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CAPÍTULO X
LA RENOVACIÓN Y LA EXPULSIÓN DE DEMONIOS:
OBSERVACIONES TEOLÓGICAS


47 Si es cierto que la Iglesia Católica afirma claramente la existencia y la influencia del Poder del Mal, es, por el contrario, muy reservada en cuanto a la demonología sistemática. Si hay un terreno en el que hay que poner en práctica el consejo del Apóstol y ser sobrios, es precisamente éste. No se puede hablar del demonio más que “en oblicuo”, de forma indirecta. Su fuerza se encuentra en el mismo camuflarse: es por naturaleza ilusionista y Padre de la mentira. Es oscuro por definición y exigencia interna. Nadie lo ha visto a rostro descubierto; el Maligno es un ser espiritual, fuera de nuestro alcance, conocido sólo como tal por la Revelación. Su acción es siempre delicada, piensen lo que piensen algunos que se aventuran en este campo sembrado de minas con una temeridad desconcertante.

Nadie ha visto el viento cara a cara: se «reconoce» su acción en las hojas que se agitan en los árboles o en el polvo que levanta a su paso. El Maligno no nos revela su identidad verdadera, su estrategia, su comportamiento. Y además, hay que evitar toda exageración que engendra de por sí una psicosis obsesiva. Esta es la negación misma de nuestra religión cristiana que es Buena Nueva y gracia de salvación en la victoria de Cristo.

Este campo depende en última instancia del Magisterio de la Iglesia que es el único que ha recibido del Maestro el carisma del discernimiento final. Rechazar esta autoridad apelando a la experiencia personal sería incompatible con la fe católica. Este punto es importante.

Cuando uno expresa sus reservas sobre la manera cómo se practica la expulsión de demonios, topa normalmente por parte de aquellos que la ejercen, con la objeción que sacan de su experiencia: han «constatado» expulsiones, dicen, y no pueden dudar de los frutos espirituales indiscutibles que se han producido.

1. ¿ES LA EXPERIENCIA EL CRITERIO ÚLTIMO DE VERDAD?

48 El argumento sacado de la experiencia debe ser examinado de cerca. ¿Qué puede atestiguar legítimamente la experiencia, y cuáles son sus límites? Se apela a curaciones obtenidas después de un exorcismo, pero hay que distinguir dos aspectos que no se incluyen necesariamente o aun de ningún modo: el aspecto de «curación», y el aspecto «expulsión de demonios».

Una primera pregunta será, por lo tanto: ¿qué pensar de estas curaciones, a veces hasta espectaculares? ¿Hay que rechazarlas?

Por mi parte, no encuentro razones válidas, en algunos casos, para dudar de ellas, en la medida en que se puede juzgar en esta materia siempre delicada. Jesús dijo que «donde hubiese dos o tres reunidos en su nombre, allí estaría él en medio de ellos» (Mt 18, 20). Es con toda seguridad en su nombre, e invocándole explícitamente, que ese grupo se ha reunido, en vista de un ministerio de compasión fraterna. Y Dios ha prometido a los suyos que se realizarían curaciones en su nombre.

Pero, ¿puedo ir más allá y concluir del hecho de la curación que ésta se ha debido a la expulsión de uno o varios demonios interpelados? Todo el problema está aquí: si ha habido curación, procede de Dios, ciertamente, pero ¿ha habido «curación por expulsión de demonios»?

¿Qué se constata experimentalmente?

Se constata, en primer lugar, el estado inicial en que se encuentra la víctima de estos impulsos y de las anormalidades que sufre. Se constata luego que se ha realizado un ritual determinado, más o menos parecido por todas partes. Se constata por último un estado final: la alegría de la víctima que experimenta un sentimiento de liberación y de paz.

Pero -y ésta es la esencia del problema- con qué derecho se puede concluir que el paso del estado inicial A al estado final B se debe a la expulsión de uno o de varios demonios que habrían tenido cautiva a esta persona?

La conclusión supera claramente las premisas; el rigor del razonamiento lógico no permite concluir, de una concomitancia constatada entre oración y curación, al nexo de causalidad que ha determinado ésta última. El «cum hoc, ergo propter hoc» (con esto, por lo tanto por esto) es el ejemplo típico de inducción engañosa.

49 Si se insiste evocando los frutos de paz y de alegría interior que se han producido, me veo obligado a decir que también en esto se impone la prudencia. ¿Se puede argumentar, sin más, aduciendo los efectos benéficos para atribuirlos a la expulsión de uno o varios demonios?

Solamente en el plano natural ya, una sesión de compartir entre una persona oprimida y un grupo que la acoge, puede ser por sí misma liberadora de angustias, y por lo tanto fructuosa y benéfica. Ser escuchado con simpatía es ya un paso hacia la curación. Abstracción hecha de la gracia, hay una virtud inherente al compartir cuando éste se hace en las condiciones requeridas.

Frutos semejantes de paz interior recuperada se constatan en los grupos de compartir de todas clases que, bajo nombres diversos, ayudan a la liberación de los participantes, sin que se hable de expulsiones diabólicas.

No se niegan, por lo tanto, los frutos de paz y de alegría alcanzados, pero de ahí a concluir que se trata de una liberación de demonios, hay aún un gran paso. Sería simplista concluir -como lo hemos escuchado más de una vez- a partir de una constatación pragmática: «it works», «esto funciona», que el demonio ha dejado su presa.

El proverbio: al árbol se le juzga por sus frutos, vale en la medida en que se examinan todos los frutos del árbol y que se establece un nexo entre el fruto y la rama. Sería necesario, para esto, poder excluir, por otra parte, todo lo que haya podido contribuir a este resultado feliz, como la oración, la compasión fraterna, la caridad sincera de los «exorcistas».

Estas reflexiones no tienen otra finalidad que la de invitar a no sacar conclusiones prematuras que superan la estricta lógica.

2. LA IGLESIA, ÚNICA INTÉRPRETE AUTORIZADA

50 Como escribo principalmente para fieles de la Iglesia Católica, debo profundizar más relacionando el discernimiento requerido a la función misma de la Iglesia docente en su ministerio propiamente doctrinal y de interpretación de todo lo que se refiere al campo de la Revelación. Estamos aquí a nivel de la fe, y es sobre la fe de la Iglesia que debo ajustar la mía.

«Señor», decimos en cada liturgia eucarística, «no mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia». Un cristiano o un grupo de cristianos no puede nunca actuar en solitario, separado de la comunidad eclesial total, no unidos al Obispo que la preside. Debemos preguntar a la fe de la Iglesia, tal como se vive y se expresa a través del Magisterio vivo, y confiarnos filialmente en su sabiduría materna. Es ella que debe guiarnos en un campo que escapa a la percepción que podemos tener por nuestra sola razón.

Lo que pasa en el mundo de las tinieblas, la existencia misma y la acción de los malos espíritus -igual que la existencia y la función luminosa de los ángeles- escapa a nuestra competencia natural y depende de la Revelación de Dios. Y ésta ha sido confiada, por un acto de voluntad positivo del Señor, a sus apóstoles y a sus sucesores, establecidos en el Espíritu Santo como intérpretes y garantes, en última instancia, de la Palabra de Dios iluminada por la Tradición viva de la Iglesia.

Se debería volver a leer aquí todo lo que se ha dicho en el capítulo II sobre la Iglesia, intérprete de la Palabra de Dios. Todo esto es doctrina clásica y unánime de la Iglesia Católica. Puesto que creemos en el Espíritu Santo que está obrando en la Iglesia constituida, aceptemos reconocer que en materia de expulsión de demonios no estamos capacitados para pronunciarnos en última instancia, y que la experiencia misma debe ser esclarecida a la luz de la fe.


PARA REFLEXIÓN E INTERCAMBIO

1. ¿Por qué "la experiencia" no es el criterio último que permite concluir sobre la realidad de una expulsión demoníaca? (n. 48).

