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El Señor Resucitado se hace presente y opera entre nosotros por la acción de su Espíritu, «porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad» (2 Co 3,17). El cristiano, felizmente, no tiene otra alternativa más que vivir del Espíritu. Jesús nos lo ha querido dar todo enviándonos al Paráclito «de junto al Padre» (Jn 15,26):
Esta es la perspectiva que Jesús nos presenta del plan divino. En contra puede haber por parte nuestra dos tendencias equivocadas: 1ª: Actitud de ignorancia
del Don del Espíritu: Lo que se ignora difícilmente se
ama ni se desea. Desconocer “la Promesa del Padre» (Hch 1,4)
es quedarse fuera de la fiesta, en la antesala de la vida divina a la
que estamos llamados a compartir. No escuchar la voz del Espíritu es una grave responsabilidad, porque «tiene deseos ardientes el Espíritu que Él ha hecho habitar en nosotros» (Sí 4,5). Esto ocurre cuando no se saben «discernir las señales de los tiempos» (Mt 16,3), aquello que el Espíritu pide y sugiere a través de muchos y variados signos en cada época, o cuando se confía más en los medios humanos y técnicos que en los divinos en lo que se refiere a la obra de evangelización y ministerio (Le 10,2-12; 9,1-6). En los planes de catequesis y educación de la fe, en las actividades de gobierno del pueblo de Dios, en la organización de las comunidades y familias cristianas puede haber muchas y variadas formas de pecar contra el Espíritu. Por esto se echa de menos en numerosas obras cristianas la fuerza del testimonio: no se aprecia un signo convincente del Reino de los cielos, ni se percibe la luz encendida que ha de brillar para que los hombres «glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). “EI testimonio de Jesús es el espíritu de profecía” (Ap 19,10), nos dice la Palabra de Dios. Es necesario que todo sea recreado y renovado por un hálito pneumático, que todo sea «bautizado» en Espíritu Santo. Es necesario que descubramos y apreciemos
más los dones, poderes y carismas que el Señor nos ha conferido,
que no enterremos tantos talentos (Mt 25,24-30), y que produzcan fruto
para la gloria del Padre (Jn 15,8). 2ª. Otra actitud en contra del plan divino es todo lo que de alguna manera implica el querer manipular nosotros el Espíritu del Señor. Sus manifestaciones más frecuentes son el abusar de los dones, no poniéndolos al servicio de la comunidad, y el actuar como si uno monopolizara al Espíritu, es decir, como si a él sólo manifestara el Señor lo que se debe hacer y no hablara también a la comunidad y a través de ella (1 Co 14,36). Es una postura iluminista que conlleva la presunción de estimarse “más de lo que conviene» (Rm 12,3) y no «siervos inútiles» (Le 17,10), o sea, cierta soberbia espiritual de la que es difícil salir por la seguridad y obcecación en que uno se encuentra. Una variante de esta actitud es la minusvaloración de los dones naturales, del esfuerzo y trabajo personal, con la excusa de que el Señor lo hará. Toda desviación y exageración, que en un extremo supone negar al Espíritu, contando más con nuestros propios medios humanos, y en el otro, creer que está a merced de nuestra forma de entender a Dios, denota un intento, al menos inconsciente, de querer apropiarse la gloria de Dios, que no a nosotros sino a su nombre se debe (Sal 115,1; Is 42,8; 48,11). El Señor lo prometió y ahora derrama sobre nosotros su Espíritu para hacer de todos uno, su propio Cuerpo, de forma que siendo miembros los unos de los otros, con vida y frutos abundantes, vivamos en la docilidad y en el sometimiento, en el discernimiento comunitario. Actitud de apertura constante al Espíritu, de anhelo del don de Dios, de sentir humildemente la propia insuficiencia y pequeñez ante el Padre de las luces de donde procede «toda dádiva y todo don perfecto” (St 1,17). Porque Dios no cambia las leyes de la historia de la salvación: «da su gracia a los humildes” (St 4,6) y colma «a los hambrientos de bienes» (Lc 1,53). DlMENSION PROFETICA DEL PUEBLO DE DIOS Por LUIS MARTIN El Antiguo Testamento es una preparación, pero también figura y anuncio del Nuevo Testamento. En la multitud de personajes y sucesos que lo protagonizan descubrimos unas líneas de convergencia: todo anuncia el designio de salvación que se llegó a concretar y cumplir en una sola realidad: Jesucristo. Todo el Antiguo Testamento es una profecía
