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BRILLE
VUESTRA LUZ ANTE LOS HOMBRES
”Este es el mensaje que hemos oído
de El y que os anunciamos: Dios es Luz, en El no hay tiniebla alguna"
(1 Jn 1, 5). El es "el único que posee la inmortalidad, (y)
que habita en una luz inaccesible" (1 Tm 6,16).
Y "el mismo Dios que dijo: de las
tinieblas brille la luz, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones,
para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en
la faz de Cristo" (2 Co 4, 6).
Aún más, hemos sido hechos
"luz en el Señor", "hijos de la Luz" (Lc 16,
8; Ef 5, 8; 1 Ts 5, 5), "aptos para participar en la herencia de
los santos en la Luz" (Col 1, 12).
Lo cual implica dos exigencias ineludibles:
a) aceptar y amar de veras el ser "luz del Señor", hombres
en los que se manifieste la presencia del Cristo Luz del mundo. Si no
amamos o no buscamos ser luz, es porque obramos mal (Jn 3, 19-21), y la
luz que hay en nosotros se puede volver oscuridad (Lc 11, 55);
b) dejar que esta luz ilumine también a otros, y que no pongamos
la lámpara encendida "debajo del celemín" (Mt
5, 15).
La Luz es vida divina comunicada a nosotros, es presencia de Jesús,
es el Reino de Dios que nos ha llegado como un don glorioso.
¿Cuáles son los factores que más impiden que brille
esta Luz? Podríamos reducirlos a una de las siguientes categorías:
1) Falta de fidelidad o de generosidad para seguir adelante con los cambios
que el Señor nos pida introducir en nuestras vidas. Este fallo
suele frenar gran cantidad de proyectos y de mociones del Espíritu.
2) Miedo de someternos totalmente al Espíritu, el cual nos ha de
purificar y adaptar más al ser de Dios. Tal miedo se manifiesta
en el rechazo o prevención contra los carismas, impidiendo su manifestación
y desarrollo. En el fondo es la autosuficiencia de pensar que no son tan
necesarios. Si no tratamos de ser hombres llenos del Espíritu,
nos quedaremos en estéril vaciedad. Los carismas nos exigen ser
muy humildes y pobres ante Dios, caminar en fe y en fidelidad.
3) Falta de visión del plan que el Señor está llevando
a cabo. Lo que busca el Señor con la RC. no es formar grupos de
oración, ni desarrollar la devoción al Espíritu Santo,
sino renovar en profundidad su Iglesia para que se manifieste como pueblo
de salvación, de amor, de unidad, de testimonio, de alabanza, luz
para todas las gentes (Lc 2, 32).
Si enfocamos los problemas desde esta óptica del plan divino, no
incurriremos en la desviación frecuente de convertir lo accidental
o secundario en el objetivo principal, o de confundir la unidad del Espíritu
con la uniformidad, lo cual denota falta de creatividad o rutina perezosa.
La unidad en la múltiple diversidad de dones, situaciones y estilos
es obra del Espíritu.
La RC. es una forma de manifestarse la Luz de Jesús, tanto para
nosotros como para el mundo entero. Es muy grande la responsabilidad que
tenemos contraída respecto a la Luz del Señor que categóricamente
nos manda: "Brille vuestra luz ante los hombres" (Mt 5, 16).
Su mandato postula que:
- transitamos y comuniquemos esta Luz ante todo dentro de la Iglesia,
proyectándola sobre los demás grupos cristianos, las comunidades,
los sacerdotes, y en general sobre los interminables problemas de pastoral
que constantemente se debaten. Porque lo hemos experimentado ya y tenemos
un haber no pequeño de conocimiento sobre cómo actúa
el Señor y se manifiesta la fuerza de la Resurrección allí
donde haya creyentes que con fe y sencillez se abran a la acción
del Espíritu que El prometió y nos exhortó a pedir
insistentemente, debemos hacer ver a otros hermanos que esto es una realidad
tangible al alcance de todos, para propiciar la renovación de sus
propias vidas y de toda la Iglesia;
- pero también nos grita el Espíritu: " ¡ensancha
el espacio de tu tienda!" (Is 54, 2). Fuera de la Iglesia, allá
donde "la oscuridad cubre la tierra, y espesa nube los pueblos"
(Is 60, 2), tenemos mucho que ofrecer de la Luz que nos ha llegado, llamados
como estamos a evangelizar, a servir como Jesús sirvió y
a dar testimonio de lo que El es para el hombre que le acoge.
SOIS LUZ EN EL SEÑOR ¡VIVID
COMO HIJOS DE LA LUZ! (Ef 5, 8).
JESUS LUZ DEL MUNDO EN EL MISTERIO
EUCARISTICO
Por Jesús Villarroel, O.P.
Publicamos a continuación
un extracto de la charla que el P. Jesús Villarroel pronunció
en la IV Asamblea Nacional de la R.C., celebrada en San Lorenzo del
Escorial (Madrid), del 27 al 29 de Junio de 1980.
El Evangelio de S. Juan es el Evangelio
de la Luz, de la Vida, de la Eucaristía, del Espíritu. Desde
el prólogo nos habla de la luz y las tinieblas, de la Vida y de
la muerte. San Juan es el profeta de esta asamblea, pues mejor que nadie
ha comprendido a Jesús como "la luz verdadera que ilumina
a todo hombre que viene a este mundo" (Jn 1,9).
Los Evangelios Sinópticos nos hablan en otra terminología,
pues escribían en un ambiente hebreo, nos presentan el Reino de
Dios: "Convertíos, pues el Reino de los Cielos ha llegado"
(Mt 4, 17; Mc 1,15). Este Reino es Jesús. En el Reino de Jesús
el Espíritu se derramará sobre todos nosotros, sobre toda
carne y por su fuerza podemos caminar hacia la meta que nos propone: "Sed
perfectos como es perfecto vuestro Padre Celestial. (Mt 5, 48).
Tenemos el Espíritu de Jesús dentro de nosotros, y El es
el perfecto y el bueno y el santo que nos hace santos a nosotros.
Este es un Reino que no se merece ni se conquista, sino que se hereda.
Es un don, un regalo.
San Juan utiliza las categorías de "luz" y "vida".
Los griegos no entendían bien el concepto de reino pues eran república
democrática. Pero el Reino y la Luz es lo mismo.