2. ¿No se puede aplicar aquí el proverbio: "un árbol se juzga por sus frutos"? Discutir el sentido y los límites de esta frase de la Escritura (n. 49).

3. ¿Por qué la Iglesia jerárquica es en este campo la única capacitada para el discernimiento final? (n. SO).

4. Señala los efectos "liberadores" de todo compartir, en psicología humana, independientemente de toda expulsión de demonios (n. 49).

Pidamos al Señor nuestra transformación cristiana radical:

"Dios todopoderoso, el sacramento que acabamos de recibir sea medicina para nuestra debilidad, sane las enfermedades de nuestro espíritu y nos asegure tu constante protección".

Postcomunión del miércoles de la 5ª Semana de Cuaresma.

CAPÍTULO XI
LA RENOVACIÓN Y LA EXPULSIÓN DE DEMONIOS:
OBSERVACIONES PSICOLÓGICAS


Sigamos el análisis de estas sesiones desde un punto de vista no ya teológico, sino psicológico. A este nivel también, hay que avanzar con una prudencia extrema, porque se toca la intimidad profunda de la persona «a liberar».

Notemos dos puntos, particularmente neurálgicos:

- el primero es previo, y se refiere a la dificultad del diagnóstico;

- el segundo concierne a los peligros psicológicos a los que se expone, tanto el «exorcizado» como el «exorcista».

1. DIFICULTADES DEL DIAGNÓSTICO

51 La primera dificultad: establecer un diagnóstico válido.

¿Cómo saber con certeza que se trata de una influencia diabólica? Nadie tiene la evidencia directa: siendo como son seres espirituales, tal como hemos dicho, los demonios escapan a nuestras categorías y a la observación empírica.

No se puede tratar, por lo tanto, más que de conjeturas. No hemos de describir ahora las diversas manifestaciones externas que han sido interpretadas a lo largo de los siglos y según las diversas culturas como manifestaciones de una presencia diabólica...

La patología mental conoce toda una gama de delirios, comprendida la zoopatía, es decir, la creencia en la presencia de un animal en las vísceras.

El carácter tan especial de estas enfermedades impulsaría a creer que estas aberraciones son de origen diabólico y requieren como remedio el exorcismo de liberación.

Nadie intentará sugerir el exorcismo cuando se trata de cáncer o de leucemia, porque la imaginación no queda afectada por los síntomas. El carácter extraño de las manifestaciones de enfermedades nerviosas no debería hacer concluir, sin más, a influencias demoníacas.

Pero hoy no se pueden olvidar los datos de la ciencia, si no se quiere caer en la ingenuidad y en la credulidad.

Más de una vez, he constatado en ciertos ambientes, inclinados a la liberación abusiva, una ignorancia admirable a este respecto.

Es importante conservar una credibilidad intacta, si no se quiere recibir un rechazo global.

El Padre Tonquedec, S. J., teólogo conocido y exorcista durante muchos años de la diócesis de París, escribió en su tiempo un libro: «Las enfermedades nerviosas o mentales y las manifestaciones diabólicas». Conserva toda su actualidad sobre el punto que nos concierne, y puede servir útilmente para advertir a todo el que tuviese tendencia a descubrir inmediatamente una acción diabólica en un comportamiento extraño, para dudar prudentemente de su diagnóstico.

52 Olvidar los datos de la ciencia sería desconocer la estrecha relación entre la gracia y la naturaleza. Santo Tomás ha señalado frecuentemente esta relación diciendo que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la completa y la perfecciona. Contraria mente a las tendencias nacidas de la Reforma, la Iglesia no considera la naturaleza como intrínsecamente viciada o herida.

Señala una serie de trazos que son comunes a la neurosis -sobre todo a la psicastenia, a la histeria y a ciertas formas de epilepsia- y a la verdadera posesión.

El desdoblamiento, al menos parcial, de la personalidad, con manifestaciones impropias, en desacuerdo con el carácter del sujeto; una conducta, por más perversa que sea; costumbres salvajes y groseras, proceden de la enfermedad y no tienen, como tales, ninguna significación diabólica.

En el histérico, que se comporta como si fuese un agente de Satanás, aparecerá el horror por las cosas religiosas, el gusto por el mal, las palabras groseras, las actitudes desvergonzadas, las agitaciones violentas, etc. (1)

En estos casos, el carisma sobrenatural de discernimiento, que es un don de Dios, no puede olvidar la inteligencia humana crítica que es, también ella, como toda la creación, un don de Dios: los dones de Dios son complementarios.

No se puede, pues, apelar al criterio del discernimiento como carisma para dispensarse de tener en cuenta estos datos humanos y apelar directamente al Espíritu Santo, sin pasar por el discernimiento de la Iglesia. En general, el discernimiento que se buscará, será el de un grupo y no el de un individuo solo. Pero esto no basta.

Se puede comprender que cristianos no católicos consideren el discernimiento colectivo como criterio final. Pero nuestra fe va más allá y nos hace reconocer el misterio de la Iglesia, tal como el Maestro lo ha instituido.

Cristo ha querido una Iglesia apostólica y ésta se continúa, a través de los siglos, por la sucesión de los obispos. Es a éstos y a los sacerdotes en comunión con ellos y, en este caso, mandados por ellos, que corresponde el juicio final, después que han sido debidamente iluminados por los fieles con toda confianza y apertura.

La palabra «discernimiento» es también una de estas palabras con trampa que la teología debe aclarar, si no se quiere caer en equívocos graves.

Puede estar intentando buscar un medio rápido, que le dispense de una trabajosa ascesis, un medio rápido extrínseco a él.

Hay que tener en cuenta también el fenómeno de contagio colectivo, que puede ocurrir. De diversas partes del mundo, he recibido testimonios que muestran que de forma brusca se producen afluencias de peticiones de este tipo y que un «exorcista» de moda atrae multitudes...


2. PELIGROS PSICOLÓGICOS DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LA PERSONA «A LIBERAR»

53 Aún suponiendo que la «liberación» sea realizada por un grupo, con sabiduría y discernimiento, no se pueden olvidar los efectos psicológicos en la persona «a liberar». Normalmente ésta se ha persuadido, o se la ha persuadido, de que sus turbaciones son debidas a influencias del Maligno.

De ahí el peligro para ella de complejos de diversas clases. En primer lugar el riesgo de una especie de trauma con respecto a su propia imagen; se considerará como encadenada por lazos insuperables y víctima de influencias nocivas que escapan -completamente o en parte- a su responsabilidad y a su libertad.

Es un peligro real el creerse, en estos casos, más o menos irresponsable. Entonces, la colaboración personal a la curación puede quedar muy disminuida.

Es siempre grave poner a alguien en complejo de inferioridad con respecto a sí mismo y disminuir, a sus propios ojos, sus capacidades de acción y de reacción.

Se debería también analizar de cerca los motivos que impulsan a un «paciente» a pedir la liberación.


3. PELIGROS DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LOS RESPONSABLES DE LA LIBERACIÓN

54 A mi modo de ver, el peligro más serio está en el dominio que los responsables de la liberación adquieren sobre la persona que se presta al exorcismo.

Se le ha pedido -a veces a lo largo de muchos encuentros- manifestar sus turbaciones interiores más secretas. Se le han hecho preguntas que intentan poner al desnudo su pasado, sus traumas, sus remordimientos, sus angustias, sus miedos, sus odios... Se ha intentado identificar el o los demonios que se han considerado a la base de todo esto y se les nombra, uno a uno, para expulsarlos.

Normalmente, la persona que se presta a esto experimenta un vivo reconocimiento por sus «liberadores» y está dispuesta a seguir casi ciegamente sus consejos y sus sugestiones para el futuro.

El peligro de manipulación, involuntaria sin duda, de la conciencia ajena, está lejos de ser imaginario. La Iglesia ha cuidado siempre, por su parte, el asegurar el secreto y la libertad de las conciencias en las reglas que aprueba para las comunidades religiosas. Esta sabiduría secular nos recuerda que hay barreras que no se deben atravesar y que la responsabilidad personal debe permanecer inalienable.