del Nuevo Testamento. Moisés, vidente privilegiado de la gloria de Dios, “a quien Yahvé trataba cara a cara”, y profeta como después “no ha vuelto a surgir en Israel" (Dt 34,10), llegó a sentir un gran anhelo por todo su pueblo: “¡Quién me diera que todo el Pueblo de Yahvé profetizara porque Yahvé les daba su Espíritu!” (Nm 11,26-29). Joel, siglos más tarde, contempló en visión la realización de este sueño y predijo la efusión universal del Espíritu: “Derramaré mi Espíritu sobre toda carne... y Yo sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu” (JI 3,1-6). Tal habría de ser el acontecimiento de Pentecostés, con el que se inaugura también una época de conocimiento universal de Dios dentro del Nuevo Israel, conforme anunciara Jeremías: “Ya no tendrán que adoctrinar más el uno a su prójimo y el otro a su hermano, diciendo: “¡Conoced a Yahvé”, pues todos ellos me conocerán del más chico al más grande ...” (Jr 31,34). San Juan en su primera epístola nos aclara esta clase de conocimiento: “La unción que de Él habéis recibido permanece en vosotros y no necesitáis que nadie os enseñe. Porque como su unción os enseña acerca de todas las cosas –y es verdadera y no mentirosa-, según os enseñó, permaneced en Él” (1 Jn 2,27). Sin duda que es un conocimiento, no puramente intelectual, sino, más bien, de experiencia de alguien, del mismo Dios, con el que cada miembro del Nuevo Israel puede tratar y hablar, en “libre acceso al Padre en un mismo Espíritu” (Ef 2,18), por lo que ahora todos “con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor” (2 Co 3,18). Esto nos da la clave para comprender cómo a partir de Pentecostés comienza otra realidad característica del Pueblo de Dios, anunciada también por Joel: “y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas... y sobre mis siervos y siervas derramaré mi Espíritu y profetizarán” (JI 3,1-6; Hch 2,17-21). Es el profetismo universal que ha venido a realizarse tal como soñara un día Moisés. Es la participación universal del Espíritu del Mesías glorificado que, “exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís” (Hch 2,33). Todos pueden ahora profetizar en el Pueblo
de la Nueva Alianza. LA PROFECIA EN LA IGLESIA APOSTOLICA
En el seno de las comunidades se reconocía su competencia y relevancia, y enseguida se vio cómo en el ejercicio profético, ya en un sentido más estricto, sólo ciertos miembros eran llamados por el Espíritu y, en consecuencia, reconocidos y aceptados como profetas por la comunidad. Según San Pablo la profecía es un carisma que debe ser deseado: “por tanto, hermanos, aspirad al don de la profecía” (1 Co 14,19), “no extingáis el Espíritu; ni despreciéis la profecía: examinadlo todo y quedaos con lo bueno” (1 Ts 5,1921), porque la profecía es para la edificación de la Iglesia. Los profetas comunicaban la palabra viva de la revelación, el plan divino de salvación del mundo y de la comunidad, la voluntad de Dios en la vida concreta de cada cristiano, como en el envío de Pablo y Bernabé (Hch 13,2). Ellos exhortaban de manera especial a los perezosos y cansados, y consolaban a los tristes (1 Co 14.31: Hch 15,32) o ponían de manifiesto la malicia oculta del hombre (1 Co 14,25). Según la clasificación que nos da San Pablo, los profetas ocupan un lugar importante en la Iglesia Apostólica: después de los Apóstoles y antes de los Doctores o Maestros. Inmediatamente después de los Apóstoles, que poseían la plenitud del carisma y un poder total sobre las comunidades tal como el Señor les confiriera, vienen los profetas y doctores, como los más directamente ligados con aquéllos, y porque las comunidades eran edificadas y sostenidas por ellos de manera especial (Ef 2.20). Este era el fin de todos los dones del Espíritu, por lo cual se llevaron la preferencia entre los demás carismáticos. Muy pronto se vio el peligro de los falsos profetas, de aquellos que sin razón afirmaban poseer el Espíritu presentando como mensaje del Señor lo que no era. Surgen enseguida las primeras reglas del discernimiento y el carisma del discernimiento (1 Co 1210). Lo mismo que ocurriera en el Antiguo Testamento, los profetas destacaban por su asiduidad a la oración, y por su trato frecuente y profundo con el Señor. Profecía y oración, si no fueron dones idénticos, estaban íntimamente unidos. DEBILITAMIENTO DE LA PROFECIA
