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Capítulo IX
Métodos de crecimiento
en el análisis cristiano
Nadie pone en duda la utilidad de conocerse para valorar mejor sus
propias riquezas y capacidades. Sentado esto, existe un espacio para
los métodos de aproximación e investigación de
uno mismo. El problema es descubrir en qué medida una determinada
aproximación es tributaria, o no, de una filosofía naturalista
subyacente.
Por analogía, pensamos en
las discusiones sobre las teologías de la liberación
que, a veces, se distinguen mal, al menos por su vocabulario, de un
análisis sociológico marxista. Un error sólo
es peligroso por la parte de verdad que contiene: tenemos pues que
despejar con cuidado las ambigüedades y no creer que escapamos
de la teología o la filosofía subyacentes, declarando
que nos limitamos a hacer psicología pura.
Analizaremos cada método,
sea cual sea, desde los ángulos de la finalidad que persigue,
su integración en la síntesis cristiana y, especialmente,
la praxis sacramental que “acompaña” al cristiano
a lo largo de su vida.
1. El método desde
el punto de vista de la finalidad
Para alcanzar la plena dimensión
humana y para determinar el camino que se debe seguir para avanzar,
todo método de crecimiento debe tener en cuenta el fin perseguido
y discernir las vías y métodos en función del
mismo.
¿Hacia dónde se dirige
el cristiano?, ¿Cuál es la finalidad última hacia
la cual va a dirigir su esfuerzo de desarrollo?, ¿Cómo
es esta humanidad que pretende conseguir respecto a sí mismo
y al mundo?
No podemos suscribir una visión
de tipo humanista utópica e irreal que quiere que el hombre
tienda a realizar aquí abajo una especie de súper-humanidad.
Cuando leo que un método tiende a ‘‘realizar los
nuevos Cielos y la nueva Tierra a la que aspiran los hombres y promete
Dios’’, me veo obligado a rechazar este sueño utópico,
irreal y que el Señor nunca prometió. Esto sería
mesianismo temporal. Si una visión así dominara el horizonte,
falsearía el camino: el término de nuestro caminar cristiano
no es ése. No podemos equivocarnos de ideal. Ni J. J. Rousseau,
ni Pelagio son compatibles con las enseñanzas de nuestra fe.
En cuanto al método mismo,
sería también naturalismo presentar el trabajo de nuestro
crecimiento como una estrategia que sólo depende del propio
esfuerzo. No podemos dar la impresión, aunque sea a título
provisional y metodológico, de que somos nosotros los que alcanzamos
la madurez por nuestras propias fuerzas, por los acompañamientos
que tenemos y por nuestros repetidos autoanálisis.
El realismo cristiano nos obliga también a tener en cuenta,
en todas las etapas de nuestra evolución espiritual, la realidad
del Mal que obstaculiza nuestro camino.
Hablando claro, hay que reconocerse
pecador en su pobreza cotidiana y pedir humildemente a Dios, haciendo
camino, que nos guarde de todo mal, incluidas las Potencias del Mal.
Tendría que repetir aquí
lo que he intentado explicitar en ‘‘Renovación
y Poder de las tinieblas’’ (1). Tenemos miedo de hablar
del Mal, con mayúscula, por temor a parecer anacrónicos.
Y sin embargo no se puede leer el Evangelio sin que nos llame la atención
la presencia del Maligno en oposición a Jesús.
‘‘El enfrentamiento, decía
yo, es constante, aunque no siempre esté en primer plano. Se
observa claramente ya en el umbral de la Vida pública del Salvador.
El relato de las tentaciones de Jesús en el desierto es como
el prefacio de la misión que el Salvador iba a cumplir, es
la llave del drama que iba a tener lugar en el Calvario… La
presencia hostil del Enemigo se adivina solapada, a cada paso, y,
cuando Jesús expira en la Cruz, el evangelista señala,
no por obsesión del detalle, sino por su densidad teológica,
que las tinieblas cubrían el cielo de Jerusalén. ’’
Si Cristo ha vencido a la muerte,
al pecado y a las Potencias del Mal, sólo nos resta hacer nuestra,
progresivamente, esta victoria.
2. El Método bajo el
punto de vista de la integración
¿Cómo vivir la necesaria
integración entre la naturaleza y la gracia?
Corresponde a una antropología
teológica orientarnos sobre este tema.
Es Dios quien proporciona la verdadera
ciencia sobre el hombre en su Palabra y a través de la Iglesia,
‘‘maestra en humanidad’’, como decía
Pablo VI. La formación humana, psicológica y relacional
debe darse dentro de la formación específicamente cristiana,
inscrita en ella y no yuxtapuesta.
Es a partir de una visión
unificada y no desmembrada del hombre como se debe recibir a Cristo.
La inteligencia que proporciona la fe se refiere al misterio de Dios
y al misterio del hombre.
Allí donde la fe flaquea y la tibieza espiritual se instala,
el equilibrio simplemente humano se deteriora. Corremos entonces a
buscar en las ciencias humanas lo que ya no encontramos en las fuentes
del Espíritu. Con todos los riesgos: lucha interior, ambigüedad
del lenguaje y de los conceptos, búsqueda dudosa de una ‘‘tercera
vía’’ entre un esfuerzo espiritual debilitado y
una concepción estrictamente naturalista que no asume verdaderamente
la vocación cristiana.