El Reino y la Luz coinciden porque Jesús es la Luz, es el Reino,
es la Vida, y al derramar su Espíritu sobre nosotros nos transforma
en reino de sacerdotes (Ap 5,10) y nos hace hijos de la luz, y "luz
del mundo" (Mt 5,14) y sacramento de salvación para los demás.
Hay una gran lucha en este mundo entre la luz y las tinieblas. Los hombres
nos empeñamos en seguir nuestra propia luz. Las tinieblas consisten
en que Jesús vino al mundo y los hombres no le hemos reconocido.
Desde hace siglos se predica otro evangelio distinto y sus profetas como
pueden ser Marx, Nietsche, Freud o Sartre, nos dicen que el hombre es
único Dios para el hombre, y que sólo es plenamente hombre
cuando se autodetermina y sigue su propia luz liberado de todas las alienaciones
y de todos los dioses. Su luz es la propia inteligencia, la razón
humana. Y hasta nosotros en nuestro corazón participamos muchas
veces de esta sensibilidad, compartimos con una gran parte de la humanidad
la secreta esperanza de dar solución por nosotros mismos, con nuestra
propia luz, a todos los problemas de la humanidad: la medicina, las ciencias
naturales, la psicología, la sociología. Uno de sus profetas,
Nietsche, exclama:
"Si hubiera dioses ¿cómo iba yo a soportar no ser Dios?"
Y así vemos de acuerdo con esta
luz una sociedad rica y opulenta: da la impresión de ser la más
rica y maravillosa en toda la historia de la humanidad, pero en el fondo
es la más herida de todas las sociedades, porque ninguna sociedad
como ésta necesita un consumo tal de drogas, de tabaco, de alcohol,
y de lucha por el poder y por la gloria, y, de violencia y desconcierto.
JESUS ES LA LUZ HOY, AQUÍ, PARA NOSOTROS Y PARA EL MUNDO
Cuando el hombre se quiere guiar por
su propia luz se desconcierta y cae en la oscuridad, en la violencia y
en todo cuanto nos dificulta el comprendernos y ser verdaderamente hombres.
Pero Jesús dice: "Yo soy la
luz del mundo, el que me sigue no anda en tinieblas" (Jn 8,12). Hemos
de partir de este texto: que el Señor es la luz del mundo.
El es el mismo hoy, ayer y mañana y está vivo y presente
en medio de nosotros. La misma salvación que se realizó
al salir de Egipto, la salvación de la Cruz, se repite hoy aquí.
Por esto hacemos Eucaristía aquí esta mañana y le
damos gracias a Dios porque el Señor ha sido bueno y grande con
nosotros.
Como alguien ha dicho, el mayor problema que tiene la Iglesia es que su
fundador sigue vivo y no la dejará morir. Nuestro Dios no es una
idea, o un principio universal, o sólo el motor inmóvil
de todas las cosas. Es "el que me sacó de Egipto", "el
que me liberó del Mar Rojo" y me hizo pasar el desierto y
hasta vencer siete naciones más poderosas que yo. Es el Dios de
mi vida y de mi experiencia y de mi historia, el Dios presente y vivo.
El Evangelio nos narra cómo invitó a Jesús un tal
Simón, fariseo, y como una pecadora llevó un frasco de alabastro
de perfume y comenzó a llorar y con sus lágrimas le mojaba
los pies y los ungía con el perfume. Sintió que estaba salvada,
y llena de gratitud obró en contra de la costumbre de aquel momento.
Simón se escandaliza. ¿Por qué? Porque no tiene la
experiencia transformante, no se siente liberado, ni tiene un amor particular
por Jesús, ni siente la necesidad de convertirse.
Nosotros también hemos salido de Egipto, y es una gracia muy grande
el que el Señor haga que nos consideremos pecadores, pues entonces
le necesitaremos a El, su gracia y su vida. Todos partimos de esta experiencia
transformante. De todos los que estáis aquí el que no se
sienta salvado y perdonado, el que no tenga experiencia, que crea en la
fe de los demás, con la fe de la Iglesia, y pronto verá
al Señor en su vida.
Lo que estamos haciendo esta mañana
es acción de gracias, Eucaristía. Os invito a que deis gracias
profundas en vuestro corazón al Señor, aunque no escuchéis
demasiado mi charla, pues vale más una acción de gracias
que cuarenta mil charlas.
Todos estamos convocados aquí por el Señor. Cada uno viene
de uno de los rincones del mundo, y aunque no nos conocíamos ni
aun nos conocemos bien, sabemos que en el corazón hay la misma
sangre. Todos debemos vivir esta fiesta y celebración porque estamos
siendo salvados por el Señor en este momento.
Un día le preguntaron a Jesús: "¿Quién
pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió
Jesús: Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten
en él las obras de Dios" (Jn 9,1-4).
Y las obras de Dios es hacernos ver. Si alguno de vosotros se siente ciego,
el Señor le va a hacer ver. Si alguno no se siente ciego, que se
tape los ojos, porque necesita sentirse ciego para que la obra del Señor
se realice en él.
JESUS COMO LUZ DEL MUNDO SE MANIFIESTA EN UNA ASAMBLEA Y EN UNA
COMUNIDAD DE AMOR Y TESTIMONIO
La primera parte del misterio eucarístico
es la asamblea.
El sacramento no es solo el pan y el vino. La asamblea es también
sacramento de salvación, pues como dice el Papa en su última
Encíclica, la Iglesia hace a la Eucaristía y la Eucaristía
hace a la Iglesia.
A través de una asamblea Jesús derrama su luz sobre el mundo.
La Iglesia, y en este caso nosotros, somos el Cuerpo de Cristo, el elemento
perceptible y material, el signo que pueden ver los hombres para creer
en Cristo.
Las notas de una comunidad que sea eucarística y misionera en el
sentido que acabo de decir, son tres:
a) la unidad de acuerdo con la oración de Jesús:
"Como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que ellos también
sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado"
(In 17,21).
b) El Amor. "En esto conocerán todos que
sois discípulos míos, si os amáis los unos a los
otros" (Jn 13,55).
Estos dos signos son luz. Los hombres se preguntarán de dónde
viene este amor y esta unidad, y entonces, porque todos somos testigos,
hemos de utilizar la pastoral de "Ven y verás". Si alguien
te pregunta: ¿qué es el amor?, probablemente no sabrás
decirle lo que es, pero sí podrás responder:
"Ven a mi grupo, a mi comunidad, a mi familia y verás".
No hay fuerza más poderosa ni misión más eficaz que
una comunidad en oración, en unidad y en amor.
c) El otro signo es la confesión, el testimonio, la proclamación.
