.....ANTERIOR
CAPÍTULO X
LA RENOVACIÓN Y LA EXPULSIÓN DE DEMONIOS:
OBSERVACIONES TEOLÓGICAS
47 Si es cierto que la Iglesia Católica afirma claramente la
existencia y la influencia del Poder del Mal, es, por el contrario,
muy reservada en cuanto a la demonología sistemática.
Si hay un terreno en el que hay que poner en práctica el consejo
del Apóstol y ser sobrios, es precisamente éste. No
se puede hablar del demonio más que “en oblicuo”,
de forma indirecta. Su fuerza se encuentra en el mismo camuflarse:
es por naturaleza ilusionista y Padre de la mentira. Es oscuro por
definición y exigencia interna. Nadie lo ha visto a rostro
descubierto; el Maligno es un ser espiritual, fuera de nuestro alcance,
conocido sólo como tal por la Revelación. Su acción
es siempre delicada, piensen lo que piensen algunos que se aventuran
en este campo sembrado de minas con una temeridad desconcertante.
Nadie ha visto el viento cara a cara:
se «reconoce» su acción en las hojas que se agitan
en los árboles o en el polvo que levanta a su paso. El Maligno
no nos revela su identidad verdadera, su estrategia, su comportamiento.
Y además, hay que evitar toda exageración que engendra
de por sí una psicosis obsesiva. Esta es la negación
misma de nuestra religión cristiana que es Buena Nueva y gracia
de salvación en la victoria de Cristo.
Este campo depende en última
instancia del Magisterio de la Iglesia que es el único que
ha recibido del Maestro el carisma del discernimiento final. Rechazar
esta autoridad apelando a la experiencia personal sería incompatible
con la fe católica. Este punto es importante.
Cuando uno expresa sus reservas sobre
la manera cómo se practica la expulsión de demonios,
topa normalmente por parte de aquellos que la ejercen, con la objeción
que sacan de su experiencia: han «constatado» expulsiones,
dicen, y no pueden dudar de los frutos espirituales indiscutibles
que se han producido.
1. ¿ES LA EXPERIENCIA
EL CRITERIO ÚLTIMO DE VERDAD?
48 El argumento sacado de la experiencia
debe ser examinado de cerca. ¿Qué puede atestiguar legítimamente
la experiencia, y cuáles son sus límites? Se apela a
curaciones obtenidas después de un exorcismo, pero hay que
distinguir dos aspectos que no se incluyen necesariamente o aun de
ningún modo: el aspecto de «curación», y
el aspecto «expulsión de demonios».
Una primera pregunta será,
por lo tanto: ¿qué pensar de estas curaciones, a veces
hasta espectaculares? ¿Hay que rechazarlas?
Por mi parte, no encuentro razones
válidas, en algunos casos, para dudar de ellas, en la medida
en que se puede juzgar en esta materia siempre delicada. Jesús
dijo que «donde hubiese dos o tres reunidos en su nombre, allí
estaría él en medio de ellos» (Mt 18, 20). Es
con toda seguridad en su nombre, e invocándole explícitamente,
que ese grupo se ha reunido, en vista de un ministerio de compasión
fraterna. Y Dios ha prometido a los suyos que se realizarían
curaciones en su nombre.
Pero, ¿puedo ir más
allá y concluir del hecho de la curación que ésta
se ha debido a la expulsión de uno o varios demonios interpelados?
Todo el problema está aquí: si ha habido curación,
procede de Dios, ciertamente, pero ¿ha habido «curación
por expulsión de demonios»?
¿Qué se constata experimentalmente?
Se constata, en primer lugar, el
estado inicial en que se encuentra la víctima de estos impulsos
y de las anormalidades que sufre. Se constata luego que se ha realizado
un ritual determinado, más o menos parecido por todas partes.
Se constata por último un estado final: la alegría de
la víctima que experimenta un sentimiento de liberación
y de paz.
Pero -y ésta es la esencia
del problema- con qué derecho se puede concluir que el paso
del estado inicial A al estado final B se debe a la expulsión
de uno o de varios demonios que habrían tenido cautiva a esta
persona?
La conclusión supera claramente
las premisas; el rigor del razonamiento lógico no permite concluir,
de una concomitancia constatada entre oración y curación,
al nexo de causalidad que ha determinado ésta última.
El «cum hoc, ergo propter hoc» (con esto, por lo tanto
por esto) es el ejemplo típico de inducción engañosa.
49 Si se insiste evocando los frutos
de paz y de alegría interior que se han producido, me veo obligado
a decir que también en esto se impone la prudencia. ¿Se
puede argumentar, sin más, aduciendo los efectos benéficos
para atribuirlos a la expulsión de uno o varios demonios?
Solamente en el plano natural ya,
una sesión de compartir entre una persona oprimida y un grupo
que la acoge, puede ser por sí misma liberadora de angustias,
y por lo tanto fructuosa y benéfica. Ser escuchado con simpatía
es ya un paso hacia la curación. Abstracción hecha de
la gracia, hay una virtud inherente al compartir cuando éste
se hace en las condiciones requeridas.
Frutos semejantes de paz interior
recuperada se constatan en los grupos de compartir de todas clases
que, bajo nombres diversos, ayudan a la liberación de los participantes,
sin que se hable de expulsiones diabólicas.
No se niegan, por lo tanto, los frutos
de paz y de alegría alcanzados, pero de ahí a concluir
que se trata de una liberación de demonios, hay aún
un gran paso. Sería simplista concluir -como lo hemos escuchado
más de una vez- a partir de una constatación pragmática:
«it works», «esto funciona», que el demonio
ha dejado su presa.
El proverbio: al árbol se
le juzga por sus frutos, vale en la medida en que se examinan todos
los frutos del árbol y que se establece un nexo entre el fruto
y la rama. Sería necesario, para esto, poder excluir, por otra
parte, todo lo que haya podido contribuir a este resultado feliz,
como la oración, la compasión fraterna, la caridad sincera
de los «exorcistas».
Estas reflexiones no tienen otra
finalidad que la de invitar a no sacar conclusiones prematuras que
superan la estricta lógica.
2. LA IGLESIA, ÚNICA
INTÉRPRETE AUTORIZADA
50 Como escribo principalmente para
fieles de la Iglesia Católica, debo profundizar más
relacionando el discernimiento requerido a la función misma
de la Iglesia docente en su ministerio propiamente doctrinal y de
interpretación de todo lo que se refiere al campo de la Revelación.
Estamos aquí a nivel de la fe, y es sobre la fe de la Iglesia
que debo ajustar la mía.
«Señor», decimos
en cada liturgia eucarística, «no mires nuestros pecados,
sino la fe de tu Iglesia». Un cristiano o un grupo de cristianos
no puede nunca actuar en solitario, separado de la comunidad eclesial
total, no unidos al Obispo que la preside. Debemos preguntar a la
fe de la Iglesia, tal como se vive y se expresa a través del
Magisterio vivo, y confiarnos filialmente en su sabiduría materna.
Es ella que debe guiarnos en un campo que escapa a la percepción
que podemos tener por nuestra sola razón.
Lo que pasa en el mundo de las tinieblas,
la existencia misma y la acción de los malos espíritus
-igual que la existencia y la función luminosa de los ángeles-
escapa a nuestra competencia natural y depende de la Revelación
de Dios. Y ésta ha sido confiada, por un acto de voluntad positivo
del Señor, a sus apóstoles y a sus sucesores, establecidos
en el Espíritu Santo como intérpretes y garantes, en
última instancia, de la Palabra de Dios iluminada por la Tradición
viva de la Iglesia.
Se debería volver a leer aquí
todo lo que se ha dicho en el capítulo II sobre la Iglesia,
intérprete de la Palabra de Dios. Todo esto es doctrina clásica
y unánime de la Iglesia Católica. Puesto que creemos
en el Espíritu Santo que está obrando en la Iglesia
constituida, aceptemos reconocer que en materia de expulsión
de demonios no estamos capacitados para pronunciarnos en última
instancia, y que la experiencia misma debe ser esclarecida a la luz
de la fe.
PARA REFLEXIÓN E INTERCAMBIO
1. ¿Por qué "la
experiencia" no es el criterio último que permite
concluir sobre la realidad de una expulsión demoníaca?
(n. 48).
