DOCUMENTO DE MALINAS - 6
Un Fenómeno Controvertido
EL DESCANSO
EN EL ESPÍRITU
CARDENAL SUENENS
Prefacio
El Documento de Malinas nº 6
está consagrado al estudio de un fenómeno llamado: “El
descanso en el Espíritu”, el cual suscita controversias
y reacciones diversas. ¿Cómo entenderlo?
La cuestión divide los espíritus.
Dada la difusión del fenómeno dentro de la Renovación,
pero también fuera de su esfera de influencia, pedí,
por medio de la I.C.C.R.O. (International Charismatic Catholic Renewal
Office, Oficina Internacional de Renovación Carismática
Católica), establecida en Roma, que las personas que tuvieran
en la materia una experiencia o una opinión fundada -positiva
o negativa- me hicieran el favor de comunicarme su testimonio en vista
del presente trabajo.
Recibí un gran número
de respuestas: su examen retrasó considerablemente la publicación
del presente documento. Me llegó un gran número de reacciones,
provenientes de todos los continentes, especialmente de Europa. Las
respuestas eran generalmente personales; pero a veces también
colectivas, en el sentido de que habían sido redactadas, en
sus medios respectivos, después de una encuesta con cuestionario.
En la imposibilidad de agradecer
a cada uno de mis amables corresponsales -como también a la
I.C.C.R.O.-, les ruego acepten por este medio mi más sincero
agradecimiento por su preciosa colaboración.
Mi intención inicial había
sido consagrar el Documento de Malinas nº 6 a promover positivamente
el ministerio y el carisma de sanación; pero, dado este hecho
nuevo, fue preciso desbrozar previamente el terreno y tratar de discernir
si estamos o no en presencia de una nueva intervención del
Espíritu, de un nuevo modo de sanación, de una gracia
inédita para nuestro tiempo.
La primera parte del actual Documento
de Malinas nº 6, está consagrada a la descripción
del fenómeno en sí mismo y en perspectiva histórica,
bíblica mística; la segunda parte es un examen crítico;
la tercera tratará de discernir y precisar la actitud pastoral
prudente que nos parece precisa.
L. J. Cardenal SUENENS
Enero 1986
Primera Parte:
Descriptiva
CAPITULO I
Planteamiento de la cuestión
Este Documento de Malinas nº
6 está, pues, consagrado al discernimiento de un fenómeno
ambiguo y controvertido que ha recibido diversos nombres -ya volveremos
sobre esto- como “descanso en el Espíritu” o “caída
en el Espíritu”.
Antes de examinarlo en particular,
nos urge decir qué es el “movimiento carismático”
en sí mismo, para situar mejor el tema preciso de estas páginas
y el planteamiento del problema surgido.
LA RENOVAClÓN, UNA
“OPORTUNIDAD QUE HAY QUE APROVECHAR”
I. Lo que no es la Renovación
Paradójicamente, el mejor modo
de entrar en materia, para identificar la Renovación, es aclarar
lo que no es el “movimiento carismático”.
En efecto, no captaremos exactamente
la gracia propia de la Renovación que atraviesa la Iglesia,
mientras veamos en ella un simple “movimiento” más
al lado de otros movimientos espirituales.
En realidad no se trata de un movimiento
en el sentido sociológico habitual del término: no hay
fundadores, ni líderes institucionales, es decir, reconocidos
como tales por la Iglesia. No forma la Renovación un todo homogéneo,
comporta múltiples variantes, no impone obligaciones precisas.
Se trata en realidad de una “corriente
de gracia”, de una “gracia actual” -para usar el
lenguaje teológico-, de una moción o de un soplo del
Espíritu Santo, válido para todo cristiano sea cual
fuere el “movimiento” al que pertenece, ya sea el laico,
religioso, sacerdote, obispo. Estamos sobre una falsa pista de partida
cuando planteamos problemas de compatibilidad y preguntamos: ¿se
puede ser a la vez miembro de un tal organismo o comunidad y miembro
de la Renovación? Hay que responder con la vieja fórmula
escolástica: “Nego suppositum” (niego el presupuesto
de la cuestión).
No “entramos” a la Renovación;
es la Renovación la que entra en nosotros, si aceptamos la
gracia. No se puede ser franciscano y jesuita o la vez; pero se puede
perfectamente ser franciscano abierto a la Renovación, y jesuita
“carismático”, sin tener que dejar la orden.
Por otra parte, el término
“carismático” aplicado al “movimiento”
no es muy feliz que digamos: es ambiguo por varias razones.
Ante todo, porque ese término
no tiene de suyo ningún sentido exclusivo: la Iglesia entera
es carismática, cada cristiano lo es en fuerza de su bautismo
y de su confirmación, sea o no consciente de ello.
Contraría inútilmente
a los observadores de fuero y a veces es mal comprendido hasta dentro
de los grupos que reclaman ese calificativo. Con demasiada frecuencia
se consideran los carismas como dones en propiedad, dones recibidos
de Dios sin duda alguna, pero de los que nos creemos depositarios.
Kevin Ranaghan, uno de los pioneros de la Renovación en los
Estados Unidos, protestaba muy recientemente contra esta interpretación
“cosista”.
Poniendo el acento sobre los carismas,
por reales que sean, se olvida fácilmente que el primer don
del Espíritu Santo es el mismo Espíritu, que la gracia
por excelencia es una gracia teologal de crecimiento de la fe, de
la esperanza y de la caridad, y que la caridad es la prueba suprema
de toda autenticidad cristiana.
Finalmente, con facilidad se dirige
toda la atención hacia los carismas llamados extraordinarios
-los únicos que llaman la atención de los mass media-
y se ignoran los carismas “ordinarios”, que son el pan
cotidiano en la Iglesia.
Se leerá con interés
un discurso del Papa Juan Pablo II a los obispos de Bélgica,
en el que enumera, aunque sin emplear el término, una serie
de carismas ordinarios esenciales para la vitalidad de la Iglesia.
(1) En el Concilio, sobre esta misma línea, yo había
reivindicado el lugar de los carismas ordinarios en la vida de la
Iglesia.(2)
Acentuando el papel de los carismas
extraordinarios “puntuales”, o sea, transitorios, se corre
el riesgo de olvidar los carismas permanentes, inherentes a la Iglesia
“institucional”. Pienso en la Unción del Espíritu
que reposa en los obispos, en los sacerdotes, en los diáconos,
y que es inherente a la misma estructura sacramental de la Iglesia.
Sabemos que el término “carisma”
comporta en la Biblia diversas significaciones. De suyo este término
griego significa “don” y los dones de Dios son múltiples
y diversos En el lenguaje bíblico, San Pablo lo emplea con
gran libertad. Es preciso, pues, manejarlo con prudencia.
Entonces, ¿qué término
vamos a escoger? Para captar mejor la realidad subyacente en el vocabulario,
creo que el término más adecuado, sería: Renovación
Pentecostal. Desde luego, la atención se pone así en
lo esencial: que consiste en ser una renovación espiritual
en continuidad con la gracia específica de Pentecostés.
