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Capítulo V
El verdadero Yo en la óptica
cristiana
1. La óptica cristiana
Antes de hablar del verdadero yo,
precisemos el término desde la óptica cristiana.
El cristiano debe mirarse a sí
mismo, con la mirada de Otro, para descubrir su verdadero yo. Esta
mirada es la de Cristo, que vive en él.
Hoy el drama de la Iglesia es que
demasiados cristianos no saben ya en qué consiste ‘‘ser’’
cristiano. ‘‘Reconoce, cristiano, tu dignidad’’,
decía el Papa San León Magno a su pueblo. La invitación
es siempre apremiante. Recristianizar a los cristianos es lo que urge
en el momento presente.
El concilio Vaticano II fue un concilio
pastoral, preocupado por adaptar la Iglesia a las necesidades pastorales
de nuestro tiempo. Pero presuponía, como dato de partida, una
Iglesia compuesta por cristianos auténticos, o al menos esforzándose
por serlo. Ahora bien, desde la distancia, los hechos nos obligan
a poner en cuestión este presupuesto inicial. Al hablar de
un cristiano, ¿de qué y de quién hablamos?
La pregunta es penosa: los cristianos,
en su conjunto, ¿son verdaderamente creyentes hoy, con una
fe personal, comprometida y válida?
El cristianismo por herencia, que
ayer se apoyaba en el nacimiento y en la educación recibida,
debe convertirse actualmente cada vez más en un cristianismo
de elección, fundado sobre una decisión personal, tomada
con conocimiento de causa, en la edad adulta.
No se reprocha generalmente a los
cristianos el ser cristianos, sino el serlo demasiado poco. Una Iglesia
simplemente practicante no basta; debe ser testigo. Necesitamos anunciar
a Jesucristo en el mundo contemporáneo, testimoniar nuestra
fe en Él. ‘‘Al que me confiese ante los hombres,
ha dicho el Señor, yo le confesaré ante mi Padre. ’’
Tenemos necesidad de cristianos que
crean en Jesús, Hijo único del Padre, que proclamen
su fe en la Resurrección y en la acción operante del
Espíritu Santo y que encarnen esta fe en sus vidas, en todas
sus dimensiones.
Necesitamos cristianos que sepan
descubrir en la fe su verdadera identidad humana a la luz de Jesucristo.
Pascal ha dicho con una insólita profundidad: ‘‘No
solamente no conocemos a Dios más que a través de Jesucristo,
sino que no nos conocemos a nosotros mismos más que a través
de Jesucristo. No conocemos ni la vida ni la muerte más que
por Jesucristo. Fuera de Jesucristo no sabemos lo que es nuestra vida
ni nuestra muerte, ni Dios, ni nosotros mismos .’’ (1)
Eso es lo que nosotros llamamos la
óptica cristiana.
2. El hombre a imagen de Dios
Toda pedagogía concerniente
al crecimiento del hombre está condicionada, para el cristiano,
por la imagen que lleva en él del hombre según el pensamiento
de Dios.
Le importa saber prioritariamente,
qué es el hombre, tal como salió de las manos del creador,
tal como existe en la realidad histórica concreta, tras la
ruptura de la primitiva Alianza, tal cual es llamado a vivir según
su vocación específica sobrenatural. Antes de zambullirse
en sí mismo, debe levantar la mirada a Dios y preguntarle.
Recuerdo un comentario hecho por Chesterton acerca de un libro titulado
Lo que pienso de Dios. He olvidado el nombre del autor, llamémosle
Sr. Jackson. Con su inimitable humor, Chesterton escribía más
o menos esto: ‘‘el Sr. Jackson acaba de escribir un libro
titulado Lo que pienso de Dios. No dudo que será interesante
conocer lo que el Sr. Jackson piensa de Dios, pero sería más
emocionante todavía saber lo que Dios piensa del Sr. Jackson.’’
Tal es para el cristiano la opción
y el paso inicial. Tal opción se opone de lleno a las líneas
que escribía recientemente un pedagogo belga llamado Arnauld
Clausse: ‘‘el hombre no está hecho según
ninguna imagen, le pertenece crearse sin cesar… Así pues,
conviene considerar la inteligencia, no ya como una facultad de comprensión
o de contemplación, sino como un instrumento de acción…
a quien le corresponde crear nuevas verdades .’’ (2)
En contra de este relativismo total,
cerrado a toda dimensión de trascendencia, salido directamente
de la negación de Dios, quisiera citar aquí algunas
líneas de un excelente artículo del Padre S. Decloux
SJ, asistente general de los jesuitas, sobre las repercusiones en
la vida religiosa de las teorías de los que Paul Ricoeur llamaba
‘‘los maestros de la sospecha’’ (Marx, Freud,
Nietzsche) y que tienen como inspirador común a Feuerbach.
‘‘El verdadero debate,
escribía, es comprender cuál es el verdadero misterio
del hombre, preguntarse si no sería preciso invertir la afirmación
de Feuerbach y decir que el verdadero misterio de la antropología
es la teología. Aún no se ha descubierto al hombre,
no se sabe lo que se dice cuando se habla del hombre ni lo que se
espera para el hombre si no se ha visto que la verdadera dimensión
del corazón humano es finalmente Dios. Lo que el hombre no
puede tener no significa nada sino se trata de Dios. Lo que el hombre
puede amar no significa nada sino se trata de Dios. Lo que el hombre
puede querer no es nada, sino es precisamente Dios.
El debate es, pues, a fin de cuentas,
un debate entre antropologías. Se trata de elaborar una antropología
cristiana donde el hombre descubra cuál es su verdadera dimensión,
su verdadera profundidad: no sólo la profundidad absoluta de
la que nos hablaba Nietzsche, sino otra cosa diferente a este absoluto
cuya medida soy yo mismo, absoluto que sería mortal, totalmente
objeto de discusión.
Pero si este absoluto es Dios, entonces
nos vemos arrastrados al interior de nuestra esperanza en el misterio
pascual de Cristo. Lo que vivimos en la historia no es otra cosa que
ser llevados con Él al interior de este misterio. La realidad
de lo que somos, que debe aparecer frente a Dios, que nos ha sido
revelado ya en la luz de Dios y por su Palabra, es la realidad que
el Hijo nos ha hecho conocer al hablarnos del Padre y dándonos
su Espíritu .’’ (3)
3. El hombre herido, pecador
¿Quién soy yo? La respuesta
no es sencilla pues hay en mí diversos aspectos que debo asumir
simultáneamente y que la fe cristiana me ayuda a situar.
Yo soy un ser rico en dones, pero
también una criatura frágil, precaria, herida por el
pecado. Para ponerme y mantenerme en pie, necesito en primer lugar
ponerme de rodillas ante Dios. Somos a la vez grandeza y miseria.
Nosotros no aceptamos ni el optimismo
naturalista que ignora el pecado, ni el pesimismo innato y radical.
