DOCUMENTO DE MALINAS - 5
NATURALEZA
Y GRACIA, UNA UNIDAD VITAL (1985)
CULTO DEL YO Y FE CRISTIANA
CARDENAL SUENENS
Prefacio
Este documento de Malinas, nº
5, está consagrado al estudio de las relaciones, concretas,
entre naturaleza y gracia, en orden a armonizarlas o con mayor precisión,
en orden a evitar una valoración excesiva del papel de la naturaleza
en detrimento de la gracia en una formación cristiana adecuada.
El acento está puesto, en
particular, en el peligro del naturalismo que no es, en general, el
que acecha a la Renovación, aunque espero poder ayudar a evitarlo
y a enderezar, aquí o allí, algunos métodos pedagógicos
en los que la naturaleza y la gracia no se encuentran armonizados.
Por otra parte, el naturalismo impregna
hasta tal punto la atmósfera de nuestro tiempo que me ha parecido
útil formular un breve análisis para uso del cristiano
que se quiere a la vez plenamente hombre y discípulo de Jesucristo.
Hay cosas que se sobreentienden…
pero que diciéndolas se entienden aún mejor. Hay silencios
que por omisión originan desequilibrios. “Abstraer no
significa mentir” se dice a veces para intentar justificar una
opción unilateral. Sea como sea en teoría, no tenemos
el derecho de practicar la abstracción y de dejar a media luz,
incluso provisionalmente, verdades complementarias de carácter
vital. De la misma manera que el médico que sana el cuerpo,
no puede minusvalorar los elementos psíquicos que, muy a menudo,
intervienen en los trastornos somáticos.
Cuando se trata de la formación
o del análisis del hombre cristiano, no podemos ignorar que
el hombre, tan rico en dones naturales, es también un ser frágil,
herido, y que la aportación de la gracia forma parte integrante
de su sanación y de su crecimiento.
Que Nuestra Señora de la Encarnación
y de Pentecostés nos ayude a vivir y a hacer fructificar, en
simbiosis, la riqueza que hay en el corazón del hombre y, aún
más, toda la riqueza renovadora del Espíritu Santo que
hay para él en el corazón de Dios.
L. J., Cardenal SUENENS
2 de febrero de 1985
Capítulo I
Entre dos escollos
1. La paradoja de la vida cristiana
Aprecié mucho, hace tiempo,
un libro de Mons. Benson que llevaba por título: Paradojas
del cristianismo. Cada capítulo se abría con dos textos
de la Escritura, aparentemente contradictorios; así, por ejemplo,
el dicho del Señor: “No he venido a traer la paz sino
la guerra”, y este otro, “Os daré una paz que ningún
hombre os podrá arrebatar.” Esta confrontación
de textos obligaba a tomar conciencia de la coexistencia de realidades
simultáneamente verdaderas, de la “coincidencia de los
opuestos”, utilizando un lenguaje filosófico.
Sucede lo mismo con un doble respeto
que se nos impone: el de las exigencias de la naturaleza humana y
el de las exigencias de la gracia. ¿Cómo armonizar la
personalidad del hombre y su riqueza –el hombre vivo que San
Ireneo llamaba “la gloria de Dios”- con este otro hombre
que hay en mí, que soy yo también, y que debe liberarse
de su debilidad, renunciar a sí mismo para crecer mejor; en
resumen ser y no ser simultáneamente?
2. La Iglesia entre Caribdis
y Scylla
La Iglesia debe navegar incesantemente
entre Caribdis y Scylla; entre el doble escollo del “sobrenaturalismo”
y del naturalismo, es decir, entre la tendencia que deforma lo sobrenatural
por exceso, y la que deforma el lugar de lo humano primando su papel
y su autosuficiencia. Equilibrar gracia y naturaleza constituye el
combate de cada día tanto en la historia de la Iglesia como
en el corazón del cristiano.
Para identificar el justo medio,
es necesario distanciarse del “sobrenaturalismo”: a ello
apuntaban los Documentos anteriores de Malinas, en los que existe
un esfuerzo por decir a la Renovación: no exageréis
los exorcismos, las profecías, los “descansos en el Espíritu”,
los rechazos simplistas de las ciencias humanas. Pero resulta necesario
también distanciarse del “naturalismo”: éste
parte de un hombre supuestamente intacto, no herido, no pecador, y
del que habría que seguir sus imperativos subjetivos como regla
de vida y de realización. En el límite ese hombre es
un ser autónomo en el que el Yo dicta la acción. Constituye
su propia ley, con todo lo que su existencia real comporta de vicisitudes,
de dudas y de puestas en cuestión.
3. El contraste entre generaciones
Cada generación de cristianos
se ha tropezado con el mismo problema. Cada generación se ha
encontrado frente al deber de armonizar naturaleza y gracia. Y cada
generación está marcada por la tentación de primar
la gracia a expensas de la naturaleza o a la inversa.
