por la asistencia del Espíritu Santo se
asegura a lo largo de la historia la transmisión del mensaje auténtico
de Cristo y el que todos los elementos esenciales de su Iglesia lleguen
hasta nosotros partiendo de Cristo y a través de los Apóstoles.
TEMA 3:
LA IGLESIA ES CARISMÁTICA E INSTITUCIONAL
Ya hemos visto en el tema anterior que
la Iglesia por su origen y por su esencia es obra del Espíritu
de Jesús Resucitado.
Es una creación del Espíritu.
Si la Iglesia procede de Cristo y es su prolongación, está
constantemente animada y vivificada por el Espíritu, por el que
El, una vez muerto, fue devuelto a la vida y constituido Señor.
No podría seguir siendo la Iglesia de Cristo sin Cristo, ni sin
el Espíritu Santo.
En la constitución íntima de la Iglesia el Espíritu
Santo es el principio invisible de su vida y unidad, y por El es comunión
de vida, Cuerpo de Cristo, templo del Espíritu. El Espíritu
es la Ley de su ser: he aquí la dimensión carismática
de la Iglesia.
Pero ]a Iglesia también la forman los hombres pecadores, y podemos
apreciar su organización externa, por lo cual resulta ser además
una sociedad visible con todas sus estructuras (la jerarquía -en
sus distintos grados de orden y funciones de gobierno. magisterio, servicios-,
los sacramentos, en especial la Eucaristía): es lo que llamamos
elementos institucionales o la dimensión institucional de la Iglesia.
La dimensión carismática de la Iglesia tiene su expresión
y la podemos apreciar en la variedad de carismas, que son manifestaciones
del Espíritu para edificación de la Iglesia.
La dimensión institucional tiene su expresión en los distintos
ministerios o servicios.
Carismas y ministerios, o, lo que es lo mismo, carisma e institución:
he aquí dos elementos que pertenecen a la constitución de
la Iglesia, a su estructura esencial.
Hemos de evitar a toda costa un planteamiento dua1ista, como si fueran
dos realidades contrapuestas. Así se hizo en ciertos momentos de
la historia.
Carisma e institución (ministerios), aunque no se identifican,
tampoco se contraponen. Deben ir siempre unidos, porque más bien
se incluyen y complementan.
1.- Los Carismas
Al tratar aquí de los carismas
solamente nos fijamos en su dimensión eclesial, en el papel que
desempeñan en la construcción de la Iglesia. En cuanto a
los demás aspectos que presenta el tema nos remitimos al estudio
que se publicó en KOINONIA, número doble 33-34, sobre todo,
al estudio bíblico y a las distintas clases de carismas.
LOS CARISMAS PERTENECEN A LA ESTRUCTURA
ESENCIAL DE LA IGLESIA
Los carismas pertenecen a la constitución íntima de la Iglesia,
es decir a su estructura esencial. Imposible concebir a la Iglesia de
Cristo sin la presencia y la acción del Espíritu, sin sus
manifestaciones y operaciones. "La esencia de la Iglesia reside en
la acción de Cristo y de su Espíritu a través de
su palabra, los sacramentos y los ministerios-carismas, a los que deben
responder la fe y la caridad activa de la comunidad cristiana en tensión
misionera y de testimonio con respecto al mundo" (I).
La teología actual presta cada vez más atención al
tema de los carismas, y se les considera ya como principios estructurales
de la Iglesia, además de la autoridad y de los sacramentos.
Por más exagerado y nuevo que esto pueda parecer a algunos, ya
la Encíclica Místici Corporis de Pío XII, aparecida
en 1943, aunque reduce los carismas a los dones prodigiosos, habla prácticamente
de los carismas como elemento estructural de la Iglesia (Ds 3801). "La
acción libre del Espíritu, que dispensa sus dones, aun fuera
de la jerarquía, es reconocida como momento constructivo de la
Iglesia en todos los tiempos... Todavía falta un paso importante:
reconocer que cualquier don AUTÉNTICO del Espíritu, incluso
el más común y el mas humilde, puede ser carisma. Ese paso
lo dará el Val. II" (2).
El Vaticano II ofrece un rico material de textos en los que con diversos
nombres se habla de los carismas. Son cerca de un centenar de pasajes
"y cabe concluir que se trata de un hecho teológico absolutamente
excepcional cuya importancia no debe minimizarse, sobre todo teniendo
en cuenta que todo el discurso conciliar sobre los carismas se desarrolla
en un clima positivo de confianza y estima" (3).