El Pentecostés original y
constitutivo de la Iglesia fue vivido por, los primeros discípulos:
- como una gracia de conversión,
- como una gracia de descubrimiento
de Cristo vivo,
- como una gracia de apertura al
Espíritu Santo, a sus dones, a su poder.
“Renovación pentecostal”
abarca toda la amplitud de la acción del Espíritu Santo,
vivificador de la Iglesia en todos sus aspectos; este término
orienta de un solo golpe hacia la acogida del Espíritu con
su finalidad dinámica. “Yo os enviaré mi Espíritu...
y seréis mis testigos”.
El término invita a prolongar
en la historia actual los Hechos de los Apóstoles. Se sabe
que Juan XXIII pidió a los obispos, que leyeran los Hechos
como preparación para el Concilio.
El Vaticano II fue una gracia de
Pentecostés a nivel de los obispos del mundo. Por mi parte
creo que la Renovación pentecostal se inscribe como prolongación
espiritual del Concilio, y que ofrece a cada cristiano como una gracia
de revitalización espiritual, en la línea de Pentecostés.
Y es precisamente así como lo entendió el Papa Pablo
VI cuando recibió en San Pedro de Roma a unos diez mil “carismáticos”.
Su discurso queda como la carta magna de la Renovación, a la
que él califica como “una oportunidad para la Iglesia”.
II. Una Oportunidad que Comporta Riesgos
Una oportunidad que hay que aprovechar,
una gracia de elección, para no fallar en reconocer los signos
de Dios.
Una oportunidad que hay que aprovechar:
eso insinúa que ahí donde el Espíritu Santo actúa,
el Espíritu del mal está al acecho para deformar, desestabilizar,
destruir.
En el Concilio, durante un momento
de tensión, me decía mi amigo Dom Helder Camara: “si
el diablo no rondara en torno al Concilio, sería un imbécil”.
Sucede lo mismo en torno a la Renovación. No hay que asombrarse
si multiplica las falsificaciones de la Renovación auténtica,
o si trata de que se desvíe la obra de Dios. Toca al discernimiento
final de los obispos encargados por el Señor, hacer la selección
y reconocer los signos de Dios en la obra a través de la debilidad
o ignorancia de los hombres.
Una “oportunidad que hay que
aprovechar”: ello significa también, por consiguiente,
una oportunidad para no comprometerse introduciendo carismas no autentificados.
Y este peligro nos conduce rectamente
al examen de fenómeno marginal llamado “descanso en el
Espíritu”, fenómeno difundido más ampliamente
de lo que se cree.
Con mucha frecuencia es ignorado
por los obispos en el lugar de los hechos, sea que se evite hablarles
de él y someterlo a su discernimiento, sea que las autoridades
religiosas no perciban de él más que un débil
eco.
Conocemos el atractivo y el engolosamiento
de las masas ante lo extraordinario, trátese de visiones, apariciones,
curaciones milagrosas, etc.
Por lo mismo, hay que estar atentos
para no comprometer la misma credibilidad de la Renovación.
En efecto, en el debate en que se oponen dos lecturas del mismo fenómeno
se trata de una doble manera de enfocar las relaciones de la naturaleza
con la gracia y de evitar que haya corto circuito entre las causas
segundas. Tendremos que volver sobre este asunto. Pero por lo pronto
tenemos que describir con más precisión de qué
se trata, oyendo los testimonios.
CAPITULO II
“El descanso en el Espíritu”
¿Qué se entiende por
el “descanso en el Espíritu”? Ante todo describamos
el fenómeno tal como es percibido por los que han tenido su
experiencia.
I. Descripción
Bajo este nombre se trata generalmente
de un fenómeno de caída involuntaria, ordinariamente
hacia atrás, en conexión muy frecuente con algún
servicio religioso de curación o de oración. Esta manifestación
corporal visible se puede describir -vista desde fuera- con una gama
de palabras: caer, abatirse, hundirse, resbalar, dejarse ir, extenderse,
oscilar, quedarse tieso.
El término clásico,
proveniente del Pentecostalismo y empleado habitualmente en diversos
ambientes carismáticos, es el de:
- “Slain in the Spirit”
(fulminado por el Espíritu), o
- “Overpowering in the Spirit”
(invadido por el poder del Espíritu), o
- “Resting in the Sprit”
(descanso en el Espíritu), o
- “The Blessing” (la
Bendición).
Todos estos términos implican
que -visto desde dentro- el fenómeno está ligado a una
acción particular del Espíritu Santo. Esta interpretación
es precisamente lo que hace problema y materia de discusión;
la primera cuestión que se plantea, aun antes de empezar un
análisis crítico y de optar por una actitud personal,
es: ¿cómo ponerse de acuerdo sobre el mismo vocabulario?
II. Vocabulario
Un ministro anglicano, J. Richards,
ha sugerido que se adopte al principio un término neutral que
quede en el plano puramente descriptivo y que no prejuzgue acerca
de su contenido espiritual y de su interpretación. Ha propuesto
que se le llame: “The falling phenomenon” (el fenómeno
de caída), sin hablar de pronto de “descanso en el Espíritu”,
porque precisamente el papel del Espíritu en, este contexto
es lo que está en cuestión. La caída como tal
es un fenómeno visible, natural; la caída, como efecto
de la acción del Espíritu Santo, surgiría -si
la interpretación es exacta- del orden de las realidades sobrenaturales.”
Hay que distinguir estos dos planos.
El vocabulario “neutro” deja la puerta abierta para un
estudio y discusión serenos. Veo que tal autor americano o
tal otro alemán han aceptado la sugerencia de J. Richards,
y yo también la adopto. Y para abreviar, hablaré las
más de las veces de “falling”, de “caída”.
Este fenómeno se encuentra, en diversos grados, entre los cristianos
que pertenecen a las grandes Iglesias históricas -en ambientes
católicos, anglicanos, luteranos- en la medida en que han sido
tocados por ciertos “revivals” (renovaciones religiosas)
del pasado o por el Pentecostalismo aparecido al comienzo del siglo.
Pero sobre todo después de la guerra mundial de 1940-1945 el
fenómeno se produjo en los grandes dominios cristianos, y más
recientemente en la Iglesia católica.
No es fácil una descripción
del fenómeno en estado puro, porque las variantes son numerosas;
pero nos esforzaremos por entresacar una especie de común denominador.
III. Escuchando los Testimonios
Como ya dije, en respuesta a mi llamado
a través de la I.C.C.R.O., recibí un número considerable
de testimonios provenientes de diversos continentes. Ellos hablan
de la universalidad del fenómeno y merecen estudio y, atención.
Para evitar repeticiones, agrupo aquí las respuestas recibidas
en función de las principales cuestiones planteadas.
En esta etapa me abstengo de toda
reflexión crítica, para dejar la palabra a los testigos,
a su vivencia, y a sus propias interpretaciones o deducciones.