PARA REFLEXIÓN E INTERCAMBIO

1. ¿Cuál es la función de las ciencias humanas, especialmente médicas, en esta materia? (n. 51).

2. ¿Qué significa en este caso el dicho teológico "la gracia no destruye la naturaleza"? (n. 51).

3. El ministerio de "liberación" comporta por sí mismo el peligro de violar la libertad de conciencia, y de ejercer un dominio indebido sobre la persona. Analiza estos peligros.

4. ¿Por qué el ministerio llamado de "liberación" es de hecho, en muchos casos, un verdadero ejercicio de exorcismo?

En el campo de lo invisible, no tenemos más que una certeza, la de la presencia del Señor en lo más profundo de nuestra lucha espiritual. Unamos nuestra oración a la de la Iglesia:

"Dios todopoderoso a quien nadie ha visto nunca: tú que has disipado las tinieblas del mundo con la venida de Cristo, la Luz verdadera, míranos complacido, para que podamos cantar dignamente la gloria del nacimiento de tu Hijo".

Oración del 5: día dentro de la Octava de Navidad.

TERCERA PARTE

La Renovación en el
corazón de la Iglesia

CAPÍTULO XII
LAS ARMONIZACIONES NECESARIAS

55 Ha llegado el momento de integrar la segunda parte de nuestra exposición en la primera, es decir, unir profundamente la Renovación y el Misterio de la Iglesia, y mostrar las necesarias articulaciones. Hay que evitar todo dualismo entre una Iglesia que sería carismática y otra que sería institucional. Recientemente, en una conferencia cuaresmal en Notre-Dame de París, el cardenal Etchegaray dijo:

«La Iglesia es un misterio al que no se le da la vuelta paseando; hay que entrar y sumergirse plenamente en él».

De esto se tratará en esta tercera parte.

1. DOS DIMENSIONES: UNA MISMA IGLESIA

No se puede oponer jerarquía y carisma, como no se puede oponer la obra del Hijo encarnado y la del Espíritu que la actualiza y la continúa. La Iglesia es una realidad una: su dimensión institucional visible y sacramental forma una unidad con su dimensión invisible en que se sitúan los diversos carismas del Espíritu.

Con razón ha escrito el P. Rahner, S. J., haciendo eco en esto a la Tradición:
«El elemento carismático pertenece a la esencia de la Iglesia de una forma tan necesaria y permanente como el ministerio jerárquico y los sacramentos».

La realidad carismática forma cuerpo con la Iglesia, en su estructura misma; no es una especie de adición posterior, como si la Iglesia institucional tuviese necesidad, después de todo, «de un suplemento de alma» y de dinamismo propulsor.

El Espíritu Santo hay que descubrirlo ya en el corazón mismo de los ministerios ordenados de la Iglesia.

Cuando me ordenaron diácono, el obispo consagrante me dijo: «Recibe el Espíritu Santo para que sea tu fuerza y te ayude a resistir al Demonio y a sus tentaciones». ¡Extraña fórmula para nuestros oídos de hoy! Y, sin embargo...
Cuando fui ordenado sacerdote, el obispo me dijo: «Recibe el Espíritu Santo, a quien le perdones los pecados les serán perdonados».

Y, por último, el día de mi consagración episcopal, el obispo consagrante me dijo, sin ninguna glosa: «Recibe el Espíritu Santo».

Nosotros, diáconos, sacerdotes, obispos, somos, por lo tanto, los herederos de una misma promesa de Jesús, somos juntos, pero cada uno en complementaridad y según su propia especificidad, los Ungidos del Espíritu.

La diferencia con aquellos que reciben y ejercen carismas, en la espontaneidad del Espíritu, está en el carácter no permanente de éstos. Los carismas ministeriales que estructuran la Iglesia existen para que la Iglesia entera pueda desarrollarse en el Espíritu. Sin duda, a nivel humano son posibles las tensiones entre estos dos aspectos de una misma Iglesia, porque se encarnan en hombres, y todos llevamos nuestros tesoros en vasos frágiles. Pero, se daría un gran paso, en el proceso de Renovación de la Iglesia, si todos fuésemos conscientes de nuestra complementariedad necesaria y vital.

Sería impensable entonces que un ministerio pastoral de «liberación», igual que la enseñanza sobre el demonio, pudiese establecerse al margen de la Iglesia jerárquica, y desarrollarse en una vía paralela.

Ningún fiel discutirá este principio, pero se trata de darle cuerpo. Lo que supone apertura y confianza por parte de los responsables de la Renovación, acogida y escucha por parte de las autoridades eclesiales que tienen la misión de velar por esta integración.

2. NECESIDADES PASTORALES ACTUALES


56 Un gran problema pastoral nos acucia a causa de la Renovación que hay que guiar, pero también a causa del excesivo interés que suscita entre nuestros contemporáneos todo lo que se relaciona de lejos o de cerca con este sector: satanismo, ocultismo, videncia, magia, espiritismo, parapsicología...

Se trata de trazar un camino a igual distancia de un demonismo hipertrofiado y de un racionalismo que aparta los problemas con desdén y suficiencia.

He aquí, pues, a mi modo de ver, algunos puntos que deberían retener nuestra común atención.

a) Necesidad de una enseñanza doctrinal íntegra

La Iglesia docente, a los diversos niveles, debe -como hizo Pablo VI- recordar a los cristianos de hoy, con toda claridad y nitidez, que la existencia del Demonio y de su influencia nociva y multiforme no es un mito y que no tenemos el derecho de adaptar el Evangelio al gusto del día mutilándolo.

Esto implica también que el pueblo cristiano sea iluminado sobre la lucha espiritual que ha de sostener, en nosotros mismos y a nuestro alrededor, contra las fuerzas del mal. Para luchar contra el enemigo, hay que buscar al menos sus plazas fuertes y sus campos de batalla preferidos.

Es necesario también que nuestra enseñanza no quede muda con respecto a tido lo que toca a la acción concreta del Espíritu Santo, en particular a los carismas. El Vaticano II ha recordado útil y proféticamente no pertenecen a sólo a la Iglesia primitiva, sino que son, hoy como ayer, parte integrante de nuestra herencia cristiana. Y entre estos carismas, el que da origen al ministerio de la curación –sobre todo interior- necesita un delicado e indispensable discernimiento doctrinal y pastoral. Y, naturalmente, el “ministerio de liberación” encontrará aquí la luz necesaria.

b) Necesidad de una revisión de los criterios del Ritual Romano.

57 Un segundo deber, más limitado, pero muy urgente también, nos obliga a no dejar abandonado, pastoralmente, el campo de las prácticas de liberación tal como se desarrollan ante nuestros ojos. Es indispensable por el bien de la Iglesia, como por la credibilidad de la Renovación, a través del mundo que se tracen vías, que una señalización luminosa garantice la seguridad. No son los usuarios de la carretera quienes establecen el código o dan los permisos de conducir o imponen los cinturones de seguridad. Este servicio lo debemos hacer nosotros, obispos, responsables de la Iglesia.

En esta perspectiva, se deberían revisar los criterios del Ritual Romano –cuyo origen se remonta al 1614- al menos en lo que concierne a los que permiten reconocer aun caso de posesión diabólica. Estos criterios son insuficientes hoy y deben ser matizados y confrontados con los fenómenos parapsíquicos naturales –como por ejemplo, la telepatía-, que no tienen nada de diabólico y que pueden explicar hechos asombrosos. (2)

Nadie puede ignorar lo que la ciencia nos ha enseñado referente a la psicología, parapsicología y fenómenos extrasensoriales. La exploración del terreno del inconsciente, así como el progreso de la medicina, han descubierto aspectos, ayer todavía desconocidos, del comportamiento humano. Y se pede prever que en el futuro otros descubrimientos harán progresar la ciencia del hombre y el dominio de sus comportamientos.

