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POR
UNA LLUVIA DE CARISMAS
Una corriente de renovación espiritual
que, a partir de la presencia permanente de Pentecostés en la Iglesia,
nos lleva, por una conversión y transformación de la persona,
a aceptar al Cristo resucitado como Salvador y Señor de nuestras
vidas y a compartirlo con los hermanos que pasan por la misma experiencia:
tal es en esencia la Renovación Carismática.
Ello supone prestar la necesaria atención y acogida al Paráclito
que Jesús prometió y envía para que more en nosotros
(Jn 14, 16-17), nos recuerde todo lo que El enseñó (Jn 14,
26) guiándonos "hasta la verdad completa" (Jn 16, 13)
y sea el que verdaderamente dé testimonio en nosotros del Señor
(Jn 15, 26).
Exaltado Jesús a la diestra del Padre, será el Espíritu,
que El ha recibido y derramado sobre nosotros (Hch 2, 33), el que en lo
sucesivo extienda su obra de redención en el tiempo y en el espacio,
de modo que sin El nada puede hacer el cristiano en orden a la salvación,
ni siquiera "proclamar que Jesús es el Señor"
(lCo 12, 3), y siempre estará presente en el mundo como el poder
de vida que sacó a Jesús del sepulcro. Su presencia y acción
en la Iglesia se manifiesta por medio de dones y carismas, que distribuye
entre los diversos miembros para la edificación del cuerpo de Cristo.
Siendo los carismas manifestaciones del mismo Espíritu para provecho
común (l Co 12, 7), no es posible concebir una Iglesia salida de
Pentecostés sin el acompañamiento y la acción de
los carismas. Son como el instrumento de trabajo con que el Espíritu
ha dotado a la Iglesia, y también a cualquier fiel, en orden a
la edificación, de forma que se pueda apreciar "la calidad
de la obra de cada cual" (1 Co 3, 13).
El papa Pablo VI, en la exhortación que hacía en la audiencia
general del 16 de octubre de 1974, al hablar de la "exigencia de
que el prodigio de Pentecostés tenga que continuar en la historia
de la Iglesia y del mundo", afirmaba que "no podemos sino deseamos
que una nueva abundancia, además de gracia, de carismas sea concedida
también hoy a la Iglesia de Dios"
Si en ciertos momentos y lugares de la
vida de la Iglesia queda considerablemente reducida la multiforme gama
de los carismas, ello denota que no se manifiesta allí suficientemente
el Espíritu, como si se le hubiese dejado extinguir (l Ts 5, 18)
o que la sal hubiera perdido su sabor (Mt 5, 13), lo cual restaría
al cristianismo la fuerza necesaria para dar testimonio del Resucitado
(Hch 1, 8).
Todo esto no presenta gran dificultad de comprensión, si bien la
Teología actual se halla ante el reto de tener que clarificar con
nueva luz no pocos aspectos que plantea la cuestión de los carismas.
En el terreno de lo práctico y de la pastoral podemos tropezar
con mayores dificultades.
En un sector de la Iglesia actual no se concede la suficiente importancia
a los carismas, hasta el punto de quedar suplantados por ciertos valores
naturales a los que se confiere especial realce. Prácticamente
se aprecia más el esfuerzo humano que la acción del Espíritu.
En otro extremo, se peca muchas veces por la forma como se reivindica
su autenticidad. Siempre hubo en la Iglesia, y los habrá, presuntos
profetas, presuntos visionarios, presuntos...
Puesto que nunca estamos inmunes del engaño y de los subjetivismos,
se ha de mantener a toda costa el principio de que todo carisma, por el
hecho de ser don otorgado para el provecho común, es decir, comunitario,
siempre ha de estar dispuesto a someterse al discernimiento de los que
en la Iglesia poseen este don, para poder ser ejercido debidamente.
Esto nos advierte de la humildad con que deben aparecer revestidos los
carismas: humildad para que nada se apropie el sujeto de la gloria de
Dios, pues nada tiene que no haya recibido (l Co 4, 7), y humildad incluso
para aceptar que no se le reconozca tal carisma, sin resentimiento ni
aflicción, tal como cuadra al verdadero discípulo y siervo
del Señor.
El triunfo de la gloria de Dios ha de ser a base de morir nosotros, pues
ahora nos corresponde compartir la etapa dolorosa del misterio de Cristo.
LA IGLESIA PRIMITIVA
FUE CARISMÁTICA
Por Alejandro Díez Macho, M. S.C.
El P. Alejandro Diez Macho pertenece
a los Misioneros del Sagrado Corazón y actualmente es catedrático
de Filología Bíblica en la Facultad de Filología
de la Universidad Complutense de Madrid. Desde el año 1939 hasta
el 1973 fue profesor de Lengua y Literatura Hebrea en la Universidad
civil de Barcelona, y es Doctor Honoris Causa por la Facultad de Teología,
tanto de la católica como de la protestante, de Estrasburgo.
Forma parte del grupo de la R.C. ''Ntra. Sra. del Sgdo. Corazón"
de Madrid.
Pero después del destierro cesó
la profecía en Israel; únicamente quedó el "eco
de la profecía" y se esperaba con ansia la llegada del Mesías
para que de nuevo la profecía y sus fenómenos concomitantes
se derramasen sobre todo el pueblo mesiánico, no sólo sobre
algunos privilegiados. Lo había profetizado Joel.
Efectivamente, el día de Pentecostés, fiesta de la "clausura"
de la Pascua, los judíos celebraban la donación de la Ley
en el Sinaí y la constitución de la Alianza o Antiguo Testamento.
Lo celebraban particularmente las clases sacerdotales y los esenios. Pero
era una fiesta de carácter nacional, y por eso se llenaba Jerusalén
de peregrinos llegados de la diáspora.
"Espíritu de Jesús"
Ese día de fiesta fue el escogido por el Señor para enviar
al Espíritu Santo que había prometido.
Espíritu santo significa para el judaísmo sobre todo espíritu
de profecía, y este sentido tiene muchas veces en el Nuevo Testamento.
Pero para los cristianos significó, además, todos los dones
comunicados por Dios e incluso lo que llamamos el Espíritu Santo
con mayúsculas, es decir la Tercera Persona de la Santísima
Trinidad.
Jesús ascendió al cielo, es decir, cesó de comunicar
su presencia visible a los cristianos, para enviar al Espíritu
Santo. Hasta el siglo IV, la fiesta de la Ascensión se celebró
junto con la fiesta de Pentecostés, con lo que se subrayaba una
finalidad importante de la Ascensión del Señor, o sea, el
envío del Espíritu Santo, también llamado en el Nuevo
Testamento "Espíritu de Jesús".
Vino el Espíritu Santo el día de Pentecostés judío,
y se comunicó con tal abundancia y extensión que Pedro,
en su primera alocución a los judíos en tal fiesta tomó
como texto la famosa profecía de Joel, en la que se profetizaba
la donación del Espíritu de Dios a todo el pueblo mesiánico.
Desde ese día, también fundacional de la Nueva Alianza o
Nuevo Testamento, los dones del Espíritu Santo se comunicaron a
todo el pueblo cristiano, no solamente a algunos individuos, particularmente
agraciados con el don de profecía.
El sugestivo tema de los carismas
La Iglesia cristiana comenzó así a ser carismática.
Los dones que acompañan a la recepción del Espíritu
Santo se llaman carismas (jarismata en griego) cuya definición
es dones del Espíritu Santo para la edificación de la comunidad.
Esa es la diferencia básica respecto a los seis dones (en la Vulgata
son siete, pues se añade el don de la piedad), que recibirá
el Germen de David, el Mesías, y tras él, los cristianos.
Dones que menciona Is 11, 2: don de sabiduría, de inteligencia,
de consejo, de ciencia, de fortaleza, de temor de Dios. Estos dones se
ordenan a la santificación del cristiano que los recibe. Son -dicen
los teólogos- unos hábitos que acompañan al Espíritu
Santo en el alma, a la gracia santificante, y que la habilitan para seguir
las mociones del Espíritu aun en situaciones o circunstancias difíciles.
Estos dones exigen la gracia santificante: los carismas, por sí
mismos no la exigen. Por ejemplo, Caifás profetizó que convenía
que muriese un hombre para salvar al pueblo, y Balaam pronunció,
en contra de su voluntad, verdaderas profecías. Tanto Caifás
como Balaam son prototipos de personajes perversos.
No todas las comunidades cristianas primitivas recibieron en la misma
medida los carismas, que aparecían preferentemente en las asambleas
litúrgicas comunitarias. La comunidad más carismática
fue la de Corinto.
Corinto, la comunidad carismática
Pablo habla de los carismas, sobre todo en el cap. 12 de la Primera Carta
a los Corintios, y hace la valoración de uno de ellos, el de lenguas
-muy apreciado por aquella comunidad- en el capítulo 14.
La comunidad de Corinto era "rica en toda cosa, en toda palabra y
conocimiento" (1, 5): "no le falta ningún carisma"
(1. 7). Era la comunidad carismática por excelencia.
La Primera Carta a los Corintios es polémica. Pablo se enfrenta,
parece, a los cristianos gnósticos de la comunidad, que se creían
"perfectos" precisamente por la "gnosis", por el "conocimiento"
de los misterios divinos y por el "éxtasis”. En consecuencia
se consideraban llegados a la perfecta libertad cristiana, permitiéndose
atentados contra la ética y desatenciones con otros cristianos
débiles, cosas que Pablo no podía tolerar.
De entrada, Pablo recuerda a los corintios,
en gran parte cristianos procedentes de la gentilidad, que, cuando eran
paganos, el "éxtasis" los sacaba fuera de sí,
de su libre albedrío, en el culto de los "dioses mudos".
También en el culto cristiano de Corinto ocurrían fenómenos
extáticos, extraños. ¿Producidos por poderes demoníacos
o por el Espíritu Santo? La comunidad necesitaba un criterio para
discernir la acción demoníaca de la acción del Espíritu.