Generalmente se aducen dos causas para explicar este fenómeno: 1) la lucha contra los falsos profetas, principalmente aquellos que surgen entre los gnósticos, y la reacción contra el Montanismo. Esto provocó una desconfianza general y hasta un rechazo del profetismo. 2) El progreso de la institucionalización de la Iglesia, que dio pie a un debilitamiento de las fuerzas carismáticas. Historiadores y teólogos opinan que la desaparición del profetismo fue una pérdida grave para la Iglesia y que, en cierta manera, favoreció una acentuación excesiva de los elementos institucionales y del ministerio oficial. La consecuencia fue que los carismas se desarrollaron en ciertos momentos fuera de los circulas oficiales y hasta en las áreas periféricas del cristianismo, como las sectas, por ejemplo. Sin embargo, la manifestación de
los dones del Espíritu pertenece a la esencia de la vida de la
Iglesia que es carismática por naturaleza. Podemos afirmar que
a lo largo de la historia de la Iglesia cada movimiento de reforma y renovación,
cada santo que apareció, fue una manifestación del carisma
y de la profecía, y que en cada época el Espíritu
ha soplado en formas y expresiones muy variadas. Si antes se consideraba el profetismo en la Iglesia como función ministerial o propia del magisterio jerárquico, ahora se reconoce su ejercicio comunitario como actividad común a todos los fieles: ”Cristo, el gran Profeta, que proclamó el reino del Padre con el testimonio de la vida y con el poder de la palabra, cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria, no sólo a través de la Jerarquía, que enseña en su nombre y con su poder, sino también por medio de los laicos, a quienes, consiguientemente, constituye en testigos y les dota del sentido de fe y de la gracia de la palabra (Cf.: Hch 2,17-18: Ap 19.10), para que la virtud del Evangelio brille en la vida diaria, familiar y social” (LG, nº35). Al mismo tiempo que saludamos con gozo este gran progreso en el magisterio eclesiástico respecto a la participación de los laicos en el ministerio profético de Cristo y en general en todos los dones del Espíritu, constatamos cómo dentro de toda la Iglesia, aun en las esferas donde no ha penetrado todavía la Renovación Carismática, se siente una gran necesidad del don profético. Son las personas proféticas las que más nos ayudan a mantener vivo el Espíritu en la Iglesia (1 Ts 5.19) y a que las comunidades cristianas sean signo visible de unidad, paz y amor. No hay posibilidad de reforma y renovación
en la Iglesia sin profetismo. Si los apóstoles y los profetas fueron el fundamento de la Iglesia apostólica, ¿no será esto mismo válido para nuestra época? . JUAN MANUEL MARTIN MORENO, S. J ”Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio de su Hijo” (Hb 1,1-2). La Renovación Carismática en la Iglesia ha venido a restaurar una imagen más completa del Cuerpo de Cristo que es su Iglesia, a devolverle el brillo y los colores a ese hermoso cuadro que por el paso del tiempo podría quedar un tanto empolvado. El carisma profético, tanto en el enfoque y atención que le presta la teología como en lo que ha de suponer de experiencia en el seno de cada comunidad cristiana, es uno de los aspectos que más necesita de esta restauración. La profecía nos hace presente una gran verdad que siempre hemos de tener en cuenta: Dios habla. Nuestro Dios no es un dios muerto, ni un dios mudo, como los de los gentiles que “tienen boca y no hablan” (Sal 115,5). Nuestro Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es Comunión de sí