|
Alabanza
en espíritu y en verdad
La alabanza es uno de los elementos más
característicos de la R. C., algo que impacta a todo el que se
acerca a los grupos y que tanto poder tiene en la intercesión.
Surge la alabanza como consecuencia y
fruto del descubrimiento del Señor y del encuentro con El, ante
la admiración, estima y amor que suscita en el espíritu.
El hombre está hecho para admirar, gozar y alabar a Dios. La alabanza
es la mejor comunicación y trato con Dios y el cielo será
una alabanza continua. En este mundo es la expresión más
grande de la vida cristiana y de la oración.
El cristiano que no llega a alabar a Dios se mantendrá siempre
ante El como ante un extraño, alguien muy lejano, al que se aborda
más bien con miedo o sobrecogimiento. Pero Dios se merece otra
cosa. Nos hizo para ser sus hijos y compartir siempre su misma vida, su
intimidad, su gloria y felicidad. Y algo de todo esto es la alabanza.
En el cristiano todo debería ser alabanza al Señor: su vida,
su persona, su actividad, de forma que aquella no quedara sólo
relegada a los momentos de oración.
Toda la Palabra de Dios en la Biblia es alabanza constante y para nosotros
son los mejores textos que podemos hallar. Jesús puso el acento
en adorar "al Padre en espíritu y en verdad", porque
así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu
y los que adoran deben adorar en espíritu y verdad" (Jn 4,
23-24).
El valor de la alabanza en la R.C. dependerá siempre del grado
de verdad y de sinceridad que implique más que de la intensidad
o de su expresión clamorosa. Insensiblemente se puede incurrir
en formalismos, en frases hechas que rutinariamente se dicen sin que tengan
verdadero contenido de "espíritu y de verdad", en gestos
y expresiones que no siempre serán oportunas o adecuadas para llegar
a otros hermanos.
Incluso en la vida corriente y de relación se puede abusar de frases
estereotipadas, como "el Señor me ha dicho" en vez de
decir humildemente "me parece a mí... ", "gloria
al Señor" muchas veces como evasión ante una situación
embarazosa que exige otra respuesta, canto en lenguas como forma de soslayar
algo desagradable, palabra de profecía que nada tiene de tal porque
no es más que objetivación de los propios sentimientos...
Todo esto adquiere proporciones exageradas cuando se crean situaciones
conflictivas entre hermanos.
Podemos pasar fácilmente de lo más sagrado y sublime a una
indebida manipulación humana.
Esto no es para censurar, sino para ponernos sobre aviso ante defectos
en los que como humanos siempre podemos caer y de hecho caemos. No suele
haber mala voluntad, sino inconsciencia o inadvertencia.
Ante esto, ¿qué hemos de hacer?
Más formación, ser más exigentes con nosotros mismos.
Desconfiar siempre de sí mismo, contar con el juicio de los que
tengan más formación espiritual y teológica, como
supieron hacer los santos de todos los tiempos, los cuales fueron los
grandes carismáticos.
La unción del Espíritu sea la que nos enseñe a alabar
en espíritu y en verdad.
La renovación de la comunidad
parroquial
desde el Espíritu de Dios.
Por Johann Koller.
III Parte
(A continuación ofrecemos la III Parte del artículo del
P. Johann Koller, del cual ya se publicó en el número
anterior la I y II parte.)
III. ETAPAS EN LA RENOVACION DE
UNA PARROQUIA
III. 1 Conversión y renovación
del párroco.
El párroco por su oficio está encargado de servicios indispensables
para la comunidad: servicio de la dirección, de la proclamación
del mensaje, de la eucaristía, de la incorporación, de la
reconciliación y de la unidad, de la unidad con el Obispo y con
toda la Iglesia, el servicio del discernimiento, y también el servicio
en los carismas.
Los laicos tienen vocaciones parciales y servicios parciales en relación
con la comunidad. El servicio de un laico en la parroquia llega hasta
donde dispone por encargo y carisma.
El servicio del párroco es extenso. También es indispensable
para los grupos de oración, de otra forma estos no podrán
ser efectivos plenamente para la Iglesia y para la renovación de
la comunidad. La renovación de la comunidad no se realiza sin el
sacerdote, ni tampoco dándole de lado. Esto lo sabemos por lo menos
desde el Concilio de Trento. Sobre cada candidato consagrado se implora
el Espíritu Santo para que no quede sin efecto. Dios toma en serio
el oficio.
Nosotros los sacerdotes debemos aprender a recibir día tras día
oficio y carismas en entrega a Dios para poder ser y permanecer como dispensadores
de los misterios de Dios. Las experiencias espirituales de los sacerdotes
pueden ser más profundas, pues Dios los guía a otras dimensiones
de la participación en su vida y actuación.
La renovación de un párroco es, sin embargo, algo muy difícil
y una gracia muy grande.
III.1.1. Obstáculos en
la conversión del sacerdote.
Hay ciertos aspectos problemáticos en el "despertar carismático",
principalmente en la forma de grupos de oración y de centros, en
la enseñanza, en la interpretación de la Biblia, en la oferta
de literatura, en el estilo del testimonio, en la seguridad de la salvación,
etc.
Al párroco incumbe el examinar todo esto. Los temores de posibles
sectas en los grupos de oración han conducido a muchos párrocos
al siguiente juicio: no puedo tolerar ésta renovación para
mi comunidad.
Si la Renovación Carismática aparece y se presenta como
un movimiento junto a otros movimientos, difícilmente la acogerán
los párrocos tal como se necesitaría para la renovación
de la parroquia. El lema del párroco es: tengo que estar presente
para todos de la misma manera.
Considerada la Renovación desde este punto de vista, vemos que
no todo depende de la sinceridad para con el Espíritu y de la renovación
de la espiritualidad básica del Bautismo y de la Confirmación,
lo cual es común a todos los movimientos. Una orientación
deficiente en la comprensión y en la práctica de la Renovación
es lo que ha cerrado las puertas en muchas parroquias.
Otra dificultad es la falta de tiempo de los párrocos, cada vez
más ocupados. Cuando yo empecé a ocuparme de la Renovación
tenía que dedicarme cada noche al mismo tiempo a distintas tareas
pastorales. Entonces llegué a dejar la cuestión del tiempo
en manos de Dios y esto ha valido la pena.
Aparecen también dificultades de tipo personal. Muchos se han vuelto
duros en un servicio infatigable durante decenas de años, o faltos
de fortuna y de felicidad por razones diversas, tal vez espiritualmente
se han quedado aislados, pero persisten con las últimas fuerzas.
Necesitan mucha oración y mucha gracia. No es fácil para
un sacerdote que siempre tuvo que aguantar, agotado quizá de admitir
lo dudoso y de entregarse totalmente a Dios.
III.2. El principio en la parroquia.
En lo que digo a continuación no pretendo dar una receta. La Renovación
en el Espíritu Santo no es un método de cura de almas, que
se efectúa de diversa forma en cada parroquia.
El párroco ha de observar cuidadosamente las actuaciones del Señor
en la parroquia hasta el momento presente, dejarse guiar por Dios y consultará
a personas de experiencia. Ha de resistir a la tentación de aceptar
solamente un par de elementos o formas de los grupos de oración,
o de limitarse simplemente a ordenar la renovación de la parroquia.
En medio de los hermanos debe pedir a Dios las facultades para esta pastoral
En las parroquias de grandes ciudades es importante el grupo inicial.
En cierto modo se trata de conseguir "los doce" que tengan capacidad
para la conversión y para el servicio espiritual de la comunidad
y a los que el Señor llame para este fin. Estoy seguro que el Señor
hará ver al párroco a quiénes llama para este servicio
de renovación de la comunidad. No es bueno intentarlo con un grupo
ya existente, pues por experiencia sabemos que no todos los que se encuentran
en tales grupos están dispuestos a la conversión y que hay
el peligro de no querer abandonar lo que ya era habitual o que se estorben
unos a otros en el camino a la conversión. Se necesita un olfato
especial para captar quién de la parroquia tiene hambre de renovación,
quién ha sido ya espiritualmente preparado por el Señor.
Cuando yo empezaba estuve durante semanas pidiendo al Señor que
me mostrara estos "doce" y siempre llevaba conmigo una hoja
de papel en la que anotaba nombres, los borraba y volvía a escribir
hasta verlo todo claramente ante el Señor. Después me dirigí
a ellos. Todos inmediatamente me dieron una respuesta afirmativa, aunque
no habían entendido bien de qué se trataba. Vinieron con
alegría.
El párroco velará por si algunos quieren imponerse o colocarse
en primera fila. No podrá ni deberá explicar por qué
llama a estos y no a otros. Cristo tampoco lo hizo con los doce. Ni deberá
invitar en la iglesia a todos pues vendrían algunos que siempre
acuden a todo pero que no tienen la vocación para este camino.
En el grupo inicial debe haber gente sana, de edad entre 25 y 45 años,
hombres y mujeres por igual y si es posible matrimonios.
En mi caso empezamos enseguida con un cursillo de iniciación sin
informar a la parroquia, pues pensaba que no era bueno alabar al niño
antes del nacimiento y tampoco sabía si llegaría a subsistir.
A todos los que preguntaban con curiosidad o querían entrar los
remitía a otro momento.
En las parroquias pequeñas es mejor familiarizar a todos con la
Renovación en el contexto de una misión popular y llevarlos
hacia la entrega a Dios. Este camino ha dado buenos resultados en los
países de habla alemana.
Los participantes en el primer curso de introducción pueden de
esta forma aclimatarse ya a un servicio espiritual en el segundo cursillo
como ayudantes de los grupos de diálogo, y entonces se pondrá
de manifiesto qué facultades se desarrollan en cada uno. En mi
parroquia se estuvieron dando tres seminarios de introducción a
la vida en el Espíritu con un número de participantes cada
vez más creciente sin que ocurriera nada especial en la parroquia.
Yo no dije nada de la Renovación Carismática ni hable a
nadie de lo que me había pasado a mi. Pero hacía una cosa:
intentaba con la buena acogida y el despertar de la fe en el Dios viviente
preparar el suelo para la renovación.
Los Seminarios de introducción solamente son un comienzo. Las conversiones
rápidas muchas veces no son profundas, ni tampoco perduran. Esto
lo sabe la Iglesia desde el tiempo de los grandes predicadores de la penitencia.
Se necesita un camino de conversión distintamente largo, una enseñanza
profunda, un largo ejercicio en la vida eclesiástica.
Me quedé muy sorprendido cuando leí que Francisco de Asís
necesitó siete años para llegar a su conversión completa.
También, aunque se den estupendos Seminarios de introducción
en las parroquias, los individuos y las parroquias no quedan rápidamente
renovados.
III. 3 Renovación del Consejo
Parroquial.
Dios toma muy en serio a los miembros del Consejo parroquial. Tienen un
cargo de parte del Obispo. Cristo quiere tomarlos nuevamente y con más
profundidad en su servicio. El también toma muy en serio a las
diversas asociaciones y los círculos de trabajo. La renovación
de una parroquia no es posible sin ellos.
Después de nuestro tercer Seminario de Introducción se eligió
un nuevo Consejo parroquial. Casi la mitad de los que fueron elegidos
procedía del grupo de oración. En otoño de 1978 nos
reunimos en una asamblea de clausura. Queríamos llegar a conocer
qué teníamos que hacer en los próximos cinco años.
En ésta asamblea participaron 35 personas.
En cierto modo llegamos a planificar esta sesión de una forma nueva.
En las sesiones precedentes solía haber informes sobre todos los
temas importantes y se deliberaba sobre su realización. Al final
de esta sesión estábamos muy agotados y abrumados por la
cantidad de resoluciones. Hicimos todo lo que pudimos, pero advertíamos
que mucho era estéril. Una gran experiencia había sido el
Año Santo de 1975. Escogimos el lema: "Tenemos una Buena Nueva"
y planificamos todo el año para dar a muchos una enseñanza
más profunda de la fe, al mismo tiempo que les entrenábamos
en el ejercicio de la conversión con la esperanza de que después
predicarían el Evangelio. Pero a pesar de las valiosas reuniones
resultó que el interés iba disminuyendo. Al final un miembro
del Consejo parroquial decía: "No estoy tan seguro de que
realmente tengamos una Buena Nueva".
Esta vez no había relatores ni discursos. ?Nos hicimos una sola
pregunta: ¿Qué se requiere para que crezca entre nosotros
una comunidad viviente de Cristo?
Seis grupos de diálogo se plantearon esta pregunta, hablaron unos
con otros, oraron juntos, se escucharon recíprocamente e intentaron
escuchar a Dios. Como lema me pasó por la mente que podría
ser este: "Nos reunimos, hablamos unos con otros, oramos juntos.
Entonces vendrá el Espíritu Santo y llegaremos a ver".
Juan XXIII había dicho esto mismo antes del Concilio y yo me preguntaba
si al final de la sesión llegaríamos a ver claro. Los miembros
del consejo parroquial aparentemente no tenían este problema y
empezaron las deliberaciones con un gran afán. Al final de aquel
día estábamos agotados. Una gran cantidad de ideas habían
visto la luz. En la hora del descanso yo pregunté a un dirigente
de grupo de diálogo cual había sido el tema central de su
grupo. Me dijo: "¡Conversión! Porque de otra manera
construimos sobre arena". Después pregunté a cada uno
de los dirigentes de grupo por separado y todos resaltaban la conversión.
Muy intranquilo me retiré a mi habitación e intenté
repasar y ordenar todas las propuestas e ideas, pero sin ver claro y muy
cansado me fui a dormir. Más tarde me despertó una llamada
a la puerta, pero nadie estaba fuera. Eran las cuatro de la madrugada.