Y Pablo lo proporciona: un cristiano verdadero no puede decir "maldito
sea Jesús", como quizá -es la opinión de Smithals-
algunos gnósticos cristianos decían refiriéndose
a "Jesús" en cuanto hombre, pues, según ellos,
Jesús-hombre nada tenía que ver con Cristo y, por tanto,
con el Espíritu Santo. Por eso se atreverían a maldecir
de Jesús-hombre esos gnósticos que profesaban que Cristo
no había venido en carne. Eran los mismos que rechazaban la resurrección
corporal de los muertos, precisamente por ser corporal; los que decían
que la resurrección es puramente espiritual, y que había
acontecido ya.
Tales gnósticos -viene a decirnos Pablo-, a pesar de su ciencia
y de sus manifestaciones extáticas, no tienen el Espíritu
Santo.
Las "cosas del Espíritu"
En cambio, los cristianos que confiesan que "Jesús es el Señor",
el Kyrios, que admiran su encarnación, muerte y resurrección,
éstos sí que tienen el Espíritu Santo. Esa confesión,
ese credo rudimentario, que fue uno de los primeros credos de la Iglesia
primitiva, no puede profesarse sin el Espíritu Santo.
Los de Corinto consultaron a Pablo acerca de las "cosas del Espíritu".
De ellas habla 1 Co 12•14.
Pablo dice que los dones del Espíritu son muchos, y que todos proceden
del Espíritu Santo. La fuente de esos dones espirituales es única,
Dios uno y trino: la distribución (¿o variedad?) de los
carismas se atribuye al Espíritu Santo; la de los servicios o ministerios
a la comunidad, al Señor, Jesucristo; la de actividades (sinónimo
de jarismata en 1 Co 12, 9-10), a Dios Padre, quien es el que
"obra todo en todos".
Esta formulación ternaría, frecuente en el apóstol,
es una manera de hacer intervenir en los dones, en los carismas del Espíritu
Santo, a las tres personas divinas; pero no pretende acotar el campo de
cada Persona, como si cada una solamente interviniera en una clase de
carismas.
Lo que Pablo enseña es esto: carismas, servicios (o ministerios)
y operaciones, todo procede del Padre a través de Jesús,
quien lo otorga por medio del Espíritu Santo, también llamado
Espíritu de Jesús. Por eso en 1 Co 12, 6 se dice que "Dios
(el Padre) obra en todos". Y en 12, 11 que "todas estas cosas
las obra un mismo y solo Espíritu repartiendo a cada uno según
quiere".
Cada cristiano, un carisma
Los carismas son dones del Espíritu Santo para la edificación
de la comunidad (12, 7). Este es, según Pablo, el criterio para
saber qué don del Espíritu merece el nombre de carisma,
y para valorar la mayor o menor importancia del don: el servicio de la
comunidad, el mayor o menor servicio de la misma. No olvidemos que cada
cristiano tiene una "manifestación del Espíritu",
un carisma (1 Co 12, 7-11).
A uno se le da el lenguaje de sabiduría; a otro, el
lenguaje de ciencia. ¿En qué se distinguen estos dos
carismas? ¿Se diferencian de verdad o son dos maneras de expresar
el mismo don? No se puede responder con certeza. Se trata de uno o dos
carismas de conocimiento y, por tanto, muy apreciados por los corintios,
particularmente por sus gnósticos, que ponían la perfección
en la "gnosis", en la "sabiduría". Pablo tenía
este carisma y hablaba, sirviéndose de él, a los "perfectos"
(1 Co 2, 6), a los cristianos del espíritu, a los que realmente
tenían este don. Un don que consistía en un conocimiento
de las "profundidades" de Dios (1 Co 2, 10), de su misterioso
plan salvífico.
Otros cristianos están dotados del carisma de la fe. La
palabra "fe" no significa aquí, al parecer, simplemente
la fe teologal más desarrollada, sino una fe capaz de trasladar
montañas, es decir, el don de hacer milagros, de hacer "imposibles",
que eso significa la expresión hebrea "trasladar montañas".
Sigue el don de curaciones de enfermedades, el don de "obras"
milagrosas, tal vez exorcismos, y el carisma de la profecía.
¿Qué es el carisma de profecía? Es el don de predicar
la penitencia y el juicio como los antiguos profetas, la penitencia y
el juicio escatológico, o sea, profecía concerniente al
presente de la comunidad o de sus miembros, y también el futuro.
En 1 Co 14, 3, Pablo detalla funciones de la profecía: "El
que profetiza habla a los hombres para su edificación, exhortación
y consolación." Según 14, 24-25, el profeta descubre
los secretos del hombre, lo pone de manifiesto y así lo convierte.
Sigue ensanchándose la lista de los carismas: la discreción
de espíritus. Es la capacidad de discernir si el carismático
habla en nombre del Espíritu Santo o movido por el mal espíritu.
En el capítulo 14 San Pablo dice: "Si uno profetiza, los otros
'disciernan': o todo el grupo carismático o el que tenga el carisma
de discernimiento" (14, 29).
Termina la enumeración con el carisma de hablar variedad de
lenguas y de interpretarlas. El don de las lenguas era el más
estimado por los cristianos de Corinto, pero Pablo lo relega de intención
al último lugar. Su valoración la reserva para el capítulo
14. La variedad de lenguas hace referencia a la plural manifestación
de este fenómeno. Una variedad es la lengua de los ángeles;
en las religiones helenísticas se creía que los ángeles
se dirigían a la divinidad en una lengua especial.
La conclusión de Pablo tras la enumeración de los carismas
es que "todas estas cosas las obra un mismo y solo Espíritu,
que reparte en particular a cada uno según El quiere".
Como entre paréntesis
El don de lenguas consistía, y consiste en el movimiento carismático
contemporáneo, en orar mediante sonidos inarticulados o articulados,
en sílabas o palabras normalmente ininteligibles y sin significado
aun para el que las profiere, pues no son palabras de lenguas conocidas,
vivas o muertas.
Parece que en contados casos el habla corresponde a alguna lengua existente,
del presente o del pasado, pero desconocida para el glosólalo.
Lo corriente es que sea a modo de oración,
pero puede ocurrir que tal lenguaje sea portador de un mensaje para la
comunidad. Entonces precisa de interpretación.
El fenómeno de hablar lenguas ha existido en religiones no cristianas.
Hay constancia de que se hablaban lenguas no conocidas en religiones paganas
de Mesopotamia casi dos mil años antes de Cristo. Se hablaron en
Fenicia, Canaán, entre los Hititas, en Egipto, en las religiones
mistéricas del tiempo de Pablo.
El que sea, o pueda ser un fenómeno natural, no quiere decir que
el Espíritu Santo no pueda valerse de él y convertirlo en
carisma auténtico, a beneficio del que lo recibe o de la comunidad.
Cuerpo místico
Pablo pasa seguidamente a exponer la doctrina del cuerpo místico
de Cristo, alegoría conocida por el apólogo de Menenio Agripa
y porque fue usada frecuentemente en la antigüedad para describir
las relaciones del cuerpo social.
Pablo pretende subrayar que los cristianos forman un cuerpo, una unidad,
dentro de la cual hay variedad de funciones, y que el funcionamiento de
ese cuerpo depende del cumplimiento de la función de cada miembro.
Nadie pretenda, pues, acaparar todos los carismas, nadie tenga el suyo
en poca consideración.
En la Iglesia -sigue Pablo aplicando la
alegoría del cuerpo místico- Dios ha puesto en primer lugar
a unos como apóstoles; en segundo lugar los profetas, en tercer
lugar los doctores. Este es un grupo de privilegiados, nombrados por orden,
un grupo especial de carismáticos. En Ef 4, 11 se vuelve a nombrar
el grupo, aumentado: apóstoles, profetas, evangelistas, pastores
y maestros. Hay quien cree que profetas, doctores y evangelistas eran
misioneros peregrinantes de comunidad a comunidad. Esto no excluye que
algunos estuvieran incardinados en una comunidad.
Hemos considerado la función de los profetas. Los maestros
y doctores eran los "transmisores e intérpretes de la
tradición de Cristo, los que enseñaban los mandamientos
y artículos de la fe" (H. Fr. von Campenhausen); además,
los que cuidaban de la catequesis de los neófitos (Althaus). Pablo
era, en una pieza, apóstol, profeta y maestro, amén de hablar
lenguas, de haber tenido éxtasis y revelaciones.
Tras esta tríada de carismáticos, Pablo empalma una nueva
lista detallando otros carismas, sin orden ni jerarquía. Sin embargo,
vuelve a poner en la cola el carisma de hablar lenguas.
Observamos que Pablo pone entre los carismas
las "obras de ayuda" al prójimo y el "gobierno"
de la comunidad.
La caridad
Pablo intercala en el capítulo 13 una página maravillosa
acerca de la caridad, que no es un carisma, pero que está en la
base y sobre todos los carismas, y es el camino más excelente,
el modo de comportarse más perfecto, al que los carismas se ordenan
como los medios al fin.
En este capítulo 13 vuelven a aparecer los carismas para parangonarlos
a la caridad: para decir que los carismas no son nada, que no aprovechan
nada sin la caridad.
Empieza Pablo dicha contraposición por los carismas del lenguaje:
"Si hablando lenguas de hombres y de ángeles no tengo caridad,
soy como bronce que suena y címbalo que retiñe. Y si teniendo
el don de profecía y conociendo todos los misterios y toda la ciencia
y tanta fe que trasladase los montes, si no tengo caridad, no soy nada."
Establecido en el capítulo 13 que
la caridad está por encima de todos los carismas y que su relación
con la caridad les da a éstos mayor o menor valor, Pablo pasa,
en el capítulo 14, a establecer el orden de importancia de dos
carismas: profecía y don de lenguas.
Entre líneas se lee que los corintos preferían el don de
lenguas a profecía, es decir, que preferían lo extático,
lo incomprensible, lo que les parecía obra superior del Espíritu.
La profecía, ofrecida en palabras asequibles, les parecía
carisma inferior.
El apóstol mantiene todo lo contrario: al que reza en lenguas le
entiende Dios, pero no los hombres; por lo mismo, no edifica a la comunidad,
a menos que él u otro reciba el don de interpretar tal glosolalía
y así la comunidad se enriquezca con su mensaje. La profecía,
por el contrario, habla a la comunidad palabras de edificación,
de exhortación, de consolación. Más tarde,
en el versículo 24, Pablo atribuye también a la profecía
el desenmascarar el interior, manifestar lo que es propio del hombre.