La línea de demarcación entre el terreno del natural y el terreno del preternatural retrocede cada vez más. Lo que no quiere decir que desaparecerá, pero que se situará de otro modo y en otro lugar.

Ante estos fenómenos extraños, se puede adoptar tres actitudes:

La primera consiste en reducir todo a fenómenos de orden psíquico, para-psíquico o socio-culturales y excluir toda otra explicación. Es la postura clásica actual del mundo científico, y desgraciadamente muchos cristianos la suscriben hoy.

La segunda consiste en considerar estos fenómenos coomo manifestaciones evidentes de la acción diabólica, a partir de algunos síntomas, que se creen pueden discernirse por una especie de evidencia inmediata o de revelación interior.

Pero hay una tercera actitud posible, que consiste en reconocer en estos “posesos” casos de orden psíquico o psicopatológico, parapsíquico o psicopatológico, aceptando al mismo tiempo la hipótesis que, ahí también, pueda haber influencias malas de orden espiritual, de forma conjunta o separada, e interferir con los comportamientos mórbidos.

El hecho que un fenómeno pueda ser explicado por nuestras categorías científicas no debe excluir la posibilidad de una interpretación de otro orden, a otro nivel.

Al hombre de ciencia hay que recordarle -si es cristiano- que hay realidades y dimensiones que escapan a su verificación experimental y que, por otra parte, la objetividad científica no permite pronunciarse de forma exclusiva en la interpretación de los fenómenos.

Al cristiano que no está al corriente de todos los datos y de los progresos de la ciencia, hay que decirle que el espíritu crítico es también un don de Dios, y que el candor ingenuo no es una virtud que hay que identificar con la fe.

Sólo una revisión del Ritual Romano podría hacernos evitar todo juicio do juicio prematuro basado sobre criterios hoy en día inadecuados. Esto es todavía más urgente dado que algunos de los que practican la «liberación» se apoyan en estos criterios para multiplicar indebidamente los casos que a su modo de ver necesitan su intervención caritativa. Hay que quitarles este argumento que, aparentemente, pone a la ortodoxia de su parte, y que les lleva a considerar como heterodoxo y naturalista a cualquiera que predica moderación y reserva.

c) Necesidad de una nueva pastoral en materia de exorcismo

58 Una tercera urgencia se presenta: determinar una nueva pastoral en materia de exorcismo, sea cual sea la etiqueta empleada para designarlo. En cuanto se trata de interpelación directa del o de los demonios, de conminación o de adjuración en vista a expulsarlos, es preciso que la Iglesia trace reglas adecuadas que se deban respetar. El código ha reservado al obispo los casos de posesión, pero todo lo que no llega a ella ha quedado vago y flotante. Hay, además, como ya hemos dicho, una falta completa de unidad en el vocabulario.

Para hacer algo útil, se debería entre otras cosas fijar la terminología y establecer con nitidez la distinción entre la oración de liberación y el exorcismo de liberación por interpelación directa del demonio.

La oración de liberación se dirige a Dios como toda oración. El final del Padrenuestro «líbranos del Mal» es la oración de liberación por excelencia. Es accesible a todos y forma parte de nuestra herencia espiritual. Se debería valorizar la última petición del Padrenuestro dándole todas sus dimensiones y su realismo.

Por el contrario, el exorcismo de liberación pone un problema pastoral grave. La Iglesia ha legislado en lo que concierne a los casos de posesión diabólica reservándolos al discernimiento exclusivo del obispo.

Pero, hasta ahora, no ha trazado la línea de demarcación entre las formas de exorcismo para casos que no llegan a la posesión.

Sé que en diversos países los obispos o los episcopados se han preocupado de este tema; algunos han pedido una moratoria hasta la fijación de la línea de conducta. Se comprende que, sobre un fondo común de orientaciones, pueda haber variantes debidas a un contexto sociológico diferente. Será el caso donde el problema se complique a causa de las creencias populares animistas, o a causa de la función que desarrollan, en estos pueblos, los espíritus de los muertos, la brujería, etc.

Es sabido que el nuevo Ritual del Bautismo prevé una forma diferente de renuncia para los catecúmenos que proceden del paganismo (Instrucción 65, párrafo 2).

De forma inmediata, dada la urgencia de preservar a los cristianos de la inflación en este punto, me parece que las autoridades responsables de la Iglesia, a nivel local o universal, deberían indicar claramente los límites que no se deben pasar en la práctica de la liberación.

d) La reserva episcopal con respecto a sacerdotes y laicos

59 Me parece de capital importancia en este tema que sea reservada al obispo o a su delegado toda forma de exorcismo que intenta identificar al o a los demonios, entrar en diálogo con ellos por medio de la interpelación directa, de la adjuración, de la conminación en vistas a proceder a la expulsión.

Esta forma de exorcismo que está a la base de la práctica descrita anteriormente debería estar reservada, me parece, al discernimiento del obispo y no realizarse nunca sin su consentimiento.

Esta reserva está en la línea de la tradición, aún en lo que se refiere a los sacerdotes.

Cuando un futuro sacerdote era ordenado como«exorcista» -en la época en que el exorcistado era una orden menor-, se decía que recibía el poder de exorcizar, pero que el ejercicio de este poder quedaba reservado.

Subrayo también que, si el exorcistado ha desaparecido como orden menor, nada impide que una conferencia episcopal pida a Roma el restaurarla. No sé si esto sería conveniente, pero es una posibilidad a estudiar. Si se concluyese en este sentido podrían ser candidatos laicos cualificados.

Sea lo que sea sobre este punto, me parece muy importante que el obispo, debidamente informado, asuma la responsabilidad final y confíe a sacerdotes escogidos y a laicos competentes, este tipo de trabajo pastoral.

Tal responsabilidad ha sido ya tomada, en diversos lugares del mundo, por los obispos. Así, por ejemplo, el cardenal Benelli, arzobispo de Florencia que, vista la generalización y los abusos graves, sin ninguna conexión con la Renovación, retiró públicamente en 1978, los poderes de exorcistas a todos los sacerdotes que los ejercían bajo distintas formas, para reservarlos únicamente a dos sacerdotes señalados para este fin.

Propongo reservar al obispo, no sólo los casos de posesión diabólica, según el derecho antiguo, sino toda la zona en que se cree sospechar una influencia específica demoníaca. Ampliando así el terreno reservado, no pretendo de ningún modo poner en discusión el lugar y la función del laico en la Iglesia. Es normal que se haga una distinción entre un poder inherente a todo cristiano y el ejercicio de este mismo poder que dependerá de los responsables de la Iglesia.

No se trata, en este caso, de un problema teológico sobre la función del laicado, sino de una búsqueda de una solución prudente en función de las situaciones creadas.

Todo cristiano tiene e1 poder de bautizar, pero la Iglesia reserva el ejercicio de este poder a casos de extrema necesidad, y pide luego que si este caso se produce, se indique para que haya buen orden.
Todo cristiano que se arrepiente de sus faltas ante Dios y se vuelve hacia él en un acto de contrición perfecta, obtiene el perdón, pero la referencia al sacerdote permanece, y deberá confesar su falta, en virtud de la misión específica del sacerdote.

Toda pareja de bautizados que se casan, se confieren mutuamente por su consentimiento recíproco el sacramento del matrimonio: la Iglesia, sin embargo, siempre por razones pastorales, establece las reglas no sólo de licitud, sino también de validez. El sacerdote con su presencia asegura la inserción del matrimonio cristiano en el misterio de la Iglesia.

Evoco estos ejemplos para ilustrar la aplicación que sugiero en el caso del «exorcismo». Todo bautizado tiene el poder radical, en virtud de la promesa y de la presencia en él del Señor, pero es normal y saludable que el ejercicio de este poder esté reglamentado por los pastores de la Iglesia según las necesidades y exigencias de una pastoral adecuada.

