......ANTERIOR
Dom Helder Cámara
1. EL CRISTIANO, HERMANO DE
TODOS LOS HOMBRES
La mera condición humana implica
ya una dimensión social. Nadie ha sido creado para permanecer
en soledad, en el vacío. Cada uno de nosotros nació
de un padre y de una madre, quienes, a su vez, tuvieron padre y madre.
Cada uno de nosotros vive encarnado en el espacio y en el tiempo.
Y todo esto nos crea derechos y deberes con una dimensión social.
Todo el que cree en Dios, Padre común de los hombres, está
ya, por este solo título, comprometido en lazos de fraternidad
y de solidaridad humanas. En el mundo de hoy, cuando los medios de
comunicación social nos hacen conocer a nuestros hermanos humanos
de países cercanos y lejanos, advertimos mejor la solidaridad
universal que nos une a ellos, como también, por desgracia,
los antagonismos que enfrentan a los pueblos.
Para el cristiano, “hombre
nuevo” según Pablo, la dimensión social responde
a una exigencia nueva cuando se encuentra con otros hermanos cristianos,
bautizados como él, miembros como él del mismo Cuerpo
Místico que es la Iglesia. Aparecen deberes nuevos. Pero esta
fraternidad en Cristo no repliega al cristiano sobre sí mismo
ni le encierra en el círculo de sus hermanos cristianos sino
que, por el contrario, le abre al mundo inmenso de los hombres por
los cuales Cristo derramó su sangre redentora, y que el Señor
llama - sépanlo o no los hombres - a un destino final común.
En su primera Encíclica Redemptor
Hominis, el Papa Juan Pablo II ha señalado muy claramente de
qué manera está presente Cristo “en lo más
profundo de la conciencia humana, llegando hasta el misterio interior
del hombre que se expresa, en el lenguaje bíblico o incluso
no bíblico, por la palabra “corazón” (...)
“Imagen del Dios invisible” (Col 1, 15). Él es
el hombre perfecto que ha restaurado en la descendencia de Adán
la semejanza divina, alterada desde el primer pecado. Porqué
en Él la naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida, por
el mismo hecho de que esta naturaleza ha sido elevada también
en nosotros a una dignidad sin igual. Porque, por su Encarnación,
el Hijo de Dios, en cierto modo, se ha unido también a todo
hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia
humana, obró con una voluntad de hombre, amó con corazón
de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente
uno de nosotros, semejante en todo a nosotros, menos en el pecado.(1)
¡Él es el Redentor del hombre!”(2)
El cristiano que mira al mundo con
los ojos de la fe tiene un triple deber que cumplir. Según
la célebre fórmula de Cardijn, tiene que ver, juzgar,
y actuar.
Comencemos por la mirada sobre el mundo.
2. VER EL MUNDO ANTE NUESTROS
OJOS.
El cristiano que mira al mundo actual
no puede menos de sentirse inquieto e interpelado por lo que ve. Aparentemente,
el mundo que se encuentra ante nuestros ojos y en el cual estamos
insertados es más fuerte y poderoso que nunca. Los avances
de la ciencia y de la tecnología están a punto de realizar
innumerables y sorprendentes creaciones, que nuestros antepasados,
si volvieran, juzgarían imposibles o interpretarían
como verdaderos milagros.
El hombre de hoy tiene recursos técnicos
capaces de asegurar a toda la humanidad un nivel de vida humano y
tranquilo. El hombre de hoy ha vencido las grandes epidemias, las
enfermedades más graves. Quizá esté en vísperas
de dominar la muerte y crear la vida en sus retortas. Dominando los
ríos, haciendo desaparecer los desiertos, arrancando riquezas
increíbles de los océanos, controlando energías
inesperadas, como la del átomo, del sol y de los vientos, realizando
transformaciones en pleno reino de la alquimia, el hombre de hoy ¿no
considera demasiado insignificante el dominio de la tierra minúscula
y no está a punto de partir hacia el dominio del universo?
No obstante, para el que sea capaz
de ver, hay signos evidentes de que este mundo, aparentemente tan
poderoso, agoniza y muere.
Hay ciudades que crecen de tal modo
que se hacen monstruosas, crueles, inhumanas, sin posibilidad de resolver,
al ritmo del crecimiento demográfico, problemas elementales,
como son la vivienda, el agua, el alcantarillado, las basuras, la
alimentación... El paro engendra robos y atracos. Los secuestros
y los raptos exigen medidas de seguridad tanto más costosas
cuanto que existe la posibilidad de cobrar un rescate más cuantioso.
La contaminación de las aguas y del aire hacen inviable la
vida. La circulación es un problema sangrante, cada vez más
insoluble.
Las criaturas humanas no tienen ni
el tiempo ni la calma necesaria para hacer honor a su humanidad. Se
han convertido en robots y en números. Lo personal tiende a
desaparecer. Con estos cambios de valor, tan brutales y violentos,
para los que muy pocos están preparados, el recurso al siquiatra
y al sicoanalista se ha hecho casi obligatorio.
Un signo todavía más
grave del mundo en desbandada y en agonía es que más
de dos tercios de la población mundial se encuentran en una
situación infrahumana, mientras que las superpotencias tienen
quince o veinte veces más de lo necesario para destruir la
vida en la tierra.
3. JUZGAR EN CRISTIANO
Pero el cristiano debe discernir.
No debe dejarse cegar por la aparente fuerza y grandeza de este gigante
de pies de barro.
El mundo, tal como está ahí,
bajo nuestros ojos, impone al cristiano un examen de conciencia.
¿Qué hemos hecho entonces
del mensaje de fraternidad universal de Cristo?
¿Cómo tener el valor
de mirar a Cristo, si nosotros, que nos distinguimos con su nombre
y nos presentamos como sus discípulos, contribuimos, por nuestra
parte, al escándalo de este siglo, es decir, ver que una pequeña
minoría dispone de enormes medios de existencia y enriquecimiento
y la casi totalidad de los hijos de Dios está reducida a una
vida infrahumana?
¿Qué debemos intentar
hacer a nivel individual, a nivel comunitario y a nivel de nuestros
pueblos? ¿Nos atrevemos a mirar a la cara de este inmenso desequilibrio
social?
¿No se debería en primer
lugar buscar las causas y señalar los mecanismos de estas estructuras
injustas que aplastan a más de dos tercios de la humanidad?
¿Por qué se habla de
estructuras? ¿Se trata de fuerzas que se unen, que se añaden,
que se amplían? ¿Cuáles son estas fuerzas? ¿Quién
las dirige? ¿Quién tiene poder de decisión sobre
ellas? ¿Se puede ejercer sobre ellas presiones eficaces? ¿Cómo
juzgar estas estructuras de injusticia a la luz del Evangelio?
¿Son verdaderamente injustas?
¿En qué medida están vinculadas a una economía
fundada sobre la busca exclusiva del beneficio? ¿Es verdad
que hay un egoísmo individual, familiar, comunitario, nacional?
No podemos rehuir estas preguntas.
4. ACTUAR
Pero no basta ver claro y juzgar a
la luz del Evangelio. Es imprescindible actuar...
El cristiano no puede leer la Biblia,
oír lo que dice Dios por los profetas denunciando las situaciones
de injusticia de su tiempo, sin concluir que estas llamadas siguen
siendo válidas para nosotros hoy.
Hay que buscar salidas, explorar
pistas, hacer experimentos y evaluar sus resultados para corregirlos
o, por el contrario, ampliarlos y desarrollarlos.
El principio clave de todo arreglo
de la situación en los países llamados subdesarrollados,
es que no basta trabajar para el pueblo, sino que hay que hacerlo
con el pueblo. Hay que suscitar sus iniciativas y ayudarle a bastarse
por sí mismo. “Ayúdame a prescindir de tu ayuda”:
es la llamada del niño que quiere crecer. Es la ley de toda
pedagogía.
En virtud de este principio, laicos,
religiosos y sacerdotes se meten en unas zonas infrahumanas donde
reinan la miseria y el hambre. Incluso sin distintivo religioso visible,
se les reconoce en la medida en que Cristo brilla en ellos.
La tentación del pueblo, habituado
a aguantar un dominio secular que le impedía y le impide aún
el derecho a pensar, a decidir, y a actuar, es esperar pasivamente
que se le diga lo que debe hacer. Cuando los animadores -laicos o
religiosos- que trabajan abnegadamente entre ellos dicen a los pobres
que no han venido para pensar o actuar en su lugar, sino con ellos,
sienten miedo a una represión brutal, pues los pobres no se
atreven a hablar, a expresarse y a actuar por miedo a ser aplastados
por el más fuerte.
5. UNA ESPERANZA: LAS COMUNIDADES DE BASE
Un medio particularmente eficaz,
para ayudar a los pobres a arreglar su situación es suscitar
entre ellos comunidades de base. Hay en ellas una mística comunitaria
que se alimenta del Evangelio y que halla su fuerza en Cristo. Importa
que surjan comunidades que se integren y se unan, no para pisotear
los derechos de los demás, sino para no permitir que los demás
pisoteen los suyos.
La experiencia demuestra que es fácil
a los poderosos aplastar una, cinco, o incluso diez personas. Pero
una comunidad coherente no hay fuerza humana que pueda aplastarla,
porque Dios sigue vivo y escucha el clamor del pueblo.
Esperar que la promoción humana del pueblo se haga desde fuera
gracias a la ayuda de los poderosos, implica exponer al pueblo a desilusiones
siempre renacientes.
Pero, he aquí, que comienza
a elevarse de entre las masas de oprimidos del tercer mundo un canto
de libertad. Ya empieza a verse cómo los humildes y los explotados
se unen a otros humildes y a otros explotados...
En las comunidades de base de los
países llamados “subdesarrollados”, cuya fe, esperanza
y amor son alimentados por una liturgia viva, en la que la Eucaristía
comunitaria y los sacramentos vividos comunitariamente juegan un papel
insustituible, los niños, los jóvenes y los adultos
asumen sus responsabilidades. Participan en la vida política,
y en la vida sindical, y en la vida cultural... Están abiertos
a todas las expresiones de una auténtica vida democrática.
