| PROBLEMA NUMERO
UNO Nunca se vio la humanidad tan sobrecogida
y agobiada por los problemas como se encuentra hoy. La Iglesia también,
además de tener que solidarizarse con todos los sufrimientos de
los hombres, ha de sobrellevar la carga de sus propias tribulaciones y
dificultades de tipo interno, algunas de las cuales reclaman soluciones
urgentes. ?En la experiencia del propio fracaso y de nuestra impotencia, lo mismo que ante cualquier situación límite, es cuando podemos llegar a descubrir la verdadera solución. La tenemos siempre a mano, pero ocurre que, o hay resistencia en nosotros a aceptarla como tal, o la dejamos relegada en espera de otras. Esta solución no puede ser otra más que Aquél que fue constituido "piedra angular", rechazada por los constructores, Cristo Jesús, y no tenemos otro nombre por el que podamos ser salvos (Hch, 5,12). Para los que consagramos nuestra vida al Reino de los Cielos, y en general, para el cristiano empeñado en la causa de ser discípulo y testigo de Jesús, el problema número uno de su vida es vivir o no vivir a Jesús. Se puede consagrar toda una vida al ministerio o al apostolado, y no llegar a vivir a Jesús, es decir, no llegar a llevar una relación de amistad con El, y entonces es fácil convertirse en mero ejecutor, o en un funcionario más. Este fenómeno se está dando hoy en muchos cristianos, y hasta en personas que gozan de buena reputación. Nuestra relación de identificación con el Señor, o mejor nuestro enamoramiento de El: esto es decisivo para la construcción del Reino. Así dicho, parece una visión simplista de los problemas, y será difícil convencer a muchos de que éste es el problema primero. Se dará por supuesto que ya está solucionado, o que la cosa no es tan grave. Pero veamos si existe la verdadera paz interior, aquel gozo (Jn 16.22-24) que prometió Jesús a los suyos, el ímpetu y la valentía (Hch 4. 29) ante la obra del Reino, la fuerza espiritual que necesitamos no sólo para nosotros mismos, sino también para los demás. Si todo esto no se da en nuestra vida, es que la luz que hay en nosotros se ha convertido en oscuridad (Lc 11,35). Para que todo sea luminoso en nuestra persona, para que sea el Espíritu el que realice en nosotros la salvación, para que no sean pura mecánica nuestra oración o nuestra administración de sacramentos, sino algo lleno de Espíritu y de experiencia de Dios, para que el hombre que viene a nosotros se sienta liberado de la desesperación, del odio, del miedo, y reciba esperanza, luz y seguridad, hace falta tratar con el Señor en plan de sinceridad e intimidad, llegar a centrarse en El hasta donde nos quiera llevar su Espíritu. Solamente el Reino es absoluto y todo
el resto es relativo, escribió un día Pablo VI. Nuestro
absoluto no puede ser o el trabajo, o la familia, o la tarea que realizamos
por muy santa que sea, o la dedicación a los demás. Tan sólo es posible convencerse de esto por la acción del Espíritu. Nadie puede llegar a Jesús si el Padre no le atrae (Jn 6.44). Nadie puede decir "¡Jesús!" con valor de salvación si no es por la fuerza del Espíritu. El cristianismo es Jesús, la fe es primordialmente aceptar a Jesús. El cristiano no es nada si no vive y anuncia a Jesús.
Por el Cardenal L. J. SUENENS Habiendo venido a Madrid para participar en nuestra III Asamblea Nacional, el Cardenal L. J. Suenens dio el 13 de octubre en el Colegio Calasancio una importante conferencia sobre el tema de la evangelización y la R.C. Ofrecemos a continuación una condensación de todo su contenido, como un autorizado planteamiento del tema doctrinal de este número. Antes de subir al cielo Jesús mandó a sus Apóstoles que no se ausentasen de Jerusalén sino que aguardasen la fuerza del Espíritu. Es importante señalar que no les dijo: "Id inmediatamente a convertir el mundo". Lo que les dijo fue: ?"Preparaos y esperad a recibir la fuerza del Espíritu Santo". Debemos mirar al Cenáculo de Jerusalén para ver lo que pasa en su interior y luego en el exterior.