2. ¿No se puede aplicar
aquí el proverbio: "un árbol se juzga por sus
frutos"? Discutir el sentido y los límites de esta
frase de la Escritura (n. 49).
3. ¿Por qué la
Iglesia jerárquica es en este campo la única capacitada
para el discernimiento final? (n. SO).
4. Señala los efectos
"liberadores" de todo compartir, en psicología
humana, independientemente de toda expulsión de demonios
(n. 49).
Pidamos al Señor nuestra transformación
cristiana radical:
"Dios todopoderoso, el sacramento
que acabamos de recibir sea medicina para nuestra debilidad, sane
las enfermedades de nuestro espíritu y nos asegure tu constante
protección".
Postcomunión del miércoles
de la 5ª Semana de Cuaresma.
CAPÍTULO XI
LA RENOVACIÓN Y LA EXPULSIÓN DE DEMONIOS:
OBSERVACIONES PSICOLÓGICAS
Sigamos el análisis de estas sesiones desde un punto de vista
no ya teológico, sino psicológico. A este nivel también,
hay que avanzar con una prudencia extrema, porque se toca la intimidad
profunda de la persona «a liberar».
Notemos dos puntos, particularmente
neurálgicos:
- el primero es previo, y se refiere
a la dificultad del diagnóstico;
- el segundo concierne a los peligros
psicológicos a los que se expone, tanto el «exorcizado»
como el «exorcista».
1. DIFICULTADES DEL DIAGNÓSTICO
51 La primera dificultad: establecer
un diagnóstico válido.
¿Cómo saber con certeza
que se trata de una influencia diabólica? Nadie tiene la evidencia
directa: siendo como son seres espirituales, tal como hemos dicho,
los demonios escapan a nuestras categorías y a la observación
empírica.
No se puede tratar, por lo tanto,
más que de conjeturas. No hemos de describir ahora las diversas
manifestaciones externas que han sido interpretadas a lo largo de
los siglos y según las diversas culturas como manifestaciones
de una presencia diabólica...
La patología mental conoce
toda una gama de delirios, comprendida la zoopatía, es decir,
la creencia en la presencia de un animal en las vísceras.
El carácter tan especial de
estas enfermedades impulsaría a creer que estas aberraciones
son de origen diabólico y requieren como remedio el exorcismo
de liberación.
Nadie intentará sugerir el
exorcismo cuando se trata de cáncer o de leucemia, porque la
imaginación no queda afectada por los síntomas. El carácter
extraño de las manifestaciones de enfermedades nerviosas no
debería hacer concluir, sin más, a influencias demoníacas.
Pero hoy no se pueden olvidar los
datos de la ciencia, si no se quiere caer en la ingenuidad y en la
credulidad.
Más de una vez, he constatado
en ciertos ambientes, inclinados a la liberación abusiva, una
ignorancia admirable a este respecto.
Es importante conservar una credibilidad
intacta, si no se quiere recibir un rechazo global.
El Padre Tonquedec, S. J., teólogo
conocido y exorcista durante muchos años de la diócesis
de París, escribió en su tiempo un libro: «Las
enfermedades nerviosas o mentales y las manifestaciones diabólicas».
Conserva toda su actualidad sobre el punto que nos concierne, y puede
servir útilmente para advertir a todo el que tuviese tendencia
a descubrir inmediatamente una acción diabólica en un
comportamiento extraño, para dudar prudentemente de su diagnóstico.
52 Olvidar los datos de la ciencia sería desconocer la estrecha
relación entre la gracia y la naturaleza. Santo Tomás
ha señalado frecuentemente esta relación diciendo que
la gracia no destruye la naturaleza, sino que la completa y la perfecciona.
Contraria mente a las tendencias nacidas de la Reforma, la Iglesia
no considera la naturaleza como intrínsecamente viciada o herida.
Señala una serie de trazos
que son comunes a la neurosis -sobre todo a la psicastenia, a la histeria
y a ciertas formas de epilepsia- y a la verdadera posesión.
El desdoblamiento, al menos parcial,
de la personalidad, con manifestaciones impropias, en desacuerdo con
el carácter del sujeto; una conducta, por más perversa
que sea; costumbres salvajes y groseras, proceden de la enfermedad
y no tienen, como tales, ninguna significación diabólica.
En el histérico, que se comporta
como si fuese un agente de Satanás, aparecerá el horror
por las cosas religiosas, el gusto por el mal, las palabras groseras,
las actitudes desvergonzadas, las agitaciones violentas, etc. (1)
En estos casos, el carisma sobrenatural
de discernimiento, que es un don de Dios, no puede olvidar la inteligencia
humana crítica que es, también ella, como toda la creación,
un don de Dios: los dones de Dios son complementarios.
No se puede, pues, apelar al criterio
del discernimiento como carisma para dispensarse de tener en cuenta
estos datos humanos y apelar directamente al Espíritu Santo,
sin pasar por el discernimiento de la Iglesia. En general, el discernimiento
que se buscará, será el de un grupo y no el de un individuo
solo. Pero esto no basta.
Se puede comprender que cristianos
no católicos consideren el discernimiento colectivo como criterio
final. Pero nuestra fe va más allá y nos hace reconocer
el misterio de la Iglesia, tal como el Maestro lo ha instituido.
Cristo ha querido una Iglesia apostólica
y ésta se continúa, a través de los siglos, por
la sucesión de los obispos. Es a éstos y a los sacerdotes
en comunión con ellos y, en este caso, mandados por ellos,
que corresponde el juicio final, después que han sido debidamente
iluminados por los fieles con toda confianza y apertura.
La palabra «discernimiento»
es también una de estas palabras con trampa que la teología
debe aclarar, si no se quiere caer en equívocos graves.
Puede estar intentando buscar un
medio rápido, que le dispense de una trabajosa ascesis, un
medio rápido extrínseco a él.
Hay que tener en cuenta también
el fenómeno de contagio colectivo, que puede ocurrir. De diversas
partes del mundo, he recibido testimonios que muestran que de forma
brusca se producen afluencias de peticiones de este tipo y que un
«exorcista» de moda atrae multitudes...
2. PELIGROS PSICOLÓGICOS DESDE EL PUNTO DE VISTA DE
LA PERSONA «A LIBERAR»
53 Aún suponiendo que la «liberación»
sea realizada por un grupo, con sabiduría y discernimiento,
no se pueden olvidar los efectos psicológicos en la persona
«a liberar». Normalmente ésta se ha persuadido,
o se la ha persuadido, de que sus turbaciones son debidas a influencias
del Maligno.
De ahí el peligro para ella
de complejos de diversas clases. En primer lugar el riesgo de una
especie de trauma con respecto a su propia imagen; se considerará
como encadenada por lazos insuperables y víctima de influencias
nocivas que escapan -completamente o en parte- a su responsabilidad
y a su libertad.
Es un peligro real el creerse, en
estos casos, más o menos irresponsable. Entonces, la colaboración
personal a la curación puede quedar muy disminuida.
Es siempre grave poner a alguien
en complejo de inferioridad con respecto a sí mismo y disminuir,
a sus propios ojos, sus capacidades de acción y de reacción.
Se debería también
analizar de cerca los motivos que impulsan a un «paciente»
a pedir la liberación.
3. PELIGROS DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LOS RESPONSABLES DE
LA LIBERACIÓN
54 A mi modo de ver, el peligro más
serio está en el dominio que los responsables de la liberación
adquieren sobre la persona que se presta al exorcismo.
Se le ha pedido -a veces a lo largo
de muchos encuentros- manifestar sus turbaciones interiores más
secretas. Se le han hecho preguntas que intentan poner al desnudo
su pasado, sus traumas, sus remordimientos, sus angustias, sus miedos,
sus odios... Se ha intentado identificar el o los demonios que se
han considerado a la base de todo esto y se les nombra, uno a uno,
para expulsarlos.
Normalmente, la persona que se presta
a esto experimenta un vivo reconocimiento por sus «liberadores»
y está dispuesta a seguir casi ciegamente sus consejos y sus
sugestiones para el futuro.
El peligro de manipulación,
involuntaria sin duda, de la conciencia ajena, está lejos de
ser imaginario. La Iglesia ha cuidado siempre, por su parte, el asegurar
el secreto y la libertad de las conciencias en las reglas que aprueba
para las comunidades religiosas. Esta sabiduría secular nos
recuerda que hay barreras que no se deben atravesar y que la responsabilidad
personal debe permanecer inalienable.
