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por Vicente Barragán, O.P.
1. Hablar hoy de alabanza a Dios puede
parecer una cruel ironía. Dios no está demasiado brillante
en nuestro tiempo. ¿Cómo puede, en efecto, permitir tanto
absurdo, tanto dolor, tantas lágrimas, tanta explotación,
tantos fracasos...? El dolor del mundo es un reto a nuestra capacidad
de comprensión, un desafío permanente a nuestra fe. No es
fácil dar crédito y confianza a un Dios que tolera o quiere
tanto mal, que parece vengarse en nuestras carnes y satisfacer su sed
de venganza en los pobres hijos de los hombres. Encerrados en las mil prisiones de la vida (trabajos, inquietudes, dolores) estamos esperando a Alguien que nos libere de nuestras cadenas, estamos esperando, acaso sin saberlo, a Dios. 2. Pero ¿quién es Dios?
¿Qué ideas evoca esa palabra en nosotros? ¿Es una
necesidad del hombre o un invento de los poderosos para justificar sus
intereses y banderas? ¿Es un ser lejano y distante, frío
e insensible, a quien no sabemos cómo tratar, con quien no podemos
entrar en relaciones amistosas, contable y espía de nuestros actos,
que impone su ley de terror en todo momento? ¿Quién es ese
ser a quien nunca hemos visto, con quien nunca hemos hablado, a quien
nunca hemos encontrado en nuestro camino? Israel, un pueblo para la alabanza 3. Israel fue un pueblo pequeño
pero observador y sabio. Llamó a las cosas por su nombre: al dolor
lo llamó dolor y a la muerte, muerte. Sus gritos de queja fueron
desgarradores. Pero, por encima de todo, fue un pueblo de esperanza. Creyó
siempre en el Dios que le había 1levado "como sobre alas de
águila" (Ex. 19, 4). Y terminó por comprender que una
vida en alabanza era la única respuesta proporcionada que podía
ofrecer a su Dios a cambio de tanta maravilla. Mi boca está repleta de tu alabanza,
de tu gloria todo el día (Sal. 71, 8) La alabanza pone ritmo al cuerpo del hombre:
le hace levantar las manos (Sal. 134, 1-2), bailar (Sal. 149, 3), adorar,
prosternarse (Sal. 95, 6) etc. El cuerpo no permanece indiferente o inactivo
ante la invitación a la alabanza. El ser entero del hombre se convierte
en melodía para el Señor. ¡Alaba a Yahvéh, alma mía!
5. La grandeza de Dios no puede ser celebrada
cumplidamente ni por una sola voz ni por una sola vida de alabanza. Por
eso, el hombre que ha "visto" a Dios desea oír las voces
de su gente, de sus hermanos. Con toda su pasión y emoción
convoca a su pueblo a la alabanza. Todas las voces y todas las vidas de
los hombres de Israel debían subir hacia el cielo unidas en una
misma canción de alabanza: 6. Israel supo desde el principio que era un "pueblo" para los demás. En él habían de ser bendecidas todas las familias de la tierra (Gen. 12, 3). El era el sacerdote del mundo ante Dios. Por eso urgió a todos los pueblos de la tierra a la alabanza. Hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos, amos y esclavos, príncipes, magnates y plebeyos... todos tenían que alabar a Dios: ¡Te den, oh Dios, gracias los pueblos, todos los pueblos te den gracias! (Sal. 67, 4.6) Aclamad a Dios, la tierra toda, salmodiad a la gloria de su nombre (Sal. 6, 1- 2) ¡Alabad a Yahvéh, todas las
naciones, celebradle, pueblos todos! (Sal. 117, 1) Reyes de la tierra y pueblos todos, príncipes
y todos los jueces de la tierra, jóvenes y doncellas también,
viejos junto con los niños. 7. Junto al hombre está toda la creación, el espacio casi infinito poblado de millones de estrellas... y dentro de ese mundo gigantesco hay un "corpúsculo" llamado tierra, habitado por los hombres y animado por seres innumerables, seres vivos o irracionales, seres que viven en el aire o se arrastran por la tierra, seres que cantan, nadan, braman, aúllan... Cada constelación o estrella, cada flor, pez, granito de arena, hoja de árbol, copo de nieve o gota de rocío, cada cosa y cada ser de este vasto mundo es una voz que canta la alabanza del Señor. Todos los seres celebran la gloria de Dios, pero no saben decir ni expresar hasta qué punto es admirable su nombre. Su alabanza es inconsciente. Por eso, el hombre, cuando contempla el mundo, se siente arrastrado por una inmensa pasión. El se sabe sacerdote de toda la creación. El puede prestar su voz a los "sin voz" y su conciencia a los "in-conscientes". El hombre es la síntesis de todo lo creado: está hecho de ángel, de estrella, de agua, aire y tierra. El es la voz de alabanza de todos los seres: Bendígante los cielos, y tu creación
entera, por los siglos todos (Tob. 8, 5) Toda la creación es una canción.
Los seres que la componen están hermanados en una tarea común:
alabar a Dios. En el mundo no hay nada absurdo ni nada que esté
de más. Toda la naturaleza es como un querer rebasar sus propios
límites y lanzarse a la búsqueda de algo que se ansía
por encima de todo. Alguien por quien vivir: Dios. Y cuando el hombre
ama, canta y alaba lo hace con las ansias del mundo entero, con los deseos
de los astros y de las montañas, de las flores y de los peces,
del viento que roza su cara. Toda la creación alaba con el hombre.
Y el hombre recoge la alabanza inconsciente de toda la creación
y la pone, hecha sinfonía inacabada, a los pies del Señor.
El mundo entero se convierte en una canción de alabanza. 8. Y por último, en un acto de osadía sin límites, el hombre se cuela en el cielo, se mezcla con la corte de los ángeles y, como si fuera su director, les invita a que se unan al canto de alabanza que desde la tierra sube al cielo: Angeles del Señor, bendecid, al
Señor, alabadle, exaltadle eternamente (Dn. 3,58) 9. Israel conoció, en los días de fiesta, ritos bellísimos de alabanza a Dios, ritos traducidos, con cierta aproximación, con las palabras "aclamación", "júbilo", "exultación”... Cuando el pueblo de Dios conmemoraba los grandes acontecimientos de su historia, las grandes hazañas de Dios en su favor, lanzaba hacia el cielo aclamaciones estruendosas, gritos ensordecedores, vítores y aplausos... hasta que las gargantas se quedaban roncas de tanto alabar. Y como si fueran personas humanas, todos los elementos de la creación se unían al concierto general: los cielos gritan de gozo, la tierra entera aclama a su Dios, las montañas lanzan gritos de júbilo, las honduras de la tierra exultan, el mar retumba, los ríos baten palmas (Sal. 98, 4-8; Is. 44, 23; 35, 12; 49, 13; 1 Cro. 16, 31-33 etc.). La creación es feliz alabando a Dios. 10. Y sin embargo, la alabanza que la creación entera puede tributar a Dios no es ni una gota en el inmenso océano de Dios. El Señor sobrepasa infinitamente a sus criaturas. El está más allá de toda medida, cálculo, sueño o imaginación. Lo que de Dios conocemos no es más que "un eco apagado de su voz", "un contorno de sus obras" (Job. 26, 14), una huella de su paso. Ninguna alabanza puede celebrarle cumplidamente. Habría que tener su talla para alabarle como él se merece. Y por eso, nuestra alabanza no puede tener límites. Siempre se podrá alabar a Dios más y más: ¿Quién dirá las proezas de Yahvéh, hará oír toda su alabanza? (Sal. 106, 2) ¡Bendito seas, Yahvéh Dios
nuestro, de eternidad en eternidad! Sólo allá arriba en el cielo
podremos dar al Señor una cumplida alabanza, aquella, aquella infinita. 11. Alabar a Dios es el oficio y profesión
del hombre en los días de su paso por la tierra. Alabarle o no
alabarle se contraponen como la vida y la muerte. Donde no hay alabanza,
la muerte ha hecho ya su acto de presencia. El hombre que no alaba a Dios
es, ya en vida, como un cadáver ambulante. La alabanza da el pulso
de la vida: si es pujante, la vida es plena: si pierde ritmo, languidece
o decae, la vida se debilita y extingue. LA ALABANZA EN EL NUEVO TESTAMENTO por Luis Martín El Antiguo Testamento es anuncio y profecía del Nuevo Testamento. Cada uno de los elementos más característicos y salientes de la antigua alianza, la ley, el arca, el templo, el pueblo, el sacrificio, la Pascua, la Alianza anuncian y preparan otra realidad superior que tendrá plena realización en el Nuevo Testamento. Si el pueblo escogido sintió la necesidad de que la alabanza estuviera siempre en su boca (Sal 34, 2-3) y anheló vivir para alabar al Señor que hace "brotar la alabanza ante todas las gentes" (Is 61, 11), podemos decir que en el Nuevo Testamento con la oración del Mesías, el Hijo amado del Padre, adquiere la alabanza una novedad y una profundidad como nunca había alcanzado en labios de "los justos" que durante tantos siglos esperaron el cumplimiento de las promesas. Continuidad de la alabanza del A. T. En principio descubrimos la presencia
de la alabanza en la misma línea que en el Antiguo Testamento:
unas veces se manifiesta en forma de agradecimiento y bendición
ante los portentos del Señor, y otras prorrumpe en gozo ante la
salvación y la ternura de Dios. "¡Bendita tú entre las
mujeres y bendito el fruto de tu seno!" (Lc 1, 41-42) Y su alabanza
se prolonga de generación en generación hasta el fin de
