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Introducción. Estudiamos aquí
el problema del discernimiento. Es uno de los dones más necesarios en la R.C. La vida de cualquier grupo por pequeño que sea exige un constante discernimiento. Personas, acontecimientos, fenómenos, la marcha del grupo, la reunión de oración de cada semana, los problemas de cualquier hermano o del grupo entero: todo esto exige discernimiento para evitar desviaciones o enfoques torcidos. Siempre habrá que determinar cuál es el origen de los fenómenos que juzgamos: ¿es Dios?, ¿es nuestra naturaleza?, ¿es el espíritu del mal? El hombre puede estar abierto a influencias que proceden de uno de estos tres orígenes. Las Inspiraciones o impulsos que llegan a nuestra alma proceden: o de Dios, o de nosotros mismos, o del espíritu del mal. Este discernimiento lo podemos ejercer sobre cosas que se refieren o a nosotros mismos o a otro hermano: es un DISCERNIMIENTO PERSONAL. Puede ser sobre fenómenos o acontecimientos que afectan a todo un grupo o comunidad y entre todos tratamos de discernir: es el DISCERNIMIENTO COMUNITARIO. Puede ser algo que afecte a una gran parte de la Iglesia o a toda la Iglesia: es el DISCERNIMIENTO ECLESIAL. De acuerdo con esta distinción, sigue la exposición del tema en tres artículos distintos.
DISCERNIMIENTO ECLESIAL EN EL ESPIRITU SANTO Y EN LA IGLESIA Por MANUEL CASANOVA El 18 de junio de 1974, último día del Congreso Internacional de la R.C., Ralph Martin anunció en el estadio de la Universidad de Notre Dame, USA, que el Congreso Internacional de 1975 se celebraría en Roma. Razones: el Año Santo, y siguiendo las consignas marcadas por Pablo VI había que hacer una peregrinación a la Sede de Pedro buscando un gran objetivo: reconciliación y renovación personal, comunitaria, eclesial y universal Ya con anterioridad, en octubre de 1973, se había celebrado en Roma un encuentro de dirigentes nacionales de la R.C. Cuantos concurrieron a aquella celebración de Grottaferrata pudieron escuchar en la audiencia general del miércoles día 10 cómo el Papa mencionaba a los congresistas de Grottaferrata. Trece representantes de varías países serían después recibidos en audiencia privada y escucharían del sucesor de Pedro unas palabras de reconocimiento y exhortación. La R.C. no tenía aun carta de ciudadanía dentro de la Iglesia Jerárquica y era vista con cierto recelo por parte de muchos obispos y cristianos en general no sólo en Roma sino en el mundo entero. Existía por tanto un profundo deseo en representantes de centenares de grupos de oración de todos los países de demostrar a la Iglesia, en la persona del Obispo de Roma, todo su espíritu de amor, fidelidad y obediencia y ser, a su vez, reconocidos como verdaderos hijos no sólo individualmente sino también como grupo para poder así colaborar a la renovación de la Iglesia universal. Este deseo se vino a cumplir con motivo de Pentecostés de 1975. Unos 10.000 miembros de la R,C. y muchos de nosotros entre ellos; nos reunimos en la explanada de las Catacumbas de San Calixto. Hoy recordamos con emoción aquella celebración eucarística presidida por el Papa en el día de Pentecostés en la Basílica de San Pedro, así como la del día siguiente, lunes,presidida por el Cardenal Suenens y concelebrada por doce Obispos y 700 presbíteros y la audiencia especial que en la misma Basílica nos dispensó el Papa. Como Pastor Universal nos aceptó y recibió y nos dirigió la palabra como un padre habla a sus hijos dejando vislumbrar un gran amor y alegría al hallarse entre nosotros. Allí el Papa reconoció en la R.C. una fuerza viva de renovación dentro de la Iglesia. Y dio unas palabras de exhortación y orientación para que “esta renovación espiritual siga siendo una "suerte" para la Iglesia y para el mundo”. (Alocución del Papa al Congreso Internacional Católico de la R.C ., el 19 de mayo, Lunes de Pentecostés, de 1975). LA ACCION DEL ESPIRITU EN LA IGLESIA El árbol exuberante debe ser cuidado y podado para dar un fruto sazonado. En un campo de buen trigo es fácil que nazcan también malas hierbas Como declara el Señor en sus palabras (Mt 13,24 s). Pablo VI nos da unos
