LA VERDADERA LIBERTAD CRISTIANA

¿QUE LIBERTAD NECESITAMOS?

No es fácil entender de qué se trata cuando se habla de libertad del Espíritu, libertad interior o liberación.

¿Cuándo se puede afirmar que una persona está espiritualmente liberada? ¿Significa que el que está lleno del Espíritu y por tanto, goza de una gran libertad interior, no tenga que someterse a la autoridad en la Iglesia, a las normas y orientaciones que el Pueblo de Dios recibe?

El Espíritu de Dios es siempre un Espíritu de orden y unidad.
La «gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21) es ante todo vida, unidad, orden.

La animación del espíritu debería ser la irradiación natural de cada cristiano que ha sido llamado a la libertad.

Esta libertad es a) una liberación interior de cuanto oprime y b) un caminar de acuerdo con la moción del Espíritu.

A) Liberación interior: Impresiona constatar la importancia que la Palabra de Dios concede a la libertad. Jesús, después de leer en la Sinagoga el texto de Isaías: « ... me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos ... y para dar la libertad a los oprimidos ... », afirma rotundamente: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy» (Lc 4,18-21).

Jesús ha precisado muy bien de qué esclavitud quiere liberar al hombre: muerte, pecado, tinieblas, ignorancia, enfermedad, la carne. La carne, según el lenguaje de Jesús y del Nuevo Testamento, no es lo mismo que el cuerpo. Es aquello que tanto en nuestro cuerpo, como en nuestra psique, sea pasión, deseo, sentimiento o inclinación, es contrario a la tendencia del espíritu.

A partir del bautismo, el cristianismo nacido del agua y del Espíritu, empieza a ser liberado: “la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte» (Rro 8,2), "para ser libres nos libertó Jesucristo» (Ga 5,1), “habéis sido llamados a la libertad, sólo que no toméis de esa libertad pre¬texto para la carne» (Ga 5,13).

Libertad resulta ser equivalente a la vida del Espíritu. La acción de Jesús, la presencia del Espíritu, es esencialmente una liberación no sólo en el hombre, sino hasta en la misma creación que también espera "ser liberada de la servidumbre de la corrup¬ción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21).

Falta de libertad supone oposición, rechazo del Espíritu. Podemos estar en el mismo engaño que los judíos cuando respondían a Jesús que les presentaba la verdad para ser libres: ?”... nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Os haréis libres?» (Jn 8,33). Todo lo que en nosotros no esté iluminado por la presencia de Jesús será zona de oscuridad, de miedo, de ignorancia, de concupiscencia, zona en la que de alguna manera sigue dominando «la ley del pecado».

Unas manifestaciones concretas de esta falta de libertad se pueden apreciar:
- En la esfera de nuestra vida espiritual: infidelidad constante, dureza de corazón, deformación de la conciencia, malos hábitos, formalismo y rutina, respeto humano, fariseísmo, etc.

- En nuestro psiquismo humano: desequilibrios emocionales o afectivos, deformaciones de carácter, estados de angustia o ansiedad, rasgos neuróticos, depresiones, timidez, miedo: cualquier tipo de afección que nos pueda aquejar, cualquier herida inveterada sin restañar, siempre serán un obstáculo que impida la fluidez de la vida del Espíritu hasta llegar a la plenitud a la que estamos llamados.

La "aspiración del Espíritu» (Rm 8,27), cuyas tendencias son «vida y paz» (Rm 8,6), es curar rápidamente en nosotros toda enfermedad espiritual, todo trauma psíquico, hasta hacernos respirar la verdadera libertad.

B) Libertad plena del Espíritu en nosotros: Si crecemos, si se dan en nosotros los frutos del Espíritu, si fluye espontáneamente la alabanza, si somos guiados por el Espíritu de Dios (Rm 8,14), si el «amor perfecto expulsa el temor» (1 Jn 4,18), entonces se da esa libertad del Espíritu en nosotros. Yendo a la raíz, podríamos resumirlo muy simplemente: si Jesús ocupa el centro de mi corazón, tengo la plena libertad interior. Así dicho parece muy sencillo, pero es la clave de todos los problemas espirituales que se nos puedan presentar.