los tiempos. En todos estos acontecimientos brota diáfana y natural la alabanza como algo incontenible que el Espíritu Santo hace surgir ante las maravillas de Dios. La alabanza en Jesús En Jesús adquiere la alabanza
una novedad, originalidad y sublimidad sin precedentes en toda la historia
sagrada. Sus rasgos más peculiares habrán de caracterizar
y definir la alabanza cristiana. Pero además de esto, la plegaria
de Cristo fue la alabanza del Hijo al Padre, alabanza llena de espíritu
filial que supo responder a la voz que de los cielos rasgados descendió
sobre El en el momento del Bautismo: "Tú eres mi Hijo amado,
en ti me complazco" (Mc 1, 11). Si tan marcadamente la alabanza definió
la vida de Jesús, necesariamente habría de quedar integrada
en la oración de los Apóstoles y de los primeros discípulos,
y así se transmitió a la Iglesia primitiva, como descubrimos
en los Hechos de los Apóstales, en las Epístolas y en el
Apocalipsis. Si Dios había glorificado y exaltado
a su Hijo, si había sido verdaderamente glorificado en El por la
obra que llevó a cabo, era lógico que fuera también
dirigida al mismo Cristo en persona, al mismo que ya en vísperas
de la Pasión la multitud de los discípulos alabó
a grandes voces por las maravillas que habían visto diciendo: "¡Bendito
el Rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria
en las alturas" (Lc 19, 37- 38). La expresión de esta alabanza es muy diversa: a) Puede ser en forma de doxología (fórmula breve de oración litúrgica que celebra la gloria de Dios o de Jesucristo por el que nos llegó la salvación), como, por ejemplo, en Rm 1, 25; 7, 25; 16, 25-27; Ef 3, 21; Jud 25; Ap 7, 10; 11, 15; 12, 10. La alabanza que se expresaba por medio
de la doxología se relacionaba frecuentemente con el banquete y
la comida, como manifestaciones visibles del don de Dios. Este aspecto
se transmitió a las oraciones eucarísticas. La costumbre
de que los presentes respondieran con un Amén se reafirmó
aún más en el Nuevo Testamento (1 Co 14, 16), y ya a finales
del siglo I la oración del Padrenuestro había sido ampliada
con una doxología, como lo atestigua la Didaché. c) Forma muy peculiar de alabanza son las expresiones que empiezan con el bendito sea Dios o Eulogia (bendiciones a Dios en forma de alabanza muy utilizadas en el A.T., bien como palabra eficaz e irrevocable que transmitía el don que en ella se expresaba o como acción de gracias y alabanza por la grandeza y bondad de Dios). Si bendecir es decir y comunicar el don divino, Dios es por excelencia el que bendice y su bendición llega al colmo en su Hijo y en el don del Espíritu Santo. La Eulogia al pasar al Nuevo Testamento quedó en el culto cristiano como recordatorio de los hechos salvíficos, y en adelante la bendición con que se alaba a Dios se vincula a la persona de Jesucristo, principalmente a su Resurrección (Rm 1, 4-5: 1 P 1, 3-5). El ejemplo más logrado de alabanza en forma de bendición lo tenemos en la introducción de la Epístola a los Efesios, en la que San Pablo recorre las bendiciones espirituales con las que Dios nos ha bendecido en su Hijo desde la eternidad. "Para ser nosotros alabanza de su gloria" (Ef 1, 12.14) 1.- La alabanza juntamente con la acción
de gracias resalta en el Nuevo Testamento como la actitud fundamental
y permanente de la vida cristiana. 2.- La alabanza divina se convirtió
en la comunidad cristiana en el auténtico culto a Dios: "Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar los alabanzas de aquél que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz...” (1 P 2, 9). 3.- El Apocalipsis nos describe la liturgia
celestial, el cántico nuevo de los bienaventurados, y nos transmite
himnos preciosos de alabanza: Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios Todopoderoso; justos y verdaderos tus caminos, ¡oh
Rey de las naciones! ¿Quién no temerá, Señor,
y no glorificará tu nombre? Porque sólo Tú eres santo,
y todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti, porque
han quedado de manifiesto tus justos designios" (Ap 15, 3-4). Todo esto nos da a entender que la alabanza era la auténtica forma existencial de la comunidad cristiana, modelada de acuerdo con la liturgia celeste. 4.- La exigencia de la vida cristiana
es ofrecer a Dios sin cesar y por medio de Jesucristo "un sacrificio
de alabanza, es decir, el fruto de los labios que celebran su nombre"
(Hb 13, 15). Por eso la vida del cristiano es inconcebible sin alabanza. Al ser algo tan primordial en la Iglesia primitiva no pudo menos de quedar reflejado así en la rica Tradición que llega hasta nosotros en la oración litúrgica, en la que los frecuentes aleluyas y gloria Patri marcan el ritmo de la alabanza. Deja de ser alabanza cuando queda en mera
exteriorización verbal o puro formalismo, defecto del que frecuentemente
se puede adolecer.
Por Sor Ma. Victoria Triviño, osc. El cristiano está llamado a ser en el santuario de su propio ser, una "alabanza de Gloria", sin interrupción en el tiempo, hasta que el último instante de su condición peregrina se pierda en el inmenso mar de la eternidad. Más, esta actitud íntima no basta. El cristianismo es comunitario por su esencia y la alabanza tiene su lugar de expresión familiar en la Liturgia. El Pueblo de Israel, tan pronto como hubo cruzado el Mar Rojo, a las primeras luces del alba, hizo una experiencia nueva. Reunidos maravillosamente en la Ribera, mientras las aguas volvían a alcanzar su nivel, se sintieron y descubrieron como "un pueblo de hermanos". Un mismo aliento de alabanza henchía su pecho y juntos expresaron con canciones, danzas e instrumentos, la alabanza al Dios que salva "en el Mediador, en la Nube y en el Mar”. La misma experiencia iban teniendo los primeros cristianos al ser bautizados en el Agua y en el Espíritu. Nacían como pueblo de hermanos que necesitaban reunirse: para la enseñanza de los Apóstoles, para la Fracción del Pan y para las oraciones. El calor de esta comunión fraterna era el signo de su autenticidad entre los gentiles. También nosotros, como comunidad de Redimidos, seguimos siendo convocados en el Espíritu para alabar al Padre en Cristo, por El y en El. El es nuestro Sacerdote, nuestro Liturgo en plenitud. En El la koinonía se derrama enlazando tierra y cielo, todos los miembros de su Cuerpo Místico. En El la alabanza litúrgica trasciende el tiempo y el espacio adentrándose en el santuario del cielo... En El es la alabanza en Espíritu y Verdad. Algunos rasgos de la alabanza en la eucaristía La realización por excelencia de la alabanza cristiana es la Eucaristía. No sólo porque se concentra sobre la unidad de la obra creadora, sino también porque es su fruto: el gran acto de reconocimiento, en el que la criatura salvada en Cristo le alaba por la gracia recibida, y haciendo esto se asocia ya a la alabanza perfecta, a la glorificación definitiva del Padre... ¡Hasta que El vuelva! El "Gloria" Ya en el rito de Entrada, la Madre Iglesia
pone en nuestros labios un legado precioso de la poesía hímnica
primitiva, una joya de inspiración bíblica que se ha guardado
en Oriente y Occidente, el Gloria. Entró en la Liturgia de la Misa
como una pieza excepcional reservada a brillar en el tiempo pascual. Sólo
posteriormente se hizo común a las misas dominicales. El conocer
el aprecio en que se ha tenido el Gloria a través de los siglos
debe llevarnos a estimar y cuidar su digna ejecución. Prefacio La Madre Iglesia, en el caminar progresivo hacia la Pascua del Año Litúrgico, va canalizando nuestra alabanza en las expresiones más coherentes, según los matices de nuestro itinerario participante en los Misterios de Cristo. La pieza litúrgica especialmente sensible a estos matices es el prefacio. La Gran Plegaria Eucarística Lo pieza clave de la Liturgia de la Eucaristía es la Anáfora o Plegaria Eucarística que se despliega solemnemente ante el Padre, por mediación del Hijo, y es "centro y culmen" de toda la celebración. Sus acentos son de alabanza y acción de gracias por las obras maravillosas y salvadoras del Padre. Particularmente bella es la Plegaria IV. La recita únicamente el que preside, en Persona de Cristo. Sin embargo tiene como dos polos en que se apoya la expresión y participación de la asamblea y en los que se realiza la plenitud del rito por medio del canto. Son el Santus y el Amén final. El Santus Se conoce en la estructura de la Misa,
desde el s. IV en Oriente, y desde el s. V en Occidente. Es el canto más
antiguo y más importante del Ordinario. Corresponde siempre a la
asamblea, y para facilitar su participación vale la pena potenciarla
con técnicas de repetición. El Amén Viene a sellar como una ratificación
solemne toda la Gran Plegaria Eucarística. Es una intervención
clara de nuestro sacerdocio de fieles, de nuestra adhesión entusiasta
a Cristo Resucitado que glorifica al Padre. Liturgia de las horas La alabanza lleva en sí misma
la tendencia a ser incesante y simplicísima. "Contempladlo
y quedaréis radiantes!" ¡Dios que recuerda su Alianza...