mismo. El carisma profético viene a recordarnos que Dios ha hablado por medio de su Hijo. Él es la Palabra del Padre. Desde este punto de vista, su Palabra ya está completa. La Revelación ya terminó, y no cabe esperar nuevas revelaciones, nuevas palabras. Pero sí que es necesario actualizar cada día, a los oídos de las distintas generaciones, esta Palabra que es Jesús: hay que modularla de nuevo para cada hombre en cada circunstancia concreta. He aquí la tarea del carisma de la profecía: modular para cada generación, para cada circunstancia, para cada hombre, esa Palabra del Padre que es Jesús. RENOVACION DEL CARISMA DE PROFECIA
Los grandes reformadores de la Iglesia, los maestros de espiritualidad, los fundadores de órdenes religiosas han sido verdaderos profetas. Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, la devoción al Corazón de Jesús como reacción al moralismo jansenista, la espiritualidad de la infancia de Santa Teresita no son sino diversas manifestaciones del carisma de profecía que Dios envía para el rejuvenecimiento de la Iglesia. Una de las grandes contribuciones de la R.C. ha sido volver a usar el nombre bíblico de “profecía” para designar esa realidad viva de la Iglesia que antes se consideraban como revelaciones privadas, corrientes de espiritualidad, etc. Hoy podemos considerar profetas de la Iglesia a Santa Margarita María, a Carlos de Foucauld, Helder Cámara, Juan XXIII, la madre Teresa de Calcuta. Y es interesante notar cómo este carisma profético no coincide necesariamente con el jerárquico. En numerosas ocasiones de la vida de la Iglesia la palabra ardiente del Señor no ha llegado a través de la Jerarquía, sino por medio de personas muy sencillas, como una Bernardita Soubirous o un hermano Carlos de Foucauld. La Jerarquía ejercerá su propio carisma de discernimiento, pero el carisma profético no es exclusivo de la jerarquía. Otra de las grandes contribuciones de la R.C. a la renovación de la profecía es el haber llamado la atención sobre el hecho de que este carisma es mucho más común y frecuente de lo que tradicionalmente se pensaba. El Cardenal Suenens habló de la democratización de los carismas, en el sentido de que no son algo reservado para espíritus muy selectos, como los que antes hemos mencionado, sino carismas “normales" que habitualmente deben darse en todas las comunidades cristianas. Por supuesto que no todas las intervenciones proféticas tienen la misma trascendencia ni el mismo alcance para la construcción de la Iglesia. Hay palabras proféticas, como la de Carlos de Foucauld, por ejemplo, que han revolucionado la Iglesia y han renovado hasta los mismos cimientos de la concepción de la vida consagrada. Pero también es profecía la palabra pronunciada en un pequeño grupo de oración, que no tiene más trascendencia que traer un poco de consuelo a una persona que está sufriendo una gran angustia. O la palabra de un simple laico que con temblor pide audiencia a su obispo para presentarle sus temores sobre algún error que se está cometiendo en el gobierno de la diócesis. La transcendencia de los tres casos mencionados es muy diversa, pero en todos ellos nos encontramos con el ejercicio de un mismo carisma: la profecía, que no es más que hablar en nombre de Dios y comunicar su mensaje con poder. A veces se desconfía de los profetas y de sus denuncias. Se teme la intromisión de los “no iniciados” en la dirección de la Iglesia. O por temor a los falsos profetas se llega a eliminar la profecía de las comunidades. Semejante actitud es como si se impidiera aprender a leer a los niños para evitar que lleguen a leer libros malos. Ya en el siglo IIII se quejaba San Ireneo de esta actitud: “Desgraciados aquellos que para evitar falsos profetas rechazan el carisma de la profecía. Actúan como quien se apartase de la comunión con sus hermanos para evitar el riesgo de caer en la hipocresía” (Adversus Haereses III, 11,9). Es olvidar la recomendación de San Pablo: "No extingáis el Espíritu; no despreciéis la profecía” (1 Ts 5,19-20). EL LENGUAJE DE LA PROFECIA El mensaje profético de Dios a