Muchas veces me he preguntado qué hicieron todos juntos allí durante diez días, junto con María, la Madre de Jesús. Creo que podemos hallar una indicación en las palabras de San Pedro cuando, después de su discurso, le preguntaron: "Qué hemos de hacer, hermanos" (Hch 2, 37). Pedro respondió a aquellas tres mil personas con estas palabras: "Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hch 2,38). Esto es lo primero que pasó con los Apóstoles: una conversión. Viendo lo que fueron antes y lo que eran después de Pentecostés descubrimos unos hombres transformados. De ser discípulos del Maestro pasan a ser cristianos vivificados por Jesucristo. Han vivido primero una conversión y luego se han sumergido en la Muerte y la Resurrección de Jesucristo, como dijo San Pedro, han hecho una experiencia pascual y también experimentaron un estado de disponibilidad, de espera al Espíritu Santo. Es precisamente esta experiencia la que está en el corazón de lo que llamamos Renovación en el Espíritu Santo. Cada uno de nosotros tenemos necesidad de un nuevo Pentecostés. En efecto, nosotros fuimos sumergidos en la Muerte y Resurrección de Jesucristo por nuestro bautismo, y en el bautismo está la conversión y la renuncia al mal. Pero todo esto sucedió en nuestras vidas de una forma inconsciente. La R.C. trata de hacer que los cristianos, que empezamos a ser cristianos inconscientemente, tomemos conciencia en nosotros de lo que esto significa por la fuerza del Espíritu. Y justamente las tres experiencias que tuvieron los Apóstoles: conversión, sumergirse en la Muerte y Resurrección de Jesucristo y la apertura al Espíritu Santo es lo que necesitamos experimentar los cristianos de hoy. La R.C. quedó marcada desde el primer momento por conversiones extraordinarias en aquel ambiente que entonces se vivía en Estados Unidos de profunda crisis en el aspecto religioso. Cuando yo me enteré de que existía este movimiento me trasladé al lugar donde había comenzado y todo el mundo que había tenido contacto con los primeros participantes me dijeron: Si, realmente han experimentado una transformación muy grande. Es esto lo que se ha llamado, con expresión un tanto equívoca, bautismo en el Espíritu Santo y que yo prefiero más bien decir efusión del Espíritu. Hoy queremos que los cristianos sean cristianos por una opción personal. En muchos países de Europa y de América son cristianos solamente por tradición, y estamos viendo cómo la juventud rechaza la tradición. Antes, el ser cristiano se transmitía de padres a hijos lo mismo que se transmitían los empleos y oficios. Pero hoy el ser cristiano es por decisión personal. Y esto significa un descubrimiento nuevo de Jesucristo. Cuando no hace mucho preguntaron al Cardenal Arns de Sao Paulo: "¿No cree que después del Vaticano II se ha avanzado demasiado deprisa?", él respondió: "No, no creo que se haya ido demasiado deprisa en la evolución después del Vaticano II, sino que en realidad hemos ido aprisa en un momento de la historia". Su respuesta me parece muy buena. Durante los siglos V y VI convertimos un poco deprisa a las tribus bárbaras: fue aquélla una conversión por la vía sociológica y global por medio de Clodoveo y Carlomagno. Pero ha llegado la hora para cada cristiano de responder personalmente a la pregunta de Jesús: "¿Quién decís que soy yo?". Y esta es la pregunta ante la que nos encontramos todos: “¿Quién es Jesucristo para mí?” Nadie puede descubrir a Jesucristo si no es por el Espíritu Santo. Nadie puede decir "Padre" si no es por el Espíritu Santo. Y ésta es la invitación de la R.C. para cada uno de nosotros: “¿Quién es Jesucristo para ti?". Si yo tuviera que contestar ahora a esta pregunta a mis 75 años, tres cuartos de siglo, he aquí lo que yo diría: "Señor Jesús, Tú eres para mí todo el pasado de mi vida, el que me ha llamado al sacerdocio y me ha guiado por el camino paso a paso. Eres Tú con quien me he encontrado en ciertos momentos privilegiados de mi vida y Tú eres la fuerza y la alegría de mi pasado. Tú eres con quien me he encontrado durante cincuenta años cada vez que celebraba la Eucaristía. No era yo el que administraba el sacramento, sino que eras Tú a través mío, y no solamente eres todo mi pasado sino que también eres todo mi presente, todo mi hoy. Toda la realidad de mi vida se goza en ti, Señor. Y todo el futuro también, porque Tú eres mi futuro. Todos los días vivo esas palabras de San Pablo: Jesucristo ayer, hoy y siempre, y eres Tú, Señor, a quien yo espero". Y esta es la actitud que deberíamos tener todos: actitud de espera hasta el día que vuelva el Señor. Cuando puse una inscripción sobre la tumba de mi madre puse esta frase en latín: "Hasta que Tú vuelvas". Ahora, Señor, Tú eres ?el pasado, el presente y el futuro. Tú eres el futuro absoluto, como dice Ranher. Y ésta es realmente la idea fundamental, que nosotros nos identifiquemos con El. En realidad no hay más que un solo cristiano: Jesucristo. Y hacia El debemos todos tender si queremos ser el cristiano realizado. La palabra clave es la de San Pablo: "No soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga 2. 20). Esto significa que debo mirar con los ojos de Cristo, que debo hablar con los labios de Cristo, que debo amar con el corazón de Cristo, que debo tender las manos como Cristo. Y una vez que se ha realizado esta identificación, todas las esperanzas están permitidas. Porque cuando nos convencemos de que no somos nosotros, sino que es Cristo quien vive en nosotros, entonces hay toda una corriente de Dios que pasa a través nuestro. Creo que adolecemos de una gran pobreza cristiana. Hace unos meses, cuando tuvimos la beatificación de un hermano de las Escuelas Cristianas, Mutien Marie, un periodista con carnet en mano me preguntó: ”¿Qué es un santo?". E inmediatamente apenas si tuve tiempo para invocar al Espíritu Santo antes de contestar: "Pues, señor, un santo es un cristiano normal". La dificultad está en que todos nosotros somos poco más o menos anormales, todos tenemos un handicap. Y esto es lo que hace nuestra confianza en el futuro. No podemos pensar que es mediodía a las dos de la tarde. Nos basta ser normalmente cristianos. Porque inmediatamente toda una energía sale de nosotros. Si pensáis ahora lo que en el mundo significa la energía nuclear, por ejemplo, con un átomo se puede destruir el mundo. Si somos cristianos, si estamos verdaderamente abiertos al Espíritu Santo, tenemos en nosotros un poder más grande que la energía nuclear. Así que, si de verdad hemos entrado en el Cenáculo con esta energía, entonces sí que podremos salir. La Renovación Carismática es una llamada del Espíritu Santo para que los cristianos se dejen transformar por el Espíritu. Y después, una vez que estén transformados, la Renovación los invita a salir del Cenáculo. El primer aspecto es entrar en el Cenáculo y allí pasar un tiempo, pero luego hay que salir. Esta permanencia histórica