No hay en esto ningún clericalismo, sino simple respeto de un orden establecido por el Señor mismo, cuando instituyó el papel y la función de los pastores de la Iglesia.


e) Recurso al discernimiento episcopal

60 Sería injusto acusar a la Renovación de intrusión en un campo «reservado», puesto que se acepta en principio el no aventurarse en los exorcismos solemnes, pero la línea misma de demarcación es problemática: lo hemos dicho ya.

Es urgente que se trace esta línea: sólo la autoridad de la Iglesia puede hacerlo para sus fieles que tienen necesidad de su discernimiento, de sus directrices, de sus cláusulas de defensa. Los responsables de la Renovación tienen necesidad también de saber que subrayando la realidad de las Fuerzas del Mal, están siguiendo la Tradición de la Iglesia.

Pero la falta de contacto o de confianza ha hecho que ciertas prácticas de la liberación se hayan introducido en muchos lugares, sin beneficiarse de las directrices y de las garantías eclesiales necesarias.

El carácter secreto o extremadamente discreto de estas prácticas, dejando de lado las intenciones loables, ha creado una atmósfera que no es sana y que no debería prolongarse.

Hay que superar el miedo de que el obispo las prohíba sin examen previo o diálogo suficiente, e invitarle a verificar o a hacer verificar lo que pasa en estas sesiones de liberación.

Sé que a nivel de personas y de situaciones concretas, el diálogo con la autoridad puede ser a veces difícil, de una parte y de otra, pero no hay otra salida que la acogida, en espíritu de fe, del misterio de la Iglesia fundada sobre los apóstoles y sus sucesores. Yo mismo he asistido como observador benévolo y atento, a sesiones de este tipo, para poder hacerme una idea. Me ha emocionado la compasión que manifestaban los «exorcistas» y su evidente amor por la persona «a liberar», pero me he sentido muy incómodo ante los peligros, a los que no escapaban y que he señalado en los capítulos 10 y 11.

La Iglesia es, para el creyente, la única intérprete autorizada, en última instancia, para discernir las vías y las intervenciones del Espíritu. Cuando Pablo encuentra a Jesús en el camino de Damasco en una visión cegadora, el Señor no le da instrucciones directas. Pero le dice: «Levántate, entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer». Era la misión de Ananías.

Hoy en día, para todo fiel, sea cual sea su visión o revelación personal, Ananías se llama el obispo de cada iglesia particular, en relación y comunión con el obispo de Roma, guardián supremo de la unidad. Se ha podido definir al obispo como «aquel que tiene el carisma de discernir los carismas». Esto supone evidentemente que esté debidamente informado y que tenga a su alcance los elementos del discernimiento, pero su función es vital, a no ser que se quiera ver la Renovación degenerar en secta y el iluminismo dictar la ley .(3)

Por último, señalemos aún, un punto concreto. Ocurre a veces que para justificar la práctica del exorcismo directo, se reclama al exorcismo llamado del Papa León XIII, autorizado, según el texto divulgado, para los laicos y para los sacerdotes.

Queriendo conocer el pensamiento oficial de la Iglesia con respecto a este exorcismo de León XIII, he preguntado a la Congregación para la doctrina de la Fe, qué interpretación se debía dar. El cardenal Seper, poco antes de su muerte, me contestó, con fecha del 18 de noviembre de 1981, que el exorcismo del Papa León XIII fue incorporado al Ritual Romano en 1925, con la siguiente instrucción: «Este exorcismo puede ser recitado por los obispos y los sacerdotes autorizados por sus obispos».

Añadió que en 1944, el obispo de Cittá della Pieve preguntó al Santo Oficio si los fieles podían recitar el exorcismo antedicho, publicado bajo el Pontificado de León XIII. A lo que el Santo Oficio contestó con una negativa, «a causa del espíritu de superstición al que el uso de este exorcismo ha dado lugar y a causa también del hecho que la Iglesia acostumbra a reservar el uso del exorcismo a sus ministros autorizados».

Ignoro cómo de hecho este tipo de exorcismo ha podido hacerse accesible a todos los fieles, según el texto divulgado con imprimatur. Esta anomalía es un índice más de que hay aquí un problema pastoral de conjunto que hay que revisar y clarificar de un modo más profundo.

3. LLAMADA A LOS RESPONSABLES DE LA RENOVACIÓN

61 Con toda franqueza y amistad, querría decir a los Responsables de la Renovación: «No tengáis miedo de dejaros guiar por vuestros obispos, compartid vuestras experiencias, sabiendo que éstas no son el criterio supremo y que necesitan ser iluminadas a la luz de la fe y de la tradición de la Iglesia. Sed solícitos en hablar el lenguaje de la Iglesia -que es nuestra lengua materna- y estar al unísono con ella. El famoso dicho: «Sentire cum Ecclesia» (estar en simbiosis con la Iglesia) es importante. Es preciso que vuestro acento no os traicione y que no habléis una lengua extranjera.

Temed toda marginación, todo esoterismo, toda gnosis que pastores sin mandato creerían quizás poder acreditar «en nombre de su experiencia». Leed de nuevo todo lo dicho aquí sobre nuestra necesaria e inevitable ignorancia en todo lo que se refiere al reino de las tinieblas y temed las afirmaciones demasiado apremiantes. Cuanto más note el obispo vuestra disponibilidad en la escucha, más fructuoso será el diálogo.

Vuestra experiencia en el campo de la oración de curación, particularmente de curación interior, será preciosa para reactualizar un carisma tan familiar a la iglesia primitiva y que forma parte de nuestra herencia cristiana.

Tenéis cosas que dar y recibir para el mayor bien de la Iglesia.

4. LLAMADA A LOS RESPONSABLES DE LA IGLESIA


62 A mis hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, querría decirles, humildemente pero con audacia: No pasemos junto a la gracia de la Renovación sin captar su sentido y sus riquezas, tanto para nosotros como para nuestra misión.

Que las deficiencias de los hombres no nos escondan la amplitud y profundidad de la gracia que se ofrece a nuestra libertad. Esta moción actual del Espíritu toca muchos campos de nuestra pastoral. No la juzguemos desde fuera: no se la comprende bien si no es desde dentro y me atrevo a decir por experiencia personal, aceptando experimentar uno mismo la efusión nueva del Espíritu.

Invitemos a los testigos que viven este Pentecostés personal a que nos digan lo que fue para ellos esta gracia que marcó una segunda conversión. Estos testigos, los encontraremos en todos los países, en todas las clases sociales, tanto en el mundo de los laicos como en el de los sacerdotes, religiosos, obispos.

Yo he intentado dar mi propio testimonio en el capítulo XII de mi libro «¿Un nuevo Pentecostés?». He puesto un signo de interrogación en el título porque no puede desaparecer si no por nuestra acogida y por nuestro apoyo activo.
Nuestra apertura hará mucho más eficaces las puntualizaciones pastorales necesarias en vistas del bien de la Iglesia y de su obra salvadora en el mundo de hoy.

El Espíritu Santo está obrando de muchas formas, y nadie puede revindicar el monopolio de su acción. Pero hay que reconocer con Pablo VI que la Renovación es «una oportunidad para la Iglesia», y con Juan Pablo II que juzga actualmente con la distancia de los años que «es una oportunidad en vías de realización ante nuestros ojos».

PARA REFLEXIÓN E INTERCAMBIO

1. Toda la Iglesia es "carismática". ¿Cuál es el sentido de esta afirmación y cuáles son sus consecuencias desde el punto de vista de las relaciones entre los aspectos jerárquicos y carismáticos de la Iglesia? (n. SS).

2. ¿Qué reformas serían de desear en esta materia, desde el punto de vista pastoral, para el bien de toda la Iglesia? (nn. 56, 57, 58).

3. ¿Cuál es el sentido y el alcance exacto de la reserva episcopal deseada en estas páginas? (n. 59). 4. ¿Cómo concebir en la práctica el diálogo entre los obispos y los líderes de la Renovación? (mt. 60, 61, G2).