Todos necesitamos la liberación interior de todas las fuerzas negativas que puedan operar en nosotros. Pero más que nada necesitamos llegar a alcanzar esta libertad que es el señorío de Jesús en nosotros, PORQUE EL SEÑOR ES EL ESPIRITU, Y DONDE ESTA EL ESPIRITU DEL SEÑOR, ALLI ESTA LA LIBERTAD (2 Co 3,17).

La fórmula de S. Pablo no puede ser más completa. Quizá sea la que mejor nos defina el problema de la libertad espiritual.
En los tres artículos que siguen. John Poole nos hace un planteamiento general de la libertad cristiana, haciéndonos ver cómo se manifiesta su urgencia y caminos para llegar a ella. Casanova, a través de un testimonio personal, nos relaciona la libertad con la verdad, con el amor y el perdón. Maxfield nos habla de la liberación y curación interior como punto de partida para llegar a la libertad.

Que cada uno de nosotros y cada grupo seamos «conducidos por el Espíritu» (Ga 5,18) porque «tiene deseos ardientes el Espíritu que Él ha hecho habitar en nosotros» (St 4,5). *

 

 

LA VERDADERA LIBERTAD CRISTIANA

Por JOHN POOLE

(Traducido y condensado de NEW COVENANT, octubre 1976, pág. 12-15)

A Dios le interesa todo lo que atañe al hombre. Él nos ama y envió a su Hijo para liberamos de nuestras opresiones del miedo, ambición, malos hábitos, ignorancia, racismo, materialismo, inseguridad, orgullo, celos.

Jesucristo, el liberador enviado por Dios, vino para enseñar al mundo a vivir en libertad.

Jesús prometió esta libertad a todos aquellos que estuvieran dispuestos a someterse a la voluntad del Padre, lo mismo que Él había hecho. «Si os mantenéis fieles a mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (1n 8,31-32).

Las Sagradas Escrituras ponen de manifiesto que los que creen en Jesús deben llegar a la libertad: «Para ser libres nos libertó», «porque, hermanos, habéis sido llamados a la libertad» (Ga 5,1 y 13).

Lo que se nos ofrece es la misma libertad de Jesús: «Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres» (1n 8,36).
Si todo esto es verdad, ¿por qué son tan pocos los cristianos que disfrutan de una verdadera libertad? ¿Por qué más bien parecemos aburridos, programados, temerosos, cerrados y superespirituales? No cabe duda que nos falta la plenitud de libertad que Cristo vino a traernos.



¿COMO HEMOS PERDIDO ESTA LIBERTAD?
CUATRO RAZONES IMPORTANTES

a) Falso concepto del cristianismo.
Un gran impedimento para esta libertad es nuestro modo de ver la vida cristiana. Muchos piensan en la Iglesia como si fuera un conjunto de ritos, jerarquías, edificaciones y servicios. Todos son elementos importantes para la obra de Dios, pero ninguno de ellos contiene la esencia del cristianismo, que es una forma de vida caracterizada por la libertad. El «seréis realmente libres» es algo que está en el núcleo del mensaje evangélico. Si no experimentamos una liberación de la tiranía del pecado, de nuestros egoísmos, culpas, miedos, hemos de reconocer que algo marcha mal en nosotros.

El cristianismo no consiste en hacer, sino en ser. No se reduce a cosas, sino a una persona, el Señor Jesús, que nos enseña a vivir en su libertad.

b) Falso concepto de la persona de Jesús. - Otro gran impedimento está en una inadecuada comprensión de la persona de Jesús. A veces hemos resaltado excesivamente la divinidad de Cristo y minimizado su humanidad. Pero Jesús fue también una persona humana que actuó en el mundo real de los hombres.