Que nadie dude quién es para nosotros el bien supremo. Nuestra
religión no es una religión de sabios, es una religión
de testigos.
Decimos que el mundo está mal. Pero si realmente creemos que el
único que salva y transforma, que cambia al mundo y renueva la
faz de la tierra es Jesús y su Santo Espíritu, mucha culpa
de que el mundo no cambie y se transforme la tenemos nosotros, fundamentalmente
por una razón: porque nos falta confesión, ser testigos,
confesar en todo lugar y momento cuál es el bien supremo para nosotros.
Este es uno de los grandes males del cristianismo de los últimos
tiempos: que tiene miedo.
Atrás hemos dejado una teología que se llamaba la teología
de la muerte de Dios, la cual nos hizo a todos vivir un poco acomplejados
como si Dios hubiera desaparecido. Gracias a Dios ha venido la Renovación
Carismática cuyo principio es ¡JESUS VIVE!
Es lo contrario de la teología de la muerte de Dios: Jesús
vive y está presente en medio de nosotros y una forma de expresarlo
es confesar que JESUS ES LA LUZ DEL MUNDO.
SU PRESENCIA EN LA EUCARISTIA
NOS CONVOCA A NUESTRA MUERTE Y AMOR A LOS DEMAS
La primera forma de presencia del Señor
en la celebración eucarística, ya lo sabéis, es por
su palabra.
Cuando en la celebración leemos las Sagradas Escrituras, tenemos
que leerlas con la convicción de que el autor de lo que se dice
es el mismo Espíritu de Jesús, y que es Jesús mismo
el que proclama su Evangelio todos los días. San Pedro nos dice
que los profetas profetizaron por "el Espíritu de Cristo,
que estaba en ellos" (1 P 1, 11).
La Palabra es eficaz por sí misma, es sacramental. Como decían
los santos Padres es esperma y vehículo del Espíritu. Por
ella el Espíritu nos cuenta lo que Dios ha hecho por nosotros.
Si juzgas la palabra, no te dirá nada, por eso hay que escucharla
con el corazón más que con la inteligencia.
El contenido más hondo del misterio eucarístico se nos da
en la anáfora, en el canon, sobre todo en las palabras de la consagración
y de la comunión. El mismo Cristo es el Sacerdote, la Víctima
y el Altar. El celebrante habla "in persona Christi", es decir
en lugar de la persona de Cristo, y por esto sólo él recita
el canon, y no el pueblo, y todos respondemos al final ¡Amén!,
es decir, respondemos: ¡Gloria a ti, Señor!, ¡Sí!,
¡Amén!, es decir que se realice en nosotros eso que es don
y obra de Dios.
El Espíritu eterno consagra el pan y el vino mediante la imposición
de manos y las palabras del celebrante, y de nuevo se actualiza la presencia
de Jesús en medio de nosotros, de forma que de nosotros puede decirse
que nos hacemos contemporáneos de Cristo y que le podemos sentir
y vivir con la misma fuerza que los apóstoles, pues ellos llegaron
a creer en el Señor mucho más cuando desapareció
que antes, ya que Cristo les entró hasta lo más profundo
de su ser, y esto fue por la fuerza del Espíritu que nos da una
certeza superior a la que nos puede dar la visión corporal.
El sacramento que celebramos es una pascua: lo mismo que el Señor
pasó y liberó a los israelitas de los egipcios y lo celebraron
cada año con la inmolación de un cordero, así Cristo
pasó por el mundo, se inmoló y nos ha sacado a todos y cada
uno de nuestro Egipto. Se ha constituido una nueva y eterna alianza sellada
con la sangre de Cristo. De su costado salió sangre y agua: el
precio y el Espíritu como nos dice S. Juan (19,34): Jesús
nos hace entrar en su Pascua, en su Muerte y en su Resurrección.
¡Jesús nos convoca a la muerte! La esencia del sacrificio
está en expresar nuestra dependencia del Creador. Hacer de la criatura
un absoluto, como hacen los humanismos ateos, es descentrarla, y llenarla
de violencias, de sinrazón v sinsentido, porque no sabe para qué
vive. Ser convocados a la muerte significa aceptar el vivir la vida, como
Jesús, en dependencia de la voluntad de Dios, que El nos conduzca,
que sea El "el que lleva el volante". El Señor nos irá
llevando a través de las muertes de cada día a la entrega
final, a la cruz por la salvación del mundo.
Realizamos así nuestra misa personal, nuestro sacrificio, nuestra
muerte, nuestra entrega. El amor a los demás es lo que da sentido
a este sacrificio.
Cada eucaristía tendría que ponernos en crisis, porque no
es solo acción de gracias, sino que también nos ha de llevar
a nuestra muerte. La cruz con Jesucristo muerto pone en crisis nuestro
no querer morir, nuestros pecados, nuestras envidias, nuestros celos,
nuestro no saber perdonar, nuestras opresiones y atropellos a los demás,
nuestra soberbia y autosuficiencia.
Por eso la Eucaristía nos tiene que recordar a los pobres y a todos
los que sufren por el pecado de los demás. El sufrimiento del mundo
es efecto del pecado, y Jesucristo sigue crucificado mientras exista en
el mundo sufrimiento y no libertad. La Eucaristía nos señala
un compromiso muy fuerte: la Cruz de Cristo, la cual extiende toda su
eficacia hasta donde exista cualquier rastro de pecado, un niño
que llora, una persona con hambre, una muerte violenta injusta...
El sufrimiento actual del mundo, sus pecados, los atropellos y opresiones
de cada día nos arguyen que las eucaristías que celebramos
no son del todo verdaderas por nuestra parte. ¿Qué podemos
hacer?
Primero, nosotros mismos: salvar nuestro propio corazón de la discordia,
y después nuestra propia comunidad, nuestro grupo, nuestra familia.
Salvemos de la discordia interior, para que crezca la unidad y el amor.
EL ESPIRITU ES EL PRIMER FRUTO
DE ESTE SACRAMENTO Y BANQUETE
La Eucaristía es también
un banquete. "Un hombre dio una gran cena y convidó a muchos;
a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los invitados:
"Venid que ya está todo preparado". Pero todos a una
empezaron a excusarse...“ (Lc 14, 16 - 24). El alimento de esta
cena es: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si uno come de este
pan, vivirá para siempre. Y el pan que le voy a dar es mi carne
para vida del mundo" (Jn 6,51).