en el Cenáculo duró diez días. En la Renovación Carismática se invita hoy a los cristianos a permanecer en el Cenáculo mediante un Seminario en el Espíritu, que es una introducción a la vida cristiana renovada. Así se preparan a recibir este grado de transformación: se preparan durante la semana con la lectura en común de las Sagradas Escrituras, en particular de los Hechos de los Apóstoles o de San Pablo. Se preparan también siendo sostenidos por una comunidad cristiana. Hay toda una metodología en la preparación para recibir esta gracia. Algunas veces se pasa por experiencias muy profundas. Pero sería ilusorio pensar que si no se pasa por esas experiencias extraordinarias no se ha recibido la gracia. Durante meses o semanas el Señor no hace extraordinariamente cosas espectaculares. Lo que importa es esperar humildemente que el Señor trabaje en nuestra alma como El quiera. Es cuestión de nuestra espera, de humildad, de disponibilidad. "¡Señor, transfórmame en Ti!": esta es la oración que se hace durante las semanas de preparación y ella es el alma de la Renovación. Por desgracia cuando en la prensa, en la televisión y demás medios de comunicación se habla de la R.C. se busca presentar aspectos sensacionales. Y por esto se suele decir: "Ah, ¿ustedes son carismáticos? Esto quiere decir que ustedes oran en lenguas, que levantan los brazos..." Pero esto no es verdaderamente el fondo de la cuestión. Se puede ser perfectamente carismático y no levantar los brazos. Lo importante no es levantar los brazos; lo importante es ser capaz de hacerla, porque eso nos libera. Nosotros mismos en la liturgia oramos así. Yo he tardado dos meses en levantar un poco los brazos, otros dos meses en levantarlos algo más, y otro poco más hasta levantarlos del todo. Pero esto no es verdaderamente esencial. De la misma manera se dice; "Ah, ustedes son carismáticos, luego oran en lenguas". Orar en lenguas no es orar en lenguas extranjeras, no se trata de eso, sino que se trata de un don de oración espontánea, de orar sin utilizar frases, ni pronunciar sonidos, ni preocuparse de las frases. Es una liberación, lo cual quiere decir: yo sé que el Espíritu Santo ora en mí, que yo no sé orar, y que el Espíritu ora con gemidos inefables, y yo me uno a esta oración del Espíritu, sin saber las palabras ni elaborar la frase. Hace tiempo un misionero me contaba cómo un anciano que él conocía y que no sabía ni leer ni escribir oraba repitiendo constantemente el alfabeto. El misionero le preguntó: ¿Qué haces? El respondió: "Pues, orar, yo lo único que hago es decir el alfabeto, y el Señor ya pondrá las palabras". Esto es lo importante. Hay que ir al corazón de las cosas y no mirar solamente los fenómenos que existen y que no son lo esencial. Hasta ahora hemos estado en el interior del Cenáculo. Ahora tenemos que salir.
En el Concilio Vaticano II se ha hablado de la Iglesia hacia adentro y de la Iglesia hacia fuera. De la misma manera podríamos decir que hay un Pentecostés hacia dentro y un Pentecostés hacia fuera. Es necesario salir. Los símbolos de Pentecostés son muy expresivos. En el mismo momento en que desciende el Espíritu Santo se siente un viento muy fuerte, un viento muy revolucionario. Es un símbolo de que algo va a pasar. Me gusta mucho la inscripción que vi en Dublín escrita en la pared, cuando el Congreso Carismático: "No podemos dirigir el viento, pero podemos adaptar nuestras velas". Es una invitación a navegar a vela, pero siempre es una invitación a navegar, lo cual quiere decir a ir sobre las aguas, a abandonar la tierra. Todos queremos tener un pie en el agua y otro en tierra, pero esto no vale. Esto fracasó con Pedro y fracasará también con nosotros. Hay que lanzarse al mar y abandonar la tierra. Símbolo del viento y simbología también de las lenguas de fuego. Y esta es una imagen clara de las palabras de Jesucristo cuando dijo: "He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!" (Lc 12. 49). Es así como a través de Pentecostés viene renovación y evangelización. Es un misterio de transformación personal y exige una disposición de evangelización. Pero en el mundo de hoy nos hallamos ante una forma de tentación a no anunciar el Evangelio antes de haber resuelto todos los problemas sociales del mundo. Hay una idea que se ha hecho universal en el mundo cristiano, y es que hay que humanizar al mundo, resolver los problemas sociales, y después de esto, cuando surja el problema, entonces es cuando podemos anunciar el Evangelio. Se dice de muchas maneras: primero hay que dar pan a la gente que está hambrienta, y después más tarde se les hablará de Jesús. Y la respuesta verdadera es que hay que dar a la vez las dos cosas: medios para vivir y razones para vivir, y no hay que esperar a que se resuelvan todos los problemas sociales. Yo creo que aquí está la fuerza de la Renovación Carismática: salir del Cenáculo para anunciar a Jesucristo valientemente, directamente, sin esperar a que todos estos problemas se resuelvan, pero tratando también de resolverlos. Cuando se dice: primero humanizar y después evangelizar, yo digo que no, que hay que evangelizar y humanizar al mismo tiempo. Hay que salir del Cenáculo donde hemos estado todos para anunciar y proclamar a nuestro Señor Jesucristo. Siempre hay entre nosotros gente que siente la tentación de ir a exorcizar ese demonio mudo de que habla el Evangelio. Y la tentación es muy sutil. Consiste en decir: la gente no está aún preparada para escucharnos. Yo respondería: sí y no, porque en tiempos de Jesucristo ¿estaba el mundo preparado para escucharle? Ya vemos lo que pasó: la crucifixión. Y cuando Pablo anunciaba al Cristo crucificado en el Areópago de Atenas, ¿estaba la gente preparada para escucharle? Le respondió: No tenemos por qué escucharte; tenemos otras cosas más importantes que hacer. En cierto sentido, el mundo nunca ha estado dispuesto a escuchar este mensaje tan conmovedor. Pero, por otra parte, me atrevo a decir que el mundo está dispuesto a escuchar este mensaje mucho más de lo que imaginamos. Estamos haciendo la demostración por reducción al absurdo de que el mundo sin Dios no puede vivir ni sobrevivir. Y en este sentido quiero decir que nuestra generación y, sobre todo, la juventud están más cerca que nunca de escuchar y recibir el mensaje del Evangelio. Para mí el drama consiste en que nosotros decimos: el mundo no está dispuesto a escucharnos, pero el verdadero drama es que nosotros no estamos dispuestos a hablarle. Hablar no quiere decir predicar, lo cual es propio del sacerdote; no pedimos que los cristianos prediquen el Evangelio, lo que se pide es que hablen del Evangelio, que lo anuncien, que lo respiren, que lo vivan. Y aquí está la fuerza de penetración, es decir, la evangelización por la vida, la vida hecha luz, como dijo Jesús. Pablo VI dijo estas palabras muy profundas:
"El mundo tiene más necesidad de testigos que de maestros".