No fue el suyo un ambiente tan supe religioso como imaginamos. Sus relaciones fueron con toda clase de gentes y supo tratar con todos, desde la Samaritana hasta Nicodemo, y desde la prostituta local hasta Natanael, «en quien no había engaño». Nada de cerrado o aburrido se observaba en la vida de Jesús. Siempre se encontraba relajado y a gusto haciendo la voluntad del Padre y tratando con los hombres.

c) Falta de modelos de identificación. - Casi todos hemos echado de menos, a lo largo del desarrollo de nuestra vida, unos verdaderos modelos de personas libres con las que poder contrastar nuestra personalidad. Tantos hombres y mujeres que se casan sin haber conocido unos buenos padres y unas buenas madres, ¿cómo sabrán amar y cuidar de sus esposas e hijos?

Recordemos las personas que nos propusieron como modelos de cristia¬nos maduros. Más que por la verdadera libertad espiritual, se caracterizaban por unas actitudes religiosas determinadas: asistencia asidua a la iglesia, participación en todas las actividades religiosas, un estilo determinado de vestir, pero no irradiaban la libertad que hubiera atraído a otros a Jesús. No eran espiritualmente libres.

Esto mismo ocurre hoy cuando en un grupo se adopta un estilo fijo de orar, predicar, enseñar o un vocabulario peculiar. Si fueron válidos para los que inicialmente los adoptaron, no quiere decir que todos los tengan que asimilar años después. Cuando en un grupo todos hacen las mismas cosas de acuerdo con un estilo tradicional recibido no existe la verdadera libertad ni tampoco se expresa la gran variedad del Espíritu.

d) Dualismo en nuestras actividades. - No acertamos a comprender cómo Dios se interesa verdaderamente por todos los asuntos y actividades de sus hijos. Es frecuente el siguiente planteamiento: «esto es lo que dice relación con Dios y lo que a Él le interesa en mí: ir a los grupos de oración, orar, leer la Biblia, enseñar a los demás el camino del cielo; pero no tiene mucho que ver con Él todo esto de mi vida: hacer deporte, el descanso, la excursión, las vacaciones, los problemas de mi trabajo, el juguetear con los niños, etc.».

Semejante modo de pensar, no raro en grupos de cristianos, es totalmente equivocado. Dios no ha catalogado el cuadro de nuestras actividades en «cosas que me atañen» y «cosas que no me atañen», sino que se interesa por todo lo que hacemos.
He aquí el diagnóstico que nos puede servir de primer paso hacia la curación.

URGENCIA DE LA LIBERTAD CRISTIANA

1) En cuantos ejercen responsabilidad sobre otras personas:
Si se ejerce cualquier tipo de responsabilidad o de autoridad sin comprender la libertad cristiana no se puede ser eficaz servidor del Cuerpo de Cristo.

Libertad significa aprender a ser dirigido por el Espíritu Santo más que vivir continuamente atado por todo un sistema de convencionalismos y leyes. Sólo una persona libre puede decir: «Sí, esto es verdad en la mayoría de los casos, pero esta vez vamos a hacer una excepción». Un líder legalista, duro e inflexible no produce la alegría y la paz que caracterizan la vida en el Reino de Dios. Líderes cristianos que carecen de la libertad de los hijos de Dios reproducirán siempre su propia imagen en los demás y el resultado será unos creyentes legalistas con la rebelión como resultado final.

2) Liberar a las personas es la gran meta que nos hemos de proponer. A veces ponemos el énfasis en los criterios visibles del éxito: el crecimiento numérico, la organización de las reuniones, la eficacia de tal o cual programa.

Es fácil realizar una obra religiosa sin hacer hombres libres.
Los programas, los encuentros, la organización: todo esto es importante. Pero son más importantes las personas.