No es que Pablo, con esto, se oponga al carisma de lenguas; al contrario,
desearía -así dice- que todos hablasen lenguas. Lo que enseña
es que la profecía es carisma superior, a menos que el glosólalo,
él mismo u otro, interprete, y así edifique a la comunidad.
Esto supone que puede hablar en lenguas y al mismo tiempo recibir el carisma
de la interpretación. Estos dos carismas -glosalía e interpretación-,
en todo caso, figuran como dones otorgados a personas distintas.
Hablar en lenguas sin interpretación
no aporta edificación. "¿Qué provecho -continúa
el apóstol- representaría que yo os empezase a hablar en
lenguas, si no os aportara alguna revelación, conocimiento, profecía
o enseñanza?". Pablo prefiere hablar en la comunidad cinco
palabras con seso, dando instrucción a los demás, que diez
mil palabras en lengua (14, 59).
Hablar en lenguas no es carisma apto para convertir a incrédulos;
éstos tacharán el glosólalo de loco. Es únicamente
para creyentes. Lo que convence y convierte a los incrédulos es
la profecía, pues sondea y descubre su interior y los hace confesar
al Señor.
La asamblea
Finalmente, Pablo, después de evaluar profecía y lenguas,
establece normas prácticas para el uso de los carismas en las asambleas
comunitarias.
Supone Pablo que todos los participantes en la asamblea comunitaria tienen
algo que aportar. Cada uno aporta algo: un salmo, una enseñanza,
una revelación, una lengua, una interpretación. El
apóstol permite hablar en lenguas a dos o tres, con tal de que
siga interpretación y que no hablen a la vez, sino uno tras otro.
Lo mismo a los profetas: dos o tres, y que los demás dictaminen
si la profecía es de Dios o del enemigo. Si entretanto surge una
revelación, que calle el profeta, pues puede controlar su profecía,
y dé paso a esa revelación.
Todo debe proceder en paz y en orden, pues Dios es "Dios
de paz”.
¿QUÉ
SIGNIFICA LA PALABRA «CARISMA»?
Por Rodolfo Puigdollers, Seh. P.
La Iglesia está viviendo un momento
de "renovación carismática", un reverdecer de
los "carismas" dentro de la comunidad; es conveniente, por lo
tanto, que intentemos aclarar el significado de la palabra “carisma".
NECESIDAD DE EXPLICACIÓN
Hemos de reconocer que, a pesar de su continuo uso, la palabra carisma
es una "palabra imprecisa, expresión de un concepto no menos
impreciso, que tal vez no ha cristalizado todavía perfectamente
dentro de la teología" (I, GOMA, El Espíritu Santo
y sus carismas en la Teología del Nuevo Testamento, Barcelona
1954, p. SR).
La teología clásica entendió el carisma como toda
gracia "por la cual una persona coopera para que otro se encamine
a Dios; este don se le llama también 'gracia gratis dada', porque
se concede a la persona por encima de las facultades naturales y del mérito
de cada uno. De ella dice el Apóstol: 'A cada uno se le otorga
la manifestación del Espíritu para utilidad', es decir,
para los otros" (S, TOMAS DE AQUINO, ST 1.2, q 111, a, Ic),
Es cierto que hay muchos estudios y escritos sobre los carismas, pero
sobre esta abundante bibliografía podríamos decir lo que
un autor dice de los estudios sobre el "hablar en lenguas":
"una parte considerable de lo que se ha escrito sería útil
solamente para una antología de curiosidades" (I. GOMA. op,
cit., p.92, nota 77).
Un término paulino
En todo el Nuevo Testamento el término "carisma" lo encontramos
utilizado diecisiete veces, de las cuales dieciséis son en textos
de S. Pablo (Rm 1, 11; 5, 15-l6; 6, 23; 11, 29; 12, 6; 1 Co 1, 7; 7, 7;
l2, 4.9.28.30.31; 2 Co l, 11; 1 Tm 4, 14; 2Tm 1, 6) y una en 1 P4, 10.
De todos estos textos hay que destacar dos como principales; 1 Co. 12,
1ss; y Rm 12, 3ss. Sin embargo, hay que tener también en cuenta
Ef 4, 7-16 en que, aunque no aparece la palabra "carisma", se
habla de esta realidad.
S. Pablo aparece como el autor que ha
introducido este término dentro del uso religioso, por lo que si
se quiere estudiar en profundidad hay que acercarse al significado que
le daba el Apóstol. (1)
La ayuda de la filología
"Carisma" es una palabra griega compuesta del término
"charis" (léase "jaris") y del sufijo "ma".
El término "charis" significa "gracia"; referido
a Dios significa, por lo tanto, la gracia de Dios, el
favor de Dios. S. Pablo emplea este término muchas veces; pongamos
ese saludo que se ha convertido en saludo litúrgico: "Que
la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión
del Espíritu Santo estén con todos vosotros" (2 Co
13, 13).
Esta benevolencia de Dios hacia nosotros se nos ha manifestado en Jesucristo,
tal como dice el Apóstol escribiendo a Tito: "Se ha manifestado
la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres;
enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos,
y a llevar ya desde ahora una vida sobria, justa y piadosa, aguardando
la dicha que esperamos: la manifestación gloriosa del gran Dios
y Salvador nuestro: Jesucristo. El se entregó por nosotros para
rescatarnos de toda maldad y para prepararse un pueblo purificado, dedicado
a las buenas obras" (Tt 2, 11-14).
Esta dimensión de manifestación de la gracia, la indica
desde otra perspectiva el prólogo del evangelio de S. Juan cuando
escribe: "Lo que se nos ha dado por medio de Moisés ha sido
la Ley, pero por medio de Jesucristo se ha manifestado la gracia verdadera"
(Jn 1, 17). En Jesucristo se nos ha manifestado la gracia, el amor de
Dios; en él hemos alcanzado el perdón, en él hemos
alcanzado el favor de Dios.
Sabemos, pues, ya el significado de la primera parte de la palabra "carisma":
"charis" significa la gracia de Dios. Ahora nos tenemos que
fijar en la segunda parte, en el sufijo "ma". La lengua griega
emplea este sufijo para indicar "una cosa en acto", es decir,
la "manifestación de una cosa". Un ejemplo de este tipo
de construcción lingüística lo tenemos en el término
“energema", que aparece también en l Col 2, 4. “Energeia"
significa "actividad", más el su fijo "ma"
resulta: “acción”, “operación". (2)
Por lo tanto, si "charis" significa
"gracia" y el sufijo "-ma" significa "algo en
acto", el término "charisma" significa: la manifestación
de la gracia, la gracia en acto.
EL TEXTO FUNDAMENTAL
Lo que se entiende por carisma lo ha sintetizado
S. Pablo en 1 Co 12, 4-7:
"Hay diversidad de carismas,
pero un mismo Espíritu. Hay diversidad de servicios, pero un
mismo Señor. Hay diversidad de trabajos, pero un mismo Dios que
obra en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el
bien común".
Como ha señalado muy certeramente
el mejor comentarista católico de la primera carta a los Corintios,
E. M. Allo, el Apóstol no habla aquí de tres cosas distintas
sino que "se trata de los mismos fenómenos considerados bajo
tres aspectos" (Premiere épitre aux Corinthiens,
Paris 1956. p. 323). (3) La manifestación del Espíritu es
siempre gracia, servicio y trabajo. De ahí que siguiendo a I. Gomá,
que se inspira en S. Juan Crisóstomo, podamos decir que el carisma
es la gracia de trabajar al servicio de la comunidad cristiana (cf. op.
cit., pp. 68-69). De este modo recuperamos las tres características
principales que ya señalaba la teología clásica:
a) Es una gracia, un don gratuito: "porque se concede
a la persona por encima de las facultades naturales y del mérito
personal" (ST 1-2 q. 111 a. Ic). Lo que supone que no es incompatible
con el pecado (cf. la respuesta de ST 2-2 q. 172 a. 4 "si para la
profecía se requiere bondad de costumbres"; q. 178 s. 2 "si
los malos pueden hacer milagros"). El que sea "por encima de
las facultades naturales" no quiere decir que se trate necesariamente
de fenómenos extraordinarios, sino que puede ser la dimensión
sobrenatural de la vida ordinaria;
b) Es una acción, un trabajo: "aquella por
la cual un hombre coopera" (ST 1-2 q. 111 a. Ic). No se trata de
la propia santificación interna, sino de acciones externas encaminadas
a la santificación de los demás. Es la cooperación
en la obra de Dios;
c) Es un servicio para el bien común: "un
hombre coopera para que otro se encamine a Dios" (ST 1-2 q. 111 a.
Ic). No se dirige a la santificación de la persona que la recibe,
sino a la santificación de los otros.
CARISMA ES GRATUIDAD
Como vemos, para S. Pablo hablar de "carisma" es hablar de gratuidad,
hablar de la manifestación de la gracia de Dios. Esta dimensión
de gratuidad hay que tenerla muy en cuenta para entender bien la costumbre
muy extendida de traducir "carisma", por "don". La
palabra "don" puede ser entendida de dos modos: o bien fijándose
en el origen gratuito, o bien fijándose en el hecho de que es algo
que se tiene. La palabra "carisma" sólo es entendida
correctamente si se mantiene siempre la dimensión de gratuidad.
(4)
Dice Jesús a Nicodemo: "el
espíritu sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde
viene ni a dónde va"(Jn. 3, 8). Esta libertad profunda del
Espíritu no es más que la expresión de su gratuidad.
Esta gratuidad está presente en toda manifestación del Espíritu,
aunque de formas distintas o según la característica de
cada uno de los servicios. Así, por ejemplo, el sacerdote tiene
el don de perdonar los pecados. Es un don siempre presente en su servicio
sacerdotal, pero que está siempre como algo completamente gratuito,
de lo que no es dueño. Igualmente, el catequista, la persona encargada
del ministerio de los enfermos, la persona encargada del ministerio de
los necesitados, los dirigentes, etc. están viviendo el don gratuito
que han recibido de trabajar al servicio de los demás en un lugar
y función concretas. Es algo que viven en la gratuidad, pero al
mismo tiempo en la estabilidad de su ministerio.