Es evidente que necesitamos maestros, pero lo que llegará al corazón
de la gente son los testigos y los testimonios. Es lo que estoy tratando
de hacer periódicamente en mi diócesis: invito a que vengan
a mi casa hombres de diferentes profesiones, e invito también a
gente, que haya hecho esta experiencia de la Renovación del Espíritu,
para que den testimonio y les cuenten lo que ha pasado en sus vidas. El
mes pasado, por ejemplo, he reunido a hombres de las finanzas y banqueros
y he visto como escuchaban el testimonio que daban aquellos cristianos
que han vivido la Renovación, lo cual era verdaderamente conmovedor. Las comunidades existentes, y gracias
a Dios ya hay muchas en la Iglesia, deben ser renovadas en la fuerza del
Espíritu Santo. Y al lado de las comunidades, que podemos llamar
clásicas, quiero poner también las comunidades de cristianos
que se unen de forma que, o habitan en el mismo hogar, o forman la misma
urbanización, para vivir juntos su cristianismo.
He aquí lo que yo quería
decir bajo el título de Renovación Carismática y
Evangelización: Cenáculo hacia el interior y Cenáculo
hacia el exterior. Creo que esto es en lo que todos necesitamos comprometernos. Vemos surgir a través de los cinco
continentes millares de grupos de oración, y me alegro, porque
esto es un descubrimiento de la plegaria de adoración y de la plegaria
de acción de gracias de una forma muy marcada. Espero que esta
renovación y este redescubrimiento de la oración se dejarán
sentir en la liturgia y en los sacramentos de la Iglesia. Durante muchos años, cuando yo estaba en la Legión de María, cada semana se daba a los miembros un trabajo específico a realizar, había que reunirse. Tenemos que realizar en comunidad este trabajo apostólico de una forma muy precisa y compartirlo luego dando cuenta. Creo que esto es muy importante. El primer consejo que yo daría sería éste: desembocar en una labor pastoral. El segundo es no quedarse en pequeños
grupos sino pasar al grupo grande: el grupo pequeño no
puede sobrevivir sin apoyarse en un grupo más grande, porque si
tenéis, por ejemplo, en una ciudad grupos de doscientas o trescientas
personas, allí encontráis los líderes espirituales
con el discernirniento que se requiere más fácilmente que
en grupos de quince o veinte. No es que haya que mantener un ritmo prefijado,
a veces hay que asistir a grupos más grandes. Se pueden encontrar
muchas fórmulas.
Por RODOLFO PUIGDOLLERS Cuando oímos hablar de evangelización pensamos casi instintivamente en el anuncio del Evangelio a los no creyentes o bien en la predicación de la Palabra de Dios. Son estos elementos integrantes de la evangelización, pero no podemos reducirla exclusivamente a estos dos aspectos. ?La evangelización, considerada en su totalidad, es la acción de la Iglesia en llevar el Evangelio a todos los ambientes de la humanidad, es decir, transformar desde dentro a la humanidad por la fuerza del Evangelio. Evangelizar es convertir nuestro mundo en un mundo evangélico. Es hacer realidad las palabras del Apocalipsis: "He aquí que yo hago nuevas todas las cosas" (21, 5). Un cielo nuevo y una tierra nueva. Una nueva humanidad formada por hombres nuevos, renacidos del agua y del Espíritu. Transformar las culturas No se trata solamente de predicar el Evangelio
en zonas geográficas cada vez más vastas o poblaciones cada
vez más numerosas, sino de transformar por la fuerza del Evangelio
todos los elementos que constituyen la sociedad humana: los criterios
de juicio, las escalas de valores, los puntos de interés, las líneas
de pensamiento, las fuentes inspiradoras, los modelos de vida, las estructuras
sociales. Conformarlo a la Palabra de Dios. Evangelio no es lo mismo que cultura. Pero, dado que todo hombre vive enraizado en una cultura, no puede haber vivencia profunda del Evangelio si ésta no encuentra su expresión en la cultura propia en que vive cada comunidad cristiana. Toda proclamación del Evangelio supone una regeneración de la cultura a partir de la Buena Nueva anunciada. Esto significa una doble actitud: una actitud crítica y una actitud creativa. Actitud critica para no predicar una cultura al mismo tiempo que se predica el Evangelio, o bien evitar una aculturación a partir de la cultura de donde se reciba la Palabra. No tener esta actitud crítica nos llevaría a una auténtica colonización cultural. Esto ha ocurrido muchas veces con la cultura occidental predicada en África o en Asia. Hay que evitar que en la Renovación Carismática ocurra lo mismo que con la cultura norteamericana. Sin una fuerte actitud crítica podría darse una americanización de todas las comunidades carismáticas. Actitud crítica, pero también actitud creativa. Al mismo tiempo que hay que filtrar las influencias culturales, hay que hacer un esfuerzo creativo para que la experiencia religiosa adquiera nuevas formas en la propia cultura. Una conversión, una renovación interior, debe expresarse en nuevas formas de vida nacidas en la propia cultura. Un punto de partida fundamental: la comunidad El punto de partida fundamental de la evangelización se encuentra en la comunidad cristiana. No son las personas quienes individualmente anuncian el Evangelio o transforman una cultura. Es la Iglesia, la comunidad cristiana, que es sacramento de salvación. El que anuncia la Palabra, el misionero, el que da testimonio, es en primer lugar un enviado, un enviado de la comunidad. Quien anuncia la Buena Nueva debe poder decir como Felipe: "Ven y lo verás" (Jn 1, 46). La vivencia del Evangelio necesita de la visibilidad de una comunidad que se reúne en oración, que se reúne en asamblea eucarística, familias que viven según el Evangelio, grupos de consagrados, etc. Allí donde la vivencia del Evangelio