principios de discernimiento sobre la acción del Espíritu
Santo en la Iglesia. Y la R.C. que busca la acción y el poder del
Espíritu en la vida cristiana debe recordarlos y tenerlos presentes
como criterio de rectitud y normas de vida. La R.C. recibe su nombre de los carismas, de los dones espirituales que el Espíritu Santo derrama sobre los miembros del Cuerpo de Cristo para la edificación y el buen ser de todo el Cuerpo (1 Co 12.7). Los dones del Espíritu son muchos y variados, y Pablo no pretende ser exhaustivo en las listas que nos da (1 Co 12.4•10,28•30; Rm 12,6•8; El 6,111 Tres son los criterios que da el Papa, siguiendo a San Pablo, para un discernimiento dentro de la comunidad cristiana: l." Fidelidad a la doctrina auténtica de la fe. 2." Todos los dones han de ser recibidos con gratitud y, concedidos para el bien común, no contribuyen todos en la misma medida. 3." Todos los dones del Espíritu Santo se ordenan al amor. No basta decir: “yo tengo tales dones, el Espíritu Santo me ha dicho, tal hermana no tiene aquel carisma, en este grupo hay muchas profecías, allí se dieron tales curaciones, etc.”. Estas cosas por sí mismas no son garantía de la presencia del Espíritu Santo. Las lenguas, los milagros, las profecías son precisamente las cosas que hay que discernir y juzgar. (Declaración del Comité de Investigación y práctica pastoral de la Conferencia Episcopal de EE.UU., Nov. 1974, núm. 3). SIEMPRE EN EL AMOR El fruto del Espíritu es “caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza o control de si mismo" (Ga 5,22). Los dones auténticos del Espíritu tienden siempre a la construcción de la Iglesia en la unidad y en la caridad. – Poned empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz- (Ef 4,3). Es necesario recordar que entre los capitulas 12 y 14 de la 1.ª a los Corintios, Pablo ha colocado el capitulo 13 en el que nos habla de la primacía de la caridad: -Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o cimbalo que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha”. Y la caridad y el amor auténtico de que habla San Pablo es así: “La caridad es paciente, es servicial: la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia: se alegra con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo soporta”. [13.1-7) . Fundado en estos criterios, en conformidad con la enseñanza del Evangelio en su totalidad de reconocer el fruto del Espíritu en la vida y actuación de los cristianos, en la caridad como garantía suprema de la presencia del Espíritu, todos los dones llevarán a dar testimonio de Jesús y a construir el Cuerpo de Cristo en el vinculo de la paz. FRUTOS DE LA RENOVACION Tanto el Papa como los
Obispos reconocen los frutos que ha producido y está produciendo
la R.C. "interés renovado por la oración, tanto individual
como en gru¬po. Muchos de los que pertenecen al movimiento han experimentado
un sentido nuevo de los valores espirituales, una conciencia más
viva de la acción del Espíritu Santo, de la alabanza a Dios
y un compromiso personal más profundo con Cristo. Igualmente, numerosos
son los que han visto crecer en ellos la piedad eucarística y participan
con más fruto de la vida sacramental de la Iglesia. La devoción
a la Madre de Dios reviste una significación nueva y muchos reconocen