Ni Jean-Jaques Rousseau para quien el hombre es naturalmente bueno
y a quien la sociedad deforma y es preciso dejar para que despliegue
sin trabas todo su potencial; ni Lutero y el pesimismo de los que,
siguiéndole a él, ven al hombre como congénitamente
viciado y únicamente justificado por la fe en la gracia salvadora
de Dios. Ni Charybdis, ni Scylla: la navegación debe hacerse
una vez más entre los dos escollos.
La misma palabra pecado no se entiende
más que a la luz de la fe. ‘‘En la acepción
precisa de la palabra, ha escrito el cardenal de Lubac, el pecado
es una noción bíblica y cristiana; supone no sólo
la autoridad de algunas leyes trascendentes, sino una relación
personal del hombre con un Dios personal … El pecado no es el
simple rechazo de una ley, incluso divina, sino el rechazo de la llamada
de Dios a compartir su vida .’’ (4)
Únicamente la fe abre nuestros
espíritus y nuestros corazones a la verdadera dimensión
del pecado; suprimir la conciencia de él, so pretexto de optimismo
hacia el hombre naturalmente bueno, es tocar una dimensión
de la religión cristiana que vive de la alianza entre Dios
y el hombre. Sería desconocer también todo el misterio
de la Cruz: viendo a Jesús morir en el Calvario se descubre
lo que es el pecado a los ojos de Dios, es decir su carácter
deicida. La verdadera responsabilidad de esta muerte que va a vencer
toda muerte no hay que buscarla entre los judíos o los romanos
de la época, sino en el pecado de la humanidad pecadora. No
se comprende el pecado más que bajo esta luz.
Habría que citar aquí
muchas páginas de Mons. Bussini, obispo auxiliar de Grenoble,
especialista en exégesis, cuyo libro lleva como título
El hombre pecador ante Dios. (5)
Subrayo algunos pasajes:
‘‘No adquirimos el sentido
del pecado más que cuando recibimos la revelación de
la fidelidad de Dios para con nosotros’’ (p. 36)
‘‘No hay pecado, hablando
con propiedad, más que cuando un hombre se cierra libremente
al Amor preveniente de su Creador. ’’ (p.49)
‘‘Cada pecador es miembro
de una humanidad pecadora. Por su pecado personal, colabora en esta
obra colectiva que es el pecado del mundo. Es además solidario
de la humanidad pecadora antes de todo compromiso personal por su
parte. Por esto, se encuentra originariamente en un estado de alejamiento
de Dios y de servidumbre interior del cual no podría salir
si Jesús por su Cruz y su Resurrección no nos hubiera
dado libre acceso a su Padre.’’ (p. 85)
‘‘Por el hecho de esta
solidaridad entre todos los hombres, la humanidad no se reduce a una
suma de individuos yuxtapuestos. Constituye un ‘‘nosotros’’
que tiene su originalidad y su consistencia propias. La libertad y
la responsabilidad personales no desaparecen sin embargo; muy al contrario.
Por los lazos que unen originariamente a todos los hombres, estoy
emplazado para ratificar o desaprobar lo que pasa entre ellos.’’
(p. 99)
Lo esencial del pecado original es
la imposibilidad innata en que se encuentra el hombre sin Cristo para
orientar su existencia con una opción fundamental conforme
a la voluntad de Dios. Esta incapacidad es como el germen de los pecados
personales. ’’ (p. 114)
‘‘Se trata, pues, de una
herida de nuestra libertad que la debilita sin suprimirla. Jesús
por su muerte ha contrarrestado la desobediencia originaria e invertido
la desastrosa situación en la que se encontraba la humanidad.
’’
Reconocemos que sin Cristo estaríamos
en un estado de alienación y de esclavitud del que no podríamos
emanciparnos por nosotros mismos. Creemos que el Evangelio es ‘‘poder
de Dios para la salvación de todo el que cree’’
(Rm 1, 16).
Todo esto forma parte integrante
de nuestra fe cristiana y es incompatible con el naturalismo pelagiano
que se respira actualmente y que es una negación del cristianismo
y del misterio de la Cruz redentora.
Hoy ya no nos atrevemos a decir que
hay un mundo por el que Jesús no ha orado, un mundo que está
en contradicción con el Evangelio. Ya no nos atrevemos a hablar
de pecado: se lo reduce a un ‘‘error’’ o un
‘‘fracaso’’. Tolstoi, en una de sus novelas,
traducía la expresión ‘‘remisión
de los pecados’’ por ‘‘liberación de
los errores’’. He oído un rosario en el mismo sentido
en una gran asamblea donde ‘‘ruega por nosotros pecadores’’
se había convertido en ‘‘ruega por nosotros tus
hijos’’. Este malestar frente al pecado, frente al confiteor
suprime de hecho en las conciencias la idea misma de redención
y de salvación.
El optimismo cristiano no tiene su
origen en la convicción de que el hombre es bueno si la sociedad
no le deforma, sino en la fe en Dios que regenera al hombre, opera
en él una conversión que cambia su corazón y
lo abre a toda la amplitud del Amor de Dios que obra en la persona
que lo recibe.
No se comprende la Liturgia Eucarística
o los ritos sacramentales si se suprime el aspecto de ‘‘redención’’,
el aspecto de ‘‘curación’’ que le son
inherentes. Una religión ‘‘inocente’’,
‘‘eufórica’’, no es una religión
realista ni cristiana. Ésta es una religión pascual
porque ha atravesado el Viernes Santo en su Maestro.
Sólo los santos comprenden
cuál puede ser la realidad del pecado a la luz de la Cruz.
Saben lo que es el pecado porque entreven mejor que nosotros lo que
es la santidad de Dios que Jesús mismo nos ha dado como modelo
de referencia.
En ¿Un nuevo Pentecostés?,
yo escribía estas líneas por desgracia siempre actuales:
‘‘Vivimos en un mundo
donde el término ‘‘Jesús Salvador’’
ha llegado a ser problemático. Para saberse salvado, hay que
notarse salvado de algo. ¿De qué? La fe nos dice que
Jesús ha venido a salvar a su pueblo de la Ley: todo San Pablo
proclama la liberación del legalismo asfixiante que aprisionaba
al hombre en una red de prescripciones formales y rituales reivindicando,
frente a estas servidumbres, la libertad verdadera de los hijos de
Dios.
La fe enseña también
que Jesús ha venido a salvarme de mí mismo, del pecado,
de la muerte, de los poderes del mal. Todo esto se encuentra desprovisto
de sentido para quien proclama la autosuficiencia del hombre, la inexistencia
del pecado, la nada después de la muerte y que coloca las potencias
del mal entre los mitos. Jesús, cuyo nombre quiere decir Salvador,
no puede ser reconocido como tal si no sabemos de qué nos ha
salvado.
‘‘Renuncio a ser salvado
gritaba la otra noche en la televisión un orador que se decía
cristiano, yo quiero ser liberado’’. Esto es olvidar que
salvación y liberación se sostienen estrechamente: salvando
al hombre del pecado, raíz de todos los males personales y
colectivos, Jesús pone la base de todas las liberaciones necesarias;
la liberación del oprimido, la lucha contra la violencia y
la injusticia forman parte de los bienes de la salvación. Todo
el Antiguo Testamento lo proclamaba ya." (6)
Toda pedagogía cristiana,
cuyo fin es el crecimiento del ser humano, que desconozca u olvide
este triple aspecto del hombre, no podría ser más que
una pedagogía truncada y peligrosamente eufórica, sin
raíces en lo real.