Al invitarnos al ayuno, la Iglesia quiere armarnos para la lucha espiritual. Con ella decimos:

"Señor, fortalécenos con tu auxilio al empezar la Cuaresma para que nos mantengamos en espíritu de conversión; que la austeridad penitencial de estos días nos ayude en el combate cristiano contra las fuerzas del mal".

Oración del Miércoles de Ceniza.

CAPITULO XIII
PERSPECTIVAS FINALES


A. PERSPECTIVA PASCUAL


1. PASCUA, EN EL CENTRO DE NUESTRA FE

63 El cristianismo está indisolublemente unido al misterio de la Resurrección pascual.

Vivimos nuestra existencia cristiana presente y futura basada en esta realidad fundamental de nuestra fe. Es ésta, en sentido exacto y preciso, una cuestión de vida o muerte.

El cristiano no es uno que vive bajo la obsesión o la psicosis del o de los demonios; cree en la Resurrección del Señor, en el triunfo de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio, de la verdad sobre la mentira, de la luz sobre la noche.

«Somos, decía Juan Pablo II a los negros de Harlem, un pueblo pascual y nuestro canto es aleluya». El cristiano no disocia las fases del misterio redentor: el Viernes Santo es para él el precio de Pascua, como Pascua es apertura a la mañana del Pentecostés. Vive de este triple misterio, indisolublemente. La mirada del cristiano no debe dirigirse al o a los demonios como si fuesen el primer plano en el que fijar nuestra atención. Santa Teresa de Ávila decía, con su magnífico sentido común: «No entiendo estos miedos que nos hacen decir: ¡el demonio, el demonio! , cuando podemos decir: ¡Dios, Dios!».

La lucha de Cristo contra el «adversario» fue radicalmente victoriosa. Su resurrección domina desde entonces el horizonte como una aurora boreal. Aun si el dominio del mal no está todavía eliminado, y la vigilancia se requiere, sabemos que el Reino está entre nosotros.

Creo en un Padre de infinita ternura; en Jesús nuestro Salvador, que nos ha hecho ya -en él herederos del cielo; en el Espíritu cuya presencia nos asegura «una alegría y una paz que nadie podrá quitarnos». Mi credo me sitúa a las antípodas de una religión de miedo servil ensombrecida por la obsesión del poder del mal.

No se puede olvidar que Pascua marca una victoria sobre el Demonio y el mal, hasta tal punto que no se puede trasponer sin más lo que llamaría la pastoral de Jesús mismo, durante su vida terrena, a su vida gloriosa de hoy.

Cristo actúa y obra actualmente de forma distinta y sobre todo a través de los Sacramentos, centrados alrededor de la Eucaristía como principales canales de gracia. Y esto a escala mundial y no ya en el marco estrecho de Palestina y en el contexto de las costumbres de su tiempo. No se puede trasponer, tal cual, la acción anti-demoníaca de Jesús antes de la Resurrección, a la que él continúa hoy por su Espíritu en la virtud y el poder de su resurrección.

Esta observación elimina el peligro de una lectura fundamentalista de la Escritura y de todo transfer indebido. No se menosprecia por eso de ningún modo la realidad de las curaciones de Jesús y de las expulsiones de demonios: se las sitúa en el tiempo y en el espacio, con la conciencia de que vivimos actualmente bajo el signo de una victoria adquirida y en la novedad del Espíritu.

No es la demonología que está en el centro de nuestra fe, sino Cristo, en el poder del Espíritu. Toda insistencia abusiva sobre el reino de las tinieblas compromete gravemente el equilibrio de nuestro cristianismo y contradice el Evangelio que es Buena Nueva y mensaje liberador. La trampa más astuta del Maligno consiste en llamar la atención sobre sí mismo y sobre sus obras y no sobre Jesús, Salvador del mundo.

Somos y permanecemos para siempre hijos de la Luz.

2. EUCARISTÍA VICTORIOSA

64 A base de concentrar la atención sobre los demonios a interrogar y a expulsar por conminación directa, se expone uno a olvidar que el cristiano tiene otros recursos. Sin repetir aquí todo lo que hemos dicho sobre la Iglesia, sacramento de salvación, debemos recordar que en la lucha contra las fuerzas de las tinieblas, todo cristiano dispone del poder mismo de la oración que se dirige a Dios y pone en acción la victoria pascual del Señor. Al enseñarnos el Padre nuestro, Jesús nos ha dado el modelo por excelencia de la oración liberadora de todo mal. Es la oración privilegiada, enseñada por el Maestro a sus discípulos para todos los tiempos futuros.

Pero no se puede olvidar tampoco que surge de los sacramentos un poder liberador, y de forma particular de cada celebración eucarística si comprendemos su valor y su significado. Todo el «Gloria in excelsis» de nuestra liturgia se podría comentar bajo esta luz. Cada palabra del «gloria» nos recuerda las finalidades de la Eucaristía que es oración de adoración, de alabanza, de súplica, de acción de gracias, y por eso mismo victoria sobre los poderes del mal que son su contrario. Adorar y glorificar a Dios, es ya apartarse de las asechanzas del mal, de todas las idolatrías que nos acechan y nos esclavizan. Fijar la mirada en Dios, es ya apartarla de las tinieblas.

Y cuando nuestra oración se expresa en una celebración eucarística, esta virtud liberadora actúa con su máxima fuerza. No hay que extrañarse de que las exageraciones demonológicas vengan principalmente de ambientes que no conocen la Eucaristía.

Esta relación entre adoración y acción de gracias por un lado, y por otro lado la derrota del enemigo no ha escapado a nuestros padres en la fe. Ya en el segundo siglo, San Ignacio de Antioquía escribía a los Efesios:

«Poned empeño en reuniros con frecuencia para celebrar la Eucaristía de Dios y tributarle gloria. Porque, cuando apretadamente os congregáis en uno, se derriban las fortalezas de Satanás y por la concordia de vuestra fe se destruye la ruina que él os procura» (Ad Ef. 13, 1),


3. EL NOMBRE VICTORIOSO DE JESÚS

66 Esta conciencia pascual se manifiesta en cada página de los Hechos de los Apóstoles. Desde el primer milagro de curación, Pedro dirá al paralítico sentado a la entrada del templo: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo, te doy: en nombre de .Jesucristo, Nazareno, ponte a andar» (Hch 3, 6).

Este nombre mismo de Jesús es un nombre de victoria. Cuando el ángel se le apareció en sueños a José, le dijo que María iba a dar a luz un hijo, y añadió: «Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21), Invocar su nombre, es ya ponerse a cubierto de los ataques del mal, es un recurso al poder mismo y a la fuerza de la resurrección. «Una fuerza ha salido de mí», dijo Jesús en una ocasión a la mujer que tocó la franja de su manto: una fuerza de fortaleza, de curación, de ánimo sale también hoy del solo nombre de Jesús pronunciado con fe.

Los antiguos tenían el culto de este Nombre. Lamento por mi parte que la letanía del Santo Nombre de Jesús -tan rica de sentido- haya caído en desuso en nuestro cristianismo occidental. Pero se puede constatar con alegría que la «oración de Jesús» tan familiar al Oriente cristiano ha encontrado entre nosotros una nueva resonancia. Esta «oración del corazón» que ritma sobre el Nombre sagrado de Jesús nuestras propias palpitaciones del corazón, nos hace vivir en un perpetuo clima pascual y nos convierte en una profesión de fe continua en la verdad central de nuestro credo «no hay bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hch 4, 12).


4. EN SENTIDO CONTRARIO

65 En sentido inverso, si se llevase la lógica de la demonología exagerada hasta el final, se debe-ría dar un campo tan amplio a nuestras reacciones antidemoníacas que no se ve dónde se debería parar.