Sería desastroso creer que
la formación dada por la Iglesia no es capaz de asegurar la
formación global de las personas y que la gracia no tiene suficiente
alcance para evangelizar el psiquismo, la relación y el deseo,
y que hay que buscar en consecuencia por otro lado.
Más que a abandonar, Dios
nos invita hoy a sacar a la luz todas las virtualidades creadoras
y recreadoras de su Palabra y de la gracia.
La experiencia de la Renovación
pentecostal nos muestra claramente que a partir de la gracia bautismal
y de sus repercusiones a lo largo de la vida, Dios construye y reconstruye
sin cesar a las personas y a las comunidades.
La experiencia de la Palabra recibida
en el Espíritu muestra que esta Palabra de Dios, dotada de
una potencia de movilización y regeneración incomparables,
es capaz de levantar y poner en marcha las vidas más hundidas
y comprometidas. ‘‘Di una sola palabra y quedaré
sanado’’.
La experiencia en la Renovación
muestra que la Iglesia está dotada por el Espíritu de
capacidad para llegar al corazón del hombre, tocarle profundamente
en su interior y en sus heridas, sanarle mediante la íntima
reconciliación de su ser, transformando a veces de repente,
el horizonte de su vida. Lo que psicólogos y psiquiatras –a
un alto precio de tiempo y dinero– no pueden tan a menudo llegar
a resolver ¿por qué el Señor se complace en curar
de raíz, por la gracia? ¿Por qué da el Señor
estas señales en nuestro tiempo, sino para mostrar a sus hijos
que es y sigue siendo el Padre de la misericordia y que Jesús
es el Salvador de todo hombre y de todos los hombres?
3. El método bajo el
punto de vista de la integración sacramental
El test de la buena armonización
pedagógica entre naturaleza y gracia constituye el lugar reservado
a la mediación de Cristo, continuada por el Espíritu,
en la vida sacramental del cristiano que camina.
Habrá que examinar, por tanto,
qué lugar ocupan, en el desarrollo humano y espiritual, los
sacramentos, que son los canales de vida del Espíritu Santo
en la obra de la Iglesia. Creer en el Espíritu ‘‘vivificador’’
es creer, concretamente, en su acción vivificante a través
de los sacramentos. Si la Iglesia es Jesucristo, continuado en y por
el Espíritu Santo, su acción transformadora del hombre
es esencial. Si en el pasado hemos pecado de sacramentalismo, es decir
de una práctica demasiado rutinaria de los sacramentos, la
tentación de hoy sería primar las celebraciones comunitarias
paralitúrgicas, en razón de su atmósfera de plegaria
espontánea y cálida con el riesgo de relegar a un segundo
término la Celebración eucarística.
La actitud hacia cada sacramento
será, por lo tanto, un test esencial para juzgar la rectitud
cristiana de nuestro caminar.
Este peligro nos invita a plantearnos
algunas preguntas que pueden servir para el test:
¿Cómo se sitúa
actualmente el cristiano con relación al bautismo, a la Eucaristía
y al sacramento de la penitencia? Limitamos nuestro breve análisis
a estos tres sacramentos que son vitales para toda vida cristiana.
El bautismo
¿Dónde está
la fe en el bautismo de los niños, que debe administrarse en
las primeras semanas después del nacimiento, como lo pide el
nuevo código de derecho canónico y la tradición?
Constatamos que existe una práctica
cada vez más extendida de retrasar el bautismo para dejarlo
a la libre elección del niño hasta la edad que le convenga.
Esta práctica denota un descenso de la fe en la realidad sacramental
del bautismo, punto de partida de toda vida cristiana.
He intentado decir en una página
de ¿Un nuevo Pentecostés? por qué los padres
deben optar por el bautismo temprano de sus hijos y no dejarse seducir
por los argumentos de un seudo-liberalismo.
‘‘Demostrémoslo
primero, decía yo, poniéndonos en el punto de vista
de los padres y después, más profundamente, en el punto
de vista de Dios que viene al encuentro del niño al comienzo
de su vida.
Situándome en el punto de vista
de la responsabilidad paterna compruebo que, de una forma completamente
natural, los padres deben asumir responsabilidades en lugar del hijo.
Lo han traído a este mundo y enseguida deciden por él
lo que más le conviene. Desean darle desde el primer momento
lo mejor de su ternura y de su experiencia vital y los cuidados que
juzguen necesarios sin contar con él. Su amor vigilante y atento
precede al del niño constantemente y está por encima
de cualquier otro: he aquí la grandeza de su amor, que es gratuito.
Sin saberlo, tal vez, imitan con ello
el amor de Dios que nos ama constantemente, el primero, sin esperar
ni nuestra iniciativa, ni nuestra gratitud.
Desde esta perspectiva, Jesús
dirá en el evangelio: ‘‘No sois vosotros los que
me habéis elegido, soy Yo quien os ha elegido a vosotros’’
(Jn. 15,16).
Nuestro compromiso cristiano es una
respuesta a esta elección, a este amor inicial de Dios.
¿No supone ello una invitación
que se nos hace a seguir el mismo camino, en lo que concierne al bautismo?
Dios desea dar al niño desde
el principio lo mejor de sí mismo, es decir, su vida íntima,
ya que esto es el bautismo: introducir al niño en su intimidad,
asociarle al misterio de la muerte y la resurrección del Señor,
abrirle a la gracia del Espíritu Santo.