veces ni siquiera viene dado en palabras. ¡Cuántos han comprendido el amor que Díos les tiene al recibir el abrazo de paz de un hermano! Este abrazo ha sido profético. Basta recordar que los profetas de Israel profetizaban también con el gesto y la palabra. Otras veces nos puede llegar la profecía a través de la música, o en visión o en sueño. San Pablo nos habla de “cánticos inspirados” (Col 3,16). El ministerio de la música deben ejercerlo personas que tengan cierto carisma. El escoger determinado canto en cierto momento de la oración puede significar un claro mensaje de Dios para la comunidad o para alguno de sus miembros. La canción inspirada que se improvisa en ciertos momentos de la oración puede llegar a convertir un corazón, como fue para San Agustín aquel niño que cantaba el "toma y lee”. El destinatario de la profecía puede ser toda la Iglesia, como en el caso de Juan XXIII, o una comunidad concreta, como en el caso de las Iglesias del Apocalipsis. Otras veces se trata de un mensaje recibido para una persona concreta, como el que recibió Ananías para transmitir a Pablo que acaba de convertirse (Hch 9,1016), o el que llegó a Pedro en una visión para Cornelio (Hch 10,1-43). A veces la profecía puede ser para un miembro concreto de la comunidad, pero el que la recibe no sabe para quién es. En algunas ocasiones hemos experimentado cómo después de una profecía se ha levantado un hermano y se ha identificado diciendo: "Esas palabras eran para mi”. DISTINTAS FUNCIONES DE LA PROFECIA
En todos los libros de los Profetas podemos distinguir dos partes: una, de denuncias y amenazas, y otra, de promesas y exhortaciones. Corresponden a las dos partes de la función profética: destruir y construir. Un profeta puede pecar o por sólo comunicar mensajes agradables (Cfr.: 1 R 22,5•38), o por no anunciar más que mensajes condenatorios, denuncias amargas, planteamientos pesimistas. Quizá algunos sectores de la Iglesia de hoy se han limitado a la denuncia profética amarga y aun les falta por escribir el libro de la consolación: “Consolad, consolad a mi pueblo, dice el Señor” (Is 40,1). a) Revelación Quizá nos revele la profecía el sentido de algún episodio de nuestra vida que nunca habíamos llegado a comprender, llevándonos así a un mayor conocimiento de nosotros mismos. Ejemplos de profecías revelatorias los hallamos por doquier en la Escritura. Simeón descifra a María el sentido de su vocación de madre de Jesús y el destino más universal de ese niño que toma en sus brazos. Jesús desvela a la Samaritana lo más profundo de su vida, y ella tiene que proclamar: “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho” (Jn 4,29). A este tipo de profecía se refiere Pablo cuando dice: “Si todos profetizan y entra un infiel o no iniciado... los secretos de su corazón quedarán al descubierto, y postrado rostro en tierra adorará a Dios, confesando que Dios está verdaderamente entre vosotros” (1 Co 14,24-25). Dentro de las profecías revelatorias incluimos aquellos casos más excepcionales en los que se da una revelación sobre el futuro. Para mucha gente éste es el significado típico de la palabra profecía: predicción del futuro, para nosotros la profecía tiene un sentido mucho más amplio, pero no excluimos todo este sentido de predicción que se da en contadas ocasiones. Así, por ejemplo, el profeta Agabo predijo una gran hambre que había de venir (Hch 11.28), y Jesús predijo su Resurrección, las negaciones de Pedro, la destrucción de Jerusalén. b) Dirección En la Comunidad «Magnificat” a la que pertenezco, el Señor ha manifestado en repetidas ocasiones su voluntad por medio de la profecía. Tenemos un cuaderno en el que vamos copiando todas las palabras que nos han sido dirigidas desde el comienzo de la comunidad, y su contenido es tema de meditación para todos nosotros, especialmente para el equipo de discernimiento a la hora de tomar decisiones en el Señor. Por supuesto que la presencia de este carisma de profecía no nos exime de usar también el sentido común, otro precioso don que también hemos recibido del Señor. c) Denuncia Mi impresión personal