Dios que realiza en el Hijo el designio de su Amor sobre nosotros... Dios
que salva! Hasta sentirse inmersos en la liturgia del reino Toda celebración litúrgica debería ser un acontecimiento, pletórico de nuevas experiencias. Allá donde la fe exultante se ensancha, se expresa al entrar en comunión con la asamblea de los justos, de los humildes, de los que se admiran ante la grandeza de Dios; al acoger la Presencia del Resucitado... La alabanza nace... del embeleso, de la admiración, del fuego que se enciende por dentro en presencia del Señor. Supone un alma dilatada que puede expresarse de manera total. En la Liturgia esa expresión normalmente ha de ser inteligible a la comunidad, y se vierte dentro de las formas de expresión que realmente "significan" en el marco vital. Esas formas son frecuentemente el canto, la música y la danza. A este respecto os confiaremos un testimonio de un hermano, Fr. Josep Mª Massana, ofm., que hasta hace poco estaba entre nosotros y ahora nos escribe desde la Misión de Lilongwe (Malawi-África): " ... Cada día tengo el gozo de participar con las hermanas Clarisas la Liturgia: Laudes a las 5.20, Eucaristía a las 6, y a la tarde Vísperas a las 4,50. Os diré que, aunque de momento no entiendo "ni papa" de Chichewa, vivo intensamente esta liturgia. Es totalmente africana en contenido y expresión. Más de una vez me saltan las lágrimas, por la vivencia profunda de presencia del Señor. ¿Como os lo diría? La Liturgia es una perfecta síntesis de concierto (tambores, y otros instrumentos típicos) y representación simbólica. Todo con una sencillez sobrecogedora. Danza y texto, ritmo y música forman una perfecta unidad. Todo es cantado y muchas cosas son representadas en danzas, gestos; a veces en grupo, a veces todas. Aplaudir, elevar las manos en gesto de ofrenda, o de petición, postración en gesto de profunda adoración... Cada día es diferente. El primer día en que vi 28 monjas, negras todas, menos cuatro, descalzas totalmente, danzando delicadamente en alabanza del Señor al son de los instrumentos y cantando polifonías africanas... vi a Sta. Clara en rostro negro, pero con ojos" claros" y rostro radiante... Me sentí inmerso en la liturgia del Reino. (13-12-1983)." ¿No vale este testimonio más que muchas ponderaciones? ¡He aquí el ideal! Que al celebrar la Liturgia, la LUZ del Señor Resucitado lo transforme e informe todo... hasta el punto de sentirnos "inmersos en la Liturgia del Reino". La Eucaristía, escuela de alabanza por Manuel R. Espejo, Seh. P. Es muy importante, para crecer en la alabanza, profundizar en la Eucaristía, como la mejor escuela de alabanza que se nos ha dado. I.- UNAS AFIRMACIONES GENERALES 1. La Eucaristía es el memorial
de la perfecta alabanza al Padre, puesto que es el recuerdo sacramental
de la alabanza que le tributó su Hijo Jesús con la propia
vida. 3. Cada Eucaristía es una Efusión del Espíritu Santo. Y nosotros sabemos que la auténtica alabanza brota del Espíritu que habita el corazón del creyente y "se desata" en la efusión. Veamos algunos textos: • "santifica estos dones con
la efusión de tu Espíritu" (epíclesis de la
plegaria- ll). 4. La Eucaristía es una celebración, una fiesta por la bondad del Padre, una acción de gracias. Y qué otra cosa es la alabanza, si no una celebración, una fiesta, una acción de gracias? En el memorial de las cuatro Plegarias se lee: "al celebrar ahora el memorial... ". II. ESCUELA DE ALABANZA 1. Desde el saludo inicial está
presente la alabanza: reconocemos la gracia de Jesús, el amor del
Padre y la comunión del Espíritu. Esta es la raíz
de la alabanza. 3. En el gloria ensalzamos al Padre, al
Hijo y a su Espíritu.
• ''A ti, pues, Padre misericordioso...
" (1). ¿Qué momento mejor para sanar que el de la comunión del cuerpo y la sangre de Cristo? c) La oración final recoge muchas
veces esta idea de la Eucaristía como fuente de liberación
y sanación. 1. La Eucaristía nos señala
el motivo para nuestra alabanza; p. ej. (sin entrar en el rico análisis
de los Prefacios) cuando se dice en la Plegaria II: 2. La Eucaristía nos enseña
"la técnica" de la alabanza; p. ej. cuando se dice en
el rito de la paz: 4. La Eucaristía fomenta el deseo
ecuménico de la unidad, otra dimensión muy querida en los
Grupos de la Renovación: • "Señor Jesucristo...
conforme a tu palabra concede a tu Iglesia la paz y la unidad" (Rito
de la paz). Quiero concluir con un texto del Vaticano
II que nos pone en la pista de otra gran Escuela de alabanza, la Liturgia
de las Horas: Alabanza a Dios en unión con la Iglesia del cielo. En la Liturgia de las Horas, la Iglesia,
desempeñando la función sacerdotal de Cristo, su cabeza,
ofrece a Dios, sin interrupción, el sacrificio de alabanza, es
decir, el fruto de unos labios que profesan su nombre. Esta oración
es "la voz de la misma Esposa que habla al Esposo; más aun:
es la oración de Cristo, con su cuerpo, al Padre". "Por
tanto, todos aquellos que ejercen esta función, por una parte,
cumplen el deber de la Iglesia y, por otra, participan del altísimo
honor de la Esposa de Cristo, ya que, mientras alaban a Dios, están
ante su trono en nombre de la madre Iglesia.” ENTRESACANDO DEL RICO TESORO DE LA TRADICIÓN.
Cantar salmos con el espíritu, pero cantarlos también con la mente ¿Qué cosa hay más
agradable que los salmos? Como dice bellamente el mismo salmista: Alabad
al Señor, que los salmos son buenos; nuestro Dios merece una alabanza
armoniosa. Y con razón: los salmos, en efecto, son la bendición
del pueblo, la alabanza de Dios, el elogio de los fieles, el aplauso de
todos, el lenguaje universal, la voz de la Iglesia, la profesión
armoniosa de nuestra fe, la expresión de nuestra entrega total,
el gozo de nuestra libertad, el clamor de nuestra alegría desbordante.
Ellos claman nuestra ira, rechazan nuestras preocupaciones, nos consuelan
en nuestras tristezas. De noche son un arma, de día una enseñanza;
en el peligro son nuestra defensa, en las festividades nuestra alegría;
ellos expresan la tranquilidad de nuestro espíritu, son prenda
de paz y de concordia, son como la cítara que aúna en un
solo canto las voces más diversas y dispares. Con los salmos celebramos
el nacimiento del día, y con los salmos cantamos a su ocaso. (S. AMBRIOSIO, Comentarios sobre los salmos. Traducción del Breviario, t. III. págs. 288-289.)
Movido ante estas cosas a volver sobre mí mismo, entré en mi interior guiado por Dios, y lo pude hacer porque El fue mi ayuda: entré y vi con los ojos de mi alma -que no sé cómo decir que son- una luz fija sobre mis ojos, sobre mi mente, no la luz que habitualmente vemos, ni siquiera parecida, sino mayor, como si brillase más y con más claridad y lo iluminase todo con su grandeza: no era la luz que siempre vemos, sino distinta, muy distinta a todas. Ni su manera de estar ante mis ojos y en mi mente era como está el aceite sobre el agua en la alcuza o el cielo sobre la tierra, sino más arriba, porque ella me hizo, y yo muy abajo, porque he sido hecho por ella. Quien conoce la verdad sabe cómo es, y quien sabe cómo es conoce la eternidad: es el amor quien la conoce. ¡Eterna verdad, verdadero amor, amada eternidad! Ella es mi Dios: por ella suspiro día y noche, y cuando por primera vez la conocí, me llevó con ella para que viese que existía lo que yo debía ver y aún no estaba preparado para ver. Hizo que la debilidad de mis ojos reflejasen su luz, dirigió con fuerza sus rayos sobre mí y me estremecí de amor, y a la vez de miedo: y advertí entonces que me encontraba lejos de ella, en una región extraña, desde donde me pareció oír su voz que de lo alto me decía: Yo soy el manjar de los grandes, crece y podrás comer. Tú no me cambiarás en ti; como cambias la comida en tu propia carne, sino que yo te convertiré en mí. Y supe que por su maldad el hombre fue
condenado, y que su alma se secará como una tela de araña,
y me dije: ¿Es que no es nada la verdad por no encontrarse extendida
en el espacio? Y Dios me gritó desde lejos: ¡AI contrario,
Yo soy el que soy! y lo oí como se oye interiormente en el corazón,
sin dejarme lugar a la más mínima duda; con más facilidad
dudaría yo de que vivo que de que la verdad existe, de que, a través
de las cosas creadas, se advierte su existencia.
Señor, ¿dónde te
hallé para conocerte -porque ciertamente no estabas en mi memoria
antes que te conociese-. dónde te hallé, pues, para conocerte,
sino en ti mismo, lo cual estaba muy por encima de mis fuerzas? Pero esto
fue independientemente de todo lugar, pues nos apartamos y nos acercamos,
y, no obstante, esto se lleva a cabo sin importar el lugar. ¡Oh
Verdad!, tú presides en todas partes a todos los que te consultan
y, a un mismo tiempo, respondes a todos los que te interrogan sobre las
cosas más diversas. (S. AGUSTIN, Confesiones, del
Breviario Miércoles VIII.) Grande eres, Señor, y muy digno
de alabanza; eres grande y poderoso, tu sabiduría no tiene medida.
Y el hombre, parte de tu creación, desea alabarte: el hombre, que
arrastra consigo su condición mortal, la convicción de su
pecado y la convicción de que tú resistes a los soberbios.
Y, con todo, el hombre, parte de tu creación, desea alabarte. De
ti proviene esta atracción a tu alabanza, porque nos has hecho
para ti, y nuestro corazón no halla sosiego hasta que descansa
en ti. (S. AGUSTIN. Confesiones, del Breviario, Domingo IX.)
El júbilo de la alabanza Cantadle un cántico nuevo, cantadle
con maestría. (S. AGUSTIN, Salmo 32, sermo 1. Traducción de Breviario. Oficio del 22 de noviembre.)