Por el contrario, hay manifestaciones de la gracia que por sus propias
características se presentan de forma imprevisible, aunque a veces
se presenten con mayor frecuencia en alguna persona determinada. Es más,
hay manifestaciones de la gracia que pueden presentarse sin intermediarios,
o a través de la oración de la comunidad en su conjunto.
Tomemos como primer ejemplo el caso de la profecía: escribe de
ella Sto. Tomás de Aquino: "La luz profética no se
halla en el entendimiento del profeta de forma permanente, porque, en
ese caso tendría siempre la facultad de profetizar, lo que es falso,
según dice San Gregorio: “A veas carecen los profetas del
espíritu de profecía, el cual no está siempre presente
en la mente de ellos, de modo que, cuando no le poseen, entiendan por
esto que es un don de Dios cuando lo tienen” "(ST 2-2, q. 171,
a, 2c). Lo mismo hay que decir de las curaciones: éstas se presentan
a veces habiendo orado una persona, habiendo orado muchas o hasta sin
que nadie haya orado de una forma especial. Se manifiesta entonces la
gracia de Dios en la curación, sin que lo haga a través
de persona alguna. Cuando el Señor lo hace a través de alguna
persona, se mantiene siempre esta dimensión de gratuidad, como
indica Sto. Tomás: "La causa (de los milagros) es la omnipotencia
divina, la cual no puede ser comunicada a ninguna criatura. Por esto es
imposible que el principio de obrar milagros sea alguna cualidad habitual
en el alma" (ST 2-2, q. 178. a. 1, ad I). Esto es muy importante
para no situar estas manifestaciones en algunas personas, como si éstas
poseyesen el poder de profetizar, o el poder de curar. (5) Podemos decir
con toda propiedad que la gracia de Dios se ha manifestado en medio de
nosotros cuando una persona ha sido curada, pero no podemos decir que
una persona tiene el don (poder) de curación. (6)
CARISMA ES ACCIÓN
Hablar de "carisma" es hablar de manifestación. No se
trata de algo que está dentro de nuestro interior, sino de la gracia
del Espíritu que nos hace salir de nosotros mismos y nos lleva,
por encima de nuestra santificación personal, hacia los demás.
Como dice S. Pablo, el "carisma" es energéma,
es decir, acción. No podemos, por lo tanto, imaginar una vida carismática
como una postura quietista, como un encerrarse dentro del Cenáculo
para gozar de las delicias del Señor.
Hablar de carismas es hablar de Pentecostés, del rompimiento de
las puertas cerradas y de la apertura a la alabanza, la construcción
de la comunidad cristiana y la evangelización. El Pentecostés
es el principio de los hechos de los apóstoles.
CARISMA ES SERVICIO
La gracia de Dios se manifiesta para la construcción de la comunidad
cristiana. Es solamente en este sentido de servicio a los demás
en la construcción de la comunidad cristiana que podemos hablar
con propiedad de carismas.
El Señor, en su infinita misericordia, se manifiesta de muchos
modos y en muchas circunstancias. Dios puede manifestarse teniendo misericordia
de un enfermo, tocando el corazón de una persona y convirtiéndola,
consolando a un angustiado, sin que con esto esté confirmando el
modo de proceder de aquellas personas a través de las cuales se
ha manifestado esta gracia. S. Jerónimo, en su comentario al evangelio
de S. Mateo (PL 26, 50), escribe: "Profetizar o hacer milagros, a
veces, no es por medio del que los obra, sino que ocurren por la invocación
de Cristo, para que los hombres honren al Dios por cuya invocación
se realizan tales prodigios". Lo mismo encontramos en Sto. Tomás
de Aquino: "Los milagros pueden ser obrados por quienquiera que predique
la verdadera fe e invoque el nombre de Jesucristo, lo cual hacen a veces
los mismos malos" (ST 2-2. q. 178, a 2c). Lo que no es sino el comentario
de las palabras de Jesús: "No todo el que me dice Señor,
Señor entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumple
la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Aquél día
muchos dirán: Señor, Señor, ¿no hemos profetizado
en tu nombre, y en tu nombre echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre
muchos milagros? Yo entonces les declararé: Nunca os he conocido"(Mt
7, 21-23).
No todo contribuye del mismo modo a la "común utilidad”,
hay que tender siempre a lo más útil para la construcción
de la comunidad (cf. Pablo VI, 19-V-1975). Como dice S. Pablo, "todo
está permitido. Sí, pero no todo aprovecha" (1 Co 6,
12). No basta el hecho de que algo sea una manifestación del Espíritu,
para ser un auténtico carisma y sobre todo para ser un carisma
que haya que desear y fomentar; esta manifestación de la gracia
ha de ayudar a un crecimiento en la recta doctrina, en la caridad fraterna,
en la fe de todos, en la construcción de la comunidad. Así
S. Pablo escribe a los efesios: "El ha constituido a unos, apóstoles,
a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y maestros,
para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio,
y para la edificación del cuerpo de Cristo: hasta que lleguemos
a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre
perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud" (Ef 4, 11-13). Por
eso a los corintios que sólo se fijaban en las manifestaciones
espirituales más espectaculares, les dice que no quiere que continúen
en ese error (1Co 12, 1). Este error en la comprensión de la acción
del Espíritu hace que el Apóstol les haya tenido que tratar
no "como a personas carismáticas, sino como a gente carnal,
como a niños en Cristo. Por eso os alimenté con leche, no
con comida, porque no estabais para más" (1 Co 3, 1-2). Con
esto S. Pablo nos indica que el "supercarismatismo" es la negación
misma de la dimensión carismática. Poner el acento en los
carismas más espectaculares, considerar carisma exclusivamente
las profecías, las curaciones y la oración en lenguas, es
vaciar la obra del Espíritu Santo de su verdadero contenido de
construcción de la comunidad cristiana. Es convertir el Espíritu
de Jesucristo en el espíritu irracional de los ídolos mudos
(Cf. 1 Co 12, 2).
RESUMEN
Podemos concluir este artículo
con el siguiente esquema:
l. Carisma significa manifestación de la gracia de Dios, es decir,
el don de trabajar al servicio de los demás, por
la fuerza del Espíritu Santo.
2. La dimensión carismática consiste en verlo todo como
un don gratuito, movida por el Espíritu; salir de uno mismo y ponerse
a trabajar, a imitación de Dios Padre; vivir al servicio de los
demás, como Jesús; para la construcción de la comunidad
cristiana.
3. Reducir los carismas a los fenómenos espectaculares es una actitud
pagana que vacía de sentido la verdadera manifestación del
Espíritu Santo.
NOTAS.
(1) En el texto griego del Antiguo Testamento
(versión de los LXX) encontramos el término "charisma"
en el códice Sinaítico de Si 7, 33 (37): "Haz ?gracia
ante todo viviente, y al muerto no le niegues tu gracia" (aunque
los códices Alejandrino y Vaticano tienen el término "charis",
gracia). También lo tiene el códice Vaticano en Si 38, 30:
"se es fuerza por terminar la gracia (?)", pero es una equivocación
del copista que ha escrito "charisma" en vez de "chrisma"
(aceite, barnizado).
(2) Escribe G. Bertran, Th Wb II, 649: “energema” es el trabajo
cumplido, la obra o la acción”.
(3) Escribía ya F. Prat, La théologie de saint Paul,
t. I, nta D: "Uno estaría tentado referir las operaciones
(milagros, curaciones, etc.) al Padre; los ministerios (pastores, doctores,
etc.) al Hijo; y los otros carismas (don de lenguas, discernimiento de
espíritus, etc.,) al Espíritu Santo; pero se ve que estos
son solamente tres aspectos diversos de las mismas gracias".
(4) El movimiento pneumático de
Corinto "permutó la experiencia cristiana originaria escatológica
del Espíritu de Dios en la afirmación entusiástica
de que este Espíritu fuera el espíritu divino del hombre
mismo, el cual se liberaría ya aquí y ahora de su pérdida
en el mundo. De este modo, el don del Espíritu se transforma en
su posesión, la nueva creación en el desprecio entusiasta
de lo creado, el hombre de Dios en el hombre divino, la alabanza del Salvador
en la apoteosis del hombre" (W. SCHMITALS, Experiencia del Espíritu
como experiencia de Cristo, en C. HEITMANN•H. MÜHLEN,
Experiencia y teología del Espíritu Santo, Salamanca,
1978, p. 157).
(5) No pretendemos negar la existencia
del "don de curaciones" (cf. ST 2-2, q. 178, a. 1: "si
se da alguna gracia gratis dada de obrar milagros"), sino simplemente
concebir la curación como una gracia que es dada en cada momento,
aunque sea a veces a través de alguna persona.
(6) Cuando de los santos decimos que han tenido el don de curación,
no hacemos sino constatar a posteriori que Dios se ha manifestado varias
veces a través de ellos.
¿QUÉ
DICE SAN PABLO SOBRE LOS CARISMAS?
Por Rodolfo Puigdollers, Seh. P.
Hemos visto en el artículo anterior
cuál es el significado del término "carisma".
Hemos visto cómo en el Nuevo Testamento es una palabra que emplea
casi únicamente S. Pablo. Hemos visto como éste la entienda
como "don de trabajar al servicio" de los demás en la
construcción de la comunidad cristiana.
Una vez estudiado lo que significa el término "carisma"
para S. Pablo, hemos de ver qué es lo que el Apóstol nos
dice sobre ellos.
Tres son los textos fundamentales en los que S. Pablo explica los carismas.
El primero de ellos comprende los capítulos 12-14 de la primera
carta a los Corintios (por razones de brevedad nosotros nos limitaremos
a estudiar el capítulo 12).
El segundo texto es de la carta a los
romanos: 12, 3•8. El tercero presenta una doble particularidad:
en primer lugar no aparece de forma explícita la palabra "carisma";
en segundo lugar, pertenece a una carta que no sabemos exactamente si
la escribió S. Pablo o alguno de sus discípulos (por lo
que no sabemos la fecha): se trata de un texto de la carta a los Efesios:
4, 7-16.
Los tres textos están escritos a partir de unas situaciones concretas
de las comunidades primitivas, sobre todo el texto escrito a la comunidad
de Corinto; pero las afirmaciones de S. Pablo se convierten para nosotros
actualmente en una enseñanza clara para la situación de
nuestras propias comunidades.