Nuestros grupos y comunidades tienen que hacer visible la libertad que vino a traernos Cristo Jesús y la ayuda mutua que nos prestamos para llegar a esta libertad ha de ser una meta importante. Hombres libres en Dios podrán realizar muchas más cosas por El y serán más felices haciéndolo que un grupo de personas asustadas, cerradas o súper cautelosas.

3) Un objetivo constante en la enseñanza. La enseñanza cristiana no es mera transmisión de hechos o conocimientos. No hemos de «investigar las Escrituras» (Jn 5,39) para acumular información, sino para hallar a Aquél de quien dan testimonio: Jesucristo, la Palabra viviente de Dios. Hallar al que fue completamente libre para amar a Dios y servir a los demás es encontrarnos con la perfecta libertad.

La Palabra de Dios se ha de enseñar de modo práctico, ya que todos tenemos unos hábitos particulares de defensa contra la libertad y espontaneidad, y estamos ciegos respecto a algunos aspectos de nuestra persona en los que no nos confiamos al Señor ni nos dejamos guiar por su Espíritu.

La instrucción y textos bíblicos que ofrecemos a nuestros grupos han de proyectar siempre luz sobre las cuestiones concretas, han de ayudar a los hombres a penetrar en sus propios problemas y sacar una nueva visión de su propia vida.


CAMINOS HACIA ESTA LIBERTAD

a) Por la honradez personal. - Nos asusta a veces expresar nuestros sentimientos sobre el grupo por miedo a parecer rebeldes o poco espirituales. Sin embargo esto es un aspecto vital del crecimiento en la libertad cristiana. Los servidores tienen una gran responsabilidad y deben ser personas lo bastante seguras de sí mismas para animar a hacer preguntas sobre la dirección del grupo y para alentar una atmósfera de aceptación y libertad.

b) Por la amistad. - Nada ayuda tanto para la libertad como la buena amistad personal. El apoyo y estímulo que percibimos de los amigos son ingredientes importantes en el crecimiento de la libertad. Ellos son los que mejor nos pueden hacer descubrir nuestros modos estereotipados de actuar y pensar que ahogan la vida del Espíritu. Con su ayuda veremos fallos que de otra manera pasaríamos por alto.

e) Por la sabiduría personal. - No hay grupo que pueda aprender a vivir en la libertad si sus dirigentes no ejercitan una dosis considerable de sabiduría en las cosas prácticas. Un ejemplo es la programación de los diversos actos. Nunca es bueno un programa demasiado apretado, hay que dejar espacios libres para lo informal, para cosas, “no espirituales», para el esparcimiento, para la convivencia y la comunicación.

«Verdaderamente libres”: esta es la promesa de Jesús. Jesús el libertador despierta en nosotros dones y capacidades únicas que dilatarán el Reino de Dios y manifestarán su libertad. Nos sentiremos tentados a considerarnos como personas asustadas, ansiosas, preocupadas por nuestras propias culpas. Pero la fe nos revela la verdad: somos un pueblo que ama, confiado, consciente de ser hijos de Dios que viven en el poder y en la libertad del Espíritu Santo. Para llegar a esta libertad hay que dejarse guiar paso a paso por el Padre, no es cuestión de seguir un manual. Supone sentirse cómodo en la presencia de Dios y en la presencia de los pecadores. Cuando lleguemos a ser «verdaderamente libres» empezaremos a ser un cuerpo único y peculiar de personas que trabajan juntos por el Reino de Dios. "

 


LIBRES PARA AMAR

Por MANUEL CASANOVA, S, J.

Hay palabras que tienen hoy un poder de captación especial. En todas las épocas las ha habido. Hoy somos muy sensibles a todo lo que nos habla de libertad, liberación, ser libres de injusticias, de opresión." No queremos ser esclavos de nada ni de nadie. Y nos damos más cuenta de ello porque en muchos países los hombres no son libres, se lucha por la libertad, se hacen manifestaciones en favor de la libertad...