La manifestación del Señor ¿Cómo podría no
buscarte? Tú te has revelado al alma de modo indecible. La tienes
prisionera de tu amor; ella no puede olvidarte. Alabanza y acción de gracias a Dios y a su gran Misericordia, porque El concede a nosotros, hombres pecadores, la gracia del Espíritu Santo. No se necesita riqueza ni erudición para conocer a Dios, sino la obediencia y la castidad, un espíritu humilde y amor al prójimo. El señor ama a un alma tal y se revela a ella. La amaestra en la caridad y en la humildad y le da lo que es necesario para alcanzar la paz en Dios. Conozco a un hombre a quien el Espíritu
Santo visitó con su gracia. Si el Señor le hubiese preguntado:
"¿Quieres que te dé todavía más?",
él habría respondido, en su impotencia carnal: SILVANO DEL MONTE ATHOS, Escritos, en Espiritualidad Rusa, Nebli. Ed. Rialp. Madrid 1965, pg. 155-156).
Para un verdadero sabio (o cristiano instruido), toda la vida es una fiesta sacra. Sus sacrificios consisten, por tanto, en las oraciones y en las alabanzas, en la lectura de la Sagrada Escritura antes de las comidas, en la recitación de los salmos y de los himnos durante las comidas y antes de acostarse, y en la oración de la noche. Así se une a la milicia celestial, mediante su pensar incesante en una contemplación inolvidable. ¿Pero cómo? ¿No se reconoce el otro sacrificio, que consiste en dar espontáneamente con doctrina y con hechos a los necesitados? Cierto, pero durante la oración, que recita en alta voz, no usa muchas palabras, porque ha aprendido también del Señor cómo se ha de rezar. Reza, pues, en todo lugar, pero no públicamente y delante de los ojos de todos. Y reza en toda circunstancia, bien sea al hacer un paseo, bien sea cuando va en compañía de otros, o cuando reposa, o también al comienzo de una obra espiritual. Y cuando en el interior de su alma alimenta un pensamiento y con gemidos inenarrables invoca al Padre. CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, Stromata. ¡ESPIRITUALIDAD DE LOS PRIMEROS CRISTIANOS, Rialp, Madrid 1979, págs. 166-167)
Como la oración puede ser Continua Al cabo de tres semanas aproximadamente comencé a experimentar en el corazón cierto dolor, pero acompañado de una alegría y un fervor inmensamente agradables. Esto me indujo a insistir aún más en la oración: dominaba completamente mis pensamientos, sentía una gran alegría y como una liberación de la gravedad de mi cuerpo, de modo que me veía transformado y arrebatado. Sentía gran amor por Jesucristo y por toda la creación de Dios. Se me llenaban de lágrimas los ojos, lágrimas de gratitud hacia el Señor. Tan misericordioso conmigo, obstinado pecador. Mi pobre inteligencia se iluminó de tal manera, que podía contemplar cosas que antes no hubiera osado pensar. A veces, un ardor celestial penetraba todo mi ser y, en mi recogimiento, sentía la divina presencia. Sólo con pronunciar el nombre de Jesús me sentía feliz. Entonces comprendí lo que significan aquellas palabras: el reino de Dios está dentro de vosotros. Todas estas experiencias me enseñaron que la oración interior produce abundantes frutos: sincero amor de Dios, paz interior, rapto del espíritu, pureza de pensamiento, agilidad y vigor en todos los miembros, un general bienestar, insensibilidad a las enfermedades y dolores, nueva fuerza de raciocinio, nueva inteligencia de la Sagrada Escritura: comprensión del lenguaje de todas las criaturas, repulsa de toda vanidad, nuevo concepto de la santidad y de la vida interior y, finalmente, la conciencia cierta de que Dios está presente y de que su Amor lo abraza todo. Después de pasar cinco meses en este recogimiento y con experiencias tan dichosas me acostumbré de tal manera a la oración que no la abandonaba nunca, la sentí resonar dentro de mi no sólo cuando estaba despierto, sino también durante el sueño, sin interrumpirse por un solo instante, cualesquiera que fuesen mis ocupaciones. Mi alma daba continuas gracias a Dios y mi corazón se derretía de una beatitud infinita. Vino el tiempo de la tala del bosque y por todas partes comenzaron a llegar obreros. Tuve que dejar mi silenciosa morada. Di las gracias al guardabosque, oré, besé la tierra en que Dios se me había mostrado tan liberal, cogí mi alforja y me fui. Peregriné largo tiempo y por diversos lugares hasta llegar a Irkustk. El rezo silencioso de la oración a Jesús en el fondo del corazón me confortaba y sostenía en mi viaje. Ninguna circunstancia externa, ninguna ocupación la impedían. Cuando me ocupaba de algún asunto, la oración me ayudaba a resolverlo más rápidamente. Mientras escuchaba o leía, la oración seguía brotando de mi corazón. Pensaba dos cosas a la vez como si se desdoblase mi personalidad o hubiese dos almas en mí. ¡Cuán misteriosa es la naturaleza humana! ¡Cuán grandes son tus obras, Señor! Todas las hiciste con sabiduría; la tierra está llena de tu riqueza (Sal 13, 24). (EL PEREGRINO RUSO, Edic. de Espiritualidad, Madrid 1982, págs.85-87)
Alabar a Dios porque es Dios Pero la oración de alabanza debe
ir más lejos todavía. En efecto, la alabanza es todavía
imperfecta cuando se dirige a Dios en función de los beneficios
que recibimos de él - esta seria todavía una actitud demasiado
interesada-, es preciso darle gracias, alabarle, bendecirle porque es
Dios, porque en sí mismo es amor. Es la oración de bendición
que encontramos en todas las páginas de la Biblia, y que Cristo
expresa maravillosamente en el padrenuestro: "Padre, santificado
sea tu nombre. " (Mt. 6.9) .. A cambio, Dios hace bajar su bendición manifestando su rostro glorioso a sus hijos que le bendicen y alaban. "Yahvé habló a Moisés y le dijo: Habla a Aarón y a sus hijos y diles: Así habéis de bendecir a los hijos de Israel. Les diréis: "Yahvé te bendiga y te guarde; ilumine Yahvé su rostro sobre ti y te sea propicio. Yahvé te muestre su rostro y te conceda la paz. Que invoquen así mi nombre, sobre los hijos de Israel, y yo les bendeciré'" (Nm. 6, 22-27). Como dice muy bien Hélinaud de Froimont, un cisterciense del siglo XII: " Hay unos que bendicen al Señor porque es poderoso; otros porque es bueno para ellos, finalmente otros porque es bueno en sí mismo. Los primeros son esclavos que tiemblan, los segundos, mercenarios que no piensan más que en su interés, pero los terceros son hijos que sólo piensan en su padre... Sólo este amor puede apartamos del amor del mundo o del egoísmo para dirigirlo hacia Dios". Se da una especie de recuperación
de la condición parusíaca que se traduce en el hecho de
que la vida de los santos es un canto de gloria a la alabanza de la Trinidad. ¿Quién ha alcanzado el estado de oración perpetua? El hombre despierto a la vida del Espíritu, que desde que se despierta por la mañana, vuelve a encontrar la oración viva en él, que no le abandona hasta la noche; aún al adormecerse desea que la oración penetre su sueño. No se trata de una actividad psicológica, repitámoslo, sino de una espiritualización de toda su persona. El hombre deificado no está en acto de oración, sino en estado de oración. Un monje escribía: "Al acto de oración sucede el estado de oración." Esto es muy importante porque el hombre es oración. La verdadera naturaleza del hombre es
oración, como verdadera naturaleza de todas las cosas. La primera manifestación de la profecía es la alabanza Las profecías del Antiguo Testamento
y Nuevo Testamento están, al menos indirectamente, centradas en
Cristo; pero mientras que las profecías del Antiguo Testamento
deben volverse desde ahí hacia el futuro, la profecía cristiana
del Nuevo Testamento es esencialmente una celebración de lo que
ya está ahí. Todavía hay, por supuesto, un elemento
de futurismo, todavía hay una profecía cristiana que mira
hacia delante, como vemos en el Apocalipsis. Pero no hay nada que contenga
el futuro que no esté ya contenido en el presente de Jesucristo.
Es demasiado fácil llamar a alguien
profético sólo porque tiene el valor de decir cosas poco
agradables, cosas que tienen que decirse. Pero el verdadero testimonio
cristiano siempre debe equilibrar sus críticas y denuncias con
sincera acción de gracias. Es muy instructivo ver a san Pablo,
en acción. Nunca se muerde la lengua, tiene por ejemplo, algunas
cosas durísimas que decir a los corintos. Sin embargo, su primer
pensamiento no es la condena, sino: "Continuamente doy gracias a
mi Dios por vosotros, por la generosidad que ha usado con vosotros como
cristianos" (1 Cor'. 1, 4). Aunque no los puede llamar espirituales
(I Cor. 3, 1), todavía da gracias a Dios por ellos siempre, por
la gracia de Dios les ha otorgado.
¡Oh Deidad eterna, oh eterna Trinidad,
que por la unión de la naturaleza divina diste tanto valor a la
sangre de tu Hijo unigénito! Tú, Trinidad eterna, eres como
un mar profundo en el que cuanto más busco, más encuentro,
y cuando más encuentro, más te busco. Tú sacias al
alma de una manera en cierto modo insaciable, pues en tu insondable profundidad
sacias al alma de tal forma que siempre queda hambrienta y sedienta de
ti. Trinidad eterna, con el deseo ansioso de verte a ti, la luz, en tu
misma luz. ¡Oh abismo, oh Trinidad eterna,
oh Deidad, oh mar profundo! ¿podías darme algo más
preciado que tú mismo? Tú eres el fuego que siempre arde
sin consumir; tu eres el que consumes tu calor los amores egoístas
del alma. Tú eres también el fuego que disipa toda frialdad;
tú iluminas las mentes con tu luz, en la que me has hecho conocer
tu verdad. (STA. CATALINA DE SIENA El Diálogo, Traducción del Breviario, t. II. págs. 1430-1491.)