Mi generación ha quedado marcada,
en el campo de la moral y de la espiritualidad, por un cierto “sobrenaturalismo”
que no hacía justicia a todas las legítimas exigencias
de la naturaleza, por un desconocimiento de la psicología humana
en los planos de la conciencia y del inconsciente. Algunos sectores
de la moral eran particularmente deficientes en este aspecto, derivando
de ello estrecheces, rigideces, tabúes y pecados indebidamente
catalogados como mortales. Mi primera intervención en el Concilio
Vaticano II consistió, entre otros, en un alegato en favor
de una revisión en este campo.
Hemos sufrido también el exceso
del individualismo en nuestras relaciones humanas y cristianas. La
atmósfera individualista no favorecía, incluso entre
cristianos viviendo en comunidad, la apertura recíproca, el
compartir, el intercambio de sentimientos profundos. Se daba una especie
de discreción, de reserva, de repliegue. El yo profundo era
el terreno reservado a Dios en la oración y eventualmente al
confesor o al director espiritual. Por ello se producían bloqueos
psicológicos y, de resultas, los dramas cuando tal o cual método
revelaba bruscamente carencias psicológicas no declaradas.
Todo esto necesitaría matices
y precisiones: se trata aquí simplemente de indicar la tendencia
de ayer para conocer mejor la situación de hoy.
Necesariamente, si se subraya un
aspecto, se deja en la sombra lo que no se pone de relieve con vistas
al objetivo fijado. Publiqué, hace tiempo, un breve estudio
llamado: el papel de lo humano en la progresión sobrenatural.
Trataba de decir que la gracia, como una simiente, tiene necesidad
para crecer normalmente de caer en una buena tierra de acogida –tierra
desembarazada de malas hierbas y de cascajos. Y todo ello bajo pena
de caer en el sobrenaturalismo, es decir en lo sobrenatural trucado.
En aquel momento me pareció que era necesario acentuar este
aspecto.
4. La reacción naturalista
La historia del ayer ayuda a comprender,
si no a justificar, el exceso actual en sentido contrario. A fuerza
de haber reaccionado, se acaba por desconocer el indispensable peso
de lo complementario. “Amo las verdades que coexisten”,
dice un personaje de Claudel. Encontramos siempre dificultades para
mantener en equilibrio afirmaciones complementarias que no se oponen
entre ellas.
Recuerdo, cuando enseñaba pedagogía
en el seminario y formulaba la pregunta: “¿Qué
es lo que hace falta saber sobre todo para enseñar mejor el
latín a John?”, que el auditorio reaccionaba complacido
con la respuesta: “Hace falta sobre todo conocer a John.”
A fuerza de repetirlo y de poner a John en un primer plano, es necesario
decir hoy y repetir que hace falta también saber latín.
5. En busca del equilibrio
Sucede lo mismo cuando se trata de
respetar a la vez las exigencias de la naturaleza y de la gracia.
Importaba, en mi opinión,
reaccionar contra el “sobrenaturalismo” para salvar lo
sobrenatural; pero ahora, hay que reaccionar contra el naturalismo
para salvaguardar lo sobrenatural.
El acento se pone aquí intencionadamente
sobre este peligro del naturalismo que impregna la atmósfera
de nuestro tiempo: he creído útil subrayar sus rasgos
para utilidad de todo cristiano que se quiere a sí mismo a
la vez plenamente hombre y discípulo de Jesucristo. Tal es
la inspiración fundamental de estas páginas.
Lo que debe fijar aquí la
atención no es la afirmación de un autor determinado
sino la tendencia que subyace en ciertos métodos de introspección
y de análisis. Tanto mejor si, en un supuesto concreto, el
autor o el promotor no se reconocen en una doctrina inaceptable, o
si ha evolucionado en este aspecto. Pienso en la famosa controversia
que, en el siglo XVII, opuso a los Jansenistas y sus críticos.
Estos denunciaban las cinco proposiciones jansenistas extraídas
del Augustinus, obra del célebre obispo de Ypres, Jansenio.
Los defensores del libro atacado
se mostraban de acuerdo para rechazar las proposiciones en sí
mismas pero, por el contrario, negaban con energía la presencia
de aquéllas en el Augustinus. Este recuerdo histórico
invita a no comprometerse en la interpretación de los autores
sino a reaccionar contra las implicaciones doctrinales en cuanto tales,
allí en que resultan incompatibles con la fe cristiana.
Un mejor conocimiento de la psicología humana puede ser un
instrumento no desdeñable de gracias. Pero los métodos
por sí mismos tienen necesidad de relatividad, de complementariedad,
de discreción y de discernimiento. Intentaré abordar
todo ello simultáneamente en estas páginas, poniendo
el acento en las exigencias propias de la fe.
Capítulo II
El culto idolátrico
del Yo
y la fe cristiana
Vivimos en un extraño mundo
en el que el culto a Dios ha cedido su sitio al culto del Yo. Esta
nueva idolatría se ha introducido hasta tal punto en nuestras
costumbres que se da por consabida por innumerables contemporáneos.
1. El Yo, absoluto que sustituye
al Absoluto
El Yo se ha convertido en el centro
de referencia de la conducta moral. El filósofo griego Protágoras
afirmaba ya que “el hombre es la medida de todas las cosas”.