que han adquirido un sentido más profundo de la Iglesia y están
más unidos a ella-. ELEMENTOS NEGATIVOS Es preciso tener en cuenta algunos elementos que podrían impedir el sano crecimiento de la renovación. El “elitismo” y el "fundamentalismo bíblico», dicen los Obispos, son dos manifestaciones que se han dado y pueden darse en la R.C. El elitismo es creerse cristianos superiores a los demás, lo cual crea un medio cerrado y hace nacer divi¬siones en vez de la unidad y caridad. El fundamentalismo bíblico que toma tan literalmente la palabra de la Biblia que no es fiel a la misión del Espíritu de dar testimonio de “todo lo que Jesús ha enseñado”. Hay que evitar también el menospreciar el contenido intelectual y doctrinal de la fe y de reducirla a una experiencia religiosa subjetiva. No es con deseo de coartar, pero si de encaminar toda la fuerza de la renovación del movimiento que los Obispos añaden: “Otros aspectos de la R.C., como la curación, la profecía, la oración en lenguas, y la interpretación de lenguas exigen prudencia. No quisiéramos negar que tales fenómenos puedan ser auténticas manifestaciones del Espíritu. Pero deben ser cuidadosamente examinadas, y su importancia, aun si son auténticas, no debería ser exagerada”. COMPROMISO CON LOS MÁS NECESITADOS Quiero concluir con las
palabras del Papa que, hablando a los peregrinos de habla inglesa, lanzaba
un reto y en ellos también a nosotros: .Abrid vuestros corazones
a los hermanos necesitados. No hay limites para el reto del amor: los
pobres, los necesitados, los afligidos y los que sufren en el mundo y
a vuestro lado, todos os dirigen su clamor como hermanos y hermanas en
Cristo, pidiéndoos la prueba de vuestro amor, pidiendo la palabra
de Dios, pidiendo pan, pidiendo vida. Quieren ver un reflejo del amor
inmolado y generoso del propio Cristo al Padre y a los hermanos “.
DISCERNIMIENTO COMUNITARIO. Por Palmyra de Orovio La R.C. es, según el Cardenal Suenens, “una corriente de gracias que hace brotar en todas partes, de modo espontáneo, reuniones de oración de un tipo nuevo. Estos grupos de oración, sin estructuras preconcebidas, necesitan para existir y sobrevivir una razón de ser. Esta razón es Cristo. Nada puede reemplazarlo. Él dijo: “Donde estén dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. (Mt 18,20). Y, como dice San Pedro, “la Palabra de Dios es viva y permanente”. [1 P 1,23). Esta Palabra se nos comunica a través de su Espíritu. No puede fallar porque el Señor no promete sino lo que quiere cumplir. Antes del Concilio Vaticano en las relaciones comunitarias se sometía la inspiración personal a un discernimiento de tipo ignaciano, contrastado exclusivamente con el dirigente de la comunidad. Hoy las cosas han cambiado. Los miembros de una comunidad se sienten interdependientes unos de otros y así mismo corresponsables. El Señor no está únicamente en el centro para actuar y dirigir, sino que también se halla actuando y dirigiendo en cada hermano. Cada uno recibe, en virtud del Espíritu, un caudal de gracia, capaz de convertirse en vida abundante por la fuerza latente que llevan en si los dones de Dios. El primer discernimiento comunitario lo encontramos en los Hechos de los Apóstoles (1,15-26) donde se narra la elección de Matías. Estaban reunidos con los Apóstoles los “hermanos”, es decir, los fieles convertidos el día de Pentecostés. Nosotros también
nos reunimos para orar y buscamos al mismo Señor. “El amor
de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu
Santo que nos ha sido dado”. (Rm 5,5). Es palabra de Dios y creemos
en ella. A nivel de razón estamos convencidos que el Espíritu
está en nosotros. Pero esto no basta. Es preciso vivirlo y experimentarlo.