PARA REFLEXIÓN E INTERCAMBIO
1. ¿Cuál es la función
de las ciencias humanas, especialmente médicas, en esta
materia? (n. 51).
2. ¿Qué significa
en este caso el dicho teológico "la gracia no destruye
la naturaleza"? (n. 51).
3. El ministerio de "liberación"
comporta por sí mismo el peligro de violar la libertad
de conciencia, y de ejercer un dominio indebido sobre la persona.
Analiza estos peligros.
4. ¿Por qué el
ministerio llamado de "liberación" es de hecho,
en muchos casos, un verdadero ejercicio de exorcismo?
En el campo de lo invisible, no tenemos
más que una certeza, la de la presencia del Señor en
lo más profundo de nuestra lucha espiritual. Unamos nuestra
oración a la de la Iglesia:
"Dios todopoderoso a quien
nadie ha visto nunca: tú que has disipado las tinieblas del
mundo con la venida de Cristo, la Luz verdadera, míranos complacido,
para que podamos cantar dignamente la gloria del nacimiento de tu
Hijo".
Oración del 5: día dentro
de la Octava de Navidad.
TERCERA PARTE
La Renovación en el
corazón de la Iglesia
CAPÍTULO XII
LAS ARMONIZACIONES NECESARIAS
55 Ha llegado el momento de integrar
la segunda parte de nuestra exposición en la primera, es decir,
unir profundamente la Renovación y el Misterio de la Iglesia,
y mostrar las necesarias articulaciones. Hay que evitar todo dualismo
entre una Iglesia que sería carismática y otra que sería
institucional. Recientemente, en una conferencia cuaresmal en Notre-Dame
de París, el cardenal Etchegaray dijo:
«La Iglesia es un misterio
al que no se le da la vuelta paseando; hay que entrar y sumergirse
plenamente en él».
De esto se tratará en esta
tercera parte.
1. DOS DIMENSIONES: UNA MISMA
IGLESIA
No se puede oponer jerarquía
y carisma, como no se puede oponer la obra del Hijo encarnado y la
del Espíritu que la actualiza y la continúa. La Iglesia
es una realidad una: su dimensión institucional visible y sacramental
forma una unidad con su dimensión invisible en que se sitúan
los diversos carismas del Espíritu.
Con razón ha escrito el P.
Rahner, S. J., haciendo eco en esto a la Tradición:
«El elemento carismático pertenece a la esencia de la
Iglesia de una forma tan necesaria y permanente como el ministerio
jerárquico y los sacramentos».
La realidad carismática forma
cuerpo con la Iglesia, en su estructura misma; no es una especie de
adición posterior, como si la Iglesia institucional tuviese
necesidad, después de todo, «de un suplemento de alma»
y de dinamismo propulsor.
El Espíritu Santo hay que
descubrirlo ya en el corazón mismo de los ministerios ordenados
de la Iglesia.
Cuando me ordenaron diácono,
el obispo consagrante me dijo: «Recibe el Espíritu Santo
para que sea tu fuerza y te ayude a resistir al Demonio y a sus tentaciones».
¡Extraña fórmula para nuestros oídos de
hoy! Y, sin embargo...
Cuando fui ordenado sacerdote, el obispo me dijo: «Recibe el
Espíritu Santo, a quien le perdones los pecados les serán
perdonados».
Y, por último, el día
de mi consagración episcopal, el obispo consagrante me dijo,
sin ninguna glosa: «Recibe el Espíritu Santo».
Nosotros, diáconos, sacerdotes,
obispos, somos, por lo tanto, los herederos de una misma promesa de
Jesús, somos juntos, pero cada uno en complementaridad y según
su propia especificidad, los Ungidos del Espíritu.
La diferencia con aquellos que reciben
y ejercen carismas, en la espontaneidad del Espíritu, está
en el carácter no permanente de éstos. Los carismas
ministeriales que estructuran la Iglesia existen para que la Iglesia
entera pueda desarrollarse en el Espíritu. Sin duda, a nivel
humano son posibles las tensiones entre estos dos aspectos de una
misma Iglesia, porque se encarnan en hombres, y todos llevamos nuestros
tesoros en vasos frágiles. Pero, se daría un gran paso,
en el proceso de Renovación de la Iglesia, si todos fuésemos
conscientes de nuestra complementariedad necesaria y vital.
Sería impensable entonces
que un ministerio pastoral de «liberación», igual
que la enseñanza sobre el demonio, pudiese establecerse al
margen de la Iglesia jerárquica, y desarrollarse en una vía
paralela.
Ningún fiel discutirá
este principio, pero se trata de darle cuerpo. Lo que supone apertura
y confianza por parte de los responsables de la Renovación,
acogida y escucha por parte de las autoridades eclesiales que tienen
la misión de velar por esta integración.
2. NECESIDADES PASTORALES
ACTUALES
56 Un gran problema pastoral nos acucia a causa de la Renovación
que hay que guiar, pero también a causa del excesivo interés
que suscita entre nuestros contemporáneos todo lo que se relaciona
de lejos o de cerca con este sector: satanismo, ocultismo, videncia,
magia, espiritismo, parapsicología...
Se trata de trazar un camino a igual
distancia de un demonismo hipertrofiado y de un racionalismo que aparta
los problemas con desdén y suficiencia.
He aquí, pues, a mi modo de
ver, algunos puntos que deberían retener nuestra común
atención.
a) Necesidad de una enseñanza
doctrinal íntegra
La Iglesia docente, a los diversos
niveles, debe -como hizo Pablo VI- recordar a los cristianos de hoy,
con toda claridad y nitidez, que la existencia del Demonio y de su
influencia nociva y multiforme no es un mito y que no tenemos el derecho
de adaptar el Evangelio al gusto del día mutilándolo.
Esto implica también que el
pueblo cristiano sea iluminado sobre la lucha espiritual que ha de
sostener, en nosotros mismos y a nuestro alrededor, contra las fuerzas
del mal. Para luchar contra el enemigo, hay que buscar al menos sus
plazas fuertes y sus campos de batalla preferidos.
Es necesario también que nuestra
enseñanza no quede muda con respecto a tido lo que toca a la
acción concreta del Espíritu Santo, en particular a
los carismas. El Vaticano II ha recordado útil y proféticamente
no pertenecen a sólo a la Iglesia primitiva, sino que son,
hoy como ayer, parte integrante de nuestra herencia cristiana. Y entre
estos carismas, el que da origen al ministerio de la curación
–sobre todo interior- necesita un delicado e indispensable discernimiento
doctrinal y pastoral. Y, naturalmente, el “ministerio de liberación”
encontrará aquí la luz necesaria.
b) Necesidad de una revisión
de los criterios del Ritual Romano.
57 Un segundo deber, más limitado, pero muy urgente también,
nos obliga a no dejar abandonado, pastoralmente, el campo de las prácticas
de liberación tal como se desarrollan ante nuestros ojos. Es
indispensable por el bien de la Iglesia, como por la credibilidad
de la Renovación, a través del mundo que se tracen vías,
que una señalización luminosa garantice la seguridad.
No son los usuarios de la carretera quienes establecen el código
o dan los permisos de conducir o imponen los cinturones de seguridad.
Este servicio lo debemos hacer nosotros, obispos, responsables de
la Iglesia.
En esta perspectiva, se deberían
revisar los criterios del Ritual Romano –cuyo origen se remonta
al 1614- al menos en lo que concierne a los que permiten reconocer
aun caso de posesión diabólica. Estos criterios son
insuficientes hoy y deben ser matizados y confrontados con los fenómenos
parapsíquicos naturales –como por ejemplo, la telepatía-,
que no tienen nada de diabólico y que pueden explicar hechos
asombrosos. (2)
Nadie puede ignorar lo que la ciencia
nos ha enseñado referente a la psicología, parapsicología
y fenómenos extrasensoriales. La exploración del terreno
del inconsciente, así como el progreso de la medicina, han
descubierto aspectos, ayer todavía desconocidos, del comportamiento
humano. Y se pede prever que en el futuro otros descubrimientos harán
progresar la ciencia del hombre y el dominio de sus comportamientos.