1. ¿Quién cae?
2. ¿Cómo se desencadena el fenómeno?
3. ¿En qué contexto se produce?
4. ¿Qué se siente al momento de la caída?
5. ¿Se puede resistir?
6. ¿Qué se experimenta durante la caída?
7. ¿Qué ayuda se puede ofrecer?
8. ¿Qué se siente después de la caída?
9. ¿Cuáles son los frutos que se cree constatar?
1. ¿Quién cae?
Para empezar, constato una grandísima
variedad de personas; pero con más frecuencia se cita:
- mujeres, en su mayoría;
- personas con depresión o
con otras dificultades psíquicas;
- personas con fuertes resentimientos
hacia otras
- personas en situaciones de vida
difíciles, como parejas en estado de tensión;
- personas que no se lo esperan y
que ni saben lo que les pasa;
- a veces, pero más raramente,
niños;
- personas que tienen necesidad de
una curación espiritual, emocional, más bien que personas
con enfermedad física.
2. ¿Cómo sé
desencadena el fenómeno?
La cuestión se refiere naturalmente
al espíritu o ambiente. He aquí algunas respuestas recibidas:
- por personalidades muy conocidas,
que son como especialistas en la materia y atraen multitudes;
- por personas que, al estar rezando
como de costumbre, por otros, un buen día se dan cuenta de
que algunas personas empiezan a caer, sin que ellas mismas hayan nunca
tenido la experiencia;
- en una misma reunión, unas
personas pueden caer bajo la acción de una persona determinada,
y no de otra;
- algunas personas atestiguan que
no saben que es lo que desencadena la caída de algunos, mientras
ellas oran por los demás: simplemente constatan la caída.
3. ¿En qué contexto se produce?
A juzgar por las respuestas, el contexto
es muy variado:
- A veces se trata de una gran concentración
con miles de personas, en un ambiente que se presta al juego de la
sugestión, y por medio de personalidades laicas o de sacerdotes
especializados;
- eso puede producirse también
en un pequeño grupo de oración en el que nunca nadie
ha caído hasta entonces;
- con más frecuencia eso pasa
en reuniones en que el fenómeno es esperado, y donde un equipo
está preparado para cuidar de las personas que caen. Eso sucede
en particular en el curso de un servicio de curación;
- sucede que el fenómeno se
desencadena en algunos grupos después del paso de un “profesional”;
sucede también que desaparece después de cierto tiempo,
sin que los responsables del grupo sepan en verdad por qué;
- acontece que la oración
no acompaña al tocamiento, y que el fenómeno se produce
sin tocamiento ni oración;
- también puede suceder que
el fenómeno se sitúe en el contexto de una Celebración
Eucarística.
4. ¿Qué se siente
en el momento de la caída?
Me han señalado una variedad
de experiencias:
- la sensación de ser empujado
por una fuerza invisible, una presión sentida en la frente,
el pecho, las piernas;
- un sentimiento de volverse gradualmente
coda vez más débil, hasta no poder ya resistir por más
tiempo y caer al suelo;
- algunos se encuentran en el suelo
sin saber lo que les ha pasado;
- otros tienen la sensación
de que sus piernas son como levantadas antes de la caída al
suelo; aunque algunos caen pesadamente, es raro que reciban algún
daño;
- la duración del fenómeno
varío entre algunos minutos y algunas horas;
- generalmente se cae hacia atrás,
- las personas que oran ponen de
ordinario las manos sobre la cabeza del que cae, y dan a veces un
ligero empujón sobre la frente o una unción con aceite,
- eso se produce también algunas
veces sin tocamiento o sin que esté alguien cerca de la persona
que cae;
- a veces este fenómeno se
produce sin testigos;
-algunas personas tiemblan, vacilan,
pero no caen, teniendo en todo las mismas sensaciones de las que caen;
- hay quienes declaran que al caer
no experimentan pérdida de la conciencia, sino más bien
pérdida del control.
5. ¿Se puede resistir?
A mi pregunta se responde en la mayoría
de los casos: sí, si uno lo desea. Sin embargo, a veces eso
se produce a pesar del escepticismo, la resistencia, la reserva de
la persona que cae.
Pero se recomienda que no se resista,
de modo -cito a la letra- “que se permita a Dios actuar cuando
la persona está por tierra en una postura de relajamiento”.
Mas se añade: “si la
persona se encuentra en un ambiente que no acepta o no comprende esa
experiencia, se aconseja no exponerse a ella”.
6. ¿Qué se experimenta
durante la caída?
La pregunta llamará particularmente
la atención, porque las respuestas son múltiples y variadas.
He aquí algunas constataciones,
a granel, sin clasificación:
- se siente una presencia especial
de Dios, un sentimiento de euforia, de paz;
- “permanecemos conscientes,
pero, con los ojos cerrados, oímos lo que se dice en torno
nuestro, aunque a veces los sonidos nos parecen muy lejanos”;
- algunos están inconscientes
o no tienen después más que un vago recuerdo, de lo
que les ha pasado;
- la mayoría siente que son
capaces de levantarse, pero no tienen ganas de hacerlo. Sin embargo,
algunos son incapaces de levantarse;
- algunos tienen experiencias sensoriales,
como de un suave perfume o como si oyeran el canto de un coro;
- muchos tienen imágenes mentales o “visiones”
que los ponen “en contacto con Dios y con el mundo sobrenatural”;
- otros “oyen” voces
y perciben “mensajes” de Dios, que los reconfortan y orientan;
- en ciertos casos la persona llora,
ríe o grita de manera incontrolable.
7. ¿Qué ayuda
se puede ofrecer al que cae?
La cuestión se refiere a la
pastoral que hay que practicar cuando se produce el fenómeno.
Se notarán en el transcurso los detalles de las precauciones:
- Es preciso poner personas que se
mantengan detrás de las que van a caer, para amortiguar el
golpe y evitar que la persona que cae lastime a los vecinos que ya
han caído.
- Si no hay “catchers”
(3) o receptores disponibles, la persona que ora debería poner
su mano sobre la espalda o el cuello de la persona por quien ora,
para estar lista a prestarle ayuda en caso de que sea “tirada
por el Espíritu”.
- Si alguien cae inopinadamente “bajo
el poder del Espíritu”, es necesario prever el caso en
que se necesite ayudarle o extender sus piernas, cuando quedan plegadas
bajo su cuerpo.
- Ya no se requiere orar más
por los que han caído en “el descanso en el Espíritu”:
“ya que el Señor está actuando en ellos”.
- Para evitar problemas con las mujeres,
se necesita tener preparada una manta para ponerla sobre sus piernas
en caso de necesidad, para preservar la modestia.
En relación con esta cuestión
que nos ocupa, constato que algunos defensores del “falling
phenomenon” creen que se pueden evitar las objeciones recomendando
la posición “sentado”, que evitaría la caída
con sus inconvenientes.