San Pablo nos dice: “Transformaos mediante la renovación
de vuestra mente de modo que podáis distinguir cuál es la
voluntad de Dios”. (Rm 12,2). ¿A DONDE OUIERE CONDUCIRNOS? Es el momento de un discernimiento comunitario. Es el momento en que todo el esfuerzo del grupo ha de concentrase para descubrir lo que quiere el Señor AHORA. El seguirá hablando. Hay que traspasar la barrera del razonamiento para “penetrar más allá del velo asiéndonos a lo esperanza propuesta” [Hb 6.19). REQUISITOS PARA ESTE DISCERNIMIENTO Pero. ¿Qué exige este discernimiento? He aquí lo más urgente: a) PREPARACION: Instrucciones en el grupo, tiempos largos de oración privada y reunión en grupos pequeños donde nos resultará más fácil escuchar la voz del Señor para discernir ante todo su presencia en nosotros. b) LIBERTAD INTERIOR: ”Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad" (2 Ca 3,17). Esta libertad interior es condición previa, sin la cual es imposible el discernimiento comunitario. Hay que desvincularse de personas, situaciones, ideas propias preconcebidas. Hay que llegar a la limpidez necesaria para ser transparencia de Dios, porque "todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen”. (2 Co 3,18). Si estamos dispuestos a pagar el precio de esta libertad, el Espíritu obrará en nosotros. c) ORACION: El Espíritu nos impulsará a orar. "Mi casa es casa de oración" (Is 56,7: Mt 21.13). Y "esta casa somos nosotros, si es que mantenemos la entereza y la gozosa satisfacción de la esperanza" (Hb 3.6). Al entrar cada uno en lo más profundo de su intimidad, pero recibirá la presencia del "dulce huésped del alma “, como dice la Secuencia de Pentecostés. Al realizarlo se actualizará aquella corriente inicial de gracia que tuvo eficacia para reunimos en nuestro primer encuentro. Y entonces se moverá cada uno a nivel de Espíritu, "no hablando con palabras aprendidas de la sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales en términos espirituales”. (1 Co 2,13). d) INTERDEPENDENCIA
F R A T E R N A: ¿COMO CONFIRMARLO? Lo que se ha discernido en el grupo ha de aceptarse con carácter provisional EL SEÑOR HA DE CONFIRMARLO. Si es El quien ha tomado la iniciativa, han de manifestarse el gozo y la paz. No como algo emocional, sino como algo transcendente, algo que nosotros no podríamos conseguir con el esfuerzo humano. Es el Espíritu quien actúa dentro de nosotros mismos convirtiendo en llama el rescoldo que llevábamos dentro. Se requiere luego el CONSENSUS de toda la comunidad reunida con su equipo de servidores en los que se presume una mayor capacidad de discernimiento. Los servidores solos por sí mismos no pueden garantizar que el discernimiento comunitario sea un éxito. En ocasiones tendrán que estar dispuestos a sacrificar puntos de vista personales y dar luz verde de forma que el Señor nos despeje el camino que El ha escogido. No todo el mundo es capaz de discernir de la forma como nos dice San Pablo: “A nosotros nos lo reveló Dios por medio del Espíritu. Y el Espíritu todo lo sondea hasta las profundidades de Dios. Sólo el Espíritu puede juzgarlas... ¿Quién conoció al Señor para instruirle? Pero noso¬tros poseemos el Espíritu de Cristo (1 Cl) 2.10). La CONSECUENCIA inmediata es llegar a una PAZ PROFUNDA entre todos los miembros de la comunidad y a un incremento de la armonía en ese concierto unánime, de lo que surgirá un canto de ALABANZA porque “el Señor ha obrado maravillas".