Si el diablo está en el origen de nuestras enfermedades, de nuestros cambios de humor, de nuestras debilidades y agresividades, de nuestras molestias las más diversas, se debería, a cada momento, pasar a la ofensiva. ¿Por qué no dedicar cada día algunos momentos -esta sugerencia ya se ha hecho- a realizar oraciones de liberación o a «interpelaciones-? Y esto se debería enseñar en nuestros catecismos, y traducirlo en nuestra pastoral, en la trama de nuestras constituciones religiosas, y prever sesiones de exorcismo antes de la admisión en nuestros noviciados y escolasticados. ¿Y por qué no en nuestros consejos, a todos los niveles?

Paro aquí estas consideraciones: bastan, me parece, para hacer revisar la «teología» subyacente al demonismo que estamos denunciando. No se encuentra de ningún modo este clima, esta obsesión en la vida espiritual de la Iglesia y su liturgia habla un lenguaje bien diferente. Semejante clima es irrespirable en la Iglesia Católica, y semejante enseñanza esotérica y prácticas abusivas convertiría nuestros grupos carismáticos en grupos al margen de la gran Iglesia, privados de su soplo vivificante.


B. PERSPECTIVA ECLESIAL PLENA

67 Ante el poder de las tinieblas, podemos y debemos sumergirnos en la victoria de Cristo. Pero esta victoria no es sólo la de Cristo Jesús Cabeza de la Iglesia: resplandece ya ahora en su cuerpo: los santos del cielo.

El Vaticano II nos ha recordado que aquí abajo somos una Iglesia peregrina, con todo lo que este caminar comporta de azares, fatigas, peso. Pero, al mismo tiempo, ha señalado nuestra solidaridad con la Iglesia triunfante que forma una misma cosa con nosotros en una misteriosa y exaltante comunión de los santos (LG n. 8).

Es bueno saber que en la lucha contra las fuerzas del Mal, no estamos abandonados a nosotros mismos: vivimos en unidad profunda con la Iglesia del cielo.

Recuperamos así la gran visión bíblica que une en la gloria del cielo a Cristo y a todos los rescatados que están unidos a él para siempre. En él y por él, están más que nunca vivos y cercanos. De hecho son ellos los supervivientes.


1. MARÍA Y LOS SANTOS

68 A título singular María está ahí «imagen escatológica de la Iglesia», y con ella los Ángeles y los Santos. La única actividad de la Iglesia triunfante de cara a nosotros es precisamente la intercesión hasta el final de la historia de salvación. San Pablo nos la presenta como un «combate» contra los poderes hostiles y como una intercesión (1 Co 15, 24-28; Rm 8, 34; y más aún Hb 7, 25; 9, 24; 10, 13-14). En sus Ejercicios, San Ignacio pide al ejercitante representarse a Cristo y a toda la corte celestial intercediendo en su favor. Es ésta una visión plena, que hoy a veces hemos olvidado o encogido en nuestro comportamiento cristiano.

La Tradición de la Iglesia y la piedad de los fieles no han cesado de reconocer la función y el lugar de María en esta comunión de intercesión y en su oposición victoriosa.

La lucha contra el espíritu del mal empezó en el origen del mundo por la enemistad radical establecida por Dios entre la mujer y la serpiente. La Iglesia ha reconocido en esta mujer del Génesis, a María, la nueva Eva, la madre de los vivientes. Los cristianos de todos los tiempos han recurrido a esta protección. Unida a su Hijo en el misterio de la Redención, María queda para siempre concernida por la fecundidad de esta redención, como por todo lo que la obstaculiza.

De forma instintiva, el cristiano siente que María es un refugio poderoso contra los espíritus del mal y que, en comunión profunda con ella, encuentra fuerza para luchar contra las tentaciones y todo lo que amenaza la vida de Cristo Jesús en nosotros. En comunión espiritual con María, pronunciando con sus labios y con su corazón el «Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos» (Flp 2, 10), el cristiano pone en acción la victoria de Jesucristo de una forma única. La comunión espiritual con María es para nosotros, fieles de la Iglesia, una prenda de inmunidad y de liberación en la lucha espiritual que hemos de sostener aquí abajo mientras esperamos el encuentro final en la gloria de Dios.

Reconocemos a María en el cielo como Reina de los santos y de los ángeles.


2. LOS ÁNGELES

69 Hay que recordar igualmente a los cristianos de hoy que vivimos aquí abajo en comunión con los ángeles del cielo. Su misión es también la de ayudarnos en la lucha espiritual que se está librando. Todo silencio en este punto desequilibra lo que se ha dicho sobre los ángeles caídos, y deforma, por omisión, la visión total. Visión luminosa para quien cree, con la Iglesia, que el mundo de los espíritus es una realidad viva y que los ángeles tienen en él una función misteriosa, pero muy cercana a nosotros.

La Iglesia nos enseña esta intimidad con el mundo invisible de los ángeles y con el que ella considera como su jefe: San Miguel. Los invoca en su liturgia con estas palabras: «Oh Dios, que con admirable sabiduría distribuyes los ministerios de los ángeles y los hombres; te pedimos que nuestra vida esté siempre protegida en la tierra por aquellos que te asisten continuamente en el cielo» (oración de la fiesta de los Santos Arcángeles, 29 de septiembre).

La Tradición ve en San Miguel al ángel de la luz, al adversario primero de Satanás; es él quien defiende la primacía de Dios: «¿Quién como Dios?».

Le invocábamos antes al final de cada celebración eucarística: «San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha, sé nuestro refugio contra las insidias y los ataques del diablo. Que Dios le ordene, le pedimos suplicantes; y tú, príncipe de la milicia celeste, por la virtud divina, empuja al infierno a Satanás y a los demás espíritus malos... ».

Es una fuerza conocer sus aliados y poder contar con su apoyo atento. Bossuet lo recordaba ya a sus contemporáneos: «Creéis que estáis asociados sólo con hombres, sólo pensáis en satisfacerlos, como si los ángeles no os tocasen. Cristianos, desengañaos, hay un pueblo invisible -los ángeles- que está unido a vosotros por la caridad».

Es esta una idea familiar que se encuentra frecuentemente en la tradición patrística, que veía en los ángeles guardianes, a cuya protección Dios nos ha confiado, uno de los signos concretos de la Providencia.

El mundo angélico, tan ricamente presente en la Tradición de la Iglesia oriental, tanto católica como ortodoxa, tiene derecho de ciudadanía en nuestra vida cotidiana: ilumina con su luz el mundo tenebroso de los espíritus contra los que estaremos en lucha mientras seamos Iglesia peregrina.

Sería muy deseable que la enseñanza dada en la Renovación pusiese el acento en la presencia luminosa de los ángeles, por afán de verdad y para equilibrar lo que se dice a veces con demasiada insistencia unilateral sobre el Poder de las tinieblas.

CONCLUSIÓN

70 Al terminar estas páginas, confieso que me siento interpelado yo mismo, al darme cuenta que a lo largo de mi ministerio pastoral, no he subrayado suficientemente la realidad del Poder del Mal en acción en nuestro mundo contemporáneo, y la necesidad de la lucha espiritual que se nos impone.

Es difícil remar contra corriente y no sucumbir al espíritu del tiempo. Sobre todo cuando, en este punto tan delicado, hay que navegar entre Escila y Caribdis, entre lo poco y lo demasiado: afirmar fuertemente la existencia del Maligno, y sin embargo profesar una fe pascual triunfante, dar un lugar al ministerio de liberación, sin caer en el exceso que se debía denunciar.

Todo esto fue, para mí mismo en primer lugar, ocasión de examen de conciencia, e invitación a creer con fe viva en las realidades luminosas de nuestra fe, y al mismo tiempo, en el misterio de la Iniquidad que es demasiado real en un mundo moralmente a la deriva. Esto también, hay que decirlo, a riesgo de chocar con quienes insisten obstinadamente en la bondad natural del hombre y en el mito del «progreso».

