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CAPITULO VII

Ambigüedad de las manifestaciones corporales en general


El “falling phenomenon” es un hecho que se constata; la interpretación del hecho exige un cuidadoso análisis crítico. ¿Estamos en presencia de un fenómeno de orden natural o de una intervención especial, de una gracia particular del Espíritu? Ya hemos dicho que ésta es la cuestión fundamental.
La respuesta es delicada, porque nadie puede determinar a priori y no varietur el modo de obrar del Espíritu Santo, ni delimitar las fronteras de sus operaciones.

Por otra parte, ¿cómo trazar la línea de demarcación entre las manifestaciones físicas naturales, o sea, patológicas, y las manifestaciones externas similares, pero de origen espiritual?

Con todo, si no podemos positivamente y a priori fijarle leyes y modos de acción, sí podemos, negativamente, eliminar modos de obrar que no llevan su sello. Hay, pues, criterios negativos que permiten un primer discernimiento.

A propósito de esta línea de demarcación, yo quisiera dejar la palabra a un maestro en la materia, el profesor Jean Lhermitte, que escribía:

“Muchos teóricos de la mística se han avocado a descubrir criterios con los cuales fuera posible distinguir las audiciones, las visiones, los éxtasis y los arrobamientos de esencia mística y, por lo mismo, preternaturales, respecto de manifestaciones semejantes que ofrecen a nuestra observación sujetos que nada tienen de místicos.

A decir verdad, los caracteres distintivos de estos dos estados tan diferentes en su origen –puesto que, los primeros responden a un origen sobrenatural, mientras que los segundos dependen exclusivamente de la naturaleza humana-, aparecen cuando se les analiza exactamente.

El éxtasis de un cierto enfermo célebre no difiere absolutamente en su fenomenología de un éxtasis tenido por el místico más auténtico. Lo mismo sucede con las visiones, las audiciones, la privación de los sentidos, el sentimiento de presencia.

Los más grandes místicos, como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, nos han puesto en guardia contra las visiones corporales y las audiciones, porque ellos saben que unas y otras se observan corrientemente fuera de toda ascesis y de todo impulso místico.

Sucede lo mismo con las intuiciones, las intelecciones que se manifiestan por un sentimiento íntimo de comprensión o de aprensión de lo divino. Es cierto, y nunca lo recalcaríamos demasiado, que ambas clases de estos fenómenos pueden muy bien, en ciertos casos, exigir una fuerza divina; pero el mecanismo que los sostiene no es más que psicofisiológico.

Algunos de nuestros pacientes nos explican claramente que ellos experimentan el sentimiento del que no pueden creer que sean ellos mismos los autores. Como lo declaran Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, son “seres que se hablan a ellos mismos” sin saberlo. Las palabras que ellos oyen no son más que el reflejo de su propio pensamiento. Pasa lo mismo con el “sentimiento de presencia” tan común entre los místicos auténticos. Sí, parece que Dios está ahí presente, cerca de él, está seguro de ello. Pero muchos de nuestros pacientes son también ellos invadidos por el mismo sentimiento de una presencia divina, demoníaca o humana, y que no es más que una ilusión.

Santa Teresa andaba acompañada de un ángel armado con un dardo encendido; pues bien, una de mis enfermas, muy inteligente y de ninguna manera demente, se creía ella también acompañada, desde que salía de su casa, por un deslumbrante caballero, imagen de un oficial que ella había observado en su juventud.

Una vez más, queremos precisar que si, desde el punto de vista psicofisiológico o fenomenológico, no podemos discernir en los estados que hemos mencionado ningún signo que autorice una especificación del estado místico, de ningún modo pretendemos que el origen de las manifestaciones que estudiamos responde a una misma causa. ¿No puede Dios ser una fuente de inspiración natural y utilizar modos psicofisiológicos que el psicólogo está llamado a conocer?

Como lo ha declarado la mayoría de los grandes místicos, empezando por Santa Teresa de Jesús (de Ávila), lo que en realidad confiere a estas manifestaciones el sello de su origen divino, son sus frutos.

Pues bien, los productos de los pseudomísticos no son más que pobres cosas, mientras que lo que nos ofrecen los auténticos místicos son flores de amor y caridad”. (1)

Para esclarecernos el pensamiento de la Iglesia en materia de reacciones corporales, puede ser útil saber que desde hace mucho reaccionó, por decreto del Santo Oficio, contra las representaciones de María al pie de la Cruz que la mostraba desfallecida o desmayada en los brazos de San Juan.

La Iglesia no quiere que los artistas atenúen o desmientan la palabra de la Escritura: “María estaba de pie junto a la Cruz”. Esta actitud de María en el Calvario ha sido mencionada por el escritor sagrado para recalcar el valor de la que fue asociada más que nadie al sacrificio redentor. La imagen misma tiene valor de símbolo y de ejemplo.


CAPITULO VIII

La soberana libertad y la discreción del Espíritu Santo


Las observaciones precedentes apuntaban principalmente a los aspectos humanos y a las disposiciones subjetivas respecto de la acción de Dios. Es necesario añadirles un criterio de orden objetivo y global, que caracteriza la acción misma, del Espíritu Santo, de su libre soberanía.

La acción del Espíritu se descubre por toques espirituales delicados más que por manifestaciones físicas, espectaculares o no. Su presencia se descubre con seguridad ahí donde hay crecimiento de fe, de esperanza teologal, de amor de Dios y del prójimo. Las manifestaciones fuertemente superficiales, en cuanto corporales, no pueden nunca prevalecer sobre este criterio fundamental.

Sabemos también que el Espíritu Santo no se presta a ninguna predicción humana: no acepta que se le fijen citas. No entra en nuestros cuadros preestablecidos.