Esto supone una verdadera riqueza,
desapercibida al principio, pero es importante que la toma de conciencia
respecto a ella se vaya haciendo gradualmente, en la experiencia de
una vida cristiana, alimentada por la Eucaristía.
Retrasar el bautismo es privar al
niño de todo este camino de gracia. So capa de libertad se
le privaría de lo que, en el momento de la libre elección,
es de un valor incalculable: la experiencia cristiana vivida. Dejando
al niño fuera de esta experiencia, se le “condiciona”,
quiérase o no y la omisión pesará en demasía
sobre su elección ya que no se respira impunemente un aire
religiosamente enrarecido en el hogar y nocivo en el exterior. Sólo
salvaremos en apariencia la libertad del niño ya que le privaremos
de lo que mañana podría motivar más profundamente
su libre elección .’’(2)
La Eucaristía
Una cuestión análoga
se plantea sobre la inserción de la Eucaristía en la
vida y en el ritmo de crecimiento de todo cristiano.
Se ha dicho, y con razón,
que la Iglesia hace la Eucaristía y que la Eucaristía
hace a la Iglesia. En efecto, la Eucaristía es el sacramento
por excelencia que nos asocia literalmente a la muerte y vida de Jesús
y nos conduce con Él y a Él, a un misterio de adoración,
de gratitud, de imploración y de perdón.
Es también misterio de comunión
con el Cuerpo y la Sangre del Señor, convertidos en comida
y bebida para nosotros. No puede prescindirse sin daño de esta
fuerza de vida.
Tampoco haríamos justicia
a toda la importancia y riqueza de este misterio, si no lo prolongáramos
en la intimidad de la oración silenciosa que reconoce la Presencia
del Señor en nuestros tabernáculos, Presencia que ‘‘fluye
del sacrificio y lleva a la comunión sacramental y espiritual’’,
como expresa un documento romano. (3)
La profundidad de nuestra vida cristiana
es tributaria de esta inserción vital, no sólo en el
plano individual, sino también a nivel comunitario. Porque
es la Eucaristía la que constituye realmente a la asamblea
en el Cuerpo de Cristo. La Eucaristía no establece únicamente
un vínculo entre la Resurrección y cada uno de nosotros:
‘‘compartida’’ nos hace seres para compartir.
No sólo crea una moral social, sino que va mucho más
allá y nos abre a una concepción esencial de la solidaridad
humana: es el ‘‘Sacramento del hermano’’.
El sacramento de la Reconciliación
Aquí también naturaleza
y gracia deben unirse. Para devolver al hombre su plena salud psicológica
y ponerle en pie, existen técnicas humanas. Estas tienen su
lugar, pero también sus límites. Para el cristiano,
la gracia de la renovación y de la restauración del
hombre pasa por el sacramento de la penitencia que va más allá
de nuestras sabidurías humanas.
En una serie de alocuciones, Juan
Pablo II ha analizado con atención los diversos aspectos y
etapas que conducen al perdón regenerador del Señor
en el sacramento de la Reconciliación. Hablando del examen
de conciencia, que precede al perdón, el Santo Padre decía:
‘‘El examen de conciencia
se nos revela, no tanto como un esfuerzo de introspección psicológica
o como un gesto intimista, circunscrito al perímetro de nuestra
conciencia abandonada a sí misma. Es más bien y sobre
todo confrontación con el mismo Señor Jesús que,
Hijo de Dios, ha querido asumir la condición humana (Fp. 2,
7) para cargar con nuestros pecados (Is. 53, 12) y vencerlos con su
muerte y su resurrección.
Solamente a la luz de Dios, que se
revela en Cristo y que vive en la Iglesia, somos capaces de descubrir
claramente nuestras faltas… De esta manera el pecador, no solamente
se conoce a sí mismo por inducción, sino que se conoce
también por reverberación cuando se ve como el mismo
Dios le ve a él en el señor Jesús; cuando se
acepta para que el mismo Dios le acepte en el Señor Jesús
y haga de él ‘‘una criatura nueva’’
(Gal. 6, 15). El ‘juicio’ divino se revela como lo que
es: la gratuidad del perdón." (4)
El Papa volverá después
sobre otros aspectos como el beneficio inherente, natural o sobrenatural,
al reconocimiento de la falta, reconocimiento que también es
liberación.
Esta visión de fe invita al
cristiano, en la búsqueda de su yo, a dejarse iluminar sobre
él mismo por el Señor, a dejarse conducir y salvar de
sí mismo por la gracia de la confesión y del perdón
sacramental. Entonces sentirá que esta renovación sacramental
de sí mismo opera en él, misteriosamente, como una especie
de transfusión de la Preciosa Sangre del Redentor, que le otorgará
una fuerza de vida inestimable, el ‘suplemento del alma’
que necesita para andar el camino.
Capítulo X
Métodos de crecimiento
en el
plano del análisis psicológico
1. El papel del sacerdote
y del laico como acompañantes
Todo método de autoanálisis
se inserta en una formación de conjunto: en la vida de crecimiento
del cristiano no se pueden separar formación humana y formación
espiritual, ni en el plano individual ni en el colectivo.
De ahí, inevitablemente la
pregunta de la relación entre sacerdote y laico como acompañantes.
Si un laico puede en ciertos casos asumir un papel de dirección
espiritual, la confesión queda en todo caso reservada al sacerdote:
hay que distinguir los campos.