La línea de demarcación
entre el terreno del natural y el terreno del preternatural retrocede
cada vez más. Lo que no quiere decir que desaparecerá,
pero que se situará de otro modo y en otro lugar.
Ante estos fenómenos extraños,
se puede adoptar tres actitudes:
La primera consiste en reducir todo
a fenómenos de orden psíquico, para-psíquico
o socio-culturales y excluir toda otra explicación. Es la postura
clásica actual del mundo científico, y desgraciadamente
muchos cristianos la suscriben hoy.
La segunda consiste en considerar
estos fenómenos coomo manifestaciones evidentes de la acción
diabólica, a partir de algunos síntomas, que se creen
pueden discernirse por una especie de evidencia inmediata o de revelación
interior.
Pero hay una tercera actitud posible,
que consiste en reconocer en estos “posesos” casos de
orden psíquico o psicopatológico, parapsíquico
o psicopatológico, aceptando al mismo tiempo la hipótesis
que, ahí también, pueda haber influencias malas de orden
espiritual, de forma conjunta o separada, e interferir con los comportamientos
mórbidos.
El hecho que un fenómeno pueda
ser explicado por nuestras categorías científicas no
debe excluir la posibilidad de una interpretación de otro orden,
a otro nivel.
Al hombre de ciencia hay que recordarle
-si es cristiano- que hay realidades y dimensiones que escapan a su
verificación experimental y que, por otra parte, la objetividad
científica no permite pronunciarse de forma exclusiva en la
interpretación de los fenómenos.
Al cristiano que no está al
corriente de todos los datos y de los progresos de la ciencia, hay
que decirle que el espíritu crítico es también
un don de Dios, y que el candor ingenuo no es una virtud que hay que
identificar con la fe.
Sólo una revisión del
Ritual Romano podría hacernos evitar todo juicio do juicio
prematuro basado sobre criterios hoy en día inadecuados. Esto
es todavía más urgente dado que algunos de los que practican
la «liberación» se apoyan en estos criterios para
multiplicar indebidamente los casos que a su modo de ver necesitan
su intervención caritativa. Hay que quitarles este argumento
que, aparentemente, pone a la ortodoxia de su parte, y que les lleva
a considerar como heterodoxo y naturalista a cualquiera que predica
moderación y reserva.
c) Necesidad de una nueva
pastoral en materia de exorcismo
58 Una tercera urgencia se presenta:
determinar una nueva pastoral en materia de exorcismo, sea cual sea
la etiqueta empleada para designarlo. En cuanto se trata de interpelación
directa del o de los demonios, de conminación o de adjuración
en vista a expulsarlos, es preciso que la Iglesia trace reglas adecuadas
que se deban respetar. El código ha reservado al obispo los
casos de posesión, pero todo lo que no llega a ella ha quedado
vago y flotante. Hay, además, como ya hemos dicho, una falta
completa de unidad en el vocabulario.
Para hacer algo útil, se debería
entre otras cosas fijar la terminología y establecer con nitidez
la distinción entre la oración de liberación
y el exorcismo de liberación por interpelación directa
del demonio.
La oración de liberación
se dirige a Dios como toda oración. El final del Padrenuestro
«líbranos del Mal» es la oración de liberación
por excelencia. Es accesible a todos y forma parte de nuestra herencia
espiritual. Se debería valorizar la última petición
del Padrenuestro dándole todas sus dimensiones y su realismo.
Por el contrario, el exorcismo de
liberación pone un problema pastoral grave. La Iglesia ha legislado
en lo que concierne a los casos de posesión diabólica
reservándolos al discernimiento exclusivo del obispo.
Pero, hasta ahora, no ha trazado
la línea de demarcación entre las formas de exorcismo
para casos que no llegan a la posesión.
Sé que en diversos países
los obispos o los episcopados se han preocupado de este tema; algunos
han pedido una moratoria hasta la fijación de la línea
de conducta. Se comprende que, sobre un fondo común de orientaciones,
pueda haber variantes debidas a un contexto sociológico diferente.
Será el caso donde el problema se complique a causa de las
creencias populares animistas, o a causa de la función que
desarrollan, en estos pueblos, los espíritus de los muertos,
la brujería, etc.
Es sabido que el nuevo Ritual del
Bautismo prevé una forma diferente de renuncia para los catecúmenos
que proceden del paganismo (Instrucción 65, párrafo
2).
De forma inmediata, dada la urgencia
de preservar a los cristianos de la inflación en este punto,
me parece que las autoridades responsables de la Iglesia, a nivel
local o universal, deberían indicar claramente los límites
que no se deben pasar en la práctica de la liberación.
d) La reserva episcopal con
respecto a sacerdotes y laicos
59 Me parece de capital importancia
en este tema que sea reservada al obispo o a su delegado toda forma
de exorcismo que intenta identificar al o a los demonios, entrar en
diálogo con ellos por medio de la interpelación directa,
de la adjuración, de la conminación en vistas a proceder
a la expulsión.
Esta forma de exorcismo que está
a la base de la práctica descrita anteriormente debería
estar reservada, me parece, al discernimiento del obispo y no realizarse
nunca sin su consentimiento.
Esta reserva está en la línea
de la tradición, aún en lo que se refiere a los sacerdotes.
Cuando un futuro sacerdote era ordenado
como«exorcista» -en la época en que el exorcistado
era una orden menor-, se decía que recibía el poder
de exorcizar, pero que el ejercicio de este poder quedaba reservado.
Subrayo también que, si el
exorcistado ha desaparecido como orden menor, nada impide que una
conferencia episcopal pida a Roma el restaurarla. No sé si
esto sería conveniente, pero es una posibilidad a estudiar.
Si se concluyese en este sentido podrían ser candidatos laicos
cualificados.
Sea lo que sea sobre este punto,
me parece muy importante que el obispo, debidamente informado, asuma
la responsabilidad final y confíe a sacerdotes escogidos y
a laicos competentes, este tipo de trabajo pastoral.
Tal responsabilidad ha sido ya tomada,
en diversos lugares del mundo, por los obispos. Así, por ejemplo,
el cardenal Benelli, arzobispo de Florencia que, vista la generalización
y los abusos graves, sin ninguna conexión con la Renovación,
retiró públicamente en 1978, los poderes de exorcistas
a todos los sacerdotes que los ejercían bajo distintas formas,
para reservarlos únicamente a dos sacerdotes señalados
para este fin.
Propongo reservar al obispo, no sólo
los casos de posesión diabólica, según el derecho
antiguo, sino toda la zona en que se cree sospechar una influencia
específica demoníaca. Ampliando así el terreno
reservado, no pretendo de ningún modo poner en discusión
el lugar y la función del laico en la Iglesia. Es normal que
se haga una distinción entre un poder inherente a todo cristiano
y el ejercicio de este mismo poder que dependerá de los responsables
de la Iglesia.
No se trata, en este caso, de un
problema teológico sobre la función del laicado, sino
de una búsqueda de una solución prudente en función
de las situaciones creadas.
Todo cristiano tiene e1 poder de
bautizar, pero la Iglesia reserva el ejercicio de este poder a casos
de extrema necesidad, y pide luego que si este caso se produce, se
indique para que haya buen orden.
Todo cristiano que se arrepiente de sus faltas ante Dios y se vuelve
hacia él en un acto de contrición perfecta, obtiene
el perdón, pero la referencia al sacerdote permanece, y deberá
confesar su falta, en virtud de la misión específica
del sacerdote.
Toda pareja de bautizados que se
casan, se confieren mutuamente por su consentimiento recíproco
el sacramento del matrimonio: la Iglesia, sin embargo, siempre por
razones pastorales, establece las reglas no sólo de licitud,
sino también de validez. El sacerdote con su presencia asegura
la inserción del matrimonio cristiano en el misterio de la
Iglesia.
Evoco estos ejemplos para ilustrar
la aplicación que sugiero en el caso del «exorcismo».
Todo bautizado tiene el poder radical, en virtud de la promesa y de
la presencia en él del Señor, pero es normal y saludable
que el ejercicio de este poder esté reglamentado por los pastores
de la Iglesia según las necesidades y exigencias de una pastoral
adecuada.