Este es un criterio de vida que resulta hoy indiscutido. Todo se juzga
y se evalúa a partir del Yo, en función de un egocentrismo
soberano. Subrayemos de pasada que “egocentrismo” no se
identifica con “egoísmo” que implica un juicio
moral, pero el término –y la realidad subyacente- se
encuentran próximos. En inglés se ha forjado el término
“selfism” para distinguirlo de “selfishness”:
la ventaja de este vocabulario es que permite permanecer, al menos
de manera provisional, en el plano de lo fenomenológico.
Se trata, en efecto, de un fenómeno
nuevo. El hombre, rota su referencia vital con Dios, ha tenido que
buscar otra referencia para motivar y justificar su manera de actuar.
El egocentrismo le proporciona una religión de reemplazo, un
absoluto de recambio.
No es por causalidad que los antecesores
del culto del Yo se encuentran en la base del ateísmo moderno.
El padre de éste, Feuerbach, ha proclamado sin ambages que
“el hombre es el dios del hombre” (homo homini deus).
Esta intuición le pareció que constituía un giro
decisivo en la historia del mundo. Encontramos, en diversos grados,
el rastro del ateístmo de Feuerbach en Marx (que le toma prestada
la célebre frase sobre la “religión, opio del
pueblo”), en Nietzsche, Huxley, Rogers, Maslow, por no citar
más que algunos nombres. Son los profetas de los nuevos tiempos
que debían traer la felicidad a los hombres, liberados para
siempre de toda alienación religiosa. En verdad estamos en
las antípodas de estas esperanzas y previsiones en lo que concierne
a los paraísos terrestres y a los mesianismos temporales. Parece
inútil insistir: ¡basta leer el periódico de la
mañana o ver la televisión por la noche!
Veamos más de cerca las consecuencias
de esta “muerte de Dios” que nos encamina hacia la muerte
del hombre.
2. El Yo, referencia suprema
para definir el bien y el mal
Se impone considerar una cuestión
previa: ¿el Yo constituye verdaderamente un absoluto, un dato
primero? ¿o es, él mismo, algo condicionado y relativo?
Estos interrogantes surgen inevitablemente
cuando el Yo se hace criterio supremo de valor y de conducta. El Yo,
en efecto, se plantea a sí mismo un problema: ¿si mi
Yo es mi regla suprema de conducta, por qué debo respetar la
vida que me es dada sin mi conformidad? ¿Por qué debo
seguir aceptando mi vida si me llega a ser intolerable? ¿Por
qué no puedo disponer a mi voluntad de ella y determinar su
fin según me convenga? Sabemos que para Camus el problema del
suicidio constituía el problema clave de la filosofía.
¿Por qué, en efecto, continuar viviendo sin una razón
válida para vivir?
¿Y además quién
dará al Yo su certificado de autenticidad? Comprobamos, por
la biografía incluso de los promotores de esta religión
de sustitución, a qué variantes puede la actualización
del Yo conducir a sus fieles. El Yo de Martin Heidegger, el más
conocido de los existencialistas, le condujo en un momento a adherirse
al nazismo; el Yo de Karl Jaspers le condujo al liberalismo. Nos aventuramos
así en unas arenas movedizas, nuestro Yo absoluto se manifiesta
eminentemente relativo.
Según la lógica del
sistema se calificará de “bien” o “mal”
lo que favorezca o amenace la espontaneidad del Yo, la sinceridad
del Yo, la autenticidad del Yo.
¿Pero cuál es el valor
moral de estos términos ambiguos? El profesor Rezsohazy, de
la Universidad de Lovaina, escribía recientemente estas pertinentes
líneas:
“Para las jóvenes generaciones,
el criterio primero del acto moral es la autenticidad, lo que significa
que el hombre se compromete personalmente con sus opciones, de acuerdo
sinceramente con lo que cree que debe hacer, y ello con independencia
de cualquier principio abstracto…
Las expresiones morales más
frecuentes son palabras como “autenticidad”, “espontaneidad”,
“personalidad”, “identidad” o “autonomía”.
Ahora bien vemos que se puede asesinar a alguien “espontáneamente”,
o ser infiel al cónyuge “auténticamente”.
Estos términos constituyen
criterios para juzgar como se plantea el acto, pero no dicen si el
acto es o no justo.
Esta inclinación del espíritu,
que se interesa más en las condiciones personales de las conductas
que en el valor intrínseco de los hechos y gestos, conduce
a “psicologizar” el problema moral ”.(1)
Lo que crea un problema a nivel individual,
lo crea igualmente a nivel social, por lo menos en nuestras latitudes.
Las reglas autónomas y supremas del juego democrático
están basadas en una adición de los Yo: nuestras leyes
están a merced de las fluctuaciones de estos Yo totalizados
por computadora y dependientes de la mayoría resultante. El
gran Yo colectivo puede decretar y legalizar mañana cualquier
cosa que le convenga.
Nuestros debates parlamentarios de
hoy sobre el derecho al aborto abren el camino a previsibles discusiones
futuras sobre el derecho al suicidio, el derecho a la eutanasia activa
por compasión, el derecho a la impunidad de algunos crímenes
cambiándoles el nombre según la moda del momento. Pues
ya no habrá ninguna razón intrínseca que pueda
frenar nuestra deriva moral colectiva.