Existe el riesgo de aumentar el rol del presbítero y de deslizarse
hacia el clericalismo, pero también se puede temer lo contrario:
que el guía laico asuma un papel para el que no está
cualificado o que se autodeclare directamente inspirado por el Señor.
Actualmente, y de una manera general, no temo que se dé un
exceso de autoritarismo sacerdotal. Quizá se produzca más
bien un retraimiento excesivo del sacerdote, acomplejado o conmovido
por el fervor que constata a su alrededor y del que él mismo
se beneficia.
Resulta así que existen comunidades
donde el sacerdote no desempeña su rol específico. Sin
embargo, por su propia formación, por sus largos años
de estudios filosóficos y teológicos, se encuentra normalmente
preparado para enseñar espiritual y doctrinalmente, para ‘discernir’
(una palabra que encontramos muy frecuentemente) cuanto concierne
en particular al reconocimiento de la autenticidad de los carismas
extraordinarios. Le corresponde poner equilibro entre naturaleza y
gracia y guiar por caminos seguros a los miembros de una comunidad
que quiere ser religiosa y apostólica.
Sucede a veces que el sacerdote es
tan sólo un miembro más del grupo, incluso no forma
parte del Consejo de la Comunidad en que se deciden las orientaciones
y se adoptan las grandes líneas religiosas sin él. Esto
es importante sobre todo allí donde las comunidades no tienen
estatutos reconocidos todavía por la Iglesia, o dependen en
última instancia del fundador o animador del grupo. El presbítero
está presente de una manera ‘fraterna’, pero su
dimensión ‘paternal’ está ausente, lo que
no es normal.
San Agustín decía a
su pueblo de Hipona: ‘Soy obispo para vosotros y cristiano con
vosotros’. El sacerdote debería ser reconocido a título
de pastor enviado por su obispo y de hermano entre sus hermanos.
Todo esto no impide en modo alguno
a un laico desempeñar con total legitimidad el papel de guía
espiritual. El Oriente cristiano ha conocido y conoce todavía
a los staretz, monjes laicos que atraen a los peregrinos ávidos
de participar de sus dones espirituales. Todos conocemos a laicos,
hombres o mujeres, cuya profunda vida espiritual es una inspiración
y una riqueza para todos. Hay, pues, lugar para una ósmosis,
para un intercambio espiritual mutuamente enriquecedor.
En caso de divergencia, cuando se
pone en entredicho el plano espiritual y el doctrinal, corresponde
normalmente al sacerdote discernir en primera instancia y, en caso
de dificultad, aceptar o promover el recurso ante aquél de
quien es mandatario: el obispo.
Lo que ha dado credibilidad en el
transcurso de los siglos a los santos que no eran presbíteros
–pienso en un Francisco de Asís que era tan sólo
diácono o en un San Ignacio de Loyola que fue ordenado sacerdote
tardíamente– es su preocupación por recurrir al
obispo o a Roma para autentificar su misión.
Todo ello no se produce generalmente
sin sufrimiento, pues los hombres son siempre hombres. Pero eso va
implícito en nuestra fe en la Iglesia ‘una y apostólica’
que reconoce a los obispos como sucesores de los apóstoles,
a quienes incumbe el deber de orientar a los fieles y de discernir
los carismas del Espíritu.
2. Introspección no
es repliegue sobre sí
Dirigir el crecimiento propio, según
la expresión ya consagrada, tiene un sentido legítimo,
a condición de que no se caiga en la tentación del narcisismo
y que se recuerde la palabra del Señor de que nadie puede añadir
un codo a su propia estatura por sus propias fuerzas. Uno no se ve
crecer a sí mismo y la introspección, en largas sesiones
y análisis de vida, es una manera muy aleatoria de conocerse
al estar sujeta a muchas ilusiones.
Por lo demás este método
resulta muy caro para ser accesible a todos: ello es un indicio de
que las vías normales del propio desarrollo deben ser más
sencillas y menos elitistas y quedar al alcance de todos.
Debemos examinarnos, pero sin que
llegue a ser una obsesión, ni un pasatiempo costoso, ni una
ocasión de replegarse sobre sí en detrimento de las
llamadas a atender las miserias espirituales o materiales en un mundo
necesitado.
Hay muchas maneras de aprender a
conocerse, por ejemplo a través de amigos sinceros que os dirán
la verdad sobre vosotros mismos, como también a través
de las críticas incluso malintencionadas. El refrán
fas est ab hoste doceri (‘conviene dejarse instruir por el enemigo’)
resulta válido incluso en psicología. En las grandes
empresas se pagan incluso altas retribuciones a los expertos-consejeros
que vienen a estudiar in situ la gestión de un negocio y a
señalar los defectos y las deficiencias de la empresa…
incluidos los del jefe. Esto es realismo del bueno y una excelente
inversión.
3. La relatividad de cada
método
El juicio que nos merezca un determinado
método depende también, en buena medida, de la manera
como se presente a sí mismo. Si se ofrece como el método
autosuficiente, “sin el cual Dios queda manco”, en lugar
de, más modestamente, como una vía de aproximación
entre otras (no siendo la introspección más que uno
de los caminos de acceso a sí mismo) hay muchos motivos para
temer una demasía en la valoración.
La verdadera ciencia confiesa el
relativismo de sus propios medios. La humildad tiene su lugar también
en este campo y no se puede prescindir de ella impunemente.