Citemos tan solo dos textos importantes:
''El mismo Espíritu no sólo santifica y dirige el Pueblo
de Dios mediante los sacramentos y los ministerios, y le adorna con virtudes,
sino que también reparte gracias especiales entre los fieles de
cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere
sus dones con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas
obras y deberes que sean útiles para la renovación y la
mayor edificación de la Iglesia, según aquellas palabras:
A cada uno... se le otorga la manifestación del Espíritu
para común utilidad. Estos carismas, tanto los extraordinarios
como los más comunes y difundidos, deben ser recibidos con gratitud
y consuelo, porque son muy adecuados y útiles a las necesidades
de la Iglesia" (4).
"Es la recepción de estos carismas, incluidos los más
sencillos, la que confiere a cada creyente el derecho y el deber de ejercitarlos
para bien de la humanidad y edificación de la Iglesia...”
(5).
Los carismas, pues, no solamente son algo ordinario y normal en la Iglesia,
tal como enseña el Vaticano II, sino un fenómeno universal:
cada cristiano tiene su propio carisma, o hablando con más propiedad,
un conjunto de carismas, por lo que bien puede decirse que cada cristiano
es un carismático.
"Sí, lo carismático ha existido siempre de hecho en
la Iglesia... El Espíritu ha dominado siempre en la Iglesia, cada
vez de una manera nueva, siempre en sentido inesperado y creador, siempre
otorgando el don de nueva vida... Lo carismático forma parte de
la Iglesia e incluso de su ministerio... La Iglesia debe estar muy convencida
de ser la Iglesia carismática en esa su ministerialidad institucional.....
(6).
"Los carismas no son un fenómeno primariamente extraordinario,
sino corriente; no un fenómeno uniforme, sino multiforme, no restringido
a determinadas personas, sino de todo en todo universal en la Iglesia.
Y todo esto significa, al tiempo, que no son un fenómeno de antaño
(posible y real en la primitiva Iglesia), sino presente y actual en sumo
grado; no un mero fenómeno periférico, sino central y esencial
de la Iglesia. En este sentido se debe hablar de una estructura carismática
de la Iglesia, que comprende la estructura ministerial y va más
allá de ella. No cabe desconocer el alcance teológico y
práctico de este hecho" (7).
Se está dando una recuperación de los carismas como hecho
ordinario y normal, hasta admitir cada vez más generalizadamente
"el carácter carismático fundamental de toda la realidad
eclesial... radicalmente todo es don, todo es carisma; la estructura de
la Iglesia nace como una estructura carismática" (8).
LOS CARISMAS SON PARA LA COMUNIDAD
La gran unidad y diversidad de carismas nos habla de la multiforme acción
del Espíritu en la Iglesia, y también de la riqueza y dinamismo
de ésta en la que, manteniendo siempre el orden en la libertad,
cada miembro ha de encontrar la expresión de su servicio a la comunidad
y a la totalidad de la Iglesia. Admirando esa diversidad en la unidad
hemos de contemplar el "carisma general que es la Iglesia como don
ofrecido por Cristo a la humanidad" (9). Es este el carisma que entre
todos hemos de fomentar para que aparezca siempre ante el mundo como signo
e instrumento de unidad y salvación en Cristo.
Los carismas son distribuidos libremente por el Espíritu entre
los diversos miembros de la comunidad, suscitando las disposiciones o
cualidades adecuadas para el desempeño de una función o
una tarea que no es para provecho propio, sino para los demás.
Por esto cada carisma es una llamada o vocación, una invitación,
al mismo tiempo que una capacitación con la que el Espíritu
prepara a cada creyente para incorporarse a esa ingente obra de la construcción
del Cuerpo de Cristo. Todo carisma tiene un destino eclesial.
Los carismas son por tanto de una gran importancia para la vida de la
Iglesia. "Como testimonio del Espíritu los carismas, junto
con los sacramentos, constituyen la vida de la Iglesia en su multiformidad.
Su ausencia o su opresión hace increíble a la Iglesia, conduce
a la uniformidad, e impide toda dinámica" (l0).
Toda vocación en la Iglesia es un conjunto de carismas con que
el Espíritu Santo ha dotado al llamado.
Carisma, vocación, servicio, ministerio: tienen una gran relación
entre sí. Toda vocación es carisma para el servicio. El
ministerio es siempre un servicio.
Cada cristiano debe descubrir y aceptar su propio carisma como un don,
un regalo del Espíritu, no para complacerse en él, sino
para recibirlo con gratitud y ponerlo generosamente al servicio de la
comunidad eclesial.
Cada cristiano ha de tener siempre muy presente que los carismas que ha
recibido no le pertenecen. Son para la comunidad. Querer ejercerlos fuera
de la comunión de la Iglesia, fuera de la comunión con aquellos
a quienes compete "el juicio de su autenticidad y de su ejercicio
razonable" (LG 12), no tiene sentido, sería desnaturalizar
el carisma y pecar contra el Espíritu Santo.