Primer texto: 1 Co. 12
El capítulo 12 de la primera carta
a los Corintios es, sin lugar a dudas, uno de los textos más leídos
dentro de la Renovación Carismática. Es conveniente, pues,
que lo estudiemos con un poco de detención.
NO PODEMOS REDUCIR LOS CARISMAS A LOS FENOMENOS ESPECTACULARES
"En cuanto a los fenómenos
espirituales no quiero, hermanos, que sigáis en la ignorancia.
Recordáis que cuando no erais cristianos, os sentíais
arrebatados hacia los ídolos irracionales, siguiendo el ímpetu
que os venía. Por eso os advierto que nadie puede decir: ¡Afuera
Jesús!, si habla impulsado por el Espíritu de Dios. Ni
nadie puede decir: Jesús es Señor, si no es bajo la acción
del Espíritu Santo. "(vv, 1-2).
S. Pablo escribe a los corintios sobre
los "fenómenos espirituales". Es ésta una expresión
que Pablo emplea solamente aquí y en 14, 1, lo que nos hace pensar
que no forma parte de su vocabulario, sino que la toma de los mismos corintios.
Cuando éstos hablaban de los "espirituales" se referían
a personas que, según ellos, tenían una ciencia especial
y que esto les convertía en una especie de élite (los "perfectos'').
S. Pablo, sin embargo, corrige ya en 2, 13-15 esta concepción y
emplea el término "espiritual" referido al "hombre
que, por la virtud del Espíritu de Dios, confiesa la obra redentora
de Dios" (E. SCHWEITZER. en Th Wb VI, 435), es decir, al creyente.
S. Pablo se encuentra con que los corintios estaban haciendo una interpretación
de la vida cristiana a partir de la vida de Jesús. Por eso, según
el modo de ver de Pablo, los corintios presentaban una comprensión
equivocada de la acción del Espíritu Santo en medio de la
comunidad.
Los corintios se sentían inclinados, por una parte, a dejar de
lado el sentido común ("os sentíais arrebatados hacia
los ídolos mudos", es decir, ininteligibles, irracionales)
y, por otra parte, a dejarse llevar por impulsos irrefrenables ("siguiendo
el ímpetu que os venia"). Esta exaltación, según
S. Pablo, lleva a dos cosas: 1) a apreciar solamente las cosas espectaculares,
despreciando las sencillas; 2) a decir cosas completamente incongruentes
o fuera de sentido. Por eso, S. Pablo advierte a los corintios que todo
el que diga tonterías, todo el que diga algo fuera del sentido
común, todo el que esté diciendo o haciendo cosas contrarias
a lo que decía o hacía Jesús, no está actuando
realmente de una forma carismática. Por otra parte, les recuerda
que todo el que cree, todo el que realiza la confesión más
elemental ("Jesús es el Señor'''), es decir, todo creyente
que está viviendo su bautismo, está actuando movido por
el Espíritu, está actuando carismáticamente. (1)
"La diferencia entre el pensamiento de S. Pablo y la interpretación
de los corintios (sobre el modo de entender los carismas) es muy grande.
En esta última, la posesión del Espíritu en el hombre
destruye su personalidad y lo separa de los demás que, no siendo
espirituales (o carismáticos), se le convierten en totalmente extraños.
Por el contrario, en S. Pablo, el conocimiento está subordinado
al amor. El conocimiento que da el Espíritu es el del acto redentor
de Dios y, por lo tanto, libera al hombre de sí mismo y lo hace
disponible a los demás. Renueva al mismo tiempo su individualidad,
permitiéndole estar verdaderamente presente para los demás.
"De este modo, la idea de comunidad es el elemento regulador. Cuando
Pablo habla de pertenecer al “cuerpo de Cristo”, subraya la
unidad del cuerpo que une entre ellos a los diversos miembros. El valor
de los dones del Espíritu no consiste en el hecho que demuestran
que quien los tiene es un carismático, sino en
el hecho que edifican la comunidad (1 Co 14). Ciertamente ésta
es edificada por los carismáticos; pero todos
son carismáticos, todos tienen su carisma. Si algunos se separan
(o se quieren distinguir), están demostrando que no son carismáticos,
sino carnales" (E. SCHWEITZER. en Th Wb VI, 430).
EL PADRE, EL HIJO Y EL ESPÍRITU
SANTO SE MANIFIESTAN EN TODO CRISTIANO.
"Hay diversidad de carismas,
pero un mismo Espíritu. Hay diversidad de servicios, pero un
mismo Señor. Hay diversidad de acciones, pero un mismo Dios que
obra todo en todos. En cado uno se manifiesta el Espíritu para
el bien común" (vv. 4-7)
Esta orientación equivocada de
los corintios les lleva a dos cosas: 1) a vivir ciertos fenómenos
como una acción "espectacular" del Espíritu, como
si el Espíritu Santo no fuese el Espíritu de Jesús
(cuya vida todos conocemos), enviado por el Padre; 2) a vivir de una forma
independiente, destruyendo con su propio orgullo la comunidad.
S. Pablo, en una fórmula completamente trinitaria, les señala
que toda la vida cristiana es al mismo tiempo manifestación del
Espíritu, manifestación de Jesús y manifestación
de1 Padre. Por consiguiente, los carismas no pueden ser entendidos como
"fenómenos espectaculares" sueltos, sino como la acción
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Como ha señalado
muy certeramente uno de los mejores comentaristas católicos, cuando
Pablo habla aquí de carismas, servicios y acciones "se trata
de los mismos fenómenos, pero considerados bajo tres aspectos"
(E. ALLO, Premiere epitre aux Corintiens. p. 323). Todo carisma
es un servicio y todo servicio es un carisma; toda acción cristiana
es un servicio y un carisma.
Esta unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu lleva también
a la unidad de la construcción de la comunidad cristiana ("En
cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común"
V. 7). De este modo, el Espíritu Santo se manifiesta en todos para
la construcción de la comunidad.
UN EJEMPLO CONCRETO:
LA ASAMBLEA EUCARISTICA
"Y asi, uno recibe del Espíritu
un hablar con sabiduría; otro, un hablar con ciencia, según
el mismo Espíritu; otro, por el mismo Espíritu, la fe.
Uno, por el mismo Espíritu, esas manifestaciones de la gracia
(=ccarismas) que son las curaciones; otro, esas obras de las posibilidades.
Uno, una profecía; otro, el discernir las inspiraciones. Uno,
una fuerte oración en lenguas; otro, el orar con lengua comprensible.
El mismo y Único Espíritu obra todo esto, repartiendo
a coda uno en particular como a él le parece" (vv. 8-11).
Para entender correctamente estos versículos
hemos de tener en cuenta que san Pablo, después de haber indicado
que las manifestaciones del Espíritu son para la construcción
de la comunidad ("para el bien común"), fija su atención
en un aspecto concreto, en la fuente y cúlmen de la comunidad cristiana,
es decir, en la asamblea eucarística.
Es por eso que los vv. 8-10 son una descripción de las distintas
manifestaciones del Espíritu que se dan en la asamblea. Esto nos
indica que no podemos reducir los carismas, es decir, las manifestaciones
del Espíritu a esta breve lista de nueve. El Apóstol ha
indicado ya que toda la vida del cristiano, desde lo más grande
hasta lo más pequeño, es una continua manifestación
de la gracia de Dios, un servicio a los demás, una acción
de Dios en medio de nosotros.
Teniendo esto en cuenta, las tres primeras indicaciones que hace san Pablo
deben ser leídas formando una unidad (así, ya santo Tomás
de Aquino en ST 1-2, q. III, a 4c): palabra de sabiduría, palabra
de ciencia y fe. ¿Qué significan? San Pablo está
hablando de la primera parte de la asamblea eucarística, lo que
hoy llamamos liturgia de la Palabra; en ella, en una comunidad viva, se
presentan tres hechos diversos: las personas que escuchan con fe ("fe”)
(2), el sacerdote o catequista que instruye con la ciencia del Señor
("una palabra de ciencia") (3) y, por último, alguna
vez se presenta el caso de alguien que habla con un fuego y una penetración
especial (“una palabra de sabiduría"). San Pablo las
coloca en orden decreciente según el grado de espectacularidad
(4); la persona que ha hablado llena de sabiduría del Espíritu,
el catequista que ha dado su enseñanza con la ciencia del Señor
y el resto de la asamblea que ha acogido con fe la Palabra. Todo es manifestación
del Espíritu para la construcción de la comunidad. No se
puede reducir el carisma, como hacían lo corintios, únicamente
a lo espectacular.
A continuación, san Pablo pasa a lo que tradicionalmente se realiza
en la asamblea eucarística entre la liturgia de la Palabra y la
liturgia eucarística: la oración de los fieles y la colecta.
Cuando la comunidad ora por las necesidades de la Iglesia, del mundo y
de la propia comunidad, es normal que ore de un modo especial por los
enfermos presentes. A veces, atestigua san Pablo (y no olvidemos que nos
encontramos hablando de comunidades vivas), algún enfermo es curado
por el Señor. Es esto ciertamente una manifestación de la
gracia de Dios. A continuación se realiza la colecta de los bienes
que los miembros de la comunidad han traído para compartir con
los más necesitados. En esos momentos, se dan en las comunidades
vivas hechos de gran generosidad, como nos atestiguan ya los Hechos de
los Apóstoles: "Bernabé... tenía un campo y
lo vendió; llevó el dinero y lo puso a disposición
de los apóstoles" (Hch 4, 36-37). En esta colecta cada uno
entrega según sus posibilidades, las posibilidades económicas
y las posibili?dades de la fe. (5) Ciertamente es mucho más espectacular
una curación que un compartir generoso, pero san Pablo indica a
los corintios que tanto una cosa como la otra son una manifestación
del Espíritu y que no se pueden hacer distinciones. Se manifiesta
la gracia de Dios cuando hay una curación y se manifiesta la gracia
de Dios cuando hay un acto de compartir. Hay que notar, de paso, que el
Apóstol no habla aquí de la curación como de alguien
que tiene el poder (o el carisma) de curar, sino que se fija en la curación
en sí misma como manifestación de la gracia de Dios: se
ha manifestado la gracia de Dios, a una persona se le ha concedido (¿al
enfermo o a la persona que oraba?) (6) una manifestación de la
benevolencia de Dios (un carisma). La gracia se ha manifestado, en primer
lugar, en la persona curada; no se puede hablar, pues, de una persona
que tiene el carisma de curaciones (Santo Tomás de Aquino, ST 2-2,
q. 178, a. I. ad 1: "es imposible que el principio de obrar los milagros
sea alguna cualidad habitual en el alma''). Es como si san Pablo nos estuviese
advirtiendo que cuando se da alguna curación demos gracias a Dios
y alabémosle sin fijarnos en el instrumento, sin decir "fulanito"
tiene el don de curar.