El Espíritu Santo no trabaja en medio del jaleo ni en serie: no respeta nuestras formaciones en fila, ni nuestras sesiones prefabricadas. Él es por excelencia el Imprevisible, el Incontrolable.

Nadie puede darse a sí mismo una gracia mística, ni darla a otro. Una gracia mística no está sujeta a repetición ni puede ser provocada. El Espíritu Santo se opone a entrar en nuestra agenda, a acudir a nuestra cita, y ningún agente humano puede desencadenar su acción. Se sustrae a nuestros planes y no obra en función de una atmósfera colectiva de expectación.

Para lograr casi tocar con el dedo la discreción del Espíritu como garantía de su presencia, sería bueno releer la página de la Escritura que nos la recuerda con estilo tan poético y sugestivo, en el Libro de los Reyes:

“Y he aquí que el Señor pasó.

Vino un huracán tan violento, que desgajaba los montes y hacía trizas las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto y salió afuera y se puso a la entrada de la cueva...” .(2)

Esta magnífica página de la Escritura nos invita a no encerrar la acción de Dios en nuestras categorías humanas y a reconocerlo por la delicadeza de su toque.

Todo lo que hemos dicho sobre la acción imprevisible y soberanamente libre del Espíritu, excluye cualquier idea de sesión que prevé este fenómeno.

Se puede decir a priori: “el dedo de Dios no está ahí”. No es compatible con todo lo que implica inducción psicológica, sugestión, etc. Hay que dejar a Dios su libertad y, por consiguiente, abstenerse de todo lo que, conscientemente o no, provoque el fenómeno en un grupo, y con más razón en un conglomerado más vasto. Entre más numerosos sean los participantes, más crece el riesgo de las manipulaciones colectivas, de la psicosis masiva, etc.

Me parece muy importante excluir todo fenómeno de este tipo de nuestras celebraciones litúrgicas. En Lourdes se han visto sacerdotes, revestidos con sus ornamentos sacerdotales, caer uno tras otro al término de una ceremonia en una capilla.

Uno de esos sacerdotes me contó él mismo el contexto y el desarrollo.

Todo eso debería evitarse cuidadosamente.

Tercera Parte:

Pastoral


CAPITULO IX

Los “Frutos” ¿Son un criterio decisivo?


¿Qué podemos pensar, en caso presente, del adagio: “un árbol se conoce por sus frutos”?

Si los testimonios atestiguan frutos excelentes y variados, ¿basta eso para decidir la cuestión y para garantizar la interpretación espiritual?

Hemos visto en el capítulo II que numerosas personas que han vivido esta experiencia dicen haber probado, en esa ocasión, sentimientos inesperados de paz interior, de alegría, de abandono en Dios, de curación espiritual o física, o inclusive haber vivido un contacto extraordinario con lo Sobrenatural.

Aplicando el principio de que “un árbol se conoce por sus frutos”, ¿no debemos, pues, concluir que los efectos benéficos señalados prueban por ellos mismos que se trata ciertamente de una acción extraordinaria del Espíritu?

Ante todo, quisiera decir que no se puede poner en duda el testimonio subjetivo y la sinceridad de los testigos; mas no por eso hay que ligar objetivamente los “frutos” atestiguados a la causa presunta, que sería, en esa ocasión, una intervención extraordinaria del Espíritu.

En buena lógica, hay que cuidarse de una conclusión que supera las premisas, y de concluir inmediatamente de una “concomitancia” a la “causa” (Cum hoc, ergo propter hoc), como si el efecto comprobado estuviera intrínsecamente ligado a tal gesto exterior y fuera de su resultante.

Sin duda, “el árbol se juzga por sus frutos”; pero es preciso no equivocarse ni sobre la identidad del árbol, ni sobre la valoración de sus frutos, ni sobre el nexo que los une.

No faltan ejemplos de excelentes frutos provenientes de una causa por lo menos turbia e inclusive totalmente errónea. Pienso en el pasajero despertar religioso que apareció en cierto lugar del mundo a consecuencia de alguna aparición que luego se demostró inauténtica. Pienso en un Vicente Ferrer anunciando el fin del mundo en el siglo XIV con frutos maravillosos de conversiones entre sus oyentes.

Se puede, pues, aceptar los testimonios; pero reservándonos el juicio sobre lo bien fundado de la causalidad alegada.

Para apreciar cuándo ocurren los frutos de este fenómeno, hay que mirar igualmente de cerca todos los frutos.

En efecto, algunos pueden ser excelentes, otros dudosos, o malos; algunos inmediatos pero no duraderos. Hay unos que se reconocen ahí mismo, otros que necesitan más tiempo para madurar, que son lentos para definirse hacia el bien o hacia el mal.

Hay frutos que pueden ser buenos y positivos en un cierto nivel, siendo completamente nocivos en otros aspectos; por ejemplo, por sus repercusiones sobre el grupo o la colectividad, en los que podrían acentuar la tendencia al fanatismo, a la exageración de lo extraordinario, etc.

Todas estas reflexiones, que nada tienen de exhaustivas, no tratan más que de ponernos en guardia contra toda aplicación simplista al campo moral.

En particular, cuando el fenómeno se produce en el contexto de una asamblea ad hoc, el espíritu crítico debe estar especialmente despierto.

Si se quiere considerar como “frutos” algunos efectos psicológicos de contento y de paz interior, obtenidos en esos momentos, se tendrá que observar que diversas actividades de orden humano pueden obtener un resultado parecido y pueden suscitar comportamientos mejores entre los participantes.

Parecidas mejorías pueden también ser efecto propio de tal o cual tratamiento psicológico. No se pueden, pues, atribuir necesariamente a la influencia de un toque particular del Espíritu.

Aunque el juego de los mecanismos humanos que actúan se “revista” y se “adorne” con oraciones y gestos religiosos, el discernimiento espiritual íntegro no puede excluir el análisis del contexto humano completo.