Cosa curiosa, leo en una libreta
de directivas autorizadas: publicada recientemente bajo el patrocinio
del Arzobispo de Hartford, en los Estados Unidos, que buen número
de personas, deseosas de ser “tocadas por el Espíritu”
no quieren adoptar la posición “sentado”, porque,
según ellos, estorbaría la acción del Espíritu.
A lo cual se ha respondido, con buen sentido, que el Espíritu
Santo no se deja ganar de esa manera.
8. ¿Qué se siente
después de la experiencia?
He aquí algunas respuestas
que me llegaron:
- La mayoría dicen que experimentan
un sentimiento de refrescamiento espiritual, emocional, psíquico.
Un sentimiento de ligereza, de paz, de alegría, que dura algunas
horas o algunos días. Con frecuencia, también el deseo
de alabar a Dios.
- Cuando uno se levanta demasiado
pronto antes de volver al estado normal, se siente débil, aturdido,
y quiere sentarse o acostarse hasta recuperar su vigor.
- Algunos sienten miedo y confusión;
se cree que esto acontece habitualmente cuando “Dios”
hace aflorar en la superficie temores, tensiones o resentimientos
sepultados en el inconsciente; se dice que eso sería el signo
de que la persona tiene necesidad de consejos y de plegarias de sanación.
9. ¿Cuáles son
los “frutos”?
Los frutos citados con más
frecuencia en las cartas son:
- mejoramiento de achaques psíquicos;
- curaciones totales de profundas
perturbaciones psíquicas;
- curaciones de heridas interiores,
de resentimientos;
- curaciones en el campo de las relaciones
(matrimonios, etc.);
- sensaciones de paz;
- posibilidades para perdonar, para
arrepentirse;
- amor por la oración, por
la Escritura, profundización en el encuentro de Jesús;
- algunas curaciones físicas
(raras).
CAPITULO III
Antecedentes y Analogías
I. En ambientes cristianos.
El fenómeno que nos ocupa está
lejos de ser inédito y desconocido en el pasado. Regularmente
la Iglesia se encuentra enfrentándose a manifestaciones corporales
más o menos análogas.
El Padre Georges A. Maloney, S.J.,
fundador del Instituto Juan XXIII para el estudio de las espiritualidades
orientales, agregado a la Universidad de Fordham (U.S.A.), escribe
en un estudio consagrado al “Slain in the Spirit”: “Para
muchos carismáticos católicos, este fenómeno
conocido entre los Pentecostales clásicos con el nombre de
“slaying in the Spirit”, parece nuevo para nuestra generación.
En realidad es un fenómeno viejo, común en la historia
de los grupos calificados como “enthousiastes”, especialmente
en los “revivals” de Nueva Inglaterra y del Oeste, de
los siglos XVII y XIX”.
Limitémonos a una rápida
mirada.
Monseñor R. A. Knox ha escrito
el libro clásico en la materia, bajo el título Enthusiasm
(Oxford Ed. 1973). El subtítulo indica que está consagrado
sobre todo a la historia de esas manifestaciones en los siglos XVII
y XVIII. Este libro ha sido en cierta forma puesto al día por
James Hitchcock, profesor de Historia en la Universidad de San Luis
(U.S.A.), con el título provocador: The new enthusiasts and
what they are doing to the Catholic Church (4) (Los nuevos entusiastas
y lo que están haciendo por la Iglesia Católica), (Thomas
More Press, Chicago 1982).
Como muestra, he aquí unas
líneas extraídas del diario de John Wesley, fundador
del Metodismo. Cuenta la experiencia tenida después de una
celebración litúrgica el 10 de enero de 1739:
“Hacia las tres de la mañana,
mientras continuábamos en oración, el poder de Dios
descendió sobre nosotros con tal fuerza, que muchos lanzaban
gritos por el exceso de alegría, y muchos cayeron por tierra”.
Al principio, Wesley se regocijaba
con el fenómeno como si fuera una señal de Dios; pero
más tarde nos informa en su diario (4 de junio de 1772) que
esas manifestaciones, frecuentes en un principio, se volvieron después
excepcionales.
También se encuentra este
tipo de fenómeno en las primeras reuniones del Ejército
de Salvación (fundado por W. Booth en 1878); se le llamaba:
“Having a holy fit” (teniendo un santo desfallecimiento).
En los tiempos del gran “revival”
religioso de fines del siglo XIX, una gran variedad de sectas -de
las que una recibió inclusive el nombre de Tembladores (“shakers”)-
experimentaron el fenómeno en gran escala, en estilo dramático,
con pérdida de la conciencia, convulsiones, etc.
Más cerca de nuestro tiempo,
el evangelista George Jeffreys, fundador de la alianza “Elim
Foursquare Gospel” en 1915 -mismo que dio un fuerte impulso
al movimiento pentecostal entre 1925 y 1935- señala y estudia
el fenómeno. Reconoce la exageración de las manifestaciones
corporales que acompañan a los grandes “revivals”
de 1859 y de 1904; pero la atribuye a la resistencia puesta al Espíritu
por algunos, los cuales, dice él, son por eso víctimas
de sus rechazos.
Indudablemente el “falling
phenomenon” se presenta hoy con más frecuencia sin excesivos
“trances” y “éxtasis”; pero se plantea
la cuestión de si pertenecen a la misma familia.
II. Fuera del Cristianismo
Si dejamos el mundo cristiano, encontramos
algunas manifestaciones corporales parcialmente análogas.
Se encuentran en ciertas experiencias
religiosas introductorias a un nuevo estado de ánimo, y se
perciben como un misterioso contacto con lo divino, que engendra las
más de las veces un sentimiento de paz y de “transfert”
a otro mundo; van acompañadas o no de caída al suelo
y de cierta inconsciencia.
“Se habla, pues, de “trance”,
de “éxtasis”, de “arrebato”. El término
mismo de “trance” implica etimológicamente la idea
de “transición” de un estado de ánimo a
otro. Y la palabra “éxtasis” evoca la idea de una
especie de salida de sí mismo, fuera del tiempo y del espacio.
Sabemos el papel atribuido por sus discípulos a esta experiencia
de “trance” o “éxtasis” en la vida
de Buda o de Mahoma.
Es igualmente importante saber que
el fenómeno se encuentra en las sectas orientales. Mircea Eliade
ha consagrado a esto un estudio notable y clásico en su libro
“Chamanismo”. (5)
El estudio de los “trances”
entre las tribus primitivas de África y de América Latina
amplía más el campo de investigación para la
investigación científica en este terreno.
Finalmente, un estudio exhaustivo
no podría descuidar el examen de las “analogías”
que se sitúan fuera de un contexto religioso. Piense en las
sorprendentes reacciones físicas de una multitud -incluidos
los desvanecimientos- durante ciertos festivales de música
o en conciertos de rock and roll.