es que en los grupos de la R.C. se ejercita poco la denuncia profética. Las profecías más frecuentes son del tipo consolatorio. Pero no debemos olvidar que el Señor tiene muchas cosas que corregir en nuestras comunidades, como tenía que corregir en las siete iglesias de las que habla el Libro del Apocalipsis. d) Exhortación Muchas de las profecías que se pronuncian en nuestros grupos de oración son meramente exhortativas. No contienen orientaciones concretas, ni revelaciones, ni denuncias, ni predicciones. Se limitan a exhortarnos, a crecer, esperar y amar. Su finalidad es animar, fortalecer, alegrar, pacificar, serenar los ánimos, ahuyentar temores y angustias. En este sentido la profecía ocupa un lugar capital en el culto. Hay días en que la oración resulta muy apagada y sin inspiración, pero como resultado de las palabras de un hermano, no necesariamente en «estilo profético”, toda la comunidad se siente inflamada y sobrecogida ante una presencia especial del Señor. Lo importante de las palabras no ha sido el contenido de ideas, sino su valor para hacer experimentar la presencia del Señor y hacer subir de tensión la oración comunitaria. Por esto es muy de desear que los que dirijan la oración estén dotados de este carisma profético de “exhortar”, para poder así levantar el espíritu de la comunidad en oración.
Por XAVIER OUINCOCES I BOTER Si leemos atentamente lo que la Escritura nos dice acerca de la profecía, fácilmente podemos descubrir que cualquier mensaje que se trate de dar a la comunidad puede provenir de una fuente muy distinta: o de Dios, o de nuestra naturaleza humana, o del espíritu del mal. - La exhortación, la denuncia o la predicción que se pronuncia sobre la asamblea quizás esté inspirada por el Espíritu Santo y entonces se trata de una palabra profética a la que hemos de prestar toda nuestra atención y dar la respuesta que el Señor espera de nosotros. - Pero quizá no sea más que producto de la inteligencia, de la imaginación, de la emotividad del que habla. En este caso es una palabra o reflexión simplemente humana que no alcanza la categoría de profecía, y que si es inofensiva podemos dejarla pasar. - O. en el peor de los casos, pudiera ser una palabra inspirada por el espíritu del mal, por la “prudencia de la carne”, y entonces sería una falsa profecía contra la que el Señor nos previene rotundamente en el Evangelio para que nos guardemos del mal que encierra (Mt 7,15-20). Esto nos da una idea de lo necesario que es el discernimiento para el recto ejercicio del don de la profecía. El Señor da al que ejerce la profecía y a la comunidad el discernimiento necesario: ambos deben compartir esta responsabilidad de discernir, cumpliendo aquello que dice San Pablo: “examinadlo todo y quedaos con lo bueno” (1 Ts 5,21). Hay unos criterios básicos que siempre se han de tener en cuenta, tanto por el que da el mensaje, antes de expresarlo, como por la comunidad que lo recibe. No se pretende con ello encadenar al Espíritu que "sopla donde quiere” (Jn 3,8), sino el que sepamos aprender a escuchar al Señor cuando nos habla. 1º. CONFORMIDAD CON LA PALABRA
DE DIOS EN LA BIBLIA. Es por tanto una conformidad con la fe, y, en concreto, con la confesión de Cristo. Hay dos textos fundamentales que así nos lo enseñan: “Por eso os hago saber que nadie, hablando con el Espíritu de Dios, puede decir: “¡Anatema es Jesús!”; y nadie puede decir: "¡Jesús es Señor!", sino con el Espíritu Santo” (1 Co 12,3). “Queridos, no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo. Podréis conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiese a Jesucristo venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiese a Jesús, no es de Dios; ése es del Anticristo” (1 Jn 4,1-3). Por esto, tanto el profeta como la comunidad, necesitan poseer un conocimiento muy completo de la Escritura: el uno, para saber antes de hablar que su palabra es conforme con la Escritura, y la comunidad, para poder fácilmente confirmarla. 2º. CONFORMIDAD CON LA MANIFESTACION