Por Luis Martín El cristiano que se abre a la vida del Espíritu empieza muy pronto a encontrarse con fenómenos nuevos, intervenciones y acciones de la gracia en su vida, a las que no puede juzgar puramente con la luz de su inteligencia o de su propia formación y experiencia humana. ”No hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado... El hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios: son necedad para él. Y no las puede entender, pues sólo el Espíritu puede juzgarlas-. (1 Co 2,12-14). Por otra parte, siempre que tratamos de acercarnos más al Señor, siempre que se intensifica en nosotros la vida espiritual, se produce como una reacción infalible: nos enfrentamos con un nuevo combate espiritual. Una forma de este combate son la serie de inspiraciones, mociones, deseos, tentaciones, e incluso fenómenos extraordinarios que nos pueden ocurrir de una forma u otra y que tienen su origen o en nuestra propia naturaleza o en el espíritu del mal, pero que no podemos caer en la trampa de atribuírselos al Señor, a pesar de que muchas veces imitan las inspiraciones de Dios y se presentan bajo capa de bien “Y nada tiene de extraño: que el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz”. (2 Co 11,14). Lo que primeramente necesitamos es saber que esto es así y no asustarnos porque es algo completamente normal. Pablo en Rom 7,14-25 nos habla de la lucha interior que todos tenemos; y en Ef 6,10-20 nos presenta este combate espiritual. No es necesario dar más textos de la abundante literatura que nos ofrece el Nuevo Testamento. EXAMINAD LOS ESPIRITUS “No os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios...” (1 Jn 4,11.) Todo lo que procede del
espíritu del mal viene envuelto en oscuridad y falsedad y con algún
matiz de tinieblas, angustia o inquietud. Nunca nos puede dejar en paz,
pues del espíritu del mal no puede derivar ninguno de los frutos
del Espíritu. Aquí el discernimiento nos hará ver cómo todo esto, por más revestido que se nos presente de piedad o de santidad, no hay que atribuirlo a Dios y más bien hay que tratar de superar la tensión de los sentimientos y emociones. Esto nos explica cómo puede haber personas que de la oración salen fatigadas, o con dolores de cabeza o molestias en otras partes del cuerpo. Aun siendo auténtica su oración y habiendo llegado a verdadera unión con el Señor, puede haber estado lastrada por una carga de emocionalismo o sentimiento que sin duda tiene su repercusión somática en forma de dolor. La oración íntima, la acción de la gracia, la fe profunda y la verdadera experiencia del Señor operan a niveles más profundos y estables de nuestra persona, en la mayoría de los casos más allá del alcance de nuestra conciencia y de nues¬tra sensibilidad. INSPIRACION ORDINARIA Y EXTRAORDINARIA El Señor nos puede
hablar a través de dos tipos diferentes de inspiración:
ordinaria y extraordinaria. Cada una de ellas es de gran importancia para
nuestra vida espiritual. El problema puede estar a veces en confundir el impulso de nuestras afeccio¬nes naturales con la inspiración del Espíritu Santo. Las inspiraciones ordinarias están llegando constantemente a nuestra alma si estamos viviendo en clima de oración y fidelidad a Dios. No suponen algo milagroso o preternatural, y en este sentido son menos peligrosas que las inspiraciones extraordinarias, pero también más divinas y preciosas, porque son el modo preferido que el Señor tiene de actuar en aquellos que le son dóciles. El Espíritu del Amor prefiere guiarnos y actuar en nosotros por el camino del amor más que por el camino de las inspiraciones extraordinarias. Esta clase de inspiración surge constantemente de la Palabra viva de Dios, verdadera fuente de inspiración, y también de la oración personal y comunitaria, de la celebración de la Eucaristía, del compartir con los hermanos en el Señor, y de cualquier tipo de ministerio y servicio que tanto podamos dar como recibir. Respecto a la Sagrada
Escritura, como fuente de inspiración ordinaria para nuestra vida,