En tercer lugar, san Pablo se fija en la última parte de la asamblea
eucarística, la parte propiamente dicha de oración eucarística
(plegaria eucarística y comunión). En ella san Pablo se
fija en dos hechos. En primer lugar, en los que dicen alguna palabra inspirada,
alguna profecía. Frente a este hecho más notorio, el Apóstol
recuerda que hay otro elemento más modesto que no se puede olvidar:
el discernimiento de la asamblea que sabe reconocer en las palabras de
un hermano la exhortación de Dios, o bien que las sabe escuchar
como los pensamientos piadosos de una persona, o que las rechaza como
las palabras de un exaltado. Tan manifestación de la gracia es
la profecía como la actitud de discernimiento de toda la asamblea.
El segundo hecho en el que se fija san Pablo en esta parte final de la
asamblea eucarística, es en la oración. Hay, en algunos
momentos, hermanos que oran con una lengua inteligible, y que es gracias
a esta oración inteligible que la oración de la comunidad
tiene un sentido. Hasta tal punto que la oración eucarística
no puede ser hecha en lenguas, porque de lo contrario la asamblea no podría
contestar "Amén" a una oración que no ha entendido
(cf. 14, 16); y si no hay nadie que sepa dar sentido a las oraciones en
lenguas, éstas no deben hacerse (cf. 14, 28). Tan manifestación
del Espíritu es, por lo tanto, la un poco "chocante"
oración en lenguas, como la sencilla oración realizada en
la propia lengua.
LO IMPORTANTE
ES LA CONSTRUCCIÓN DEL CUERPO DE CRISTO
"Lo mismo que el cuerpo es
uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar
de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.
Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido
bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo. Y
todos hemos bebido de un solo Espíritu. El cuerpo tiene muchos
miembros, no uno solo. Si el pie dijera: no soy mano, luego no formo
parte del cuerpo, ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo?
Si el oído dijera: no soy ojo, luego no formo parte del cuerpo,
¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el cuerpo
entero fuera oído, ¿cómo olería? Pues bien,
Dios distribuyó el cuerpo y cada uno de los miembros como Él
quiso. Si todos fueran un mismo miembro, ¿dónde estaría
el cuerpo?
Los miembros son muchos, es verdad,
pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: no te necesito;
y la cabeza no puede decir a los pies: no os necesito. Más aún,
los miembros que parecen más débiles son más necesarios.
Los que parecen despreciables, los apreciamos más. Los menos
decentes, los tratamos con más decoro. Porque los miembros más
decentes no lo necesitan. Ahora bien, Dios organizó los miembros
del cuerpo dando mayor honor a los que menos valían. A si no
hay divisiones en el cuerpo, porque todos los miembros por igual se
preocupan unos de otros. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él;
cuando un miembro es honrado, todos le felicitan" (vv. 12-26).
San Pablo, mediante la imagen del cuerpo,
señala dos puntos principales. En primer lugar, que la acción
del Espíritu va destinada a la formación del cuerpo de Cristo,
es decir, la formación de la comunidad. Por lo tanto, la verdadera
dimensión carismática es aquella que mantiene a la comunidad
en la unidad, que reconoce la función a cada uno de los miembros
sin despreciarlos. En segundo lugar, que dar la mayor importancia a las
manifestaciones espectaculares no lleva sino a la división de la
comunidad y al empequeñecimiento de la obra del Espíritu.
Allí, donde está la acción del Espíritu, allí
está la diversidad en la unidad.
Es ésta una advertencia seria contra todo tipo de orgullo que pueda
dividir a la comunidad y formar una elite. Es también una advertencia
a no empequeñecer la obra del Espíritu, aunque sea a nueve
manifestaciones espectaculares (los "nueve carismas").
NO HAY QUE REDUCIR
EL ESPÍRITU A LOS LÍMITES DE NUESTRA EXPERIENCIA PERSONAL
"Pues bien, vosotros sois el
cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro. Y Dios ha distribuido en
la Iglesia: en primer puesto los apóstoles, en el segundo los
profetas, en el tercero los maestros; después las posibilidades
(de compartir los bienes), después las manifestaciones de la
gracia, que son las curaciones, la asistencia, el gobierno, la diversidad
de lenguas. ¿Acaso son todos apóstoles? ¿O todos
son profetas? ¿O todos maestros? ¿O todos tienen posibilidades
(de compartir los bienes)? ¿Reciben todos las manifestaciones
de la gracia que son las curaciones? ¿Hablan todos en lenguas?
¿Se expresan todos de forma comprensible? Estáis ambicionando
los carismas mejores" (vv. 27-31)
San Pablo señala que dentro de
la gran multiplicidad de manifestaciones de la Iglesia, de cara a la construcción
de la comunidad cristiana ocupan un lugar fundamental esos dones más
permanentes de trabajar al servicio de los demás como son los apóstoles,
los profetas y los doctores. Debemos entender por estos tres carismas
principales la función directora de las comunidades.
"El 'apóstol' es el fundador de la comunidad. No es preciso
que haya sido uno de los doce. Se da el nombre de apóstol ocasionalmente
a otros varones, como Bernabé, Silas y Apolo" (E, WALTER.
Primera carta a los Corintios. Barcelona, 1971, pág. 236).
Los profetas y doctores son los dirigentes de cada comunidad, como se
ve en Hch 13, 1: ?"En la iglesia de Antioquia había profetas
y doctores". Seguramente esta doble denominación primitiva
debía entenderse como un binomio inseparable, una especie de frase
hecha, sin que se pudiese hablar de unos como profetas y otros como doctores.
Los dirigentes de la comunidad destacaban por su ministerio de la Palabra,
que abarcaba tanto la transmisión de la doctrina recibida como
la palabra concreta de Dios para la comunidad. Con el tiempo, este binomio
se escindirá e irán apareciendo dos funciones distintas.
Esta fase quizá está ya algo presente en nuestro texto,
que habla primero de los profetas y luego de los doctores.
Sobre las "posibilidades" entendidas como la posibilidad de
compartir los bienes y no como el don de hacer milagros, hemos hablado
ya anteriormente. Lo mismo de los "carismas de curaciones" entendidos
como la gracia de la curación y no como el poder de curar. A continuación,
san Pablo emplea dos expresiones que sólo aparecerán en
este texto a lo largo de todo el Nuevo Testamento. Nos referimos a los
antilempseís y kyberneseís. La primera de ellas parece que
hay que interpretarla en el sentido de asistencia. La segunda en el sentido
de dirección. Se trata seguramente de la denominación de
los dirigentes de la comunidad, que antiguamente eran llamados en algunas
comunidades "profetas y doctores".
San Pablo con esta lista y estas preguntas retóricas no hace sino
señalar que cada uno tiene su lugar; que no se puede reducir a
unas pocas manifestaciones del Espíritu. Del mismo modo que no
se puede pensar que todos sean apóstoles o dirigentes de la comunidad,
así tampoco se puede reducir la manifestación del Espíritu
a los fenómenos espectaculares.
La frase final del capítulo es traducida normalmente por "ambicionad
los carismas mejores". Sin embargo, cada vez son más los comentaristas
que señalan que el verbo zéloute no puede entenderse como
imperativo, sino como indicativo. Escribe A. Díez Macho: "El
apóstol termina el capítulo 12, todo él dedicado
al tema de las cosas pneumáticas, del Espíritu, sobre las
que los Corintios le habían consultado, con esta constatación:
los de Corinto 'codiciáis (zeloute, en indicativo) los carismas
más excelentes', sin duda refiriéndose a los carismas extáticos"
(La Iglesia primitiva fue carismática, en "El Olivo".
1972, p. 17). San Pablo constata que los Corintios se están limitando
a los fenómenos más espectaculares (palabra de sabiduría,
curaciones, profecía, lenguas), con lo que, por una parte, están
introduciendo juicios de valor sobre las manifestaciones del Espíritu
y, por otra, están reduciendo la acción del Espíritu
a lo espectacular.
Segundo texto: Rm. 12, 3-8
El segundo texto fundamental de san Pablo
sobre los carismas es Rm 12, 3-8, en el que se presenta la dimensión
carismática de los distintos ministerios de la comunidad. Este
es el texto:
v.3 "Por la GRACIA de Dios
que me ha sido dada os digo a todos y a cada uno de vosotros: No os
estiméis en más de lo que conviene, sino estimaos moderadamente,
según la medida de la FE que Dios otorgó a cada uno.
v.4 Pues así como nuestro
cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros, y no todos desempeñan
la misma función,
v.5 así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo,
pero cada miembro está al servicio de los otros miembros.
v.6 Los carismas que poseemos son diferentes, según la GRACIA
que se nos ha dado, y se han de ejercer así:
- si es la profecía, de acuerdo con la fe;
v. 7 - si es el servicio, dedicándose a servir.
- el que enseña, aplicándose a enseñar;
v. 8 - el que exhorta, a exhortar.
- el que se encarga de la distribución, hágalo con generosidad;
- el que preside, con empeño;
- el que ejerce la misericordia, con alegría”.
En primer lugar, san Pablo habla de la
gracia que él ha recibido. Esta debe entenderse en este
texto como referida a "una cierta misión
específica que debe ser reconocida por los otros miembros en el
seno de la comunidad" (1. SANCHEZ BOSCH, Le corps du Christ et
les charismes dans 1'épitre aux Romains, en Dimensions
de la vie chrétienne -Rm 12-13-, Roma. 1979, p. 57); lo que
invita a entender del mismo modo el término "carisma"
en el v. 6. De este modo, san Pablo nos habla en este texto no de la dimensión
carismática en cuanto hechos aislados que ocurren dentro de la
comunidad, como es el caso de la curación, un acto de generosidad,
una oración, ete., sino de la dimensión carismática
en cuanto funciones concretas o ministerios reconocidos dentro de la comunidad.
