DOCUMENTO DE
MALINAS 3
RENOVACIÓN EN EL ESPÍRITU Y SERVICIO DEL HOMBRE
Cardenal L. J. Suenens
Dom Helder Camara
“En efecto, la renovación en el Espíritu será
auténtica y tendrá una verdadera fecundidad en la Iglesia,
no tanto en la medida en que suscite carismas extraordinarios, cuanto
si conduce al mayor número posible de fieles, en su vida cotidiana,
a un esfuerzo humilde, paciente y perseverante para conocer siempre
mejor el misterio de Cristo y dar testimonio de Él” (JUAN
PABLO II. Exhortación Apostólica Cathechesi tradendae
n° 72).
PRÓLOGO
Me permito recordar mi encuentro con
Dom Helder Cámara, en octubre de 1962, durante los primeros
días del Concilio Vaticano ll. Yo no conocía personalmente
a Dom Helder, pese a que había escrito el prefacio de la traducción
portuguesa de mi libro La Iglesia en estado de misión.(1) Vino
a verme a mi residencia, en la casa de los Hermanos de las Escuelas
Cristianas, en Via Aurelia, y, de entrada, me dijo, con la viva imaginación
del poeta y el ardor fogoso del apóstol, cómo veía
él ...el final del Concilio. Venía a decirme, con precisión,
cómo concebir el escenario de la clausura. Anticipación
brillante en colorido, para transmitir por televisión al mundo
entero. Sugería que no se limitase a promulgar textos sino
a presentar las conclusiones de la renovación conciliar en
una serie de imágenes con garra como, por ejemplo, gestos simbólicos
de reconciliación ecuménica espectacular, en los que
se nos mostrase al Papa dando el beso de paz a Atenágoras,
a Visser't Hooft, secretario general del Consejo Ecuménico
de las Iglesias, al Gran Rabino... Todo estaba previsto, incluso las
composiciones musicales que habrían de servir de fondo a las
imágenes y, para terminar, reservaba la Sinfonía incompleta
de Schubert. El poeta Helder había programado todo, hasta los
detalles.
A partir de este primer encuentro,
pintoresco y profético, hemos hablado con frecuencia de la
Iglesia de nuestros sueños y a veces hemos hecho converger
nuestros esfuerzos en ciertas iniciativas.
El Papa Juan XXIII había distribuido
personalmente entre los siete miembros del Comité Central del
Concilio los esquemas preparatorios. Me había encargado que
fuera el relator de los dos esquemas clave, que se iban a convertir
en su fase final en la Constitución Dogmática sobre
la Iglesia, Lumen Gentium, y la Constitución Pastoral sobre
la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et Spes.
Desde el comienzo de los trabajos,
la imagen de la América Latina me obsesionaba, como laboratorio
de una pastoral a revisar, una Iglesia por así decirlo, de
talla humana en este continente en que vivía un tercio de los
católicos del mundo. La América Latina me obsesionaba
también por sus problemas de población y de pobreza
y, en consecuencia, por el problema subyacente de la natalidad. Todo
esto lo compartíamos en común, y para nadie es un secreto
que la influencia discreta y eficaz de Helder Cámara entre
los miembros del CELAM (del cual fue secretario general) en más
de una ocasión a lo largo del Concilio nos proporcionó
el apoyo de numerosos obispos de la América Latina, que votaron
lo mismo que nosotros, obispos de Europa Septentrional, que intentamos
salir de ciertos atolladeros del pasado.
El “querer y no querer las
mismas cosas” (idem velle et idem nolle) es, según los
antiguos, la base de toda la amistad. Hemos creído que expresándonos
juntos, en estas páginas, respecto a dos acentuaciones que
hoy determinan un distanciamiento entre cristianos -los “comprometidos”
y los “carismáticos”-, quizá pudiéramos
ayudar a superar ciertos exclusivismos empobrecedores y a integrar
“lo que Dios ha unido”: el primero y el segundo mandamiento.