¡Atención! Dejadme que
os lo diga de nuevo: para animar a las comunidades de base en los
países llamados subdesarrollados, hay que tener este carisma
de trabajar no sólo por el pueblo, sino con el pueblo.
Y el pueblo tiene antenas para discernir
quién posee o quién no posee este carisma de trabajar
CON los pobres. Atrevámonos a decirlo: lo menos que se debe
esperar de todos los cristianos y de todos los hombres de buena voluntad
es tomar la defensa de los grupos de base en los países que
sufren por amor de la justicia, y defenderlos contra las acusaciones
hipócritas de los que tienen interés en evitar las presiones
morales liberadoras de estos grupos notables, suscitados con seguridad
por el Espíritu del Señor.
Tratemos de ver más de cerca
los cambios de actitud que se nos imponen y tratemos de indicar lo
que la Iglesia debe suscitar, acoger o inspirar.
6. NUESTRAS RESPONSABILIDADES
No faltan personas que afirman que,
en la lucha contra las estructuras injustas que siguen oprimiendo
más y más a innumerables hijos de Dios, lo esencial,
lo más difícil y lo más urgente es el cambio
de las estructuras interiores.
Es evidente que no podemos olvidar
el aspecto de conversión personal y, en este sentido, estamos
agradecidos en gran manera a los movimientos carismáticos que
invocan al Espíritu Dios, se sumergen en la oración
y tratan de mover las conciencias.
No hay que olvidar jamás que
en el hombre subsisten el egoísmo y sus consecuencias. Están
el pecado personal y el pecado colectivo. Es el misterio de la iniquidad.
Al lado del mundo entendido como la creación del Padre, objeto
de un amor tan particular de Dios, que envió a él a
su Hijo amado, existe el “mundo”, como sinónimo
de pecado.
7. EDUCADORES RELIGIOSOS
El Padre Arrupe, general de los jesuitas,
en una Carta a los Religiosos de la Compañía sacudió
la conciencia católica recordando la urgencia de un cambio
profundo de la orientación de nuestra labor educativa. Es indispensable
que nuestro esfuerzo como educadores intente formar hombres en función
del prójimo, de la justicia y de la acción social.
Cada sacerdote debe ser consciente
de que tiene la misión de despertar las conciencias. ¡Cuántos
sermones se predican, sobre todo los domingos y los días de
fiesta! Supongamos, por un momento, que ya no hay sermones huecos,
vagos e intemporales, que no nos cuestionan, que no nos interpelan,
que no nos desalojan de nuestras pequeñas comodidades... No
pedimos sermones que hieran por el solo placer de herir, que enfrenten,
que ofendan. Cuanto más grave es la verdad anunciada, más
grande es la necesidad de ver que el predicador habla como un amigo,
como un hermano. Si hiere, es para curar, como hace el cirujano. Si
quema, es para destruir el error, el mal, y todavía más,
mucho más, para purificar.
¡Qué responsabilidad
sobre todo para los que dan ejercicios espirituales y para los que
animan las casas de oración y los encuentros profundos con
Dios! El Espíritu de Dios no puede ni debe invocarse para alimentar
alienaciones. ¿No considera mentiroso la Escritura a aquél
que dice, que ama a Dios a quien no ve, y detesta a su hermano a quien
ve? ¿Qué podemos hacer para aumentar la gloria divina?
Podemos, sí, y debemos trabajar para que los hijos de Dios,
rescatados por Cristo, no se dividan ya en oprimidos y opresores.
8. LAS RELIGIOSAS Y LOS EDUCADORES.
En el campo de la educación,
¡cuántos jardines de infancia, cuántas escuelas
maternales, cuántas escuelas primarias, cuántos institutos,
cuántas universidades están dirigidas por cristianos!
¡Imaginad todo ese inmenso esfuerzo utilizado eficazmente para
quebrantar el egoísmo y derribar las estructuras injustas que
aplastan a millones de seres humanos, hermanos nuestros!
9. LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN SOCIAL
¡Y los omnipotentes medios de
comunicación social! Es verdad que, casi siempre, están
controlados por intereses poderosos. Nosotros, que tenemos la gracia
y la responsabilidad de medir la importancia y la urgencia de ayudar
a romper el egoísmo humano y educar en función del prójimo,
debemos estar al acecho para hacer pasar este mensaje a través
de la prensa, la radio, el cine, la televisión...
Sufrimos su influencia sin reaccionar,
como la playa absorbe las olas del mar. Hay que despertar las conciencias
al deber de la reacción. En los países donde existe
libertad, es imperativo educar la opinión pública para
el deber de expresarse, protestar y lanzar campañas de saneamiento.
Tenemos ahí un inmenso campo dejado en barbecho por las buenas
gentes, por la mayoría silenciosa resignada. Hay una educación
de la no violencia que abre posibilidades inexploradas en orden a
recuperaciones necesarias y a cambios que se han de conseguir.
Es preciso recordar siempre que con
todo esto no se trata de ambición de poder o busca de prestigio,
sino de servir al bien común. Hay preciosas fuerzas latentes
que han de ser movilizadas con vistas a las presiones morales liberadoras,
capaces de asegurar la justicia y el amor, como camino hacia una paz
verdadera y permanente. Pero es necesario conjugar los esfuerzos.
10. CONVERGENCIA DE ESFUERZOS
Tomemos un ejemplo fácil que
se puede multiplicar: el de la Iglesia en Latino-América.
El continente latino-americano cuenta
con unos 170.000 religiosos (140.000 religiosas y unos 30.000 religiosos,
extendidos por distintos países tanto de América central
como de la América del Sur).
Tenemos aquí en Latino-América
cerca de 800 obispos organizados por el CELAM (Consejo Episcopal Latino
Americano). Se llega, pues, a un mismo número de diócesis
que, a su vez, movilizan a las parroquias, a las comunidades de base,
a los sacerdotes y, sobre todo, a los laicos, cada vez más
numerosos y entregados.
Los 170.000 religiosos están
organizados, en el plano continental, en la CLAR (Conferencia Latino
Americana de los Religiosos). Se comprende la influencia que se puede
derivar de semejante convergencia. Nadie ignora que la religiosa o
el religioso es alguien que se entregó totalmente a Dios y,
por consiguiente, al prójimo.
Aislado y solo, el obispo, el sacerdote,
el religioso o la religiosa, el laico, si denuncia injusticias evidentes
y que clamen al cielo, y si trabaja a favor de la promoción
humana de los oprimidos, fácilmente será acusado de
hacer política, de agitador o de sembrar el comunismo. Si,
por el contrario, se uniesen todos los nuestros, demostrando que actúan
dentro de la línea del Evangelio, del Vaticano II, de Medellín,
y ahora de Puebla, serían invencibles y de esta manera se lograría
romper las estructuras de opresión.
11. INVITACIÓN AL VALOR CRISTIANO
El enderezamiento de las situaciones
nos interpela a todos. Es un verdadero misterio y un prodigio asombroso,
ver cómo el Espíritu de Dios ha suscitado, en todos
los países, razas, religiones o agrupaciones humanas, personas
decididas a trabajar en favor de la justicia, como camino hacia la
paz. En este trabajo, en colaboración con los hombres de buena
voluntad, la Iglesia tiene que jugar su propio papel, que sólo
podrá realizar al precio de ciertas renuncias.
Para que dé el ejemplo que
ella debe dar para que sea la presencia viva de Cristo ante los hombres
y con los hombres, la Iglesia tiene necesidad, urgente y continua,
de perder la preocupación por el prestigio, de desengancharse
del carro de los poderosos, de aceptar vivir la profecía del
Maestro, válida para todos los tiempos: “He aquí
que yo os mando como ovejas en medio de los lobos... Seréis
llevados a los tribunales” (Mt 10, 16-17).
¿Por qué temer que
nuestra batalla pacífica en favor de la justicia sea mal interpretada,
mal juzgada, cuando Cristo mismo fue llamado agitador, subversivo
y enemigo del César?
Si es verdad que fue crucificado
por proclamarse Hijo de Dios es verdad también que en lo alto
de su cruz estaba escrito en tres lenguas distintas que había
sido condenado a muerte por una razón política, por
haberse declarado rey.
He aquí la difícil
y radiante pobreza que Dios pide hoy a la Iglesia de su Hijo: romper
todo compromiso con los gobiernos y con los poderosos y comprometerse
en el servicio a los pobres, a los oprimidos, a los que nada tienen,
a los hijos de Dios que llevan una vida infrahumana.
Si nos dejásemos vencer por
el miedo o por la prudencia de la carne, en detrimento de la prudencia
del Espíritu, veríamos partir, en número creciente,
hacia la radicalización y la violencia, a nuestros cristianos
más activos y, particularmente, a los jóvenes, decepcionados
por la pusilanimidad de la Iglesia. Muchos de ellos aceptan a Cristo
y con Él a la Iglesia profética, pero no a la Iglesia
jerárquica e institucional. Es necesario que vean coherencia
entre teoría y práctica, entre la decisión de
vivir y nuestra doctrina.
El día en que la Iglesia pierda
el miedo a ser acusada de hacer política al proclamar las exigencias
del bien común; el día en que la Iglesia tenga la audacia
de trasladar a su vida los grandes textos, las grandes encíclicas
y el Vaticano II, muchos de los que se sienten cristianos, pero permanecen
alejados de la práctica religiosa, estarán allí
en alma y cuerpo para ayudar a la Iglesia a aportar su contribución
a la creación de un mundo más justo y más humano.
Entonces, pero sólo entonces,
se establecerá la unión e incluso la unidad perfecta
entre la Iglesia profética y la Iglesia institucional, dos
aspectos de una misma y única Iglesia de Cristo. Si vivimos
esto, ningún cristiano o grupo de cristianos sentirá
la necesidad de ir a otra parte a buscar otros profetas; el Cristo
de ayer, de hoy y de siempre les bastará como inspirador y
guía.