4. El hombre salvado, liberado
Se ha hablado mucho en ambientes
cristianos del deber de la Encarnación, como consecuencia del
misterio mismo de la Encarnación del Hijo de Dios, pero se
ha subrayado poco que la misma Encarnación fue una Encarnación
redentora, Jesucristo vino a la vez para ser plenamente uno de nosotros,
hombre entre los hombres; pero vino también para salvar al
ser humano de sí mismo.
El Papa Juan Pablo II, desde su primer
contacto con la muchedumbre en la plaza de San Pedro, tras su elección,
lanzó un llamamiento inolvidable: ‘‘No tengáis
miedo de Jesucristo: Él es el Redentor del hombre. ’’
El eclipse del sentido del pecado
ha arrastrado a los cristianos a olvidar el aspecto redentor de la
misión de Cristo.
Tenemos que redescubrir lo que significa
‘‘ser agraciado’’. El término gracia,
en efecto, tiene un doble significado: la gracia que eleva la naturaleza
y la gracia en el sentido de ‘‘conceder gracia’’,
lo que hace aparecer una nueva dimensión, la del pecado perdonado.
No se trata solamente de una gracia
que eleva y transforma la naturaleza, sino más bien de una
conversión del corazón, de nuestro ser profundo que
Dios restaura.
Para ser ‘‘transfigurada’’,
la naturaleza pecadora debe ser ‘‘rehabilitada’’.
Si la unión de la naturaleza
y de lo sobrenatural se produjo en el misterio de la Encarnación,
la unión de la naturaleza y de la gracia no puede ser consumada
más que en el misterio de la Redención.
5. El hombre amado por Dios.
El cristiano, por definición,
es alguien que cree en el amor de Dios. ‘‘Nosotros hemos
creído en el Amor’’ (Jn 4, 16). El cristiano cree
que es amado por Dios de una manera personal, única, indefectible.
Toda la Escritura proclama la perseverancia,
la fidelidad de Dios en el Amor. Esta fidelidad la vive Dios en el
pasado y en el presente, no sólo como un compromiso intenso
con el hoy de los hombres, sino también como continuidad apasionada
en el Amor liberador.
Demasiados cristianos no se atreven
a creer en este amor de Dios por ellos, en este amor primero, perseverante,
que no abandona jamás y que envuelve toda la existencia humana.
La razón de esta incredulidad es, frecuentemente, que no han
encontrado en la familia o en su camino creyentes que fuesen para
ellos reflejo de la fidelidad divina.
Un capellán de jóvenes
decía recientemente cuánto le había impactado
el hecho de que tantos jóvenes tengan hoy dificultades para
creer que Dios les ama personalmente. Experimentan angustia, inquietud
por el futuro, inseguridad.
Saberse amado por Dios, Padre, Hijo
y Espíritu Santo, con un triple y único amor, eso conmueve,
orienta una vida, abre horizontes nuevos.
La fe nos revela, además,
que no sólo somos amados por Dios, tal como somos, sino que
Dios quiere ser, en nosotros, esta ‘‘fuerza de amar’’
que nos hace vivir el amor del prójimo, que estamos invitados
a amar con el amor de Dios, con el corazón mismo de Dios.
‘‘Cuando améis,
dice el poeta, no debéis decir: Dios está en mi corazón,
sino más bien: estoy en el corazón de Dios’’
(Khalil Gibran, El Profeta).
Es ahí donde se sitúa
mi certeza vital: está en Él, no en mí. Esa certeza
me pone al abrigo de mis vaivenes.
Capítulo VI
Problemas doctrinales subyacentes
en relación con Dios
Al recorrer determinados discursos
de tipo humanista para uso de los cristianos, encuentro un cierto
número de problemas subyacentes que se refieren a Dios, a la
Trinidad, a la Iglesia y que no están desprovistos de ambigüedad.
Quisiera analizar algunos puntos particularmente importantes desde
el punto de vista doctrinal.
Previamente hay que reconocer que
existe un sitio para una relación humana natural que intenta
ir al encuentro de Dios desde el hombre. Este fue el error fundamental
de Freud: no haber visto en Dios más que una ilusión,
una imagen interiorizada del padre humano – compasivo o vengador,
según las experiencias de cada uno, que desemboca en una ‘‘neurosis
colectiva’’: la religión. En los años 1950,
Víctor Frankl hizo justicia en contra del maestro, mostrando
que existe universalmente un inconsciente espiritual, una voluntad
de sentido que apuntan hacia Dios y que todo hombre es por naturaleza
un ser religioso (homo religiosus). Se puede, a partir del ser humano,
trazar una ruta hacia Dios en el plano de la teodicea –que es
búsqueda de Dios por la sola razón, pero que no es aún
teología– que es búsqueda a la luz de la fe. El
Dios que se busca a tientas por la sola razón no puede velar
el rostro verdadero que, más allá de nuestras aproximaciones,
queda por descubrir.
El paso de la teodicea a la teología
de la Revelación –cuando nos dirigimos a los cristianos–
exige un vocabulario riguroso y precisión. La conexión
de un cohete que parte de abajo –la razón– con
otro que viene de arriba –la fe– no es cosa fácil:
no se puede errar en la cita.
1. Dios, ¿qué
Absoluto?
En primer lugar, ¿qué
significa exactamente, en el contexto humanista, la relación
del hombre con el Absoluto?, ¿de qué ‘‘Absoluto
interior’’ se trata?
La experiencia natural de Dios ‘‘descubierto
en lo más profundo de uno mismo’’ puede dar lugar
a no pocas ambigüedades:
- No basta a cada uno ver claro dentro
de sí para decir que ha encontrado allí a Dios.
- ‘‘Estar bien consigo
mismo’’, no es aún descubrir a Dios. ¡No
faltan santos que estaban a disgusto consigo mismos!.
- Ser dócil a las fuerzas
vitales que surgen en mí, no significa forzosamente acceder
a Dios. San Pablo, y con él las Sagradas Escrituras, parece
primar otra vía ‘‘natural’’ para el
descubrimiento de Dios en la contemplación de sus maravillas,
en la creación de un múltiple esplendor.
- De todas formas, Dios está
más allá de mi Yo profundo, más allá del
nombre que le atribuimos, más allá del lugar que nosotros
le asignamos.
Cuando decimos descubrir en el trasfondo
del ser la realidad del Absoluto interior que nos arrastra hacia un
más allá de nosotros mismos, hacia un ‘‘más’’,
hacia una plenitud de ser y de vida, hacia un más allá
de nosotros mismos homogéneo a nosotros, haciéndonos
presentir el infinito de nuestro ser, ¿cómo hay que
entender esta realidad que se dice a la vez inmanente y trascendente?