Ya no pude dormir más y empecé a orar. Enseguida se hizo
la luz en mi interior y empecé a ver los planes que Dios tenia
sobre nosotros. Cada vez me venia su palabra: "¡Yo soy Yahvé,
vuestro Dios! Yo os conduzco fuera de Egipto de la casa de los esclavos.
Os llevo a una nueva vida" (cfr. Ex 20. 2). Sorprendido y con gran
alegría me di cuenta de que Dios nos quiere sacar de la servidumbre
de la vida de la gran ciudad, de lo enfermizo, del consumo, de las manías
y de la abundancia, y otra palabra venía de nuevo: ''He venido
para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10). Todo
lo que había escuchado y anotado la noche anterior se ensamblaba
ahora como en un gran mosaico, todo era claro, era luz, gran gozo y profunda
paz dentro de mi que llenaba todo mi ser. Me escucharon después
y quedaron conmovidos dando su pleno asentimiento. Formulamos el lema
para el trabajo del año: "Juntos nos ponemos en marcha".
Cuando sus esposas y otros colaboradores vinieron para la eucaristía
final advirtieron que algo había pasado. Se respiraba una gran
unidad como nunca habíamos tenido. Todos se alegraban de ser consejeros
de la parroquia y tenían la gran esperanza de que el Señor
nos guiaría. Se nos había dado el impulso inicial de la
renovación de nuestra parroquia y todo el Consejo estaba impresionado.
Ahora la situación era nueva. Si bien conocíamos el deseo
de Dios y estábamos dispuestos a obedecer, no sabíamos cómo
hacerla y apenas si habíamos llegado a acuerdos concretos. El año
de trabajo empezó sin ideas ni planificación concreta, pero
todo el consejo parroquial estaba en los Seminarios de Introducción
a la vida en el Espíritu. Al llegar el Adviento y la Cuaresma celebramos
jornadas parroquiales según el modelo de aquel día de clausura.
Vimos que de esta manera muchos podrían iniciar un camino de renovación.
Ahora empezó también a cambiar la forma de trabajo de las
secciones del Consejo parroquial, se oraba más y se peleaban menos,
la cura de almas cobraba más importancia. El círculo de
trabajo de CARlTAS llevaba orando casi dos años, pero después
empezó un trabajo complejo y el grupo de colaboradores iba creciendo.
Hoy algunos de ellos están trabajando con drogadictos y alcohólicos.
Hubo también efectos negativos en esta jornada de clausura. No
logramos hacer comprender esta experiencia a la parroquia. El Consejo
parroquial cambiado ahora se distanciaba de la comunidad parroquial. A
muchos asustaron ciertas exageraciones, surgieron tensiones y algunos
se pusieron en la oposición. Por esto en la jornada de clausura
del año siguiente tuvimos que plantearnos la pregunta: ¿Qué
se requiere para que crezca entre nosotros la comunidad que Cristo quiere?
Esta jornada estuvo caracterizada por una gran lucha. De pronto nos dimos
cuenta con qué poco amor nos tratábamos unos a otros y qué
poco unidos estábamos. Antiguas caídas, malentendidos y
discordias salieron a la superficie. Sin que se hubiera planeado empezó
en la capilla una eucaristía de reconciliación hasta muy
tarde de la noche. Se abordaron y se arreglaron muchas cosas ante el Señor.
Todo empezó con mis colaboradores más estrechos. Yo también
sentí que debía pedir perdón a todos. El Señor
nos llamaba a la reconciliación.
Durante semanas y meses este impulso se mantuvo activo dentro de la parroquia.
Estábamos muy conmovidos porque veíamos que el verdadero
problema no era la falta de unión en la parroquia sino nuestra
desunión. Empezamos a comprender que ante todo debíamos
cambiar nosotros y después cambiaria también la parroquia.
El Señor quería empezar con nosotros. Y así fue como
el Consejo parroquial se convirtió en el motor de la Renovación.
En todos los campos de la pastoral y de la vida diaria actuaban impulsos
espirituales, los Seminarios de introducción registraban cada vez
más afluencia, el equipo de responsables de los grupos de oración
se convirtió en círculo de trabajo del Consejo parroquial,
y a iniciativa del Consejo se le dio el nombre de "Círculo
de trabajo para la renovación de la comunidad y la evangelización".
El impulso inicial de la primera jornada de clausura se ha mantenido efectivo
hasta hoy. Entre tanto se han celebrado seis jornadas de clausura. Cada
una fue una aventura de la fe y los resultados han sido siempre nuevos
y sorprendentes. Nunca sabíamos con antelación lo que pasaría.
Las conclusiones de cada jornada han sido decisivas para los años
subsiguientes. Hemos visto que la llamada de Dios tiene un carácter
permanente, que no es un capricho del momento, y cómo sin embargo
en muchas cosas no estábamos siendo fieles. En la última
jornada de clausura recibimos instrucciones de no empezar nada nuevo:
"Vosotros ya sabéis mucho y lo practicáis demasiado
poco".
En cada jornada de clausura también percibimos lo siguiente: los
consejeros de la parroquia debían hacer lo que de ellos dependiera.
A la vista de tantas ideas y de tantas proposiciones no podían
llegar a un resultado claro. Después de los informes de los grupos
de diálogo en el pleno no pocas veces se creaba una desorientación;
en tal caso empezaba la tarea del párroco. Yo debía rezar,
examinar el material, comprobar todo y escuchar a Dios. Por la mañana
mi trabajo había de consistir en hacer el resumen y dar una orientación
total. En esto siempre notaba de nuevo la dirección del Señor.
III.4. El camino a la Iglesia.
La renovación empieza en una parroquia
como una semilla y esta semilla debe morir un día para que se pueda
producir una transformación y surja la vida.
Con esta metáfora Bíblica (Jn.12, 24), quisiera describir
un profundo proceso espiritual que se realiza por pasos muy concretos:
el camino de una sala de la parroquia a la iglesia, del grupo marginal
al centro de la parroquia, del grupo de oración al servicio divino.
Para que se dé esta transformación del grupo de oración,
tiene que haber llegado la hora, no se la puede provocar. Solamente en
su momento adecuado puede darse el paso de la sala de la parroquia a la
iglesia. En nuestro caso coincidían ciertas circunstancias: la
sala de reunión se hacía ya demasiado pequeña, aumentaba
la afluencia a los seminarios, cada semana ya había dos noches
de oración. Sentíamos que nuestro sitio estaba en la iglesia
pues es la casa de Dios. Pero ya con el primer pensamiento surgían
las resistencias: los bancos son incómodos, no son posibles las
intervenciones personales por la mala acústica, el tener que acercarse
al micrófono es un obstáculo para la gente, en invierno
la iglesia no está tan caliente como la sala.
Pero al mismo tiempo nos preguntábamos también: "¿es
que el Espíritu de Dios depende de circunstancias externas?"
El tiempo de Cuaresma ya estaba próximo. En el equipo de responsables
(por entonces aún no se había convertido en el círculo
de trabajo) no estábamos en condiciones de convertir una misión
cuaresmal en Seminario de introducción en la iglesia, pues como
grupo particular no estábamos autorizados para ello. Sin embargo
pasó lo singular. El consejo parroquial determinó que al
día siguiente, dentro de pocos minutos, empezaría la misión
cuaresmal como un tiempo de unidad y claridad. Yo advertía como
el Señor tomaba muy en serio a los responsables de una parroquia.
La misión debía realizarse del modo siguiente: Los domingos
los sermones cuaresmales prepararían la comunidad para dar un paso
de conversión. Al jueves siguiente debían realizarse los
pasos en profundización, oración y en el diálogo
de la reunión. Una hoja semanal de reflexión ofrecía
ayuda para la oración diaria, de esta forma se prepararía
la comunidad para la renovación pascual del bautismo.
Con esta preparación de la Cuaresma pasó algo decisivo:
hasta ahora la renovación había sido propio de un grupo,
del consejo parroquial. Dentro de la iglesia se convirtió en trabajo
de toda la comunidad. Todos podían asistir y vinieron muchos a
la reunión que antes nunca hubieran venido. Claramente advertían
que para esto no era necesario pertenecer a un grupo determinado, y que
podían llegar a ser cristianos en más profundidad. Por lo
general esta reunión duraba dos horas, a pesar de lo cual se llenaba
la iglesia. La fiesta de Pascua adquiría nueva profundidad. Poco
después de Pascua llegó un momento en que se presentaron
en la iglesia los primeros para dar su vida a Dios. La noche de oración
tenía que permanecer en la iglesia. Desde entonces, y ya han pasado
tres años, cada jueves por la noche tenemos una celebración
de la palabra y de la eucaristía en la misma iglesia. Estos servicios
divinos no se han suprimido durante el verano y en la sala pequeña
se ha seguido teniendo los miércoles por la noche una reunión
más pequeña de oración.
111.5. La disposición de la comunidad y sus consecuencias.
En la iglesia es válido el principio de "la disposición
de la comunidad". La comunidad ha de poder entender, seguir y celebrar.
Por esta razón en los primeros meses no levantábamos las
manos, ni orábamos en lenguas, sino que nos comportábamos
de una forma “normal". El amor exige prestar atención
a los hombres y hacer aquello que contribuye a su edificación (cfr.
1 Co 14, 26). La oración en lenguas y el levantar las manos llegaron
por si solos, sin que nadie se escandalizara, aunque para los grupos de
oración esto era doloroso. La atmósfera ya no resultaba
tan familiar y las intervenciones en la oración eran más
difíciles.
Algunos anhelaban los primeros tiempos en la sala de oración, pero
ya no entraba en cuestión el volver a aquello.
Ya que en la iglesia no era tan fácil el contacto personal por
el número mucho mayor de personas, muchos se reunían en
comunidades pequeñas con más o menos compromiso y se encontraban
en las casas para oración y compartir espiritual. Esto se hizo
por iniciativa propia y de pronto advertimos que ya había unas
15 pequeñas comunidades.
Hemos cambiado también las palabras. En todos los grupos, comunidades
y movimientos se crea un lenguaje de dominio común. Por esto no
hablamos de "reuniones carismáticas", ni de "noche
de oración" o "círculo de oración",
sino de "servicio sagrado de la Palabra". No decimos "misa
carismática", sino "celebración eucarística".
No hay "servicios sagrados de curación", sino "servicios
para los enfermos". No hablamos de "Bautismo en el Espíritu",
sino de "renovación del Bautismo", "renovación
de la Confirmación", "renovación del matrimonio",
etc.
Tampoco hablamos muy pronto de carismas. Primero es importante la conversión,
la aceptación de la salvación y la decisión básica
por el Señor en la comunidad de la Iglesia. Los carismas se pueden
recibir enseguida, pero necesitan maduración prolongada. La palabra
"carismático" o "los carismáticos" deberían
evitarse totalmente. Tampoco somos una parroquia "carismática".
Este cambio de las palabras no es solo externo, es cambio de vida, apertura
hacia los hombres, y servicio del amor y de la unidad.
Todo esto no nos ha llevado a una pérdida de identidad. De esta
misma manera actuan las demás parroquias en Austria en las que
ha entrado la renovación. Nosotros decimos "Renovación
espiritual de la comunidad".
Lentamente hemos llegado a descubrir la importancia espiritual de la misa
dominical para muchos. El centro no es el grupo de oración, ni
la noche de oración, sino la misa dominical (cfr. Val. II: Constitución
Litúrgica N. 10,106). La renovación de la congregación
dominical parte de la misa del domingo. Es así como la Renovación
Carismática se convierte en renovación de de la Liturgia
en su profundidad y fuerza espiritual. En la última jornada de
clausura el Consejo parroquial proclamó la celebración litúrgica
del domingo como "la fiesta de todos".
Si en la reunión de oración cada uno puede y debe participar,
en la celebración de la congregación dominical es distinto.
Aquí están los ayudantes de la liturgia: los lectores, los
cantores, los acólitos, los que distribuyen la comunión,
los que recitan oraciones, el organista, el coro o grupo musical. Todos
estos deben tener el carisma para el servicio que realizan y no podrán
hacerlo sin conversión, curación de su vida y entrega a
Dios. Necesitan preparación, crecimiento y examen. Así es
como hemos llegado con el tiempo a tener los jueves la preparación
de la celebración del domingo: oramos por los feligreses que asistirán
y damos el mensaje del domingo. Muchos guardan ayuno y renuncian a la
noche del sábado y las fiestas fatigosas. Algunos oran en grupo,
y hay intercesiones espontáneas, oraciones de intercesión
y también testimonios. Sin que se busquen formas especiales, es
así como las celebraciones ganan fuerza y el número de feligreses
aumenta.
Si antes estaba en primer plano la actuación activa en el servicio
divino, ahora se da más importancia al servicio espiritual desde
la entrega a Dios. Vemos cómo la celebración de la Eucaristía
es un legado santo de Cristo, que ha sido ordenada por la Iglesia con
la asistencia del Espíritu y que no debemos acercarnos a ella con
un corazón no convertido. Hemos experimentado que lo que atrae
y renueva a los hombres no son las formas nuevas sino la fuerza del Espirita.
Tenemos dificultades por el tamaño de la parroquia y el gran número
de celebraciones en el domingo. No todas pueden celebrarse y prepararse
de la misma manera y también queda de vez en cuando cierto desorden
en la programación del tiempo.
III.6. El Don del año litúrgico.
La celebración más profunda del domingo y el haber tomado
más en serio el tiempo de Cuaresma nos ha hecho descubrir de nuevo
el Año litúrgico. Empecé a ?leer detenidamente los
libros litúrgicos y ahora veo cómo la Constitución
sobre la Sagrada liturgia, las introducciones que hay en los misales,
en los leccionarios y en el ritual de incorporación de adultos
a la Iglesia son instrucciones para la renovación carismática
de nuestra congregación. Los Seminarios de la Vida en el Espíritu
deberían realizarse según estos documentos para evitar conductas
muy cerradas. Pablo VI escribe en el Misal que el Año litúrgico
nos permite celebrar los misterios de la Redención y que tiene
especial fuerza y efecto sacramental para fortalecer la vida cristiana.