Me encontré ante el mismo argumento: “del árbol y de sus frutos” en el Documento de Malinas nº 4: “Renovación y poderes de las tinieblas”, (3) en el cual luchaba con el mismo razonamiento aplicado al uso de los exorcismos, cuando algunos frutos buenos autorizarían para hacer exorcismos “silvestres”, es decir, sin mandato explícito de la autoridad competente.

Igualmente encontré este argumento en mi libro:

“Qué pensar del rearme moral?,(4) en el cual era preciso poner reservas en el plano doctrinal, aun reconociendo sin más frutos cualificados en el plano moral.

Cito estos ejemplos para ampliar el horizonte y ayudar, quizás, a que se toquen casi con el dedo los múltiples campos en que el adagio tiene que ser interpretado.

CAPITULO X

Los peligros inherentes a la experiencia

I. Una cuestión preliminar: ¿Es preciso señalar los peligros?

Sucede que algunos recomiendan no hablar de peligros inherentes al fenómeno, por miedo a estorbar esta acción de Dios.

Se cree que no es bueno mirar el “descanso en el Espíritu” como un terreno peligroso.

El hecho mismo de pensar en términos de peligro reforzaría una actitud de desconfianza, la cual impediría un discernimiento lúcido.

Tal recomendación prejuzga la cuestión con una “petición de principio”. Eso es prohibir a priori un cuestionamiento y hacer del “slain in the Spirit” una de las gracias prometidas para nuestro tiempo, como fruto de un nuevo Pentecostés.

Sorprendente certeza cuyo fundamento escapa. ¿Y cómo pueden escribir todo eso tranquilamente sin sobre de referencia a los que el Señor ha encomendado el discernimiento definitivo de los carismas en su Iglesia?

Al contrario de esta actitud a priori, léanse las líneas de un teólogo ortodoxo de renombre, Olivier Clément, invitando a la prudencia.

“Puede uno preguntarse, escribe él, ante una experiencia tal, vivida colectivamente, si se trata de una experiencia propiamente pneumática, espiritual, o de una experiencia psíquica. Una cierta gula psíquica no es cosa buena. En el Oriente cristiano hay una actitud de gran sobriedad, de extrema vigilancia”. (5)

Encontramos el mismo son de campana en la revista ecuménica americana Pastoral Renewal, en la que el editor, Kevin Perrota, escribe:

“Una dificultad que tenemos que resolver en conjunto, dentro del Movimiento carismático pentecostaI, es la tendencia a confundir experiencia espiritual y experiencia emocional.

Una consecuencia de esta confusión es que, los que se emocionan fácilmente, se consideran como si estuvieran movidos por el Espíritu Santo, e identifican lo espiritual con lo emocional”.(6)

En efecto, tenemos que distinguir los planes y examinar atentamente los equívocos y los peligros posibles subyacentes en el fenómeno.

Esos peligros afectan simultáneamente a los que son beneficiarios del fenómeno y a los que se convierten en sus fervorosos propagandistas.

II. Peligros para las personas cuyo papel es pasivo

En una respuesta a mi pregunta de información, uno de mis corresponsales puso en orden él mismo los peligros que hay que señalar, de acuerdo a las siguientes reglas:

“1. Hay el temor de que algunos busquen inconscientemente, no a Dios, sino experiencias religiosas del último tipo, por curiosidad más bien que por necesidad de curación, por amor de las novedades y de lo espectacular.

2. Hay el temor de que, inconscientemente también, algunos traten de llamar la atención sobre ellos mismos, por necesidad psicológica o emocional, más bien que por abrirse a una verdadera acción del Espíritu.

3. Hay el temor de que otros, sin saberlo, respondan a algún estímulo psicológico, emocional o histérico, sobre todo cuando se busca desencadenar la reacción de caída mediante un adoctrinamiento, o presentando el fenómeno como parte integrante normal de una sesión de curación.

Se debe estar especialmente atento cuando eso sucede con cierto desorden.

4. Hay el temor de que otros tiendan a juzgar la acción del Espíritu, no por los frutos producidos en la vida ordinaria, sino por el número de personas que “caen en el Espíritu”.

5. Hay el temor de que en algunos surja un sentimiento de suficiencia elitista, y en otros una especie de turbación por no entender lo que pasa.”

Se podría alargar la lista. Por ejemplo, yo creo que algunos tienden a buscar ahí la respuesta a sus problemas, sin tener que resolverlos ellos mismos penosa y trabajosamente, a base de ascesis, olvidos de sí mismos, perdón, etc.

Deseosos cómo están, conscientemente o no, de la solución relámpago, de la solución-milagro, el descanso-caída juega entonces un papel de “anestesia espiritual”.

El Padre, Tardif que ejerce un ministerio muy famoso de curación, decía que él se rehusaba enérgicamente a responder a la súplica de personas que le pedían que rezara para qué ellas “cayeran bajo el poder del Espíritu”. Esa es la sana pastoral.

Otra consideración que merece atención es el papel que puede juzgar el deseo inconsciente de la persona pasiva.

Si ella cree que se trata de una gracia especial y aspira a ella, se sentiría frustrada si no la obtuviera, y lo interpretaría como menor amor de Dios hacia ella.

En tal caso, se juntan muchos elementos para desencadenar internamente el fenómeno, aunque todo eso no aflore plenamente en la conciencia y, por lo mismo, no aparezca claro.

No hablamos aquí de personas que experimentan bruscamente el fenómeno sin haber sido preparadas en lo más mínimo -éste es otro caso-, sino de personas que, atendiendo a una invitación, se presentan para ser conmovidas por el Espíritu, para “recibir la gracia que va implícita en el 'descanso-caída'”.
Estas personas se ponen en fila: se citan casos en que algunos se pusieron en fila varias veces seguidas con el deseo de probar de nuevo la experiencia prometida. En algunos hay un sentimiento de frustración si nada se produce, y se sienten casi culpables, sobre todo si el intermediario los exhorta con molesta insistencia a que lo dejen actuar.