Renunciar a los carismas o dejarlos apagar sería querer renunciar
a su propia naturaleza de cristiano como miembro de la Iglesia, sería
enterrar unos preciosos talentos (M t 25, 14-30) o dejar extinguir el
Espíritu (1 Ts 5, 19). Es este uno de los aspectos importantes
del mensaje de la Renovación Carismática para toda la Iglesia.
En todo ha de brillar siempre la caridad que es el carisma de los carismas,
la cual da sentido y justifica el ejercicio de cualquier carisma. Ella
es el único carisma que no pasará (1 Co 13,8).
No es fácil hacer una clasificación convincente de los carismas.
San Pablo en cuatro pasajes distintos (l Co 12, 8-10; 12,28-30: Rm 12.6•8
y Ef 4.11) ofrece unas listas de carismas sin pretender ser exhaustivo.
La dificultad para los teólogos está en determinar cual
ha de ser el principio diferenciador.
Por otra parte, el carisma siempre es algo imprevisible, y lo mismo que
la acción del Espíritu rechaza todo límite o todo
esquema, así también sus manifestaciones. Además,
en cada época surgen nuevos carismas y ministerios o se actualizan
otros que parecía habían desaparecido. El Espíritu
no fomenta ningún carisma particular más que el del Amor.
Más que los extraordinarios, que no han de faltar, debemos admirar
"los más comunes y difundidos", porque son los más
necesarios, y la multiplicidad de carismas personales al lado de la gran
diversidad de carismas referentes a estados de vida, a formas nuevas de
contemplación y de consagración a Dios.
II.- LOS MINISTERIOS ECLESIALES
LOS MINISTERIOS SON CONSTITUTIVOS
DE LA IGLESIA
Ya hemos visto cómo la Iglesia es sacramento de salvación:
un signo visible, en el que se da una realidad invisible, que es la presencia
del Espíritu, el cual constantemente actúa y suscita una
gran diversidad de carismas en los miembros de la comunidad, siendo a
su vez el carisma una vocación o llamada para el desempeño
de un servicio.
De la sacramentalidad de la Iglesia nace el servicio, el ministerio.
Por otra parte, en el grupo de "los Doce", Cristo ha encomendado
a toda su Iglesia, comunidad de creyentes, una misión de salvación
para todos los hombres, en todas partes y hasta el fin del mundo (Mt 28,
19: Hch 8; Jn 20. 21). Toda la Iglesia está llamada a cumplir esta
misión. Toda la Iglesia está llamada a servir: al ministerio.
De la misión de la Iglesia surge el ministerio. Toda la Iglesia
es ministerial.
Toda la Iglesia es ministerial: en cada comunidad eclesial se comparten
también tareas y responsabilidades, siempre al servicio de la comunidad,
para responder a la misión de salvación que Cristo le confió.
La Iglesia no podría cumplir esta misión si no fuera por
medio de los ministerios. Por consiguiente: Los ministerios son constitutivos
de la Iglesia.
Todo ministerio nace de un carisma. No hay oposición entre carisma
y ministerio, como se les ha querido muchas veces contraponer. Ambos van
unidos y compenetrados en la Iglesia de Dios. El carisma en cuanto que
es llamada, vocación, disposición del Espíritu Santo,
es previo al ministerio, más genérico y universal, y no
todos los carismas terminan en ministerios.
ESTRECHA UNION Y TRABAZON ENTRE
CARISMA Y MINISTERIO
Jesucristo que ha encomendado una misión
a su Iglesia, le ha confiado también unas funciones o servicios
determinados. El es el origen de los ministerios en la Iglesia.
El Espíritu Santo, que suscita los carismas, es el que coordina
los diversos ministerios y el que asiste al ejercicio de cada uno.
Tanto los carismas como los ministerios son elementos esenciales o constitutivos
de la Iglesia, por ser ésta a la vez carismática e institucional.
Carismas y ministerios pertenecen a su estructura fundamental (11).
Los ministerios son una expresión de la sacramentalidad de la Iglesia.
Si tomamos el carisma en su sentido más amplio y universal, como
don gratuito del Espíritu (gratuita comunicación de Dios
en la Iglesia y en sus miembros -su acción salvífica y su
presencia por el Espíritu- y también los dones y acciones
del Espíritu en orden al servicio), entonces el ministerio está
al servicio de la presencia carismática del Señor glorificado
(12).
Esto no se contradice con el hecho de que a determinados ministerios (gobierno)
en la Iglesia le corresponda una vigilancia sobre los carismas (discernimiento,
orden).