12. EN RESUMEN
Al terminar esta rápida ojeada
sobre nuestras realidades cotidianas, quisiera deciros brevemente
mis profundas convicciones sociales maduradas a lo largo de los años:
No deseo un enfrentamiento entre
ricos y pobres.
Creo en la violencia de los pacíficos
y en la presión moral liberadora.
No puedo imaginar que el universo,
creado por amor, acabe en el odio.
Quisiera deciros a todos:
- Donde está el hombre, debe
estar presente la Iglesia,
- El egoísmo de los ricos
plantea un problema más grave que el comunismo.
- El mundo actual está amenazado
por la bomba de la miseria.
- Deben efectuarse cambios profundos
para llegar a una justicia global.
- Sin conversión personal
profunda, no se puede ser instrumento de conversión del mundo.
- La revolución social no
podrá hacerse en los países en vías de desarrollo
más que paralelamente a una revolución moral y social
en los países desarrollados.
- Hay que construir sobre terreno
firme. No basta alfabetizar. El trabajo, el verdadero trabajo, es
despertar las conciencias para que esta masa llegue a ser un día,
un pueblo.
- Para revolucionar el mundo no necesitamos
más que predicar y vivir de verdad el Evangelio de Jesucristo.
- La miseria subleva, envilece y
degrada la imagen de Dios en todo hombre.
- No tenemos derecho a descargar
sobre Dios lo que es injusticia; somos nosotros los que tenemos que
suprimirla.
- Mi puerta y mi corazón están
abiertos a todos, absolutamente a todos.
- Cristo dejó dicho cómo
se hará el juicio final: seremos juzgados según nuestra
manera de tratarle a Él en la persona de los pobres, de los
oprimidos y de los aplastados.
13. LA VOZ DEL MUNDO SIN VOZ
Dejadme volver hacia Dios y traducir
en mi plegaria la esperanza de. los que no tienen voz, en un mundo
que los aplasta:
Padre,
¿cómo no reunir
en nuestra oración
a toda la humanidad
cuando tu Hijo divino,
nuestro hermano Jesucristo,
derramó su sangre
por todos los hombres,
de todos los lugares, de todos los tiempos?
Pero, permíteme, Señor,
una intención especial por mi pueblo,
el pueblo sin voz.
Hay miles y miles
de criaturas humanas-
en los países pobres,
y en las zonas pobres de los países ricos-
sin derecho a alzar la voz,
sin posibilidad de reclamar, de protestar,
por justos que sean los derechos
que tengan que defender.
Los que carecen de hogar, los
que no tienen pan,
los que no tienen ropa, los que no tienen salud,
los que carecen de la mínima posibilidad de educación,
los que no tienen trabajo, los que no tienen futuro
los que no tienen esperanza;
corren el riesgo de caer en el fatalismo;
se desalientan;
pierden la voz;
se convierten en personas sin voz.
Si todos nosotros, los que
creemos en Ti,
hubiéramos ayudado
a nuestros hermanos ricos, a los privilegiados,
abriéndoles los ojos,
despertándoles la conciencia,
no habrían avanzado las injusticias,
la distancia entre los pobres ricos
no sería tan escandalosa,
no sólo entre individuos y grupos de individuos,
sino entre países e incluso entre continentes.
Haz, Señor
Lo que nosotros no hemos sabido hacer
y lo que no sabemos hacer.
¡Qué difícil
es pasar la barrera
de las ayudas, de los dones, de la asistencia,
y llegar al terreno de la .justicia!
¡Los privilegiados se
irritan
y se creen mal juzgados,
descubren la subversión y el comunismo
en los gestos más democráticos,
más humanos y más cristianos!
14. EL MENSAJE DE PUEBLA
La Tercera conferencia Episcopal Latino Americana, convocada oficialmente
por el Santo Padre, Juan Pablo II, e inaugurada personalmente por
él, se ha expresado a este respecto con una claridad inequívoca:
“Comprometidos con los pobres,
condenamos como antievangélica la pobreza extrema que afecta
a numerosísimos sectores en nuestro Continente. Nos esforzamos
por conocer y denunciar los mecanismos generadores de esta pobreza.
Reconociendo la solidaridad de otras Iglesias sumamos nuestros esfuerzos
a los hombres de buena voluntad para desarraigar la pobreza y crear
un mundo más justo y fraterno”. (3)
CAPÍTULO III APÓSTOLES
DE CRISTO
Cardenal Suenens
Ven Espíritu Santo,
y todo será creado...
El término “apostolado”
abarca muchas realidades. Aquí se considera, en su primer sentido
religioso, como la evangelización directa que tiene por finalidad
dar a conocer a Jesucristo y su Evangelio, y llevarlo a la vida. Responde
al mandato del Maestro: “Id por el mundo entero, proclamad la
Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16, 15). Es continuación
de la promesa de Jesús a los suyos: “Recibiréis
una fuerza, la del Espíritu Santo, que descenderá sobre
vosotros. Y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda
Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” ( Hch 1,
8).
El apostolado que vamos a presentar
guarda relación directa con el misterio de Pentecostés,
donde, por primera vez, los apóstoles, por boca de Pedro, anuncian
las maravillas de Dios.
Pentecostés, con las lenguas
de fuego sobre la cabeza de los apóstoles como símbolo
de la misión de los cristianos a través de los tiempos,
es la respuesta a la oración de Jesús: “He venido
a traer fuego a la tierra y ¿qué puedo desear sino que
arda?” (Lc 12, 49).
Es una misma cosa recibir el Espíritu
y dar testimonio de Jesús. El Espíritu no viene más
que a revelarlo.
Se ha podido decir muy acertadamente:
“La Renovación en el Espíritu no se nos ha concedido
para que nos convirtamos en un club de carismáticos; ha sido
dada para la evangelización del mundo.” (4) Es decir,
para apresurar la venida del Reino de Dios entre nosotros. Y esto
concierne a la humanidad entera.
El apostolado cristiano se sitúa
en la prolongación de la misión de Jesús. Cristo
nacerá siempre invisiblemente en las almas bajo la acción
del Espíritu Santo. Pero Jesús vino a tomar la condición
humana y situarse en pleno corazón de la humanidad. Así,
pues, la evangelización prolonga tanto el misterio de Pentecostés
como el misterio de la Encarnación. En esta primera parte subrayaremos
el primer aspecto: el apostolado pentecostal. En la segunda parte
de este capítulo se pondrá de relieve el aspecto de
encarnación en el mundo de hoy.
1. EL APOSTOLADO POR LA PALABRA
La fe se proclama. Es “buena
nueva” que tiende a comunicarse. “Yo he creído,
por eso he hablado”, dice San Pablo (2Co 4, 13). Es una sucesión
lógica. Fe y mutismo se excluyen normalmente.
“La Iglesia, -ha dicho Hello,-
tiene un Credo que se canta”. La “confesión de
la fe” es inherente al cristianismo. Una Iglesia que no hiciera
“confesión de fe”, que sólo fuera “ritual”
o “silenciosa”, no respondería a la misión
recibida de dar testimonio de Jesucristo y de darlo al mundo.
“Quien quiera de verdad salvar
su vida, la perderá” (Mc 8, 35), ha dicho nuestro Señor.
Lo mismo ocurre con la fe; sigue viva mientras se contagie y mientras
se dé. Cubierta de cenizas, la fe está llamada a desaparecer.
Necesita quemar lo que toca, igual que el fuego.
El Espíritu se da a los Apóstoles,
precisamente, para que den testimonio de su fe por el poder de la
Palabra. Las lenguas de fuego de Pentecostés son un símbolo,
y los carismas del Espíritu son dados, en una medida importante,
para dicha misión.
Las diversas enumeraciones de los
carismas, dadas por San Pablo, son bien conocidas, especialmente las
de Rm 12,68; 1Co 12,8-10.28-30, y Ef 4,11. Se puede ciertamente afinar
la exégesis de estos carismas, esbozar diversas clasificaciones
y elaborar doctas tipologías. Se puede buscar una extensión
de estos carismas, una renovación de su base humana y una modernización
de su aplicación concreta. Pero, evidentemente, no se pueden
eludir algunos de ellos que tienen por objeto una presentación
directa del mensaje y que dan, por consiguiente, a éste su
legitimidad, en el Espíritu.
Así, 1Co 12,8 alude a una
palabra de sabiduría, y a un mensaje de conocimiento; Rm 12,
7-8 evoca la enseñanza y la exhortación; 1Co 12, 9-10
enumera también el don de la fe y el de interpretación,
no sin tener en cuenta la profecía, por lo menos bajo diversas
formas, y que, regularmente, es citada. En todos estos carismas se
trata del apostolado de la palabra. Toda una corriente de pensamiento
tiende actualmente a reducir al cristiano al silencio. Se acumulan
múltiples “razones” para callarse.
“El mundo no está dispuesto a escuchar”.
El primero de estos argumentos consiste
en decir que nuestros contemporáneos no están dispuestos
a oírnos.
A lo cual hay dos respuestas. La
primera: “¿Cree usted que en tiempo de Jesús estaban
sus contemporáneos dispuestos a escucharle?” Bastará
mirar un crucifijo para obtener la respuesta. ¿Y en tiempo
de los Apóstoles?. Mirad a San Pablo en el ágora de
Atenas y escuchad la reacción de los oyentes: no tenían,
-dijeron-, tiempo que perder, y ya le escucharían en otra ocasión.
La segunda respuesta consiste en
preguntar: “¿Es realmente exacto que el mundo no está
dispuesto a oír el mensaje cristiano?” Yo, por mi parte,
creo que hay una llamada en todo hombre, debido a un vacío,
a buscar el porqué de la vida, del sufrimiento y de la muerte,
que esta llamada es hoy más punzante que nunca, en un mundo
enredado en la contradicción entre el progreso vertiginoso
de sus medios de existencia y el retroceso espantoso de sus razones
de vivir.