Finalmente, una sutil tentación de autosuficiencia puede infiltrarse en esta experiencia, que fácilmente concentra la atención más en uno mismo que en la acción de Dios.

Esta observación no se aplica evidentemente a todos; pero, respetando siempre sus derechos al psiquismo humano, no se puede descartar la hipótesis.


III. Peligros para los que juegan un papel activo

Pasemos ahora a los que desencadenan el fenómeno. Morton Kelsey, teólogo y ministro anglicano, que enseñó numerosos años en la Universidad de NotreDame en South Bend (U.S.A.), y que publicó una serie de estudios de análisis psicológico, señala varios peligros que se añaden en buena parte a los ya mencionados.

Lo mismo pasa en los escritos de Mac Nutt, aunque luego en la práctica no siempre evite esos peligros. No es el único que olvida los peligros sobre la marcha.

Causa malestar leer, por ejemplo, sobre la cubierta del libro “The man behind the Gift” (El hombre detrás del Don), que cuenta la vida del Padre Ralph A. Diorio (U.S.A.). Ahí se hace decir al Padre: “Mientras yo recorra sus filas, algunos de entre ustedes van a sentir como una electricidad que sale directamente de mi cuerpo, como un calor, como rayo luminoso. Algunos de entre ustedes van a caer”.

Un líder religioso, con tal propaganda y fama previas, con su sola aparición condiciona a los que están con esa expectación.

El factor “sugestión” es particularmente activo en las grandes reuniones.
Conservo en mis cuadernos la narración de una sesión de curación, en Suiza, introducida por un religioso católico con estas palabras:

“Algunos de ustedes van a caer. No se asusten. En la Edad Media, en algunos conventos, caían filas enteras de religiosas. Estaban tocadas por Dios, como Pablo en Damasco y como los soldados en Getsemaní. El Señor va también a cuidar de ustedes para que no se hagan daño al caer”.

Sigue luego la narración de la primera sesión: “La señora X habló a su vez, refiriéndose a diálogos personales con Dios, a visiones, a exitosas curaciones y, para terminar declaró: “Ahora en este instante algunos de ustedes están curados. El Señor los toca ahora: un cáncer es curado en este instante; y, también, algunas venas coronarias; y también un cáncer que no debe ser operado porque el Espíritu es el que opera. Algunos cálculos renales son disueltos, en este momento, por la sangre de Cristo”.

Ahora tenemos la descripción de la segunda sesión: “Comenzó con los testigos curados en la sesión anterior: Comentaron sus experiencias.

La sesión duró más de dos horas; la serie de cantos y de melodías repetitivas era interrumpida por relatos de curaciones tomados de la Biblia y por consejos sobre la postura justa que habría que adoptar para caer bien.

El aire se enrarecía cada vez más. A ratos se trabajaba con ayuda de efectos luminosos”. (7)

Se ha visto que los peligros son evidentes cuando se trata del fenómeno vivido en gran escala, al estilo de Katherine Kuhlman; disminuyen cuando el fenómeno reviste una forma más discreta y “suavizada”.

Pero aun ese caso me parece excesivo ver en él “como una experiencia mística, por lo menos en estado germinal”.

CAPITULO XI

El fenómeno, ¿es natural o es signo de la acción del Espíritu Santo?

I. ¿Fenómeno natural o no?

Continuando con el estudio del fenómeno en sí, falta ponernos la cuestión final, por encima de los peligros señalados y que nada tienen de hipotético: ¿estamos ante un fenómeno de orden natural o ante una intervención especial del Espíritu, que trasciende las fuerzas de la naturaleza?

Tocamos así las relaciones entre naturaleza y gracia, siempre difíciles de precisar: ¿dónde termina la naturaleza, dónde comienza la gracia?

La acción de la gracia es difícil de definir en su influjo directo, pues por una parte se une estrechamente a los contornos de los factores humanos, y por otra, no se yuxtapone a ellos como en una vía paralela.

Además, el término “naturaleza” es complejo en su misma definición. El Diccionario Filosófico de Lalande le asigna dieciocho diversas significaciones. Y semejante definición es necesariamente estática, y así no puede decirnos dónde se detiene el dominio de las fuerzas naturales, todavía desconocidas al grado que, sólo los descubrimientos científicos del futuro nos permitirán dominarlas. Es larga la lista de los hallazgos científicos que han extendido progresivamente los alcances del hombre.

Con frecuencia se acuerda uno de la palabra de San Agustín: “Los misterios del Invisible no están en contradicción con la naturaleza, sólo están en contradicción con lo que sabemos de ella”.

La relación entre naturaleza y gracia ha sido expresada con rara exactitud, en función del papel del Espíritu Santo, por el Padre Adrien Demoustier, s.j., en el artículo “Intervención del Espíritu Santo”, a propósito de los Movimientos Carismáticos :(8)

“El Espíritu santificador es el mismo que el Espíritu creador. De ahí se sigue que la acción santificadora del Espíritu Santo no solamente respeta y utiliza los elementos de nuestra experiencia humana, sino que, además, los valoriza y refuerza. Así, pues, el Espíritu Santo santifica y manifiesta su acción santificante obrando en aquellos aspectos de nuestras vidas que son, por otra parte y con todo derecho, analizados por la psicología, la sociología, etc. Y esta acción del Espíritu Santo, lejos de invalidar o hacer superfluos esos análisis, exige, por el contrario, que los realicemos con más seriedad y verdad.