3. El Yo y sus ambigüedades
El Yo, promovido a centro de plenitud
y de moralidad del hombre, no es nunca un Yo ‘‘químicamente
puro’’. Debería desligarse de las ambigüedades
que lo rodean para poder desempeñar el papel soberano que se
le asigna. A nivel simplemente humano se plantean muchas preguntas
previas.
Se querría saber qué
factores innatos o sociales modelan inconscientemente ese Yo, antes
de soltarle las bridas y otorgarle las cartas credenciales y de soberanía.
En otras palabras, si la ‘‘autenticidad’’
se determina en función de mi Yo, todo aquello que yo no he
elegido de buen grado, ¿no sería auténtico?,
¿por qué amar a mi padre y a mi madre que no me consultaron
si quería nacer? Recordemos que ¡Job se quejaba de ello!
Además, si el hombre nace
bueno y es la sociedad quien lo deforma, habría que explicar
por qué la sociedad, compuesta de seres igualmente buenos,
llega a desencadenar corrientes sociales malas y guerras fratricidas.
Por otra parte, si se reconoce –y ¿cómo negar
la evidencia?– que el Yo se compone de varias capas, a menudo
en conflicto y en estado de controversia, ¿quién dirá
cuál es el verdadero Yo y en nombre de qué elegir entre
las tendencias rivales? San Pablo hablaba ya del bien que deseaba
hacer y del mal que le atraía: él se reconocía
sin ambages, como hombre desgarrado entre las dos vertientes del Yo.
La ambigüedad del Yo se revela
también a los ojos de la ciencia. Tanto si se trata de la psiquiatría
como de la psicología en sus diversas formas, freudianas o
no, no podemos escapar a la conclusión de que el hombre está
herido, que el Yo también es juguete de las fuerzas oscuras
del inconsciente: aún no se han podido despejar y armonizar
todos los aspectos de su ser y de su comportamiento. Bastaría
con mencionar aquí los aspectos inherentes y ‘‘naturales’’
al hombre desde el principio, y que testimonian comportamientos agresivos,
egoístas, posesivos, etc. El niño dejado a sí
mismo y sin guía no es el ser espontáneamente bueno,
ideal.
Así pues, el Yo no es un guía
seguro que conduce por sí mismo a la felicidad de los hombres.
La misma naturaleza tiene, por lo demás, actos reflejos de
defensa contra lo que la desnaturaliza y falsea arbitrariamente su
verdadera finalidad. Pienso en el desorden y en la permisividad sexual
que se levantan hoy ante nuestros ojos. Este dejar hacer, este dejar
que las cosas marchen sin rumbo, es en buena parte responsable de
la tristeza de los hombres. Esta abdicación moral, lejos de
realizar al hombre y a la mujer, tiene un regusto de vacío
y de nada. La misma naturaleza se encarga de decirnos dónde
se encuentra su verdadera finalidad que se impone a nosotros. Hay
que releer estas líneas de Bergson:
‘‘Los filósofos,
que han especulado sobre el significado de la vida y sobre el destino
del hombre, no se han dado bastante cuenta de que la misma naturaleza
se ha tomado la molestia de informarnos sobre ello. Nos advierte con
una señal precisa que hemos alcanzado nuestro destino. Esta
señal es la alegría. He dicho la alegría, no
el placer…; el placer no es más que un sucedáneo
imaginado por la naturaleza para obtener del ser vivo la conservación
de la vida: no indica la dirección en que la vida ha sido lanzada…
En todas partes donde hay alegría, hay creación: cuanto
más rica es la creación, más profunda es la alegría.’’
Estas palabras son una clave para
situar la plenitud del Yo en su verdadera profundidad humana.
Capítulo III
El culto hipertrófico
del Yo
1. La psicología humanista
El culto idolátrico del yo
es, con toda evidencia, incompatible con la fe cristiana, pero existe
un culto hipertrófico del Yo más sutil y falaz, incompatible
también con la fe, en razón de su ambigüedad. Este
peligro, inherente a diversos tipos de análisis psicoanalíticos
o psicológicos, puede ser el resultado de varias causas: de
una visión truncada del hombre, de una psicología que
derrapa hacia el psicologismo, del silencio sobre aspectos humanos
esenciales o complementarios o, en fin, del abuso de empleo, por ‘‘sobredosis’’,
de la introspección.
La literatura sobre este tema es
inmensa, las variantes numerosas. Lo que aquí nos interesa
es ante todo los rasgos comunes, las tendencias como tales. En los
países de habla inglesa, C. William Tagason, profesor de Notre
Dame (South Bend) ha hecho un esfuerzo de síntesis, con el
título de Humanistic psycology: a synthesis (2). Este valioso
trabajo científico es esencialmente informativo aunque el autor
intercala en algún momento sus propias observaciones críticas.
No existe, que yo sepa, un equivalente
francés de tipo enciclopédico y es preciso buscar muchas
veces las fuentes en publicaciones desperdigadas, públicas
o privadas.