pensemos que no es un libro de adivinación con el que descubrir
la voluntad de Dios por el texto que nos sale al azar. Nunca Dios se puede
someter a nuestros antojos o a nuestras manipulaciones; Él hablará
cuando quiera y como quiera y Él será quien escoja el procedimiento
de hablarnos y no nosotros. La inspiración extraordinaria, y que otros llaman carismática, se puede presentar bajo las siguientes formas: Visión, palabra hablada (no importa si la palabra es percibida con el oído o tan sólo interiormente, ni si la visión es percibida con los ojos del cuerpo o tan sólo interiormente) . Idea o intención que de pronto se forma en la mente sin intervención de causa natural. Estas tres formas de inspiración extraordinaria nos llegan como si fueran mensajes de alguien, como un impulso para hacer una cosa determinada sin que se den palabras o imágenes. Este tipo de inspiración es el que decimos que es más peligroso que el ordinario por la facilidad con que nos podemos engañar, sobre todo si somos inclinados a formarnos ilusiones o porque nosotros mismos las buscamos y hasta nos las inventamos. Por consiguiente el discernimiento se hace aquí más necesario, y nadie debe ser juez de su propia causa por lo que siempre será muy precavido y circunspecto en decir: “Es que el Señor me ha dicho a mí... " Si la inspiración
viene de Dios vendrá siempre envuelta en verdad, luz, docilidad,
paz, desconfianza de nosotros mismos y confianza en el Señor, paciencia,
sinceridad, libertad de espíritu, y por supuesto un gran amor a
Dios y a todos los demás. El Señor usa la inspiración extraordinaria para comunicar mensajes especiales que no se pueden dar de un modo ordinario, bien sea porque no somos suficientemente dóciles a Él o porque el mismo mensaje representa ya en sí algo extraordinario. Pero la perfección de la vida cristiana, la de los que son “guiados por el Espíritu del Señor”, consiste en estar de tal modo sintonizados con el Espíritu y tan sensibles a sus mociones, que sin necesidad de medios fuertes y forzosos, por así decirlo, podamos ser guiados por el más suave toque del Espíritu. A medida que crecemos en la unión con el Señor, las inspiraciones ordinarias que vamos recibiendo se van convirtiendo en una atmósfera que envuelve toda nuestra vida y dejan ya de ser mociones separadas o esporádicas. Podríamos decir que se llega a un estado en que ya no se tiene que consultar al Espíritu para cada caso concreto que se presenta, porque se vive en constante atención a Él, en total sintonía con Él. Y por consiguiente en constante apertura y en identificación con el Señor. Este estado maravilloso es más bien una meta a la que apenas llegamos, un ideal por el que constantemente tenemos que trabajar. Sea cual sea el punto en el que nosotros nos encontramos, creo que nadie llega a un estado en el que no tenga que preguntarse muchas veces qué quiere el Señor de él, teniendo que ejercer el discernimiento sobre las inspiraciones que parece recibir.
AMAOS LOS UNOS
A LOS OTROS El amor cristiano se basa en el compromiso. Pero este amor no florece si no se expresa activamente. Hace años vivía yo en una casa con ocho cristianos más. Una noche, al sentamos a cenar, uno de los compañeros empezó a hablar sobre un problema que había en su vida. No fue una confesión que fácilmente se sacara de la manga. Había vivido el problema durante años y de él habló con dificultad. Cuando hubo terminado dijo: “Es la primera vez que he podido hablar a alguien sobre este problema y si ahora he podido compartirlo ha sido por vuestra entrega para conmigo». Siguió diciendo que por primera vez en su vida veía que se hallaba en un grupo de personas que le amarían sin reparar en lo que él tenía de malo. Tenía razón. El que viviéramos juntos se basaba en el compromiso que habíamos hecho de tratamos unos a otros como hermanos y de ayudamos en nuestra vida cristiana. Pues nos habíamos comprometido a amarnos sin tener en cuenta los propios sentimientos, por lo que este hombre experimentó una gran libertad para abrirse a los demás.