Todo esto no prejuzga la interpretación
que hay que dar a los fenómenos a los que asistimos en nuestros
días; pero no se pueden pasar por alto las manifestaciones
que presentan ciertas analogías que es útil conocer,
aunque sea sólo para darnos cuenta de que nos encontramos sobre
un terreno movedizo, en el que se requiere el discernimiento, especialmente
para los cristianos preocupados por mantenerse dentro de la auténtica
tradición de la Iglesia.
CAPITULO IV
El fenómeno a escala
masiva
I. Katherine Kuhlman
El fenómeno bruscamente se
ha vuelto a poner de moda en los Estados Unidos como consecuencia
del ministerio de curación practicado por una fuerte personalidad
de religión bautista: Katherine Kuhlman (muerta en 1976).
Su nombre es famoso por razón
del carácter espectacular de sus sesiones de “sanación”,
en las que el “falling phenomenon” tenía un lugar
importante. Los medios masivos de comunicación la hicieron
célebre en los Estados Unidos, en Canadá y en otras
partes. Miles de personas se apretujaban ordinariamente en sus sesiones.
Su ministerio de curación era apoyado por una gran orquesta
musical, y una comisión de “catchers” adiestrados
estaba lista a atenuar la caída de las personas tocadas por
Katherine Kuhlman.
Se le han dedicado varias obras,
sea para exaltar su ministerio, sea para discutir su personalidad
y sus curaciones. No vamos a tomar partido a este respecto, estamos
en la etapa de descripción.
Entre las múltiples descripciones
recogidas, unas que he leído y otras que he escuchado de boca
de los testigos, destaco aquí el informe que un sacerdote americano
me hizo llegar, y que me parece típico y sugestivo. El interés
particular de su testimonio se basa también en el hecho de
que mi corresponsal formó parte él mismo de un equipo
sacerdotal especializado en un ministerio de curación, el cual
comportaba habitualmente el “descanso-caída”, con
un estilo menos espectacular pero en la misma línea.
“Mi primer contacto, me escribía
el Padre, con el “slain in the Spirit” data de 1972: Asistí
a un servicio de sanación de Katherine Kuhlman en la ciudad
de Nueva York, en la sala de baile del hotel Americana. Algunos miles
de personas llenaban la gran sala: la multitud que había invadido
los lugares contiguos estaba conectada por micrófono. Se percibía
con toda claridad una atmósfera de fe “expectante”.
Algunos oradores hicieron cortas introducciones, numerosos cantos
crearon la atmósfera preparatoria para la entrada “dramática”
de Katherine Kuhlman.
Avanzó sonriente, vestida
con una larga túnica flotante; en seguida dirigió la
oración de la multitud y animó los cantos. Después
dijo un sermón de unos veinticinco minutos, sin talento oratorio
ni especial profundidad; pero su sinceridad despertaba la fe. En repetidas
ocasiones atribuyó a Dios solo la gloria de sus éxitos.
Me pareció una persona que amaba y quería anunciar a
Jesucristo. Después de su discurso hizo una pausa, como si
estuviera escuchando, y luego anunció que entre sus oyentes
alguien estaba curado de cierta enfermedad definida, llegando inclusive
a indicar aproximadamente el lugar en que se encontraba la persona
curada, y dando detalles de su vestido para encontrarla mejor.
Estaba bien organizado el servicio
de curación: numerosos “asistentes” de servicio
esperaban en los lados del salón para acompañar hasta
el estrado a los enfermos curados o que se creían curados.
Cuando subían, Katherine les preguntaba, bajo el fuego de los
proyectores, sobre su enfermedad y su curación. El auditorio
aplaudía a cada curación y manifestaba con plegarias
su agradecimiento a Dios”.
Mi corresponsal señala que
uno de sus feligreses que lo acompañaba se declaró curado
de cáncer, lo que desencadenó el entusiasmo. Él
mismo se presentó a Katherine Kuhlman, la cual le impuso las
manos. Me escribe que estuvo tentado de resistir al “empujón”
que sintió; pero finalmente se dejó caer también
él hacia atrás en los brazos de un guardia. En seguida
se puso de pie, sin haber experimentado personalmente ningún
efecto especial. El servicio había durado entre tres y cuatro
horas.
Más tarde, mi corresponsal
tuvo de nuevo la experiencia mientras asistía a otro servicio
de Katherine Kuhlman en una iglesia presbiteriana en Pittsburgh, Pensilvania.
Durante este servicio, algunos miembros del equipo de Katherine Kuhlman
se acercaron a él para decirle que también él
tenía el poder de hacer “caer en el Espíritu”.
Le pidieron que ejerciera ese don misterioso sobre ellos mismos, y
efectivamente cayeron al suelo.
Esta experiencia lo determinó
a adoptar él mismo durante algunos años ese método,
tan inesperado para él, de curación de los enfermos.
Pero con las experiencias hechas, y a la vuelta de los años,
se prohibió esa práctica, cuyos peligros se le revelaron
poco a poco.
El testimonio que me envió
termina con las siguientes reflexiones, qué resumo:
- El fenómeno le parece hoy como una experiencia de orden natural,
del que puede servirse a veces la gracia, excepcionalmente, pero sin
que pueda clasificarse entre los. carismas sobrenaturales.
- Ve en él un peligro real
para la Renovación carismática católica.
- Señala de paso que el parroquiano
que lo acompañaba y que se declaró curado de cáncer,
murió algunos meses más tarde.
- Termina con una llamada angustiosa
para que los obispos, y los responsables de la Renovación salgan
de su silencio sobre el fenómeno, y den orientaciones claras
en la materia.
II. Su difusión actual en medios católicos
a) El clima ecuménico
La difusión del fenómeno
en medios católicos se explica en parte por el clima postconciliar
de apertura ecuménica, entendido a veces como un ecumenismo
barato, tendiente a unir a los cristianos -y no a las Iglesias cristianas,
sobre la base del más pequeño denominador común,
y en relación directa con el Espíritu Santo. Una insistencia
unilateral en el Espíritu Santo, con detrimento de las naturales
mediaciones humanas, favoreció indiscutiblemente la acogida
dispensada a esta clase de “carisma” de género
tan especial.
Además, el contacto con los
medios pentecostales y con las “Free Churches” (“Iglesias
Libres”) tuvo también su influjo.
Sabido es cuánto se sorprendieron
algunos líderes no-católicos al ver que la Iglesia de
Roma aceptaba la Renovación en el Espíritu. Se recuerda
la sorpresa de David Wilkerson -autor del célebre libro “La
Cruz y el Puñal”-, que se expresó con esta fórmula
de choque en relación a los católicos: “O dejáis
a la Iglesia, o el Espíritu Santo os va a dejar”. A lo
cual los católicos respondieron vigorosamente, por la pluma
de Ralph Martin, afirmando su doble fidelidad: al Espíritu
Santo y a la Iglesia. Pero eso no fue más que una escaramuza.