“Hay que respetar la conciencia”
Otra manera de bloquear el impulso
apostólico es decir que hay que guardarse de todo apostolado
para respetar la libertad de conciencia de cada uno.
Es necesario, en efecto, sin duda
alguna, respetar la conciencia. En el pasado, confesémoslo,
la fe no siempre se comunicó dentro del respeto a la libertad
de cada uno. Las conversiones “a lo Carlomagno” o mediante
la aplicación del Tratado de Westfalia (cujus regio, illius
et religio) son hechos históricos deplorables, que nadie puede
negar. Felizmente ya no es ésa nuestra situación. Pero
de ahí a decir que se violan las conciencias expresando su
fe con calor y convicción, hay una gran distancia.
Existe un proselitismo de mala ley,
a modo de propaganda, que hay que desterrar. Pero es normal y necesario
que yo confiese mi fe dando testimonio de mi experiencia cristiana
y de la fe que habita en mí y que es el secreto de una inmensa
felicidad. Lo cual se hará con un respeto infinito a la libertad
de los demás.
Debemos tomar una conciencia nueva
de la palabra del Maestro, siempre actual: “He venido para que
tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). El cristiano
posee en Cristo una abundancia de vida que no puede guardar para sí.
Ciertamente, la gracia de Dios desborda las mediaciones visibles;
pero ¡qué beneficio para el hombre conocer explícitamente
al Dios de Nuestro Señor Jesucristo, el Misterio de la vida
trinitaria, y la amplitud de un amor que va de la creación
a la parusía a través de los misterios de la salvación!
¡Qué riqueza pertenecer
a la comunión viviente de los místicos y de los santos
que se suceden de edad en edad, que son la gloria de la Iglesia viviente
y la garantía de su fidelidad ante Dios! El hermano mayor de
la parábola, que se queda en el hogar, no sabe todo lo que
debe a su padre y a los suyos. Lo encuentra demasiado natural. El
hijo pródigo, por haberse ido de casa, lo sabrá un día
mejor que él.
Los cristianos “instalados
y tranquilos” no debieran ser insensibles a la tribulación
espiritual del mundo. Si dudan del hambre religiosa reinante, no tienen
más que contar las innumerables sectas religiosas que pululan,
porque hemos fracasado en nuestra tarea de testigos.
El Señor nos ha exigido amar
a Dios con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas. Entre estas
fuerzas, la imaginación creadora tiene derecho a una mención
especial.
Debemos tomar en serio este deber
“de ir a llevar el Evangelio” por todos los caminos de
acceso que se abren a los hombres, que se extienden desde ir de puerta
en puerta hasta la televisión a escala mundial, pasando por
toda la gama de los medios de comunicación. Nuestro Señor
nos ha mandado anunciar a voces el Evangelio sobre los tejados. Pide
a los suyos que por lo menos sean tan prudentes como las gentes del
mundo. La riqueza que hemos de transmitir es una palabra de vida que
los hombres necesitan más que el pan. Hay que ir a llevársela.
2. EL APOSTOLADO MEDIANTE LA VIDA
Las reticencias de muchos cristianos
actuales respecto a una palabra religiosa explícita y directa
comportan, sin embargo, un elemento digno de atención. El hombre
contemporáneo está saturado de discursos ideológicos
y publicitarios. Por eso, el apostolado cristiano no puede quedarse
a la altura de un mensaje verbal: debe encarnarse en la propia vida
del testigo. Se enseña ante todo por lo que se es. Es la vida
la que ilumina las palabras y les da fuerza de penetración,
San Juan nos dice de Jesús “que su vida era luz”
(Jn 1, 4). Esto vale para todo testigo de Jesús.
Hoy más que nunca, el mundo
tiene necesidad de cristianos iluminados, y transparentes de Jesucristo.
Pablo VI dijo un día que el mundo tenía más necesidad
de testigos que de maestros. Menos palabras y más ejemplos.
El mundo tiene necesidad de descubrir el cristianismo en la vida de
los cristianos. Necesita, como los niños; un catecismo de imágenes
y en proyección luminosa.
El cristiano debe proclamar el Evangelio
mediante todo su modo de vivir. Y puede hacerlo de dos maneras, además
indisociables: por el testimonio positivo de la coherencia de su fe
y de su vida, de sus opciones, de sus preferencias y de sus rechazos;
y por el arrepentimiento, la confesión humilde y fraterna,
delante de Dios y de los hombres, de todo lo que, en su vida individual
y social, rechace el Amor. Reconocer que no se ama, o que no se ama
suficientemente, es también dar testimonio del Amor.
Mientras el cristiano sea “humanamente
explicable”, no sorprende a nadie, no quebranta las reglas del
juego ni el conformismo del medio ambiente. Pero tan pronto como empieza
a vivir su fe, comienza a suscitar problemas: produce conmoción
por las preguntas que hace surgir en torno a sí mismo. Ya se
trate de su vida conyugal, familiar, profesional, cívica o
social, con toda su existencia, el cristiano debe iluminar sus referencias
vitales.
¿Qué es lo que, en
efecto, resulta “elocuente”? Un discurso, sí; pero
también un gesto, una acción, una actitud, una vida.
La misma revelación, han precisado siempre los manuales de
teología, se hace con la palabra, y también con los
hechos. Wortoffenbarung y Tatoffentbarung, se dice en alemán.
El Concilio Vaticano II declara que la revelación divina culmina
en Jesucristo “con su , total presencia” y por la manifestación
que Él hace de sí mismo con palabras y obras:(5) “Con
su presencia total”. Cuando se asegura la transmisión
de un mensaje mediante los hechos, las obras y la vida, se evoca,
en efecto, una perspectiva más global que la que ofrece la
sola “doctrina”. No, en modo alguno, para desvalorizar
la doctrina que sea, sino para situarla en el corazón del contexto
más amplio y más englobante, que es la persona.
Georges Gusdorf analizó, como
filósofo, el poder creador de la palabra; en cuanto realidad
humana que da sentido al mundo. Al describir con toda perfección
el brillo incomparable de lo “dicho”, de lo formulado,
sugiere, sin embargo, ir más lejos. “La enseñanza
del maestro, dice refiriéndose a Alain, cuenta menos que el
testimonio de su actitud, el encanto de un gesto, de una sonrisa”.
Del mismo modo, prosigue, “la presencia de Jesús significaba
para cada uno de sus fieles una relación directa y viviente,
en cuyo seno la palabra se hacía vocación, encuentro
del ser con el ser, y las pocas palabras de hecho pronunciadas no
daban más que una aproximación muy lejana”. (6)
En la Exhortación Apostólica
Evangelii Nuntiandi, Pablo VI escribía: “La Iglesia evangelizará
al mundo, en primer lugar, con su conducta y con su vida, es decir,
con su testimonio vivo de fidelidad al Señor Jesús,
de pobreza, de desprendimiento y de libertad frente a los poderes
de este mundo; en una palabra, de santidad”. (7)
Se trata, por consiguiente, de hacer
oír el Evangelio por el testimonio de la “confesión”
y, a la vez, de hacerlo ver por el testimonio de la vida. Por sí
solo, el testimonio de la palabra corre el riesgo de permanecer verbal,
abstracto, siempre inadecuado en su expresión humana. De suyo,
se dirige a la inteligencia, ofreciendo una verdad para que la acoja.
El testimonio de la vida se acerca más al hombre entero y sale
al encuentro de sus aspiraciones fundamentales. Pero los testimonios
se sostienen mutuamente. San Pablo los subrayaba ya en su Epístola
a los Tesalonicenses: “Nuestro Evangelio no se os presento con
palabras solamente; iba acompañado de portentos, de la acción
del Espíritu Santo, y de una garantía absoluta”
(1 Ts 1 ,5).
3. EL APOSTOLADO A TRAVÉS
DE LA VIDA COMUNITARIA
Se ha dicho, con toda razón,
que lo que necesita la Iglesia de hoy, más aún que nuevas
instituciones o nuevos programas, son comunidades vivas.
Fue así, realmente, cómo,
a partir de comunidades cristianas, se desarrolló el cristianismo,
tal como los Hechos de los Apóstoles nos lo describen. “Todos
los que creían ponían todo en común; vendían
sus propiedades y sus bienes y repartían su precio entre todos
según las necesidades de cada uno. Todos los días, con
un solo corazón, frecuentaban asiduamente el Templo y hacían
la fracción del pan en sus casas, tomando su alimento con alegría
y sencillez de corazón. Alababan al Señor, gozaban de
la estimación de todo el pueblo. Y cada día el Señor
iba agregando a la comunidad a los que se habrían de salvar”
(Hch 2, 44-47).
Se imponía a la Iglesia naciente
la necesidad para los cristianos de cierta vida comunitaria, para
sostenerlos en medio del ambiente pagano de su tiempo.
Hoy, en el mundo “posconciliar”
en que vivimos, renace las misma necesidad. Se puede vivir “comunitariamente”
a distintos niveles de vida compartida, pero no se puede negar el
poder, tanto de protección cristiana como de penetración
apostólica, de la vida comunitaria.
El futuro de la Iglesia dependerá,
en gran parte, del testimonio de estas comunidades cristianas que
ya empiezan a nacer en todas partes como focos de esperanza.