¿Se trata aún del Dios ‘‘distinto’’
de su criatura, plenamente inmanente sin duda, pero gracias a una
auténtica trascendencia?
La visión cristiana de Dios
no se encierra, rechaza su homogeneidad con el ser humano y sus límites.
Los escritos inspirados proclaman una trascendencia muy distinta del
Dios de la revelación.
No es viviendo mi ser como, en el
mismo empeño, puedo entrar en un conocimiento intuitivo de
Dios. Liberar mi ser no es liberar a ‘‘Dios’’
en mí. Todas estas fórmulas, cuanto menos ambiguas,
necesitan ser aclaradas.
El Dios esperado, como la realización
del deseo del hombre en lo que concierne a su plenitud personal, no
se identifica con el Dios de la fe y de la Revelación que hace
irrupción en nuestra historia, nos interpela y nos desconcierta.
Cuando se prima el aspecto de inmanencia
de Dios, no hay que perder de vista nunca su trascendencia: los dos
aspectos son complementarios y simultáneos.
Para el creyente se trata, según
dicen, de ‘‘vivir a Dios’’: la expresión
restringe singularmente la dimensión de alteridad y subestima
gravemente la diferencia o la alteridad de Dios. Como consecuencia,
la función de Dios quedaría reducida a ‘‘colmar’’
las necesidades profundas de la criatura.
Es verdad que hacer sitio a la alteridad
obliga a la humanidad a la penosa prueba de cuestionarse a sí
misma, así como a descubrir su pecado, experiencia incómoda
que, según parece, se desea evitar incluso al cristiano.
Hay que señalar, finalmente,
que el concepto de Absoluto es singularmente amplio y vago si designa
todo lo que, desde el interior, mueve al individuo hacia un ‘‘más’’
(¡y no hacía un Otro!). Nos parece azaroso poner a Dios,
incluso provisionalmente, en la misma categoría de Absoluto
que el Amor, la Justicia, la Libertad, etc. Se crea el equívoco,
y este método no tiene nada que ver con una verdadera apologética
del límite. Supone sacrificar la originalidad del Dios de Jesucristo,
irreductible a los demás ‘‘absolutos’’.
No se puede debilitar el rostro de Dios.
El Dios de nuestra fe no es un Padre
sin exigencias que sólo sería llamada y atracción.
En Él, Verdad y Amor no son sino uno, indisolublemente.
Proceden las mismas restricciones
en el plano puramente filosófico, esta ‘‘mística
del yo y del ser’’ no está esclarecida ni sostenida
por una metafísica precisa de la causalidad y de la participación
del creado en el Increado. Si es referido a Dios (Padre) como el origen
fundador del ser creado, éste no aparece realmente acabado
por Dios causa final y eficiente, Creador del ser en su radicalidad.
Semejante seudo-mística natural
del ser es, en un último análisis, una mística
pervertida. Si dejamos desplegarse la misión del ser, ésta
le lleva a replegarse sobre su condición natural. El desarrollo
del ser profundo (percibido en la afectividad del yo), se convierte
en la medida teórica y práctica de la vocación
humana. Lo sobrenatural es reinterpretado y remitido a la afectividad
del yo.
La ‘‘misión de
ser’’ donde se consuma el yo creado no desemboca en la
espera ‘‘de lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó
y que Dios ha preparado para los que lo aman’’ (1 Co 2,9).
2. Cristo, Salvador del hombre
Deberíamos volver a leer aquí
los magníficos llamamientos dirigidos por Juan Pablo II a los
hombres para que no tengan miedo de Jesucristo, a que lo acepten como
el verdadero Salvador, como la salvación del hombre que Él
solo conoce en su ser profundo.
Hablar de la salvación del
hombre por el hombre es un lenguaje equívoco y abusivo donde
la dimensión ‘‘gracia’’ está
ausente.
No se reconoce el lenguaje cristiano
cuando se afirma que la misión de las pedagogías o de
la psicología es mostrar el camino de la salvación a
los hombres y a la sociedad y que se va a ayudarles a dejarse salvar,
gracias a la colaboración de otros hombres, previamente salvados
y convertidos en salvadores de sus hermanos. Se incurre, por lo menos,
en una extralimitación del lenguaje.
En una lectura cristiana, la salvación
es ante todo la santificación operada por el don de la gracia
divina. Es ese don el que nos salva. Ciertamente, la gracia llama
a una especie de ‘‘traducción’’ de
los valores espirituales en todos los campos de la existencia, y entre
otros en el campo de la psicología. Esta traducción
puede, con matices y precisiones delicadas, ser llamada ‘‘salvación’’,
pero en un sentido segundo y analógico. Igual que sucede con
la liberación socio-política.
Una mística naturalista pervertida
que desconoce el sentido profundo del término ‘‘salvación’’
desconoce asimismo la mediación de Cristo Salvador.
No es suficiente hablar de Cristo
como un ejemplo: nuestra fe reconoce en Él a Aquel por quien,
con quien y en quien recibimos el Espíritu santo y tenemos
acceso al Padre. No se silencia impunemente su mediación sacrificial
y sacerdotal. Es todo el misterio pascual lo que está en juego.
La Cruz y la obediencia hasta la
muerte de Cruz son como el paso ‘‘obligado’’
de este mundo a Dios. Y a partir de este silencio, todo el misterio
sacramental de la Iglesia –que es mediación continuada
de Jesucristo– se difumina y se expone a desaparecer si no para
la presente generación, para los jóvenes de mañana
que no vivirán ya sobre el patrimonio del pasado.
Ciertamente, se puede encontrar,
por un recurso al ser, la presencia del Creador. Pero para los cristianos,
el camino del encuentro no es ‘‘esta interioridad’’
como tal, no es éste camino del ser sino la comunión
de vida en la gracia divina.
Jesucristo es el Camino. No lo es
solamente el ser creado. No se puede aceptar esta especie de ‘‘reducción’’
de la vida en Dios a la vida del ser humano como tal.
Reconducir, como a lo esencial, la
misión de Jesús, y consecuentemente la de la Iglesia,
a ofrecer a la humanidad el servicio de proveerla de un suplemento
en la ‘‘formación del ser’’, de ayudar
a las personas a conocerse, a ser lo que son, a actuar como sienten
que deben hacerlo: es, en las antípodas del cristianismo, invitarnos
a seguir un nuevo camino de salvación.
Afirmar que la verdadera religión
es aquella cuyo mensaje revela de la mejor manera el hombre a él
mismo y le permite realizarse mejor, con fidelidad a lo mejor de sí
mismo, es ver sólo al ser humano en tanto que humano e ignorar
su dimensión cristiana.
¿En qué quedan entonces
los legados positivos que hemos acogido en la fe de Cristo?
¿En qué queda la realidad
de la gracia, del pecado original, de la redención, de Jesucristo,
de la Iglesia, de los sacramentos, de la vida eterna y definitiva?
Se podría seguir detallando
largamente. Toda la obra de la salvación, cuando es evocada
en el contexto de un naturalismo afectivo, ¿es algo más
que una ‘‘lectura cristiana’’ del análisis
de Rogers?