está reducida a la vivencia personal, hay sólo una semilla
en formación que aún debe madurar en su dimensión
comunitaria para poder convertirse en auténtica semilla de Evangelio. Un segundo elemento: el testimonio
de vida. El Evangelio se proclama, en primer lugar, mediante el testimonio. Supongamos un cristiano o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiesten su capacidad de comprensión y de aceptación, su comunión de vida y de destino con los demás, su solidaridad con los esfuerzos de todos en cuanto hay de noble y bueno. Supongamos, además, que irradian de manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes, y su esperanza en algo que no se ve ni nadie osaría soñar. A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse a quienes contemplan su vida interrogantes irresistibles: ¿por qué son así? ¿por qué viven de esta manera? ¿qué o quién es el que los inspira? ¿por qué están con nosotros? Este testimonio constituye ya de por sí una proclamación silenciosa, pero muy clara y eficaz, de la Buena Nueva. Para que este testimonio exista no basta,
sin embargo, la pertenencia a una comunidad cristiana o la vivencia personal
del Evangelio, se requiere una relación profunda con los hombres:
se requiere presencia en medio del mundo, participación en los
esfuerzos sociales y solidaridad con todos. Un tercer elemento: el anuncio explícito El testimonio solo resulta insuficiente. El más hermoso testimonio se revela a la larga impotente si no va esclarecido, justificado, explicitado por un anuncio claro e inequívoco del Señor Jesús. No hay verdadera evangelización mientras no se llega al anuncio del nombre, doctrina, vida, promesa, Reino, misterio de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios. Quien ha percibido los frutos, debe ser conducido al árbol. Quien ha visto la estrella, debe ser llevado al día sin ocaso. La culminación: la adhesión comunitaria El anuncio de la Palabra adquiere toda su dimensión cuando es escuchado, aceptado y asimilado, es decir, cuando hace nacer en quien lo ha recibido una adhesión de corazón. Adhesión a la doctrina de Jesús, pero, más aún, adhesión al programa de vida que El nos propone. En una palabra, adhesión al reino, es decir, al "mundo nuevo", al nuevo estado de cosas, a la nueva manera de ser, de vivir, de vivir juntos, que inaugura el Evangelio. ?Esta adhesión no puede quedarse en algo abstracto y descarnado, sino que debe mostrarse concretamente por medio de una entrada visible en una comunidad. Comunidad que, a su vez, será fuente de evangelización. Podemos decir así que la evangelización
parte de la comunidad cristiana y concluye en la comunidad cristiana,
por medio del testimonio de vida, el anuncio explícito de la Palabra
y la respuesta creyente. De este modo la Palabra es la semilla que va
haciendo crecer el Reino de Dios.
ELEMENTOS
ESENCIALES DE LA EVANGELIZACIÓN
1.- Hacer lo mismo que El hizo: proclamar el mismo mensaje de salvación. No es nuestra palabra, ni nuestra doctrina. Lo que interesa es transmitir fielmente el mismo mensaje sin recortes, añadidos o adulteraciones. Así hicieron los Apóstoles en la predicación primitiva. Por ejemplo, Pedro, el día de Pentecostés (Hch 2, 14-39), cuando la curación del tullido en el templo (Hch 3, 12-26), en la casa de Cornelio (Hch 10, 34-43); Pablo en Atenas (Hch 17, 2231) o en la sala de audiencia ante el Rey Agripa y el procurador Festo (Hch 26,4-23). ?Este primer anuncio es lo que se llama kerygma, que en esencia es la síntesis de toda la historia de la salvación, o el primer anuncio de la Buena Nueva de una manera simple y directa. 2.- El kerygma, más que un cuerpo de verdades o de doctrina, es una persona: el Hijo de Dios hecho hombre y enviado como don del Padre a los hombres. La Buena Nueva es Cristo Para poderlo proclamar con fidelidad y eficacia salvadora nos valdremos de la Palabra de Dios, partiendo del primer anuncio en las profecías del A. T. hasta Juan el Bautista, para centrarnos en su vida pública, Muerte, Resurrección, Ascensión, envío del Espíritu Santo y retorno glorioso en la Parusía. Este Cristo, constituido Señor y Juez de vivos y muertos, es el único liberador del pecado, de la muerte y de Satán. La Salvación y Vida que de El recibimos empiezan aquí y ahora, y su cumplimiento definitivo será en la eternidad. 3.- Este anuncio debe ir acompañado de: a) el testimonio que
se da del mismo Jesús (Hch 1, 8; 4, 33). Este testimonio implica
toda nuestra fe y toda nuestra vida, en la que se ha de manifestar la
salvación y el Amor de Jesús, pues nos presentamos como
sus propios seguidores y discípulos; 4.- Cuando en el oyente hay una disposición adecuada, es decir, un mínimum de apertura a la Palabra o de anhelo de Dios, el resultado inmediato es Fe y arrepentimiento (Hch 2,37), es decir, la conversión o metanoia. La Fe esencialmente es acoger al mismo Cristo como Salvador y Señor, lo cual supone rechazo de cuanto en la propia vida se opone a El.
1.- El catecumenado consiste
en: 2.- Este itinerario desemboca en los sacramentos de la iniciación cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, en los que el catecúmeno nace del Espíritu y es fortalecido en la nueva Vida. 3.- De aquí surge el compromiso cristiano, que en síntesis se reduce a vivir y anunciar a Jesús como testigos y discípulos del mismo. Todo el proceso de la evangelización consiste, pues, en que el evangelizado se convierta a su vez en evangelizador a partir de la comunidad eclesial.