Al santificar al hombre, el Espíritu respeta y acentúa la autonomía de la experiencia humana.

Todas las manifestaciones de su acción son manifestaciones en el espíritu del hombre. Este espíritu del hombre permanece siempre distinto del Espíritu de Dios. Las manifestaciones del Santo Espíritu, desde el momento mismo en que deben ser interpretadas como signos auténticos de su intervención personal, quedan como acciones humanas que deben ser comprendidas y controladas según las reglas del conocimiento y de la sabiduría del hombre.

Las reglas de las conductas psicológicas, sociológicas, económicas, políticas, etc., siguen con pleno vigor o inclusive adquieren mayor urgencia a causa de la intensidad de la experiencia espiritual, porque el Espíritu de Dios interviene para hacer significativa su acción.

Los fenómenos carismáticos en el sentido estricto del término, como la glosolalia, la profecía, la sanación, etc., en cuanto son realizados por el Espíritu Santo, son fenómenos humanos bastante conocidos por los especialistas en la experiencia religiosa de la humanidad. Esos fenómenos acontecen regularmente cuando se juntan cierto número de circunstancias. Con estos conocimientos adquiridos, de sus causas y de sus consecuencias, es como se convierten en signos de la acción del Espíritu Santo”.


II. Las fuerzas desconocidas de la naturaleza

El Espíritu Santo se desposa con el obrar del hombre, lo penetra, lo conduce a sus fines más allá de él mismo. Pero es preciso no, atribuirle con demasiada rapidez una intervención directa que rebase o excluya el juego de las fuerzas naturales:

El campo de éstas es inmenso; pero el campo de las fuerzas naturales todavía no exploradas se extiende y amplía cada día ante nosotros. La historia de las ciencias es reveladora al máximo: con cada descubrimiento se ven surgir fuerzas naturales que revelan poco a poco su secreto y sus leyes.

Estos descubrimientos en nada restringen el poder creador de Dios, que sigue siendo causa primera del cosmos, pero dejando de ser, como les parecía a nuestros ancestros, causa directa y exclusiva de tal o cual fenómeno, trátese de huracán o de arco iris. Esto no es un retroceso de la actividad divina, sino de nuestras ignorancias.

Esto que es verdad en todos los órdenes, lo es particularmente en el que se refiere a la exploración de los poderes del hombre.

Los fenómenos psíquicos extraordinarios han existido siempre. Por largo tiempo fueron considerados como sobrenaturales, o a veces como diabólicos. Sólo poco a poco se fueron entendiendo como naturales.

A partir de Mesmer (médico alemán de 1734 a 1815) y de sus continuadores se empezó a conocer la radioactividad fisiológica: el mesmerismo ha contribuido a desarrollar cada vez más las energías psicomagnéticas latentes en cada individuo.

La ciencia actual nos enseña que el cerebro humano sólo ha ejercitado hasta ahora una mínima fracción de su capacidad.

También nos habla del hipnotismo sensorial, de sugestión, de acción telepática, de ondulación magnética terapéutica o experimental, de la visibilidad de los efluvios humanos, del estado cataléptico, letárgico, sonámbulo.

En lo que mira a nuestro terreno preciso, se pueden consultar con provecho tratados sobre la hipnosis parcial, en los que la caída hacia atrás (y hacia el frente) es parte integrante de las terapias de grupo, de los ejercicios que ahí se enseñan. Se trata ahí de inmovilización del sujeto por inhibición sugerida, y de otras experiencias de automatismo inducido.

No para decidir la cuestión ni para tomar partido en la materia, sino más sencillamente para mostrar la complejidad del “falling phenomenon” a propósito de su intervención, se pueden señalar, como también relacionadas con nuestro tema, las investigaciones que se haciendo hoy día especialmente en psicología y en parapsicología.

a) En psicología, sería oportuno que para este fenómeno se aclararía toda la autosugestión, la hipnosis, la psicología de las masas, el juego del inconsciente, las experiencias psicofísicas.

Sería interesante también, cuando el fenómeno se produce por tocamiento, preguntara los especialistas en una rama nueva que se ha creado y que podría darnos alguna clarificación a este respecto.

Es ya conocida la “therapeutic touch” (tocamiento terapéutico), que ocupa su lugar entre las recientes prácticas médicas.

Una revista americana Woman’s Day (Día de la Mujer, del 26 de junio de 1979) dedicó al tema una exposición en que se dice:

“Una nueva categoría de curanderos ayuda al alivio de los enfermos imponiendo las manos. El mundo científico no explica el cómo de este remedio, pero constata que eso resulta”.

La fundadora de esta escuela médica, Dolores Kriegen, profesora en la Universidad de Nueva York, publicó algunos resultados de sus investigaciones con el título Therapeutic touch: How to use your hands to help or heal (El tocamiento terapéutico: cómo usar las manos para ayudar o curar).

También merecería ser explorado, como un elemento que podría intervenir en algunos casos, el terreno de la Hipnosis o autohipnosis. Escribe el P. Maloney, S.J.:

“Yo fui hipnotizado y yo hipnoticé a muchas personas. En la hipnosis se puede sentir un deslumbrante sentimiento de paz, como si se dejara el cuerpo y se flotara en dirección al cielo. Una persona religiosa puede interpretar eso en relación a Dio; pero el resultado se obtiene con un método natural, con una técnica que no hay que confundir con la oración”.

Este mismo teólogo escribió a Morton Kesley que él había estudiado essos fenómenos bajo la dirección de un parapsicólogo no cristiano, el cual provocaba esos mismos fenómenos sin ninguna referencia a Dios.

Esto merece una atención especial, porque esa ausencia de toda referencia religiosa en ese practicante, nos obliga a examinar el fenómeno en sí con redoblado esmero y sin precipitar la conclusión religiosa del análisis. Eso invita a la prudencia, lo mismo que la interpretación.