Desde el punto de vista literario, san
Pablo divide los siete puntos que indica en los vv. 6b-8, en dos partes.
En primer lugar indica dos puntos: "Si es la profecía, de
acuerdo con la fe, si es el servicio, aplicándose a servir".
A continuación indica cinco puntos más: el que enseña,
el que exhorta, el que se encarga de la distribución, el que preside,
el que ejerce la misericordia. Los dos primeros (profecía y servicio)
están indicados con un sustantivo abstracto, mientras los cinco
restantes están indicados mediante un participio. Esta diferencia
gramatical nos muestra que lo que los dos primeros han de ser tratados
de forma distinta.
Profecía y servicio no son aquí
dos funciones concretas, sino que abarcan lo que es especificado más
concretamente con los participios. La profecía es aquí el
nombre genérico que designa los ministerios de la Palabra, mientras
que el servicio es nombre genérico que designa los ministerios
de servicio (si es válida esta redundancia) (7). De este modo,
san Pablo aquí explicita el ministerio profético (o de la
Palabra) en el que enseña y el que exhorta; mientras explicita
el servicio (o ministerios de servicio) en el que se encarga de la distribución
de los bienes, el que preside y el que encarga del ejercicio de la misericordia.
Son cinco, por lo tanto, los carismas que san Pablo contempla en la comunidad
en este texto.
CARISMA DE ENSEÑANZA
"En una comunidad en crecimiento debía haber alguno que se
encargaba de la iniciación de los nuevos convertidos: ?el catequista.
Pero quizá había ya 'maestros' de mayor grado" (J.
SANCHEZ BOSCH, op. cit., p. 66).
En 1 Co 12, 29 se habla por dos veces de los maestros, junto a los profetas.
En Ef 4, 11 se habla también de los doctores, junto a los pastores.
Seguramente la "palabra de ciencia" (I Co 12, 8) era la expresión
normal del catequista o doctor.
La función del catequista o doctor es esencialmente transmitir
la doctrina (Rm 6, 17; I Tm 4, 6; 6, 3; Tt 1, 9; 2, 1; 7, 4) mediante
la enseñanza (1 Co 14, 26; 1 Tm 4, 13; 5, 17; 2 Tm 3, 16).
CARISMA DE EXHORTACION
“En ningún texto, ni de Pablo ni de otros, encontramos la
idea de que 'el que exhorta' tenga un lugar específico en las comunidades.
Vemos solamente que Pablo exhorta muy a menudo en sus epístolas,
y que los fieles son llamados a exhortarse los unos a los otros (1 Tm
4, 18; 5, 11)" (J. SANCHEZ BOSCH, op. cit., pp. 66-(7).
"Pero, ¿qué és la exhortación? Los términos
que nos hablan de ella en nuestro texto (parkalein, paraklésis)
no tienen un sentido unívoco. A veces tienen el sentido de consolar
a uno que está triste (especialmente en 2 Co 1, 3•7; 2, 7;
7, 4- 6s.13), de suplicar a alguno, hasta a Dios mismo (2 Co 12, 8; cf.
1 Co 16, 12; 2 Co 8, 4; 12, 8), pero tienen también, y este es
el sentido que tiene en nuestro texto, el sentido de exhortar a hacer
alguna cosa o a tomar una determinada actitud, con una cierta fuerza de
autoridad divina, aun cuando si esta autoridad no va acompañada
de ninguna obligación: 'Nosotros actuamos como enviados de Cristo,
y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de Cristo
os pedimos que os reconciliéis con Dios' (2 Co 5, 20). Esta exhortación
se dirige a la persona en su situación concreta. Aplica la llamada
de Dios a la situación concreta de cada uno: 'Tratamos con cada
uno de vosotros personalmente, como un padre con sus hijos, animándoos
con tono suave y enérgico a vivir como se merece Dios, que os ha
llamado a su reino y gloria' (1Ts 2, 11-12)" (Ibid.).
A nuestro modo de ver, esta dimensión de la exhortación
es la misma que en la primera carta a los Corintios viene presentada bajo
el nombre de "profecía", "profetizar", "profeta".
Veamos algunos textos: "Si todos profetizan -es decir, si hablan
de forma comprensible y no en lenguas- y entra un no creyente o un simpatizante,
lo que dicen unos y otros le demuestra sus fallos, lo escruta, formula
lo que lleva secreto en el corazón" (1 Co 14, 24); "Profetizar
podéis todos, pero uno a uno, para que aprendan todos y queden
exhortados todos" (l Co 14, 31) (8).
Esta dimensión exhortativa tiene dos elementos que poco a poco
se van distanciando en sus funciones. Hay un elemento de aplicación
del evangelio y de la doctrina a la situación concreta de la comunidad,
que se va sedimentando en los responsables. Sería una de las funciones
de los "pastores", que en Ef 4, 11 son puestos junto a los doctores.
Cf. igualmente 1 Tm 5, 17: "Los presbíteros... que se afanan
en la predicación y en la enseñanza". Hay otro elemento
más imprevisible: es el que normalmente se entiende bajo el nombre
de “profecía”.
CARISMAS DE LA PALABRA. RESUMEN
Interpretando así este texto, san Pablo estaría indicando
unos carismas de la Palabra (profecía) que abarcan fundamentalmente
dos: el carisma de enseñanza (el que enseña) y el carisma
de la exhortación (el que exhorta), que, a su vez, abarca un elemento
de predicación (que en parte será función de los
pastores) y un elemento de revelación (que es al que en lenguaje
corriente queda reducida la profecía).
CARISMA DE ADMINISTRACION DE LOS
BIENES
San Pablo emplea la expresión "el que da". Muchos comentaristas
la entienden referida al que da de sus propios bienes. "Pero, en
la Iglesia primitiva, la renuncia total a sus propios bienes es tan conocida
(cf. los Evangelios y los Hechos, pero también 1 Co 13, 3: 'Si
doy a los pobres todo lo que tengo') que la simple generosidad habitual
no puede contar como una cosa extraordinaria, específica de algunos
(que permite hablar de ‘el que da'). Por esto comprendemos 'el que
da' como 'el que distribuye los bienes de la Iglesia'" (1. SANCHEZ
BOSCH. op. cit., p. 68).
Se trata del carisma de distribución de aquellos bienes que en
1 Co 12, 10 (cf. 13, 3) se indica que los miembros de la comunidad han
entregado según sus posibilidades para la comunidad y los necesitados.
Quizá se deba identificar con la beneficencia o asistencia (antilémpseis)
que se indica en I Co 12, 28 junto a la kyberneseis,
que vamos a entender como referida a los dirigentes de la comunidad.
CARISMA DE DlRECCION
La expresión utilizada por san Pablo y que hemos traducido por
"el que preside" tiene el significado base de "tener cuidado
de", pero entendido aquí referido a los que se encargan de
la responsabilidad general de la comunidad. Es la misma expresión
que encontramos en I Ts 5, 12: "Os rogamos, hermanos, que apreciéis
a esos de vosotros que trabajan duro, haciéndose cargo de vosotros
por el Señor y llamándoos al orden".
Estos responsables de la comunidad deben ponerse en relación con
los "episcopoi” de Flp 1, 1; 1Tm 3, 2; Tt 1, 17. Y son los
continuadores de ese ministerio de dirección de las comunidades
que en la Iglesia primitiva se realiza en primer lugar por los "apóstoles"
como autoridad máxima, y en cada comunidad concreta por los "profetas
y doctores" (Cf. Hch 13, 1). Esta nomenclatura antigua queda aún
reflejada en 1 Co 12, 28: "En el primer puesto los apóstoles,
en el segundo los profetas, en el tercero los doctores".
CARISMA DE ASISTENCIA
“ ‘El que ejerce la misericordia' podría ser el que
se ocupa, por medio de cuidados materiales, de los que tienen necesidad
(especialmente los enfermos, ancianos, peregrinos) en nombre de la Iglesia"
(1. SANCHEZ BOSCH, op. cit. p.70).
Seguramente hay que ponerlo también en relación con la beneficencia
o asistencia (antilémpseis) de 1 Co 12, 28.
CARISMAS DE SERVICIO. RESUMEN
Siguiendo la interpretación que estamos haciendo de este texto,
san Pablo nos presenta los distintos carismas de servicio distribuidos
en tres: un carisma de administración (el que da) destinado a la
administración de los bienes de la comunidad, un carisma de dirección
(el que preside) que es el responsable de la comunidad, y un carisma de
asistencia (el que ejerce la misericordia) para el cuidado de los necesitados.
Según esta interpretación que hemos hecho, los carismas
aparecen en este texto claramente como "los dones de trabajar al
servicio" de la comunidad en los distintos ministerios reconocidos
por la misma comunidad. Hay que notar que no se trata de "dones que
hacen idóneos a un puesto de servicio en la comunidad" (B.
YOCUM, Prophecy, Ann Arbor 1976, apend. II), sino del servicio en sí
mismo. San Pablo no distingue entre un ministerio y un don (carismático)
-para -poder-realizar -este-ministerio. Sino que, para él, el ministerio
es carisma, es decir, es el mismo ministerio que se realiza en
la manifestación de la gracia de Dios.
Tercer texto: Et: 4, 7-16
Por último vamos a acercarnos
al tercer texto fundamental en que san Pablo habla sobre los carismas,
aunque propiamente no aparezca aquí explícitamente el término.
Veamos la primera parte del texto:
"A cada uno de vosotros se
le ha dado la GRACIA según la medida del don de Cristo. Por eso
dice la Escritura: Subió a lo alto llevando cautivos y dio dones
a los hombres. El subió supone que había bajado a lo profundo
de la tierra; el que bajó es el mismo que subió por encima
de todos los cielos para llenar el universo. Y El ha constituido a unos,
apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros,
pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, para la
OBRA de SERVICIO, y para la edificación del cuerpo de Cristo,
hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento
del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud"
(vv. 7-13)
San Pablo se fija, de nuevo en esta "edificación
del cuerpo de Cristo" (cf. I Co 12, 7 "para el provecho común"),
e indica que todo cristiano ha recibido su forma de aportar (cf. I Co
12, 7 "cada uno ha recibido la manifestación del Espíritu").