En los países de antigua tradición cristiana nos encontramos con la realidad de una enorme masa de bautizados en los que no se ha dado la conversión cristiana, o porque nunca fueron evangelizados, o porque nunca recibieron la iniciación cristiana, además de otras causas y condicionamientos de tipo familiar, sociológico y eclesial. Para que puedan llegar a una toma de conciencia
de la fe que más o menos explícitamente poseen, y, por tanto,
al descubrimiento y aceptación de Jesús como Salvador y
Señor, necesitan evangelización y vivir el proceso
de la conversión.
Responde perfectamente a lo que debe ser norma de toda predicación: partir del kerygma y volver a él sin cesar en forma de desarrollo o de profundización. El término es la Efusión del Espíritu, la cual por su misma naturaleza lleva a la aceptación de Jesús como Señor y a la plenitud del Espíritu.
Por el P. Thomas Forrest Este artículo es la segunda parte de la charla sobre la Evangelización dada en la Semana de formación de dirigentes, en Burgos, el 12 de agosto de 1979. Quisiera dar unos consejos prácticos
sobre la forma de evangelizar eficazmente: 2.- Humildad. Juan Bautista sólo habló de Jesús; cuando se refirió a sí mismo dijo: "yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia", lo que equivale a decir "no soy digno de ser su esclavo". San Pablo dijo: "me gloriaré sólo en mi debilidad, porque cuando soy débil es cuando El es más fuerte en mí". Dijo también: "yo siembro, Apolo riega, pero es Dios quien hace fructificar". Jesús es la prueba de la humildad
de Dios. Su único deseo es revelarnos al Padre. 3.- Predicar la Palabra, no tu palabra. En algunas enseñanzas y predicaciones, en vez de la Palabra, lo que se anuncia es una filosofía o un método o unas opiniones particulares. Debemos hacer como Pablo y como Juan: anunciar la Palabra. La Palabra de Dios tiene fuerza por si misma, no debe ser anunciada entre disculpas o con miedos, sino proclamada con fuerza. Para ello es preciso: a) decir que se trata de la Palabra de Dios; b) mostrar con el tono, la actitud y el modo de expresarla, que uno mismo cree en esa Palabra; c) decir que esa Palabra es vida para uno mismo; d) anunciar que esa Palabra contiene vida para el que la escucha. 4.- Ser testigo de la Palabra.
Es muy fácil pronunciar unos sonidos: hay que dar testimonio de
que esta Palabra es la vida que llevo. Juan Bautista proclamó la
Palabra, vestido de piel de camello y comiendo saltamontes, es decir,
libre de todas las cosas de este mundo. 5.- Depender del Espíritu Santo. Sólo después de recibir la fuerza del Espíritu en el Jordán, Jesús salió a evangelizar. También nosotros debemos depender del Espíritu Santo. Esa actitud debe ser explícita y no meramente implícita. Debemos pensar continuamente: "yo no puedo, Señor, dame tu Espíritu Santo". Jesús prometió damos su Espíritu para que tuviésemos la fuerza de poder anunciar su Palabra. "Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos" (Hch 1,8). El Espíritu Santo nos da la fuerza para poder hablar de Cristo. Una vez, un obispo católico le dijo a un gran predicador pentecostal: "Hay algo que me sorprende. Vosotros, los pentecostales, proclamáis la Palabra y algo sucede, la gente dice: ¡Aleluya, gloria al Señor! Nosotros predicamos la Palabra y no pasa nada. ¿Cómo explicas tú eso?". El predicador pentecostal le contestó: "En Texas tienen la costumbre de matar un becerro, partirlo, hacer paquetes de carne y meterlos en el congelador. Al cabo de un tiempo, invitan a los vecinos, sacan un trozo de carne y lo asan en medio del jardín. Al cabo de un rato, todo el jardín está lleno del olor de la carne y les entra a todos hambre. Pues bien, tú y yo tenemos la misma carne, la misma Palabra de Dios; el único problema es que vosotros tenéis la Palabra en el congelador y nosotros la tenemos sobre el fuego del Espíritu Santo. Cuando este fuego toca la Palabra, produce un sabroso olor que lo invade todo". 6.- Valor. Debemos predicar la Palabra sin miedo. Juan Bautista dijo a Herodes: "Estás viviendo con la mujer de otro hombre". San Pablo dijo a los judíos: "Vosotros habéis crucificado al Mesías", Jesucristo dijo a los fariseos: "Víboras, sepulcros blanqueados llenos de huesos muertos". Por estas palabras cortaron la cabeza a Juan, la cabeza a Pablo, y crucificaron a Jesús; pero las amenazas no les quitaron el valor. Cuando empezó la persecución para los primeros cristianos, éstos se reunieron y oraron (Hch 4,4). ¿Cuál fue su oración? Nosotros hubiésemos dicho: Sálvanos, Señor, que no entren los soldados. Pero ellos pidieron que Dios les diese valor para proclamar la Palabra sin miedo. Salieron y murieron por Cristo. Pero yo tengo miedo muchas veces de hablar de Jesús. Tengo miedo de que mis compañeros de oficina me critiquen. Por miedo a los pensamientos y a las palabras de los demás no hablamos del Seriar. Esto es tan exagerado que a veces en los conventos se puede hablar de todo, menos de Jesús. 7.- Preparación.
Hay que prepararse para la obra de la evangelización. Algunos en
la Renovación, cuando tienen que dar una charla, dicen: no voy
a prepararla porque quiero dejar libre al Espíritu para que hable
por mí. Creen que si abren la boca ya el Espíritu va a hablar.
Si el Espíritu te quiere usar, puede empezar a hablarte de lo que
El quiere que digas incluso un mes antes de la conferencia. El te hablará
mejor cuando tú estés callado que no cuan do estés
hablando. Somos elegidos y enviados. La ignorancia no salva al mundo, lo que salva es la Palabra. Nosotros tenemos la Palabra que el mundo espera. Seamos fieles a nuestra llamada.