Añadamos, siempre a nivel de la psicología, que también es preciso tener en cuenta, dentro de una apreciación completa del fenómeno, lo que sucede en la práctica de los métodos naturales de relajamiento, que producen ciertos efectos parciales semejantes.

b) En parapsicología. Pasando del sector psicológico a otros campos de exploración, todavía más o menos baldíos, constatamos que las investigaciones cada día se amplían y que su avance hace surgir problemas inéditos.

Se nos habla de campos de energías que fluyen de todo el cuerpo humano y forman una especie de “aura” que se puede fotografiar, etc.

Cada día se enriquece nuestro descubrimiento sobre los fenómenos paranormales, sobre las potencialidades todavía inexploradas del hombre y de su cerebro. Sería preciso que las investigaciones continuaran por estos terrenos; todo esto ilustra la palabra de Irineo: “La gloria de Dios es el hombre viviente”.

En una obra reciente, Historia natural de lo sobrenatural (Albin Michel), el biólogo Lyale Watson ha consagrado un capítulo a los poderes ocultos del espíritu sobre la materia.

Sin duda, el día de mañana habrá estudios cada vez más avanzados y científicos sobre fenómenos como la telepatía o la transmisión de pensamientos o de imágenes.

Según Charles Honorton, director del departamento de parapsicología en el hospital Maimónides de Nueva York, se podrían esperar descubrimientos.
Escribe:

“Si se realiza el nexo telepático, como lo creemos con base en nuestros experimentos, ello implica la existencia de un factor desconocido para nosotros, inherente a una forma superior de la materia. La constatación de la existencia de ese factor o de esa forma de energía tendría una importancia igual a la del descubrimiento de la energía nuclear”.

No somos peritos en la materia; pero debemos permanecer abiertos a lo que el día de mañana se podría revelar como una nueva dimensión en nuestro conocimiento del hombre.

Termino con un testimonio recibido directamente. Un sacerdote que practicó el “descanso en el Espíritu” durante varios años y que renunció luego, primero por obediencia a su obispo y después por convicción, me describe las impresiones más bien dolorosas que él sentía en sus manos supercalentadas como por una corriente eléctrica, cuando las extendía sobre personas enfermas o no.

Dejó completamente de practicar ese “descanso inducido”; pero me dice que le sucedía, cuando estaba sobre el estrado de una sala de conferencias, que al hacer algún gesto oratorio con sus manos, algunas personas de la primera fila de su auditorio caían por tierra. ¿Qué significa ese tipo de influjo?

Lo ignoro, igual que el Padre; pero no tengo razón para negar el hecho.

Mi única conclusión en este plano es que no se ha dicho la última palabra.


CAPITULO XII
Invitación a la prudencia

No podemos cerrar los ojos ante el fenómeno para no ver que ha tomado una real extensión en la Iglesia, a través de la Renovación carismática, y ha planteado múltiples interrogantes.

Es necesario que tomemos posiciones pastorales y que las autoridades responsables den orientaciones. Cuando realizaba la encuesta de la que hice la síntesis en el capítulo II, consulté a cierto número de teólogos y psicólogos de diversos países.

En general hubo convergencia en invitar a una actitud de reserva.

I. Para empezar, he aquí una respuesta emanada de una Comisión de estudios teológicos y pastorales, consultada a este respecto por el Servicio nacional de la Renovación carismática para la Iglesia católica en Irlanda.

Escojo los principales pasajes: “Pastoralmente sugerimos:

a) Que se evite siempre el término “caída en el Espíritu”, porque eso incita a las gentes a creer que el fenómeno viene de Dios, segura o probablemente. Vale más adoptar el término neutro “caída”, propuesta por el Reverendo John Richards. Eso queda el plan descriptivo, invita a un juicio más objetivo y a un discernimiento que no prejuzgue sobre la causa de la caída.

b) Desaconsejamos siempre crear las circunstancias en que, el fenómeno podría producirse.


c) No invitemos, a ministros cuya oración o enseñanza estén asociados con este fenómeno.

d) Hablando de “caída en el Espíritu”, adoptamos siempre una actitud negativa, dejando, sin embargo, abierta la posibilidad de que en algunas rarísimas ocasiones sea gracia de Dios.

No impulsemos de ninguna manera a las personas a que busquen esa caída como una gracia de Dios, porque eso las expone a caídas provocadas por ellas mismas...”

II El teólogo alemán, el profesor Heribert Mühlen, cuyas obras sobre el Espíritu Santo gozan de autoridad, me escribe al final de un estudio que yo le había pedido a título privado:

“La caída hacia atrás, el abandono corporal, de suyo puede ser una ayuda psicológica para llevarnos a un más profundo abandono en Dios.

Según la regla del discernimiento de los espíritus, juzgo que este fenómeno es en sí de orden psicológico y terapéutico y que no está en su lugar dentro de un contexto de servicio religioso.

Sólo personas calificadas en el plano psicológico y médico deberían ocuparse de él, porque reacciones de tipo médico podrían exigir sus cuidados”.

III. Y aquí tenemos una reacción del Padre Congar, O.P., que acaba de publicar, como se sabe, varios volúmenes importantes sobre el Espíritu Santo.

Habiendo consultado a algunas personas que conocían los hechos, el Padre me escribió sus reflexiones sobre el “descanso en el Espíritu”:

“Estando comprobados los hechos físicos externos e inclusive los psicológicos internos, no por eso estamos autorizados a atribuir necesariamente al Espíritu unos efectos que pueden lograrse con las fuerzas psíquicas que la práctica “carismática” ha podido liberar o suscitar.

Es de temerse un proceso de inducción. ¿Hay una respuesta libre a una visita secreta y personal de Dios? Es de temerse un posible aspecto de quietismo.