Ahora bien, para un cristiano, la
comunión de vida con Dios, por la gracia, nos transforma, nos
transfigura para hacernos deiformes. Nos marca en toda nuestra personalidad.
El hombre ‘‘plenamente tal’’, es el elegido
para el cielo.
3. La controversia pelagiana
Pelagio, monje laico irlandés
(nacido hacia el 360, muerto en el 430), dejo huellas profundas. La
controversia pelagiana fue la primera gran controversia que conoció
el occidente cristiano. Dominó en cierto modo toda la teología
occidental. Se ha podido decir que las discusiones en torno al protestantismo
y al jansenismo no son, en buena parte, más que una reedición
de las que tuvieron lugar en el norte de África, a comienzos
del siglo V. Es en esta y por esta controversia como Occidente ha
puesto en cuestión el significado mismo del cristianismo y
del sentido de la Redención.
En efecto en el naturalismo de Pelagio,
Cristo no tiene prácticamente su sitio como Salvador. Según
Pelagio, el hombre es bueno por naturaleza: sólo tiene que
acabar la obra divina de la creación. Tenemos que ser conscientes,
dice, de nuestra capacidad para observar los mandamientos divinos.
Para Pelagio, la naturaleza es lo primordial, Cristo no tiene más
que un papel accesorio en relación con la naturaleza. El hombre
se salva viviendo según la naturaleza. El cristianismo no sería
en consecuencia más que una religión natural, más
perfecta y mejor que otras, entre las religiones del mundo. Pelagio
dice explícitamente que Cristo ha venido para hacer mejor al
hombre. (7)
Todo esto cuestiona la doctrina de
la Iglesia sobre el pecado original, el bautismo de los niños,
el sentido mismo de la Redención del hombre.
A la pregunta: ¿es posible
al hombre vivir sin pecado y observar todos los mandamientos divinos?
Pelagio respondía: “No solamente este ideal es realizable
… sino que es obligatorio’’.
En sentido inverso, la teología
antipelagiana de San Agustín proclama por una parte la posibilidad
absoluta, ‘‘metafísica’’ de observar
los mandamientos divinos y, por otra, la imposibilidad ‘‘histórica’’
de hacerlo. Problema delicado es mantener el justo medio entre los
extremos: unos cederán al optimismo pelagiano borrando todo
lo que dice San Pablo sobre la universalidad del pecado en el mundo
(Rm 1, 3), otros caerán en el pesimismo radical y declararán
a la naturaleza humana totalmente corrompida e irresistiblemente inclinada
al pecado. La Iglesia, a través de los tiempos, nos ayuda a
mantener, en su justa proporción, el papel de la naturaleza
y de la gracia, pero debe según proceda acentuar su complementariedad
en función de los unilateralismos.
En el momento actual, el viento sopla
hasta tal punto en el sentido del pelagianismo, que existe la obligación
de subrayar el papel de la gracia redentora.
Capítulo VII
Problemas doctrinales subyacentes
en relación con el hombre
1. ¿De qué naturaleza
humana se trata?
La escuela naturalista responde que
la naturaleza fundamental del ser humano, cuando funciona libremente,
es constructiva, válida y digna de confianza. Podemos fiarnos,
aseguran, de sus reacciones: serán positivas, dinámicas,
por el solo hecho de que el hombre llega a ser profundamente él
mismo.
Rogers, que es el maestro de esta
corriente de pensamiento –incluso si hay algunas variantes entre
sus discípulos– sostiene que el ser humano tiene la capacidad
latente, si no manifiesta, de comprenderse a sí mismo y de
resolver sus problemas con suficiencia, con la suficiencia y eficacia
necesarias para un funcionamiento adecuado.
Se constata entre sus partidarios
una voluntad deliberada y constante de ocultar la dimensión
de egoísmo y agresividad presente tanto en los individuos como
en los grupos que los reúnen.
Sin embargo el recordatorio permanente
de las ‘‘riquezas’’ de cada uno, la invitación
a maravillarse ante uno mismo y ante los demás están
en contradicción tanto con la experiencia cotidiana como con
la antropología contemporánea más asentada.
Estamos lejos del Evangelio de Cristo
que no enseña esta clase de confianza absoluta, ni de optimismo
integral. La Escritura proclama que los Poderes del mal actúan
en la humanidad, que todo hombre es pecador y tiene necesidad de redención.
El hombre aparece en ella con su grandeza, pero también con
su debilidad, su herida original, herida que se nota en toda su persona
y afecta, de alguna manera, a todas sus acciones. Los protestantes
hablan de ‘‘corrupción’’; los católicos
dicen ‘‘herida’’; ningún cristiano
encomiará el optimismo integral que está en la base
del nuevo evangelio, desconocido en la tradición eclesial.
Rogers, por otra parte, era muy consciente
del carácter revolucionario y anticristiano de sus ‘‘descubrimientos’’.
Escribió estas líneas inequívocas:
‘‘Uno de los conceptos
más revolucionarios que haya salido de nuestra experiencia
clínica es el reconocimiento creciente de que el centro, la
base más profunda de la naturaleza humana, las capas más
internas de su personalidad, el fondo de su naturaleza ‘animal’,
todo ello naturalmente positivo, está fundamentalmente socializado,
dirigido hacia el porvenir, racional y realista.
Este punto de vista es tan extraño
a nuestra civilización actual que no espero que sea aceptado,
y es de hecho tan revolucionario en sus implicaciones que no debería
ser aceptado sin una profunda investigación. Pero, incluso
si pasa la prueba, será difícil de admitir.’’
(8)
2. ¿Qué significa ser
plenamente uno mismo?
La plenitud a la que todo ser humano
aspira consiste, se dice, en ser uno mismo plenamente: tierno, servicial,
cooperativo, pero también, eventualmente, perezoso, sensual,
hostil. Del libre juego de estas tendencias resultará la armonía
total del ser: el proceso sólo puede ser positivo, constructivo,
realista, digno de confianza. Vivir, se nos dice, es progresar. El
crecimiento del individuo se hace de una manera naturalmente armoniosa.
La vida, fuerza positiva, está dotada de un poder de contagio
más poderoso que el mal. Sería, pues, nocivo querer
encuadrarla o fundirla en reglas rígidas.
En la base de esta ‘‘lectura’’
del ser humano, hay un cierto vitalismo, marcado sin duda por el evolucionismo
del siglo XIX para el cual todo está animado por una ‘‘vida’’,
movimiento ascendente, inexorablemente productor de plenitud y de
triunfo armonioso.
Esta perspectiva confía como
única misión a la libertad –y a la ‘‘formación’’
que comporta– el ‘‘dejar ser’’ a las
fuerzas vitales en expansión continua. Provoca una visión
predominantemente pasiva y quietista de la construcción del
hombre, de la sociedad y de la Iglesia. El peligro es grande, en este
contexto, de que ciertas personalidades autoritarias aprovechen tal
docilidad.