Por XAVIER QUINCOCES Pablo VI en su discurso al Sacro Colegio de los Cardenales, del 22 de Junio de 1973, decía: "Las condiciones de la sociedad nos obligan, por tanto, a revisar métodos, a buscar por todos los medios el modo de llevar al hombre moderno el mensaje cristiano, en el cual únicamente podrá hallar la respuesta a sus interrogantes y la fuerza para su empeño de solidaridad humana". Hay que llevar la Buena Nueva al hombre
de hoy. Pero, ¿cómo la Palabra salvadora de Dios podrá
resonar en su corazón, metido como está en el ruido ensordecedor
de la sociedad de consumo? ¿Qué lenguaje emplear para que
nuestros hermanos lleguen a conocer a Jesús? La pregunta tiene
su justificación por el cambio constante de las circunstancias
de tiempo, lugar, cultura, mentalidad, etc. Pululan por doquier doctrinas y filosofías que se presentan como una salvación del hombre moderno. Fácilmente se podrá pensar que vienen a hacer la competencia al mensaje cristiano. Pero nos asiste la seguridad de la fe que nos dice que Cristo es el único Salvador (Hch 4, 12) y que su Palabra es eterna y es Vida. El éxito está asegurado siempre que se den dos factores característicos de vital importancia: a) El testimonio del poder del
Espíritu; el verdadero evangelizador, más que confiar
en sus propias fuerzas y en los montajes humanos, que al final terminan
por derrumbarse como castillo de naipes, ha de atenerse a la misma actuación
que San Pablo hubo de recordar a los Corintios: "mi palabra y mi
predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la
sabiduría, sino que fueron una demostración del Espíritu
y del poder para que vuestra fe se fundase, no en sabiduría de
hombres, sino en el poder de Dios" (1 Co 2, 4-5). Este poder del Espíritu es lo que
más se echa de menos en muchos predicadores de hoy día y
en muchos educadores de la fe. Y ciertamente los resultados de su ministerio
lo confirman aún más. Para proclamar que Jesús es el Señor es necesario que vean en nuestras vidas la libertad del espíritu que sólo El nos puede dar (Jn 8/ 36), que nos vean libres de nuestro yo, del dinero, del afán de poder, de toda ambición. Para poder anunciar que Jesús vive han de ver en nosotros su vida radiante y hermosa, y nosotros hemos de atestiguar lo que hemos visto y oído (Hch 4, 20) y comprometer en esto hasta la propia vida. Veamos algunas de las posibilidades y medios que tenemos para proclamar la Buena Nueva.
a) la proclamación de la Palabra en las celebraciones litúrgicas: para mucha gente la única oportunidad de escuchar el mensaje suele ser la celebración dominical, o la de otros acontecimientos importantes, como una boda, un bautizo, un entierro. En estos casos la homilía ha de ser la actualización y la aplicación de la Palabra de Dios al momento presente, lo mismo que hiciera Jesús en la sinagoga de Nazaret: "Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy" (Lc 4,21). El predicador no puede limitarse a darnos una fría y aséptica reflexión, envuelta quizá en la duda y en la inseguridad, sino que ha de tener un acento de convicción. No conocimientos teológicos solamente, sino también experiencia del Señor para que pueda hablar lleno de fuerza del Espíritu y para que a través de él nos llegue verdaderamente la Palabra de Dios y no tan sólo su persona, o su doctrina o sus ideas, pues no interesan sus ideas. Pablo VI escribió en su Exhortación sobre la Evangelización que "evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma... siempre tiene necesidad de ser evangelizada" (N. 15). b) En los actos que se tienen en los lugares sagrados: como retiros, charlas, exhortaciones. Antes que en los temas secundarios o en cuestiones de tipo cultural y hasta temporal, habría que centrarse en la evangelización. 2º) En el hogar familiar.
Esta evangelización en el hogar debe estar hecha de las actitudes evangélicas que viva la familia, de la oración en común, de la lectura de la Biblia en familia, de la explicación de algún punto y de las enseñanzas que los padres den a los hijos, de la asistencia siempre que sea posible en familia a la celebración dominical. 3º) La catequesis Es ya hora de que los grupos de la R. C. se preparen y empiecen a trabajar en la catequesis de las parroquias y de los colegios, y de manera especial en la iniciación para el Sacramento de la Confirmación. Pero hay que obrar con gran seriedad y discernimiento, pues no todos valen para este ministerio. 4º) El Seminario de la Vida
en el Espíritu 6º) Predicación en
las plazas, calles y parques públicos 7º) Acampadas, convivencias,
pascuas juveniles
1º) Difusión y propagación
de la Biblia Es incomprensible que haya cristianos
que nunca lean la Biblia o que para encontrar a Dios recurran a cualquier
otro libro antes que a la fuente donde todos se han de inspirar. Al facilitar la Biblia demos siempre alguna orientación para su lectura, o para acudir a alguna catequesis o a algún curso bíblico. 2º) Libros, revistas y cassettes
Todos los grupos han de velar para que funcione bien su servicio de librería, pensando no solamente en sus propios miembros sino también en las personas que los visitan. 3º) Medios sociales de comunicación
Ejemplos de gran alcance en este sentido son la emisión" La Promesse est pour vous", a través de Radio Luxemburgo, que cada sábado escuchan unas 400.000 personas (Cf.: KOINONIA núm. 18, pags. 11-12), y el programa de TV que durante estos meses de octubre y noviembre se emite a través de diversas cadenas en USA, como programa piloto de cuatro series, preparado por el Comité Nacional de Servicio, y al que seguirán en lo sucesivo otras producciones carismáticas. El título que lleva es "Send forth your Spirit" (Envía tu Espíritu) y es presentado por Kevin Ranaghan. 4º) Los medios audio-visuales
Otra modalidad son las representaciones escénicas, los espectáculos de luz y sonido, como "Lumiere Joyeuse" de la Comunidad de la Santa Croix de Grenoble, combinando la danza, la música y el mimo para proclamar el Evangelio a los espectadores; o los conciertos que dan otros grupos en los que se explica el mensaje en cada canción. Busquemos también coadunar esfuerzos y coordinar actividades para que todo tenga más fuerza. Cada grupo debe preguntarse qué actividad evangelizadora puede desarrollar, y empezar a proclamar el Mensaje de Salvación, precediendo, acompañando y siguiendo siempre una campaña de oración.