El Padre da a los invitados un gran banquete. El alimento es la carne
de su propio Hijo, el Cordero sacrificado, el cordero de una nueva Pascua.
Los judíos en Egipto marcaban sus puertas con la sangre del cordero
para ser liberados de la espada del ángel. Con su propia sangre
el nuevo Cordero, Jesús, sella una Alianza Nueva y eterna. A quien
el Padre da este pan, es porque lo quiere para El y lo marca con su sello,
el sello del Padre, las arras y la prenda de la Nueva Alianza. El fruto
de este banquete es el Espíritu Santo.
Doy gracias a la R.C. porque me hizo descubrir la dimensión del
Espíritu. Yo antes siempre hablaba de la gracia y de los sacramentos
como medios para obtener la gracia. Fácilmente la transformaba
en una categoría del pensamiento y dejaba de ser algo vivo para
mí. Ahora digo que los sacramentos son cauce para que se nos dé
el Espíritu, el cual es una persona con la que puedo hablar, al
que puedo invocar y se derrama sobre todos nosotros, nos ayuda, nos consuela,
nos arguye y corrige. Como he dicho antes, el problema que tenemos es
que el Espíritu está vivo y sigue actuando con fuerza en
medio de nosotros.
El Espíritu es, pues, el primer fruto de este sacramento y banquete.
Sabemos que estamos en el Reino, comunidad e Iglesia, si tenemos el Espíritu,
si estamos marcados (Ef 1,13). Lo mismo que un pastor conoce sus ovejas
por la marca que cada una lleva de su rebaño, el Señor a
nosotros nos marca en lo más profundo de nuestro ser con su propio
Espíritu, dimensión que, si no tenemos el Espíritu
del Señor, ni siquiera sabemos que exista dentro de nosotros.
Por medio de su Espíritu ejerce Jesús su sacerdocio en nosotros.
El Espíritu, en efecto,
- construye la comunidad fraterna. Al darnos a comer el pan y el vino
el Espíritu construye una comunidad eucarística haciéndonos
a todos semejantes a El, una misma cosa con El, "ya no soy yo, es
Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20)
- Esto lo hace con una lógica extraña, con la lógica
de la cruz: "A todo el que te pida, da, y al que tome lo que es tuyo,
no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo
vosotros igualmente" (Lc 6,30 - 31). Es la lógica del Espíritu.
- nos hace descubrir en la comunidad que todo es don, regalo y gracia
maravillosa de Dios. Son un don tu mujer y tus hijos. Y los que viven
contigo en tu comunidad, y todos los hombres son un don del Señor.
Si aprendemos a dar gracias a Dios por los hermanos de nuestra comunidad,
dejarán de ser pronto extraños o competidores y descubriremos
que tenemos infinitas más cosas por las que dar gracias al Señor
que por las que maldecir al prójimo.
- finalmente, si tenemos el Espíritu de Jesús, se construye
la comunidad y el mundo verá una luz grande. "En otro tiempo
fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor" (Ef 5,8).
El fruto de la luz es bondad, justicia, verdad y comunidad.
Jesús es luz e ilumina a través de la Iglesia. Si tenemos
el Espíritu de Jesús, los hombres reconocerán en
la Iglesia una invitación y no un obstáculo. Que la R.C.
como parte de la Iglesia sea una invitación.
Por participar en su banquete somos comensales, familiares de Dios. Pero
la voluntad de Jesús es que en su familia entren muchos. Nuestra
acogida debe ser muy buena. El dijo: "Atraeré hacia mí
todas las cosas". Y esto se realiza por medio del Espíritu
y de la Iglesia. Cuando la Iglesia sea la comunidad eucarística
de toda la humanidad y todos los hombres den gracias al Padre por Jesús,
entonces se hará efectiva aquella oración que repiten continuamente
el Espíritu y la Novia: "¡Maran atha! ¡Ven,
Señor Jesús!".
ESTAMOS VIVIENDO
LA EPOCA DEL ESPIRITU
Homilía del Cardenal Enrique
y Tarancón
Publicamos íntegra la homilía
que el Presidente de la Conferencia Episcopal Española, D. Vicente
Enrique y Tarancón, Cardenal de Madrid, pronunció en la
Eucaristía de clausura de la IV Asamblea Nacional de la R.C.
celebrada en El Escorial, el 29 de Junio.
Hermanos, en este ambiente festivo y alegre de la Eucaristía refrendáis
vuestra Asamblea, al mismo tiempo que celebramos una fiesta importante
en la Iglesia: la de San Pedro y San Pablo.
Y si he subrayado este carácter alegre y festivo que vosotros dais
a la Eucaristía, es porque es una lástima que muchos cristianos
no se hayan enterado todavía que la Eucaristía es una fiesta.
Yo diría que es la gran fiesta, el gran gozo para los cristianos,
y, al fin y al cabo, es la realidad de la presencia de Jesús en
medio de nosotros, y ¿cómo podemos estar tristes estando
con Jesús?
Pero yo quisiera fijarme, hermanos -ya que estoy hablándoos a vosotros,
(he de confesar que es el primer contacto, he dicho el primero, y el primero
trae un segundo) digo que en este primer contacto que tengo con vosotros
en este día en que acabamos de escuchar esta página del
Evangelio en la cual aparece claramente que el Espíritu ilumina
a Pedro y pone las palabras en sus labios "Tú eres el Mesías,
el Hijo de Dios" -en cómo efectivamente la Iglesia está
fundamentada en el Espíritu, y cómo el proceso y el desarrollo
de la Iglesia es obra del Espíritu.
Podríamos decir con verdad que ahora estamos viviendo la época
del Espíritu Santo.
Creo que esta afirmación que estoy haciendo es profundamente teológica,
porque es el Padre el que preparó la Redención, es Jesucristo
el que la llevó a cabo, pero recordad cómo Jesucristo antes
de ausentarse de nosotros dijo: "Yo os enviaré al Espíritu
Santo para que os dé a conocer toda la verdad", de tal manera
que, diríamos, la Redención de Jesucristo, que se perpetúa
por medio de la Iglesia, es por la presencia del Espíritu.