Helder Cámara ya señaló
la importancia de las comunidades eclesiales de base para el futuro
de la Iglesia en la América Latina. La Declaración de
Puebla también lo subrayó. Hemos consagrado a esta eclosión
comunitaria un capítulo de nuestro libro Un nuevo Pentecostés,
con el título: “Espíritu Santo y comunidades nuevas”(8)
Cada día, al tiempo que se acentúa la descristianización
del mundo, se comprueba lo acertado de estas líneas de Steve
Clark que citábamos en él:
“Un cristiano, para poder vivir
una verdadera vida cristiana, debe tener un ambiente en el que se
acepte abiertamente el cristianismo, donde se hable de él,
donde se le viva. Ahora bien, los católicos van encontrando
cada vez menos este ambiente... Dado que la sociedad como tal no acoge
va al cristianismo, se hace necesario formar comunidades dentro de
la sociedad, a fin de hacer posible la vida cristiana”. (9)
Cuestiones para el apostolado de hoy
Después de haber recordado
las orientaciones inspiradas por el Espíritu Santo al comienzo
de la era apostólica, y de haber considerado la experiencia
de la comunidad primitiva, se puede volver la mirada a la Iglesia
de nuestro tiempo, donde surgen algunos malentendidos entre los que
trabajan por la liberación económica y social y los
que se sienten llamados a un apostolado directo y religioso. Estos
se plantean algunas cuestiones que someten a la reflexión de
todos.
- Todavía no se han superado
todas las alienaciones políticas y sociales, ni mucho menos.
Por este motivo, ¿hay que ocuparse únicamente de estas
situaciones, y hacerse así responsable de una especie de frustración
y de alienación religiosa, descuidando el anuncio explícito
del mensaje religioso: la misericordia de Dios, la venida del Señor,
el misterio pascual y la vida eterna? Es cierto, no todos los países
ni todas las regiones pueden considerarse tradicionalmente cristianos,
bien arraigados en su fe. ¡No es éste ciertamente el
caso de Europa!
- La América Latina conoce,
por sufrirlo día tras día, las violencias motivadas
por regímenes autoritarios e implacables. Y tampoco pasa un
mes sin que aparezca una obra relatando la decepción sufrida
por socialistas que han descubierto las graves taras de regímenes
que se jactan de su ideología. Ciertamente, cualquiera que
sea el régimen político, el sistema cultural o la estructura
económica global, el hombre sigue siendo frágil, débil,
imperfecto, y así continuará siempre en una medida apreciable.
Muchos revolucionarios se vuelven dogmáticos, caprichosos y
brutales. En toda sociedad terrestre, la gente roba, miente, engaña,
es infiel y mata. ¿No hay ahí, debido a ese vacío,
como una llamada a una exhortación moral personal, a una interpelación
creyente directa, y a una comunicación espiritual? ¿Y
no habrá siempre un lugar indicado para esta forma de apostolado?
- ¿No hay males que jamás
será posible superar? Por ejemplo, nuestros límites,
a veces considerables, tanto síquicos como físicos;
las enfermedades y las miserias inherentes a toda existencia humana,
incluso privilegiada; la pena y las aflicciones que nacen de un amor
incomprendido, rechazado, roto; las separaciones ineluctables de las
despedidas y de la muerte, y tantas y tantas otras. Los que sufren
esto en su cuerpo y en su espíritu -esperen o no una liberación
política o económica-, ¿no tiene derecho a oír
las palabras que el Señor dirigía a todos los que eran
objeto de prueba? En suma, ¿para quién vino el Señor
a este mundo?
- Estamos llamados a celebrar religiosamente
la liberación de los hombres, pero esto comporta diferentes
niveles. La liberación económica o política debe
celebrarse, pues constituye un “acto salvífico e incremento
del Reino”(10) por lo menos “en la medida en que significa
una mejor, realización del hombre” . Pero hay otros niveles
de liberación y, en especial, un nivel más profundo,
en el que “Cristo hace al hombre libre de una manera auténtica,
es decir, que le permite vivir en comunión con Él, que
es el fundamento de toda fraternidad humana”(11) . Esta vez
se trata de una liberación de orden religioso, espiritual,
y que tiene un lugar central en el misterio de la salvación.
Muchas personas esperan más o menos conscientemente esta liberación.
¿No tenemos que responder a semejantes llamadas? ¿No
ha dicho el Señor: “Es esto lo que hay que hacer sin
omitir aquello” (Lc 11,42)? Esta palabra vale para lodos los
tiempos.
Dom Helder Cámara
¡Renueva, Espíritu
Santo, la faz de la tierra!
¡Carismáticos, hermanos
míos!
Dios está a punto de servirse
del movimiento carismático para recordarnos a todos la presencia
y la actuación permanente y bienhechora del Espíritu
Santo.
Para muchísimos cristianos
era una realidad lejana, borrosa; un nombre que se pronunciaba al
hacer la señal de la Cruz; una persona que había jugado
cierto papel el día de Pentecostés y durante los primeros
tiempos de la Iglesia de Cristo.
Los que abrían la Biblia habían
encontrado una mención velada de su presencia cuando leían
que en el origen del mundo el Espíritu flotaba sobre las aguas
y las fecundaba. Se sabía también que había hablado
por los profetas del Antiguo Testamento.
El cristiano había oído
su nombre con ocasión de la recepción del sacramento
de la confirmación. Pero la invocación al Espíritu
seguía siendo más que nada un recuerdo de sus intervenciones
pasadas; no le concedíamos toda su importancia en la actualidad
de nuestra vida cristiana.
El movimiento carismático
nos ayuda a ser conscientes de las prodigiosas realidades unidas al
Espíritu de Dios que nosotros mismos, cristianos, prácticamente,
habíamos olvidado.
Uno se acuerda del Concilio Vaticano
II en el que una discusión célebre había enfrentado
a los que querían relegar los carismas del Espíritu
Santo al pasado, como si no hubiesen sido más que ayudas provisionales
para los primeros tiempos de la expansión de la Iglesia, y
los que querían subrayar su permanente actualidad. Fueron éstos
últimos, como es sabido, los que se ganaron la adhesión
del Concilio.
******
¡Carismáticos,
hermanos míos!
Vosotros que tenéis la gracia
de creer que vivimos en la Iglesia un incesante Pentecostés,
vosotros podéis y debéis ayudar, enormemente, a la Iglesia
de nuestro tiempo, y sobre todo a los cristianos que no saben todo
lo que implica el cristianismo.
Sin embargo, nadie tiene el monopolio
del Espíritu Santo. No podéis olvidar que tenemos que
recibir su don con toda humildad. Vosotros no sois mejores ni más
grandes que los demás, y los carismas nada son si no están
al servicio de la caridad. Fuera de la humildad y del amor, no se
da ningún paso por el camino del Señor. Yo os invito
a vivir a la vez bajo el impulso del Espíritu y a dejaros conducir
por Él al corazón del mundo, al corazón de los
problemas de los hombres. Hay que orar y actuar al mismo tiempo.
Ayudad a aquellos y a aquéllas
que están convencidos de que la situación de los hermanos
oprimidos, aplastados y reducidos a una condición infrahumana,
es tan terrible que es de todo punto urgente ayudarlos a vivir en
condiciones humanas, incluso antes que evangelizarlos. Hay que ayudarlos
a comprender que la evangelización y la humanización
van a la par, viviendo simultáneamente este doble aspecto del
mismo evangelio.
Se descubre con asombro que el Espíritu
Santo puede actuar poderosamente en medio de los pobres aplastados
por el hambre y la miseria. En las zonas de miseria donde la situación
es infrahumana, se descubren, no infrahombres o criaturas humanas
sin nada en la cabeza, incapaces de pensar, sino hombres capaces de
reflexionar, hombres con ideas y abiertos a la inspiración
del Señor. Cristo es también sorpresa del Espíritu
Santo.
Cuando, en estas zonas de pobreza
infrahumana, se lee, por ejemplo, una página del Evangelio,
el comentario más profundo y más bello no procede por
lo general de las pocas personas cultas allí presentes. Con
mucha frecuencia, ese comentario viene de alguno a quien sus condiciones
de existencia podrían parecer llevar al estado infrahumano.
Cómo no pensar en las palabras de Cristo: “Yo te doy
gracias, Padre, porque has ocultado estas cosas a los prudentes y
a los sabios, y se las ha, revelado a los humildes...” (Mt 11,25).
Dejadme evocar un episodio de la
vida cotidiana del nordeste del Brasil. Anunciada, una pobre mujer
que no sabe leer ni escribir, había alentado a la resistencia
a sus vecinos, amenazados de ser expulsados de sus hogares. Fue detenida
y llevada en un coche de la policía, para ser sometida a interrogatorio
por un comisario.
Los pobres, frente a la policía,
están expuestos más que nadie, ya que no tienen dinero
ni abogados que los defiendan. Anunciada temblaba de miedo, un sudor
frío brotaba de su frente. Pero ella hablaba a Cristo en su
corazón: “Señor, ayúdame. Sin tu ayuda,
lo haría peor que san Pedro y Judas. Te traicionarla y traicionaría
a tus vecinos”.
Entonces ella se acordó de
una palabra de Cristo, que había aprendido de los animadores
de nuestro movimiento de evangelización popular “Encuentro
de los hermanos”. Ella se acordó de que Cristo había
dicho: “Cuando os lleven ante los tribunales, no os inquietéis
por lo que vais a contestar: El Espíritu de Dios hablará
en vosotros” (Mt 10, 19-20). Estas palabras adquirieron tal
relieve para ella, que hizo frente con una calma profunda al interrogatorio.
Puesta en libertad, nos contaba que
había dado respuestas tan bellas que ni siquiera podía
repetirlas. Se palpa ahí la acción del Espíritu
Santo, de acuerdo con la promesa del Señor Jesús.
*****
¡Carismáticos hermanos míos!
Vosotros que amáis la oración
y gustáis permanecer a la escucha del Señor, seguid
atentos y vigilantes, tal cono nos lo recuerda tan claramente el Evangelio.
- para que la oración no aparezca
nunca como una coartada de la acción apostólica y social;
- para no criticar a los que, sin
olvidar la eternidad, recuerdan que la eternidad comienza aquí
y ahora; a los que trabajan por ayudar a crear un mundo más
justo y más humano ya en esta tierra;
- no aceptéis el catalogar
con ligereza a los cristianos según se les ponga la etiqueta
de “horizontalista” o de “verticalista”;
- no aceptéis que se persiga
a vuestros hermanos cristianos y que se les trate como agentes subversivos
y comunistas por el sólo hecho de que se unen, no para pisotear
los derechos de los demás, sino para no permitir que se pisoteen
sus propios derechos.