¿Cómo llegar a realizar
el gran sueño del corazón de nuestro Dios, ese querer inmutable
con relación a nuestras almas? ¿Cómo responder, en
una palabra, a nuestra vocación y llegar a ser perfectas alabanzas
de gloria de la Santísima Trinidad? Alabanza de gloria es un alma que mora en Dios, que le ama con amor puro y desinteresado, sin buscarse a si misma en el consuelo de ese mismo amor; que le ama por encima de todos sus dones, y estaría dispuesta a amarle aun cuando nada hubiese recibido de El; que busca el bien del objeto amado con el mayor desinterés por su parte. Ahora bien: ¿de qué manera ha de buscarse y querer eficazmente el bien de Dios sino cumpliendo su santísima voluntad, ya que esta divina voluntad es que la dispone todas las cosas para su mayor gloria? Esta alma, por lo tanto, debe entregarse plenamente, ciegamente, a cumplir esa voluntad, de tal manera que llegue al extremo de no querer otra cosa sino lo que Dios quiere. Alabanza de gloria es un alma que logra mantenerse como una lira dócil en las manos misteriosas del Espíritu Santo, para que El haga saltar de sus cuerdas armonías divinas. Convencida de que el sufrimiento es la cuerda que emite los sonidos más delicados, se complace en ver esta cuerda en su propio instrumento, a fin de regocijar más deleitosamente el Corazón de su Dios. Alabanza de gloria es un alma que está fija en Dios por medio de la fe y de la simplicidad; un alma que es un reflejo vivo de lo que es El: un alma que es a la manera de un abismo sin fondo donde El puede difundirse, expansionarse; un alma ?semejante a un cristal, a través del cual puede El hacer pasar sus rayos, contemplar sus propias perfecciones, su propio resplandor. Un alma que permite de este modo que el ser divino sacie su ansia de comunicar todo cuanto El es y todo cuanto El tiene, es en realidad de verdad la alabanza de su gloria en todos sus dones. Alabanza de gloria, en fin, es un ser que vive de continuo en una perenne acción de gracias: que todos y cada uno de sus actos, de sus movimientos, de sus pensamientos, de sus aspiraciones, al propio tiempo que la arraigan más y más en el amor, vienen a ser como un eco del "Sanctus" eterno. En el cielo de la gloria, allá arriba, no se cansan los Bienaventurados de repetir día y noche: "Santo. Santo. Santo es el Señor todopoderoso…, y postrándose, adoran al que vive por los siglos de los siglos" En el cielo del alma, acá abajo, la alabanza de gloria comienza a ejercer el oficio que habrá de proseguir luego para siempre en la eternidad. Su canto no se interrumpe un instante porque ella se mueve bajo la acción del Espíritu Santo. Y aunque no siempre tenga conciencia de ello, porque la debilidad de la naturaleza no le permite estar siempre fija en Dios, sin distracciones, canta sin embargo en todo momento; se mantiene de continuo en una perpetua adoración; se halla, por así decirlo, en perennes transportes de alabanza y de amor, en un anhelo incesante por la gloria de su Dios. ISABEL DE LA SMA. TRINIDAD. Obras Completas, Edit. de Espiritualidad, Madrid 1964. págs. 168-171.
¿Y cómo podemos adorar el misterio de Dios si es incognoscible e impronunciable? Nosotros podemos alabar a Dios por su creación y podemos enumerar todas las criaturas y las cosas que ha creado. Así pronunciamos contenidos que todos podemos entender. El himno de San Francisco es uno de los más hermosos en este sentido: ¡Loado seas por el sol, la luna y las estrellas; por el mar y la tierra firme; por la luz y la oscuridad; por los días y las noches; por las fuentes, los campos y las montañas; por la mañana y por los animales! Si adoramos a Dios, sólo podemos exclamar: ¡Te alabamos, te bendecimos, te adoramos! Este "Tú" que decimos a Dios, no contiene algo especial porque no podemos imaginarnos el "Tú" de Dios. Ninguna de nuestras palabras humanas,
incluso las palabras "Dios", "Padre", "Santo",
etc., pueden comprender el misterio de Dios. Siempre quedan nuestras palabras
llenas de nuestras experiencias humanas. La Biblia misma aplica estas
imágenes a Dios; pero quien y cómo es Dios, es un incognoscible
e inenarrable misterio. Si empezamos a enumerar las "cualidades"
de Dios (tú solo eres santo, tú solo el Señor, tú
solo el Altísimo), entonces llenamos este "Tú"
referido a Dios con determinados "contenidos". En la oración
de lenguas tomamos muy en serio lo inefable de Dios. Por eso es esta oración
para muchos un enriquecimiento esencial y la puerta para la adoración
de Dios por lo que El es. Si el Espíritu de Dios te ha llevado durante estas semanas, o tal vez ya antes, a dar nuevos pasos en la fe, podrías pedir ahora este don, incluso sin que otros te ayuden. En primer lugar, es algo natural, porque cada hombre ha recibido desde su nacimiento la facultad básica para hablar; y ésta se desarrolla en el niño pequeño, en su idioma familiar. En la oración de lenguas, esta capacidad sube de nuevo de las profundidades de nuestro ser, fuera de todo sistema y se hace expresión de nuestra fe. Si no se da el paso hacia una fe muy personal, la oración en lenguas queda en un suceso psíquico como todos los demás. Recuerda, en primer lugar, que Dios ha "instituido" este don, y con esto te lo ha prometido también a ti (cf. I Cor. 12, 28). Cada uno no puede ni debe practicar públicamente este don en el grupo de oración (v. 29); pero Dios lo da a cada uno si se lo pide para la oración privada. Tienes que convencerte de que Dios te lo ofrece también a ti. Tú no estás obligado a tener este don como tampoco tienes que recibir necesariamente un regalo para tu cumpleaños. Tal vez Dios te lo dé más tarde, después de la renovación en el Espíritu. En comunidades grandes se puede introducir ante todo el "Canto" en lenguas: "Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo" (Ef. 5, 19 ss.). "Cantad agradecidos a Dios en vuestros corazones con salmos, himnos y cánticos inspirados, y todo cuanto hagáis, de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre" (Col. 3, 16-17). Con estas palabras no se quiere indicar, sin duda alguna, cantos compuestos según las leyes de la música, sino cánticos que vienen del corazón y de la plenitud del Espíritu, durante la oración. Se puede empezar con un canto en el que todos participan, sin que sea una presentación artística. Hay una gran diferencia si se canta algo con maestría y arte, o si se trata de una presentación, al mismo tiempo, espiritual que viene de la plenitud del Espíritu como servicio a la fe de los demás. Un servicio semejante es también el sonido común de muchas oraciones y cantos en lenguas que se unen en la armonía de este cuerpo de Cristo. A continuación de uno de estos cantos "espirituales", o en un momento dado, alguien empieza con un tono, los otros lo siguen y se busca un tono más arriba o abajo o igual, resultando una armonía. Esto es ya también un dato socio-espiritual; no se indican antes las notas, ni se dan los tonos, sino cada uno se reduce al conjunto “para que no haya discordia en el cuerpo" (cf. 1 Cor. 12, 25). Cada uno puede subir o bajar en está escala de notas. Según como lo inspire el Espíritu. Puede ser aclamaciones en la propia lengua (Jesús es Señor, Señor, ten piedad), un aleluya o una sola vocal. No importa lo que se canta o suena, sino que uno canta delante de Dios en la profunda adoración de su inexplicable misterio. Todos y cada uno pueden participar en el "canto según el Espíritu", aunque no se tenga el don de lenguas en sentido más estricto. A cada uno ha sido prometida la experiencia de que la oración es un proceso de Dios en su inexplicable misterio. Dios, el Espíritu Santo, reza en nosotros por medio del Hombre Dios, Jesucristo, a Dios, el Padre. (HERIBERT MUHLEN, Catequesis para
la renovación carismática, Secretariado Trinitario,
Salamanca 1979, págs. 339 – 343). PARA LA MAYOR GLORIA DE DIOS Por. Manuel Martín-Moreno, S.J. El mensaje que nos transmite el P. Juan Manuel Martín-Moreno, SJ., lo hallaremos más ampliamente expuesto en su libro ALABARE A MI SEÑOR, Ediciones Paulinas, Madrid 1982, 143 pgs., cuya primera edición se agotó enseguida. Esperamos que su próxima obra, que está para salir, TU PALABRA ME DA VIDA, tenga la misma acogida. Recuerdo que cuando tuve mis primeros
contactos con la Renovación carismática, me resultaba muy
extraña la forma como se repetía continuamente la expresión:
¡Gloria al Señor! Me parecía que era una muletilla,
casi como un movimiento reflejo, un tic nervioso. Pero al mismo tiempo
advertía que en aquellas palabras había un acento familiar
de algo que había escuchado muchas veces. A) El hombre juglar de Dios Todo el universo ha sido creado a gloria de Dios. Dios no ha podido pretender otro fin en su creación que el de manifestar y participar su gloria. Esa gloria que definen los manuales de teología como clara cum laude notitia: un luminoso reconocimiento que lleva a la alabanza. Todas las cosas, pero de una manera especial el hombre, han sido creadas para alabanza de su gloria (Ef. 1, 12.14). Distinguen todavía los teólogos dos maneras de dar gloria a Dios. Una es la gloria objetiva, la que dan también los cielos, las montañas, las aves y los árboles, y todos los seres que no gozan de inteligencia. Ellos también participando de la belleza de Dios, dan gloria al Creador. Los cielos cantan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos... No es un mensaje, no hay palabras, ni su voz se puede oír, mas a toda la tierra alcanza su pregón (Sal 19, 2.4). Pero hay otra forma de dar gloria a Dios, la gloria formal que sólo pueden dar los seres inteligentes, capaces de reconocer la belleza de Dios reflejada en la creación. El hombre es el juglar de Dios. Con su inteligencia y con su corazón puede poner letra a la música de las estrellas y transformarla en un canto de amor. O mejor, si preferimos, la creación es como una partitura, un pentagrama en el que están escritas las más bellas melodías. Pero la partitura está muda hasta que la voz del hombre le arranca sus acentos. El hombre participa a la vez de la gloria