Uno se siente incómodo ante
tal método que se declara universal ‘al servicio de una
intuición sobre la manera de emerger y crecer del Hombre en
el hombre y de emerger la Sociedad del Hombre en medio de las sociedades
actuales’. Las mismas mayúsculas son equívocas.
El fenómeno de la desmesura
es una tentación que se encuentra regularmente cuando la Ciencia
(con mayúscula) se convierte en cientismo y la psicología
en psicologismo y llegan a ser sin saberlo religiones seudo-místicas.
4. Los acompañantes
La competencia psicológica
requerida debería determinarse según las reglas ordinarias
de la cualificación profesional. En todos los campos las leyes
rigen la distribución de los diplomas según criterios
reconocidos de carácter científico y objetivos. No basta
que una persona haya seguido un cierto número de sesiones para
estar cualificado para dirigir a los demás. Se debe exigir
un examen con normas objetivas y criterios rigurosos.
Es preciso, también, que el
acompañante no sea, él mismo, una persona con problemas,
cargado consigo mismo, con sus propias heridas y cicatrices.
Si se trata de aplicar el método
para uso cristiano, hay que tener en cuenta, además, todo lo
que se ha dicho sobre la integración naturaleza-gracia. Eso
supone la exigencia de una cualificación religiosa, garantizada
también por la autoridad eclesial competente.
5. Los acompañados
En este lado también se impone
la adopción de precauciones. Cada método, se ha dicho
con razón, no es aplicable más que si los sujetos que
se someten a él no tienen problemas serios de equilibrio personal.
Pero, ¿quién controla y vigila el paso por la aduana
antes de la entrada en la sesión?
Por otra parte, ¿cómo
discernir el punto de saturación e impedir que los sujetos
que, en las primeras fases obtienen efectos beneficiosos, queden intoxicados
de alguna manera por su prolongación indebida?
Un método, para ser válido,
tiene necesidad de ser practicado en condiciones adecuadas. Es bastante
corriente que los programas digan: el método no conviene a
personas con problemas, ya se trate de problemas personales, de depresión,
de inestabilidad psicológica o de problemas de tipo social,
de parejas en crisis, de casos sociales, etc. La cuestión es,
¿quién hace la criba y según qué criterio?,
o ¿se abre de hecho el acceso a todo el que venga? La misma
pregunta vale para la constitución de los grupos. Las puestas
en común, en el transcurso de las sesiones, estarán
condicionadas por las personas que el azar reúne y ello también
puede ser fuente de problemas. Debemos estar atentos a la necesaria
selección inicial, antes incluso de que el método se
ponga en marcha.
Hay que saber también que
si, en teoría, todo el mundo es libre de compartir o no sus
problemas personales, de hecho, si el clima de la reunión lo
propicia, se llega fácilmente a la confidencia, a una apertura
que puede ser contraproducente, sobre todo si el grupo tiene una composición
mixta. Todo ello merece examen y atención.
Finalmente, una vez puesto en marcha
el método, ¿cómo salvaguardar la libertad psicológica
de quienes se someten a él y evitar los peligros de infantilismo,
de servidumbre, de brain washing (lavado de cerebro), la ilusión
de libertad, sutilmente manipulada por la influencia inconsciente
del acompañante?
Se juzga el valor del método
según el grado de liberación que genera, incluso respecto
al método mismo. ‘Es preciso que él crezca y yo
disminuya’ decía el precursor de Jesús, Juan Bautista.
Estas palabras siguen siendo un test de autenticidad para todo educador
o formador. Es conocida la frase de Montaigne: ‘hay que situar
al niño en la acera’ y ayudarle a caminar sin apoyo.
El método de introspección debe “ser testado”,
hablando con rigor, a la luz de este criterio: ¿crea dependencia
o servidumbre psicológica? o, por el contrario, ¿favorece
la libertad, la expansión, la responsabilidad personal de quien
lo adopta a título provisional para aprender a prescindir de
él?
6. ¿Cómo juzgar
un árbol por sus frutos?
Hay frutos que parecen excelentes,
frutos dudosos, frutos malos. Hay frutos que están a la vista
pero que no perduran. Hay frutos que se reconocen enseguida y otros
que necesitan tiempo para madurar.
Hay frutos individuales que pueden
ser buenos pero que llegan a ser perjudiciales para la colectividad.
Hay frutos que pueden ser buenos a cierto nivel y positivos bajo determinado
ángulo, pero resultan nocivos a la vez por lo que omiten. El
error puede consistir en no mostrar más que un aspecto de la
verdad. Cuando se trata de formación humana y cristiana, nunca
será suficiente la atención que se preste al pleno equilibrio,
al ajuste de los aspectos parciales y complementarios.
Si la persona que se somete a tal
método de terapia psicológica es muy equilibrada y posee,
además, una formación religiosa y espiritual sólida,
un determinado método puede ser beneficioso para esa persona,
en condiciones favorables y por tiempo limitado, porque se inserta
en un conjunto que la relativiza y corrige las omisiones o excesos.
Hay que determinar los frutos del árbol también en función
de toda la savia que lo nutre.
Así pues, para juzgar objetivamente
un método, es preciso tener en cuenta los ‘frutos dudosos’
o nocivos que resultan de él para el conjunto de los ‘clientes’
no tan formados y para quienes el mayor efecto perjudicial será
el peligro de una servidumbre psicológica, de narcisismo, de
autosuficiencia naturalista. Estos peligros no tienen nada de imaginario.