Y si esa presencia del Espíritu, que siempre ha sido una realidad
en la Iglesia, aunque muchas veces no nos habíamos enterado de
ella, si esa presencia, digo, del Espíritu está quizá
floreciendo ahora de una manera especial en estos grupos de Renovación
Carismática -como en otros grupos también de cristianos,
que todos ellos quieren adentrarse, yo diría, en el Misterio de
la Iglesia, que, al fin y al cabo, es el Misterio del Espíritu,
y todos quieren recibir la luz necesaria para esta orientación
nueva en los momentos actuales, y todos quieren recibir la fortaleza para
saber en estos momentos y en estas circunstancias del mundo cuando nos
dicen que todo anda mal, que Dios está marginado de la vida de
los hombres (y sin embargo para mí son los tiempos de la gran esperanza,
porque el mundo no lo sabe pero está esperando al Redentor, está
esperando el mensaje de Jesús, está esperando la inspiración
del Espíritu, y por esto no cabe duda ninguna de que en estos tiempos
de renovación eclesial, que ha promovido de una manera intensa
el Concilio Vaticano II, y que los Papas y este último, Juan Pablo
II, un don de Dios, no cabe duda, a su Iglesia, la está potenciando
de una manera extraordinaria - es porque la Iglesia está necesitando,
es verdad, de una renovación de estructuras ¿cómo
no?, de una renovación que podríamos decir también
jurídica, es cierto, pero, sobre todo, necesita de una renovación
en el Espíritu.
Hace falta una renovación en el Espíritu, hermanos, porque
quizá en los tiempos anteriores, -y todos tenemos parte de culpa,
son las circunstancias quizá las que nos obligaban a ello-, nos
habíamos fijado más en la juridicidad que en el Espíritu
en la Iglesia, y parecía que habíamos arrumbado los carismas,
cuando la Iglesia será siempre obra del Espíritu.
Pero digo que en estos momentos y circunstancias, cuando no cabe duda
ha cambiado notablemente la cultura de los pueblos y la psicología
de los hombres, ahora cuando nosotros hemos de hacer que el mensaje de
Jesús que es eterno, pero que tenga garra para los hombres de hoy,
y necesitamos nosotros, por lo tanto saber encarnar la fe en esta cultura
y en esta psicología de los hombres y de los pueblos, ahora más
que nunca necesitamos de la acción del Espíritu.
Porque, es verdad, los científicos, los teólogos pueden
ir abriendo caminos de renovación; pero si aún ellos no
saben escuchar más al Espíritu que a los elementos naturales,
y si sobre todo la Iglesia no sabe renovarse íntima y espiritualmente,
esta renovación sería una renovación estructural,
todo lo fuerte que queráis, pero no sería una renovación
de la auténtica Iglesia de Jesucristo.
Porque la renovación de la Iglesia, - ¡qué cosa tan
rara! es volver a lo pasado, es volver a lo antiguo, al Evangelio, al
Evangelio y a la figura de Jesús. Pero al Evangelio sin interpretaciones
cómodas; al Evangelio en toda su integridad; al Evangelio cuya
práctica resulta enormemente difícil, yo diría imposible
para los hombres, pero todo es posible para Dios. Y en esta vuelta al
Evangelio es precisamente en lo que ha de consistir esencialmente podríamos
decir, esta renovación.
Y así como Pedro por inspiración del Espíritu intuyó
quién era Jesucristo y lo profesó públicamente, así
también, hermanos, hace falta que ahora nosotros los cristianos,
empezando por los que tenemos cargo de autoridad en la Iglesia, - porque
sin querer por eso de que tenemos autoridad, de que hemos de ser prudentes
en la evolución de las cosas, porque dicen que la prudencia es
la virtud de los gobernantes, muchas veces podemos poner cortapisas al
Espíritu, y el Espíritu yo creo que ha irrumpido en la Iglesia
de hoy precisamente porque hoy más que nunca tenía necesidad
la Iglesia de esa presencia del Espíritu, - pero os decía
que ahora, como Pedro por inspiración del Espíritu conoció
que Jesús era el Hijo de Dios y supo confesado públicamente,
a pesar de aquella divergencia de criterios y pareceres que había
con respecto a la figura de Jesucristo, así hace falta, hermanos,
que ahora en este mundo que dicen secularizado, en este mundo que dicen
que ha marginado a Dios, en este mundo consumista que arrastra incluso
a muchos que se llaman cristianos y que parecen serlo de verdad en algunas
manifestaciones de su vida, hace falta tener una luz muy clara para saber
cual es la verdad y hace falta tener mucha fuerza para proclamarla públicamente
a fin de que demos testimonio de esta verdad del Evangelio que nosotros
queremos vivir en nuestra vida.
Y por esto es el momento, diríamos, del Espíritu en la Iglesia
de Dios. Y cuando yo he visto ese espectáculo, y os lo confieso,
primeramente cuando he visto a tantos sacerdotes, - porque dicen que el
sacerdote está en crisis, dicen que los curas parece que van detrás
de cosas más bien terrenas y humanas, -y cuando yo he visto aquí
un centenar de sacerdotes que han venido aquí para estar con vosotros,
convencidos de este movimiento de Renovación Carismática,
que es al fin y al cabo de fe en la presencia del Espíritu en su
Iglesia, cuando he visto, digo, a tantos sacerdotes, os lo confieso, se
me ha ensanchado el corazón.
Se me ha ensanchado el corazón por dos razones que yo quiero deciros
con toda claridad:
a) primeramente porque estos sacerdotes son la prueba, yo diría
la garantía de que el sacerdocio actual está en línea,
aunque tengamos deserciones y haya miserias también entre los sacerdotes;
b) pero además porque, oídme seglares, estos grupos carismáticos
necesitan del sacerdote, no porque los sacerdotes sepamos más,
ni porque seamos más buenos que vosotros, sino sencillamente porque
lo ha querido Jesús, que ha querido perpetuar su presencia en el
mundo, primero quedándose real y verdaderamente en la Eucaristía,
pero prolongando su ministerio sacerdotal por medio de nosotros, que seremos
todo lo inútiles que vosotros queráis, pero que al participar
de los poderes de Cristo tenemos la garantía de la acción
del Espíritu.
Y por esto me he alegrado de ver tantos sacerdotes, porque entonces ya
puedo tener confianza en estos grupos carismáticos.
Me parece que no lo he dicho bien del todo, porque ¿es que hubiera
venido si no tuviese ya confianza en vosotros?