Me he preguntado muchas veces ¿dónde está la libertad? ¿Dónde se encuentra hoy la libertad? Hace cinco años estas preguntas no me dejaban en paz allá en Bombay. Buscando una respuesta fui a un monasterio hindú, en el sur de la India, lejos de un ambiente tradicional católico. Pronto me di cuenta que no hay que buscar hacia afuera. De regreso a Bombay, un día fui invitado a ir a un grupo de oración de la R.C. Allí vi que la oración y la atención de todos estaba centrada en Jesús. Problemas y dificultades los había, y de muchas clases, pero eso no impedía que en la oración se mirase más a Jesús que a los problemas de cada uno. Más tarde descubrí un texto del evangelio de S. Juan: •... seréis mis discípulos, conoceréis la verdad... la verdad os hará libres... Si el Hijo os da la libertad seréis realmente libres!” (8, 31•32).

El secreto de la libertad de Jesús estaba en su verdad. Sabia que era el Hijo, aceptaba su relación de dependencia total con el Padre, vivía en una actitud de amor, gratitud, escucha constante del Padre y eso era su seguridad y su felicidad. Eso nadie se lo podía quitar. Nadie fue jamás tan LIBRE como JESUS!

LIBERTAD Y VERDAD

Nuestra falta de libertad muchas veces está en relación con nuestra falta de verdad. No podemos encontrar nuestra verdad lejos de Dios. Esa falta de verdad puede manifestarse de varias maneras. Aquí veremos dos.

Una es la falta de aceptación propia. Si yo fuera de otra manera, sí no tuviera este carácter, si mi físico no fuera así, si hubiera estudiado más, si tuviera más dínero, si mis padres ... Muchas veces se traduce en una insatisfacción constante de la situación actual de uno, en un querer aparentar lo que uno no es. Vivir hacia fuera, vivir el personaje que me he creado o lo que yo creo que los demás creen que soy. Y en el fondo hay un gran miedo a que me conozcan tal como soy de verdad.

Sólo la verdad puede hacerte libre. Y la verdad es que Dios te ama tal como eres, con tu pasado y tu presente, con tus limitaciones, con tus defectos y tus pecados. Él no te pide que seas perfecto, ni de otra manera para poder amarte. .. Dios -dice S. Pablo- rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando nosotros muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo, por gracia habéis sido salvados. (Ef 2,4-5).

El Hijo nos hace libres enviándonos el Espíritu Santo. Es el Espíritu del Padre y del Hijo que clama en nuestro interior:
Abba, Padre! Ya no eres esclavo sino hijo (Gal 4,6-7).

Esta es la experiencia cristiana que muchos hemos encontrado en la R.C., revivir el nuevo nacimiento de nuestro bautismo, sabernos hijos ante Dios, amados por el Padre. Es una alegría nueva que brota de dentro. ¡Los ríos de agua viva...!

LIBERTAD Y PERDON

La falta de libertad y de verdad puede manifestarse también en la falta de perdón. Al convivir unos con otros es inevitable que haya roces, ofensas, heridas. Y tendremos que perdonarnos y pedirnos perdón no sólo siete, sino setenta veces siete.

Evan Roberts, líder de una renovación en Gales por el año 1900, solía preguntar a la gente: .. ¿Cuándo pediste perdón, la última vez? Watchman Nee también solía decir: ¿Has pedido perdón recientemente?. Medía la sensibilidad al Espíritu por la disponibilidad al perdón.

¿Qué es perdonar? Perdonar es limpiar el historial de la persona que te ofendió; es dejar en manos de Dios toda responsabilidad de castigo; es decir: “no tengo ningún derecho a guardar resentimiento, ningún derecho al castigo de aquella persona". Perdonar es decir: “esa persona necesita más amor, más comprensión, más oración que nunca”; es decir de verdad: “ahora puedo tratar a este hermano como antes, puedo recibirle y amarle libremente”.

Dios nos ama como hijos, y todos nuestros pecados no son un obstáculo a su amor. Pero ese amor no puede llegar a nosotros si nos cerramos a Él por la falta de perdón. Jesús termina la parábola de los deudores en Mt 18,23 con estas palabras: “Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano”.