De manera global hay que reconocer
que el éxito de la psicología humanista y de sus ‘‘filiales’’,
incluso en ambientes cristianos, es debido en gran parte a nuestro
pecado de omisión como cristianos. Tenemos una literatura espiritual
de exquisita riqueza, pero no hemos elaborado suficientemente la pedagogía
correspondiente que armonice naturaleza y gracia en el desarrollo
del hombre. No nos hemos fijado suficientemente en todo lo que ayuda
al hombre a conocerse, a formarse, a abrirse a los demás, a
salir de sí, a compartir sus riquezas. Esta laguna está,
en buena parte, por colmar. Soy consciente de ello, aunque aquí
se ponga el acento sobre las desviaciones y deficiencias de ciertos
métodos en circulación.
Para poner el dedo en la llaga de
lo que llamaremos la hipertrofia del Yo –que constituye el peligro
inherente a estos métodos de análisis– hay que
examinar más de cerca sus fines y sus caminos para alcanzarlos.
2. El primado del Yo
a) ¿Qué fin
se persigue?
La intención primera y permanente
de estos métodos es permitir al individuo interesarse por sí
mismo, construirse, reencontrarse consigo mismo, sacar lo mejor de
sí mismo, su verdadero yo auténtico. Con este fin se
esforzará por liberarle de la alienación a los otros,
del condicionamiento social. Es preciso, se dice, desalienarse de
todo saber y aprender la fidelidad a la experiencia real. Se trata,
por último, de dejar a cada cual el derecho y la responsabilidad
de organizar su propia vida y de actuar según su propia conciencia
y sus intuiciones personales. Una buena relación consigo mismo
no puede, según se piensa, más que favorecer la relación
con los demás y con un absoluto interior por descubrir.
Con este fin, se sigue diciendo,
es preciso partir de la ‘‘experiencia positiva del ser’’
que remite a un ‘‘más’’ indeterminado
cuyo nombre provisional se escribe con minúscula, esperando
quizá escribirlo con mayúscula, ella misma bastante
indeterminada, como Justicia, Consciencia, Dios, Verdad, Amor.
Contrariamente a la visión
personalista hoy dominante, estos teóricos del yo no ven al
ser humano como ‘‘un ser con los demás, constituido
permanentemente por los intercambios que establece con su medio ambiente
humano. La idea de una reciprocidad activa y constructiva está
singularmente ausente.
Se reconoce una prioridad absoluta
a la interioridad individual: es en cada uno donde se encuentra la
verdad del ser; ni el prójimo y aún menos las estructuras
parecen contribuir a la identidad de las personas. Los otros tienen
como función primera ‘‘permitir’’ que
mis riquezas emerjan.
Esta filosofía refleja, en
parte, el individualismo liberal del siglo XIX, receloso respecto
a la sociedad y cuyo ideal es el libre desarrollo de cada individuo.
Con esta óptica, se comprende
el exiguo lugar que tiene la acción sobre las estructuras,
tanto más al sostener con gran ingenuidad que ‘‘el
contagio’’ de los individuos liberados de ese modo no
dejará de transformar ‘‘prójimo a prójimo”
el conjunto del cuerpo social.
Esto significa, de entrada, ignorar
una conquista capital de las ciencias humanas: el peso considerable
y la originalidad de las estructuras tanto en la dinámica social
como en el crecimiento de las personas.
b) ¿Cómo llegar
a él?
Para alcanzar el fin deseado, hay
que desnudar el Yo profundo, en tanto que centro autónomo y
que no se identifica ni con la razón, ni con la voluntad, ni
con la libertad. Para tener acceso a él, a modo de inmersión
submarina, es necesario llegar a analizar sus propios estados interiores,
calificados con el término de ‘‘sensaciones’’.
Para liberar y poner ‘‘al
hombre en pie’’, la vía de acceso privilegiada
es el conjunto de las sensaciones o ‘‘estados interiores’’,
a menudo manifestados corporalmente. A partir de su recepción
y su análisis, se descubre, según se cree, ‘‘el
corazón’’ del ser.
El análisis de las sensaciones
actuales nos deja acceder primero al yo, centro autónomo, piloto
de la persona. Más al centro, aún, se accede al ser
o al Yo. El análisis de las sensaciones descubre los aspectos
positivos del conjunto yo-Yo profundo.
La introspección individual
es camino de acceso a la verdad. Cuando se practica en común
con la ayuda de un guía, esta inmersión en sí
mismo se desarrolla con frecuencia en un ambiente preciso y con la
ayuda de esquemas que determinan en parte los descubrimientos a los
que se quiere llegar. La eventualidad de una manipulación del
sujeto, en esta circunstancia, no se puede excluir. El guía
no se despoja, aún sin saberlo, de su propio ser profundo y,
lo quiera o no, él influencia a los demás. Es importante
saberlo para que el juego sea correcto.
La imagen del hombre que va a desprenderse,
a la manera de ciertas sabidurías orientales, es de tipo concéntrico:
hay un núcleo, ‘‘el fondo del ser’’,
tan indescriptible, se dice, como Dios mismo y único lugar
de verdad y de amor. Alrededor de este centro gravitan los elementos
secundarios que son el cuerpo, la razón, la voluntad. Desde
el momento en que se accede a este punto, dicen, todo se organiza
y se armoniza por sí mismo: el cuerpo y sus impulsos parecen
definitivamente sosegados y un equilibrio duradero será su
fruto.
c) Recorrido por los autoanálisis
Para comprender, en concreto, los
resultados de este tipo de método, si es íntegramente
practicado, sólo hay que recoger, según vamos leyendo,
algunas frases estándar que se encuentran una y otra vez en
estos autoanálisis.