Por el contrario:
- ayudad a comprender y hacer comprender
a vuestro alrededor, en tiempos de violencia generalizada, que la
violencia número uno, la violencia madre de todas las violencias
es, en verdad, en todo el tercer mundo, la miseria “institucionalizada”.
- ayudad a descubrir y a hacer descubrir
dentro mismo de los países ricos las zonas negras de la miseria;
- ayudad a comprender y a hacer comprender
que la única manera efectiva de evitar la violencia armada,
es alentar y practicar la no-violencia activa y valiente y la presión
moral liberadora;
- ayudad a denunciar siempre de manera
pacífica pero valiente, la carrera de armamentos y, de manera
particular, la proliferación de las armas nucleares;
- ayudad a denunciar la idolatría
de la seguridad nacional, presentada por ciertos gobiernos como el
valor supremo por encima de todo otro valor; ninguna democracia verdadera
puede coexistir con esta idolatría, para la cual el fin justifica
los medios, incluidos los secuestros, las torturas y los asesinatos;
- alentad en lo posible, de una manera
personal y activa, estudios que ayuden a ver claramente las estructuras
injustas tan poco conocidas, sabiendo que, sin una visión clara
en esta materia, las presiones morales liberadoras seguirán
siendo superficiales e ineficaces;
- apoyaos en la Renovación
en el Espíritu para ayudar a la Iglesia a despojarse cada vez
más de las tentaciones triunfalistas, y a esforzarse por llegar
a ser una presencia viva de Cristo al servicio de los hombres y de
la gloria de Dios;
- ayudad a los cristianos polarizados
en sus conflictos de tendencias a comprender:
- que oración y compromiso
cristiano son una sola cosa;
- que un brazo horizontal, por sí
solo, no llega a ser una cruz, como tampoco un brazo vertical es una
cruz por sí solo.
- Y que es preciso unir los dos brazos
para tener la cruz de Cristo, suma del amor de Dios y del amor de
los hombres.
*****
¡Carismáticos,
hermanos míos!
Mostremos juntos al mundo que el verdadero
amor de Dios debe pasar, como desbordamiento, al amor del prójimo.
Vivamos juntos el misterio de Pentecostés que fue, y seguirá
siendo siempre, un misterio de transformación profunda por
el que los tímidos se transforman en apóstoles valientes,
fieles hasta el martirio.
Y roguemos juntos a Nuestra Señora
del Magnificat:
¡Oh, Señora Nuestra!
Enséñanos
a escuchar la palabra del Señor
con perfecta disponibilidad,
en toda circunstancia,
y a cantar contigo
el Magnificat que exalta a los pobres,
sin ninguna amargura,
con tal plenitud de amor,
que si su canto hiere a alguno,
solo provoque una herida bienhechora,
que por sí misma ya es curación.
*****
Oración por nuestros
hermanos, los ricos
A continuación del Magnificat de María yo quisiera rogar
por los ricos. ¿Por qué?, se dirá, quizá.
¡Tienen tantas cosas: dinero, saber, poder! ¿No se bastan
a sí mismos? ¿Tienen necesidad de ayuda?
Pues, a pesar de todo, sí
¡hay que rogar por ellos!
¡Señor!
Solo Tú tienes la vida en tus manos,
Sólo Tú posees el conocimiento y la libertad.
La verdadera riqueza sólo Tú la posees;
esa riqueza que no pierde valor,
y permanece más allá de la tumba;
la que se comparte sin empobrecer.
Haz que nuestros hermanos los ricos
comprendan que los lingotes de oro
no se cotizan en el más allá;
que en el país de la eternidad solamente se acepta el amor,
como valor auténtico.
Concede a sus hijos que todo lo tienen,
que descubran la miseria de los pobres,
y no rehuyan su deber social.
No permitas que una vida fácil
los eche a perder,
sino que aprendan el valor de la renuncia
para que nazca un mundo mejor,
no contra ellos, sino con ellos.
CAPÍTULO IV. EN EL CORAZÓN DE LA CIUDAD
Cardenal Suenens
1. FE Y ESTRUCTURAS GLOBALES
Nuestra existencia se sitúa
en el corazón de estructuras globales. Entendemos por ellas
-simplificando- el aparato político total, el orden económico
en su conjunto, la administración judicial general de un país,
cualquiera que sea, por lo demás, el nombre dado al régimen
político adoptado. Estas estructuras globales resultan de la
institucionalización orgánica de las normas, de las
funciones, y de los grupos característicos de un sistema.
¿Tiene la fe algo que decir
cuando se enfrenta con una estructura global? ¿Puede la fe
influir en un sistema y en sus componentes? Y, ¿en qué
sentido? Esta es la cuestión que hay que examinar ahora. Es
tan antigua como el cristianismo; y, con todo, sigue conservando una
candente actualidad.
Dos tendencias se enfrentan entre
los cristianos: la tendencia llamada “conservadora”, la
cual quiere que la Iglesia se mantenga neutral en estas materias,
situándose al margen de la lucha y evitando apoyarse en el
Evangelio para imponer una opción demasiado determinada. Desea
que la Iglesia quede anclada en materias puramente religiosas, convierta
a Cristo a los individuos y, a continuación, éstos asuman
sus responsabilidades temporales.
Para la otra tendencia, llamada “progresista”,
la promoción humana, la liberación cultural, económica
o política representan una dimensión integral de la
evangelización, incluso, para algunos, es su dimensión
primordial. Estima que la Iglesia, intérprete del sentir de
Cristo sobre el mundo, no puede renunciar a su función critica
y, por tanto, impugnadora de todo “desorden establecido”.
Esta crítica, a sus ojos,
no puede ser superficial, contentándose con denunciar verbalmente
los abusos. Debe llegar a la raíz de los males, es decir, hasta
la revisión de las estructuras que los engendran.
Por fidelidad a Dios y a Jesucristo,
es, por tanto, un deber de la Iglesia, -se concluye-, ir al mundo,
estar presente, y actuar en todas partes donde reinen la injusticia
y el sufrimiento de los hombres y contribuir con todo su poder a sanear
la sociedad. Por lo demás, -se añade-, quiéralo
o no, la Iglesia da testimonio en un sentido o en otro, tanto por
su acción como por su inacción. No escapa al dilema.
Ella debe inspirarse en su fundador. Jesucristo, el jefe de la Iglesia,
amó y socorrió al pobre, se opuso a la injusticia, y
curó las heridas físicas o morales de los hombres que
encontró en su camino. Ahora llama a su Iglesia -que es su
Cuerpo- a proseguir su obra, y a dar testimonio de su amor en medio
de las tensiones de la sociedad.
¿Qué actitud se nos
impone?
*****
Todo sistema cultural ejerce sobre
la sociedad, sobre nosotros, una influencia considerable y profunda.
En realidad, representa las reglas, las normas, los modelos que inspiran
nuestros juicios y nuestras obras. Por referencia a este sistema,
nuestra conducta parece significativa y coherente, a nuestros ojos
y para los demás.
Estos modelos culturales (patterns
of culture)) constituyen un adoctrinamiento real omnipresente, a veces
apremiante, que por todas partes nos impregna.
Cuando el sistema se institucionaliza,
y se convierte por ello en una estructura, adquiere necesariamente
el poder y el peso propios de una institución.
De la misma manera podría
explicarse -cambiando lo que sea preciso- el significado del sistema
económico. Y por eso los cristianos hablan hoy normalmente
del establecimiento de un “nuevo orden económico internacional”.
Lo mismo ocurre en lo que se refiere
a la estructura política, donde surgen trabajos recientes que
revelan los mecanismos de dominio inscritos en la teoría de
la “seguridad nacional”.
Reconozcamos, sin ninguna duda, que
hay desequilibrios culturales, económicos y sociales que reclaman,
con toda urgencia, reajustes que sólo se pueden lograr con
esfuerzos conjugados. No se pueden limitar a la sola iniciativa personal
problemas que rebasan al individuo. La vida en común comporta
exigencias específicas y obedece a leyes propias.
No puede menospreciarse el hecho
de que el paso del plano individual al plano social introduce un cambio
de escala y, por ello, un cambio de naturaleza en las relaciones.
Una sociedad no es la suma de los individuos que la componen; obedece
u las leyes específicas debidas a la estabilidad de las instituciones
y a la riqueza de una continuidad poderosa; pero también a
la inercia de la masa, al espíritu gregario y a una ley de
gravedad.
Hay reglas del juego estructural
que seria ingenuo y perjudicial ignorar.
Pero es preciso además que
el individuo sepa comprometerse en su plano y en cierto modo, pagar,
a costa suya el precio de las reformas que reclama.
Didier Aubert, portavoz del grupo
“Espiritualidad y Política”, escribía con
toda razón:
“¿Cómo, en efecto,
asegurar, a la vez, más justicia social, la protección
de la naturaleza y del medio ambiente, la salvaguarda de los recursos
escasos, la mejora de las condiciones de trabajo y el incremento de
la ayuda al tercer mundo, sin efectuar una resta importante del consumo,
con arreglo a su carácter superfluo? ¿Se cree que el
incremento de la productividad bastará para hacer frente a
estas cargas nuevas cuando, paralelamente, hay que conseguir una disminución
legítima de la duración semanal del trabajo, una reducción
de la edad de la jubilación y un alargamiento de la escolaridad;
cuando las inversiones a realizar para asegurar esta productividad
exigirán la constitución de un ahorro importante?
“Nos tapamos los ojos para
no ver la necesidad de estos cambios. Y toda la clase política
acepta tácitamente esta política del avestruz, sin ver
que la inflación es, en gran parte, la contrapartida obligada
de los sacrificios que no hemos sabido imponernos, de los esfuerzos
que no hemos sabido hacer y que, por esta razón, nos vemos
obligados a sufrir ciegamente y en condiciones peores.