Pero no sólo hemos de comprometernos a amarnos unos a otros, sino que también debemos expresar este amor. El amor entre marido y esposa apenas si crecerá si no lo expresan el uno al otro. De la misma manera el amor dentro de un grupo o co¬munidad cristiana no llegará a crecer si no tiene una expresión activa entre sus miembros. Esto lo pueden hacer de varios modos: manifestándose afecto y respeto, con el servicio de unos a otros, utilizando un lenguaje de afecto y que edifique la fe. De esta forma los cristianos se ayudan y fortalecen y manifiestan su compromiso de amarse. EXPRESIONES DE AFECTO De ordinario las personas sólo tienen conjeturas ante la pregunta de si los demás los aman. "Esta gente parece que se interesa por mí, no me han dicho que marche, no me ignoran, ni me han excluido de ninguno de sus planes, parece que me encuentran aceptable». Pero Pablo escribió: «Amaos cordialmente los unos a los otros» (Rm 12,10). En otras palabras, amaos unos a otros de forma abierta y sincera, expresando vuestro amor al otro, abrazaos, saludad a los demás de forma que vean que os sentís contentos al verlos, decidles que los amáis. Saber expresar afecto es de una gran importancia en la vida cristiana, y no es un aspecto puramente opcional que podemos poner en nuestras relaciones si tenemos tiempo o si nos acordamos. Cuando expresamos afecto hacemos que los demás sepan sin género de duda que los amamos. Este conocimiento produce una gran paz y seguridad en sus vidas y en nuestras mismas relaciones con ellos. Yo solía pensar que el expresar amor era algo muy importante si se trataba de amigos a los que veía con poca frecuencia y no así para con aquellos que tenía constantemente de cerca. En consecuencia no me preocupaba por expresar mi afecto a las personas con las que vivía. Y pensaba: «Bien, ya saben que las quiero. Estamos juntos constantemente y durante mucho tiempo no hemos tenido una discusión». Después comprendí que si el afecto pone paz y seguridad en nuestras relaciones debería jugar un papel muy relevante en la forma de relacionarme con aquellos a los que estoy viendo de ordinario. Es importante expresar afecto a las personas que no conozco bien, pero lo es todavía más importante saberlo expresar a aquellas con quienes convivimos, como marido, esposa, hijos, compañeros. RESPETO No hace mucho hallándome en una conferencia a la que asistía gente de varios países me llamó la atención ver cómo personas de otras culturas daban una gran importancia a la forma de expresar su respeto. Los japoneses, por ejemplo, hacían una profunda inclinación a las personas que saludaban. Me sorprendió el que nosotros los americanos apenas si nos esforzamos en honrarnos unos a otros si no es cuando enseñamos a nuestros hijos a decir «por favor» y «gracias». Pablo escribe: «honrándoos a porfía unos a otros»; nosotros diríamos: «respetándoos». Podría haber escrito no más que «es bueno mostrar respeto», pero escribió: «A porfía unos a otros». ¿Por qué es Pablo tan insistente? Porque toda persona a la que nos acercamos está hecha a imagen de Dios y es digna de honor. Podemos hacer muchas cosas para exteriorizar nuestro respeto. Hemos de prestar atención a los demás cuando hablan. Cuando terminen de hablar hemos de responder a sus afirmaciones y no ignorarlas o precipitarnos en exponer nuestra opinión. Tampoco debemos interrumpir a los demás cuando están hablando. Si estamos leyendo el periódico cuando alguien entra en la habitación, debemos levantarnos y saludar. Cuando estamos en un grupo de personas debemos asegurarnos de que nadie en el grupo queda desatendido o que se le pasa por alto como si esta persona no tuviera importancia. Debemos hablar de los ausentes de la misma forma que hablaríamos de ellos si estuvieran presentes. Hemos de estar an¬siosos de prestarnos favores unos a otros. En todo debemos otorgar a los demás el respeto que se merecen como seres hu¬manos creados a imagen de Dios. SERVICIO Amarse unos a otros significa estar prontos para prestar los más bajos e insignificantes servicios. Debemos servir nos unos a otros en aquellas tareas que se nos han confiado e ir todavía más allá de nuestras obligaciones en aquello que no se nos ha pedido. Una voluntad de servicio es signo de nuestro amor mutuo, ayuda a edificar el grupo de oración o la comunidad. FORMAS DE LENGUAJE
Por ejemplo, muchas personas son propensas, o a ser demasiado habladoras y dicen todo lo que les viene a la mente, o a ser demasiado reservadas y apenas si dicen algo. Ambas formas de lenguaje son un problema porque ninguna edifica al oyente. La persona que sea demasiado habladora o demasiado reservada debería seguir los consejos de Pablo y aprender a decir solamente lo que edifica y es oportuno. Hace varios años, una vez que algunos nos reuníamos para dialogar, empezamos a hablar de los momentos en que el Señor nos había demostrado su amor a cada uno de una manera especial. Algunas personas dieron testimonio de acontecimientos en los que se sintieron singularmente cerca de Dios, otros hablaron de cómo habían experimentado el amor de Dios en la oración. Enseguida pude darme cuenta cómo todos nos sentíamos más cerca del Señor y más cerca unos de otros. Hablar del Señor y de nuestros deseos de amarle y servirle es algo que «comunica gracia» a nuestros oyentes y que nos ayudará a controlar nuestro lenguaje. El ideal de lenguaje
de San Pablo incluye el animarse unos a otros. No se requiere hacer elogios
siempre que alguien hace algo bien. Pero deberíamos aprender a
decir a las personas con franqueza que las apreciamos y que han hecho
algo bien. Un marido debe hacer saber a su mujer cómo aprecia el
trabajo que realiza en la casa. Un empresario debe alabar a sus empleados
por su trabajo. Si una persona muy tímida saca suficiente coraje
para dar un testimonio en la reunión de oración, alguien
debería buscarla después de la reunión y hacerle
saber lo acertada que estuvo su intervención. Unas palabras de
aliento pueden contribuir a fortalecer y aumentar el deseo de servir.