Como los Sacramentos y la Palabra proclamada en la asamblea, el ministerio
ordenado en la Iglesia, y en cierto modo aunque en distinta escala los
demás ministerios, tienen una naturaleza carismática, ya
que son la forma como la acción del Cristo Resucitado se hace presente
y se aplica por medio de su Espíritu.
"El Apostolado, como misión recibida de Cristo, encomendada
de modo especial a los doce, a los discípulos y por medio de ellos
a la comunidad, es un ministerio constitutivo de la Iglesia, que tiene
además la cualidad de ser ministerio originante de la diversidad
de ministerios" (13). Es "el ministerio central y fundamental,
del cual derivan todos los ministerios".
UNIDAD Y DIVERSIDAD DE MINISTERIOS
-Puesto que todo ministerio nace de un carisma y supone un carisma, y
siendo el Espíritu Santo el principio de unidad y el principio
de diversidad de los carismas, de la unidad y diversidad de carismas deriva
la unidad y diversidad de ministerios, y el Espíritu Santo es el
mismo principio de su unidad y diversidad (14).
-Las necesidades de las comunidades son diversas. Por
tanto, sus servicios y funciones, es decir, los ministerios también
han de ser diversos.
"Hay en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión"
(Decreto Apostolado de los laicos, 2).
-Los ministerios son un servicio para edificación de la comunidad.
Por tanto, para un discernimiento adecuado sobre los ministerios hay que
fijarse en lo que contribuye a la edificación de la comunidad,
armonizando en cada ministerio la misión, la unidad en la diversidad,
y la edificación.
-Todos los ministerios tienen su importancia eclesial, pero no todos contribuyen
de la misma manera a la existencia y a la vida de la Iglesia.
-"Entre los varios ministerios que desde los primeros tiempos se
vienen ejerciendo en la Iglesia, según el testimonio de la Tradición,
ocupa el primer lugar el oficio de aquellos que, ordenados Obispos por
una sucesión que se remonta a los mismos orígenes, conservan
la semilla apostólica... Los Obispos, pues, recibieron el ministerio
de la comunidad con sus colaboradores, los sacerdotes y diáconos,
presidiendo en nombre de Dios la grey" (LG 20).
-"Los laicos, por su parte, al haber recibido participación
en el ministerio sacerdotal, profético y real de Cristo, cumplen
en la Iglesia y en el mundo la parte que les atañe en la misión
total del Pueblo de Dios" (Decreto apostolado de los laicos, 2).
"Los seglares también pueden sentirse llamados o ser llamados
a colaborar con sus Pastores en el servicio de la comunidad eclesial,
para el crecimiento y la vida de ésta, ejerciendo ministerios muy
diversos según la gracia y los carismas que el Señor quiera
concederles... Aliado de los ministerios con orden sagrado... la Iglesia
reconoce un puesto a ministerios sin orden sagrado, pero que son aptos
a asegurar un servicio especial a la Iglesia (15).
DIVERSIFICACION DE LOS MINISTERIOS
Para ver cómo se estructuran los distintos ministerios de un modo
armónico y complementario en la Iglesia, Pueblo de Dios, podemos
fijarnos en dos enfoques distintos (16):
1.- Podemos clasificarlos según su estructura eclesial, con lo
cual tendríamos el siguiente orden:
a) El ministerio en general: nace espontáneamente
del servicio de cualquier bautizado, por ejemplo, la visita a un enfermo,
una colaboración espontánea en una acción social,
etc. Es espontáneo y pasajero, ocasional.
b) El ministerio "determinado" o el "ministerio
no instituido" que responde a necesidades y actividades
habituales de la Iglesia. Suponen cierta dedicación y compromiso,
según el carisma y las disposiciones personales. Entre ellos podemos
considerar algunos de los que Pablo VI cita en su Encíclica:
"catequesis, animadores de la oración y del canto, cristianos
consagrados al servicio de la Palabra de Dios o a la asistencia de los
hermanos necesitados, jefes de pequeñas comunidades, responsables
de movimientos apostólicos u otros responsables" (17).
Estos ministerios no son clericales ni clericalizan, exigen una vocación
o aptitud ratificada por los pastores, se orientan a la vida y crecimiento
de la comunidad, y en cuanto a su diversidad según la variedad
de carismas deben coordinarse por su relación al ministerio jerárquico.
c) El ministerio instituido: es el que ha sido instituido
oficialmente por la Iglesia o reconocido públicamente mediante
un determinado gesto o rito de investidura. Este ministerio lleva cierto
encargo por parte de la jerarquía y exige cierta estabilidad y
un compromiso públicamente aceptado por parte del que lo realiza.