No hay en esto ningún clericalismo,
sino simple respeto de un orden establecido por el Señor mismo,
cuando instituyó el papel y la función de los pastores
de la Iglesia.
e) Recurso al discernimiento episcopal
60 Sería injusto acusar a la
Renovación de intrusión en un campo «reservado»,
puesto que se acepta en principio el no aventurarse en los exorcismos
solemnes, pero la línea misma de demarcación es problemática:
lo hemos dicho ya.
Es urgente que se trace esta línea:
sólo la autoridad de la Iglesia puede hacerlo para sus fieles
que tienen necesidad de su discernimiento, de sus directrices, de
sus cláusulas de defensa. Los responsables de la Renovación
tienen necesidad también de saber que subrayando la realidad
de las Fuerzas del Mal, están siguiendo la Tradición
de la Iglesia.
Pero la falta de contacto o de confianza
ha hecho que ciertas prácticas de la liberación se hayan
introducido en muchos lugares, sin beneficiarse de las directrices
y de las garantías eclesiales necesarias.
El carácter secreto o extremadamente
discreto de estas prácticas, dejando de lado las intenciones
loables, ha creado una atmósfera que no es sana y que no debería
prolongarse.
Hay que superar el miedo de que el
obispo las prohíba sin examen previo o diálogo suficiente,
e invitarle a verificar o a hacer verificar lo que pasa en estas sesiones
de liberación.
Sé que a nivel de personas
y de situaciones concretas, el diálogo con la autoridad puede
ser a veces difícil, de una parte y de otra, pero no hay otra
salida que la acogida, en espíritu de fe, del misterio de la
Iglesia fundada sobre los apóstoles y sus sucesores. Yo mismo
he asistido como observador benévolo y atento, a sesiones de
este tipo, para poder hacerme una idea. Me ha emocionado la compasión
que manifestaban los «exorcistas» y su evidente amor por
la persona «a liberar», pero me he sentido muy incómodo
ante los peligros, a los que no escapaban y que he señalado
en los capítulos 10 y 11.
La Iglesia es, para el creyente,
la única intérprete autorizada, en última instancia,
para discernir las vías y las intervenciones del Espíritu.
Cuando Pablo encuentra a Jesús en el camino de Damasco en una
visión cegadora, el Señor no le da instrucciones directas.
Pero le dice: «Levántate, entra en la ciudad, y se te
dirá lo que debes hacer». Era la misión de Ananías.
Hoy en día, para todo fiel,
sea cual sea su visión o revelación personal, Ananías
se llama el obispo de cada iglesia particular, en relación
y comunión con el obispo de Roma, guardián supremo de
la unidad. Se ha podido definir al obispo como «aquel que tiene
el carisma de discernir los carismas». Esto supone evidentemente
que esté debidamente informado y que tenga a su alcance los
elementos del discernimiento, pero su función es vital, a no
ser que se quiera ver la Renovación degenerar en secta y el
iluminismo dictar la ley .(3)
Por último, señalemos
aún, un punto concreto. Ocurre a veces que para justificar
la práctica del exorcismo directo, se reclama al exorcismo
llamado del Papa León XIII, autorizado, según el texto
divulgado, para los laicos y para los sacerdotes.
Queriendo conocer el pensamiento
oficial de la Iglesia con respecto a este exorcismo de León
XIII, he preguntado a la Congregación para la doctrina de la
Fe, qué interpretación se debía dar. El cardenal
Seper, poco antes de su muerte, me contestó, con fecha del
18 de noviembre de 1981, que el exorcismo del Papa León XIII
fue incorporado al Ritual Romano en 1925, con la siguiente instrucción:
«Este exorcismo puede ser recitado por los obispos y los sacerdotes
autorizados por sus obispos».
Añadió que en 1944,
el obispo de Cittá della Pieve preguntó al Santo Oficio
si los fieles podían recitar el exorcismo antedicho, publicado
bajo el Pontificado de León XIII. A lo que el Santo Oficio
contestó con una negativa, «a causa del espíritu
de superstición al que el uso de este exorcismo ha dado lugar
y a causa también del hecho que la Iglesia acostumbra a reservar
el uso del exorcismo a sus ministros autorizados».
Ignoro cómo de hecho este
tipo de exorcismo ha podido hacerse accesible a todos los fieles,
según el texto divulgado con imprimatur. Esta anomalía
es un índice más de que hay aquí un problema
pastoral de conjunto que hay que revisar y clarificar de un modo más
profundo.
3. LLAMADA A LOS RESPONSABLES
DE LA RENOVACIÓN
61 Con toda franqueza y amistad,
querría decir a los Responsables de la Renovación: «No
tengáis miedo de dejaros guiar por vuestros obispos, compartid
vuestras experiencias, sabiendo que éstas no son el criterio
supremo y que necesitan ser iluminadas a la luz de la fe y de la tradición
de la Iglesia. Sed solícitos en hablar el lenguaje de la Iglesia
-que es nuestra lengua materna- y estar al unísono con ella.
El famoso dicho: «Sentire cum Ecclesia» (estar en simbiosis
con la Iglesia) es importante. Es preciso que vuestro acento no os
traicione y que no habléis una lengua extranjera.
Temed toda marginación, todo
esoterismo, toda gnosis que pastores sin mandato creerían quizás
poder acreditar «en nombre de su experiencia». Leed de
nuevo todo lo dicho aquí sobre nuestra necesaria e inevitable
ignorancia en todo lo que se refiere al reino de las tinieblas y temed
las afirmaciones demasiado apremiantes. Cuanto más note el
obispo vuestra disponibilidad en la escucha, más fructuoso
será el diálogo.
Vuestra experiencia en el campo de
la oración de curación, particularmente de curación
interior, será preciosa para reactualizar un carisma tan familiar
a la iglesia primitiva y que forma parte de nuestra herencia cristiana.
Tenéis cosas que dar y recibir
para el mayor bien de la Iglesia.
4. LLAMADA A LOS RESPONSABLES
DE LA IGLESIA
62 A mis hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, querría
decirles, humildemente pero con audacia: No pasemos junto a la gracia
de la Renovación sin captar su sentido y sus riquezas, tanto
para nosotros como para nuestra misión.
Que las deficiencias de los hombres
no nos escondan la amplitud y profundidad de la gracia que se ofrece
a nuestra libertad. Esta moción actual del Espíritu
toca muchos campos de nuestra pastoral. No la juzguemos desde fuera:
no se la comprende bien si no es desde dentro y me atrevo a decir
por experiencia personal, aceptando experimentar uno mismo la efusión
nueva del Espíritu.
Invitemos a los testigos que viven
este Pentecostés personal a que nos digan lo que fue para ellos
esta gracia que marcó una segunda conversión. Estos
testigos, los encontraremos en todos los países, en todas las
clases sociales, tanto en el mundo de los laicos como en el de los
sacerdotes, religiosos, obispos.
Yo he intentado dar mi propio testimonio
en el capítulo XII de mi libro «¿Un nuevo Pentecostés?».
He puesto un signo de interrogación en el título porque
no puede desaparecer si no por nuestra acogida y por nuestro apoyo
activo.
Nuestra apertura hará mucho más eficaces las puntualizaciones
pastorales necesarias en vistas del bien de la Iglesia y de su obra
salvadora en el mundo de hoy.
El Espíritu Santo está
obrando de muchas formas, y nadie puede revindicar el monopolio de
su acción. Pero hay que reconocer con Pablo VI que la Renovación
es «una oportunidad para la Iglesia», y con Juan Pablo
II que juzga actualmente con la distancia de los años que «es
una oportunidad en vías de realización ante nuestros
ojos».
PARA REFLEXIÓN E INTERCAMBIO
1. Toda la Iglesia es "carismática".
¿Cuál es el sentido de esta afirmación y
cuáles son sus consecuencias desde el punto de vista de
las relaciones entre los aspectos jerárquicos y carismáticos
de la Iglesia? (n. SS).
2. ¿Qué reformas
serían de desear en esta materia, desde el punto de vista
pastoral, para el bien de toda la Iglesia? (nn. 56, 57, 58).
3. ¿Cuál es el
sentido y el alcance exacto de la reserva episcopal deseada en
estas páginas? (n. 59). 4. ¿Cómo concebir
en la práctica el diálogo entre los obispos y los
líderes de la Renovación? (mt. 60, 61, G2).