A lo largo del año que ha transcurrido desde su elección, Juan Pablo II ha realizado un admirable ministerio de evangelización, no sólo dentro de la Iglesia Católica, sino también para el mundo entero. Sin duda que es uno de los aspectos más salientes de su pontificado. Tanto su palabra, firme, segura e impregnada de Espíritu, como los gestos evangélicos que siempre le han acompañado, han llegado al corazón de muchas gentes. Los viajes a México, Polonia, Irlanda, Estados Unidos y las Naciones Unidas han sido una proclamación de la Buena Nueva que ha resonado en todo el mundo. Mons. Alfonso López Trujillo, actual presidente del CELAM, escribía ya hace un año: "Juan Pablo II ha sido un gran evangelizador. Son los clamores de un evangelizador los que se oyeron en la plaza de San Pedro el día del inicio de su servicio de Supremo Pastor, cuando invitaba al mundo, a los pueblos, gobiernos y sistemas a abrir las puertas al Evangelio, sin temor. Sabe cómo la misión de la Iglesia es evangelizar: es diáfana advertencia sobre el sentido de las relaciones de la Iglesia dada a las Misiones acreditadas ante la Santa Sede y a las delegaciones extraordinarias venidas para la inauguración de su pontificado. Su excelente trabajo en el Sínodo de la evangelización -de la cual fue Relator general- permite sospechar, sin mayor aventura, que la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi recoge buena parte de sus logradas síntesis en el aula sinodal ... " (Osservatore Romano, Edic. Española, 3 de diciembre 1978). Una de las ideas que más se repiten en los discursos y exhortaciones de Juan Pablo II es la evangelización. En el primer viaje a América, al llegar a la República Dominicana, proclamó: "El Papa quiere estar cercano a
esta Iglesia evangelizadora para alentar sus esfuerzos, para traerle nueva
esperanza, para ayudarle a mejor discernir sus caminos, potenciando o
modificando lo que convenga, para que sea cada vez más fiel a su
misión: la recibida de Jesús, la de Pedro y sus sucesores,
la de los Apóstoles y los continuadores suyos. Es éste un testimonio de reconocimiento
que quiero tributar a los artífices de aquella admirable gesta
evangelizadora... " (Osservatore Romano, 4 de febrero 1979). "Evangelizar no quiere decir sólo
hablar "de Cristo". Anunciar a Cristo significa obrar de tal
manera que el hombre -a quien se dirige este anuncio- "crea",
es decir, se vea a sí mismo en Cristo, encuentre en Ella dimensión
adecuada de su propia vida; sencillamente, que se encuentre a sí
mismo en Cristo. El hecho de encontrarse a sí mismo en Cristo, que es precisamente el futuro de la evangelización, viene a ser la liberación sustancial del hombre. El servicio al Evangelio es servicio a la libertad del Espíritu. El hombre que se ha encontrado a sí mismo en Cristo ha encontrado el camino de la consiguiente liberación de la propia humanidad a través de la superación de sus limitaciones y debilidades; a través de la liberación de la propia situación de pecado y de las múltiples estructuras de pecado que pesan sobre la vida de la sociedad y de los individuos" (Osservatore Romano, 18 de febrero 1979). En otra catequesis de los miércoles
dirá más tarde: A propósito del viaje a Polonia escribiría el Director de la Edición Española del Osservatore: "El viaje de Juan Pablo II a su patria de origen con sus acciones y palabras, pasa a la historia como una gigantesca empresa de evangelización, como una formidable misión dada a Polonia, a Europa, al mundo entero. El Papa ha sido ante todo un peregrino de evangelización". (Oss. Rom., 17 de junio 1979). En la homilía pronunciada en la
celebración con motivo del Simposio de Obispos Europeos, el 20
de junio, afirmaba: Con fecha del 15 de octubre y en el primer aniversario de su pontificado, acaba de aparecer su gran Exhortación Apostólica "Catechesi tradendae" sobre la catequesis en nuestro tiempo, en la que se recogen las principales reflexiones del Sínodo de los Obispos de 1977. Puede decirse que este documento, juntamente con la Exhortación Apostólica de Pablo VI sobre la Evangelización del mundo contemporáneo, del 8 de diciembre de 1975, son los que mejor nos ofrecen las líneas fundamentales de la evangelización, tal como hoy se presenta a los ojos de la Iglesia. Hablando de la catequesis como una etapa de la evangelización nos dice: "Globalmente se puede considerar aquí que la catequesis es una educación de la fe, de los niños, de los jóvenes y adultos, que comprende esencialmente una enseñanza de la doctrina cristiana, dada generalmente de modo orgánico y sistemático, con miras a iniciados en la plenitud de la vida cristiana. En este sentido, la catequesis abarca cierto número de elementos de la misión pastoral de la Iglesia, sin confundirse con ellos, que tienen un aspecto catequético, preparan a la catequesis o emanan de ella: primer anuncio del Evangelio o predicación misional por medio del kerygma para suscitar la fe, apologética o búsqueda de las razones de creer, experiencia de vida cristiana, celebración de los sacramentos, integración en la comunidad eclesial, testimonio apostólico y misional. Recordemos ante todo que entre la catequesis
y la evangelización no existe ni separación u oposición,
ni identificación pura y simple, sino relaciones profundas de integración
y de complemento recíproco.
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