Los únicos ministerios laicales instituidos que existen en la Iglesia
actualmente son el lectorado y el acolitado. Se considera también
como ministerio instituido el del ministerio extraordinario de la comunión.
En algunos países de África es también ministerio
instituido el del catequista.
d) El ministerio ordenado: es el que se encomienda a
los que reciben el orden sagrado por imposición de manos del Obispo.
Es el de los obispos, presbíteros y diáconos.
Al ministerio ordenado corresponde una tarea de dirección y gobierno
en la Iglesia, de mantener la comunión y la corresponsabilidad,
de corrección y reconciliación.
2.- Se pueden clasificar también según la triple
función sacerdotal, profética y real de Cristo, que
El comunica a su Iglesia. Así lo contempla el Vaticano II cuando
dice:
"A los Apóstoles y a sus sucesores les confirió
Cristo el encargo de enseñar, de santificar y de regir en su propio
nombre y autoridad. Los seglares, por su parte, al haber recibido participación
en el ministerio sacerdotal, profético y real de Cristo, cumplen
en la Iglesia y en el mundo la parte que les atañe en la misión
total del Pueblo de Dios" ( 18).
En torno a estas tres funciones se puede ordenar y estructurar la diversidad
de ministerios eclesiales, de forma que se abarque la totalidad de la
misión que Cristo ha confiado a la Iglesia.
De acuerdo con esta disposición tendremos la siguiente clasificación:
a) Servicio de la Palabra (función profética).
Los ministerios relativos a la Palabra son muy variados. En ellos podemos
ver la importancia que tiene la Palabra, pues el anuncio de la palabra
de Dios es siempre el punto de partida para toda obra de salvación.
En esta área se incluyen todos los ministerios a través
de los cuales se ejerce la función profética en la Iglesia,
e incluye a todos los miembros de la Iglesia según su responsabilidad
y ministerio: obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, laicos.
Los más importantes son:
proclamación de la Palabra de Dios; evangelización
o proclamación del kerigma: predicación
bajo todas sus formas (homilía, exhortación); enseñanza
oficial o magisterio, tanto solemne y extraordinario del Papa
y de los obispos, como el que por participación ejercen los presbíteros,
y, por delegación eventual, los laicos; los documentos
del magisterio, la enseñanza académica
en universidades y escuelas, instituciones educativas, conferencias, disertaciones,
investigación científica, divulgación escrita o a
través de los medios de comunicación; la catequesis
de adultos e infantil; la profesión pública de la
fe, el testimonio de la Palabra.
Según el Nuevo Código de Derecho Canónico, que se
acaba de promulgar para toda la Iglesia, todos los fieles en virtud del
sacramento del bautismo y de la confirmación, pueden ser colaboradores
del obispo o de los sacerdotes en el ministerio de la Palabra (can. 714).
b) Servicio del culto (función sacerdotal)
Los ministerios que podemos encuadrar en esta área son todos los
que se ejercen en la Liturgia. "La Liturgia se considera como el
ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella... el Cuerpo místico
de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público
íntegro" (I9).
En estos ministerios entran también todos los miembros del Pueblo
de Dios. Todos los fieles "en virtud de su sacerdocio regio, concurren
a la ofrenda de la Eucaristía y lo ejercen en la recepción
de los sacramentos, en la oración y acción de gracias, mediante
el testimonio de una vida santa, en la abnegación y caridad operante"
(LG, 10),
El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial
o jerárquico, "aunque diferentes esencialmente y
no solo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos
participan a su manera del único sacerdocio de Cristo." (LG
10).
Los principales ministerios que aquí podemos distinguir son:
-Todos los del ministerio ordenado o sacerdocio ministerial
que se ejercen en la celebración litúrgica: presidencia
y celebración de la Eucaristía, lugar donde por excelencia
se manifiesta la naturaleza del ministerio y donde mejor aparece la estructura
de la Iglesia en ordenación ministerial. Después en los
sacramentos, en los sacramentales, en el Oficio Divino o Liturgia de las
horas, en toda celebración litúrgica, en actos piadosos.
-Por lo que se refiere al sacerdocio común, todos
los miembros de la Iglesia están llamados a ejercer el ministerio
del sacerdocio que poseen en virtud del carácter bautismal. Los
principales ministerios en los laicos pueden ser: en cuanto al ministerio
instituido: acólitos, lectores, distribuidores de la comunión
en la asamblea y a domicilio para los enfermos, el catequista en algunos
países. En cuanto al ministerio no instituido: comentaristas, los
miembros de la "schola cantorum", director del canto, el salmista,
el organista, el maestro de ceremonias, los que presentan las ofrendas,
los que ejercen el ministerio de la acogida a los fieles a la entrada
y los mantenedores del orden, etc.
c) Servicio de regir o de comunión (función real
o pastoral)
La autoridad, según el Evangelio, es una inversión de valores:
el que manda tiene que hacerse siervo como Cristo que “no vino a
ser servido, sino a servir" (Mc 10, 43-45; Lc 22, 24-27; Jn 13, 12-17).