En la Constitución sobre la Sagrada liturgia leemos que la Iglesia
"considerando así los misterios de la Redención, abre
las riquezas del poder santificador y de los méritos de su Señor,
de tal manera que en cierto modo se hacen presentes en todo tiempo para
que puedan los fieles ponerse en contacto con ellos y llenarse de la gracia
de la salvación" (N. 102).
El tiempo de penitencia de los cuarenta días santos y de la Semana
Santa cumplen la función de renovar a la congregación de
los fieles juntamente con los catecúmenos y de prepararlos para
las celebraciones pascuales mediante el recuerdo o la preparación
del Bautismo y por la Penitencia. Esto se realiza por la liturgia. Yo
tuve que aprender a interpretar las lecturas del domingo no solo en función
de la exégesis sino también en función del sentido
litúrgico. Para profundizar en los candidatos el hambre de liberación
del pecado por Cristo hay previstas tres celebraciones de penitencia durante
este tiempo, las cuales sirven más de ejercicio espiritual que
de instrucción. Está en las lecturas del Ciclo A de las
semanas 3ª,4ª y 5ª. Estas celebraciones de penitencia contribuyen
a la conversión espiritual y a la renovación y se completan
con las oraciones para conseguir liberación. La meta es purificar
el espíritu y el corazón, proteger contra las tentaciones
y fortalecer la voluntad.
Es muy importante el esfuerzo para comprender a Cristo y a su Iglesia
más profundamente y progresar en el conocimiento de si mismo, en
la formación de la conciencia y en deseo de arrepentimiento. Estas
celebraciones penitenciales liberan de la influencia del mal, fortalecen
en la vida espiritual y preparan para recibir el don de la salvación
del Redentor. Los candidatos participan también de las bendiciones
(Cfr. Vat. II Const lit. n. 109; Ritual "para la celebración
de la incorporación de adultos a la Iglesia" n. 21; Tir. 25,
101, 102,154, 159, 162). Aquí tenemos instrucciones litúrgicas
para un seminario de la congregación durante el tiempo de Cuaresma.
Mediante esta preparación los Sacramentos de la incorporación
(Bautismo, Confirmación, Eucaristía) se podrán recibir
con mayor profundidad y la vida espiritual se desarrollará más.
Tuvimos también el regalo de otro descubrimiento, el tiempo pascual
o los cincuenta días felices. Todo el que se entrega profundamente
al Señor y vive en el gozo de la proximidad de Dios, desde su nueva
y personal experiencia, necesita ejercitarse y profundizar especialmente
en los sacramentos y en la asamblea (mystgogia) (Rit, n. 40.37). Los principiantes
necesitan celebraciones más frecuentes, ser introducidos en la
vida del Resucitado y recibir una preparación para la venida del
Espíritu. Los textos de los domingos de Pascua tienen muy en cuenta
la alegría de los principiantes, los problemas que esto suscita,
la vivencia de la presencia de Cristo, la captación de su voz,
la preparación para su ausencia y para la nueva venida del Espíritu.
Por otra parte los cincuenta días de Pascua son una única
fiesta de alegría por el Señor, sin penitencia y sin cuaresma
ya, sino con muchos aleluyas.
El día de Pentecostés es el día de la efusión
y de la plenitud. Ya enriquecidos con el don de la Redención, los
cristianos entran en el día hábil del Año. Por desgracia
a lo largo de la historia de la Iglesia se perdió el sentido de
la amplitud del tiempo pascual y por la secularización de los cristianos
disminuyó la fuerza del Espíritu.
Muchos cristianos durante la Cuaresma toman muy en serio el tiempo de
penitencia para volver luego en el tiempo de Pascua a la vida normal.
Con esto les queda mucha seriedad de penitencia año tras año,
pero no la alegría ni el ejercicio en la vida del Espíritu.
Es como si prepararan un banquete, pero no se sentaran a la mesa, o una
boda y no vivieran el matrimonio, o como si construyeran una casa, pero
dejarán que se quedara de nuevo en ruinas. Con estas parábolas
podemos caracterizar la pérdida del tiempo pascual para nuestras
congregaciones.
Una consecuencia también de este fenómeno es la irritación
ante los cristianos que viven con alegría visible en Dios y tienen
aspecto de redimidos. Nosotros en este año 1984 no hemos terminado
con el Seminario de congregación del tiempo cuaresmal y hemos seguido
hasta Pentecostés, Pero hemos descubierto que todavía muchos
no podían comprender completamente estos cincuenta días
y su mensaje, El próximo año seguiremos dejándonos
conducir y esperamos que un día Pascua y Pentecostés puedan
desarrollar toda su fuerza y que entremos realmente en profundo contacto
con estos secretos.
IIL7. El principio de la Evangelización.
En la Cuaresma de 1977 empezamos con el
primer seminario de introducción a la Vida en el Espíritu.
En la cuaresma de 1984 unas treinta personas han empezado a evangelizar
en la calle. La primera vez estaban de pie y con miedo, inseguros y apoya?dos
en el muro de la iglesia. Ahora se reúnen cada dos semanas en la
plaza más concurrida de la parroquia para alabar a Dios con canto
y oración y para predicar el Evangelio.
Aún tenemos que aprender mucho y recibir más fuerza. El
Señor nos mostrará de qué modo hemos de evangelizar
en Viena. Agradecemos a Dios que el camino de la Renovación a través
de las instituciones de la parroquia no es sin fin y que también
una parroquia normal puede recibir la gracia de la evangelización.
La incorporación de "los nuevos" será un nuevo
llamamiento para nosotros.
IV Una Pastoral del Camino
Hay una pastoral estática: todos los años pasan las mismas
cosas, todos están ocupados, todos cumplen su deber y todo se desarrolla
como siempre.
Hay una pastoral organizada de pensadores y de gente activa: se forman
grupos, se organizan actos y se hacen proyectos. La mayor actividad se
desarrolla al lado de las celebraciones litúrgicas, si es que estas
no son también "formadas" y "realizadas". Todos
están muy ocupados.
Hay una pastoral de congregación: "el modelo" es la congregación
desde los comienzos de Jerusalén, en el primer plano está
lo horizontal y con múltiples métodos de entrenamiento se
buscan buenas relaciones. El paso está marcado por círculos
agradables, pero en los que no se adelanta ni se crece en lo ancho y profundo.
Hay una pastoral del camino, una pastoral dinámica: Presupone una
congregación. Un día sin embargo la llamada de Cristo a
la conversión tiene que ser perceptible y conmover y los cristianos
se pondrán en el camino del retorno, se abrirán a la Redención
y salvación de su historia, de toda su vida. Retorno y salvación
son etapas indispensables del camino que un día conduce a la decisión
fundamental y personal por Dios y por la Iglesia dentro de la congregación
(renovación del Bautismo). Este paso es el momento del nacimiento
de la vida cristiana, de la gracia del bautismo, es una fiesta en la vida
de la comunidad. Otras etapas del camino por el que el Señor está
llevando ahora a los suyos son la purificación profunda y la iluminación.
Un día se realizará el segundo retorno, "la Nueva alianza"
será realidad personal.
Sin este segundo retorno ningún
sacerdote y ningún colaborador podrá desarrollar plenamente
su servicio. Este es el acto de todos los actos, el uno necesario (Heinz
Shurmann). Ahora es cuando los carismas tienen un buen fundamento: el
servicio a los hombres es posible desde la fuerza del Espíritu.
Ahora Dios puede hacer grandes cosas.
Estas etapas del camino espiritual son válidas para los individuos,
para los grupos y para las comunidades. Es importante que la congregación
piense de la misma manera en este camino y sienta unánimemente
en su aspiración hacia la renovación y en lo referente a
la ayuda mutua, tanto humana como espiritual. Sin el servicio espiritual
del párroco la congregación no podrá ponerse en marcha
en este camino.
El servicio del párroco resulta ser entonces como el servicio de
Moisés. Escuchará a Dios y pedirá el carisma de la
dirección. Dios indicará a qué marcha se ha de avanzar
por el camino, y El hará detenerse, apagar la sed y seguirá
conduciendo. El párroco gritará a Dios si el pueblo se queja
porque está desorientado, desorientado de Dios y de su párroco,
pero el fruto también dará gritos de júbilo ante
las grandes acciones de Dios. ¿Llegará a la tierra de promisión
o perecerá en el desierto?
Con mi parroquia estoy en el camino. No somos una parroquia, ni somos
mejores que otras parroquias. Tenemos unas celebraciones completamente
normales, con cantos y formas normales, hacemos todo lo que se hace en
una parroquia, pero hay algo distinto, y así lo dicen muchos, que
es difícil de definir. Hay algo que atrae, conmueve y despierta,
al mismo tiempo que hay otras muchas cosas que son corrientes y otras
que son pecaminosas, lo cual puede decepcionar.
El grupo de oración ha dado mucho a la parroquia, pero él
ha recibido todavía más. Por la parroquia ha sido conducido
de la estrechez a la extensión del servicio, y de las escuetas
ofrendas de antes a ser la iglesia. Paulatinamente muchos han abandonado
la actitud de oposición y los que aún no se comprometen
con la parroquia han quedado pensativos y se abren cada vez más
a la oración y al Espíritu Santo. Es sorprendente ver de
qué manera tan diversa Días conmueve y conduce a cada uno.
La semilla crece. No sé hasta qué altura ha crecido, pero
las malas hierbas también crecen y muy bien. Cuando dará
su fruto lo que se ha sembrad y cuanto fruto dará yo no lo se.
Una parábola puede caracterizar nuestra situación: una parte
de la congregación ha pasado el Mar Rojo, la mayor parte todavía
está en Egipto. Ahora algunos de los que salieron quieren seguir,
otros quieren volver, y de los que se encuentran en Egipto algunos quieren
ponerse en marcha para pasar también el Mar Rojo y otros quieren
quedarse. En esta tensión me encuentro como párroco. ¿Llegará
la vanguardia a la tierra prometida? ¡Dios sea indulgente con nosotros!
¡Obra, Señor como os has prometido!
El canto espontáneo, una
tradición a renovar.
Por Rodolfo Puigdollers
El hablar en lenguas pentecostalista.
Uno de los distintivos del Movimiento Pentecostalista ha sido el "hablar
en lenguas", fenómeno de expresión aconceptual que
se encuentra en la mayoría de religiones primitivas y de un modo
especial en los ritos mágicos.
La valoración y uso de este fenómeno en el Pentecostalismo
se ha realizado a partir de la propia experiencia y de una exégesis
fundamentalista de la Biblia. El fenómeno que se vivía en
el Pentecostalismo se ha identificado sin más con ciertas expresiones
bíblicas de obscura interpretación. Esto ha permitido que,
sin más, la experiencia pentecostalista gozase de un pretendido
fundamento bíblico.
Es así como el hablar en lenguas
pentecostalista se ha extendido a grupos minoritarios de diversas iglesias,
influenciados por este Movimiento. En una línea de auténtica
Renovación de la Iglesia nos tenemos que preguntar si es correcto
este salto de la experiencia actual a una exégesis fundamentalista
de la Biblia, dejando de lado la tradición de la Iglesia.
Hay que reconocer que la mayoría
de grupos católicos que han utilizado durante un tiempo el “hablar
en lenguas” pentecostalista han visto como éste – a
causa de una mayor sensibilidad católica a la tradición
eclesial – ha sufrido una transformación profunda en su forma,
utilización e interpretación teológica. (1)
Es obligación del teólogo
católico el interrogarse sobre este fenómeno e, imbuido
por toda la tradición de las comunidades cristianas en los casi
veinte siglos de historia, preguntarse por el punto de conjunción
entre el "nova et vetera".
El "canto espontáneo" originalidad cristiana,
frente al "hablar en lenguas" de origen pagano.
No es cierto que se haya dado una ruptura
radical entre la vivencia de las comunidades primitivas y las comunidades
posteriores. El Movimiento Pentecostalista con su poca atención
a la tradición ha divulgado el error de tal ruptura, lo que permitía
sin más, de forma inconsciente, leer en la Biblia la experiencia
pentecostalista tal cual.
Un estudio de la tradición espiritual cristiana nos muestra que
la forma de orar de la que hablamos se ha vivido en la Iglesia durante
al menos mil trescientos años. ¿Qué nos enseña
esta tradición? ¿Podemos dejarla de lado sin más
e interpretar a nuestro gusto la letra bíblica?
En primer lugar hay que reconocer que se ha dado una evolución.
El P. Alberto Ibáñez escribe: "De entre los diversos
géneros de lenguas sólo quedan abundantes constancias de
las exclamaciones y cantos en espíritu. Las otras formas se perdieron
por la oposición contra el montanismo y contra los demás
excesos, por el enfriamiento del fervor que vino al aumentar el número
y la disciplina externa, pero -sobre todo- por la simple voluntad de Dios,
que distribuye sus dones como quiere" (2). Esta evolución
¿hay que situarla en el siglo II o se encuentra ya en la vida misma
de S. Pablo? ¿Es una muestra de enfriamiento o, más bien,
del discernimiento y de la maduración eclesial? ¿Acaso la
primera referencia que tenemos al "hablar en lenguas" no es
ya una corrección que S. Pablo quiere introducir en la comunidad
de Corinto?