Lo ‘‘nuevo’’
se supone benéfico. Ni la estabilización ni, todavía
menos, ciertas regresiones parecen tener existencia en el universo
humanista, sino sólo como accidentes insignificantes. El mal
y su problema son, si no completamente ignorados, al menos fuertemente
relativizados. La muerte, el sufrimiento y la culpa están casi
ausentes en semejante planteamiento.
No se comprende cómo semejante
teoría puede ayudar a los grupos y a los individuos a construirse
de modo duradero y a afrontar eficazmente la existencia cotidiana.
Esta filosofía, en todo caso,
no es la que los cristianos encontrarán al leer los Escritos
inspirados. En ellos la existencia cristiana no se presenta como una
realidad cuya armonía total reserva un sitio apropiado a la
disponibilidad y a la cooperación, así como, eventualmente,
a la pereza, a la sensualidad y a la hostilidad.
Nos podemos incluso preguntar si
la norma de autorregulación y plenitud del Yo es la única
soberana en psicología.
En un compendio de Psicología
religiosa genética, el profesor A. Vergote, escribe a propósito
del adulto:
‘‘Dos elementos concurren
a caracterizar esencialmente al adulto: la libertad creadora y el
reconocimiento de lo real y de los demás. Es decir que el adulto
es precisamente el hombre que llega a liberarse en cierta medida de
sus determinismos psicológicos, a superar su universo interior,
hecho de impulsos y de requerimientos afectivos. El adulto, puede
decirse, ha franqueado la barrera del psicologismo… La religión
adulta consuma la ruptura entre Dios y los movimientos psíquicos
del hombre. Ha superado la religiosidad psicológica.’’
(9)
3. ¿Qué autonomía?
Tomando distancias con relación
a todos los condicionamientos que han tenido o siguen teniendo un
papel en su vida, se pretende que cada persona llegue a conducirla
de manera autónoma bajo su propia responsabilidad. Es preciso
que, progresivamente, vaya adquiriendo confianza en sus intuiciones
y, por tanto, ‘‘en sí misma’’. Estas
personas descubrirán, según afirman, que ‘‘hacer
lo que ellas sienten como bueno’’ aparece finalmente como
una guía de conducta válida y digna de confianza para
alcanzar un comportamiento verdaderamente satisfactorio. Y ello en
oposición a los que se apoyan sobre principios directores,
sobre un código establecido por un grupo o una institución,
o sobre el criterio de los demás.
Estas afirmaciones, muy normativas
a su manera, ¿respetan las reglas de un simple análisis
psicológico.
Para el cristiano, Cristo ha instituido
un modo de vida que tiene sus principios de dirección y de
conducta resumidos en la moral evangélica. La comunidad de
fieles cuenta también con ministerios de dirección,
al servicio de las diversas formas de ideal cristiano fundado en el
Evangelio. La autonomía –que es de hecho requerida en
un adulto– debe permanecer ‘‘abierta’’
a lo que viene de Cristo a través de la Iglesia, mientras que
aquí se encierra sobre sus propias ‘‘intuiciones’’
y, en consecuencia, sobre ‘‘ella misma’’.
4. ¿Qué plenitud
de vida?
El proceso hacia la vida plena implica,
se dice, el ensanchamiento y el desarrollo de todas las posibilidades
del ser. Implica el valor de existir y de arrojarnos de lleno a la
corriente de la vida. Esta vida plena no es una vida estática,
fijada, rígida. No inquieta el hecho de que se cambie de un
día para otro, de que cambien también los sentimientos
y de que no tengamos siempre una conducta consecuente. Se trata por
tanto de una verdadera aventura hacia lo desconocido.
La fe cristiana tiene otro registro.
Cuando los Escritos inspirados hablan de una plenitud de vida, se
trata de la vida en comunión con el Padre, el Verbo y el Espíritu.
Esta plenitud de vida es un don de vida que madura en toda persona
transformada en “deiforme” por la gracia. Es una aventura
en Dios, siguiendo su designio eterno, que consiste en llevarnos a
esa plenitud definitiva, gloriosa y eterna de la vida de los elegidos.
Aquí se encuentra el verdadero misterio de los cristianos.
Capítulo VIII
El crecimiento del hombre cristiano
I. El problema
La vocación del hombre es
a la vez, para nosotros, vocación cristiana del hombre y vocación
humana del cristiano. A partir de esta visión central es como
debemos analizar el crecimiento del hombre cristiano y respetar los
imperativos que ello comporta.
1. La exigencia de perderse
Un obispo escocés amigo, en
el curso de un retiro para jóvenes, hacía esta síntesis
de nuestros deberes hacia nuestro Yo con estas palabras: ‘‘conócete
a ti mismo, ámate a ti mismo, olvídate de ti mismo”.
Este es en efecto el triple imperativo que se ajusta simultáneamente
a todos los aspectos que deben respetarse.
Necesitamos conocernos a nosotros
mismos: este era ya el consejo de Sócrates a sus discípulos;
el conocimiento de sí, bien entendido, es una forma legítima
del amor por uno mismo. El Señor dio a sus discípulos
el mandamiento de amar al prójimo como “a sí mismo”.
Ello quiere decir que existe un amor hacia nosotros mismos legítimo
y necesario que debemos respetar y desarrollar.
Pero este amor a nosotros mismos
no supone el repliegue sobre sí: al contrario, requiere hacer
valer los dones recibidos y fructificar los talentos. Hay una falsa
humildad que constituye una mentira, y una afirmación de sí
que puede ser verdad, valor y servicio.
El deber de amarse implica el de
cultivarse, el de desplegar las propias riquezas interiores. Es conocida
la frase de Louis Lavelle: ‘‘el mayor don que se puede
hacer a los demás no es comunicarles nuestra riqueza, sino
revelarles la suya’’. Paradójicamente es dándose
como uno se encuentra y se abre a las posibilidades crecientes del
don de sí.
Pero el Señor ha pronunciado
también otras palabras, aparentemente contradictorias, poniendo
en el corazón del amor de sí la exigencia misma de perderse.
‘‘El que quiera guardar
su vida, la perderá; el que pierda su vida por mi causa, la
guardará’’ (Mt 10, 39).
San Pablo se hará eco de ellas
invitando a los cristianos de Roma a ‘‘sepultarse’’.
Escribirá: ‘‘Por el bautismo en la muerte de Cristo,
hemos sido sepultados con Él para que llevemos una vida nueva…’’
(Rm 6, 3-5).
Estas expresiones son fuertes: el
cristianismo se vive a partir de este radicalismo que nos ‘‘descentra’’
de nosotros mismos, descarta un Yo que se repliega sobre sí
mismo, deja un vacío para que, en este hueco, Otro distinto
pueda entrar e injertar Su Vida en nosotros. Esta renuncia a uno mismo
no contradice en nada al amor de sí, al despliegue de sus potencialidades;
le da otra finalidad, infinitamente más alta y más amplia.
Es una abertura al infinito a partir de una muerte para sí
mismo. Hay que tener simultáneamente ante los ojos y el corazón
esta doble exigencia: la desaparición del Yo, el estallido
del yo-mónada del que hablaba Leibniz, y la acogida al Otro,
es decir, al Espíritu de Jesús que quiere ‘‘espiritualizarnos’’
en profundidad.