Capítulo XI
En la confluencia de la naturaleza
y de la gracia
1. El cristiano, ser social
Las páginas que preceden han
querido subrayar la necesidad de armonizar y conjuntar naturaleza
y gracia en el crecimiento del hombre, considerado en sí mismo.
Me gustaría acabar esta visión general destacando la
dimensión social del cristiano y algunas de las implicaciones
que ello comporta pastoralmente en el plano de la convergencia de
la naturaleza-gracia.
Todos reconocemos que el hombre es
un ser social, un ser en relación, pero aún no hemos
deducido suficientemente las consecuencias, tanto en lo que concierne
a su formación integral como a su comportamiento como cristiano
‘‘colectivo’’. Salimos difícilmente
de la era del individualismo, en la que el yo profundo sólo
se abre a los demás con reticencia y superficialmente. Nos
codeamos con los demás, coexistimos, pero no estamos realmente
en comunión los unos con los otros.
Desde el punto de vista del cristianismo
“que se vive”, todavía hay un largo camino por
recorrer, antes de que salgamos de este estado de coexistencia, de
inhibiciones y de complejos que hacen que nuestras relaciones sean
tan frecuentemente ficticias y superficiales. La palabra clave para
el futuro de toda renovación cristiana en profundidad, se basa,
me parece a mí, en las expresiones ‘‘compartir’’
y ‘‘entrar en una comunión verdadera’’
los unos con los otros.
El cristiano es un ser en ‘‘comunión’’.
Está invitado a decir el Padre nuestro en plural y a traducir
en términos de fraternidad las exigencias de su fe. El culto
idolátrico e hipertrófico del Yo, debe ser sustituido
por el sentido del ‘‘Nosotros’’ cuando nos
dirigimos a Dios o cuando tendemos la mano al hermano. El Señor
nos ha fijado como ley el encuentro eucarístico que es por
excelencia el misterio de comunión con Él mismo y con
los otros en Él.
Hacia este ideal debe tender el cristiano
de los nuevos tiempos si quiere vivir la plena lógica de su
fe. Perdiéndose en el misterio del Cuerpo místico encontrará
su dimensión y el pleno desarrollo del por qué ha sido
creado.
Un cristiano no puede vivir su cristianismo
solo. Tiene necesidad de vivirlo con otros cristianos que ‘‘compartan’’
su fe, en el sentido propio del término. Debe poner su fe en
común, en intercambio recíproco, en ósmosis.
Vae soli: ‘‘No es bueno que el hombre esté solo’’,
se dice en las primeras páginas del Génesis cuando Dios
creó a Eva como compañera de Adán (Gn. 2, 18).
Si el hombre es un ser social, el
cristiano lo es doblemente por su creación y por su bautismo
que le introduce en un cuerpo para hacer Cuerpo con Él.
Esta realidad ontológica debe
llegar a ser realidad psicológica.
‘‘Incluso el Papa tiene
necesidad de hermanos” –escribió el Patriarca Athenágoras–
y ello para su propio equilibrio y para su desarrollo humano y sobrenatural.
Esta ley del compartir es vital para todos y en todo tiempo, pero
especialmente en el nuestro, cuando los soportes sociológicos
de una sociedad cristiana prácticamente han desaparecido, cuando
todos los valores son cuestionados y la religión privatizada
y aislada de la vida pública.
El éxito de los sensitivity
groups al estilo de Rogers, con todas sus ambigüedades, debidas
entre otras causas a la liberación sin garantía, nos
advierte de la necesidad de compartir y comunicarse que anida en el
corazón del hombre.
Desde este punto de vista, el fenómeno
de la proliferación de sectas al que asistimos, -donde los
miembros son en gran parte cristianos decepcionados que han abandonado
la Iglesia-, merece ser estudiado muy de cerca. Es un aviso que invita
al examen de conciencia.
Hay que constatar que una gran parte
del atractivo de las sectas se debe a la sensación que experimentan
sus miembros de estar verdaderamente integrados en un grupo, a escala
humana, reconocidos y llamados por su propio nombre y unidos a otros.
Esto revela la aspiración ‘‘comunitaria’’
presente en el corazón de todo ser humano; la traducción
de esta necesidad puede variar en sus múltiples expresiones,
pero el hecho en sí mismo es un dato que no se puede pasar
por alto.
Debemos desear una pedagogía
en la que, unidas naturaleza y gracia, se integren los logros de las
ciencias humanas para un mejor conocimiento del hombre y del engranaje
interhumano. Constituiría un enriquecimiento precioso que los
diferentes métodos de análisis y de descubrimiento de
uno mismo, de apertura recíproca, pudieran ajustar sus conclusiones
sobre ‘‘el hombre en relación’’ desde
una perspectiva cristiana. Sería también una victoria
sobre el individualismo que atenaza la vida de demasiados cristianos.
Si la proliferación de sectas
es un signo alarmante, el nacimiento de numerosas comunidades cristianas
de características nuevas (no previstas aún por el código
canónico) es por el contrario esperanzador, con la condición
de que el equilibrio quede también aquí asegurado.
No es deseable que la formación
de una comunidad cristiana se organice de tal manera que exista una
heterogeneidad derivada de la formación humana y relacional
por un lado y la teológica y espiritual por otro.