Esta aportación de cada uno de los creyentes es gracia para la
obra de servicio (Cf. I Co 12, 4 "hay diversidad de carismas... de
servicios... de acciones ")
IMPORTANCIA DE LOS DIRIGENTES
De todos estos dones de trabajar al servicio de la construcción
de la comunidad, san Pablo enumera de nuevo aquí los que él
considera más importantes de cara al crecimiento en plenitud (cf.
1 Co 12, 28 "Y Dios ha distribuido en la Iglesia: en el primer puesto
los apóstoles, en el segundo los profetas, en el tercero los doctores").
No es fácil encontrar una explicación de la diferencia entre
la lista de I Co 12, 28 y la que encontramos aquí en Ef 4, 11.
En primer lugar comprobamos que la diferencia estriba en la inclusión
de los "evangelistas" y de los "pastores" entre la
pareja clásica de la iglesia primitiva "profetas y doctores"
(cf. Hch 13, 1). En segundo lugar hay que tener en cuenta, quizá
como base para una explicación, la distancia cronológica
que hay entre las dos cartas. La primera carta a los Corintios la escribió
san Pablo en Efeso hacia el año 56/57, mientras la carta a los
Efesios, según algunos comentaristas habría sido escrita
en Roma hacia el año 63 y según otros sería un escrito
de algún discípulo hacia finales del siglo I.
Nosotros pensamos que el autor de la carta a los Efesios ha adaptado la
trilogia primitiva "apóstoles-profetas-doctores" a la
situación contemporánea de sus comunidades y a la nomenclatura
que en ellas se usaba. Se trata indudablemente de describir los responsables
de las comunidades, las personas que tienen una autoridad especial. La
función de los apóstoles y profetas es vista por el autor
de la carta sobre todo en su dimensión itinerante y por eso viene
adaptada a la situación de sus comunidades por la función
de los "evangelistas". Poca cosa sabemos sobre los "evangelistas";
es un término que encontramos aplicado a Felipe, uno de los siete
dirigentes helenistas, en Hch 21, 8: "Salimos al día siguiente
y nos hospedamos en su casa. Felipe tenía cuatro hijas solteras
con el don de profecía". Quizá también a esta
labor de predicación itinerante de la Palabra se refiere la exhortación
de san Pablo a Timoteo: "Cumple tu tarea de evangelizador, desempeña
tu servicio" (II Tm 4, 5).
Frente a esta labor itinerante el autor de la carta a los Efesios señala
también la labor de dirección estable de una comunidad local.
Esta la expresa mediante el binomio "pastores y doctores". Escribe
J. Huby: "Los pastores y doctores se nombran juntos
porque, según parece, consagraban su actividad - rasgo común
a los dos grupos- a una Iglesia determinada: y por ello, dice Teodoreto,
son colocados después de los evangelistas, que eran misioneros.
Del hecho de que ambos títulos, pastores y doctores, estén
unidos estrechamente, no hay que concluir su identidad. Si normalmente,
como observaba san Jerónimo, el pastor que gobernaba una Iglesia
debía ser capaz de instruirla y por consiguiente de ejercer el
papel de doctor, podía haber también maestros que no hacían
de jefes de comunidades cristianas" (Cartas de la cautividad, Madrid
1963, pp.181-182).
HACIA EL VERDADERO CRECIMIENTO
San Pablo resalta, por lo tanto en este texto, la acción del Espíritu
Santo a través de los ministerios principales de la comunidad.
Una visión carismática distinta que ésta mantiene
a la gente en una situación de infantilismo, sin un verdadero crecimiento
espiritual, sin un descubrimiento profundo de lo que es Cristo, sembrando
la división y no la construcción de la comunidad.
Por eso el autor de la carta después
de señalar los dones principales para esta construcción
de la comunidad, fijándose de un modo especial en los "pastores
y doctores", indica que éste es el don que Cristo ha derramado
"para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados
al retortero por todo viento de doctrina, en la trampa de los hombres,
que con astucia conduce al error; sino que, realizando la verdad en el
amor, hagamos crecer todas las cosas hacia El, que es la cabeza: Cristo,
del cual todo el cuerpo, bien ajustado y unido a través de todo
el complejo de junturas que lo nutren, actuando a la medida de cada parte,
se procura el crecimiento del cuerpo, para construcción de sí
mismo en el amor" (vv. 14-16).
La descripción de una falsa concepción carismática
es muy realista. Una consideración de los carismas como "fenómenos
extraordinarios" es una mentalidad de "niños" que
lleva a toda clase de desviaciones y que pone a la gente en manos del
primero que pasa o que dice algo exaltado ("sacudidos por las olas
y llevados al retortero por todo viento de doctrina"), cuando, en
realidad, estas personas que sostienen estas visiones exaltadas no son
más que personas que intentan tener poder sobre otras ("en
la trampa de los hombres") y que seducen desviando del verdadero
camino de Cristo ("con astucia conducen al error") .
NOTAS.
(1) “El cristiano sincero que dice
simplemente: Jesús es el Señor (confesión resumida
de todo el cristianismo), está ya bajo la influencia del verdadero
Espíritu Santo" (E.M. ALLO, Premiere epitre aux Corinthiens,
P. 322).
(2) Se han dado otras muchas interpretaciones
de lo que significa aquí "fe": 1) "una supereminente
certeza de fe, que hace al hombre capaz de instruir a otros en las cosas
que pertenecen a la fe" (Sto. Tomás de Aquino, ST 1-2, q.
111, a. 4, ad. 2); 2) una fe que es capaz de trasladar montañas,
es decir, de hacer milagros; 3) una fe que ayuda a los demás a
mantenerse firmes en la fe. Todas estas explicaciones no tienen suficientemente
en cuenta el texto y parten del presupuesto que no se puede estar hablando
de la fe como gracia santificante. Pero, ¿qué hay que ayude
más a la construcción de la comunidad que el contemplar
la fe de los demás? Esta fe es llamada carisma por san Pablo no
en cuanto es un fenómeno extraordinario de unos pocos, sino en
cuanto se manifiesta y, al hacerse palpable, construye la comunidad.
(3) El denominar "palabra de ciencia
o de conocimiento" al anuncio de una curación que Dios está
realizando en ese momento, es una novedad que no hemos encontrado en ningún
escritor antiguo y que no tiene ningún fundamento bíblico.
(4) Este orden decreciente de "espectacularidad"
queda reflejado en el uso de las preposiciones en el texto griego: "la
primera (dia) significa la acción directa y exclusiva del Espíritu
Santo, que forma él mismo los pensamientos en la inteligencia del
hombre espiritual que pronuncia los discursos de sabiduría; mientras
que la preposición kata indica la conformación a las inspiraciones
divinas de los pensamientos producidos por el intelecto humano como causa
propia; es siempre el Espíritu que obra, pero su función
aquí no es más que directora" (E. M. ALLO, op. cit.,
p. 325).
(5) El texto griego habla de "energemata
dynameon (o dynameos, según algunos códices)", lo que
viene traducido ordinariamente por "operación de milagros".
Es cierto que la expresión dynamis (fuerza, poder, posibilidad)
empleada en plural puede significar las fuerzas milagrosas, es decir,
los milagros, pero nos parece que no es éste el significado que
tiene aquí. La "obra de la posibilidad" significa la
generosidad económica según las propias posibilidades. Varios
textos nos invitan a hacer esta interpretación. 1Co 16, 2•3:
"Los domingos poned aparte cada uno por vuestra cuenta lo que consigáis
ahorrar, para que, cuando yo vaya, no haya que andar entonces con colectas.
Cuando yo llegue daré cartas de presentación a los que vosotros
deis por buenos y los enviaré a Jerusalén con vuestra gracia
(charis)". Hch. 11, 26: "Los discípulos acordaron enviar
un servicio (diakonía), según los recursos de cada uno,
a los hermanos que vivían en Judea", 2 Co 8, 1-5a: "Queremos
que conozcáis, hermanos, la gracia (charis) que Dios ha dado a
las iglesias de Macedonia: En las pruebas y desgracias creció su
alegría; y su pobreza extrema se desbordó en un derroche
de generosidad. Con todas sus fuerzas (kata dynamin) y aun por encima
de sus fuerzas (para dynamin) -os lo aseguro- , con toda espontaneidad
e insistencia nos pidieron como una gracia (charis) que aceptara su servicio
(diakonia) en la colecta a favor de los santos, y dieron más de
lo que esperábamos".
(6) El texto griego dice "charismata hiamatón".
El genitivo puede ser entendido como especificativo ("carismas de
curaciones") o bien como epexegétivo ("carismas, que
son curaciones"). Nosotros nos inclinamos por esta segunda posibilidad,
por lo que se hablaría de una forma directa de las personas curadas
y no de las personas a través de las cuales otras quedan curadas.
Aunque, en el fondo, la curación es un don no solamente para la
persona curada, sino para toda la comunidad.
(7) Esta interpretación nos parece
que viene confirmada por el único texto no paulino que utiliza
el término "carisma": "Que cada uno, con el CARISMA
que ha recibido, se ponga al SERVICIO de los demás,
como buenos administradores de la múltiple GRACIA
de Dios. El que toma la palabra, que hable la Palabra de Dios. El que
se dedica al servicio, que lo haga en virtud del encargo recibido de Dios"
(1 P 4, 10-11).
(8) "La profecía está
íntimamente relacionada con 'consolación', como se ve por
ese pasaje de 1 Co 14, 3 y por un detalle en el que los autores no han
reparado: que al levita Barnaba se le llama en Hch 4, 36 hyos parakléseos,
'hijo de la consolación', significando literalmente su nombre 'hijo
de la profecía', 'bar nabu'. Sólo identificando profecía
con 'consolación', puede Barnaba, 'hijo de la profecía',
significar 'hijo de la consolación'" (A, DIAZ-MACHO, La Iglesia
Primitiva fue carismática, en El Olivo (1977) 2, pp. 22-23,)
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