Hacia el año 57 S. Pablo escribe a la comunidad de Corinto que
ha tomado costrubre equivocadas en el modo de orar, debido a la influencia
de los cultos paganos (“os dejabais arrastrar ciegamente hacia los
ídolos sin palabra” 1 Cor. 12, 2). Esta influencia se encuentra
claramente en el “hablar en lenguas” que vaciado de su influencia
a la Palabra "es como si hablarais al viento”. (1 Co 14, 9).
El entusiasme por el "hablar en lenguas" no es más que
una muestra de ser "niños en juicio", cuando hay que
ser "niños en malicia, pero hombres maduros en juicio"
(1 Co 14, 20) (3).
El fenómeno religioso del "hablar en lenguas" S. Pablo
lo cristianiza aplicándole tres reglas: a) relativizándolo;
no es en sí ninguna muestra del Espíritu Santo, éste
sólo se muestra en la profesión de fe (cf. 1 Co 12, 3);
b) uniéndolo a la Palabra: el hablar o el orar cristiano sólo
tiene sentido si es Palabra (profecía) o si va unido a la Palabra
(interpretación); c) relegando a la oración personal el
"hablar en lenguas" sin relación a la Palabra: es sólo
a nivel personal interno que se puede mantener unida la Palabra o el sentimiento
a una expresión externa no conceptual (Cf. I Co 14, 28).
Es notable constatar que a partir de este incidente ocurrido en esta comunidad
corintia influenciada por los cultos paganos toda posible referencia a
esta forma de oración siga las pautas de esta carta:
a) En la oración comunitaria el "canto espontáneo":
• "cantad agradecidos a Dios en vuestros corazones con salmos,
himnos y cánticos inspirados" (Col 3, 16; la Biblia de Jerusalén
comenta en nota "se trata, sin duda, de improvisaciones carismáticas
sugeridas por el Espíritu durante las asambleas litúrgicas").
• "recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos
inspirados" (Ef. 5, 19).
b) En la oración personal la "oración en espíritu":
• "siempre en oración y súplica, orando en toda
ocasión en espíritu" (Ef. 6, 18).
• "edificándoos sobre vuestra santísima fe y
orando en espíritu santo" (Jd 20; Cf. 1 Co 14, 4).
De esta forma brota en las comunidades cristianas un nuevo modo de canto.
Un canto espontáneo, sin palabras, pero unido a la Palabra. No
es un canto irracional o un canto vacío, sino al contrario, es
la respuesta a la Palabra, la expresión total de la Palabra. El
musicólogo judío A. Sendrey escribe:
"El canto sin palabras de los cristianos, aun cuando tuviera un paralelo
en equivalencias de música secular cualitativamente diferente,
nació con la nueva religión" (Musique ancienne d'Israe1.
p. 202).
El "canto espontáneo" (la iubilatio)
Es sobre todo S. Agustín (354-430) quien nos ha descrito el canto
espontáneo en las asambleas cristianas:
• "¿Qué es iubílare? Prorrumpir en voz
de gozos cuando no se puede con palabras. Porque la iubilatio no es con
palabras, sino que sólo se da el sonido de los que se gozan, como
el de un corazón que da a luz una alegría con una voz que
no se puede explicar con palabras" (Enarr. in Ps. 65, 2).
• "Ya sabéis qué es la iubilatio. Gozar y hablar.
Si lo que gozáis no lo podéis decir, jubilad. Si vuestro
gozo no lo puede expresar las palabras, que lo exprese la iubilatio, pero
que no sea un gozo mudo. Que el corazón no silencie a su Dios"
(Enarr. in Ps. 97,4).
• "Antes de que lo sintieras, pensabas que podías hablar
con Dios; comienzas a sentir y entonces sientes que no se puede decir
lo que sientes. Ahora que sabes que no se puede expresar lo que sientes,
¿callarás? ¿no alabarás? ¿Quedarás
mudo a las alabanzas de Dios y no le tributarás acción de
gracias a El que quiso dársete a conocer? Lo alabamos cuando lo
buscabas, ¿callarás cuando lo encontraste? De ninguna manera:
no serás tan ingrato. Se debe honor, se debe reverencia, se debe
gran alabanza" (Enarr. in Ps. 99, 3-4).
• "¿Qué es cantar en iubilatio? No poder entender
ni explicar con palabras lo que se canta con el corazón. En efecto,
los que cantan en la siega, en la vendimia o en otro trabajo hecho con
ardor, empiezan diciendo con palabras de cánticos su alegría:
después, como repletos de tanta alegría que no pueden explicarla
con palabras, dejan las sílabas de las palabras y van al sonido
de la iubilatio. De este modo la iubilatio es un sonido que nos indica
que el corazón da a luz una cosa que es incapaz de expresar. ¿Y
a quién corresponde esta iubilatio sino al Dios inefable? Es inefable
aquel de quien tú no puedes hablar; y si tú no puedes hablar
pero tampoco callar. ¿qué queda sino jubilar para que goce
el corazón sin palabras, y la inmensa amplitud de los gozos no
tenga los limites de las sílabas?" (Enarr. in Ps. 32,8).
Estos textos impresionantes que reflejan tan íntimamente la alabanza
de las primeras comunidades cristianas nos enseñan varias cosas
sobre el "canto espontáneo":
* se trata de un canto.
* un canto comunitario.
• un canto comunitario que brota espontáneo tras un canto
con palabras ("empiezan diciendo con palabras de cánticos
su alegría, después dejan las sílabas de las palabras
y van al sonido de la iubilatio").
• es un canto de alegría y alabanza que expresa lo que el
corazón no puede expresar con palabras.
• es un canto inefable que nos acerca al Dios inefable.
Su uso en la liturgia.
Basta una simple lectura del Apocalipsis para percatarse que las páginas
de esta revelación situadas en un domingo, “un día
del Señor" (Ap 1, 10), día de la asamblea eucarística,
tienen como continua música de fondo los cantos litúrgicos
y especialmente el "canto espontáneo": "y oí
un ruido que venía del cielo, como el ruido de grandes aguas o
el fragor de un gran trueno; y el ruido que oía era como de citaristas
que tocaran sus cítaras. Cantan un cántico nuevo (...) y
nadie podía aprender el cántico" (Ap. 14, 1-3).
Tenemos indicios para pensar que las primitivas asambleas cristianas se
abrían al "canto espontáneo" en los siguientes
momentos litúrgicos":
a) Después del canto del Gloria. El "Gloria"
es un canto del siglo IV que gozó de una gran popularidad. Se utilizaba
sólo con motivo de las grandes solemnidades, sobre todo en la Pascua
y en las misas dominicales en que presidía el Obispo. Luego se
permite cantarlo el día de una primera misa. Hasta que a finales
del siglo XI se llegó a la costumbre actual. La explicación
de esta gran popularidad y al mismo tiempo de la reserva a los días
más solemnes se podría encontrar en que después el
canto se prolongaba con el "canto espontáneo". Seria
así realmente el "canto angélico" según
la expresión de Ricardo Rolle (1300-1349): "elevando mis labios
a la más grata alabanza de El, saboreo el canto de gloria que los
ángeles admiran".
b) Después del canto del Aleluya. Explica el gran
liturgista J.A. Jungmann: "En su periodo áureo, el canto gregoriano
desplegó en el iubilus todas sus magnificencias, y la comunidad
fervorosa, en época que no estaba todavía acostumbrada a
los ricos acordes de la música polifónica, debió
sentirse extasiada ante la inacabable variedad del subir y bajar de los
melismas" (El sacrificio de la Misa, p. 547). Y en nota indica que
los textos de S. Agustín en que habla de la exultación sin
palabras parecen referirse a este momento.
c) Después del Sanctus. Aunque no tengamos datos
para afirmarlo, es difícil no imaginar que lo que hemos dicho para
el canto del Gloria es válido para el canto más antiguo
de la liturgia cristiana y que se encuentra citado en el Apocalipsis (Ap
4, 8). S. Gregorio Niseno exhortaba así a la comunidad:
"Adhiérate al pueblo santo y aprende palabras arcanas, canta
con nosotros lo que los serafines de seis alas cantan juntamente con el
pueblo de los cristianos" (De bapt.: PG 46,421 C).
d) Después del Amén final de la Plegaria eucarística:
S. Jerónimo nos indica que en las basílicas romanas el "Amén"
resonaba como un trueno celestial" (In Gal. Conunent., 1. 2, PL 26.355).
Esto es sin duda una muestra del "canto espontáneo" que
acompañaba a esta gran aclamación que tan intensamente recalca
ya S. Justino en su descripción de la asamblea eucarística
en el año 150: "Después que terminan las preces y la
acción de gracias, todo el pueblo aclama: Amén" (Apol
1, 65).
e) Después de la comunión. Si es cierto
que la lista de manifestaciones espirituales que hace S. Pablo en 1 Co
12,8-10 está reflejando una asamblea cristiana primitiva, (4) tendríamos
una indicación de que después de la comunión la asamblea
se abría a algún "canto espontáneo" continuando
los cantos en palabras.
f) Después del Te Deum. Tenemos un testimonio
precioso de cómo el canto del Te Deum sirvió en alguna ocasión
para abrirse después el canto espontáneo. Está en
la descripción que Celano nos hace de la canonización de
S. Francisco: después de las palabras del Papa, "inmediatamente
los reverendos Cardenales y el Papa, con gran solemnidad, entonaron el
Te Deum laudamus. Al instante óyese el murmullo de las gentes alabando
a Dios y prorrumpiendo en entusiastas voces, y el aire resuena de cantos
de alegría y todos los rostros se bañan de lágrimas
de júbilo. Resuenan nuevos cánticos, y los servidores de
Dios se alegran en la consonancia de los espíritus. Óyense
allí dulcísimos instrumentos músicos y se entonan
con suavísimas voces cánticos espirituales. Allí
se respira suavísimo perfume y se percibe la melodía más
embriagadora, que conmueve el sentimiento" (Vida Primera, libro III,
nº 126: BAC nº 4,p. 372). Era el 16 de julio de 1228.
Ciertamente no hay que suponer que estas explosiones de "canto espontáneo"
se diesen en cada asamblea y con la misma intensidad. Uno de los puntos
importantes de la espontaneidad es precisamente el de responder a la situación
del momento.
El "canto espontáneo" y la música.
Otro de los puntos a tener en cuenta en el "canto espontáneo",
para no caer en el "hablar en lenguas" pentecostalista, es la
importancia de la música.
Nos lo indica S. Agustín: Cantad bien al Señor. Todos investigan
cómo hay que cantar a Dios. Cántale, pero no le cantes mal.
El no quiere lo que no es armonioso. Cantad bien, hermanos" (Enarr.
in Ps. 32).
Aunque se trate de un canto espontáneo es un canto que brota a
partir de un canto fijo. Es como la prolongación del canto anterior.
Se empieza expresando la alegría con un canto fijo, luego se dejan
las palabras y se va al sonido de la iubilatio, al canto espontáneo
(d. S. Agustín, Enarr. in Ps. 32)
Para ello es importante el apoyo de los cantores y de los músicos.
Nos lo indica claramente Casiodoro, cuando a finales del siglo VI nos
describe el canto espontáneo en una asamblea: "La lengua del
cantor se alegra con esta iubilatio, la comunidad la repite con alegría.
Es como un adorno de la lengua de los cantores, un tesoro inacabable sobre
melodías renovadas sin cesar" (5).
El canto no se apoya en las palabras, pero sí en las vocales. Este
punto es importante y lo hace distinguir del "hablar en lenguas"
pentecostalista que tiene siempre apariencia de "hablar misterioso",
cuando no mágico. Este apoyo vocálico lo encontramos descrito
por Demetrio de Falero en el siglo III a. C.: "En Egipto los sacerdotes
cantan himnos a los dioses mediante siete vocales, que cantan seguidas
en lugar de la flauta y la citara, y el sonido de aquellas letras es agradable
al oído" (De elocutione, c. 71). Este uso está muy
atestiguado entre los gnósticos de los siglos II y Ill, empleando
las siete vocales griegas a-e-ê-i-o-y-ó (6).
Dos advertencias espirituales
Para el correcto uso del "canto espontáneo" parece conveniente
tener en cuenta algunas advertencias que nos ha transmitido la tradición
de la Iglesia.
La primera de ellas se refiere al respeto al mismo "sensus ecclesiae".
A finales del siglo II un anónimo obispo del Asia Menor escribe
sobre Montano "dando entrada en sí mismo al enemigo con la
pasión desmedida de su alma ambiciosa de preeminencia, quedó
a merced del espíritu y de repente entró en arrebato convulsivo
como poseso y en falso éxtasis, y comenzó a hablar y a proferir
palabras extrañas, profetizando desde aquel momento en contra de
la costumbre recibida por la tradición y por sucesión desde
la Iglesia primitiva" (Eusebio de Cesarea, HE V,16,8) y sobre Maximila
y Priscila, dos discípulas suyas: "también ellas se
pusieron a hablar delirando, a destiempo y de modo extraño, como
el mencionado antes" (HE V, 16,9). Hay ciertamente en el "hablar
en lenguas" (no tanto en el canto espontáneo) el peligro de
protagonismo, tanto personal como grupal.
La segunda advertencia la encontramos en una nota del Diario Espiritual
de S. Ignacio de Loyola. Después de haber experimentado varías
veces la oración que brota de una melodía interna escribe:
"parecerme que demasiado me deleitaba en el tono de la loqüela
en cuanto al sonido" (jueves 15 mayo 1544). Hay ciertamente una dimensión
subyugadora en la música armónica que puede llevar a un
deleite religioso, pero que no introduce en la verdadera oración
cristiana.
Su presentación catequética
Si se quiere renovar el "canto espontáneo" en nuestras
comunidades cristianas se tendrían que evitar los defectos catequéticos
y de contenido del intento de renovación del "hablar en lenguas"
promovido por los movimientos pentecostalistas.