Para un bautizado, especialmente
si está llamado a poner su vida íntima al servicio del
Reino, toda la formación debe darse a la luz de la revelación
divina y de la Palabra de Dios. Toda ciencia y conocimiento del ser
humano debe desarrollarse a partir de Dios. Dios es parte integrante
de la vida del hombre.
Si la visión del mundo y del
hombre dirigida en particular a la formación de los jóvenes
no es una visión que parte de la Revelación, todo el
camino posterior, sea de naturaleza psicológica, moral o religiosa,
corre el riesgo de quedar marcado por un desequilibrio original. El
mismo lenguaje corre el peligro de reflejar una ambigüedad fundamental.
Se puede explicar esta dificultad
original por el hecho de que si la visión cristiana del hombre
y del mundo procede por inclusión, la de las ciencias humanas
opera por reducción. Yuxtapuestas en una formación,
corren el riesgo de generar una cierta confusión en los puntos
de vista y en los valores.
La visión cristiana del ser
humano creado a imagen de Dios, no excluye –lejos de ello- la
toma en consideración de múltiples factores (biológicos,
psico-sociológicos, etc) que pueden explicar y determinar los
comportamientos individuales y colectivos. La capacidad de comprensión
y de integración de la visión bíblica se extiende
a toda la realidad vivida por el hombre.
Por el contrario, las ciencias humanas
no operan por integración, sino más bien por reducción.
La lectura experimental que hacen del fenómeno humano debe,
por exigencia del carácter científico de su trayectoria,
excluir de su campo de investigación la dimensión trascendental
del hombre.
Si se evoca una vivencia de orden
religioso, se toma en consideración de la misma forma que cualquier
otra actividad del espíritu. Sobre la realidad o no realidad
del ‘‘referente’’ las ciencias no pueden y
no quieren saber nada. Lo que cuenta es la vivencia del individuo
y no la existencia objetiva o imaginaria de las referencias.
Este comportamiento, totalmente legítimo
y conforme con las reglas de la investigación científica,
genera sin embargo una mentalidad que llega a ser fácilmente
exclusiva.
Las ciencias humanas como tales,
describiendo el funcionamiento de la religión para individuos
y grupos y desvelando los comportamientos conscientes e inconscientes
de la inclinación religiosa del hombre y sus manifestaciones,
no pueden reconocer en ello más que una experiencia del ‘‘Yo’’.
A partir de un acercamiento reduccionista del hombre, toda la realidad
religiosa aparece inevitablemente como el material resultante de una
construcción de uno mismo por sí mismo, sin otra finalidad
que la realización del deseo y del Yo.
El verdadero discernimiento espiritual
debe integrar la realidad global del hombre. En la encrucijada de
la naturaleza y de la gracia, la vida cristiana debe ser discernida
con una sola mirada, plenamente humana y plenamente teologal a la
vez, es decir, como recibida de Dios.
2. La familia núcleo
comunitario fundamental
Si el individualismo es una amenaza
para la vitalidad cristiana, lo es más radicalmente aún,
para la vida y la supervivencia de la familia humana.
Se ha dicho y repetido que la familia
es la célula social por excelencia y es verdad. Pero, justamente,
es aquí donde asistimos a un primer y radical desgarro del
tejido social. La familia está amenazada en todos sus aspectos,
sacudida desde sus raíces, en el mismo centro de la vida conyugal,
fiel y fecunda, basada en un amor mutuo y auténtico que implica
también el olvido y el dominio de sí mismo. (5)
Vivimos en un clima de deriva moral,
en el que el individualismo es ley. Una familia cristiana aislada,
enfrentada a todas las Potencias del Mal, necesita tener solidaridad
con otras familias cristianas para enfrentarse a las exigencias de
su fe y de su vida. El Señor ha dicho que allí donde
dos o tres estén reunidos en su nombre, allí estará
Él. Esta promesa también es válida allí
donde dos o tres familias se reúnan con vistas a vivir juntos
su vida cristiana. El hombre y la mujer, por lo demás, no forman
una dualidad, sino una unidad y podemos aplicar el texto, incluso
en su enunciado matemático a algunas familias reunidas en Su
Nombre en una misma búsqueda.
Haciendo alusión al Espíritu
del mal, destructor de la unidad conyugal y familiar, no pretendo
negar los considerables progresos que se han hecho para una mejor
comprensión del amor y de sus componentes. Hemos salido felizmente
de los excesos del jansenismo, pero el deseo de reaccionar ha hecho
frecuentemente que perdamos de vista los valores que se deben mantener
e incluir en la ecuación. Lo propio de las Potencias de las
tinieblas, es desequilibrar, desintegrar y desestabilizar. Todo lo
que vaya en este sentido constituye un terreno ideal para su acción
disolvente.
En esta perspectiva hay que leer
el magnífico comentario que sobre el Padre nuestro hace el
Cardenal Danneels, escrito con ocasión de la visita del Papa
a Bélgica. Comenta el final del Padre nuestro: ‘‘Líbranos
de todo mal’’ con estas palabras:
‘‘El mal tiene muchas
caras, Señor, y nos rodea por todas partes: el egoísmo
individual y colectivo, el cada uno para sí, las divisiones,
la violencia en los corazones y en las estructuras, la ausencia de
reglas en un mundo que va a la deriva.