formal, en cuanto alaba a Dios con su corazón y sus labios, y de
la gloria objetiva en cuanto él mismo participa de la belleza y
de la santidad de Dios. Por eso el hombre alaba a Dios no sólo
cuando canta o cuando reza salmos, sino también cuando refleja
en su vida la santidad de Dios. Dice san Agustín: En efecto, lo alabamos ahora, cuando nos reunimos en la iglesia, pero cuando volvemos a casa parece que cesamos de alabado. Y no es así: si no cesamos en nuestra buena conducta, alabaremos continuamente a Dios. Dejas de alabar a Dios cuando te apartas de la justicia y de lo que a él le place. Si nunca te desvías del buen camino, aunque calle tu lengua, habla tu conducta; y los oídos de Dios atienden a tu corazón" (San Agustín, al Salmo 148. CCL 40, 2166). Pedimos en el Padre nuestro: Santificado sea tu nombre, y en realidad lo que estamos pidiendo es que Dios difunda su santidad en nosotros. En el fondo es otra manera de decir: Venga tu Reino. Revístenos de tu santidad, para que así tu nombre pueda ser santificado en nosotros. "Bendito el Señor que nos ha bendecido" (Ef. 1, 3). Sólo cuando Dios nos bendice podemos nosotros bendecirlo a El. Sólo cuando nos santifica, podemos santificarlo a él. Nos hace capaces de glorificarle comunicándonos su vida abundante. El seol no te alaba, y la muerte no te glorifica, ni los que bajan al pozo esperan en tu fidelidad. El que vive, el que vive, ése te alaba como yo ahora (Is. 38, 18-19). La gloria de Dios es el hombre que vive y en la medida en que vive. Esta vida de Dios en nosotros es la que
cantan los juglares de Dios, como Francisco de Asís, que pasó
su vida cantando. Ya nos dicen sus biógrafos que el día
en que renunció a la herencia de su padre, se fue por los bosques
cantando las alabanzas del Señor. Y cuando por las calles de Asís
pedía de limosna piedras para restaurar la capillita de san Damián,
lo hacía cantando, hasta el punto de que le tomaban por loco. B) Alabar y servir Cada vez que repetimos ¡Gloria al Señor!, lo que estamos en realidad expresando es nuestro profundo deseo de que venga su Reino, de que seamos revestidos de su santidad, de ?que su voluntad sea realizada en nuestra vida y en el desarrollo de nuestra vocación. Es nuestra sed más profunda, como la sed de Jesús al pozo de Sicar a la hora sexta, y sobre la cruz. Es nuestra hambre más profunda, que sólo puede ser saciada con un alimento. Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra (Jn. 4, 34). C) Hasta el extremo El evangelio de Juan suele dividirse en dos partes: El libro de los signos y El libro de la gloria. En la primera parte se narra el ministerio de Jesús como una sucesión de signos de misericordia en los que se trasparenta de algún modo la gloria de Dios, se filtra su amor fiel por los hombres y su plan de salvación. Pero es sólo en la segunda parte, al llegar la hora, cuando se revela en toda su plenitud la gloria de Dios en Jesús, que consiste en la plenitud de su amor y su fidelidad. Sólo en la cruz es donde Jesús glorifica plenamente al Padre, mostrando en ella un amor hasta el extremo. El evangelista que vio el costado de Cristo atravesado podrá decir: Hemos visto su gloria, la gloria que el Hijo único recibe del Padre, la plenitud del amor y la fidelidad (Jn. 1,14). La cruz revela el extremo de la gloria de Dios. Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, les amó hasta el extremo (Jn. 13, 1). Si san Juan identifica la gloria de Dios con su amor fiel, la mayor gloria de Dios se manifiesta allí donde el amor es mayor, y no hay mayor amor que dar lo vida (Jn. 15, 13). Por eso en ninguna otra circunstancia brilla tanto la gloria de Dios como en el hecho de dar nuestra vida por amor. Aquí está verdaderamente la mayor gloria de Dios. Por eso la alabanza a Dios no brota sólo cuando las cosas van bien, cuando brilla el sol y todo es hermoso a nuestro alrededor. La alabanza a Dios se hace perfecta en la entrega de la vida. Dirá san Ignacio: "Como en la vida toda, así también en la muerte, y mucho más, debe cada uno de la Compañía esforzarse y procurar que Dios nuestro Señor sea en él glorificado y servido". (Constituciones 595). Por eso san Francisco incluyó la "hermana muerte" en el cántico de sus criaturas y acogió la muerte cantando: "Mortem cantando suscepit". En definitiva nuestra muerte será el más bello acto de alabanza a Dios nuestro Señor, si hacemos de ella nuestro más profundo acto de amor a Dios (Jn. 21, 19). Y no sólo en la muerte, sino en
la enfermedad, la persecución, las contrariedades, podemos glorificar
a Dios. Y de un modo muy especial es para gloria de Dios el perdonar.
Jesús manifestó la gloria de Dios, el amor fiel de Dios,
derramando su amor sobre los que le atravesaban con una lanza. San Francisco
incluye el perdón en su cántico de las creaturas: A propósito de la alabanza del perdón, quisiera recordar una hermosa anécdota en la vida de san Ignacio, que él mismo nos cuenta en su autobiografía: El relato de un peregrino. Cuando Ignacio llagó a París como estudiante, llevó consigo un poco de dinero para segurar su mantenimiento los primeros meses. Lo dio a guardar a un español que vivía en la misma posada. Pero éste se gastó todo el dinero, e Ignacio tuvo que ponerse a mendigar. Poco después aquel español cayó muy enfermo en Ruán. Enterado san Ignacio, se puso en camino para visitarle y mostrar que no le guardaba ningún rencor. Anduvo tres días a pie, descalzo, sin comer ni beber. Estando en el camino, y llegando a un alto, "le vino una consolación y un esfuerzo espiritual, con tanta alegría, que empezó a gritar por aquellos campos y hablar con Dios" (Autobiografía 80). ¡Qué hermosa aquella alabanza, aquellos gritos en pleno campo, que brotaban de un corazón que había perdonado. No hay himno tan bonito a la gloria de Dios como el del perdón D) Llevar mucho fruto Esta es la gloria de mi Padre, que llevéis mucho fruto y seáis mis discípulos (Jn. 15, 8). Examinemos brevemente, ya para terminar, otra de las maneras como se realiza en nosotros la alabanza y la gloria de Dios: llevando fruto. Y el fruto al que se refiere el evangelio, el fruto que crece en la vid, es el fruto del amor a los hermanos. Decía san Irineo que la gloria de Dios es el hombre que vive. Daremos gloria a Dios en la medida en que pasemos por el mundo dando vida abundante, como pasó Jesús. Ya decíamos que la gloria de Jesús se reveló a plena luz en la cruz, pero se había ido ya revelando a través de los signos. Los signos de Jesús son sus obras en favor del hombre herido, su restauración de la imagen de Dios en el hombre destrozado. En estos signos Jesús manifiesta su gloria, y creen en él sus discípulos (Jn. 2, 11). La imagen de Dios en el hombre está rota, está empañada. Hay que devolver la luminosidad a tantos rostros sin luz. Hay que devolver la sonrisa a tantos rostros apagados. La manera de reparar el honor de Dios, es "reparar" a ese hombre averiado. Multiplicando el bien sobre el mundo estamos multiplicando los motivos de alabanza y de gloria a Dios, la gran obra de Jesús fue descrita por el profeta Isaías en los siguientes términos: El Espíritu de Yahveh está sobre mí, por cuanto me ha ungido Yahveh. A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado, a vendar los corazones rotos, a pregonar a los cautivos la liberación y a los reclusos la libertad, a pregonar año de gracia de Yabveh, día de venganza para nuestro Dios. Para consolar a todos los que lloran, para darles diadema en vez de ceniza, perfume de gozo en vez de vestido de luto, alabanza en vez de espíritu abatido (Is. 61, 1-3). Se describen en este texto dos situaciones existenciales totalmente diversas. Una que se define como tinieblas, cautiverio, lágrimas, ceniza, vestido de luto, en una palabra abatimiento. Otra que se define como visión, libertad, consuelo, diadema, perfume de fiesta, en una palabra alabanza. Jesús ha glorificado a su Padre realizando la obra que éste le encomendó, a saber, trasladar a los hombres del país del abatimiento al país de la alabanza. Restaurar la imagen destruida del hombre es hacer brotar la fuente más pura de la alabanza de Dios. Por eso el evangelio de san Lucas ha subrayado cómo, después de cada uno de los milagros de Jesús en favor del hombre enfermo, brota un coro de alabanzas a Dios. El paralítico se volvió a casa dando gloria a Dios (Lc. 5, 25). El ciego glorificaba a Dios y todos los que lo vieron alababan a Dios (Lc. 18, 43). Todos los discípulos empezaron a alegrarse y a alabar a Dios con fuerte voz por todas las obras tan grandes que habían visto (Lc. 19. 37). El samaritano leproso, al sentirse curado, se volvió alabando a Dios con grandes gritos (Lc. 17, 15). El paralítico curado por Pedro y Juan junto a la Puerta Hermosa, de un salto se puso en pie y andaba. Entró con ellos en el templo andando, saltando y alabando a Dios. Todo el pueblo le vio cómo andaba y alababa a Dios (Hch. 3, 7-8). Por eso se comprende que una Orden, como la de Ignacio, que tiene como lema "la mayor gloria de Dios", esté dedicada a la predicación del evangelio, a la salvación de los hombres. Porque es dando vida abundante, produciendo mucho fruto, realizando la obra que nos ha sido encomendada, como toda nuestra vida queda orientada al mayor servicio y alabanza de Dios nuestro Señor, "AD MAIOREM DEI GLORIAM".