Ciertamente Dios invita al abandono (cf. Teresa de Lisieux); pero es un abandono que pone de pie y lo hace a uno activo (cf. Ezequiel 1, 1-2). Los que tienen esta experiencia atestiguan que prueban un sentimiento de abandono, de pérdida de la conciencia egocéntrica, una sensación de paz, de calor, de fuerza que escapa a la gravedad. Ahí se presenta el peligro tan claro entre los Corintios en tiempos de San Pablo. Ellos se gozaban con sus experiencias de los “pneumatika...”. Se inclinaban a interesarse menos por el Espíritu Santo, por Dios, que por sus dones: el peligro de gula espiritual denunciado por los místicos no es quimérico”.(9)

También de Francia, quisiera citar la conclusión obtenida y matizada mediante una encuesta:

Durante el octavo encuentro anual de los jesuitas de la Renovación que se tuvo cerca de París en enero de 1983, el “descanso en el Espíritu” fue objeto de un estudio publicado con el título de: “el descanso en el Espíritu, elementos de discernimiento”.

El juicio global dado sobre este complejo fenómeno concluye con estas palabras:

“Teniendo en cuenta los riesgos de desviación que existen, la actitud prudentísima de los pastores de la Iglesia y, finalmente, el hecho de que la vida carismática no depende del “descanso en el Espíritu”, nos parece preferible no introducir o favorecer este fenómeno en la Renovación Carismática Católica”.

Por nuestra parte, llegamos a la misma conclusión.

IV. ¿Un carisma para los tiempos nuevos?

Siguiendo en la misma línea de pensamiento, quisiera decir; ante todo, que me parece abusivo escribir que se discute este “carisma”, que se ponen en entredicho todos los carismas, como afirma una hoja de propaganda.

Y más abusivo me parece afirmar que estamos aquí ante un caso idéntico al de la glosolalia.

Eso es olvidar el fundamento bíblico de la glosolalia, la cual, por lo demás, no hay que interpretar como si se tratara de un milagroso don de lenguas desconocidas. Pero, de todas maneras, no hay que ligar la muerte del “falling phenomenon” a la de los carismas reconocidos y garantizados por la tradición de la iglesia.

Por otra parte, hay carismas y carismas; su significación no es uniforme.
San Pablo enumera una larga lista de carismas ordinarios que dan una finalidad sobrenatural a los dones naturales, y esa lista nada tiene de exhaustivo.

La lista va del carisma de administración hasta el de enseñanza, de la predicación, de la catequesis, hasta el servicio a los enfermos. Se podría alargar la lista.

V. No Prejuzgar

Un fenómeno se debe presumir como natural mientras no se demuestre lo contrario. La obligación de demostrar lo contrario corresponde al que lo alega.

Esto no es falta de fe o indicio de un racionalismo inconsciente, sino simplemente la aplicación concreta de la teología clásica sobre la relación naturaleza-gracia.

Para evitar toda confusión en los espíritus, sería oportuno dar o hacer que se diera, en los ambientes en que acontece este fenómeno, una explicación sobre las relaciones naturaleza-gracia, especialmente sobre la interferencia, dentro del comportamiento humano, entre lo somático, lo psíquico y lo espiritual.
De esta manera se evitarían las congestiones contagiosas.

La cuestión que se plantea en el plano general, que es el mío, no consiste en determinar en tal o cual caso individual preciso, la naturaleza o la interpretación que hay que dar al fenómeno.

No puedo sino tener en cuenta los testimonios recibidos y estoy agradecido con mis corresponsales por su respuesta a la llamada que les hice. No me toca pronunciarme sobre el tema en plan personal, sobre lo vivido por cada uno.

Pero sí es oportuno trazar aquí líneas generales de orientación pastoral, atendiendo al contexto y a las variantes en que aparece el fenómeno: grupos de oración, concentraciones más amplias, celebración eucarística; también hay que atender a los “especialistas” que se atribuyen este don en diversos países.


VI. Someterlo a la Iglesia

No es normal que no haya recurso al obispo del lugar para preguntarle si dicho fenómeno puede compaginarse o no con la tradición de la Iglesia.

Tampoco es normal, como lo he constatado más de una vez; que eso se haga ocultándolo al obispo por temor de que éste se oponga a su extensión y exprese sus reservas.

En la Iglesia Santa de Dios no hay lugar para prácticas religiosas reservadas a gente privilegiada, al margen de la vida cristiana común.

Me parece importante para la salud espiritual de los cristianos que éstos entiendan mejor hasta qué grado la Iglesia entera es carismática, lo cual quiere decir que no hay dos Iglesias: una Iglesia “institucional” y otra “carismática”.

El mismo término “institucional” sitúa a la jerarquía de la Iglesia en un cuadro sociológico, y ya se sabe hasta qué punto son objeto de crítica y de rechazo las “instituciones”.

La Iglesia es una realidad “sacramental”, y este término va al fondo de las cosas. Eso quiere decir que los obispos-presbíteros-diáconos han sido revestidos del Espíritu Santo por su consagración u ordenación, y han recibido un carisma permanente para el servicio del pueblo de Dios.

Esos carismas perduran y forman parte de la estructura misma de la Iglesia. Los carismas que miran a todos los bautizados son dones concedidos por el Espíritu -manifestaciones de su presencia- para construir y edificar la Iglesia. Pero son dones pasajeros, es decir, que no son inherentes a la persona que se los atribuye. Nunca se es beneficiario de tal o cual don, y menos todavía se es propietario.

Hay que subrayar esto, si se quiere aceptar plenamente el misterio de la Iglesia y vivirlo; ella está construida sobre el fundamento de los apóstoles -y de sus sucesores, los obispos- y a ellos corresponde, en última instancia, el deber y el cargo de juzgar a los profetas y de interpretar los carismas.