En última instancia encontramos,
tras este rodeo, el grito triunfal de San Pablo: ‘‘No
soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí’’.
Tal es la paradoja cristiana que hay que vivir: el olvido de sí
está en el corazón de la vida y de la caridad, así
como de la auténtica plenitud del verdadero yo. ‘‘Una
vida es grande, se dice, cuando su pensamiento dominante ha sido para
los otros’’. Resulta preciso recordarlo si se quiere trazar
correctamente el camino de todo crecimiento humano y, a fortiori,
cristiano.
Me viene a la memoria el recuerdo
de una lectura. Se trataba de un joven estudiante americano que había
colocado encima de su mesa de estudio una piedra que llevaba esta
inscripción: ‘‘You are third’’ (eres
el tercero). Presionado por sus compañeros para que desvelase
el sentido de estas palabras, terminó por confesar que se trataba
de un regalo de su madre; le había pedido que no se separara
jamás de él para que no olvidase nunca que en la vida
existían: primero Dios, a continuación los demás
y, finalmente, el Yo, en tercer lugar.
Con este triple imperativo ante los
ojos podemos avanzar nosotros también con toda seguridad en
la exploración de nosotros mismos: el camino está despejado
y señalizado.
2. La exigencia de apertura
Subrayar la inmanencia de Dios en
el hombre y elaborar una apologética del umbral, a partir de
lo que vive en el hombre, es, ya lo hemos dicho, una vía legítima
de acceso a Dios. El método puede reivindicarse desde una celebre
frase de San Agustín: ‘‘Nos hiciste para Ti, Señor,
y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse
en Ti. ’’
Encuentro dentro de mí aspiraciones
‘‘naturales’’ a la felicidad, a vivir y a
amar siempre, más allá del tiempo y del espacio. Y es
normal que a partir de ahí se ponga en práctica una
pedagogía para conducir el hombre a Dios, respuesta final y
plena a sus aspiraciones. Esta pedagogía está en armonía
con una antropología cristiana.
Sabemos que toda la obra filosófica
de Blondel estaba animada por esta búsqueda de Dios en el corazón
del hombre y en su actuar. Y antes que él, en el campo pastoral,
el cardenal Deschamps, arzobispo de Malinas y contemporáneo
del concilio Vaticano I, había elaborado una línea similar
que Blondel cita como precedente. Esta manera de actuar tiene su sitio
para despertar la necesidad de infinito y de absoluto a partir de
las aspiraciones del hombre y para orientarlo hacia Dios. Pero una
introducción no puede cerrarse en sí misma, ni siquiera
provisionalmente.
Se sitúa en el umbral y prepara
la fe. La fe misma viene por otra parte. Nace de una Palabra recibida
y transmitida de parte de Dios. Esa Palabra nos interpela a cada uno.
Es esa llamada que pide respuesta, acción de Dios que pide
adhesión a esta Palabra. Es ella la que nos juzga y no mi subjetividad:
mi experiencia, mis sentimientos, mis preferencias. Dios nos ha abierto
su corazón en su Palabra, y nuestra vida cristiana está
hecha de correspondencia a este Amor, a esta alianza ofrecida gratuitamente.
3. La exigencia de la integración
naturaleza-gracia
El yo del cristiano no está
compuesto de dos capas superpuestas: por una parte la naturaleza y
por otra la gracia.
Históricamente no existe un
orden puramente natural en que el hombre no haya sido llamado a una
vida ‘‘supra-humana’’, a la comunión
con un Dios-Trinidad.
La hipótesis de un orden que
hubiera sido puramente natural –orden de la creación–
puede imaginarse como posible, pero no se ha verificado de hecho.
Desde el origen el hombre ha sido constituido en el orden sobrenatural;
es desde esta perspectiva como hay que armonizar lo que depende de
la naturaleza humana como tal y lo que depende de nuestra elevación
sobrenatural, de nuestra vocación plenaria.
Hablando del hombre, elevado al orden
sobrenatural, Karl Rahner escribió:
‘‘La promoción
del hombre a lo sobrenatural es el cumplimiento absoluto –aunque
gratuito– de un ser que no puede ser ‘definido’,
es decir ‘delimitado’ a la manera de los seres no humanos,
porque es espíritu y trascendencia hacia el ser absoluto.’’
(10)
Se trata de respetar, en el hombre
real, el todo del hombre. Se trata del hombre nuevo en Jesucristo
y de una vida sobrenatural inherente a su vida humana, aunque trascendiéndola.
Lo sobrenatural es este elemento divino, inaccesible al esfuerzo del
hombre, pero que se une al hombre, lo eleva y se funde con él
para divinizarle, llegando a constituir como un atributo del ‘‘hombre
nuevo’’, atributo siempre ‘‘innaturalizable’’
pero profundamente presente en él.
De esta relación de reciprocidad
en la unidad, no podemos hacer abstracción en la realidad de
la vida.
II. Escollos que deben evitarse
Si se quiere vivir plenamente la
integración necesaria de los procesos natural y sobrenatural
en el transcurso de nuestro crecimiento, hay que respetar ciertas
exigencias, evitar ciertos escollos.
1º escollo: el neutralismo
Es conocido el título de un
libro de J. Maritain: Distinguir para unir. Lo que vale en filosofía
sigue siendo verdad en el terreno pedagógico: hay que distinguir
los planos y a la vez procurar unirlos continuamente en el hombre
concreto que es uno.
Desde el comienzo, para determinar
el proceso a seguir, debo saber quien es ese Yo que voy a analizar.
Si se trata de un bautizado, no puedo poner entre paréntesis
su ser cristiano. No se puede poner en marcha, para el cristiano,
un método ‘acomodaticio’, válido para creyentes
y no creyentes. El neutralismo no es aceptable, lo mismo que la escuela
neutra no resulta conveniente normalmente para la educación
de niños cristianos.
En pedagogía tampoco se hace
abstracción impunemente de la metafísica y de la teología.
Ya Proudhon decía que en el fondo de todo problema político
se encuentra un problema teológico.
Esto vale también para la
psicología, que no puede transformarse subrepticiamente en
psicologismo y mucho menos en religión. El peligro no es en
modo alguno imaginario. Un profesor de psicología de la universidad
de Nueva York, Paul C. Vitz, ha escrito un libro lúcido sobre
este tema, titulado: Psychology as Religion, teniendo como subtítulo:
The Cult of self Worship. Sólo podemos alegrarnos de que semejante
crítica emane del propio medio profesional.
Para el cristiano, lo humano sin
Jesucristo no es humano según Dios. No basta decir: hacemos
abstracción de esa dimensión, analizamos con nuestros
propios instrumentos. Para un cristiano, este análisis estaría
falseado ya de partida por quedar mutilado, esto es, cortada su referencia
vital con el único mediador entre Dios y los hombres. Él
nos ha dicho: ‘‘Yo soy el Camino, La Verdad y la Vida.’’