Participar en la función real de Cristo es participar en su función
de Siervo y Pastor.
La autoridad y el gobierno en la Iglesia no es un mando, en sentido de
dominio y poder, sino el ejercicio del oficio de Cristo Cabeza y Pastor,
"pues los ministerios que poseen la sacra potestad están al
servicio de sus hermanos" (LG 18).
Por tanto, en esta área entran todos los ministerios del gobierno
pastoral. El Papa, "siervo de los siervos de Dios",
tiene sobre toda la Iglesia "plena, suprema y universal potestad"
(LG 22).
"Los Obispos rigen
como vicarios y legados de Cristo" (LG 27) Y "tienen el sagrado
derecho, y ante Dios el deber, de legislar sobre sus súbditos,
de juzgarlos y de regular todo cuanto pertenece a la organización
del culto y del apostolado (LG 27). "Ejercen el oficio de padre y
pastor" (20). Los presbíteros "ejercen el oficio de Cristo
Cabeza y Pastor" (21).
A esto hay que añadir otros ministerios de gobierno y pastoreo,
como consejos presbiterales, consejos pastorales, parroquiales, coordinadores
de pastoral, los ministerios que mantienen la unidad y la comunión,
los ministerios de dirección o pastoreo de comunidades. Los dirigentes
de movimientos, grupos, comunidades, los consiliarios, consejeros, etc...
También los ministerios de dirección y acompañamiento
espiritual, los que se dedican a la educación de la fe,
los que cultivan las vocaciones, los que se dedican a los jóvenes,
a los matrimonios, etc.
Entran aquí también todas las formas de servicio
de la caridad. Es un ministerio muy amplio y diverso: asistencia
social, atención a los más pobres, a emigrantes, a enfermos
y moribundos, y en general a todos los necesitados. No sólo las
obras de caridad, sino todo lo que promueve la defensa de los derechos
humanos, la justicia, la solidaridad, la libertad, la atención
a los que están sin trabajo o sin vivienda.
CONCLUSION. Los ministerios no son algo accidental, sino
algo constitutivo y esencial para la edificación de la comunidad.
Una comunidad que no sepa organizar y distribuir los diversos ministerios,
de acuerdo con las distintas funciones que hay que desarrollar en cada
una de las tres áreas anteriores, será siempre una comunidad
empobrecida, sin crecimiento ni dinamismo. Quedarán muchas necesidades
sin atender, y será infiel a la misión que tiene confiada
toda comunidad eclesial.
NOTA:
(1).- L. SARTORI, Iglesia, en "Nuevo Diccionario de Teología",
Ed. Cristiandad, Madrid 1982, p. 737.
(2).- L. SARTORI, Carismas, o.c., p. 135.
(3).- lb., p. 144.
(4).- Lumen Gentium, 12.
(5).- Decreto sobre apostolado de los laicos, 3.
(6).- K. RAHNER, Lo dinámico en la Iglesia, Herder, Barcelona 1968,
p. 63-66.
(7).- H. KUNG, La Iglesia, Herder, Barcelona 1967, p. 227
(8).- L. SARTOR 1, Poder jurídico y carismas en la comunidad cristiana,
en "Concilium-Revista Internacional de Teología" 129,1977,
p. 355.
(9).- L. SARTORI, Carismas, a.c., p. 146.
(10).- SACRAMENTUM MUNDI, Herder, Barcelona 1972, Carismas, vol. 1, clmn.
671.
(11).- D. BOROBIO, Ministerio Sacerdotal-Ministerios laicales, DDB, Bilbao
1982.pgs.117-130.
(12).- SACRAMENTUM MUNDI, Oficio y carisma, Vol. 4, col. 957 -961.
(13).- D. BOROBIO, a.c., lb.
(14).- D. BOROBIO, a.c., pgs. 132-151.
(15).- PABLO VI, Exhortación "Evangeli Nuntiandi", n.
73.
(16).- D. BOROBIO, O.c. pgs. 146-149.
(17).- PABLO VI. a.c., n. 73.
(18).- VAT. II, Decreto sobre apostolado de los laicos, 2.
(19).- VAT. II, Constitución sobre la sagrada LitUrgia, 7
(20).- VAT. II, Decreto sobre el oficio pastoral de los Obispos, 16.
(21) ,- VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros,6.