Al invitarnos al ayuno, la Iglesia
quiere armarnos para la lucha espiritual. Con ella decimos:
"Señor, fortalécenos
con tu auxilio al empezar la Cuaresma para que nos mantengamos en
espíritu de conversión; que la austeridad penitencial
de estos días nos ayude en el combate cristiano contra las
fuerzas del mal".
Oración del Miércoles
de Ceniza.
CAPITULO XIII
PERSPECTIVAS FINALES
A. PERSPECTIVA PASCUAL
1. PASCUA, EN EL CENTRO DE NUESTRA FE
63 El cristianismo está indisolublemente
unido al misterio de la Resurrección pascual.
Vivimos nuestra existencia cristiana
presente y futura basada en esta realidad fundamental de nuestra fe.
Es ésta, en sentido exacto y preciso, una cuestión de
vida o muerte.
El cristiano no es uno que vive bajo
la obsesión o la psicosis del o de los demonios; cree en la
Resurrección del Señor, en el triunfo de la vida sobre
la muerte, del amor sobre el odio, de la verdad sobre la mentira,
de la luz sobre la noche.
«Somos, decía Juan Pablo
II a los negros de Harlem, un pueblo pascual y nuestro canto es aleluya».
El cristiano no disocia las fases del misterio redentor: el Viernes
Santo es para él el precio de Pascua, como Pascua es apertura
a la mañana del Pentecostés. Vive de este triple misterio,
indisolublemente. La mirada del cristiano no debe dirigirse al o a
los demonios como si fuesen el primer plano en el que fijar nuestra
atención. Santa Teresa de Ávila decía, con su
magnífico sentido común: «No entiendo estos miedos
que nos hacen decir: ¡el demonio, el demonio! , cuando podemos
decir: ¡Dios, Dios!».
La lucha de Cristo contra el «adversario»
fue radicalmente victoriosa. Su resurrección domina desde entonces
el horizonte como una aurora boreal. Aun si el dominio del mal no
está todavía eliminado, y la vigilancia se requiere,
sabemos que el Reino está entre nosotros.
Creo en un Padre de infinita ternura;
en Jesús nuestro Salvador, que nos ha hecho ya -en él
herederos del cielo; en el Espíritu cuya presencia nos asegura
«una alegría y una paz que nadie podrá quitarnos».
Mi credo me sitúa a las antípodas de una religión
de miedo servil ensombrecida por la obsesión del poder del
mal.
No se puede olvidar que Pascua marca
una victoria sobre el Demonio y el mal, hasta tal punto que no se
puede trasponer sin más lo que llamaría la pastoral
de Jesús mismo, durante su vida terrena, a su vida gloriosa
de hoy.
Cristo actúa y obra actualmente
de forma distinta y sobre todo a través de los Sacramentos,
centrados alrededor de la Eucaristía como principales canales
de gracia. Y esto a escala mundial y no ya en el marco estrecho de
Palestina y en el contexto de las costumbres de su tiempo. No se puede
trasponer, tal cual, la acción anti-demoníaca de Jesús
antes de la Resurrección, a la que él continúa
hoy por su Espíritu en la virtud y el poder de su resurrección.
Esta observación elimina el
peligro de una lectura fundamentalista de la Escritura y de todo transfer
indebido. No se menosprecia por eso de ningún modo la realidad
de las curaciones de Jesús y de las expulsiones de demonios:
se las sitúa en el tiempo y en el espacio, con la conciencia
de que vivimos actualmente bajo el signo de una victoria adquirida
y en la novedad del Espíritu.
No es la demonología que está
en el centro de nuestra fe, sino Cristo, en el poder del Espíritu.
Toda insistencia abusiva sobre el reino de las tinieblas compromete
gravemente el equilibrio de nuestro cristianismo y contradice el Evangelio
que es Buena Nueva y mensaje liberador. La trampa más astuta
del Maligno consiste en llamar la atención sobre sí
mismo y sobre sus obras y no sobre Jesús, Salvador del mundo.
Somos y permanecemos para siempre
hijos de la Luz.
2. EUCARISTÍA VICTORIOSA
64 A base de concentrar la atención
sobre los demonios a interrogar y a expulsar por conminación
directa, se expone uno a olvidar que el cristiano tiene otros recursos.
Sin repetir aquí todo lo que hemos dicho sobre la Iglesia,
sacramento de salvación, debemos recordar que en la lucha contra
las fuerzas de las tinieblas, todo cristiano dispone del poder mismo
de la oración que se dirige a Dios y pone en acción
la victoria pascual del Señor. Al enseñarnos el Padre
nuestro, Jesús nos ha dado el modelo por excelencia de la oración
liberadora de todo mal. Es la oración privilegiada, enseñada
por el Maestro a sus discípulos para todos los tiempos futuros.
Pero no se puede olvidar tampoco
que surge de los sacramentos un poder liberador, y de forma particular
de cada celebración eucarística si comprendemos su valor
y su significado. Todo el «Gloria in excelsis» de nuestra
liturgia se podría comentar bajo esta luz. Cada palabra del
«gloria» nos recuerda las finalidades de la Eucaristía
que es oración de adoración, de alabanza, de súplica,
de acción de gracias, y por eso mismo victoria sobre los poderes
del mal que son su contrario. Adorar y glorificar a Dios, es ya apartarse
de las asechanzas del mal, de todas las idolatrías que nos
acechan y nos esclavizan. Fijar la mirada en Dios, es ya apartarla
de las tinieblas.
Y cuando nuestra oración se
expresa en una celebración eucarística, esta virtud
liberadora actúa con su máxima fuerza. No hay que extrañarse
de que las exageraciones demonológicas vengan principalmente
de ambientes que no conocen la Eucaristía.
Esta relación entre adoración
y acción de gracias por un lado, y por otro lado la derrota
del enemigo no ha escapado a nuestros padres en la fe. Ya en el segundo
siglo, San Ignacio de Antioquía escribía a los Efesios:
«Poned empeño en reuniros
con frecuencia para celebrar la Eucaristía de Dios y tributarle
gloria. Porque, cuando apretadamente os congregáis en uno,
se derriban las fortalezas de Satanás y por la concordia de
vuestra fe se destruye la ruina que él os procura» (Ad
Ef. 13, 1),
3. EL NOMBRE VICTORIOSO DE JESÚS
66 Esta conciencia pascual se manifiesta
en cada página de los Hechos de los Apóstoles. Desde
el primer milagro de curación, Pedro dirá al paralítico
sentado a la entrada del templo: «No tengo plata ni oro, pero
lo que tengo, te doy: en nombre de .Jesucristo, Nazareno, ponte a
andar» (Hch 3, 6).
Este nombre mismo de Jesús
es un nombre de victoria. Cuando el ángel se le apareció
en sueños a José, le dijo que María iba a dar
a luz un hijo, y añadió: «Tú le pondrás
por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo
de sus pecados» (Mt 1, 21), Invocar su nombre, es ya ponerse
a cubierto de los ataques del mal, es un recurso al poder mismo y
a la fuerza de la resurrección. «Una fuerza ha salido
de mí», dijo Jesús en una ocasión a la
mujer que tocó la franja de su manto: una fuerza de fortaleza,
de curación, de ánimo sale también hoy del solo
nombre de Jesús pronunciado con fe.
Los antiguos tenían el culto
de este Nombre. Lamento por mi parte que la letanía del Santo
Nombre de Jesús -tan rica de sentido- haya caído en
desuso en nuestro cristianismo occidental. Pero se puede constatar
con alegría que la «oración de Jesús»
tan familiar al Oriente cristiano ha encontrado entre nosotros una
nueva resonancia. Esta «oración del corazón»
que ritma sobre el Nombre sagrado de Jesús nuestras propias
palpitaciones del corazón, nos hace vivir en un perpetuo clima
pascual y nos convierte en una profesión de fe continua en
la verdad central de nuestro credo «no hay bajo el cielo otro
Nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos»
(Hch 4, 12).
4. EN SENTIDO CONTRARIO
65 En sentido inverso, si se llevase
la lógica de la demonología exagerada hasta el final,
se debe-ría dar un campo tan amplio a nuestras reacciones antidemoníacas
que no se ve dónde se debería parar.