Ponemos a continuación algunos puntos que podrían servir
de base para una catequesis del "canto espontáneo":
• Una forma de orar milenaria. Se trata de renovar una forma de
orar utilizada tradicionalmente por las comunidades cristianas hasta como
mínimo el siglo XIII.
• Abrirse al canto espontáneo
tras algún canto especial en algún momento especial. La
alegría la expresamos con algún canto determinado y luego,
dejando las palabras, se continúa la melodía improvisando,
y utilizando sobre todo las vocales.
• Es la forma de expresar todo lo que hay en nuestro corazón
y no podemos expresar con las palabras. La comunidad querría a
veces expresar alegrías, sentimientos, para los que no hay palabras
o resultan insuficientes las palabras del canto; entonces la comunidad
expresa su alegría en el "canto espontáneo".
• Es la culminación de la alabanza al Dios inefable. La oración
cristiana es escucha de la Palabra y expresión de la Palabra, pero
en ciertos momentos esta Palabra se hace grito, se hace música,
se hace canto sin sílabas. No son sonidos inconexos, son el eco
de la Palabra. La iubilatio del Aleluya gregoriano es quizá la
muestra más clara de esta realidad: no se pierde el contacto con
la palabra.
P .S. Somos conscientes de que lo que hemos escrito entra de lleno en
la pastoral litúrgica en la que nuestros obispos son sus guías
y garantes. Sometemos, pues, expresamente las ideas de este articulo a
su discernimiento pastoral.
Notas
(1) Intentábamos insinuar algo en nuestro artículo ¿
Qué es la oración en lenguas?, en Koinonia (1977)
nº 4, marzo-abril, pp. 11-13.
(2) Lenguas. Un don para los Corintios y para nosotros, Edición
pro manuscrito. Argentina, Segunda parte, p. 57. Este escrito contiene
abundante información que utilizamos.
(3) Para situar esta problemática
Cf. nuestro articulo ¿Qué dice S. Pablo sobre los carismas,
en Koinonia VI (1982) 33-34, pp. 11-17.
(4) Cf. articulo citado en nota anterior.
(5) Citado por Eddy Ensley (cf. R. MARTIN, Dieu, c'est toi mon Dieu.
Pneumatheque, p. 205).
(6) Cf. M. RIGHETTI, Historia de la
Liturgia. T I, BAC nº 132, p. 592, nota 30.
La imposición de
manos
por J. Aldazábal
El P. J. Aldazábal es especialista en Liturgia y conocido
por sus publicaciones y artículos en Revistas especializadas.
Le agradecemos cordialmente la autorización que nos ha concedido
para publicar las siguientes páginas de su obra Gestos y Símbolos,
publicada en DOSSIERS C.P.L. tomo I. Págs. 19-24, del CENTRE
DE PASTORAL LITURGICA, Barcelona. Creemos que este estudio puede contribuir
a clarificar el significado de la imposición de manos, no siempre
comprendido.
Uno de los gestos más repetidos
en la celebración de los Sacramentos es la imposición de
las manos.
Es éste un gesto de verdad polivalente, con la elocuente expresividad
de unas manos que se extienden sobre la cabeza de una persona o sobre
una cosa, a ser posible con contacto físico. Puede indicar perdón,
bendición, transmisión de fuerza... Su sentido queda concretado
por las palabras que le acompañan en cada caso: "yo te absuelvo
de tus pecados", "envía, Señor, tu Espíritu
sobre éste pan y éste vino","envía Señor
la fuerza de tu Espíritu sobre estos siervos tuyos”...
La mano ha sido siempre símbolo de la fuerza, del trabajo, de la
comunicación interpersonal: la mano de Dios que obra proezas, la
mano del hombre que manda, que pide, que toca, que comunica... La mano
que quiere expresar la transmisión de algo invisible.
El modo mejor para captar el sentido de la imposición de las manos
es repasar, aunque sea brevemente, los pasajes bíblicos del A.T.
y del N.T. en que este gesto es empleado, y también su realización
actual de los Sacramentos.
Su sentido en el A.T.
En verdad este signo lo hemos heredado del lenguaje simbólico de
Israel en el que es muy variado el significado que se le da.
A veces significa bendición. Así Jacob bendice a sus nietos
Efraím y Manasés, los hijos de José, "extendiendo
su diestra y poniéndola sobre la cabeza de Efraím, y su
izquierda sobre Manasés", mientras pronunciaba las palabra
de bendición: "Dios... bendiga a estos muchachos, y multiplíquense
y crezcan en medio de la tierra" (Gen. 48, 14-16). También
Aarón, en su calidad de sacerdote, "alzando las manos hacia
el pueblo, le bendijo"(Lev.9, 22).
Otras veces el gesto quiere indicar la consagración para una tarea,
la designación de una persona para una misión. Moisés,
por ejemplo, y por encargo de Yahvé, eligió a Josué
como sucesor suyo, y delante de todo el pueblo "le impuso su mano"
y le transmitió las órdenes divinas, para que condujera
a su pueblo con autoridad
(Núm. 27, 18-23). Por eso se podrá decir después:
"Josué estaba lleno del espíritu de sabiduría,
porque Moisés le había impuesto las manos" (Deut. 34,
9).
Con frecuencia la imposición de las manos tiene un tono sacrificial.
Se hace gesto, por parte del sacerdote o de los asistentes, sobre la cabeza
del animal que va a ser sacrificado. Es algo más que el mero señalar:
de alguna manera se quiere indicar que las personas se quieren identificar
con el animal ofrendado a Dios (cfr., por ejemplo, Lev. l, 4; 3, 4; 4,
15; 8, 14.18. 22). El rito más solemne sucede en la fiesta de la
Expiación, cuando un macho cabrio es enviado al desierto "cargado
con los pecados" del pueblo, cosa que se simboliza con la exposición
de manos: "imponiendo ambas manos sobre la cabeza del macho cabrío
vivo, hará confesión sobre él de todas las iniquidades
de los hijos de Israel y de todas las rebeldías y todos los pecados
de ellos, y cargándolas sobre la cabeza del macho cabrío,
lo enviará al desierto" (Lev. 16, 21-22).
El gesto simbólico significa, pues, según las circunstancias,
la invocación de los dones divinos sobre una persona, su designación
y consagración para una tarea oficial, la elección y consagración
de una ofrenda sacrificial, la comunicación de poderes y fuerzas...
La imposición de manos en el N.T.
En el N.T. la acción de imponer sobre la cabeza de uno las manos
tiene también significados distintos, según el contexto
en el que se sitúe.
Ante todo puede ser la bendición que uno transmite a otro"
invocando sobre él, en último término, la benevolencia
de Dios. Así Cristo Jesús imponía las manos sobre
los niños, orando por ellos (Mt. 19, 13-15). En los textos se dice
que la gente le presentaba los niños "para que los tocara",
y él "abrazaba a los niños y los bendecía imponiendo
las manos sobre ellos" (Mc. 10, 13-16); la imposición era,
pues, contacto físico. La despedida de Jesús, en su Ascensión,
se expresa también con el mismo gesto: "alzando sus manos,
los bendijo" (Lc. 24, 50).
Es una expresión que muy frecuentemente va unida a la idea y a
la realidad de una curación. Jairo pide a Jesús: "mi
hija está a punto de morir; ven impón tus manos sobre ella,
para que se cure y viva" (Mc. 5, 23). Le presentan al sordomudo de
la Decápolis "y le ruegan que imponga sus manos sobre él"
(Mc 7, 32), y asimismo al ciego de Betsaida: "le impuso sus las manos
y le preguntó... después le volvió a poner las manos
en los ojos y comenzó a ver perfectamente" (Mc 8, 23-25).
Era el gesto más repetido en las curaciones: "todos cuantos
tenían enfermos de diversas dolencias se los llevaban, y poniendo
él las manos sobre cada uno de ellos, los curaba" (Lc 4, 40).
No es de extrañar que la expresividad: del signo se prolongue en
el encargo que Jesús hace a sus discípulos: "los que
crean... impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán
bien" (Mc 16, 18). Pablo, que fue curado precisamente por la imposición
de manos por parte de Ananías (Act 9, 17), curara a su vez al padre
de Publio: "entró a verle, hizo oración, le impuso
las manos y curó" (Act 28, 8-9).
El Espíritu de Dios se da a una persona o a una comunidad íntima
y misteriosamente. Pero por lo general hay un signo exterior que expresa
esta donación, y a la vez la medicina eclesial. Es el caso de los
bautizados de Samaría, que reciben la visita de los apóstoles
Pedro y Juan para completar su iniciación cristiana: "les
impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo" (Act
8, 17). Lo mismo sucedió con los discípulos de Efeso, "habiéndoles
Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y
se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar" (Act 19, 6).
Imponer las manos sobre la cabeza de una persona significa, en otros varios
pasajes, invocar y transmitir sobre ella el don del Espíritu Santo
para una misión determinada. Así pasa con los elegidos para
el ministerio de diáconos en la comunidad primera: "hicieron
oración y les impusieron las manos" (Act. 6, 6). Pablo y Bernabé
son elegidos y enviados por la comunidad a una nueva misión apostólica:
es un momento importante en la historia de la primitiva comunidad. El
gesto es expresivo: "después de haber ayunado y orado, les
impusieron las manes y les enviaron" (Act 13, 3). Por eso Pablo podrá
recordar a otro ministro de la comunidad, Timoteo, el gesto sacramenta1
que estaba en la raíz de su misión: "no descuides el
carisma que hay en ti, que se te comunicó por intervención
profética mediante la imposición de las manes del colegio
de presbíteros" (1 Tim. 4, 14; cfr.2 Tim 1, 6).
También aquí es polivalente el gesto simbólico, pero
siempre expresivo de una transmisión de algo oculto: una bendición,
el don del Espíritu, 1a fuerza divina para una misión, la
curación espiritual y corporal.
Así puede terminar su estudio sobre la imposición de las
manes un autor como Coppens, en 1925, con éstas palabras: la imposición
de manos es un antiquísimo rito de bendición y consagración
que expresa la toma de posesión por Dios de una persona o de una
cosa, y por lo que queda llena del Espíritu Santo”.
La imposición de manos en nuestros sacramentos.
Ha sido larga la lista de citas. Pero
creo que vale la pena para darnos cuenta de las raíces y del significado
profundo de este gesto que repetimos en nuestra celebración.
Actualmente todos los sacramentos han
incorporado, con mayor o menor centralidad, la imposición de manos
en su lenguaje simbólico, lo cual, a la vista de su sentido bíblico,
no es de extrañar.
Como dice la monición del gesto
en el Rito de la Confirmación: “la imposición de manos
es uno de los gestos que aparecen habitualmente en la historia de la salvación
y en la liturgia para indicar la transmisión de un poder o de una
fuerza o de unos derechos”.
En el bautismo, la imposición de
manos puede sustituir a la primera unción, la que está señalada
para antes del bautismo. Las palabras que la ilustran son claras: "Os
fortalezca el poder de Cristo Salvador".
El Ritual de la Confirmación le da más relieve.
A pesar de que, por decisión de Pablo VI, el rito sacramental propiamente
dicho es la unción, sin embargo "la imposición de las
manos, auque no pertenece a la validez del sacramento, tiene gran importancia
para la integridad del rito y para una más plena comprensión
del sacramento" (nº 9). "Por la imposición de las
manos sobre los confirmandos, hecha por el Obispo y por los sacerdotes
concelebrantes, se actualiza el gesto bíblico, con el que se invoca
el don del Espíritu Santo de un modo muy acomodado a la comprensión
del pueblo cristiano" (nº 9).
La oración con la que el Obispo acompaña la imposición
de las manos le da este significado: "Dios todopoderoso... escucha
nuestra oración y envía sobre ellos el Espíritu Santo,
llénalos de espíritu de sabiduría..." (nº
32).
Hay dos momentos en la celebración de la Eucaristía en que
el gesto simbólico tiene particular énfasis.
Ante todo, cuando el presidente, en la Plegaria Eucarística, invoca
por primera vez al Espíritu (epíclesis), extendiendo sus
manos sobre el pan y el vino: "santifica estos dones con la efusión
de tu Espíritu". La segunda invocación del Espíritu,
hacia el final de la misma Plegaria, esta vez sobre la comunidad, aunque
es evidente su paralelismo con la primera, no suele acompañarse
del clásico gesto.
Sí, en cambio, en la bendición final cuando se quiere hacer
con más solemnidad La triple invocación de bienes sobre
la asamblea queda así muy bien subrayada por una imposición
de manos sobre ella.
Ha sido una novedad el que también se recupera para el sacramento
de la Penitencia la imposición de manos.
En vez de hacer sólo la señal de la cruz sobre el penitente,
ahora el sacerdote pronuncia las palabras del perdón, “yo
te absuelvo... “con la imposición de las manos. Y esto no
sólo en la forma C, cuando la absolución es colectiva, sino
también en la A y en la B, cuando se absuelve a cada penitente
en particular: extendiendo ambas manos, o al menos la derecha, sobre la
cabeza del penitente”.
Es un gesto muy expresivo de la reconciliación que el ministro
de la iglesia, personificando a Cristo, concede al penitente.
El que la unción de los enfermos también incluya la imposición
de manos es consecuente con todo lo que hemos visto en el N.T. La curación
de los enfermos se acompaña, tanto por parte de Cristo como de
los apóstoles, de la oración y de la imposición de
manos.
Cuando el sacerdote, después de
las letanías de la invocación, impone la mano sobre la cabeza
del enfermo, está en la realidad prorrogando y visibilizando la
fuerza salvadora de Cristo sobre un cristiano que necesita en estos momentos
de modo particular su apoyo y su gracia.