“Desde este punto de vista,
es bueno y es útil decir, sin complejo alguno, que el redescubrimiento
y sobre todo la aplicación de los valores evangélicos
del compartir son indispensables en la sociedad de hoy”. (12)
Antiguamente, se aceptaba la pobreza
como un hecho inevitable, un accidente histórico fatal, al
que el cristiano procuraba poner remedio con las múltiples
iniciativas de la caridad. Las ciencias humanas han puesto al descubierto
poco a poco las causas de la pobreza. Poniendo a la vista los fallos
y las injusticias, han despojado, en cierto modo, del sello de la
fatalidad a las desigualdades sociales de los sistemas económicos
que oprimían al hombre. De ahí, el inmenso esfuerzo
que tiende a corregir las diversas formas de injusticias y liberar
al hombre de las alienaciones inherentes a la pobreza y, a fortiori,
a la miseria.
De ahora en adelante, la proclamación
del Evangelio incluye para todo cristiano el deber de contribuir,
por su parte, a las necesarias correcciones sociales colectivas. El
amor del pobre, reviste actualmente una dimensión sociopolítica
que difícilmente podían suponer nuestros antepasados.
2. PRESENCIA Y VOZ DE LA IGLESIA
En los últimos siglos, la Iglesia
concentró mucho tiempo su atención en las urgencias
sociales, incluso en empresas supletorias: escuelas, hospitales, asilos,
etc., con la preocupación de remediar carencias inmediatas.
Actualmente, cada vez se va tomando
más conciencia -acabamos de decirlo- de que hay que atacar
también las causas de los males que surgen. Además de
las “relaciones estrechas” de la caridad, que van a lo
más urgente, la atención se extiende también
a las “relaciones amplias”. Hoy se sabe mejor que antes
hasta qué punto el marco cultural y económico-político
determina la condición de vida concreta de los hombres. Aunque
se ha desplazado el acento, los dos intereses son complementarios.
El impacto de los cristianos en el
mundo sería inmenso si éstos llegasen a conjugar sus
esfuerzos, primero entre sí y después con todos los
hombres de buena voluntad, ¿Cómo no suscribir las líneas
siguientes de un teólogo protestante, profesor de la facultad
de teología de Hamilton (Ontario)? Hablando de la vocación
social de la Renovación Carismática, escribe:
“Si los cristianos carismáticos
y evangélicos se comprometieran verdaderamente juntos, como
debe ser, al servicio de Dios y de su justicia, en el corazón
del mundo en que viven, representarían una fuerza más
radical y más redentora que cualquier grupo revolucionario
de hoy. El dinamismo está ahí: lo que necesitan es una
dirección pastoral a la vez sabia y estimulante.”(13)
En el mismo sentido, monseñor Jadot, Delegado Apostólico
en los Estados Unidos, declaraba recientemente: “El fin de la
Renovación Carismática, no sólo incluye una nueva
valoración de los carismas, sino que se extiende al conjunto
de la vida cristiana en todas sus implicaciones, sean familiares,
sociales o culturales. Esta visión amplia de la Renovación
Carismática -como transformación total de la vida humana
y de la cultura según las exigencias del Evangelio- es signo
de esperanza. (14)
*****
La enseñanza oficial y repetida de la Iglesia presiona a los
cristianos a asumir su responsabilidad en el campo de lo institucional
y de las estructuras globales.
Mencionemos aquí como declaraciones
particularmente importantes las del Sínodo de Obispos de 1971,
en Roma, y las del Papa Juan Pablo II, y de la Conferencia de los
Obispos latinoamericanos en Puebla, en Febrero de 1979.
Como es sabido, el Sínodo
de 1971 estuvo dedicado, parcialmente por lo menos, a la “justicia
en el mundo”. Hizo alusión “a los sistemas internacionales
de dominio” así como a los “obstáculos objetivos
que las estructuras sociales oponen a la conversión de los
corazones” (cap. I). Abordando la cuestión de la “acción
internacional”, el Sínodo exhortaba a los católicos
a tomar en consideración diversas proposiciones. Por ejemplo,
“que se reconozca el enraizamiento del orden internacional en
los derechos y en la dignidad inalienable del hombre”, “que
las Naciones Unidas y las Organizaciones Internacionales sean apoyadas
como el inicio de un sistema susceptible de frenar la carrera de armamentos”,
y ciertos proyectos “sean estimulados como primer esbozo (...)
de un sistema económico y social para el mundo entero”.
*****
Los textos de Puebla son particularmente significativos a este respecto.
“La Iglesia -hablando todavía
en general, sin distinguir el papel que compete a sus diversos miembros-
siente como deber y derecho estar presente en este campo de la realidad:
porque el cristianismo debe evangelizar la totalidad de la existencia
,humana, incluida la dimensión política. Critica, por
esto, a quienes tienden a reducir el espacio de la fe a la vida personal
familiar, excluyendo el orden profesional, económico, social
y político, como si el pecado, el amar, la oración y
el perdón no tuviesen allí relevancia.
En efecto, la necesidad de esta presencia
de la Iglesia en lo político, proviene de lo más íntimo
de la fe cristiana: del señorío de Cristo, que se extiende
a toda la vida. Cristo sella la definitiva hermandad de la humanidad,
donde cada hombre vale tanto como otro: “'Todos sois uno en
Cristo Jesús” (Ga 3, 28).
Del mensaje integral de Cristo se
deriva una antropología y teología originales que abarcan
“la vida concreta, personal y social del hombre”. (15)
Es un mensaje que libera, porque salva de la esclavitud del pecado,
raíz y fuente de toda opresión, injusticia y discriminación.
Estas son algunas de las razones
de la presencia de la Iglesia en el campo de lo político, para
iluminar las conciencias y anunciar una palabra transformadora de
la sociedad.
La política en su sentido
más amplio, mira al bien común, tanto en lo nacional,
como en lo internacional... En este sentido amplio, la política
interesa a la Iglesia y, por tanto, a sus pastores, ministros de la
unidad. Es una forma de dar culto al único Dios, desacralizando
y a la vez consagrando el mundo a Él”. (16)
3. TEOLOGÍA Y SALVACIÓN LIBERADORA
El inmenso y crucial problema que
plantea a nuestro tiempo la situación del subdesarrollo, que
afecta a las tres cuartas partes de la humanidad, ha hecho tomar cada
vez más conciencia de la realidad del pecado social y colectivo
que hay en la base de este desequilibrio.
Se tiene una conciencia más
clara de que el pecado no es sólo una falla personal, sino
que afecta a nuestras responsabilidades en el terreno cultural, económico
y político.
Hay estructuras de pecado que hay
que abandonar, porque institucionalizan el mal, es decir, el egoísmo,
la injusticia, la opresión, las desigualdades flagrantes, y
porque diluyen el sentido de la responsabilidad y de la culpabilidad.
Entre cristianos, se ha procedido a una relectura del Evangelio en
función de esta liberación del hombre y del deber de
luchar contra todas las alienaciones que reducen al hombre “a
una condición infrahumana. Es un deber de justicia social y
política que se impone a todos nosotros, como consecuencia
de nuestra fe en Dios, Padre de todos los hombres, y de nuestra fe
en Jesucristo, hermano y amigo común de todos.
Cristo nos liberó del pecado
por la redención, del fatalismo por haber despertado nuestras
responsabilidades, del sufrimiento sin término, y de la muerte
como final “absurdo” del mundo.
El Evangelio es mensaje de salvación
y de liberación. Hay que darle a la vez su amplitud espiritual
y su lógica de encarnación. La frase de Bernanos se
aplica también a nuestras urgencias sociopolíticas:
“Lo que los hombres esperan de nosotros también lo espera
Dios.”
La teología llamada “de
la liberación”, nacida estos últimos años
en América Latina, se ha esforzado por releer la Escritura
a través del prisma del pobre y del oprimido, habida cuenta
del contexto social de una población que sobrevive penosamente.
Ella ha puesto de relieve el imperioso
deber de la justicia para todos, como parte integrante del plan de
Dios para el hombre y condición primera de la paz de este mundo.
Ha puesto el acento sobre el pecado colectivo y social institucional.
Ha actualizado a los profetas del Antiguo Testamento, Isaías,
Amos, Jeremías, trayendo a nuestro tiempo sus gritos de protesta.
Ha reaccionado, en nombre del Evangelio, contra los desequilibrios
sociales tanto dentro de un pueblo, como en sus relaciones recíprocas.
Nos obliga a todos a repensar el
problema de la articulación entre el esfuerzo por la liberación
humana y por la salvación cristiana. (17)
No rehuye la pregunta: ¿qué
relación existe entre la liberación social y la liberación
-la salvación- que nos trae Jesucristo?
NI IDENTIDAD, NI SEPARACIÓN
Digámoslo sin rodeos: no se
puede identificar la salvación terrena con el misterio de la
salvación que reconcilia al hombre con Dios y que libera al
hombre del pecado y de la muerte definitiva. No se puede atribuir
a Jesús ningún mesianismo temporal. El repitió
con insistencia que su reino no era de este mundo.
Pero desconoceríamos el sentido
de su acción terrena si olvidáramos que Jesús
inauguró y anticipó en este mundo su persona “el
Reino de Dios”, que viene. Este Reino no es solamente una realidad
mística y futura, sino una realidad englobante, que afecta
al hombre en todas sus dimensiones espirituales y corporales, personales
y colectivas.
Este “Reino” se dejó
entrever, en la visibilidad, cuando Jesús obraba milagros,
en los que nosotros descubrimos signos y esbozos del nuevo mundo futuro,
de la “nueva tierra y de los nuevos cielos”.
No se puede relegar el cristianismo
a la zona espiritual y religiosa sin minimizar el alcance de la encarnación
salvadora. Objetar que el mismo Cristo jamás hizo política
sería olvidar que, aunque Jesús no fije un agitador
social o político, sí desencadenó para todos
los tiempos futuros el dinamismo de un movimiento de amor fraterno
que va mucho más allá de las exigencias de la solidaridad
puramente humana.