Si el diablo está en el origen
de nuestras enfermedades, de nuestros cambios de humor, de nuestras
debilidades y agresividades, de nuestras molestias las más
diversas, se debería, a cada momento, pasar a la ofensiva.
¿Por qué no dedicar cada día algunos momentos
-esta sugerencia ya se ha hecho- a realizar oraciones de liberación
o a «interpelaciones-? Y esto se debería enseñar
en nuestros catecismos, y traducirlo en nuestra pastoral, en la trama
de nuestras constituciones religiosas, y prever sesiones de exorcismo
antes de la admisión en nuestros noviciados y escolasticados.
¿Y por qué no en nuestros consejos, a todos los niveles?
Paro aquí estas consideraciones:
bastan, me parece, para hacer revisar la «teología»
subyacente al demonismo que estamos denunciando. No se encuentra de
ningún modo este clima, esta obsesión en la vida espiritual
de la Iglesia y su liturgia habla un lenguaje bien diferente. Semejante
clima es irrespirable en la Iglesia Católica, y semejante enseñanza
esotérica y prácticas abusivas convertiría nuestros
grupos carismáticos en grupos al margen de la gran Iglesia,
privados de su soplo vivificante.
B. PERSPECTIVA ECLESIAL PLENA
67 Ante el poder de las tinieblas,
podemos y debemos sumergirnos en la victoria de Cristo. Pero esta
victoria no es sólo la de Cristo Jesús Cabeza de la
Iglesia: resplandece ya ahora en su cuerpo: los santos del cielo.
El Vaticano II nos ha recordado que
aquí abajo somos una Iglesia peregrina, con todo lo que este
caminar comporta de azares, fatigas, peso. Pero, al mismo tiempo,
ha señalado nuestra solidaridad con la Iglesia triunfante que
forma una misma cosa con nosotros en una misteriosa y exaltante comunión
de los santos (LG n. 8).
Es bueno saber que en la lucha contra
las fuerzas del Mal, no estamos abandonados a nosotros mismos: vivimos
en unidad profunda con la Iglesia del cielo.
Recuperamos así la gran visión
bíblica que une en la gloria del cielo a Cristo y a todos los
rescatados que están unidos a él para siempre. En él
y por él, están más que nunca vivos y cercanos.
De hecho son ellos los supervivientes.
1. MARÍA Y LOS SANTOS
68 A título singular María
está ahí «imagen escatológica de la Iglesia»,
y con ella los Ángeles y los Santos. La única actividad
de la Iglesia triunfante de cara a nosotros es precisamente la intercesión
hasta el final de la historia de salvación. San Pablo nos la
presenta como un «combate» contra los poderes hostiles
y como una intercesión (1 Co 15, 24-28; Rm 8, 34; y más
aún Hb 7, 25; 9, 24; 10, 13-14). En sus Ejercicios, San Ignacio
pide al ejercitante representarse a Cristo y a toda la corte celestial
intercediendo en su favor. Es ésta una visión plena,
que hoy a veces hemos olvidado o encogido en nuestro comportamiento
cristiano.
La Tradición de la Iglesia
y la piedad de los fieles no han cesado de reconocer la función
y el lugar de María en esta comunión de intercesión
y en su oposición victoriosa.
La lucha contra el espíritu
del mal empezó en el origen del mundo por la enemistad radical
establecida por Dios entre la mujer y la serpiente. La Iglesia ha
reconocido en esta mujer del Génesis, a María, la nueva
Eva, la madre de los vivientes. Los cristianos de todos los tiempos
han recurrido a esta protección. Unida a su Hijo en el misterio
de la Redención, María queda para siempre concernida
por la fecundidad de esta redención, como por todo lo que la
obstaculiza.
De forma instintiva, el cristiano
siente que María es un refugio poderoso contra los espíritus
del mal y que, en comunión profunda con ella, encuentra fuerza
para luchar contra las tentaciones y todo lo que amenaza la vida de
Cristo Jesús en nosotros. En comunión espiritual con
María, pronunciando con sus labios y con su corazón
el «Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre
de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra
y en los abismos» (Flp 2, 10), el cristiano pone en acción
la victoria de Jesucristo de una forma única. La comunión
espiritual con María es para nosotros, fieles de la Iglesia,
una prenda de inmunidad y de liberación en la lucha espiritual
que hemos de sostener aquí abajo mientras esperamos el encuentro
final en la gloria de Dios.
Reconocemos a María en el
cielo como Reina de los santos y de los ángeles.
2. LOS ÁNGELES
69 Hay que recordar igualmente a los
cristianos de hoy que vivimos aquí abajo en comunión
con los ángeles del cielo. Su misión es también
la de ayudarnos en la lucha espiritual que se está librando.
Todo silencio en este punto desequilibra lo que se ha dicho sobre
los ángeles caídos, y deforma, por omisión, la
visión total. Visión luminosa para quien cree, con la
Iglesia, que el mundo de los espíritus es una realidad viva
y que los ángeles tienen en él una función misteriosa,
pero muy cercana a nosotros.
La Iglesia nos enseña esta
intimidad con el mundo invisible de los ángeles y con el que
ella considera como su jefe: San Miguel. Los invoca en su liturgia
con estas palabras: «Oh Dios, que con admirable sabiduría
distribuyes los ministerios de los ángeles y los hombres; te
pedimos que nuestra vida esté siempre protegida en la tierra
por aquellos que te asisten continuamente en el cielo» (oración
de la fiesta de los Santos Arcángeles, 29 de septiembre).
La Tradición ve en San Miguel
al ángel de la luz, al adversario primero de Satanás;
es él quien defiende la primacía de Dios: «¿Quién
como Dios?».
Le invocábamos antes al final
de cada celebración eucarística: «San Miguel Arcángel,
defiéndenos en la lucha, sé nuestro refugio contra las
insidias y los ataques del diablo. Que Dios le ordene, le pedimos
suplicantes; y tú, príncipe de la milicia celeste, por
la virtud divina, empuja al infierno a Satanás y a los demás
espíritus malos... ».
Es una fuerza conocer sus aliados
y poder contar con su apoyo atento. Bossuet lo recordaba ya a sus
contemporáneos: «Creéis que estáis asociados
sólo con hombres, sólo pensáis en satisfacerlos,
como si los ángeles no os tocasen. Cristianos, desengañaos,
hay un pueblo invisible -los ángeles- que está unido
a vosotros por la caridad».
Es esta una idea familiar que se
encuentra frecuentemente en la tradición patrística,
que veía en los ángeles guardianes, a cuya protección
Dios nos ha confiado, uno de los signos concretos de la Providencia.
El mundo angélico, tan ricamente
presente en la Tradición de la Iglesia oriental, tanto católica
como ortodoxa, tiene derecho de ciudadanía en nuestra vida
cotidiana: ilumina con su luz el mundo tenebroso de los espíritus
contra los que estaremos en lucha mientras seamos Iglesia peregrina.
Sería muy deseable que la
enseñanza dada en la Renovación pusiese el acento en
la presencia luminosa de los ángeles, por afán de verdad
y para equilibrar lo que se dice a veces con demasiada insistencia
unilateral sobre el Poder de las tinieblas.
CONCLUSIÓN
70 Al terminar estas páginas,
confieso que me siento interpelado yo mismo, al darme cuenta que a
lo largo de mi ministerio pastoral, no he subrayado suficientemente
la realidad del Poder del Mal en acción en nuestro mundo contemporáneo,
y la necesidad de la lucha espiritual que se nos impone.
Es difícil remar contra corriente
y no sucumbir al espíritu del tiempo. Sobre todo cuando, en
este punto tan delicado, hay que navegar entre Escila y Caribdis,
entre lo poco y lo demasiado: afirmar fuertemente la existencia del
Maligno, y sin embargo profesar una fe pascual triunfante, dar un
lugar al ministerio de liberación, sin caer en el exceso que
se debía denunciar.
Todo esto fue, para mí mismo
en primer lugar, ocasión de examen de conciencia, e invitación
a creer con fe viva en las realidades luminosas de nuestra fe, y al
mismo tiempo, en el misterio de la Iniquidad que es demasiado real
en un mundo moralmente a la deriva. Esto también, hay que decirlo,
a riesgo de chocar con quienes insisten obstinadamente en la bondad
natural del hombre y en el mito del «progreso».