Tal vez el sacramento en que más
énfasis tiene la imposición de las manos es el del Orden.
El obispo las impone sobre la cabeza de
cada uno de los que van a recibir el presbiterado. Luego, todavía
con las manos extendidas hacia todos ellos, pronuncia la oración
consecratoria: “Te pedimos… que concedas a estos tus siervos
la dignidad del presbiterado, infunde en su interior el Espíritu
Santo…”
Es una clarísima acción
simbólica de la transmisión de la gracia y de la misión
ministerial de la Iglesia.
También el Matrimonio conoce la
imposición de las manos. Después del padrenuestro, el sacerdote
extiende sobre los novios sus manos y dice su oración: "extiende
tu mano protectora sobre estos hijos tuyos... cólmales de tus bendiciones"
(fórmula 2), "descienda, Señor, sobre ellos tu abundante
bendición" (fórmula 3).
Don de Dios y mediación
eclesial
Gesto plástico, intuitivo, el de
la imposición de manos.
Fácil de comprender en el contexto de un sacramento, aunque no
sea ahora una acción muy repetida fuera de él.
Estupendo binomio: la mano y la palabra. Unas manos extendidas hacia una
persona o una cosa, y unas palabras que oran o declaran. Las manos elevadas,
apuntando al don divino, y a la vez mantenidas sobre una persona o una
cosa, expresando la aplicación y atribución del mismo don
divino a estas criaturas. Optimo lenguaje simbólico para significar
la eficacia de un sacramento.
Por una parte, la imposición de manos nos educa para reconocer
que en todo momento dependemos de la fuerza de Dios, que invocamos humildemente.
Es la iniciativa de Dios, sus dones continuos, la fuerza de su Espíritu
Santo, lo que nos recuerda este gesto.
Y a la vez, porque lo está realizando un hombre, normalmente ?un
ministro de la comunidad, nos hace darnos cuenta también de que
los dones de Dios nos vienen en y por la Iglesia: nos educa a apreciar
la medicación eclesial, su intercesión maternal. La Iglesia
es siempre el "lugar donde florece el Espíritu", la esfera
en que nos alcanza su acción vivificadora.
La mano poderosa de Dios que bendice, que consagra, que in?viste de autoridad,
es representada sacramentalmente por la mano de un ministro de la Iglesia,
extendida con humildad y con confianza sobre las personas o los elementos
materiales que Dios quiere santificar.
Cuando el ministro repite este gesto simbólico,
debería sentir to?da la densidad del momento: él se convierte
en instrumento de la transmisión misteriosa de la salvación
de Dios sobre ese pan y vino de la Eucaristía, sobre ese pecador
arrepentido, sobre los enfermos, sobre los ordenandos...
Y cuando los fieles ven cómo el sacerdote realiza esta acción
tan gráfica, deberían también alegrarse y sentirse
interpelados, porque el rito sacramental les está asegurando que
está siempre viva la cercanía de Dios y que sigue actuando
sobre nosotros en todo momento el Espíritu Santo, "Señor
y dador de vida".
La oración judía
en tiempos de Jesús
Por P. Alejandro Díez Macho
Publicamos a continuación
unos de los últimos artículos que escribió el P.
Alejandro Díez Macho, que entró en la gloria del Padre
el 6 de Octubre de 1984. Sus profundos conocimientos de la Biblia nos
pueden enseñar hoy a nosotros cómo hemos de orar.
La liturgia judía antes de la destrucción
del templo, el año 70 del siglo 1, se desarrollaba en el propio
templo y en las sinagogas.
La liturgia del templo era, esencialmente,
de sacrificios. Allí, Y sólo allí, se podían
hacer los sacrificios desde la reforma deuteronomista, es decir, desde
bastantes siglos antes de Jesucristo.
Jesús asistía a la liturgia
del templo. Como era de familia religiosa, acudía con ocasión
de las tres fiestas de peregrinación: Pascua, Pentecostés
y Tabernáculos. El evangelio recuerda que se perdió cuando,
a los doce años, comenzó a ir al templo. (Los judíos
de la diáspora o de Palestina no estaban obligados a participar
cada año en las tres fiestas de peregrinación menciona,
pero las familias piadosas avecindadas en Palestina -ya lo hemos insinuado-
sí participaban.)
Rezar en el templo
En el templo, además de sacrificios,
se hacía oración. La hacían los sacerdotes y los
fieles. Los sacerdotes, una vez sacrificadas las víctimas, se retiraban
a la "sala de piedras cuadradas" para rezar, primero, una "bendición"
-oración de alabanza- y para recitar después la profesión
de fe, llamada "Escucha, Israel", porque con estas palabras
comienza.
Aquello era la recitación del credo
judío, y de su dogma básico, el monoteísmo, o sea,
que Dios es uno. El rezo de "Escucha, Israel" pasaría
de los sacerdotes a los fieles judíos, quienes, desde antes de
Cristo, conti?núan rezándolo dos veces al día, por
la mañana y por la noche. Lo repiten en las sinagogas y fuera de
ellas. Pero antes rezan dos "bendiciones", una de las cuales
era la de los sacerdotes en el templo. Y, volviendo a los sacerdotes,
el rezo de la "bendición" y del "Escucha, Israel"
los ocupaba durante el tiempo en que las víctimas se desangraban
al pie del altar de los sacrificios.
El templo era también casa de oración
para los laicos o seglares, para sus oraciones individuales. Jesús
expulsó de los atrios del templo a los mercaderes con sus animales,
porque convertían la "casa de oración" en cueva
de ladrones. Con la excusa de proveer a los fieles de animales para sus
sacrificios obligatorios o voluntarios, de ofrecerles cambio para pagar
el medio siclo que cada israelita debía abonar cada año
al templo, estorbaban la oración de los devotos.
Como en el Sancta Sanctorum del templo
habitaba la "Presencia" de Dios, la oración en sus recintos
tenia que hacerse con la máxima reverencia, postrados, la frente
tocando el suelo. Fuera del templo, se podía rezar de pie, las
manos levantadas, las palmas abiertas para recibir los bienes de Dios.
Jesús rezó de la manera
dicha en el templo y asistió en él al sacrificio "perpetuo",
el de la mañana y el de las tres de la tarde, en los que se sacrificaba
diariamente un cordero. Un cordero, figura de Jesús, "el cordero
de Dios que quita el pecado del mundo" (Juan 1, 29).
La liturgia de las sinagogas
Fuera del templo, el culto litúrgico
tenía lugar en las sinagogas. Templo sólo existía
uno, el de Jerusalén. El que se hizo en Egipto por judíos
desterrados tuvo siempre enemigos. Se sospechaba que sus sacrificios no
eran legítimos, porque, según el Deuteronomio, sólo
se debían hacer en el lugar por Dios señalado, es decir,
en el templo de Jerusalén.
Sinagogas las había en cantidad
No faltaba la sinagoga ni en los pueblos de mínima población.
Nazaret, que era una aldea de labradores y pastores, tenía su sinagoga.
El único requisito consistía en contar con diez varones.
Al número diez lo llaman el minyán, el "número"
mínimo para tener culto sinagogal. No eran necesarios ni un lugar
especial ni una arquitectura determinados. Probablemente, la palabra sinagoga
significaba en un principio reunión, más que un lugar de
reunión.
Se discute cuándo empezaron las
sinagogas. Es corriente decir que en el destierro de Babilonia, siglo
VI antes de Cristo. En el siglo I antes de Cristo había ya con
toda certeza locales que servían para las reuniones litúrgicas
sinagogales.
El culto de las sinagogas se reducía
a rezar y a leer la Biblia, sobre todo el Pentateuco. El oficio de las
sinagogas era el culto de los seglares, de los que no eran ni sacerdotes
ni levitas. La sinagoga no necesitaba ni sacerdotes ni levitas para presidir
la oración o leer, explicar o predicar la Biblia. Ni siquiera necesitaba
rabinos, que no eran sacerdotes, aunque habían recibido la imposición
de manos. Tal rito sólo les constituía doctores en teología
y derecho. Había rabinos que no frecuentaban la sinagoga y preferían
rezar con sus discípulos en el lugar mismo donde enseñaban
la Escritura y su interpretación.
Jesús, sin ser rabino, sin ser
sacerdote de la familia de Aarón, al inicio de su vida pública
leyó y explicó en la sinagoga de Nazaret la haftará
o fragmento profético que él mismo escogió. Parece
ser la primera vez que Jesús se presentó como voluntario
para leer y explicar la Biblia en la sinagoga. Asistiendo cada semana
a la sinagoga y pudiendo dirigir allí la oración y leer
y explicar la Escritura como cualquier otro seglar voluntario, por humildad,
por kénosis, esperó hasta los treinta años para actuar
por vez primera en la sinagoga. Hasta entonces había participado
semanalmente en el culto como un fiel más.
¿En qué consistía
el oficio sinagogal? ?No había sacrificio, ni ofrenda de incienso,
ni altar. Allí se rezaba y se recitaba la Biblia.
La oración comenzaba con la lectura
del credo "Escucha, Israel", del que ya hemos hablado. Comprendía
la recitación de algunos versículos del Deuteronomio y de
los Números.
Pero, como todo acto religioso del judaísmo,
debe ir precedido por una "bendición" o alabanza a Dios,
la profesión de fe monoteísta iba encabezada por dos bendiciones:
una alabanza a Dios por la creación y otra alabanza a Dios por
haber librado al pueblo escogido.
La "bendición", la alabanza,
es esencia de la oración judía. Nada más recitar
(originariamente, sólo el lector; después, toda la comunidad)
el credo monoteísta proclamando que Dios es uno y que es el Señor,
el pueblo prorrumpía en las siguientes alabanzas: "Sea bendito
el Nombre de la Gloria de su Reino en el tiempo y en la eternidad".
Este responsorio lo reza la comunidad en voz baja desde que el credo,
que le precede, pasó de los labios del lector a los de la comunidad.
Pero el "día de la expiación", día en el
que los judíos ayunan y se arrepienten de sus pecados, tal responsorio,
tal alabanza, se pronuncia en voz alta. La razón es que dicho responsorio
había nacido el "día de la expiación" como
respuesta del pueblo al sacerdote, que pronunciaba, la única vez
al año, el nombre inefable de Yahvé. Al oír el tetragrama,
toda la comunidad prorrumpía en ese responsorio, que después
pasó al oficio sinagogal (Petuchowski).
El rezo del credo, adicionado de dos bendiciones
de introducción y de una bendición de cierre, es una oración
larga. Las bendiciones son largas y los textos del Deuteronomio y de los
Números, no cortos. En tiempos de Cristo, el primer texto bíblico
(Deut. 6, 4-9) se alargaba recitando tras estos versículos (fe
monoteísta y mandamiento de amar a Dios con todo el corazón
y con toda el alma y con toda la fuerza) los diez mandamientos. Cuando
empezó la controversia judeo-cristiana después de la destrucción
de Jerusalén, acortaron el credo suprimiendo el rezo de los diez
mandamientos, para no dar pie a los cristianos a quedarse con sólo
diez de los 613 mandamientos que contiene el Pentateuco.
El rezo de horas
El credo "Escucha, Israel"
se recitaba en las sinagogas los sábados y días festivos;
en los días feriales se recitaba y recita, fuera de las sinagogas,
dos veces al día, mañana y noche, por todos los judíos,
menos las mujeres, los esclavos y los niños, que estaban y están
dispensados.
Por lo tanto, Jesús recitó
la profesión de fe monoteísta y los diez mandamientos dos
veces, al menos, cada día. Dos veces al día practicó
Jesús la "aceptación del yugo del Reino de los Cielos",
que así llamaron los rabinos a la confesión de que Dios
es uno y Señor de todo y de todos (Deuteronomio, 6, 4-9).
Dos veces al día también,
al recitar Deuteronomio 11, 13-21, Jesús practicó la aceptación
del "yugo de los mandamientos", como los rabinos llamaban a
esa parte del Deuteronomio, que inculca el cumplimiento de los mandamientos
de la ley.
Dos veces, en fin, Jesús recitó
cada día Núm. 15,37 y siguientes -fragmento que llamaban
Salida de Egipto-, que ordena llevar flecos de lana en el borde del vestido,
como recordatorio de que hay que cumplir los mandamientos y de que Dios
redimió al pueblo de la esclavitud de Egipto.
Toda esta recitación de bendiciones,
de dogma y de moral, no era nada más que el prólogo de la
verdadera oración o tefillá, llamada también "18
bendiciones", y "En pie", porque es oración compuesta
de 18 bendiciones que se rezan en pie. El rezo de las 18 bendiciones es
obligatorio en la sinagoga, y fuera de ella, para todo judío, Obliga
también a las mujeres, esclavos y niños. Es una oración
larga, más larga que la recitación de ''Escucha, Israel",
que los judíos deben recitar tres veces al día, por la mañana,
después del mediodía y por la noche. Por la mañana
y por la noche, tras el credo antes descrito; hacia las tres de la tarde,
las 18 bendiciones solas, sin credo.
Los judíos, pues, tenían
y tienen su "rezo de horas". Tres veces al día debían
y deben rezar. Fuera de la sinagoga, la primera hora de rezo coincidía
con el levantarse del lecho o con el levantarse del sol. La oración
postmeridiana coincidía con el sacrificio del cordero que se sacrificaba
en el templo a eso de las tres de la tarde. El sacrificio de la mañana
y de la tarde influyeron en la oración o tefillá.
La cosa ocurrió de esta manera: Durante la época del segundo
templo sobraban sacerdotes para el servicio del templo de Jerusalén.