- ‘‘Ayudar a la gente
me hace sentir mejor. ’’
- ‘‘¿He sido yo mismo hoy?’’
- ‘‘Ahora me atrevo a realizar actos que me pertenecen
plenamente. ’’
- ‘‘Puedo dejar vivir a mi corazón sin pedirle
permiso a nadie. Tengo derecho a vivir y a ser feliz. ’’
- ‘‘Un acto es bueno en la medida en que me construye.
’’
- ‘‘Mi ideal: ser yo mismo y curarme por medio del psicoanálisis.
’’
- ‘‘Ya no puedo vivir sin la formación que me hace
feliz. ’’
- ‘‘Ser únicamente yo mismo, no igual que los demás.
’’
- ‘‘Debo atenerme a mis sensaciones y a sus fluctuaciones
y navegar por el río de mis sensaciones. ’’
Y todavía:
- ‘‘Lo que importa no
es lo que sé, sino lo que siento’’
Volveremos sobre ello.
3. Egocentrismo y altruismo
a) Egocentrismo
No se puede negar que el amor de
sí mismo tiene su lugar y su legitimidad con la condición
de estar correctamente situado. El legítimo amor de sí
mismo está incluido, en efecto, en el mandamiento del Señor
que invita a sus discípulos a amar a los demás ‘‘como
a sí mismo’’. Buscar la propia realización
personal está, pues, plenamente justificado. Que el hombre
realice el ‘‘esfuerzo de existir’’ y de desplegar
sus dones y talentos está en la línea del Evangelio.
El problema comienza cuando el Yo
se convierte en el centro de la vida y en criterio de referencia moral.
Debemos guardarnos de la hipertrofia que un filósofo denunciaba
como ‘‘el mito de la propia realización’’.
Experimentar un sentimiento de autocomplacencia, de satisfacción,
de bienestar no indica que se trate de mi verdadero y auténtico
bienestar. Tanto más cuanto la actualización del Yo
y su realización no se corresponden automáticamente
con la totalidad de la persona, con el ‘‘personalismo
integral’’ que debe tener en cuenta todas las dimensiones
del ser humano: dimensión religiosa, duración, continuidad,
inserción social.
b) Altruismo
La concentración en sí
mismo, tal como es sobreentendida, proclamada o vivida en ciertas
escuelas de formación, desconoce, en su base, el altruismo
auténtico. Amar al otro porque experimento satisfacción
al amarlo, es quedar prisionero de un egoísmo que se ignora.
La reflexión de Sartre diciendo que ‘‘la caricia
al otro es siempre también una caricia a sí mismo’’
puede tener su parte de verdad existencial, pero detenerse ahí
es desconocer y prohibir el verdadero don de sí y su gratuidad.
Semejante búsqueda de uno
mismo nos hace, de hecho, alérgicos al otro. El yo se convierte,
en sentido literal, en autónomo, es decir que se erige a sí
mismo en ley. Se ha señalado que ‘‘el puro impulso
vital’’ no coincide automáticamente con el ‘‘impulso
vital puro’’.
Ello supone también desconocer
la diferencia radical entre la abdicación de sí y la
abnegación de sí. Renunciar a sí mismo no es
destruirse: puede ser, por el contrario, la forma más elevada
del don de sí.
En Otra cosa que ser, el filósofo
francés Lévinas resumía su pensamiento con este
programa de vida: ‘‘Para el otro, a pesar de sí,
a partir de sí’’. Resumen que se querría
ver de buena gana escrito en los centros de terapia psicológica.
Y eso vale no solamente a nivel interhumano,
sino también cuando el hombre es confrontado con el Otro (con
mayúscula), es decir, con Dios.
En tanto vaya a Dios desde mi ‘‘falta
de ser’’ no le encontraré jamás como el
Otro en Sí-mismo, sino sólo como el otro respecto a
mí. El camino para la adoración de Dios queda bloqueado
si uno no se distancia de sí mismo. Por otra parte, nuestro
verdadero encuentro con Dios tiene que ver con nuestro encuentro con
el prójimo.
El amor de Dios y el amor a nuestros
hermanos están ligados: no se les puede disociar impunemente.
Una vez leí, no sé
donde, estas líneas que merecen una reflexión:
‘‘I looked for my soul,
but my soul I could not see.
I looked for my God, but my God eluded me.
I looked for my brother, and I found all three .’’(3)
Es una invitación a no separar
lo que Dios ha unido.
Para concluir este capítulo,
quisiera citar aquí una página del profesor Rezsohazy,
de la universidad de Lovaina, que con el título de Los neo-individualistas
describe la amplitud que ha tomado en el mundo actual este fenómeno
de la hipertrofia del yo. Sus líneas servirán de telón
de fondo a mi exposición.