TEMA 4
LA IGLESIA INSTITUCIONAL
En el Tema 2 y en la primera parte del
Tema 3 nos hemos fijado en la dimensión carismática de la
Iglesia. Allí veíamos cómo lo carismático
es constitutivo de la Iglesia.
En la segunda parte del Tema 3 hemos visto cómo la dimensión
institucional o ministerial de la Iglesia, o, lo que es lo mismo, cómo
los ministerios son también constitutivos de la Iglesia.
Seguiremos ahora profundizando en la dimensión institucional o
visible de la Iglesia, en la institución que esencialmente es la
Iglesia del servicio, la Iglesia del ministerio.
Ante la consideración de este aspecto no podemos nunca perder de
vista algo que ya hemos procurado recalcar y que hemos de recordar de
nuevo:
La Iglesia es una realidad humana y divina, visible y dotada de elementos
invisibles, terrena y celestial, institucional y carismática.
La Iglesia aquí en la tierra no es solamente una comunión,
ni una simple organización religiosa.
Es las dos cosas a la vez: lo humano y lo divino están unidos indisolublemente.
Es comunidad de vida y sociedad externa.
En ella lo visible está ordenado y subordinado a lo invisi?ble,
lo institucional al servicio de la comunión, del carisma.
Todo esto nos lo enseña el Vaticano II:
"Es característico de la Iglesia ser, a la vez, humana
y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción
y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo,
peregrina, y todo esto de suerte que en ella lo humano esté ordenado
y subordinado a lo divino, lo visible a la invisible, la acción
a la contemplación, y lo presente a la ciudad futura que buscamos.
"(Constitución de Liturgia. 2).
"Mas la sociedad provista de sus órganos jerárquicos
y el Cuerpo místico de Cristo, la asamblea visible y la comunidad
espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia enriquecida con los bienes
celestiales, no deben ser consideradas como dos cosas distintas, sino
que más bien forman una realidad compleja que está integrada
de un elemento humano y otro divino. "(LG 8).
"Por eso se la compara, por una notable analogía, al misterio
del Verbo encarnado, pues así como la naturaleza asumida sirve
al Verbo divino como de instrumento vivo de salvación unido indisolublemente
a El, de modo semejante la articulación social de la Iglesia sirve
al Espíritu Santo, que la vivifica, para el acrecentamiento de
su cuerpo .•. (LG 8).
LA IGLESIA DE CRISTO ES JERÁRQUICA
Hasta ahora al hablar de los ministerios lo hacíamos de una forma
general, fijándonos en su conjunto dentro de la estructura de la
Iglesia.
Nos centraremos ahora en los ministerios permanentes y constantes de la
Iglesia o ministerios jerárquicos, que son los que forman, por
excelencia, la estructura esencial de la Iglesia.
Son los ministerios que el Vaticano II llama ministerios eclesiásticos
de constitución divina, los cuales son a su vez carismas, se remontan
a la comunidad apostólica y se reciben por la imposición
de manos o Sacramento del orden sagrado.
"El ministerio eclesiástico, de institución divina,
es ejercido en diversos órdenes por aquellos que ya desde antiguo
vienen llamándose Obispos, presbíteros y diáconos."
(LG 28).
Por estos ministerios, la Iglesia, en cuanto sociedad exterior, tiene
un carácter jerárquico.
El Señor antes de desaparecer visiblemente de entre sus discípulos,
hizo entrega a la Iglesia de un doble don:
-el don interior: el Espíritu Santo principio de vida;
-el don exterior: el ministerio apostólico o cuerpo apostólico
el cual suplirá en cierta forma la ausencia visible de su humanidad
(I).
"El mismo Señor Jesús, antes de dar voluntariamente
su vida para salvar el mundo, de tal manera organizó el ministerio
apostólico y prometió enviar el Espíritu Santo, que
ambos están asociados en la realización de la obra de la
salvación en todas partes y para siempre. El Espíritu Santo
unifica en la comunión y en el ministerio y provee de diversos
dones jerárquicos y carismáticos a toda la Iglesia a través
de todos los tiempos. "(2)
El Espíritu Santo y el ministerio apostólico forman asociadamente
un principio de acción, operando conjuntamente. En los doce se
identifican Iglesia y ministerio. El ministerio apostólico (= Colegio
Apostólico = Apostolado) es un ministerio constitutivo de la Iglesia,
y además es ministerio central y fundamental del cual derivan todos
los demás ministerios, o lo que es lo mismo, el ministerio apostólico
es el principio estructurante de todos los demás ministerios, y
por él la Iglesia aquí en la tierra es sacramento de salvación.