Los dones del Espíritu Santo y la evangelización Por Raniero Cantalamessa
"No os toca a vosotros conocer los tiempos y los momentos que el Padre se ha reservado, pero tendréis la fuerza del Espíritu Santo y seréis mis testigos hasta los confines de la tierra" (Hch 1, 7-8). En el lenguaje del Nuevo Testamento la expresión testigo, testimonio de Jesús, significa exactamente lo que hoy entendemos por evangelización. Lo demuestran muchos textos del Nuevo Testamento, donde la expresión testimonio de Jesús indica la palabra de Dios, el anuncio de esta palabra. El apóstol es definido como el testigo de Jesús o de su resurrección, o, en expresión de S. Pablo, el que ha sido elegido para anunciar el evangelio de Dios. Cuando dice Jesús: recibiréis el Espíritu Santo y seréis mis testigos enuncia una ley, un principio importantísimo, universal. Dice que el Espíritu Santo es la fuerza de la evangelización, aun más, la condición misma de su posibilidad. No hay evangelización si no es en el Espíritu Santo. Para mí está claro que debemos partir de esta palabra de Jesús para encuadrar el tema de nuestro encuentro, de cómo reevangelizar Europa para Cristo. Se celebran continuamente encuentros sobre evangelización y en estos encuentros se suelen estudiar las formas, los medios, dificultades, las nuevas exigencias de la evangelización, como los signos de los tiempos, la inculturación, etc. Nuestro objetivo debería ser hacer algo distinto. No porque seamos mejores que otros, sino porque Jesús espera de nosotros otra cosa. Debemos ocuparnos no tanto de las formas, cuanto de la substancia de la evangelización, no tanto del cuerpo cuanto del alma, es decir, de aquel aspecto de la evangelización para el cual no es suficiente el estudio o el análisis sociológico-pastoral, sino que hay que dar un salto cualitativo hasta la fe y la oración. 1.- En Jesús el Espíritu era la fuerza de su palabra. Volvamos al primer evangelizador, al modelo único, a Jesús de Nazaret. Poco después de haber combatido contra Satanás en el desierto, Jesús, nos dice Lucas, retornó a Galilea con la fuerza (el poder) del Espíritu Santo. Con mucha frecuencia estas dos palabras están unidas: fuerza y Espíritu Santo. Por tanto, volvió a Galilea por el poder del Espíritu Santo y enseñaba en las sinagogas. Toda la actividad evangelizadora de Jesús es puesta de este modo bajo la acción del Espíritu Santo. El mismo Jesús nos lo dice predicando en la Sinagoga de Nazaret: El Espíritu del Señor está sobre mí y me ha enviado a anunciar a los pobres el alegre mensaje, el evangelio (Lc 4, 18 - 19). No le fue dado el Espíritu Santo
a Jesús en el Jordán para comunicarle la palabra que debía
anunciar, porque Jesús es El mismo la Palabra de Dios, sino para
conferirle la fuerza de la palabra. El Espíritu es la fuerza y
la eficacia de la palabra de Jesús. Por eso la palabra de Jesús
es siempre creadora, eficaz. Cuando Jesús habla suceden cosas,
se realizan hechos: el mar se calma, el paralítico se levanta,
la higuera se seca, recobran la vista, etc. En la predicación de Jesús admiramos la constancia, la perseverancia, nunca se cansa ni se desalienta; admiramos magnanimidad, unción, dulzura, sabiduría, piedad, todos los dones que ya Isaías había predicho acerca del Mesías. Es justo y teológicamente evidente que debería ser así, porque, como dice San Cirilo de Jerusalén, "convenía que las cosas mejores y las primicias de lo que el Espíritu Santo dona a los bautizados fueran derramadas sobre la humanidad del Salvador, el cual después nos repartiría gracia tras gracia." Es evidente que todos los dones que actúan en nosotros, en la Iglesia, deben estar en la Cabeza pues de El es de quien los recibimos. En Jesús, están, pues, todos los dones imaginables de la evangelización.
Si ahora pasamos de Jesús a la Iglesia, notamos una relación idéntica entre la palabra y el Espíritu Santo. Si la Iglesia hubiera tenido voz humana, después de Pentecostés hubiera gritado como Jesús en Nazaret: "El Espíritu de Dios está sobre mí, me ha enviado a predicar la Buena Nueva a los pobres”. Es el resumen de los Hechos de los Apóstoles. En esta frase está todo. Una vez recibido el Espíritu Santo, Pedro y los once comienzan a evangelizar por las calles de Jerusalén. Y la fuerza de su palabra es tan grande y misteriosa que la gente al oírles hablar sienten traspasado el corazón. ¿A qué se debe todo esto? ¿Por qué esta gente se derrumba ante la predicación de Pedro que les dice: "Vosotros habéis crucificado a Jesús de Nazaret, pero Dios lo ha resucitado y lo ha constituído Señor? (Hch 2, 36)¿Qué está sucediendo? Lo que Jesús mismo había prometido: "El Espíritu Santo convencerá al mundo de pecado" (Jn 16, 8-?9). Esto percibido dentro, en el corazón, es la causa deque estas personas se sientan compungidas y nazca la Iglesia y se reúnan los primeros cinco mil miembros. Y es que dentro de la palabra de Pedro actuaba el Espíritu Santo que tocaba con su dedo el corazón, les convencía de pecado y los inducía al arrepentimiento. Jesús había prometido en el Evangelio que haría irresistible a la palabra frente a la Sinagoga y los Tribunales. Y de hecho, cuando Esteban habla ante el Sanedrín, cuentan los Hechos que los adversarios no podían hacer frente a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba (Hch 6, 10). Es conmovedor ver en los Hechos cómo cada una de las promesas de Jesús sobre el Espíritu Santo se realizan puntualmente. Por ejemplo, Jesús dijo: “…cuando venga el consolador dará testimonio de mí y también lo daréis vosotros” (Jn 15, 26-27). Y en efecto, en los Hechos vemos a Pedro que como asombrado dice: De estos hechos -vida, muerte y Resurrección
de Jesús- somos testigos nosotros y el Espíritu Santo que
Dios ha dado a los que le obedecen (Hch 5, 32). Hay un primer testimonio visible, audible, de los Apóstoles y de la Iglesia que habla de Jesús y transmite la noticia, pero está también el testimonio invisible del Espíritu Santo que actúa dentro del testimonio de los Apóstoles y de la Iglesia y lo hace eficaz. Por eso penetra y convence los corazones. El testimonio interior del Espíritu,
a diferencia del de los Apóstoles, de la Iglesia y del mío,
por ejemplo, es un testimonio invisible ciertamente. El testimonio que
el Espíritu Santo da en Jesús no se puede traducir en palabras
humanas; sin embargo se hace totalmente visible por medio de los efectos
que produce. San Pablo escribía: Estas manifestaciones del poder del Espíritu son de dos clases: -Las primeras están destinadas a los oyentes para que crean y son los signos, prodigios y milagros. Es el mismo Pablo el que dice: mi predicación entre vosotros ha sido confirmada con signos, prodigios y milagros (2 Co 12, 12). - Las otras son para el anunciador, sirven para potenciar al que transmite la palabra, y son los carismas, los carismas de evangelización, que son muchos y San Pablo enumera en diversos lugares, por ejemplo, el carisma de la palabra, de la profecía, etc. Todas estas cosas, dice San Pablo, son manifestaciones del Espíritu para utilidad común (1 Co 12, 7). Por tanto, está claro que el Espíritu
es una realidad invisible, pero que se manifiesta y se hace visible a
través de efectos concretos que son los signos y los carismas.