‘‘Este resurgir del individualismo
puede ser comprendido sin duda como una protesta contra una sociedad
de masas anónimas y no de seres humanos que tienen cada uno
su dignidad personal y su identidad propia. Protesta también
contra la prevalencia de reglas estrictas que prescriben las cosas
que hay que hacer en vez de dejar a la gente el cuidado de pavimentar
libremente los caminos de su destino.
Pero esta facultad de elección
ardientemente reivindicada implica una búsqueda previa y el
descubrimiento de un modelo de felicidad hacia el que dirigirse. Ahora
bien, la búsqueda del hombre contemporáneo no es ni
religiosa, ni filosófica, ni está inspirada por doctrina
social alguna.
No es ni la salvación eterna,
ni una edad de oro o una ansiada sabiduría lo que le atrae,
sino la seguridad psíquica, el éxito social, la impresión
momentánea del bienestar personal.
Esta búsqueda narcisista descrita
por Christopher Lasch (4) se manifiesta en diversos campos, desde
la literatura y el arte hasta el movimiento feminista. Llega a ser
trágica por el miedo a envejecer y a morir. ¿No hay
en ella una expresión de desesperación de una civilización
incapaz de hacer frente a su futuro?
Aunque los progresos de las tendencias
neoindividualistas contienen gérmenes evidentes de decadencia,
no es posible pararlas por decreto. Pienso que la inversión
se realizará cuando la prioridad absoluta concedida a la búsqueda
de sí haya demostrado claramente los perjuicios sociales que
causa: la anemia creciente de las familias, el debilitamiento de las
solidaridades naturales, la multiplicación de los signos de
huida ante las pruebas o las responsabilidades de la existencia.
El fondo de la cuestión está
en controlar la tensión entre la aspiración de cada
uno de nosotros a la felicidad propia y la demanda de nuestros hermanos
y hermanas de amarles como a nosotros mismos. Conseguir esta síntesis
es conseguir el triunfo en la propia existencia. En términos
históricos, cuando una civilización ha encontrado el
equilibrio, alcanza la cima de su itinerario.’’ (5)
Capítulo IV
Mi experiencia vital, ¿criterio
supremo?
1. Subjetivismo
Se nos dice que lo fundamental, al
principio de estos análisis del yo, es lo vivido. Todos están
invitados a concentrarse en su experiencia actual y a hacer de ella
una exploración metódica y profunda. Esta inmersión
con escafandra hay que retomarla siempre. Se avanza en este descubrimiento
por docilidad activa a las sensaciones sucesivas que permiten al Yo
progresar. El análisis termina cuando la sensación nos
ha proporcionado todo su contenido. Lo vivido prima, tal es la afirmación
más importante.
Estamos, pues, sumergidos en un subjetivismo
sin salida. Es el triunfo afectivo de mis sentimientos que toman el
relevo de mis elecciones, de mis decisiones y de mis fidelidades sucesivas.
Digamos que se puede sentir esto
o aquello, pero si el corazón no está educado, puede
sentir cualquier cosa. Resulta, pues, esencial que el arraigo de la
inteligencia y de la sabiduría cristianas acompañen
y profundicen la espontaneidad y la libertad del sentimiento.
Importa mucho no confundir la escucha
y la voz del Espíritu que habla al corazón con lo que
‘‘sentimos’’. La interioridad es una dimensión
importante de toda experiencia espiritual, pero no se confunde con
cierto ‘‘intimismo’’ que puede cobijar no
pocas ilusiones.
Lo que es muy grave es que en estas
fluctuaciones del Yo, no hay sitio para un compromiso de fidelidad,
ya sea en la vida consagrada o en el matrimonio. ¿Por qué
ligarse de por vida cuando mañana, o dentro de diez años,
mi Yo no será ya el mismo? ‘‘Jamás tendremos
el alma de esta noche’’ escribía Anna de Noailles
con desesperanza.
2. Fidelidad provisional
La fidelidad a los compromisos pasados
–conyugales o religiosos– parece no tener casi peso en
una trayectoria donde las sensaciones del momento son determinantes
y donde el Yo es el árbitro supremo.
Con semejante concepción de
la libertad y del tiempo estamos sobre arenas movedizas. En esta óptica
optimista –el papel del pecado está minimizado o ausente–
la libertad cristiana se limita a dejar surgir lo que subyace en el
ser profundo. La moral se reduce al consentimiento con el propio ser.
El criterio de rectitud ética es el sentimiento de ir en el
sentido del propio Yo. Es difícil negar que más allá
de una adecuada rehabilitación de la conciencia personal –que
el Vaticano II ha subrayado– estamos frente a un subjetivismo
ético tanto más temible cuanto está fundado,
en primer lugar y por encima de todo, sobre los sentimientos individuales.
Es preciso poner en guardia también
contra la concepción del tiempo subyacente en semejante pedagogía.
Esta misma concepción es sospechosa. Con toda una corriente
de la cultura contemporánea –corriente típica
de épocas de crisis-, se busca la concentración exclusiva
en el presente: el hoy es la única realidad fecunda e interesante.
Es el régimen del ‘‘vive el día a día”
y, para el cristiano, de la docilidad al Espíritu reducido
a su acción puntual.