En cuanto al punto preciso que aquí
nos concierne, ¡cómo no recordar la advertencia justificada
de David du Plessis (el representante de las Iglesias pentecostales
ante el Concilio Vaticano II), suplicando a los católicos que
no cometieran el error de los pentecostalistas del pasado admitiendo
el “falling phenomenon”, que les había traído
tantos sinsabores!
b) La interpretación
A todos estos factores de difusión
y de ósmosis hay que añadir naturalmente el hecho de
la internacionalización del mundo, cada vez más acentuada.
El fenómeno no queda confinado
a sus ambientes de origen, dónde parece ir menguando. Si en
estos últimos años alcanza una rápida extensión
mundial, se debe en parte a la internacionalización en curso.
Algunos misioneros, que habían
encontrado el fenómeno sobre todo en los Estados Unidos, se
lucieron propagandistas de lo que ellos consideraban como un carisma
que el Señor daba a su Iglesia para los tiempos actuales. Vimos
surgir imitadores e imitadoras de Katherine Kuhlman, que a su vez
atraían a las masas y se convertían en centros de atracción.
Bastarán aquí algunos
nombres: me abstendré de todo análisis a nivel de las
personas. El propagandista más influyente fue, en la época,
el ex-sacerdote dominico Mac Nutt (U.S.A.), cuyo estilo recordaba
el de Katherine Kuhlman y cuyos libros de vulgarización circulaban
en gran escala entre los católicos, y eran aceptados sin matices
ni aclaraciones.
Yo mismo asistí por entonces
a un seminario que reunía psiquiatras y moralistas, organizado
por Mac Nutt en la Florida; estuve en sesiones de “slain in
the Spirit”, en que caían al suelo una tras otras personas
que se alineaban para recibir de él la imposición de
manos. Otros vulgarizadores se hicieron de renombre, como el Padre
de Grandis, S.J., o más todavía el Padre Orio, que escribió
su propia biografía de especialista “en curación”,
bajo el título al menos curioso de “A roan behind the
gift” (6) . En nuestros países europeos algunos predicadores
de retiros se hicieron igualmente especialistas en esta línea.
Los medios masivos de comunicación
jugaron un papel importante en la divulgación de este fenómeno,
que responde al gustó del público por lo sensacional.
Todo eso plantea un problema.
En conclusión,: creo poder
afirmar que el “falling phenómenon” suscita cierto
malestar y varios puntos de interrogación, tanto en medios
católicos, como también en otras Iglesias cristianas.
¿Cómo hay que interpretarlo?
Repitámoslo: ¿se trata de una intervención especial
del Espíritu Santo, “de un carisma para los tiempos nuevos”,
o se trata de un fenómeno natural que puede -eventualmente-
ser benéfico, en ciertos casos y con ciertas condiciones?
El objetivo de la segunda parle será
afrontar esta interrogante y ayudar al discernimiento.
Pero antes de pasar al estudio crítico
directo, parece conveniente estudiar si está bien fundado el
uso que han hecho los propagandistas de la Biblia y algunos autores
místicos, para encontrar en la Escritura referencias y puntos
de apoyo. Esta es la razón del siguiente capítulo, que
estudia las referencias bíblicas y místicas que se han
aducido en favor de la interpretación sobrenatural.
Segunda Parte:
Crítica
CAPITULO V
¿Hay referencias en
la Biblia?
Para evitar toda confusión,
es necesario, antes de buscar los puntos de apoyo en la Escritura,
tener clara en la mente la descripción del fenómeno
que nos ocupa.
Los textos de la Escritura en que
se habla de “caída”, de “caer por tierra”
frente a la majestad de Dios, o simplemente de “adormilamiento”,
no corresponden ni a los fenómenos del estilo de Katherine
Kuhlman, ni al “descanso en el Espíritu” presentado
en términos suavizados y atenuados, como un “abandono
físico tranquilo y consciente ante la acción curativa
de Dios”.
Habrá que releer en el capítulo
Il la descripción consagrada al fenómeno, para darse
cuenta que las alusiones de la Escritura a caídas frente a
la majestad de Dios son en verdad de otro orden.
No se trata de una persona que recibe
la imposición de las manos de otro o de un grupo de oración,
ni de caer hacia atrás; en la Escritura se trata generalmente
de caídas con el rostro en tierra.
Cuando la Biblia habla de personas
que “caen ante Dios”, no siempre es fácil distinguir
si se trata de un acto de adoración consciente y voluntario
o de un acto de abandono ante el poder de Dios, o simplemente de una
manifestación de obediencia. Se pueden señalar numerosos
ejemplos de caída en el Antiguo Testamento, en el Nuevo Testamento,
en los Hechos de los Apóstoles, sin constatar en ellos el “falling
phenomenon” con sus rasgos específicos: Se trata de realidades
muy distintas.
Bastará aquí leer algunos
pasajes aducidos, para darse cuenta de que no son calcados e idénticos
respecto del fenómeno en cuestión.
Sin tratar de ser exhaustivo, he
aquí, a modo de ejemplos, los principales textos a los que
se hace referencia para apoyar la interpretación sobrenatural
del fenómeno.
En el Antiguo Testamento:
Se cita Ezequiel 1, 28: “Vi
la imagen de la gloria del Eterno. Al verlo, caí sobre mi rostro,
y oí la voz de alguien que hablaba”.
Se cita Daniel 10, 7-9: “Yo,
Daniel, quedé solo, y tuve esta grande visión... y como
oía el sonido de sus palabras, caí en un letargo con
el rostro en tierra”.
O también Génesis 15,12:
“Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió
a Abraham y un terror intenso y oscuro cayó sobre él”.
Josué 5, 14: “No, soy
el general del ejército del Señor, y acabo de llegar.
Josué cayó rostro a tierra, adorándolo. Después
le preguntó: ¿qué orden trae mi Señor
a su siervo?”.
En el Nuevo Testamento:
Se cree encontrar analogías
en:
- Mt 17, 6: los discípulos
que caen durante la Transfiguración;
- Jn 18, 6: los soldados que caen
cuando el arresto de Jesús;
- Hch 9, 4: la conversión
de San Pablo, que cae por tierra en el camino de Damasco;
- Mt 28, 1-4: los guardias en la
mañana de Pascua, que “temblaron de pavor y quedaron
como muertos”;
- Apoc. 1, 17: donde San Juan describe
su visión y termina con estas, palabras: “cuando miré,
caí a sus pies como muerto. El puso sobre mí su mano
derecha diciéndome: no temas”.
Creo que basta leer estos textos
para percibir el contraste.
- Los soldados que retroceden ante
la majestad de Jesús no experimentan de ninguna manera una
gracia mística de “descanso en el Espíritu”.
De pronto cayeron por tierra ante la majestad de Jesús, pero
luego prosiguió el arresto.
- San Pablo es trastornado en el
camino de Damasco. Su caída, debida a la luz deslumbrante del
Resucitado, no tiene nada de una operación de “anestesia
espiritual”: es una conversión radical, un descubrimiento
al que sigue la orden del Señor de ir a encontrar a Ananías
para conocer la voluntad de Dios sobre el nuevo apóstol que
Él ha escogido.