Por fidelidad al Maestro, el cristiano
de hoy, que vive en un contexto social distinto de aquél en
que vivía el cristiano del siglo primero, debe traducir de
nuevo las exigencias del cristianismo en nuestro tiempo.
LA LIBERACIÓN, UN PROCESO GLOBAL
Los teólogos de la liberación
parten sin el menor reparo, y muy oportunamente, de situaciones de
injusticia económica o política. Esto es, indiscutiblemente,
la garantía de actuar en una situación concreta y precisa.
Pero es también fijar, desde el principio, una limitación
del campo de la liberación cristiana. “Puede decirse,
-escribe el teólogo latino-americano Gustavo Gutiérrez-,
que el hecho histórico, político, liberador, es crecimiento
del Reino, es acontecimiento salvífico, pero no es la venida
del Reino, ni la salvación total”. (18)
G. Gutiérrez distingue además,
con una nitidez ejemplar, “tres niveles de significación:
liberación política, liberación del hombre a
lo largo de la historia, liberación del pecado y entrada en
comunicación con Dios (...) Los tres niveles mencionados se
condicionan mutuamente, pero no se confunden; no se dan el uno sin
el otro, pero son distintos; forman parte de un proceso salvífico
único y global, pero se sitúan en profundidades diferentes.”
(19)
En efecto, el proceso de la salvación
es global. Por eso cada cristiano, y cada grupo de cristianos, sin
asumir necesariamente todas las iniciativas exigidas por la totalidad
del proceso liberador, pueden, según la diversidad de sus carismas
y de sus dones, limitarse a tal o cual aspecto del conjunto de la
obra liberadora. Pero no por ello deberán menospreciar las
demás funciones y los demás proyectos.
Nada queda fuera de la totalidad
del conjunto del proceso de la salvación. “Nada se halla
fuera de la acción de Cristo y del don del Espíritu,
-prosigue G. Gutiérrez-. Esto da a la historia humana su unidad
profunda. Los que operan una reducción de la obra salvadora
son más bien, aquellos que la limitan a lo escuetamente “religioso”
y no ven la globalidad del proceso.” (20)
Pero la limitación puede darse
en cada uno de los momentos del proceso. En una perspectiva europea,
y no ya sudamericana, se podría decir también que algunos
grupos cristianos, cuando llevan una acción con vistas a una
liberación política o económica, la articulan
a veces en una antropología de tipo materialista, y rechazan
todo significado dentro de un recurso al orden religioso. Por ello
no llevan a cabo ellos tampoco una acción íntegramente
“cristiana”, le falta a ésta ciertos caracteres,
y no pequeños, de la autenticidad fijada por el mismo Jesucristo.
EL MENSAJE DE LA CONSTITUCIÓN
GAUDIUM ET SPES
¡El progreso terreno es una
cosa, y la instauración del Reino de Dios es otra! No se identifican.
Con todo, no son extraños el uno al otro. En la constitución
Gaudium et Spes, el Concilio Vaticano II subrayó con muchos
matices su articulación:
“Ciertamente, sabemos muy bien
que de nada sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí
mismo. Con todo, la esperanza en una nueva tierra, lejos de debilitar
en nosotros la preocupación por perfeccionar este mundo, debe
más bien despertarla. El cuerpo de la nueva familia humana
crece en ella y descubre ya algún esbozo del siglo futuro.
Por eso aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno
del crecimiento del reino de Cristo, sin embargo este progreso tiene
mucha importancia para el Reino de Dios, en la medida en que puede
contribuir a una mejor organización de la sociedad humana.
Estos valores de dignidad, de comunión
fraterna y de libertad, y todos los frutos excelentes de nuestra naturaleza
y de nuestra actividad; después de haberlos propagado en la
tierra conforme al mandato del Señor y en su Espíritu,
los volveremos a hallar más tarde, purificados de toda mancha,
iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue a su Padre “un
Reino eterno y universal: reino de verdad y de vida, reino de santidad
y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz”. (21)
EL ESPÍRITU QUE RENUEVA LA FAZ DE LA TIERRA
¿Se puede decir con mayor exactitud
y autoridad que la liberación humana plena es, en el fondo,
obra de la gracia y don de Dios?
La Iglesia nos pone en los labios
una oración atrevida: “Envía, Señor, tu
Espíritu y todo será creado y renovarás la faz
de la tierra.”
En el corazón del Pueblo de
Dios, el Espíritu actúa el “ya” realizado
y prepara “el todavía no” del Reino.
Es él quien llega a las profundidades
últimas del hombre con todas sus cadenas, y quien le encamina
hacia el florecimiento final y total de su existencia.
Él sigue siendo para siempre
el Espíritu creador y renovador, actuando en el corazón
del mundo.
Al acogerlo en fe, en la mañana
de la Anunciación, María hizo posible el prodigioso
misterio de la Encarnación, punto de arranque de nuestra salvación.
Al abrirse a Él en fe, el
cristiano avivará, desde este mundo, la venida de los tiempos
nuevos.
ORACIÓN
ENVÍA TU ESPÍRITU
“Envía, Señor,
tu Espíritu,
y todo será creado,
y renovarás la faz de la tierra”
Envía tu Espíritu,
ante todo, por prioridad,
para re-crearme a mí mismo.
Libérame de mis pecados,
de mis temores,
de mis complejos,
y lléname,
hasta rebosar,
de tu sabiduría,
de tu poder,
de tu vida.
Envía tu Espíritu,
que escudriñe y revele
tu insondable ternura de Padre
para con tus hijos,
pródigos o no.
Que él nos enseñe a reconocer tu voz,
a captarla
sin parásitos,
en tu longitud de onda.
Que él nos enseñe a orar,
llamándole por tu nombre de Padre
con un corazón de niño
que se sabe comprendido y amado.
Envía tu Espíritu,
que nos revele el secreto de tu Hijo
“en quien te complaces”,
y en quien ponemos toda nuestra esperanza.
Que él nos haga comprender su Evangelio,
versículo por versículo,
en su candente actualidad,
y que nos ayude a traducirlo
en el corazón del mundo.
En fin que, viendo vivir a los cristianos,
se reconozca en ellos un rayo de su faz,
el acento de su voz,
la ternura de su corazón y de su sonrisa.
Envía tu Espíritu,
que nos revele también el verdadero rostro
de tu Iglesia,
por encima de las deficiencias de sus discípulos,
que caminan con un paso cansado,
cargados con veinte siglos de historia.
Que él nos introduzca
en el misterio oculto de esta Iglesia
-de la que María es la imagen viva-
y que permanezca con nosotros,
para que tu Iglesia siga siendo
para cada generación que pasa,
el testigo fiel,
el intérprete auténtico,
el sacramento de Jesús.
Envía tu Espíritu,
sobre tu Iglesia dividida,
que, con dolor, busca su unidad visible;
a fin de que tus discípulos apresuren el paso
para acelerar la hora
en que el Amor y la Verdad
formen una sola cosa,
en el hogar de tus hijos reconciliados;
a fin de que cese el escándalo,
que ha durado demasiado,
y sea mundo crea
en el que Tú has enviado.
Envía tu Espíritu
sobre la tierra de los hombres
para que triunfe sobre las divisiones,
y los libere
de los odios,
de las injusticias
que los desgarran,
y que cree entre ellos
la comunión fraterna,
que buscan a tientas,
y que toma su fuerza
en la comunión suprema
del Padre, del Hijo y del Espíritu.
Amén
......ANTERIOR.
NOTAS:
(1) Gaudium et Spes, nº 22
(2) Redemptor Hominis , nº 8
(3) Puebla. La Evangelización en el presente
y en el futuro de América Latina. BAC Minor-55, Madrid 1979,
nº 1159-1161
(4) Palabras del Pastor Thomas Roberts, citadas por
J.P. GABUS, Prière, discernement, engagement. Tychique Sept.
(1976) 17
(5) CF. Dei Verbum, nº 4
(6) G. GUSDORF, La Parole, 1963, p.77
(7) Evangelii Nuntiandi, nº 41
(8) Cf L. J. CARDENAL SUENENS, ¿Un nuevo Pentecostés?
Descleé, Bilbao. 1975, pp 137-159
(9) S. CLARK, Where are we headed? Charismatic Renewal
Services, Notre Same, Indiana, 1973, pp 33-40. citado por L. J.
SUENENS, ¿Un nuevo Pentecostés?, o.c., p. 143.
(10) G. GUTIÉRREZ, Teología de la liberación.
Perspectivas. Sígueme, Salamanca, 1972, p. 239.
(11) G. GUTIÉRREZ, Teología de la liberación...
p. 69.
(12) La Croix, 29 de abril de 1977, p. 2
(13) Citado en CARD. SUENENS: Ecumenismo y Renovación
Carismática, Orientaciones Teológicas y Pastorales.
Barcelona 1979, nº 71.
(14) Entrevista de monseñor Jadot sobre la
Renovación Carismática en Logos Journal, julio-agosto
1978: traducción en Bonne Nouvelle, enero 1979, p.11.
(15) Evangelii Nuntiandi, 29
(16) Puebla. La Evangelización en el presente
y en el futuro de América Latina. BAC Minor – 55, Madrid.
Nº 515-518.521
(17) Puede consultarse a este respecto el esclarecedor
y matizado artículo del teólogo chileno S. GALILEA,
Theologie de la libération. Essai de synthése. Lumen
Vitae 38 (1978) 205-228.
/18) G. GUTIÉRREZ. Teología de la liberación.
Perspectivas. Sígueme. Salamanca, 1972, p. 240. Las palabras
se encuentran ya subrayadas en el original.
(19) G. GUTIÉRREZ. Teología de la liberación...
p. 238.
(20) G. GUTIÉRREZ. Teología de la liberación...
p. 240.
(21) Prefacio de la Solemnidad de Jesucristo, Rey
del Universo.