En la medida en que la experiencia
de la duración es una de esas en que se siente más vivamente
la responsabilidad humana, se comprende que pretendan neutralizarla.
Pero un cristiano no puede olvidar jamás que el cristianismo
es una religión histórica, con tiempos fuertes y un
punto final, incompatible con una concepción ‘‘puntillista”
del tiempo.
Semejante reacción respecto
al tiempo es además peligrosa por desmovilizadora. Una confianza
ciega en la irradiación de personas y grupos ‘‘liberados’’
corre el riesgo de comportar una depreciación y una devaluación
anticipada de todo proyecto pastoral o apostólico que necesita
continuidad. Y eso vale para múltiples sectores.
3. El primado de la experiencia
¿Será verdad que la
experiencia es la autoridad suprema y que mi propia experiencia es
la piedra de toque de toda validez? ¿Y que ninguna idea, venga
de mí o de otro, no tiene el mismo perfil de autenticidad que
mi experiencia?. ¿Será verdad que debo volver sin cesar
a mi experiencia para alcanzar cada vez más la verdad que se
desarrolla gradualmente en mí? Tantas preguntas previas requieren
un examen crítico.
Se afirma con naturalidad que el
análisis del yo corresponde a la pura psicología y sólo
debe tener en cuenta sus propias leyes, es decir, partir sólo
de lo real. ‘‘Mi maestra para pensar es la realidad’’.
Este modo de afirmar peca en conjunto de irreal. Habría que
precisar inmediatamente de que gafas nos servimos para observar lo
real. Y no restringirlo a la experiencia vital personal olvidando
ciertos aspectos –societario, institucional, etc.– que
forman también parte de él.
Partiendo de este postulado, se proclama la autoridad soberana de
la experiencia. Apelar a la experiencia para autojustificarse, es
naturalmente prohibir a priori todo análisis crítico
por parte de los demás. Para resultar válido sería
preciso no sólo haber realizado la experiencia de autoanálisis
en grupo y en privado sino pasar por una larga serie de experiencias
escalonadas durante años (ciertas series suponen cerca de una
veintena de sesiones experimentales).
Esta exigencia desorbitada no sólo
descalifica a priori toda crítica, sino que descalifica todo
examen crítico de tipo racional. Se da una negación
implícita del papel de la razón para guiar al hombre
que continua siendo hasta nueva orden un ‘‘animal racional’’,
según la antigua definición de Aristóteles, incluso
si la razón no es la única vía para abordar la
realidad. No se trata de preconizar una reducción racionalista,
pero no se puede excluir la razón so pretexto de que sólo
la experiencia es una guía válida.
Y no sólo la razón
no puede ser descartada, sino que, so pena de falta de realismo, hay
que reconocer que hay una filosofía subyacente en estos análisis
y argumentos que quieren parecer únicamente psicológicos.
No se logra nunca un hecho psicológico en estado ‘‘químicamente
puro’’.
Querer situarse fuera de toda referencia
a una filosofía, teología o ideología, es recaer
en la corriente de la filosofía pragmática, cuya figura
más señera es William James, que transplantaba indebidamente
la verificación, ley de las ciencias positivas, a campos que
por definición escapan de ella.
No puedo comprenderme sin situarme
como ‘‘ser en el mundo’’, sin una referencia
metafísica, consciente o no.
El psicologismo nace en la medida
en que es sentido como explicación completa y total de las
vivencias o en la medida en que concede una importancia excesiva a
la explicación psicológica específica. A juzgar
por el entusiasmo de algunos, se puede afirmar que esta clase de error
no es ilusoria. Ahora bien, como escribe el profesor A. Vergote, de
la universidad de Lovaina, en Psicología religiosa, la psicología
religiosa “considera a la religión en tanto que afecta
a la personalidad y a la sociedad. Esta especificidad de la comprensión
psicológica tiene una contrapartida: no es jamás total.
La psicología sigue abierta al menos en dos sentidos: hacia
lo psicológico y hacia lo metafísico. Frecuentemente
ha cedido a la tentación de encarnar en sí misma su
intención de explicación. Por principio heurístico,
tiende a ser total, a no dejar lugares en blanco… Llevada de
su deseo de ser fundamento último, excede fácilmente
sus límites y, contra su propia vocación, tiene tendencia
a hacerse metafísica o fisiología. ’’(6)
Los participantes asiduos a este
tipo de análisis, si son cristianos, deberían hacer
un ‘‘análisis en profundidad’’ sobre
los límites de su andadura, sobre lo que ‘‘sienten’’
al respecto.
SIGUIENTE......
NOTAS:
(1) Revista Humanités chrétiennes,
1982.
(2) The Dorsey Press, Homewood, Illinois,
Estados Unidos, 1982
(3) ‘‘Busqué mi alma
y no la encontré.
Busqué a mi Dios, pero se me escapó.
Busqué a mi hermano y encontré a los tres. ’’
(4) El complejo de Narciso, trad., Paris,
Laffont, 1981.
/5) Bélgica libre, junio 1984.
(6) Ed. Dessart, Bruselas, pp. 15-16.