LA SUCESION APOSTÓLICA
Recordemos lo que ya dijimos al hablar de las cuatro notas de la Iglesia.
Allí hablábamos de la apostolicidad fundamental de todo
el Pueblo de Dios.
Ahora nos centramos en la apostolicidad de los ministerios jerárquicos
(apostolicidad ministerial).
El Colegio apostólico recibió de Cristo unos poderes y unos
dones del Espíritu Santo, y desde el principio los Apóstoles
organizan la primera comunidad y ponen en marcha, de una forma solidaria
o colegial, los diferentes ministerios, surgiendo enseguida nuevas comunidades
o Iglesias locales, y todas juntas forman la Iglesia que es una.
Cristo ha querido que los Apóstoles tuvieran sucesores en su
ministerio jerárquico.
''Jesucristo, Pastor eterno, edificó la santa Iglesia enviando
a sus Apóstoles del mismo que El fue enviado por el Padre, y quiso
que los sucesores de aquellos, los Obispos, fueran los pastores de la
Iglesia hasta la consumación de los siglos. "(LG 18).
"Esta divina misión confiada por Jesucristo a los Apóstoles
ha de durar hasta el fin del mundo... Por esto los Apóstoles se
cuidaron de establecer sucesores en esta sociedad jerárquicamente
organizada.... a fin de que la misión a ellos confiada se continuase
después de su muerte, dejaron a modo de testamento a los colaboradores
inmediatos al encargo de acabar y consolidar la obra comenzada por ellos...
Y así establecieron tales colaboradores y les dieron además
la orden de que, al morir ellos, otros varones probados se hicieran cargo
de su ministerio.
"Entre los varios ministerios que desde los primeros tiempos se vienen
ejerciendo en la Iglesia, según el testimonio de la Tradición,
ocupa el primer lugar el oficio de aquellos que, ordenados Obispos por
una sucesión que se remonta a los mismos orígenes, conservan
la semilla apostólica.
''Así, como atestigua San Ireneo, por medio de aquellos que fueron
instituidos por los Apóstoles Obispos y sucesores suyos hasta nosotros,
se manifiesta y se conserva la tradición apostólica en todo
el mundo.
Los Obispos, pues, recibieron el ministerio de la comunidad con sus colaboradores,
los sacerdotes y diáconos, presidiendo en nombre de Dios la grey,
de la que son pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del culto
sagrado y ministros de gobierno ... Por ello este sagrado Sínodo
enseño que: los Obispos han sucedido, por constitución divina,
a los Apóstoles como pastores de la Iglesia, de modo que quien
los escuche, escuche a Cristo, y quien los desprecia, desprecia a Cristo
y a quien envió. "(LG 20).
Por tanto, la constitución jerárquica de la Iglesia, tal
como desde el principio del siglo II existe hasta nuestros días,
no es invención humana. Responde a la voluntad de Cristo, o sea,
que es de institución divina, y es un don de Dios. Tal como surge
en la Iglesia primitiva es siempre un ministerio al servicio de todo el
Cuerpo de Cristo.
He aquí como Pablo VI enseñaba
esta verdad:
"Como sabemos, dos son los elementos que Cristo ha prometido
y ha enviado, si bien diversamente, para continuar su obra, para extender
en el tiempo y sobre la tierra el reino fundado por El y para hacer de
la humanidad redimida su Iglesia, su Cuerpo místico, su plenitud,
en espera de su retorno último y triunfal al final de los siglos:
el apostolado y el Espíritu. El apostolado obra externa y objetivamente,
forma el cuerpo, por así decirlo, material de la Iglesia, le confiere
sus estructuras visibles y sociales; mientras el Espíritu Santo
obra internamente, dentro de cada una de las personas, como también
sobre la entera comunidad, animando, vivificando, santificando.
Estos dos agentes, el apostolado, al que sucede la sagrada jerarquía,
y el Espíritu de Cristo, que hace de ella su ordinario instrumento
en el ministerio de la Palabra y de los Sacramentos, obran juntamente:
Pentecostés los ve maravillosamente asociados al comienzo de la
gran obra de Cristo, ahora ya invisible, mas permanentemente presente
en sus apóstoles y en sus sucesores, “a quienes constituyó
pastores como vicarios de su obra”; entrambos, aunque de modo ciertamente
diverso, concurren igualmente a dar testimonio de Cristo Señor,
en una alianza que confiere a la acción apostólica su virtud
sobrenatural. " (PABLO VI, Discurso en la apertura de la 3a
sesión del Vat. II. 14-IX-1964).
(1).- P. FAYNEL , La Iglesia, Herder,
Barcelona 1974, tomo 1, pgs. 321-336.
(2).- VAT. 11, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, 4;
Cf. LG 4
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