En nuestra sociedad el humor negativo es de los pocos medios socialmente aceptados para expresar afecto. No se nos estimula a abrazar a los demás para manifestarles que los queremos, pero sí podemos hacer comentarios en tono humorístico, aunque negativo, para demostrarles nuestro afecto. Con todo, por muy buenas que puedan ser las intenciones del que así habla y lo ingenioso de su comentario, el humor negativo es inamistoso. Se centra en las faltas y debilidades de alguien, por lo que no es la forma apropiada por la que un cristiano debe demostrar afecto. Si alguien nos dice «afectuosamente» q u e constantemente estamos desbarrando, quizá nos riamos y lo tomemos a bien, pero lo más seguro es que no nos sintamos adecuadamente amados y aceptados. Por otra parte, el expresar afecto de una forma sincera comunica seguridad, paz y un sentido de dignidad ante el Señor. Aunque en nuestra cultura es difícil y también embarazoso ser abiertamente afectuoso en la conversación, los cristianos debemos abandonar toda forma de humor negativo y aprender a ser afectuosos con espontaneidad. El murmurar y el quejarse son otras formas de lenguaje negativo que no caben en la vida cristiana. Lo mismo que el humor negativo son habituales en nuestra sociedad. Uno se queja cuando tiene que esperar a que el semáforo rojo cambie a verde, otros se quejan del trabajo y de los salarios, se murmura de la mujer, del marido, de los hijos. Murmurar y quejarse puede ser algo socialmente aceptable, pero nos indispone para amar y servir. Cuando nos tenemos que levantar a media noche para alimentar al bebé, cuando tenemos que pasar el día entero de reuniones, si murmuramos y nos quejamos lo ponemos todo aun más difícil para nosotros mismos y también para los que nos oyen. Cuando nos encontramos en una situación difícil debiéramos exclamar: «Alabado sea Dios, otra oportunidad para servir, otra oportunidad para levantarnos a media noche, otra oportunidad para andar una milla extra. Esto es lo que Dios me pide ahora y por tanto es lo que yo quiero hacer». Cuanto más expresemos nuestra voluntad de servir y alabar a Dios en medio de las pruebas, tanto adoptaremos la actitud que tuvo el Señor de servir. El lenguaje positivo significa también mantener una actitud de fe cuando hablamos. Nunca debiéramos decir: «jamás aprenderé a controlar mi temperamento». Hablad con fe y esperad a que el Señor actúe. Así mismo hemos de evitar los chismes y el criticar a los demás. Es decir, hemos de quitar todos los elementos negativos de nuestro lenguaje y substituidos por palabras positivas de amor y de fe. Esto no quiere decir que ignoremos las dificultades. Significa que si surge un problema, tenemos que evitar el quejarnos y tratar más bien de encajar la situación de un modo correcto de forma que todo quede subsanado. Los cristianos hemos de ayudarnos de manera activa unos a otros en nuestra vida cristiana y estimularnos hacia un amor más profundo al Señor y a los demás. Aunque las formas como nos manifestamos afecto y respeto y los modos como servimos y hablamos unos con otros puedan parecer relativamente insignificantes se hallan sin embargo en el corazón de nuestra vida común.
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