- Los discípulos que caen
en la cima del Tabor reaccionan inmediatamente y por boca de Pedro
balbucean una súplica al Maestro: erigir tres tiendas, “una
para Ti, otra para Moisés y otra para Elías”.
Todo esto no corresponde gran cosa a las manifestaciones catalogadas
como “descanso en el Espíritu”.
En conclusión
El estudio comparativo de los textos
escriturísticos y del “falling phenomenon” no ha
sido objeto, en cuanto yo sé, de análisis exegéticos
que enfoquen con precisión nuestro tema. Me limito a señalar
tres testimonios que recalcan la disparidad de los fenómenos:
El Padre Maloney, S.J., tras haber
explorado algunas referencias bíblicas, concluye:
“En ninguno de esos textos
reconozco el fenómeno de 'slain in ihe Spirit'. El éxtasis
no es comparable a un desvanecimiento provocado por medio de un hombre
distinto de Jesucristo. No logro encontrar un paralelo para este fenómeno.
Sabemos que Pedro, Pablo y los demás discípulos oraron
y curaron: los Hechos nos lo dicen claramente. Pero casi no hay base
para creer que las personas cayeran en esta clase de descanso mientras
se imploraba sobre ellas la plenitud del Espíritu”.
Esta conclusión coincide con
la de John Richard, ministro anglicano que se ha especializado en
la materia y publicó un estudio titulado Resting in fhe Spirit.
En un artículo escrito por él en lo revista Renewal
in Wales today (nº 6, primavera de 1981), después de haber
analizado las principales referencias aducidas, concluye con estas
palabras:
“No hay fundamento bíblico
para el desvanecimiento (the swooning) provocado por el tocamiento
de algún sanador como Katherine Kuhlman...
Conviene aquí señalar
que hay caída y caída, y que hay una diferencia esencial
e importante entre caer hacia el frente y caer hacia atrás.
Caer al frente es una respuesta profunda, natural, que puede ser motivada
por un sentimiento de respeto y de humildad... Caer para atrás,
por el contrario, es muy poco natural y sugiere la idea de cierta
intervención extraña. Añadamos que la caída
de prosternación es poco recomendada por la Escritura, porque
en tres de cuatro casos (Dn. 10, 11; Ez. 2, 1; Mt. 17, s-7) Dios invita
a quienes la experimentan a que se pongan de pie”.
Se encontrará una conclusión
parecida en el artículo del teólogo y pastor luterano
Wolfram Kopfermann en la revista alemana Rundbrief der charismatischen
Geminde - Erneuerung iri der euangelischen Kirche (junio de 1983,
pp. 19-25).
CAPITULO VI
¿Hay referencias en
los autores místicos?
I. La prudencia de la Iglesia
A lo largo de la historia, ya lo hemos
dicho, la Iglesia se ha visto con frecuencia ante fenómenos
de interacción entre el cuerpo, el alma y el espíritu.
Cuanto más influye en el cuerpo una reacción psíquica,
más se requiere el discernimiento. Durante los procesos de
canonización, la Iglesia tiene cuidado de distinguir lo que
brota de la santidad auténtica -a base de virtudes teologales
de fe, de esperanza y de caridad- de lo que toca a manifestaciones
corporales exteriores, como éxtasis, levitaciones, estigmas,
etc.
Un ejemplo típico de esta
prudencia fue dado por Pío XII durante la canonización
de la Madre Gemma Galgani en 1940. El Papa tuvo el cuidado de decir
que él garantizaba su santidad, no por ciertos fenómenos
corporales que aparecieron en su vida, sino a pesar de ellos, que
podían sin duda relacionarse con tendencias neuróticas.
No se podía decir más claramente que los dos aspectos
son separables.
Otro signo de prudencia de la Iglesia
se manifiesta en la insistencia que siempre ha puesto en distinguir
los carismas que santifican al beneficiario y que lo hacen agradable
a Dios (es el sentido de la clásica expresión latina:
gratum faciens), de los carismas que tienen como fin directo el bien
de la comunidad, su edificación en el sentido “constructivo”
del conjunto, carismas que no santifican otro tanto al que es beneficiario
e instrumento de ellos. Estos son dados gratuitamente (gratis datae)
en vista de un uso que se sitúa más allá de la
persona y en la óptica de un servicio comunitario pasajero.
II. Confusión que hay
que evitar
Para fundamentar la interpretación
sobrenatural de la caída, ciertos promotores se apoyan en algunas
“analogías” místicas que deducirían
de la misma familia de los fenómenos. “Descanso del Espíritu”
es relacionado con descanso del alma e inclusive con la oración
de quietud. Hay que decirlo claramente: se trata de dos mundos y de
planos diferentes.
a) Descanso en el Espíritu
y Descanso del Alma
He aquí lo que escribe San
Francisco de Sales a propósito del “descanso del alma”:
“Estando, pues, el alma así
recogida dentro de ella misma en Dios o delante de Dios, se vuelve
a veces tan dulcemente atenta a la bondad de su Bienamado, que le
parece que su atención casi no es atención, en cuanto
que es ejercitada sencilla y delicadamente: como acontece en ciertos
ríos que corren tan suave y tranquilamente, que a los que los
miran o navegan sobre ellos les parece no percibir ningún movimiento,
porque no se les ve ondear o fluctuar de ninguna manera. Y a este
amable descanso del alma es al que la bienaventurada virgen Teresa
de Jesús llama oración de quietud, muy poco diferente
de lo que ella misma llama el sueño de las potencias, si es
que lo he entendido bien” (Tratado del amor de Dios, Libro 6,
cap. 8).
Compárese este descanso del
alma con el “descanso en el Espíritu” y se verá
inmediatamente que nos encontramos en presencia de una realidad espiritual
de naturaleza totalmente distinta, que no tienen en común más
que el, término “descanso”, el cual es sometido
a un burdo equívoco.
b) Descanso en el Espíritu
y Oración de Quietud
También se ha querido asemejar
el “descanso en el Espíritu” a una forma de “oración
de quietud”. Interrogado por mí sobre este punto, un
teólogo carmelita irlandés, el Padre Christophe O’Donnell,
profesor de teología mística, respondió con estas
líneas:
“La oración de quietud
es de forma muy diversa. Puede ser oscura o luminosa. Las descripciones
que de ella se han hecho son muy defectuosas: Se puede fácilmente
confundir la oración de recogimiento (más o menos la
Tercera Morada) con la oración de quietud. Especialmente están
expuestas a esta confusión los que no tienen experiencia amplia
de la oración de quietud. ¿Qué significa la afirmación
de que el “descanso en el Espíritu”, cuando es
auténtico, se parece a la oración de quietud? No hay
camino corto para alcanzar un alto grado de santidad: para gozar de
modo habitual con la oración de quietud, es absolutamente necesario
haber alcanzado ya un alto grado de santidad y una gran pureza de
corazón. Por eso, a las personas que no están preparadas
para dejar que el Señor purifique sus corazones, Él
no puede darles esta gracia.