ANTERIOR DEL ESPIRITU Tampoco es una declaración aislada en el conjunto de lo que el Señor está hablando a una comunidad determinada. El Señor suele seguir una línea, de forma que lo que dice ahora es complemento de lo anterior. Debe haber una correspondencia con lo que el Señor ha dicho también a otros y con los textos que han salido. Por esto los profetas están también sometidos a la comunidad y en cierta manera son juzgados por ella. Igualmente enseña San Pablo: “Los espíritus de los profetas están sometidos a los profetas, pues Dios no es un Dios de confusión sino de paz” (1 Co 14,32-33). El falso profeta no está dispuesto a este sometimiento y trata de lanzar su mensaje en el círculo de los cristianos débiles o vacilantes. Allí en cambio donde haya hombres llenos del Espíritu quedará anulado. En las grandes concentraciones, como son las asambleas nacionales e internacionales, el ministerio del discernimiento de la profecía se realiza a través de un grupo de hermanos a los que sus respectivas comunidades reconocen este don. Todos los mensajes que se quieran comunicar a la asamblea se han de presentar por escrito a este grupo al que se ha encomendado el ministerio de la palabra profética. Es frecuente que los mensajes que reciban giren en torno a una misma idea, por lo que se agrupan en una sola profecía que en el momento oportuno se leerá a la asamblea. Aquellos mensajes que según las normas del discernimiento no reúnen las condiciones exigidas quedan descartados. En cada grupo o comunidad el equipo de responsables es quien ejerce este discernimiento, procurando estar muy atentos al camino que sugiere el Señor. Cuando se advierte que un hermano profetiza repetidamente sin inspiración se le debe advertir a solas con todo amor instruyéndole en el discernimiento de la profecía. 3º. UNCION. Pero el Señor hace sentir en él su voluntad para que hable, y esto por medio de un conjunto de indicaciones, que es lo que llamamos unción. La unción es como un poder del Espíritu, una urgencia o necesidad de transmitir el mensaje, con la convicción interior de que viene de Dios y una paz profunda después de haber obedecido a esta insinuación. Puede variar mucho de un individuo a otro. A veces implica también sensaciones físicas, que no deben extrañar, pero que tampoco deben considerarse como necesarias. Nunca es una necesidad incontrolada de hablar. La inspiración profética es algo más que una experiencia espiritual interna. Es el encuentro con una realidad viva y concreta: la persona de Dios y su Palabra. 4º. EDIFICACION DE LA COMUNIDAD.
Hay algo dentro de nosotros que siempre puede reconocer el Espíritu de Dios cuando entramos en contacto con Él. Los frutos que la profecía produce en la comunidad y en nosotros mismos son un medio de discernimiento. La comunidad que está en el Espíritu posee una gran sensibilidad para captar la verdadera palabra inspirada. Es por esto por lo que la profecía sólo tiene sentido dentro de la comunidad y nadie se puede autoproclamar profeta, ni menos pretender poseer él solo el Espíritu.
Si el profeta puede discernir las palabras que él habla, la comunidad de la que forma parte, por estar integrada por hermanos comprometidos, sometidos al Señor y unos a otros, que oyen atentamente su palabra, en los que se cumple la promesa del Señor de escribir su Ley en sus corazones, esta comunidad puede estar más dotada con dones naturales y sobrenaturales para hacer el discernimiento. Por esto hemos de desconfiar de los que dejan sus grupos y van solos sin aceptar el discernimiento de los hermanos. Para terminar, recordemos siempre que la palabra inspirada es una gracia del Señor para los grupos, que les ayuda a crecer en la fe y a caminar en el Espíritu. “Deseo que habléis todos en lenguas; prefiero sin embargo que profeticéis” (1 Co 14.51. Si estamos centrados en el Señor
durante la oración del grupo es muy explicable que esperemos que
Él nos hable y que le prestemos toda nuestra atención haciendo
momentos de silencio, sobre todo después del canto en lenguas o
de profunda alabanza. Una vez recibido su mensaje, lo acojamos con gozoso
agradecimiento y sepamos guardarlo en nuestro corazón. |