Porque estoy convencido, estoy plenamente convencido como obispo de la
Iglesia que, en estos momentos en que vivimos, la principal misión
de los Obispos es estar a la escucha. A la escucha, pero no de lo que
el Espíritu Santo nos diga a nosotros personalmente también,
pues el Espíritu suele infundirse en el Pueblo de Dios, y hemos
de estar a la escucha de ese Pueblo de Dios que movido por el Espíritu
nos está diciendo a nosotros quizá que habíamos de
ser un poco más atrevidos y osados en algunos momentos de la vida
para llevar a la Iglesia en estas circunstancias que está viviendo,
que son difíciles pero para mí son muy esperanzadoras, porque
se están viendo en la Iglesia fenómenos como éste
que estoy contemplando que no se daban en años anteriores, cuando
era quizá de una piedad más externa, si queréis,
y con algunos formulismos, y con muchas prácticas y muchas procesiones,
etc., pero sin embargo el meollo de la vida cristiana es la unión
con Cristo, es la apertura al Espíritu, que es el que nos habla
y nos ha de guiar y mover en nuestra vida cristiana, y no era tan claro
y tan abierto como es en los momentos actuales.
Y por eso digo que nuestra misión es estar a la escucha, ir viendo
todos estos movimientos que el Espíritu está suscitando
en la Iglesia de Dios, quizá con algunos detalles que puedan enmendarse,
¿por qué no? Al fin y al cabo es normal, sobre todo cuando
son multitudes las que asumen cualquier idea por sublime que sea y es
natural que puedan fallar algunos detalles.
Pero no cabe duda que cuando uno ve estos fenómenos entonces se
entiende que la Iglesia es eternamente joven, y digo eternamente joven
porque ¿qué es esto que estamos haciendo aquí?
Yo me imaginaba, quizá no en número tan pleno como es hoy
ni con todos estos medios técnicos que facilitan el que nos entendamos
aun siendo mucha gente, pero ¿cómo sería, hermanos,
una Eucaristía de aquellas primitivas comunidades cristianas? Esto:
la alegría, el gozo, la alabanza que rebosaba de todos los corazones
y el recibir a Jesucristo, porque sabían que allí estaba
la luz, la vida, la paz y todo lo que necesitaban para vivir su vida cristiana.
Y esta armonía y esta alegría y esta paz y esta fraternidad
que se ve en vosotros es manifestar que la Iglesia está renaciendo,
está reviviendo y estamos entendiendo lo que significa la comunidad,
y la comunidad alegre y gozosa reunida en torno al altar, a la mesa de
la Eucaristía para participar de este pan que Jesucristo ha querido
prepararnos con su propio cuerpo.
Por eso, hermanos, yo os digo: sed fieles al Señor, sed fieles
al Espíritu.
Nuestra misión, la de los Obispos, no es apagar ninguna mecha que
humea, menos el parar estos movimientos que están surgiendo en
la Iglesia por voluntad del Señor. Sí que puede ser encauzarlos.
Y efectivamente quizá sea esta la razón, y creo que debo
decirlo también, por la cual la figura de nuestro Papa actual,
Juan Pablo II, es un poco controvertida. Porque, es verdad, unos dicen
blanco y otros dicen negro; otros dicen que es involucionista y otros
que es avanzadísimo. Está siendo un auténtico signo
de contradicción. ¿Por qué? Sencillamente, porque
después del Concilio, de esta renovación que se produjo
en la Iglesia, era natural que se produjera un trastorno, un confusionismo,
hasta, yo diría, que un ambiente de conflictividad dentro de la
Iglesia, muchas veces con sombras en la doctrina y con fallos en la disciplina,
etc.
Y ahora a este Papa le está tocando la misión más
difícil: clarificar doctrinalmente, encauzar eclesial y disciplinariamente,
y esto es difícil, y esto es lo que está haciendo el Papa,
que como digo es un don que el Señor ha concedido a su Iglesia
en estos momentos. Porque esto es lo grande, lo que manifiesta más
claramente que el Espíritu está con nosotros, que en cada
momento histórico tenemos siempre el Papa que la Iglesia en aquellos
momentos necesita. Y este es el Papa que necesita la Iglesia de hoy.
Termino, porque estáis alargando vosotros excesivamente mis palabras,
y creo que hay más aplausos que palabras, y entonces esto resultaría
interminable.
Yo no os digo más que una cosa. Os confieso: estoy contento. Os
digo más: estoy emocionado. Y estoy emocionado porque siempre me
emociona el ver la acción del Espíritu, y aquí estoy
viendo la acción del Espíritu.
Perseverad, hermanos. Abríos cada vez más a la palabra del
Espíritu. No desfallezcáis, aunque el camino algunas veces
os resulte difícil y aunque encontréis la contradicción
en este mundo, que normalmente ha de ser hostil a la predicación
del Evangelio, para que como Pedro, con esa entereza, después de
conocer por la inspiración del Espíritu, sabe proclamar
públicamente su fe en Jesús, también nosotros, no
sólo con nuestras palabras, sino sobre todo con nuestra vida y
con la alegría y el gozo que rezuma el sabernos hijos de Dios,
vamos a proclamar públicamente, delante de todos, que Jesucristo
es el Hijo de Dios y el único Salvador del hombre.
JESUS LUZ DEL MUNDO EN LA COMUNIDAD
EVANGELIZADORA
Por Tomás Forrest, C.Ss.R.
Conferencia pronunciada en la IV
Asamblea Nacional celebrada en San Lorenzo del Escorial, del 27 al 29
de Junio.
Una noche, hace varios años, me encontraba sentado en un avión
en el aeropuerto de Boston listo para despegar, cuando de pronto desapareció
la luz no sólo en el aeropuerto, sino en toda la ciudad de Boston,
en todo el estado de Massachussets y en todo el sector nordeste de los
Estados Unidos, un área más grande que toda España.
Para los habitantes de la zona afectada se había apagado la luz
del mundo. Tuve que abandonar el avión y con grandes dificultades
volver a la casa parroquial de los PP. Redentoristas en Boston. No funcionaban
los semáforos, ni trenes eléctricos, ni ascensores, ni restaurantes,
ni había protección pública, y el colmo: no había
televisión... El mundo había perdido su poder. Se había
ido la luz.
El mundo vive hoy en terror y bajo la continua amenaza de esta clase de
apagón. Arthur Hailey, el autor de Aeropuerto, llegó a escribir
otro bestseller famoso: Apagón (Over Load). La crisis energética
monopoliza los titulares de los periódicos del mundo entero. Este
ha sido el tema de los líderes políticos del Oeste, reunidos
durante estos días en Venecia, y los analistas explican que la
misma crisis energética ha sido lo que motivó a Rusia para
atacar a Afganistán...