Esta Palabra sigue siendo verdadera también para el que quiere
encontrar el camino para conocerse (a la luz de Dios), para conocer
la verdad profunda sobre sí (bajo la mirada de Dios que es
el único que conoce y escruta las profundidades del hombre),
para descubrir la verdadera vida que no se revela al término
de mi introspección sino que emana de la fidelidad a las exigencias
de vida y de muerte a mí mismo que nos enseña el Evangelio.
Esta fidelidad no podría más que ser traicionada si
seguimos como guía los simples sentimientos o aspiraciones
del Yo, con todo lo que eso comporta de subjetivo, fluctuante y efímero.
2º escollo: el humanismo
‘‘prioritario’’
El humanismo ateo no es, evidentemente,
compatible con la fe cristiana, pero es una forma más sutil
de humanismo que debe ser analizado por los cristianos, para no sucumbir
a él. Yo lo llamaría de buen grado Humanismo prioritario,
entendiendo por tal una opción que podría enunciarse
con esta fórmula; primero hay que humanizar, después
evangelizar o cristianizar. El “primero” y el “después”
constituyen el núcleo del problema. ¿Dónde hay
que poner el acento? ¿Soy primero hombre –(‘‘hombre,
sé humano, es tu primer deber’’, J. J. Rousseau)–
y después cristiano? ¿O soy prioritariamente cristiano
por mi bautismo y –en tanto que cristiano– conducido a
ser plenamente hombre, como fruto mismo de mi cristianismo?
¿Qué es lo primero,
según la lógica cristiana, sobreentendiendo siempre
que los dos aspectos están indisolublemente unidos?
Esta cuestión resurge periódicamente
y es preciso ponerla en claro. Antaño dio lugar a la controversia
entre Montuclard y el movimiento de ‘‘Juventud de la Iglesia’’;
también subyace en la teología de la liberación.
Reclama, por tanto, un examen atento para no sacrificar ningún
valor, sino para reconocer el orden de prioridad teológica.
Esto no excluye una simultaneidad práctica sino que la esclarece
y ordena en la fe.
Querer ‘‘humanizar primero
y evangelizar después’’, sería recaer en
un género de naturalismo humanista que no hace justicia a todas
las exigencias del cristianismo.
Consagré, hace tiempo, un
capitulo de La Iglesia en estado de Misión a mostrar el anticristianismo
latente en semejante opción, tanto en el plano pastoral como
misionero.
Lo que es verdad en estos planos,
sigue siendo válido en el plano personal: no hay sitio para
un ‘‘humano primero, después cristiano’’.
Esto sería en último término desconocer el carácter
mismo del Cristo encarnado, plenamente hombre y plenamente Dios. Esto
sería olvidar que nadie ha sido más humano que Jesucristo
y que el humanismo integral brota de Él como la flor de su
raíz. El deber de humanizar y el de evangelizar se imponen
simultáneamente, pero – y esto es importante –
hay que subrayar que la simultaneidad es compatible con un ritmo diferente
de realización.
‘‘Se trata, escribía
yo, de captar bien los dos ritmos diferentes que marcan la acción
religiosa, según que se mire en sí misma o en sus repercusiones
temporales, en su encarnación’’.
‘‘El olvido de esta distinción
es causa, según parece, del conflicto entre las distintas tendencias.
Al ‘‘primero social’’ no se puede oponer el
‘‘religioso primero’’, como si se tratara
de situarlos al mismo nivel y clasificarlos por orden de anterioridad
en el tiempo. Es necesario señalar claramente el carácter
inmediato o rápido de la cristianización de los hombres,
en contraste con la lentitud de la humanización. Eso no depende
de la voluntad de los hombres, sino de la naturaleza de las cosas.
Un niño es bautizado: de repente la gracia lo invade; si muere
la noche de su bautismo, queda determinado para la eternidad en su
dimensión de hombre religioso, ha entrado desde ese mismo momento
en la plenitud de Cristo. Tal es la acción de la gracia que
traduce el amor impaciente de Dios. Pero para crecer, instruirse,
llegar a ser hombre, le harán falta a este niño años,
según el comportamiento normal de los factores humanos.
‘‘Un hombre comulga:
una simple Hostia, recibida con fe, ha bastado para producir el efecto
sacramental inmediato. Al contrario, para nutrirse en el plano humano,
se requiere una lenta asimilación de alimentos. Un pecador
se convierte: el descubrimiento de Dios o su conversión puede
haberse producido como un relámpago. ‘‘De repente,
somos alguien’’, exclamaba Claudel. El arrepentimiento
trasforma, del pecado a la gracia, con un solo movimiento del corazón,
pero la reparación del mal cometido o la lucha contra las costumbres
arraigadas podrá durar toda una vida.
‘‘Estos ejemplos hacen
comprender que, cuando Cristo se adueña de un hombre, la impronta
sobrenatural será instantánea, pero la influencia de
esta impronta sobre todo su ser y sobre el medio donde se inserta
necesitará una lenta progresión en lucha con la acción
combinada de los factores naturales tanto personales como sociales.
‘‘Nuestro Señor
mismo ha comparado el Reino de los cielos a la levadura que se mezcla
con tres medidas de harina y fermenta la masa. Una vez que se ha captado
esta lentitud, debida no a Dios, sino a las causas segundas ordinarias,
se puede acentuar sin temor el necesario vínculo entre la evangelización
y la humanización del mundo. El desfase en la manifestación
de los efectos, que ésta produce sobre aquélla, no desconcierta
y se percibe mejor su armonía profunda.’’ (11)
Este doble ritmo, que debe respetarse
simultáneamente, ayudará a evitar todo humanismo prioritario
y a hacer justicia a las exigencias bautismales del cristiano en busca
de formación.
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SIGUIENTE....
NOTAS:
(1) Pascal, Pensamientos sobre la verdad
de la religión cristiana, Gabalda II, 476, nº 548
(2) Una doctrina socialista de la educación,
pp. 122-124
(3) Revista Vida Consagrada, 1978, 4,
pp. 224-225
(4) Cardenal de Lubac, Pequeña
catequesis sobre naturaleza y gracia, Ed. Fayard, col. ‘Comunion’,
París, 1980, pp. 92 y 120.
(5) Ed. Cerf, Paris, 1978
(6) ¿Un nuevo Pentecostés?,
Ed. Desclée de Brouwer, París, 1974, pp. 140-141.
(7) Carta a Dimitrio, C, III, 4 xxx,
18.
(8) Carl Rogers, El desarrollo de la
persona, Ed. Dunod, París, pp. 74-75.
(9) A. Vergote, Psicología religiosa,
Ed. Dessart, Bruselas, 4 ed., pp. 319-320.
(10) Karl Rahner s.j., Cuestiones teológicas
actuales, Ed. Desclée deBrouwer, París, 1965, Tomo II,
p. 36.
(11) La Iglesia en estado de Misión,
prefacio del cardinal Montini, Ed. Desclée de Brower, Paris,
4ª ed., 1958, cap. II, pp. 32-58