71 Dirigiéndome a los fieles, participantes o no en la Renovación, quisiera desearles la gracia de descubrir siempre más profundamente el misterio de la Iglesia. Estamos perpetuamente tentados por el reduccionismo, es decir, asimilar la Iglesia a una institución sociológica humana, más o menos bien organizada y a la moda. Y no nos sumergimos en su misterio profundo en que nos aparece como la prolongación de la misión terrena de Jesucristo.

Es en la Iglesia que debemos encontrar al Espíritu Santo, y es en ella que él nos guía según el designio de Dios que ha querido desde el principio una Iglesia santa, apostólica Los apóstoles de hoy son los obispos que el Espíritu ha establecido para conducir al pueblo cristiano. Tener buenas relaciones con ellos no basta: no estamos a nivel de la cortesía o de la diplomacia, sino de la fe, y es ella quien debe animarnos y motivar la obediencia filial y confiada.

Esperando estas directrices, que espero próximas, en el campo de la «liberación», deseo también vivamente que la comisión teológica internacional pueda ayudar a limpiar el terreno, a clarificar un vocabulario flotante según los gustos de los autores, a trazar una línea de demarcación que pueda orientar la pastoral.

Y cómo no esperar también que no se pongan más en venta, en el futuro, a la salida de las reuniones o congresos de la Renovación, libros folletos, cassettes que no reflejen el pensamiento auténtico del Magisterio vivo de la Iglesia, y que se abstengan también de todo pragmatismo que concluye demasiado fácilmente a partir de efectos beneficiosos («esto funciona») en la legitimidad del recurso al ministerio de liberación que debe ser él mismo debidamente acreditado.

He señalado a lo largo del camino los peligros a evitar a toda costa para no sucumbir a los engaños del Maligno que busca insidiosamente concentrar en él la atención de los cristianos y así desviar su mirada del rostro luminoso del Salvador.

Este libro habrá conseguido su finalidad si hacemos nuestra, con todas sus consecuencias, la oración del salmista:

«He buscado al Señor, y me ha respondido: me ha librado de todos mis temores. Los que miran hacia él, refulgirán: no habrá sonrojo en su semblante» (Sal 34, 5-6).

72 La Renovación es una gracia de calidad que se ofrece a la Iglesia y que puede ayudar fuertemente al renacimiento espiritual que el mundo necesita urgentemente. No debería aislarse, o marginarse. La savia sube mucho mejor por el árbol si éste con su misma corteza la protege de la intemperie.


PARA REFLEXIÓN E INTERCAMBIO

1. Pascua es el centro de nuestra religión cristiana: ¿cuáles son las consecuencias del poner de relieve esta verdad fundamental, ante la lucha contra el Poder del Mal? (n. 63).

2. ¿Por qué es importante ampliar nuestro horizonte eclesial a las dimensiones de la Iglesia triunfante? ¿Hemos conservado esta comunión con la Iglesia y los santos del cielo? ¿Estamos familiarizados con sus vidas y sus escritos? ¿Qué quiere decir "creer con la fe de toda la Iglesia"? (n. 67).

3. ¿Cuál es el lugar eminente de María, Madre de la Iglesia, en la lucha espiritual que hemos de librar contra el Poder de las tinieblas?

4. La liturgia de la Iglesia abunda en alusiones a los ángeles. Señala algunos textos que pueden ayudar a los cristianos de hoy a tomar conciencia o a recuperarla de su presencia activa?

Por la oración de la Iglesia, pidamos al Señor el ser verdaderamente testigos del misterio pascual, centro de toda nuestra vida cristiana:

"Te pedimos, Señor, que nos hagas capaces de, anunciar la victoria de Cristo resucitado; y pues nos has dado la prenda de tu gracia, haz que un día poseamos manifiestamente tus dones".

Oración del martes de la 2.8 Semana de Pascua.

NOTAS:

(1) TONQUEDEC, Les maladies nerveuses ou mentales et les rnanifestations diaboliques, pp. 23, 47, 82.

(2) Se encontrará una discusión sobre este tema en Satán, art. L’exorciste devant les manifestations diaboliques, nn 328-350, por F.X. Maquart y el P. De Tonquedec.

(3) Será útil leer el folleto de vulgarización: Reconnâitre l'Esprit, de los Padres Jacques Custeau y Robert Michel. Service du Renouveau charismatique catholique, Ed. Bellarmin, Montréal 1974.

I N D I C E


Prefacio
Presentación

PRIMERA PARTE: IGLESIA Y «PODER DE LAS TINIEBLAS»
I. El Demonio, ¿mito o realidad?

1. La fe de la Iglesia.
2. El Demonio, ¿antagonista de Dios?
3. Jesús y el Demonio.

II. La Iglesia, eco e intérprete de la Palabra de Dios

1. La Iglesia en referencia vital a la Palabra
2. Leer la Biblia en Iglesia
3.Las expresiones de la fe eclesial
4. La complementaridad de textos en la Biblia
5. Antiguo y Nuevo Testamento
6. La Iglesia, intérprete del texto de S. Marcos: «expulsarán demonios»

III. La Iglesia y la vida sacramental «liberadora»

A. En general
1. Presencia continuada de Jesucristo
2.Presencia liberadora
3. Nada de automatismo

B. En particular
1. El Bautismo
2. La Eucaristía
3. La Penitencia
4. La Unción de los enfermos

C. Los sacramentales

IV. La Iglesia, ante el «misterio de iniquidad»

1. El pecado, primer enemigo
2. La concupiscencia
3. El pecado «estructural»
4. El hombre, primer responsable
5. La fe, salvaguarda suprema
6. El «misterio de iniquidad»
a. A nivel de lo invisible
b. A nivel de lo visible

V. La Iglesia hoy, ante el pecado
1. El pecado en el corazón del mundo
2. La degradación moral
3. El sentido del pecado en retirada en la conciencia cristiana
4. Un grito de alarma

SEGUNDA PARTE; RENOVACIÓN CARISMÁTICA Y «PODER DE LAS TINIEBLAS»

VI. La Renovación Carismática como «experiencia»
del Espíritu Santo
1. El sentido del término «carismático»
2. La experiencia básica de la Renovación

VII. La Renovación y el sentido reavivado del Mal
1. El Espíritu Santo sensibiliza a la malicia del pecado
2. El Espíritu Santo sensibiliza a la lucha espiritual

VIII. La Renovación y la demonología subyacente
1. En ambientes no-católicos
2. En ambiente católicos

IX. La Renovación y la práctica de la «liberación» de demonios
1. ¿Qué se entiende por exorcismo?
2. Descripción de la práctica de la «liberación»
3. ¿Qué comprende, de hecho, el término «liberación»?
4. Una frontera mal definida

X. La Renovación y la expulsión de demonios: observaciones teológicas
1. ¿Es la experiencia el criterio último de verdad?
2. La Iglesia, única intérprete autorizada

XI. La Renovación y la expulsión de demonios: observaciones psicológicas
1. Dificultades del diagnóstico
2. Peligros psicológicos desde el punto de vista
de la persona «a liberar»
4. Peligros desde el punto de vista de los responsables de la liberación

TERCERA PARTE: LA RENOVACIÓN EN EL CORAZÓN DE LA IGLESIA

XII. Las armonizaciones necesarias
1. Dos dimensiones: una misma Iglesia
2. Necesidades pastorales actuales

a. Necesidad de una enseñanza doctrinal íntegra
b. Necesidad de una revisión de los criterios del Ritual Romano
c. Necesidad de una nueva pastoral en materia de exorcismo
d. La reserva episcopal con respecto a sacerdotes y laicos
e. Recurso al discernimiento episcopal


3. Llamada a los responsables de la Renovación
4. Llamada a los responsables de la Iglesia


XIII. Perspectivas finales

A. Perspectiva pascual
1. Pascua, en el centro de nuestra fe
2. Eucaristía victoriosa
3. El nombre victorioso de Jesús
4. En sentido contrario

B. Perspectiva eclesial plena
1. María y los
2. Los ángeles

Conclusión

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