En nuestra opinión, un cristiano
que no fuera carismático, -en el sentido más amplio
de la palabra, es decir, disponible al Espíritu y dócil
a sus mociones- sería un cristiano que olvida su bautismo;
un cristiano que no fuera social sería un cristiano truncado,
desconocedor de los imperativos del Evangelio.
Hemos pensado que la manera más
sencilla de trabajar juntos -en términos musicales diríamos
tocar a cuatro manos- sería exponer por turno cómo vemos
al cristiano de hoy, en una total apertura a Dios y en un servicio
integral a los hombres.
Cada uno lo dirá con lo que
ha sido su pasado, su vida, su sufrimiento propio, que consiste a
veces en ser interpretado al revés.
Helder Cámara es conocido
en el mundo como “la voz de los que no tienen voz''. Esto le
da derecho a hablar claro, con estilo personal y vibrante, asumiendo,
como es sabido, los riesgos que esto comporta. Un día, en Bruselas,
al comenzar una conferencia, le oí decir: “Perdonadme,
yo no hablo francés, yo no hablo flamenco; yo hablo “Cámara”,
es decir, -añadió con humor-, yo hablo con mis brazos,
mis manos, mi cuerpo... y todo mi corazón”.
Es el obispo de los pobres el que
en estas páginas habla de nuestros deberes sociales; pero también
es el obispo que pasa largas horas nocturnas en oración y une
fuertemente su acción a la influencia de Dios.
Ojalá podamos ayudar, juntos,
a hacer comprender que la oración y la acción evangelizadora,
social y política, no son más que una sola cosa en la
vida del cristiano que quisiera ser fiel a todas las páginas
del Evangelio versículo por versículo.
Yo presentaré el problema
que palpita en estas páginas; a continuación expondremos
los dos sucesivamente cada uno de los aspectos que definen al cristiano
completo en su compromiso religioso, social y apostólico. Lo
expresamos de acuerdo con nuestros propios puntos de vista, pero siguiendo
una total unidad de criterio.
El último capítulo
sobre la dimensión política fue redactado por mí;
pero traduce un pensamiento común. Éste es, claro está,
el mismo de la Iglesia, tal como está expresado en sus documentos
más oficiales, que van desde la Constitución Pastoral,
Gaudium et Spes, pasando por Medellín y el Sínodo de
los Obispos en Roma en 1971, hasta la Declaración de Puebla,
en México, en febrero de 1979.
Tal es el contenido de estas páginas,
que se presentan como el Documento de Malinas n° 3, en la serie
consagrada a estudiar la Renovación en el Espíritu y
sus implicaciones humanas en el corazón del mundo.
Pentecostés 1979
L.J. Cardenal Suenens
Arzobispo de Malinas – Bruselas.
INTRODUCCIÓN
Por el Cardenal Suenens
1. UN DOBLE ENFOQUE
En principio, se ofrecen dos centros
de perspectiva al cristiano que quiere vivir y expresar su fe en el
corazón del mundo.
En primer lugar, puede fijar su mirada
en Dios, abrirse a su Palabra, a su acogida, a su gracia, y esforzarse
después por llevar a su vida cotidiana la lógica de
su fe, en todas sus dimensiones y consecuencias. El camino va de Dios
a los hombres.
Por el contrario, otro tipo de cristiano
se sentirá interesado primeramente por todo lo que pertenece
al hombre y a la comunidad humana. Se sentirá, prioritariamente
parte interesada del mundo en sus angustias y alegrías. El
camino va de los hombres a Dios.
De esta opción nacen dos tipos
de cristiano, según se ponga el acento en lo espiritual o en
el compromiso temporal. Esta diversidad está en el origen de
las dos tendencias más importantes que frecuentemente oponen
a los cristianos de hoy, y figura en la base de una polarización
dolorosa que, necesariamente, hay que superar.