Debido a esto, se dividió a los sacerdotes en 24 guardias. A cada
guardia le correspondía oficiar en el templo dos semanas al año,
una en cada semestre. Llegado su turno, se dirigían los sacerdotes
y levitas, acompañados de seglares píos, a Jerusalén.
También se había dividido el país en 24 circunscripciones,
que agrupaban a los seglares habitantes en ellas en el turno correspondiente.
Cuando los sacerdotes y levitas de su turno oficiaban en Jerusalén,
algunos seglares de la circunscripción respectiva asistían
con ellos al templo; pero los más se quedaban en sus lugares, reuniéndose
a las horas del sacrificio, nueve y tres de la tarde, para acompañarlos
con la lectura de un versículo del Gen, 1 –cada día,
la lectura de una obra de los días de la creación –
y con rezos cuya naturaleza desconocemos.
A estas asambleas de rezo no faltaban
los seglares piadosos, entre ellos los fariseos, que en toda Palestina
eran, en tiempo de Jesús, alrededor de 6.000.
Así parece haberse impuesto la
costumbre de “rezar las horas” los seglares. La costumbre
de los fervorosos fariseos se impuso después a todo el pueblo,
y se añadió la oración vespertina, la tercera hora,
coincidiendo con el cierre de las puertas del templo.
Como la oración vespertina no coincidía
con ningún sacrificio del templo, se discutió largo tiempo
si era o no obligatoria. En la práctica, se consideró obligatoria,
igual que la de la mañana y la del medio día.
Y se despreció como "gente
de la tierra" (arre1igiosa) a todo judío que no rezase tres
veces al día la "Oración", las "18 bendiciones",
la "Tefillá".
La última parte del oficio
sinagogal.
En la sinagoga, tras la recitación
del "Escucha, Israel" y de la "Oración", se
hacia la lectura de un fragmento del Pentateuco, con traducción
al arameo. También se leía un fragmento de los profetas;
primero, en hebreo; después, en arameo. Tras la lectura bíblica,
seguía la predicación, el comentario. Jesús, al principio
de su vida pública, leyó un fragmento de Isaías (cap.
61) Y predicó sobre él.
Tras la prédica, se recitaba el
qaddis ("santo"), que es una breve bendición dirigida
a Dios, el "Santo", en la que se pedía la pronta venida
del Reino de Dios y la santificación, la glorificación del
Nombre de Dios.
Estas dos peticiones, hechas a Dios en
segunda persona, lo mismo que en el padre nuestro, parece que inspiraron
las dos primeras peticiones de la oración dominical. Para los judíos,
esas dos peticiones eran escatológicas, como parecen serlo las
dos primeras peticiones del padrenuestro. Judíos, en el qaddis,
y cristianos, en el padrenuestro, pedimos la pronta implantación
total del reinado de Dios y la glorificación definitiva del Nombre
de Dios por los hombres.
Como el qaddis seguía al sermón
que se pronunciaba en arameo, que era la lengua que el pueblo entendía,
se rezaba también en arameo. Es la única excepción
en el repertorio de las oraciones judías, pues la lengua de la
oración era la lengua del templo, la lengua litúrgica, el
hebreo, razón por la que esta lengua se llama santa. Jesús
enseñó el padrenuestro en arameo, en la lengua del pueblo,
en la lengua de qaddis.
El padrenuestro, cuyas dos primeras bendiciones
están inspiradas, al parecer, por el qaddis, sustituyó entre
los cristianos el rezo de la “Oración” oficial judía
o Tefillá. La didajé, documento cristiano de finales del
siglo I o principios del siglo II, atestigua que el padrenuestro se rezaba
tres veces al día, tres veces, como la “Oración”
judía.
Como La “Oración” judía,
asimismo el padrenuestro empieza con “bendiciones” y sigue
con peticiones.
La oración personal, no litúrgica.
Además de las oraciones oficiales,
litúrgicas, de los judíos, Jesús practicó
la oración personal.
Marcos señala (Mc. 6, 46-48) que
Jesús, tras la multiplicación de los panes, subió
al monte a orar, después de haber ordenado a los apóstoles
que bogasen a la otra orilla del Mar de Tiberiades. Fue la suya una oración
larga, pues sólo en la cuarta vigilia -entre las tres y las seis
de la madrugada- Jesús se presentó de nuevo a los discípulos,
que estaban luchando contra el viento y las ?olas.
Lucas, el evangelista que más se
interesa por la oración de Jesús, informa que el Maestro
se pasó la noche en oración antes de elegir a los apóstoles
(Lc. 6, 12). Jesús prolongaba la oración nocturna. A veces,
madrugaba para hacer oración. Tras haber estado curando a muchos
enfermos hasta el anochecer, al día siguiente, muy de mañana,
"al amanecer, oscuro todavía, se levantó, salió
y se fue a un lugar solitario y allí hacia oración"
(Mc. 1, 35). Pedro y los que le acompañaban tuvieron que sacado
de la Oración, porque corría el tiempo y la gente lo buscaba.
Jesús invita, en el Apocalipsis sinóptico, a "pasar
la noche en vela, en todo tiempo, orando, para que logréis escapar
de todas esas cosas que van a suceder” (Lc 21, 36)
Pablo, que a ejemplo del Señor, practicaba la oración nocturna,
exhorta a los efesios a hacer vigilias de oración. “Con la
ayuda del Espíritu, no perdáis ocasión de orar, insistiendo
en la oración y en la súplica. Y para ello, velad por la
noche y pedid continuamente por todos los santos y también por
mi”. (Ef 6, 18). A ejemplo de Cristo, de Pablo, de Pedro, etc.,
los cristianos no solo debían orar “incesantemente”,
“en todo tiempo”, “día y noche” (expresiones
que parecen referirse al rezo cotidiano de las tres horas de oración
judía), sino a que debían practicar la oración personal
en horas no litúrgicas.
El judaísmo conocía también
la oración personal. Le daban mucha importancia. Para rezar, había
que tener atención, intención y espontaneidad. Un rabino,
R. Aha, decía que el orante debe rezar cada día algo nuevo.
Para evitar el peligro del formulismo, hasta se prohibió escribir:
“bendiciones”. Se decía: “Quien escribe bendiciones
es como quien quema la Torá”.
Las oraciones personales judías
se utilizaban fuera del culto litúrgico del templo y de la sinagoga,
y dentro de él. En la sinagoga, tras recitar las “18 bendiciones”,
de dejaba espacio para oraciones personales, que se llamaron “palabras”
y “súplicas” y, por rezarse primitivamente con la frente
tocando el suelo, “oraciones de rostro caído”.
Aun ahora los judíos ortodoxos
rezan la oración personal con la cabeza inclinada. Jesús,
en el huerto d Getsemaní, rezó su oración personal
postrado en tierra. (Mc 14, 35)
El Paráclito y el testimonio del
cristiano
por Francis Martín
Es imposible leer el Nuevo Testamento sin asombrarse ante el número
de veces que se hace referencia a la palabra "testigo", al propósito
del "testimonio" y a la diversidad de personas que actúan
como testigos. La palabra griega que se traduce por testigo es martüs
y aparece 173 veces en el Nuevo Testamento. «Jesús es "el
Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe
de los reyes de la tierra» (Ap 1, 5 ; 3, 14). El vino a la tierra
precisamente a dar testimonio de la verdad (Jn 18, 37). Aquello de lo
cual él da testimonio es lo que ha visto y oído del Padre
(Jn 3, 11). El testimonio de nuestro Señor Jesucristo se describe
de esta manera en la epístola a Timoteo:
«Te recomiendo en la presencia de Dios que da vida a todas las cosas,
y de Jesucristo, que ante Poncio Pilato rindió tan solemne testimonio,
que conserves el mandato sin tacha ni culpa hasta la Manifestación
de nuestro Señor Jesucristo ... » (l Tm 6,13-14).
El mismo Dios Padre da testimonio de su
Hijo. Jesús dice de él, "Otro es el que da testimonio
de mi, y yo sé que es válido el testimonio que da de mi."
Y añade más adelante, "Yo tengo un testimonio mayor
que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha encomendado llevar
a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí de que
el Padre me ha enviado. Y el Padre, que me ha enviado, es el que da testimonio
de mí" (Jn 5, 32-37). A propósito de esto, Juan nos
dice:
«Quien cree en el Hijo de Dios tiene
el testimonio de sí mismo. Quien no cree a Dios le hace mentiroso,
porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de
su Hijo. Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna y esta
vida está en su Hijo.» (1 Jn 5, 10-11).
El Espíritu Santo es también
un testigo:
«Cuando venga el Paráclito,
que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad,
que procede del Padre, él dará testimonio de mí.
Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis
conmigo desde el principio) (Jn 15, 26-27).
El Espíritu Santo da testimonio.
En realidad es el Espíritu Santo quien da testimonio a nuestro
espíritu, y junto con nuestro espíritu, de que somos hijos
de Dios (Rm 8, 16).
Las escrituras mismas dan testimonio (Jn
5, 39). Los santos hombres y mujeres del Antiguo Testamento son una "gran
nube de testigos" (Hb 12, 1) y nosotros también somos llamados
a ser testigos de la realidad y de la majestad de nuestro Señor
Jesucristo:
«Recibiréis la fuerza del
Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis
mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los
confines de la tierra.» (Hch 1, 8).
I.- El papel del testigo y el contexto en el cual da testimonio.
Entonces, ¿qué es un testigo?
El diccionario dice que testigo es "la persona que ha presenciado
una cosa y puede dar a otras seguridad de que ha ocurrido y noticias de
cómo ha ocurrido; uno que declara en un acto judicial ante un juez
o tribunal." Lo que hace es atestiguar de un hecho o acto y su declaración
es lo que sirve como prueba o evidencia.
Por tanto, el hecho mismo de que la palabra
"testigo" se use tantas veces en el Nuevo Testamento ofrece
una visión muy clara de la obra de Dios para la salvación
y de la manera como ésta es recibida en el mundo. El testigo se
necesita es un proceso judicial, en una situación en la que hay
algo que está en disputa. En tal situación hay dos elementos
implícitos:
l. El hecho en cuestión no está
sujeto a un examen ordinario; es decir, algunas personas lo conocen, pero
otras no.
2. Se debate el hecho ya sea en cuanto
a su existencia o a su significado, y esto da lugar a conflicto o litigio.
3. En una situación como ésta,
el testigo es alguien que tiene conocimiento directo del hecho en cuestión.
En la práctica judicial, si alguien hubiera testificado en un proceso
judicial y luego se comprobara que en realidad no tenía conocimiento
directo y personal de aquello sobre lo cual declaró, seria inhabilitado
como testigo y su testimonio sería rechazado.
Por tanto, nuestra función de testigos
tiene también estos tres aspectos: respecto de los dos primeros
aspectos, tenemos que reconocer que nos encontramos en una situación
de conflicto. El conflicto es que existe un antagonismo irreductible e
inevitable entre la realidad y majestad de nuestro Señor Jesucristo
y las pretensiones del mundo. El mundo niega la significación de
Jesús. Y respecto al tercer punto, que somos capaces de dar testimonio
de la verdadera realidad de Jesucristo y establecer su verdad por encima
de todas las pretensiones del mundo, hasta el punto de que nosotros mismos
tenemos conocimiento vivo y directo de quién es Jesús, de
lo que ha hecho por el mundo, y de la verdadera situación en que
se encuentra el mundo, el cual debido al orgullo, la arrogancia, el miedo
y la rebeldía que hay en el corazón humano, opone resistencia
a la verdad de Dios y a la sublime obra salvífica que El ha realizado
en medio de nosotros por su Hijo Jesucristo, llevándonos a todos
a la vida imperecedera. La obra ya está terminada. La palabra que
corresponde a esa obra ya ha sido pronunciada, y este es el principio
del juicio.
«Y el juicio está en que
vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que
la luz, porque sus obras eran malas, pues todo el que obra el mal aborrece
la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el
que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus
obras están hechas según Dios (Jn 3, 19-21).
«Si alguno oye mis palabras y no
las guarda, yo no lo juzgo porque no he venido para juzgar al mundo, sino
para salvar al mundo. El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene
quien lo juzgue; la Palabra que yo he hablado, ésa le juzgará
el último día; porque yo no he hablado por mi cuenta, sino
que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y
hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna, por eso, lo que
yo hablo lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí» (Jn
12,47-50).
La tradición evangélica
contiene las palabras que nuestro Señor Jesucristo dijo a sus discípulos
con respecto a este conflicto y a la función que ellos tendrían
como testigos. El pone los siguientes principios:
«No está el discípulo
por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta
al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su amo. Si al
dueño de la casa le han llamado Beelzebub, ¡cuánto
más a sus domésticos!» (Mt 10, 24; Lc 6, 40; Jn 13,
16; 15, 20).
«Guardaos de los hombres, porque
os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas;
y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para
que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles. Mas cuando os entreguen,
no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo
que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento.
Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu
de vuestro Padre el que hablará en vosotros» (Mt 10,17-19).
En todas estas instancias, el Señor
asegura a sus discípulos que el Espíritu Santo les dirá
lo que tienen que decir (Mc 13, 13), y les promete: "Yo os daré
una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir
ni contradecir todos vuestros adversarios" (Lc 21, 15).
No sólo tenemos todas estas palabras
del Señor, sino también la historia de la Iglesia primitiva
que nos dejó San Lucas, en la cual vemos el cumplimiento de las
predicciones de Jesús con respecto al futuro de los discípulos.
En el capítulo cuatro, del libro de los Hechos Pedro y Juan son
llevados ante el Sanedrín y enjuiciados. En el capítulo
siete, Esteban es obligado a declarar y también es llevado ante
el Sanedrín (Hch 6, 12) donde presentan testigos falsos. Esteban
da el testimonio supremo de la verdad, por cuya defensa entrega su vida.