Pero por muy grande que sea esta crisis de energía que hace dudar
a muchos de que el mundo pueda subsistir, hay otra crisis de energía
de la que muy pocos se dan cuenta, pero que en sus consecuencias es profundamente
grave. Me refiero a la pérdida del poder divino, a la desaparición
de la luz de nuestro Señor Jesucristo, de la Luz que es Cristo.
Si desapareciera este poder y esta luz, el hombre espiritual sufriría
un daño incomparablemente mayor que el que ha sufrido el hombre
material con la desaparición de la electricidad y del gas. El espíritu
del hombre es de un valor muy superior al de su cuerpo, y sin Cristo este
espíritu se encuentra:
-sin protección:
en una oscuridad que invita al diablo a robar;
-sin movimiento: no se trata de falta de avión,
de ascensor o de coche, sino de una ausencia de gracia que debilita
y paraliza hasta tal punto que hace imposible cualquier movimiento hacia
un más elevado nivel de vida, hacia un crecimiento y desarrollo
del ser humano;
- sin semáforo: es decir, sin nada para distinguir
lo bueno de lo malo, sin nada para frenar las pasiones, emociones y
apetitos, el egoísmo tan dañino y peligroso del hombre.
El hombre así se estrella;
- sin luz: privado de Cristo que es la Luz, el hombre
no puede ver el camino, no sabe cuál es el camino, no tiene guía
para su caminar, ha perdido la verdad que le hace libre.
San Juan nos dice que Jesucristo es la
luz que "brilla en la oscuridad" (Jn 1,5). Y cuando San Pablo
proclama que estamos en lucha contra fuerzas espirituales de maldad "que
tienen mando, autoridad y dominio sobre este mundo oscuro" (Ef 6,12),
nos indica también que un mundo sin Cristo es un reino de oscuridad.
ACERCARSE A LA LUZ DE CRISTO PARA VIVIR
La mejor manera de visualizar esta realidad
no es el modo de una pequeña bombilla que transmite luz a todas
partes del salón. Cristo, la Luz, se asemeja más bien a
un rayo láser que emite una línea de luz a través
de la oscuridad, pero una luz que se limita al rayo mismo sin extenderse
por el salón. Para escapar de la oscuridad hay que acercarse y
ponerse bajo el rayo mismo. De la misma forma, aquellos que deseen beneficiarse
de la Luz de Cristo tienen que acercarse voluntariamente a esta luz y
seguir su dirección o quedarse, de lo contrario, sumidos en profunda
oscuridad.
La Luz de Cristo es Luz que guía, que sana, que protege. Da seguridad,
trae victoria, ofrece respuesta a las ansiedades más profundas
del hombre revelando la verdad y dándonos a compartir la sabiduría
divina que produce gozo y bondad en el hombre. Es la Luz de la vida (Jn
8,12). Es la luz intensa que brilla sobre "los que vivían
en tierra de sombras" causando gozo y alegría, quebrando el
yugo pesado y la vara tiránica que pesaba sobre sus hombros (Is
9, 1-4).
Aunque Cristo nos dice con claridad que "si uno anda de noche, tropieza
porque no está la luz en él" (Jn 11,10), el mundo de
hoy ama apasionadamente la obscuridad, o sea los peligros y daños
inevitables de una vida sin Cristo, de una vida sin luz. El deseo de los
que son del mundo es quedarse lejos del rayo de luz, lejos del reflejo
o del más pequeño brillo de la Luz de la vida, porque como
dice Cristo, la luz revelará sus pecados (Jn 3,20-21). Su tendencia,
aunque subconsciente, es a suicidarse por su determinación a alejarse
cada vez más de la luz y a perderse y esconderse en la oscuridad.
La obscuridad puede ser:
-materialismo,
-adoración del dinero y del cuerpo,
-adicción a drogas,
-pornografía,
-destrucción familiar,
-alcoholismo,
-odio, agresividad y terrorismo,
-racionalismo glorificado como una religión,
-egoísmo predicado como doctrina de fe,
-virginidad considerada como una vergüenza y el adulterio como
un orgullo.
LA TAREA MÁS URGENTE:
AYUDAR A LOS HOMBRES A SALIR DE LA OBSCURIDAD
Creo de corazón
que es un sagrado deber cristiano buscar comida para los pobres. Pero
aún en esta época, en la que se da la tendencia, incluso
en la misma Iglesia, a poner todo el énfasis en la acción
y en el compromiso social, no temo proclamar públicamente que lo
más importante es ayudar a los que viven en la obscuridad para
que vuelvan a la luz. En otras palabras, la evangelización es la
caridad y el amor supremo, como indica el Papa Pablo VI en la Exhortación
"Evangelii nuntiandi" y Juan Pablo II en sus palabras a los
obispos de Francia. Es la misión de Cristo mismo, es el Reino de
Dios, con el que todo lo demás viene como añadidura y, como
dicen los papas, el corazón de su mensaje es la noticia de salvación.
Según sus propias palabras, Jesucristo
es la Luz. Por eso, si guiamos a una persona hacia Cristo practicamos
la caridad del que conduce un ciego a la visión de la luz. Somos
como la luz de la estrella que guió a los Magos hacia Cristo, o
como Juan el Bautista que gritó en el desierto para indicar el
camino y señalar el cordero de Dios. Pero, una vez hallado, Cristo
mismo es la Luz que nos guía hacia el cielo y nos revela el rostro
de Dios mismo.
Cristo fue profetizado como Luz: "El
pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían
en tierra de sombras una luz resplandeció" (ls 9,1). Cristo
fue anunciado con una nueva luz en el cielo, la luz de la estrella (Mt
2,2). Repetidamente Cristo es llamado Luz por San Juan y San Pablo. “En
El estaba la vida y esta vida era la Luz para los hombres; brilla en la
obscuridad y la obscuridad no ha podido apagarla" (Jn 1,4-5), "Vivid
como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad,
justicia y verdad... no participéis en las obras infructuosas de
las tinieblas... Despierta... y levántate... y te iluminará
Cristo" (Ef 5,8-14). Y Cristo mismo dice que El es la luz: ?"Yo,
la Luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga
en las tinieblas" (Jn 12,46).
Sin embargo el mundo sigue codiciando la obscuridad y rechazando la Luz.
Aun más, desprecia la luz como si fuera obscuridad, ignorancia,
una esclavitud, tristeza, una pérdida, o de poca importancia. Y
esto es el colmo de las mentiras.