De ahí que es importante que ellos puedan, con conocimiento de causa y con plena apertura recíproca, ejercer su función de pastores y guías del pueblo de Dios.

Una curva del camino no es un estorbo para la circulación, sino una garantía que permite avanzar con seguridad y evitar accidentes.

En esta perspectiva de fe hay que situar los problemas que se plantean, para asegurar mejor la manifestación de los dones de Dios entre nosotros y, ante todo, para garantizar la autenticidad.

Conclusión

Así volvemos a lo que, más allá de un fenómeno controvertido, es la tarea del debate: la autenticidad y la credibilidad de la Renovación “Pentecostal”.

También se ve aquí cuánto necesitan vivir integradas la Iglesia visible y la Iglesia invisible. Los obispos, guías espirituales del pueblo de Dios, están obligados a estar cerca del mismo, especialmente en estas materias delicadas, para evitar desviaciones y pérdida de energía. También están obligados a invitar a sus mejores teólogos a que se ofrezcan a compartir con los cristianos de buena voluntad los tesoros de sabiduría de nuestros místicos y de la gran tradición espiritual del Occidente y del Oriente cristianos.

Los dones del Espíritu, igual que las virtudes morales, deben ser vividos no en abstracto, sino en la concreción movediza de las situaciones particulares. En esto hay una llamada a un resurgimiento que, partiendo de la fuente que es el Espíritu Santo, se adapte a la naturaleza del suelo, a la diversidad de los terrenos.

Nuestra doctrina espiritual y moral se ha desarrollado con demasiada frecuencia dentro de cuadros rígidos, y necesita también ella ser renovada por el Espíritu.

Ante fenómenos nuevos que miran a la vida espiritual, debemos ofrecer a los fieles orientaciones: algunas señales rojas, verdes o anaranjadas. Es la condición para el progreso verdadero y seguro.

Una política de no intervención a lo que los fieles tienen derecho a esperar de sus guías espirituales. Pero las advertencias no bastan: deben desembocar en llamadas a la auténtica fidelidad respecto de la variedad de dones y carismas del Espíritu.

El presente Documento de Malinas nº 6 trataba de despejar un camino en orden a ayudar ulteriormente a la renovación de todo lo que pertenece a la pastoral de la curación, que es parte integrante de la Encarnación redentora.

Cristo salvador del hombre es también quien cura las heridas del hombre. Su Iglesia tiene la tarea de proseguir su servicio de sanación, de continuar la lucha contra las Fuerzas del mal, y de reconocer, garantizar y favorecer el desarrollo del carisma de curación, señalándole vías seguras.(10)

Por otra parte, creo que un problema como éste que hemos abordado en estas páginas, invita también a continuar nuestras investigaciones en orden a una armonización cada vez mejor entre la naturaleza y la gracia. Esta simbiosis es esencial para que el desarrollo de la naturaleza no degenere en naturalismo, y para que la acogida de lo sobrenatural no nos desvíe hacia el sobrenaturalismo.(11)

A lo largo de toda la historia de la Iglesia se ve aparecer este mismo problema de equilibrio, cada vez que hay una exageración en detrimento de la complementariedad.

Me ha gustado mucho una frase de un personaje de una obra de Claudel, que dice: “amo las cosas que existen en conjunto”. Gracia y naturaleza deben desarrollarse simultáneamente, para responder al pensamiento de Dios sobre el hombre, a quien Dios quiere de pie y responsable, y a quien al mismo tiempo se ofrece Dios totalmente gratis, para enriquecerlo con sus dones maravillosos que rebasan todas nuestras esperanzas.

.......ANTERIOR

NOTAS:

(1) “Los fenómenos místicos a la luz de la ciencia contemporánea”, p. 148.199, publicado en el folleto Psicología contemporánea y cristianismo que agrupa algunos artículos aparecidos en la Revue Nouvelle, tomo XIX, n° 2, 1952.

(2) 1Re 9, 11-13.

(3) l. Ed. Les Cahiers du Renoveau, 31, rue de l’Abbé Gregorie, París, 1982.

(4) P. 116-118. Les Editions Universitaires, París-Bruxelles, 1953.

(5) Citado por André Fermet en: L'Esprit est notre vie. p. 84, Desclée de Brouwer, 1984.

(6) Pastoral Renewal, 1983, vol. 8, no. 1.

(7) Se encontrarán más detalles y observaciones críticas bajo la pluma de Karl Guido Rey, autor suizo que estudia en particular el condicionamiento en las grandes reuniones de las que fue testigo, Goffeserlebnisse in Schnellverfahren, Suggestion als Gefahr und Charisma, Ed. Kosel, 1985.

(8) Christus 93, tomo 24, enero 1977.

(9) Carta del 5 de abril de 1982.

(10) Card. Suenens: Renouveau et Puissances des ténébres, Cahiers du Renouveau, París, 1982.

(11) Card. Suenens, Culto a la personalidad y fe cristiana, cap. I, Desclée de Brouwer, París, 1985.


Índice
Prefacio

Primera Parte: Descriptiva
I. Planteamiento de la cuestión
II. El “Descanso en el Espíritu”
III. Antecedentes y analogías
IV. El fenómeno a escala masiva

Segunda Parte: Crítica

V. ¿Hay referencias en la Biblia?
VI. ¿Hay referencias de los autores místicos?
VII. La ambigüedad de las manifestaciones corporales en general
VIII. La soberana libertad y la discreción del Espíritu Santo

Tercera Parte: Pastoral
IX. ¿Son los “frutos” un criterio decisivo?
X. Los peligros inherentes a la experiencia
XI. El fenómeno, ¿es natural o es signo de la acción del Espíritu Santo?
XII. Invitación a la prudencia
Conclusión