Bastan estos textos citados para hacernos comprender cómo la primitiva comunidad cristiana consideraba al Espíritu Santo como la gran fuerza motriz de la Palabra. Esa fuerza que permitía a la Palabra seguir su curso, como dice San Pablo, hasta los confines de la tierra en extensión, y en profundidad hasta lo más hondo del corazón del hombre. Entre la Palabra y el Espíritu, el Nuevo Testamento pone la misma relación que entre la espada y el que la empuña. La Palabra de Dios, dice la Carta a los Hebreos, es viva y eficaz como espada de doble filo, que penetra y cambia los corazones (Hb 4, 12). Pablo precisa que esta espada es la espada del Espíritu (Ef 6, 17). ¿Qué quiere decir la espada del Espíritu? Quiere decir que es un arma usada por el Espíritu para cambiar el corazón de los hombres. Por tanto, una palabra, como el Evangelio, sin el Espíritu Santo es una espada afilada, cuanto se quiera, pero que no corta nada porque no hay nadie que la usa. La Palabra de Dios es el arma que el Espíritu Santo usa para cambiar el corazón de los hombres y convertirlos. El Espíritu es la fuerza del anunciador Por lo demás, el Espíritu Santo... -y quisiera hacer un paréntesis, en el sentido de que aunque nombro tan frecuentemente al Espíritu Santo no debemos caer en el terrible error de reducirlo a una idea o a dos palabras; debemos continuamente auscultar el interior de nuestro corazón, porque hablamos de aquel Espíritu que está en nosotros derramado por el Padre; es nuestro amigo, no una palabra; no un tema - decía que el Espíritu Santo no da sólo la fuerza a la Palabra sino también al anunciador, al que debe transmitir la Palabra, como espero me la esté dando a mí en este momento. San Ambrosio escribió un bello texto para explicar cómo el Espíritu Santo es la fuente de la fuerza del que anuncia la Palabra de Dios. Escribía a un colega del episcopado comentando el versículo del Salmo que dice: levantan los ríos su voz, levantan los ríos su fragor. (Sal 93, 3). Cito a San Ambrosio: "Hay ríos que manan del corazón de aquél que ha sido enseñado por Cristo y ha recibido el Espíritu de Dios. Son ríos los que salen de ese tal. Estos ríos cuando se colman de gracias espirituales levantan su voz. Hay, en efecto, un Río que se derrama sobre los santos como un torrente. (El torrente es un río que corre veloz e impetuoso). Cualquiera que reciba de la plenitud de este Río, como Juan, Pablo, Pedro, éste alza su voz, pero no de tono, no grita, sino en el sentido de que su voz adquiere poder, fuerza, y como los Apóstoles han difundido la voz de la predicación evangélica con festivo anuncio hasta los confines de la tierra, así este río también comienza a anunciar al Señor. Recíbelo, pues, de Cristo para que también tu voz se haga sentir". 3.- Silencio del Espíritu. Ahora demos un salto grande. Antes lo hicimos de Jesús a la Iglesia. Ahora, de la Iglesia apostólica a la Iglesia de nuestro tiempo. Si miramos a la situación del anuncio cristiano en el contexto de la Europa moderna, desde el humanismo y la Reforma, notamos una característica predominante innegable. Se manifiesta en los niveles superiores de la Teología y de la Filosofía, pero tiende a difundirse en todos los aspectos del anuncio cristiano, y a condicionarlos. Trataré de explicar cuál es esta característica negativa. San Pablo escribía que su predicación no se había basado, a sabiendas, sobre discursos persuasivos de la sabiduría, sino sobre el poder del Espíritu, y esto, decía, para que vuestra fe no se fundara en la sabiduría humana sino sobre la fuerza de Dios (1 Co 2, 4-5). Ahora bien, en Europa, entre nosotros, se ha verificado precisamente lo que el Apóstol Pablo temía. La predicación ha ignorado cada vez más el Poder del Espíritu, para sustentarse en la sabiduría humana, aunque sea teológica o apologética. La diferencia es enorme. Los discursos de sabiduría humana son persuasivos, sí, pero por sí mismo inducen a los oyentes, cuando los inducen, a una adhesión al mensaje puramente humana e intelectual. Mientras que la predicación cristiana se basa también en una demostración, pero en la demostración del Espíritu, no de la sabiduría humana. Por tanto, la adhesión es de un orden distinto: de fe, de fe y de fe. La carne no aprovecha para nada, decía Jesús; sirve para hacer doctos, pero no justificados ante Dios. Y la carne es lo que queda de la predicación cristiana cuando no hay poder del Espíritu. La predicación reducida
a la letra y a la carne De esta forma, y casi sin darse cuenta, al anuncio cristiano se le hace servir a una finalidad puramente humana, en vez de ser él servido, como es propio, por toda otra realidad humana. Los cristianos, en especial algunos teólogos modernos, se han dejado influir demasiado por esta búsqueda mundana. Hemos sido durante siglos, y tal vez aun ahora en buena parte, los herederos directos de aquellos griegos que según San Pablo no buscan más que sabiduría y tuercen la nariz cuando se habla de Cristo crucificado. De un modo paralelo a estos hechos, advertimos que en este tiempo la idea cobra un realismo superior al de la vida. El idealismo como corriente filosófica es la forma aguda de esta enfermedad, pero no es un caso aislado sino que toda la cultura y la Teología europea a partir de cierto momento son fundamentalmente ideológicas. Yo me pierdo, porque la verdad es que conozco muy poco de la Filosofía, mucho menos de lo que aparento, pero me parece que el fenomenologismo en el que estamos hoy en gran parte inmersos es una de las formas más grandes de esto, es decir: el triunfo de la idea interior, del arquetipo, sobre la realidad. También el Dios vivo es reducido a una idea. También el Espíritu Santo para Hegel es una idea, la idea del Espíritu Absoluto. Legalismo y juridismo En los ambientes más cercanos a la Iglesia Católica y a la Tradición, me refiero en especial a los países mediterráneos, este Radicalismo e Idealismo han tenido una influencia menor, pero no por ello hemos visto mayores manifestaciones del poder del Espíritu. ¿Por qué? Porque aquí en estos ambientes imperaba el legalismo y a veces el juridismo. También el legalismo es una forma del triunfo de la letra, de la carne, de la ley. Pablo habla de la ley como opuesta al Espíritu cuando esta ley (cosa que sucedía con frecuencia en la teología de los manuales que nosotros mismos estudiamos) de espiritual se transforma en sistema de ideas y de cáscaras vacías. Podemos comparar (se entiende siempre que salvando las debidas proporciones y reservas) los tres o cuatro últimos siglos que tenemos a la espalda en Europa a los tres o cuatro siglos que en Israel precedieron a la venida del Mesías, y que son conocidos como los siglos del silencio del Espíritu y de la profecía. Ciertamente el Espíritu Santo no ha abandonado a la Iglesia y por eso no es justo hablar del retorno del Espíritu Santo. Es mejor hablar del retorno al Espíritu Santo, que es distinto. Por tanto, el Espíritu no ha abandonado a la Iglesia, de lo contrario la Iglesia estaría hoy muerta y no sería más que un cadáver. Sin embargo, la falta de atención de los hombres al Espíritu Santo impedía al poder del Espíritu manifestarse plenamente en la predicación cristiana. Un obispo ortodoxo, Ignatios Lattaquié, ha escrito un bello texto sobre el Espíritu Santo que tal vez conocéis: "Sin el Espíritu Santo, Dios está lejos, Cristo se queda en el pasado, el Evangelio en letra muerta, la Iglesia no pasa de simple organización, la autoridad se convierte en dominio, la misión en propaganda..." Sin el Espíritu Santo la misión de la Iglesia es propaganda, y de hecho el anuncio cristiano con frecuencia se parecía a una propaganda. Permitidme aquí una nota un poquito maliciosa: también la Congregación romana para la Evangelización se llamaba de Propaganda Fide. Teniendo en cuenta que Jesús llama en el Evangelio palabras inútiles a todas las palabras, aun las que nos hablan de Dios, que son palabras de hombre y no de Dios, podemos realmente decir que estamos inmersos bajo una avalancha de palabras inútiles, es decir, ineficaces, que no transmiten vida, a diferencia de la Palabra de Dios. 4.- Resurgir actual de la acción del Espíritu. Si ahora limitamos nuestro horizonte a la Iglesia Católica, debemos constatar con alegría y estupor que existen hechos nuevos que están cambiando en profundidad esta situación de silencio del Espíritu. No que sea la única iglesia en la que existen los signos del Espíritu, pero nosotros aquí nos ocupamos de la Iglesia Católica, por eso restrinjo el horizonte. Nosotros sólo entendemos algunas manifestaciones de esta presencia del Espíritu y tal vez ni siquiera las más profundas, pues las más profundas son las que están sucediendo en el secreto de los corazones, las que están haciendo a los santos de nuestra época y que sólo mañana se conocerán. Entre los hechos más importantes de este despertar del Espíritu que podemos enumerar está sin duda el Concilio Vaticano II. En la intención del Papa Juan, que convocó este Concilio, debía ir acompañado por el deseo y la invocación de un nuevo Pentecostés para la Iglesia. La importancia de esta intuición del Papa se ha ido revelando poco a poco, como por lo demás las cosas que vienen de Dios nacen siempre de una pequeña semilla. Tal vez en el corazón del Papa Juan esto nació como un pequeño pensamiento percibido a lo lejos: "un nuevo Pentecostés... ¿por qué no?... un nuevo Pentecostés... “y esta pequeña semilla en el corazón de un Papa contenía en sí la virtualidad y potencia de todo lo que está sucediendo ahora en la Iglesia. El Pentecostalismo católico nació
entre los hermanos de los Estados Unidos y se lo agradecemos, yo en particular
porque allí entre ellos recibí el bautismo en el Espíritu.
Sin embargo, aunque surgió concretamente en los Estados Unidos, el Pentecostalismo católico nació en el corazón de la Iglesia con aquella intuición del Papa Juan cuando tuvo el coraje de pensar y desear un nuevo Pentecostés para la Iglesia. El teólogo Yves Congar, que como se sabe tiene simpatía por la Renovación, aunque no pertenece a ella, y no sólo simpatía sino también críticas, en la Relación que tuvo en el Congreso Internacional de Pneumatología, celebrado aquí en Roma el año 1982 por voluntad del Papa para conmemorar el XVI Centenario del Concilio de Constantinopla, decía las siguientes palabras: "Cómo no situar aquí, entre los signos del despertar del Espíritu, la corriente carismática, llamada mejor Renovación en el Espíritu, que se ha difundido como un fuego que corre por el cañaveral? Se trata de algo muy distinto de una moda. Se parece más bien a un movimiento renovador, sobre todo por una característica: por la dimensión pública y constatable de su acción espiritual con la que cambia las vidas". A nosotros que estamos en la Renovación tal vez no nos es fácil caracterizarla en su rasgo más sobresaliente. Para un teólogo, desde fuera, entendida globalmente da esta impresión: la de ser un movimiento cuya característica más singular es la de cambiar las vidas. A mí me agrada esta característica de la Renovación. La Renovación no es un hecho aislado. Es más bien una expresión concreta, emergente podríamos decir, de un soplo que embiste a toda la Iglesia y que tiende a renovar todos los aspectos de la Iglesia. El Papa Juan Pablo II, en el escrito en el que conmemoraba el Concilio de Constantinopla decía estas palabras: "Toda la obra de renovación del Concilio no se puede realizar si no es en el Espíritu Santo, es decir, con la ayuda de su luz y de su fuerza". " En el original están subrayadas las palabras "renovación de la Iglesia en el Espíritu Santo". (Continuará la 2a• parte en el próximo número)
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