Cerrarse al perdón es falta de verdad porque no miro al otro ni a mi mismo delante de Dios. Es negarse a querer ser discípulo de Jesús (Lc 6.36-38). Es el discípulo de Jesús el que conoce la verdad y la verdad le hace libre (.In 8.31-32).

En cambio al perdonar, sabrás lo que es la liberación, libre de resentimiento, libre de amargura, libre para abrirte a Dios y a los demás: ¡libre para amar!

Es esta también una experiencia de muchas personas en la R.C. que por la fuerza del Espíritu Santo han sido liberados de algún odio, rencor o resentimiento. Es una gracia de curación interior que Dios se complace en comunicar a través del sacramento de la penitencia o reconciliación y de la intercesión de los hermanos.

San Pablo insiste repetidas veces: “Habéis sido llamados a la libertad; sólo que no toméis de esa libertad pretexto para la carne, antes al contrario servíos por amor los unos a los otros”. (Ga 5.13).

Fue en diciembre de 1972, en una reunión de oración en Bombay, donde comprendí que la libertad interior es un don del Espíritu. Fue a través de las palabras de un canto: “Nacidos del Espíritu somos hijos, hijos libres; libres para amar a nuestro hermano y cómo apreciamos nuestra libertad!• (Born of the Spirit we are children who are free, free to choose to lave our brother, and we lave our liberty! ).
Ser libres para amar y en el amor seguir siendo libres, porque hemos renacido del Espíritu. Y el que es libre puede trabajar y luchar por la libertad. •

HACIA LA LIBERTAD POR LA CURACION INTERIOR

Por LEON MAXFIELD. M. S.

Cada día son más numerosos los casos de personas afectadas por problemas psíquicos o morales que les impiden llegar al amor a Dios, a los demás y a sí mismos como Jesús nos exige.

Si el sacramento de la reconciliación, por lo que implica de arrepentimiento, de toma de conciencia y penitencia, es en sí una sanación, no apreciamos mucho sus efectos en aquellas personas que sufren depresión, escrúpulos, desarreglos emocionales, y menos aun en las que se sienten incapaces de liberarse del hábito de la masturbación, homosexualismo, alcoholismo, drogas, etc.

Frecuentemente manifiestan que no pueden amar a Dios y a los demás tal como Jesús pide en el Evangelio, y hasta se odian a sí mismos.

Nuestra respuesta suele ser que tengan fe y esperanza, que sigan luchando. Pero bastantes han perdido la fe y la esperanza, y han renunciado a toda lucha. A veces les enviamos a un buen psiquiatra y hacemos bien en ello, pues Dios también quiere curar a través de los hombres y de la medicina, pero el psiquiatra es caro y suele tener una sobrecarga de pacientes. Personalmente, como sacerdote, me he sentido ineficaz en muchos de estos casos. Entonces me ha asaltado la idea de San Pablo: “ No hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero ... advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros”. (Rm 7, 19 Y 23).

Pero después de exponer este tremendo problema, S. Pablo se pregunta: “¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?” Y contesta: "Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!" (Rm 7,24-25). Y Jesús había dicho: .Todo es posible para quien cree. (Mc 9.23]. “Sin Mí no podéis hacer nada”. (.In 15.5).

Cuando Jesús exclamaba “Sin Mi no podéis hacer nada" estaba explicando la figura de la vid y los sarmientos para hacernos ver cómo todos somos miembros de Él y también los unos de los otros. Esto nos hace ver cómo los enfermos a que hemos aludido necesitan toda nuestra fe y esperanza, toda nuestra oración para suplir la que a ellos les falta.