Pero, ¿no hay excepción
posible? Seguramente. Mas no veo ninguna razón que obligue
a asemejar el descanso en el Espíritu a la oración de
quietud. Al parecer, se trata ahí de un tranquilo reposo de
curación. El discernimiento de los diversos niveles de oración
implica ordinariamente una valoración general de la vida de
la persona: la Tradición es muy firme sobre este punto. Teresa
quiere unos criterios de autenticidad como estos: el crecimiento en
humildad, el amor fraternal, el desasimiento. El “descanso en
el Espíritu” con mucha frecuencia no implica un cambio
durable de vida, que se pueda constatar seis meses más tarde,
digamos”. (7)
Se ve aquí una vez más
que se trata de dos realidades heterogéneas.
III. El Discernimiento de los Grandes Místicos
Los grandes místicos, en particular
aquellos que la Iglesia ha proclamado Doctores de la Iglesia, Teresa
de Ávila y San Juan de la Cruz, han tenido que pronunciarse
más de una vez sobre las experiencias místicas desde
el ángulo de sus repercusiones corporales. No obstante la diferencia
de temperamento entre ellos, hay una convergencia innegable en su
actitud de extrema reserva frente a sus discípulos, tentados
de sobrevalorar esos fenómenos periféricos.
a) Santa Teresa de Ávila
En el libro de las Fundaciones, Santa
Teresa de Ávila, hablando de los desvanecimientos físicos
durante la oración, escribe:
“Se puede preguntar en qué
difiere este estado de arrobamiento, las apariencias son las mismas,
pero la realidad es totalmente distinta.
El arrobamiento es, como lo he dicho,
de corta duración, sus beneficios son inmensos, deja al alma
bañada de luz interior, el entendimiento no actúa para
nada, es el Señor quien obra sobre la voluntad. Sucede de muy
diversa manera en el otro caso; el cuerpo está prisionero,
pero la voluntad, el entendimiento, la memoria quedan libres; estas
facultades operan con cierto extravío; si por acaso las ocupa
una idea, se adhieren a ella con todas sus fuerzas.
Considero que el alma nada tiene
que ganar con esos desvanecimientos del cuerpo... Aconsejo, pues,
a los priores que prohíban esos largos desmayos -pues a mi
entender no se trata de otra cosa-”. (8)
b) San Juan de la Cruz
San Juan de la Cruz en La subida al
Monte Carmelo se pregunta qué valor hay que atribuir a ciertos
fenómenos que afectan “nuestros sentidos corporales”,
como ver “figuras o personas de la otra vida”, escuchar
“palabras extraordinarias”, sentir “suavísimos
olores”, gustar “un dulcísimo sabor” y otras
impresiones recibidas en los “sentidos corporales”.
¿Y qué dice de eso?
“... aunque todas esas cosas,
escribe, pudieran llegar a los sentidos corporales por el camino de
Dios, es preciso no estar nunca seguros de ello, y no admitirlos,
sino evitarlos enteramente, sin examinar si son buenas o malas; porque,
cuanto más exteriores y corporales son, tanto más hay
dudas de que vengan de Dios”.
San Juan de la Cruz escribe también:
“Es preciso saber que, aunque
estos fenómenos que, tocan a los sentidos corporales pueden
venir de Dios, no hay que estar nunca seguros de ello, ni hay qué
admitirlos, sino evitarlos enteramente, sin querer examinar si son
buenos o malos. Cuanto más exteriores y corporales sean, mayor
duda hay de que vengan de Dios. El camino propio y ordinario de Dios
es el de comunicarse al espíritu donde hay más certeza
y provecho para el alma, más bien que a los sentidos donde
ordinariamente hay mucho peligro y engaño, en cuanto que en
estos fenómenos el sentido corporal se constituye juez y apreciador
de las cosas espirituales, pensando que son como él las siente...
El sentido corporal es ignorante de las cosas espirituales. Se equivoca
grandemente aquél que hace caso de eso, y se pone en peligro
de ser engañado, y por lo menos tendrá en sí
un total impedimento para alcanzar el nivel espiritual”. (9)
Otro señalamiento de San Juan
de la Cruz podría ser aplicado útilmente al fenómeno
que nos interesa: “Si semejante experiencia viene de Dios, produce
su efecto en el espíritu en el momento mismo en que aparece
o es sentida, sin dar tiempo al alma de deliberar si la acepta o la
rechaza. Porque, aunque Dios da sus gracias sobrenaturales sin que
haya esfuerzo de parte del alma e independientemente de su capacidad,
Dios produce el efecto que desea por medio de esas gracias... es como
el fuego que se aplicara al cuerpo desnudo de una persona; poco importaría
que esa persona deseara o no ser quemada; el fuego haría su
obra necesariamente”.
c) El Padre Grandmaison, S.J.
Escribió hace poco unas líneas
que valen todavía hoy como una invitación a la prudencia,
si no como una señal roja, sí al menos como una preventiva
anaranjada:
“El éxtasis (y restrinjo
este nombre por ahora a los fenómenos de inhibición,
de insensibilidad temporal, de inmovilidad y de contracción,
de encorvamiento consiguiente, de sustracción parcial a las
leyes de la gravedad, de palabras y gestos automáticos) no
es un honor ni una fuerza; es un tributo pagado por los místicos
a la debilidad humana. También puede el éxtasis ser
imitado o, mejor dicho, producido por causas de toda especie. Hay
desfallecimientos naturales debidos a la debilidad o a una intensa
concentración del pensamiento, a esfuerzos excesivos por unirse
a Dios. Hay éxtasis diabólicos, simulados, patológicos,
frutos morbosos del fraude, de la histeria, de la ingestión
misma de ciertos venenos, como la valeriana”. (10)
Nos falta por ahora llevar más
adelante el análisis. La primera parte de esta sección
no pretendía dirimir las cuestiones críticas subyacentes,
sino simplemente descartar las referencias bíblicas o místicas
como inadecuadas para crear un prejuicio favorable. Quisiera ahora
enfocar de más cerca el fenómeno en su originalidad
propia.
SIGUIENTE........
NOTAS:
(1) Doc. Catholique, 17 de octubre de
1982, p. 910.
(2) Card. Suenens, La corresponsabilidad
en la Iglesia de hoy, pp. 209 211.
(3) Las palabra “catchers”
es difícil de traducir. Significa las personas puestas previamente
para sostener a la persona que cae, a fin de amortiguar la caída.
(4) Los nuevos Entusiastas...
(5) Shamanisme, archaic tecnique of ecstasy,
Princeton University Press, New Jersey. 1964.
(6) El hombre tras el don.
(7) 1. Carta privada, 20 de octubre de
1982.
(8) Les Etudes Carmelitaines, p. 38,
Ed. Desclée de Brouwer, París.
(9) Subida al Carmelo, Libro 2, cap.
11.
(10) Citado por Henri Bremond, Histoire
literarie du sentiment religieux en France, t. II, “L'invasion
mystique”, p. 591, París.