Proclama que ve los cielos abiertos y al Hijo del Hombre en pie a la diestra
de Dios (Hch 7, 56), y, finalmente, después de orar por los que
lo apedreaban, muere dando el testimonio supremo, para el cual todavía
usamos la palabra griega que significa "testigo", es decir,
mártir. En otra ocasión los apóstoles son encarcelados
(Hch 5, 18), a la mañana siguiente "entraron en el Templo
y se pusieron a enseñar”, como les había dicho el
ángel, después Herodes, que había mandado matar a
Santiago, toma preso a Pedro. "Cuando ya Herodes le iba a presentar"
(Hch 12, 6), Pedro es liberado una vez más por un ángel.
Al final del relato de los Hechos, vemos a Pablo enjuiciado ante el Sanedrín
y ante gobernadores y reyes, y la historia termina con Pablo en Roma esperando
su juicio ante el César.
¿No es extraordinario que estos
hombres hayan dado testimonio de Cristo ante el mundo cuando, en términos
jurídicos, se encontraban literalmente enjuiciados? Se trataba
precisamente del conflicto que hay entre la realidad y majestad de Jesucristo
y las pretensiones del mundo. El mundo se resiste a someterse a Dios y
a su Hijo. Y busca incluso en el proceso jurídico la forma de obligar
a los discípulos a obedecerle a él Cuando ellos continúan
dando testimonio de la verdad de lo que conocen, el mundo piensa que dándoles
muerte ganará el caso. Esta es la ilusión de la oscuridad.
Puede ser que a nosotros mismos el mundo
no nos llegue a enjuiciar, poniendo en peligro nuestra vida, pero, si
somos sinceros, todos los días estamos llamados a dar testimonio
de la verdad, de la realidad y majestad de nuestro Señor Jesucristo.
Y estas mismas cualidades son necesarias también para nuestra vida.
Debemos tener un conocimiento directo de lo que hablamos, necesitamos
la acción del Espíritu Santo en nosotros, y que él
sea quien nos haga capaces de dar testimonio.
II.- La obra del Espíritu Santo al dar testimonio.
Es precisamente a uno de los aspectos
de esa obra del Espíritu Santo a lo que quiero referirme ahora.
En el Evangelio de San Juan, en el discurso que nuestro Señor pronuncia
antes de su muerte (capítulos 14 a 16), hay cinco promesas distintas
que se refieren al Paráclito (14,16-17; 14, 26; 15,26-27; 16,7b-1l;
12,15). En estos pasajes, al Paráclito se le llama Espíritu
de la verdad, "a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve
ni le conoce" (Jn 14, 17), sin embargo él es el que "os
lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os
he dicho" (14, 26). Este Paráclito dará testimonio
de Jesús tal como nosotros debemos dar testimonio de él
(15, 26-27). Como dice San Agustín, el Espíritu nos da testimonio
a nosotros y nosotros lo damos al mundo.
En la quinta de estas promesas, Jesús
nos promete que el Espíritu de la verdad nos guiará hasta
la verdad completa. El dará gloria al Señor porque tomará
de lo suyo y lo hará saber a nosotros (16, 12-15).
En la cuarta de estas extraordinarias
promesas, tenemos la solemne palabra del Señor con respecto a la
función del Paráclito. El texto es el siguiente:
«Os conviene que yo me vaya, porque
si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si
me voy, os lo enviaré; y cuando él venga, convencerá
al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia, y en
lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en
mí; en lo referente a la justicia, porque me voy al Padre, y ya
no me veréis; en lo referente al juicio, porque el príncipe
de este mundo está juzgado.»
En una magnífica frase la Biblia
de Jerusalén explica el significado básico de este pasaje:
El Espíritu Santo que Jesús glorificado va a enviar unirá
su testimonio al de Jesús para que la justicia de la causa del
Salvador resplandezca a los ojos de los creyentes. El Paráclito
actuando como abogado ante los creyentes, les convencerá de la
incredulidad del mundo, de la cualidad del Hijo, probado por su paso al
Padre, de la derrota de Satanás.
En la mente y el corazón de los
creyentes es donde el Espíritu Santo establece la culpabilidad
del mundo. Demuestra que el mundo está en el error con respecto
al pecado, con respecto a la justicia y con respecto al juicio. El Espíritu
Santo nos puede hacer ver la verdad y la justicia de la causa de Jesucristo,
porque nos da testimonio de la verdadera realidad.
Por consiguiente, antes que nada debe
quedar claro que el testimonio que da el Espíritu Santo es para
el creyente una prueba inequívoca, una convicción de que
el mundo está en el error. Si el mundo llegara a aceptar la demostración
de que está en el error, ya no estaría más equivocado,
sino que seria transformado en el reino de Dios.
En segundo lugar, Jesús ya ha dicho
(Jn 14, 17) que el mundo no puede recibir su Espíritu. Por tanto,
debe quedar claro que esta promesa del Paráclito y su actuación
en el proceso judicial en el que se encuentra todo creyente es precisamente
para demostrar el error del mundo ante la conciencia del creyente.
El mundo está en error con respecto
al pecado porque "no cree en mi". El núcleo del pecado
es rechazar la verdad de Jesucristo. El mundo es culpable de pecado porque
rehúsa creer en el Hijo de Dios. "El mundo" en este sentido
es todo el universo del hombre que participa de una complicidad para hacer
desaparecer la verdad. Juan ve, en el corazón de este mundo, un
núcleo indomable de resistencia a Dios. El hombre es capaz de reunir
un enorme poder de negación y rechazo que va más allá
de los límites humanos hasta llegar a enterrar sus raíces
en el tenebroso pantano del odio y la mentira. La mirada de Juan descubre
un abismo de tinieblas hacia el cual se dirige el hombre y en el cual
se encuentra atrapado por su propio pecado, "sin saber a dónde
va" (l Jn 2, 11).
«Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían
pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado» (Jn 15, 22). «Jesús
les respondió, "Si fuerais ciegos, no tendríais pecado;
pero como decís, 'Vemos', vuestro pecado permanece» (Jn 9,
41). «El mundo no puede odiaros; a mí sí me aborrece,
porque doy testimonio de que sus obras son perversas” (Jn 7, 7).
¿Nos ha hecho ver el Espíritu
Santo el pecado del mundo cuando rehúsa creer en Jesús?
¿Se angustia nuestro corazón hasta llegar a la compasión
y a un sano temor cuando vemos tanta gente que rechaza la realidad y majestad
de Jesucristo y que dice que la vida no tiene sentido o que el sentido
de la vida se encuentra en la reorganización de elementos materiales?
¿Cuántas mentes y cuántas voces se alzan contra la
verdad de Jesucristo? ¿Nos ha convencido el Espíritu Santo
de que el mundo está sumido en el pecado y que se encuentra en
grave peligro por no querer creer? ¿Podemos ver que este rechazo
y rebeldía tienen raíces profundas en las tinieblas? Tenemos
que ver esto, porque hemos sido llamados a ser testigos ante el mundo
para demostrarle cuán equivocado está. Con el poder del
Espíritu Santo, y sobre la base de la información de primera
mano que tenemos, debemos demostrar a aquellos corazones que estén
dispuestos a escuchar, que es un error, que es un pecado, no aceptar el
testimonio de Dios con respecto a su Hijo Jesucristo. La vida eterna depende
de ello. Es imprescindible que dejemos que el Espíritu Santo nos
de pruebas de esto.
El Espíritu también demostrará
que el mundo es culpable con respecto a la justicia. En cada momento vivimos
la repetición del juicio y muerte de Jesucristo. El mundo está
dispuesto a decir que Jesús fue un hombre bueno, quizás
un poco desorientado, que quizás cayó en la exageración
y en la ingenuidad, pero que era bueno; sin embargo ahora está
muerto y el mundo tiene que tener sentido común y vivir en la realidad.
Está bien que se le haya dado muerte a Jesús; él
incomodaba al mundo con ideas e ideales que no eran para el ser humano.
¿No hemos oído nosotros
mismos estas palabras u otras parecidas? ¿Podemos reconocer la
verdad de esto? Este es el juicio que tiene el mundo al considerar la
justicia de la causa de Jesucristo; sin embargo el mundo está en
error con respecto a la justicia porque Jesús se ha ido al Padre,
y ya no puede ser visto con los ojos de la carne, ni sólo con los
recursos de la naturaleza humana. Ahora puede ser visto por la presencia
misma del Espíritu Santo que es la prueba viva de la justicia de
Jesús. Jesús resucitó ?de entre los muertos. Jesús
está vivo y vive en su majestad, y esta verdad puede ser conocida
en lo profundo de la conciencia y del corazón de todo el que abre
su ser al testimonio que el Espíritu Santo le da. Nosotros fuimos
creados para que conociéramos con certeza y convicción la
majestad de nuestro Señor Jesucristo.
"El ha sido manifestado en la carne,
justificado en el Espíritu, visto de los Ángeles, proclamado
a los gentiles, creído en el mundo, levantado a la gloria"
(1 Tm 3, 16).
Jesús ha sido justificado. Se ha
demostrado que está en lo cierto. El mundo está errado y
con respecto a Jesucristo y este error es trágico porque, si un
hombre no conoce la resurrección de Jesucristo, no conoce el significado
de su propia vida, no sabe que ha sido salvado de su pecado y que ha sido
llamado a una vida imperecedera. Si no conoce la resurrección de
Jesucristo, su propia vida no tiene sentido, y es presa del miedo, la
ansiedad, la desesperación, la vana rebeldía y la sensualidad.
El mundo está equivocado con respecto a la justicia de Jesucristo,
y esto nos lo demostrará el Espíritu Santo si le abrigamos
nuestro corazón y si estamos dispuestos a aceptar las consecuencias.
Por último, el mundo está
en error con respecto al juicio, porque el príncipe de este mundo
ya ha sido juzgado. La hora de la pasión y muerte de nuestro Señor
Jesucristo fue el momento de la confrontación entre Jesús
y el príncipe de este mundo.
Cuando declaró que había
llegado la hora, Jesús dijo:
"Ahora es el juicio de este mundo;
ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo,
cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí"
(Jn 12, 31-32).
"Ya no hablaré muchas cosas
con vosotros, porque llega el príncipe de este mundo. En mí
no tiene ningún poder; pero ha de saber el mundo que amo al Padre
y que obro según el Padre me ha ordenado" (Jn 14, 30).
El príncipe de este mundo ya ha sido echado fuera, ya ha sido condenado.
¿Sabemos esto nosotros? ¿Es esta la base de nuestra fe?
¿Qué fuerza creemos que mueve realmente al mundo? ¿En
qué confiamos más, en el dinero que tenemos en el banco
o en la resurrección de Jesucristo? ¿En qué confiamos
más, en la influencia y poder que tenemos en este mundo, o en el
hecho de que somos siervos y discípulos de Jesucristo? ¿Sabemos
en forma práctica que el príncipe de este mundo ya ha sido
juzgado, o es que en nuestra vida diaria pensamos que el mundo tiene razón;
que es el poder, el dinero, el prestigio, la violencia y el engaño
lo que "mueve al mundo"? ¿Sabemos en nuestra propia vida
que el príncipe de este mundo ya ha sido condenado, que ha sido
echado fuera y que Jesucristo, que resucitó de entre los muertos,
ha vencido el pecado, la muerte y a Satanás? ¿Ponemos toda
nuestra confianza en el plan que el Señor tiene para nuestra vida?
III.- Resumen y conclusión.
Hemos de orar todos los días. Tenemos
que dedicar tiempo a la oración, y por oración quiero decir
una interacción consciente con Jesucristo, el Hijo de Dios. Esta
actitud de fe es la que constituye el corazón y motor de todas
nuestras actividades religiosas, ya sea la Misa, el rosario, el breviario
o cualquier otra. Si no dedicamos un tiempo al día simplemente
a orar, alabar al Señor, a arrepentirnos de nuestros pecados, escuchar
su palabra, leer las Escrituras, orar por nuestras familias y por los
demás, no viviremos en contacto con la realidad y majestad de nuestro
Señor Jesucristo. El Espíritu Santo no tendrá ocasión
de darle testimonio a nuestro espíritu para que sepamos quién
es Jesucristo y quiénes somos nosotros, y por lo tanto nuestra
vida y nuestras palabras no serán en absoluto las de un testigo
que lleven consigo un conocimiento directo de la realidad de Jesucristo
resucitado. Hemos de tomar la decisión de orar sin falta todos
los días de nuestra vida. Hemos de urgirnos y ayudarnos unos a
otros a ser fieles a esta decisión. Deberíamos decirnos
los unos a otros, los maridos a sus esposas, las esposas a sus maridos,
los hijos a sus padres, y también todos nuestros amigos- que estamos
resueltos a orar todos los días, para que nos ayuden haciéndonos
recordar, animándonos y comentando con nosotros lo que el Señor
nos está enseñando en nuestra oración. Esto es absolutamente
imprescindible. Este es el fundamento de todo verdadero testimonio cristiano.
Santa Teresa de Ávila decía
que su mayor deseo era correr de un extremo al otro del mundo y pedir
con insistencia a todo ser humano que orara para que pudiera experimentar
por sí mismo lo que verdaderamente significa conocer al Señor,
conocer la majestad de Jesucristo, el gran amor que nos tiene, la verdad
de la obra de la salvación que él forjó para nosotros.
El Señor nos ha prometido: "Vosotros seréis mis testigos".
Reclamemos esta promesa y tengamos valor para emprender una vida de oración
diaria. Si lo hacemos, llegaremos a conocer al Señor. Nuestro testimonio
será eficaz y habrá muchos que nos agradecerán para
siempre el haber sido auténticos testigos del Señor.
|