La verdad es que los que siguen a Cristo son los únicos que dejan
de ser hijos de la obscuridad y llegan a ser hijos de la Luz (Ef 5,8,
etc.).Esta es la luz que da calor, que hace que las flores y las plantas
crezcan y produzcan su fruto. La verdad es que la visión de esta
luz produce vida (Sal 36, 10), y su carencia produce y ya es en sí
muerte (Sal 49,20; Jb 18,5; Pr 13,9; Si 22,9). La verdad es que los siervos
de Yahvé se dedican a transmitir esta Luz y de este modo también
se convierten en Luz (ls 42,6 y 49,6; Dn 12,3).
Nuestra misión es enseñar a las gentes a gritar como los
dos ciegos del Evangelio: "¡Señor, que se abran nuestros
ojos!" (Mt 20, 33). Jesús explicó claramente esta misión
cuando le dijo a San Pablo:
"Te he puesto como luz de los gentiles para que lleves la salvación
hasta el fin de la tierra" (Hch 13, 47). Una misión tan importante
que Pablo VI llega a preguntar si podemos esperar nuestra propia salvación
si no la cumplimos (EN, n. 80). Como afirma Mons. Joseph McKinney, "nosotros
debemos entender que para muchas personas nosotros somos la única
página del Nuevo Testamento que leerán".
¿QUE NECESITAMOS PARA CUMPLIR ESTA MISION?
Qué debemos hacer para cumplir
esta misión? Jesucristo dijo: "Mientras estoy en el mundo,
soy luz del mundo" (Jn 9,5). Y El está en este mundo, ya sea
presente en carne, ya sea presente en sus discípulos. Y El brilla
o por sí mismo o en sus propios discípulos como la luz de
una lámpara. Por eso nos dice: "Mientras tenéis la
luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz" (Jn 12,36)
Todo esto quiere decir que:
-NOSOTROS MISMOS DEBEMOS VER
LA LUZ. "Id Y contad a Juan lo que oís y veis"
(Mt 11,4). No sirve comunicar sólo conceptos e ideas; debemos
hablar de un Cristo que conocemos. Como San Pablo que se convirtió
por haber visto "una luz venida del cielo más resplandeciente
que el sol" (Hch 26,13).
-DEBEMOS ESTAR EN LA LUZ. Nosotros mismos debemos escapar
de la obscuridad. "El que me siga no caminará en la obscuridad,
sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8,12). En otras palabras,
debemos vivir el mensaje de los salmos que nos invitan a caminar en
la luz (Sal 27,1; 43,3; 44,4). De nada sirve imitar a las cinco vírgenes
necias que llegaron al banquete sin aceite en sus lámparas, sin
luz para el camino. Si nosotros mismos no tenemos luz para llegar, no
podemos conducir a otros.
-LA LUZ DEBE BRILLAR EN NOSOTROS. Cristo nos dice:
"Vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5,14). Y explica que
"nadie enciende una lámpara y la pone en sitio oculto, ni
bajo el celemín, sino sobre el candelero, para que los que entren
vean el resplandor" (Lc 11,33). El plan de Jesucristo es encender
en nosotros la luz de su propia santidad, de su propio amor, de su mismo
Espíritu, y situarnos con esta luz brillante en nosotros ante
los ojos del mundo para que el mundo vea.
San Juan Bautista es el mejor ejemplo
del funcionamiento de este plan divino:
-él supo que él no era
la Luz, sino el testigo de la Luz (Jn 1,8);
-él supo que no era la Palabra,
sino la voz que gritaba la palabra en el desierto (M t 3,3);
-él supo que no era el Mesías, sino el último de
los profetas, enviado para anunciarlo;
-él se sintió contento al ver disminuir y desaparecer
su propia luz, es decir, morir, para que otros pudieran ver con más
claridad la ?Luz verdadera. El envió a sus propios seguidores
para que siguieran a Cristo explicando: "Aquél que viene
detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno
de llevarle las sandalias" (Mt 3,11), "es preciso que El crezca
y que yo disminuya" (Jn 3,30);
-él se llenó tanto de la Luz, porque, según fue
profetizado, fue "lleno de Espíritu Santo ya desde el seno
de su madre" (Lc 1, 15), y el Espíritu Santo es fuego que
enciende la luz. Y así entusiasmado empezó ya a evangelizar
desde el seno materno con un salto de gozo que anunció la llegada
de la Luz;
-fue un hombre tan lleno de la Luz que Cristo le señaló
como un caso único, como un hombre que "era la lámpara
que arde y alumbra, y vosotros quisisteis recrearos una hora con su
luz" (Jn 5,35).
En otras palabras, Juan Bautista fue la lámpara perfecta de Cristo
Luz Divina. El mundo necesitaba a Cristo y no a Juan, y Juan era consciente
de ello. Hoy día nosotros tenemos que entender también que
el mundo no nos necesita a nosotros, sino solamente a Cristo. Pero debemos
y podemos servir como lámpara que refleja la Luz y hace que se
vea mejor la Luz. La meta es poseer la Luz y no la lámpara, pero
la lámpara puesta en alto es parte del plan divino, que es el utilizarnos
como nuevos "ángeles de luz" (Hch 12, 7), mensajeros
de un Dios "arropado de luz como de un manto" (Sal 104,2), un
Dios cuya bendición es el resplandor de la luz de su rostro (Nm
6,25; Sal 4,7; 89,16).
Su plan es transformarnos en hijos de la Luz, y aún más,
en Cuerpo de Luz, en su propio Cuerpo.
Su plan es transformarnos en comunidad de luz, en Comunidad Evangelizadora,
y así en ciudad puesta sobre una montaña, en faro de luz
para todas las naciones. Un faro que transmita el gozo, la protección,
el poder y la vida de Cristo, la Luz celestial, la Luz de la Nueva Jerusalén.
"La ciudad no necesita ni de sol ni de luna que la alumbren, porque
la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero. Las naciones
caminarán a su Luz"(Ap 21,23-24).
La misión de la comunidad evangelizadora no se limita a una proclamación
por medio de palabras. Tal comunidad tiene que brillar con la Luz de Cristo
por medio de su santidad y amor fraternal. A través de un proceso
de arrepentimiento, penitencia, encuentro con Cristo, obediencia, liberación
por el camino de la verdad, discipulado, y una muerte a sí mismo,
podemos y debemos llegar a ser ángeles, mensajeros, hijos, hombres
de luz, que brillen sólo con Cristo que alumbra el camino y conquista
definitivamente el reino de la obscuridad.
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