Este mal que habita en nuestro corazón,
no es una fuerza ciega, sino un poder refinado, inteligente y calculador,
es el príncipe de las tinieblas, el Maligno, que desde siempre
siembra la división en los corazones, las casas y los continentes
enteros. Padre, líbranos del Maligno’’
3. Bajo la influencia del
Espíritu Santo
Para que un cristiano explore su
yo de forma válida, hay que poner en práctica una buena
psicología; pero para que esta acción sea positiva,
es indispensable y vital un mínimo de teología o simplemente
de fe. A la luz de Jesucristo, viviendo en él, se descubrirá
a sí mismo y comprenderá el sentido de la renuncia,
de la obediencia, de la fidelidad de por vida y de algunas otras virtualidades
que no tienen ninguna significación si Cristo no es el Camino,
la Verdad y la Vida del hombre. Estas consecuencias nos llevan lejos.
Repitámoslo: cuando se trata
de trazar los caminos que se deben seguir para el crecimiento espiritual
del cristiano, es muy importante distinguir lo que compete a la psicología
y lo que compete al campo de su fe cristiana. El camino que sigamos
para profundizar en la vida interior no se debe identificar con el
camino espiritual. En un debate que enfrentó al P. Varillon
con Marcel Legaut, y que fue publicado con el título Dos cristianos
en camino, el P. Varillon pidió a Marcel Legaut que no empleara
indistintamente las palabras ‘‘interioridad’’
y “espiritualidad”, ‘‘vida interior’’
y ‘‘vida espiritual’’. Escribe:
‘‘Creo que se evitarían
muchas confusiones si se precisase: la vida interior es la vida con
uno mismo, la reflexión, la meditación, la profundización
humana tal como podría llevarla a cabo un ateo. Jean Rostand,
por su culto sincero a la verdad, tenía vida interior, un gran
amor implica una vida interior.
Pero el fondo de uno mismo no es Dios.
Dios es un Otro, el Completamente Otro. La vida espiritual es la vida
con ese Otro, el Espíritu Santo, en la luz del Espíritu
Santo, in Spiritu Sancto.
Mi interioridad más interior
es el Espíritu Santo. Él está en mí ‘‘más
yo mismo que yo.’’ (6)
Todo esto reviste una importancia
capital.
Me gustaría invitar al lector cristiano a invocar la influencia
del Espíritu Santo cuando vaya a acometer cualquier trabajo
de introspección y de crecimiento.
En Pentecostés, la liturgia
de la Iglesia pone en nuestros labios una oración que implora
el poder transformador del Espíritu sobre nosotros:
‘‘Riega la tierra en sequía,
Sana el corazón enfermo,
Lava las manchas,
Infunde calor de vida en el hielo,
Doma el espíritu indómito,
Guía al que tuerce el sendero. ’’
Humilde y magnífica oración,
llena de esperanza, pues nos lleva más allá de nosotros
mismos y nos conduce a nuestra plenitud final en el corazón
de Dios.
4. Un símbolo
Al dar el título de ‘‘Un
símbolo’’ al capítulo final, viene a mi
memoria una imagen: uno de los paisajes más apacibles y emotivos
de Irlanda que yo conozco. Se trata de un lugar turístico que,
a primera vista, parece un lago por la tranquilidad del lugar: en
verdad estamos en la confluencia de dos ríos, cuyas aguas se
mezclan y se confunden de tal manera que parecen inmóviles.
El lugar se llama: “La confluencia de las aguas” (The
meeting of the waters).
La imagen tiene un valor simbólico:
traduce a su modo lo que he intentado decir a lo largo de estas páginas:
naturaleza y gracia, por voluntad de Dios, son una sola cosa; y en
nuestra formación personal no podemos separar jamás
lo que Dios ha unido en el hombre: lo humano y lo divino. Es aquí
donde la plenitud humana y la gloria de Dios se unen. Y es aquí
donde radica toda la esperanza y el mensaje de estas páginas.
.......ANTERIOR
NOTAS:
(1) Cardenal Suenens, Renovación
y Poder de las Tinieblas, Ed. Los cuadernos de la Renovación,
31, calle de l’ Abbé Gregoire, Paris, 1982, pp. 15-16
(2) Cardenal Suenens, ¿Un nuevo
Pentecostés? Ed. Desclée de Brower, París 1974,
pp. 152-154.
(3) Introducción de Inestimabile
Donum, nº 20, 1980.
(4) Cf. Documentación Católica,
6 mayo 1984. pp. 466-467.
(5) Cf. Cardenal Suenens. Amor y dominio
de sí mismo. Ed. Desclée de Brower. París, 1960.
(6) P. 68
Índice
Prefacio …………………………………………………....……….
1
Capítulo I Entre dos escollos…………………………………....
… 2
Capítulo
II El culto idolátrico del Yo y la fe cristiana……........…..
7
Capítulo III El culto hipertrófico
del Yo……………………….....
12
Capítulo IV Mi experiencia vital,
¿criterio supremo?.................... 20
Capítulo V El verdadero Yo en
la óptica cristiana…...……....….. 25
Capítulo VI Problemas doctrinales
subyacentes en relación con Dios. 34
Capítulo VII Problemas doctrinales
subyacentes en relación con el hombre……………………………………………...........................
41
Capítulo VIII El crecimiento del
hombre cristiano.............................46
Capítulo IX Métodos de
crecimiento en el análisis cristiano……...... 54
Capítulo X Métodos de
crecimiento en el plano del análisis psicológico………………………………………………………........62
Capítulo XI En la confluencia de la naturaleza y de la gracia……….
68