71 Dirigiéndome a los fieles,
participantes o no en la Renovación, quisiera desearles la
gracia de descubrir siempre más profundamente el misterio de
la Iglesia. Estamos perpetuamente tentados por el reduccionismo, es
decir, asimilar la Iglesia a una institución sociológica
humana, más o menos bien organizada y a la moda. Y no nos sumergimos
en su misterio profundo en que nos aparece como la prolongación
de la misión terrena de Jesucristo.
Es en la Iglesia que debemos encontrar
al Espíritu Santo, y es en ella que él nos guía
según el designio de Dios que ha querido desde el principio
una Iglesia santa, apostólica Los apóstoles de hoy son
los obispos que el Espíritu ha establecido para conducir al
pueblo cristiano. Tener buenas relaciones con ellos no basta: no estamos
a nivel de la cortesía o de la diplomacia, sino de la fe, y
es ella quien debe animarnos y motivar la obediencia filial y confiada.
Esperando estas directrices, que
espero próximas, en el campo de la «liberación»,
deseo también vivamente que la comisión teológica
internacional pueda ayudar a limpiar el terreno, a clarificar un vocabulario
flotante según los gustos de los autores, a trazar una línea
de demarcación que pueda orientar la pastoral.
Y cómo no esperar también
que no se pongan más en venta, en el futuro, a la salida de
las reuniones o congresos de la Renovación, libros folletos,
cassettes que no reflejen el pensamiento auténtico del Magisterio
vivo de la Iglesia, y que se abstengan también de todo pragmatismo
que concluye demasiado fácilmente a partir de efectos beneficiosos
(«esto funciona») en la legitimidad del recurso al ministerio
de liberación que debe ser él mismo debidamente acreditado.
He señalado a lo largo del
camino los peligros a evitar a toda costa para no sucumbir a los engaños
del Maligno que busca insidiosamente concentrar en él la atención
de los cristianos y así desviar su mirada del rostro luminoso
del Salvador.
Este libro habrá conseguido
su finalidad si hacemos nuestra, con todas sus consecuencias, la oración
del salmista:
«He buscado al Señor,
y me ha respondido: me ha librado de todos mis temores. Los que miran
hacia él, refulgirán: no habrá sonrojo en su
semblante» (Sal 34, 5-6).
72 La Renovación es una gracia
de calidad que se ofrece a la Iglesia y que puede ayudar fuertemente
al renacimiento espiritual que el mundo necesita urgentemente. No
debería aislarse, o marginarse. La savia sube mucho mejor por
el árbol si éste con su misma corteza la protege de
la intemperie.
PARA REFLEXIÓN E INTERCAMBIO
1. Pascua es el centro de nuestra
religión cristiana: ¿cuáles son las consecuencias
del poner de relieve esta verdad fundamental, ante la lucha contra
el Poder del Mal? (n. 63).
2. ¿Por qué es
importante ampliar nuestro horizonte eclesial a las dimensiones
de la Iglesia triunfante? ¿Hemos conservado esta comunión
con la Iglesia y los santos del cielo? ¿Estamos familiarizados
con sus vidas y sus escritos? ¿Qué quiere decir
"creer con la fe de toda la Iglesia"? (n. 67).
3. ¿Cuál es el
lugar eminente de María, Madre de la Iglesia, en la lucha
espiritual que hemos de librar contra el Poder de las tinieblas?
4. La liturgia de la Iglesia
abunda en alusiones a los ángeles. Señala algunos
textos que pueden ayudar a los cristianos de hoy a tomar conciencia
o a recuperarla de su presencia activa?
Por la oración de la Iglesia,
pidamos al Señor el ser verdaderamente testigos del misterio
pascual, centro de toda nuestra vida cristiana:
"Te pedimos, Señor,
que nos hagas capaces de, anunciar la victoria de Cristo resucitado;
y pues nos has dado la prenda de tu gracia, haz que un día
poseamos manifiestamente tus dones".
Oración del martes de la 2.8
Semana de Pascua.
NOTAS:
(1) TONQUEDEC, Les maladies nerveuses
ou mentales et les rnanifestations diaboliques, pp. 23, 47, 82.
(2) Se encontrará una discusión
sobre este tema en Satán, art. L’exorciste devant les
manifestations diaboliques, nn 328-350, por F.X. Maquart y el P. De
Tonquedec.
(3) Será útil leer el
folleto de vulgarización: Reconnâitre l'Esprit, de los
Padres Jacques Custeau y Robert Michel. Service du Renouveau charismatique
catholique, Ed. Bellarmin, Montréal 1974.
I N D I C E
Prefacio
Presentación
PRIMERA PARTE: IGLESIA Y «PODER
DE LAS TINIEBLAS»
I. El Demonio, ¿mito o realidad?
1. La fe de la Iglesia.
2. El Demonio, ¿antagonista de Dios?
3. Jesús y el Demonio.
II. La Iglesia, eco e intérprete
de la Palabra de Dios
1. La Iglesia en referencia vital a la Palabra
2. Leer la Biblia en Iglesia
3.Las expresiones de la fe eclesial
4. La complementaridad de textos en la Biblia
5. Antiguo y Nuevo Testamento
6. La Iglesia, intérprete del texto de S. Marcos: «expulsarán
demonios»
III. La Iglesia y la vida sacramental
«liberadora»
A. En general
1. Presencia continuada de Jesucristo
2.Presencia liberadora
3. Nada de automatismo
B. En particular
1. El Bautismo
2. La Eucaristía
3. La Penitencia
4. La Unción de los enfermos
C. Los sacramentales
IV. La Iglesia, ante el «misterio
de iniquidad»
1. El pecado, primer enemigo
2. La concupiscencia
3. El pecado «estructural»
4. El hombre, primer responsable
5. La fe, salvaguarda suprema
6. El «misterio de iniquidad»
a. A nivel de lo invisible
b. A nivel de lo visible
V. La Iglesia hoy, ante el pecado
1. El pecado en el corazón del mundo
2. La degradación moral
3. El sentido del pecado en retirada en la conciencia cristiana
4. Un grito de alarma
SEGUNDA PARTE; RENOVACIÓN CARISMÁTICA
Y «PODER DE LAS TINIEBLAS»
VI. La Renovación Carismática
como «experiencia»
del Espíritu Santo
1. El sentido del término «carismático»
2. La experiencia básica de la Renovación
VII. La Renovación y el sentido
reavivado del Mal
1. El Espíritu Santo sensibiliza a la malicia del pecado
2. El Espíritu Santo sensibiliza a la lucha espiritual
VIII. La Renovación y la demonología
subyacente
1. En ambientes no-católicos
2. En ambiente católicos
IX. La Renovación y la práctica
de la «liberación» de demonios
1. ¿Qué se entiende por exorcismo?
2. Descripción de la práctica de la «liberación»
3. ¿Qué comprende, de hecho, el término «liberación»?
4. Una frontera mal definida
X. La Renovación y la expulsión
de demonios: observaciones teológicas
1. ¿Es la experiencia el criterio último de verdad?
2. La Iglesia, única intérprete autorizada
XI. La Renovación y la expulsión
de demonios: observaciones psicológicas
1. Dificultades del diagnóstico
2. Peligros psicológicos desde el punto de vista
de la persona «a liberar»
4. Peligros desde el punto de vista de los responsables de la liberación
TERCERA PARTE: LA RENOVACIÓN
EN EL CORAZÓN DE LA IGLESIA
XII. Las armonizaciones necesarias
1. Dos dimensiones: una misma Iglesia
2. Necesidades pastorales actuales
a. Necesidad de una enseñanza
doctrinal íntegra
b. Necesidad de una revisión de los criterios del Ritual Romano
c. Necesidad de una nueva pastoral en materia de exorcismo
d. La reserva episcopal con respecto a sacerdotes y laicos
e. Recurso al discernimiento episcopal
3. Llamada a los responsables de la Renovación
4. Llamada a los responsables de la Iglesia
XIII. Perspectivas finales
A. Perspectiva pascual
1. Pascua, en el centro de nuestra fe
2. Eucaristía victoriosa
3. El nombre victorioso de Jesús
4. En sentido contrario
B. Perspectiva eclesial plena
1. María y los
2. Los ángeles
Conclusión
.....ANTERIOR