Antes de aceptar la Renovación Carismática yo intentaba ayudar a mi manera en casos como estos en los que descubría la necesidad de una curación interior. Tenía mis dudas sobre los resultados de que había oído hablar en la misma Renovación, hasta que oí a hombres como el P. Francis McNutt, O.P. y el P. Michael Scanlan, T.O.R. hablar por propia experiencia cómo el Señor cura a personas con este tipo de problemas que les impiden amar a Dios, a los demás y a si mismos con un sano y equilibrado amor.

Estoy personalmente convencido que Jesús quiere curar también toda clase de problemas psíquicos y emocionales que podamos padecer. Digo «quiere", porque seguramente el lector no dudará de su poder para sanarlos. Es importante persuadimos de su deseo de hacerla: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados y yo os daré descanso” (Mt 11,28). Y que de nosotros, sus sarmientos que llevan la misma vida y el poder de su Espíritu, pide una cooperación. Si es verdad que sin Él no podemos nada, es también cierto que con Él lo podemos todo: “El que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún" (J 13.12). Hay que tomar en serio esta palabra del Señor.

En los tres años que llevo de participación en la Renovación Carismática he visto muchas más maravillas de curación interior que todo lo que había visto en mis anteriores diez y nueve años de sacerdocio. Personas liberadas de la depresión con tanta rapidez que no se podía dudar era por el poder del Espíritu del Señor; personas liberadas de malos recuerdos, de miedos, de malos hábitos: lo mismo que es variada la gama de problemas, así lo es también la de las cura¬ciones y liberaciones Internas.

Ojala pudiera convencer a muchos cristianos y a muchos hermanos en el sacerdocio de lo que es la curación interior y de lo que es la oración confiada con la imposición de manos tal como Jesús practicó. Por otra parte el Nuevo Ritual de la Penitencia ha actualizado la Imposición de manos en la confesión. La oración en lenguas es de una ayuda considerable.

Desde luego siempre se requiere prudencia y discernimiento y una gran fe tanto en el penitente como en el confesor, así como no menos caridad y compasión.

ORANDO POR LA CURACION INTERIOR

Orar por una curación interior no es más que pedir al Señor que haga presente el pasado de esta persona y que cure las heridas que causaron y siguen causando su problema y que llene con su amor el vacío que estas heridas han dejado.
No es cuestión de fe en sí mismo, sino de una gran fe en Jesús, esa fe que adquirimos recordando sus palabras y promesas, y de un gran amor compasivo al hermano por el que oramos.

No debemos exigirle más fe de la que es capaz de tener. Por sus problemas o depresiones quizá haya perdido casi toda la fe

El que ora ponga una gran fe en Jesús, ternura y compasión ante el hermano, paciencia, saber escuchar, discreción, sentido común. Hace falta disponer de tiempo. Esta oración puede hacerse, bien dentro del marco de la reconciliación personal, o bien acompañada de otras personas con cierta iniciación en la plegaria de curación.

Conviene buscar la raíz del problema: cuándo empezó, cómo, qué recuerda de la niñez, si fue rechazado o herido por alguien o por algo. Si el paciente no lo recuerda, se pide al Señor que traiga a su memoria los momentos dolorosos del pasado y que cure las heridas. Es importante ayudar a la persona a imaginar su pasado como presente y pedir a Jesús que lo que falló en el pasado de nuestro hermano lo supla ahora con el Amor del Padre.

A medida que el problema se va revelando hay que pedir al Señor que llene el hueco con su paz y amor, quitando los malos efectos de la herida.

Si el problema es grave y profundo, se necesita mucho más tiempo para escuchar al hermano y para orar después, como antes hemos dicho. Se puede pedir también la efusión del Espíritu Santo.

Si nos parece que no se llega al resultado, puede ser porque no se ha dado todo el arrepentimiento necesario. Si no se perdona totalmente a los demás no se puede llegar a la sanación interior. O quizá no se haya llegado al fondo del problema o que el problema sea más grave de lo que parecía. No hay que descartar la ayuda del psiquiatra.

La curación es progresiva y en muchos casos serán necesarias varias sesiones de oración.