2. SEPARACIÓN Y TENSIONES
La tensión entre el cristiano
“espiritual” y el cristiano “comprometido”
es particularmente sensible en el mundo de los jóvenes. La
misma elección de uno de los temas del Concilio de los jóvenes
de Taizé: “Lucha y contemplación”, indica
que el problema constituye realmente el núcleo de sus preocupaciones.
Todos los que están en contacto
con los jóvenes dan testimonio de su difícil búsqueda
de equilibrio en este campo. Para muchos jóvenes que optan
por el servicio social, la adhesión religiosa, y sobre todo
eclesial, es como una alienación, una deserción.
La misma tensión se encuentra
también en múltiples sectores. Han surgido interrogantes
nuevos, poniendo en tela de juicio el sentido de la evangelización
en un país de misión.
Algunos se preguntan: ¿Tiene
sentido todavía evangelizar cuando el subdesarrollo de la población
indígena reclama con toda urgencia reformas sociales, económicas
y políticas? ¿Se puede anunciar a Jesucristo a pueblos
que mueren de hambre?
¿En qué sentido es
el Evangelio mensaje de salvación y de liberación? ¿Se
trata, prioritariamente, de una revelación religiosa o de una
revolución política?
Se sabe que una tensión análoga
amenaza la cohesión del Consejo Ecuménico de las Iglesias.
En él se dividen los cristianos según se ponga en primer
plano la ortodoxia (reflexión teológica sobre los problemas
doctrinales de la Unidad) o la ortopraxis (que quiere encarnar la
fe en Cristo en comportamientos sociopolíticos). El enfrentamiento
de las tendencias se acentuó debido a que las Iglesias situadas
en el hemisferio norte (y rico) del planeta se enfrentan con las Iglesias
del hemisferio sur, donde la opresión social es un problema
de cada día. El Comité Central del Consejo Ecuménico
de las Iglesias, reunido en Kingston (Jamaica) del 1 al 12 de enero
de 1979, resultó una sesión movida, buscando una síntesis
difícil.
Esta misma tensión se encuentra
también cuando se trata de apreciar las corrientes espirituales
que atraviesan actualmente las Iglesias, en particular la Renovación
en el Espíritu o Renovación Carismática.
¿Hay que rechazarla como un
peligro de alienación, un factor de estancamiento social, o
hay que acogerla como una gracia poderosa de resurgimiento, capaz
de revivificar la existencia cristiana y de unir profundamente a los
cristianos?
La oración, que esta renovación
ha rehabilitado tan vigorosamente, ¿es deserción o,
por el contrario, impulso para Dios en el corazón del mundo?
Dar de nuevo a los hombres el sentido del Dios vivo, ¿no será
el compromiso social por excelencia que necesita la humanidad para
reencontrar su eje y su equilibrio fundamental?
Éstas son otras tantas preguntas
que no se pueden eludir, e interpelaciones que nos invitan a buscar
respuestas que tengan en cuenta toda la complejidad de lo real, y
las múltiples facetas de un mismo Evangelio.
Monseñor Dondeyne, eminente
pensador del Instituto Filosófico de Lovaina llamaba la atención
sobre el peligro de las exclusiones en estos términos:
“Para subrayar mejor que la
fe no es una coartada y que el creyente moderno debe aprender a encontrar
a Dios en la vida de todos los días (lo que, manifiestamente,
es algo magnífico), algunos pretenden que hay que centrar la
predicación y la catequesis ante todo en el segundo mandamiento,
(“Amarás al prójimo como a ti mismo”). “No
entrarán en el cielo los que dicen Señor, Señor,
sino los que hacen la voluntad de mi Padre” (Mt 7, 21). De estas
palabras de Cristo se deduce que ser cristiano consiste, sobre todo,
en trabajar por la liberación del hombre y la instauración
de un mundo más justo”.
“Ciertamente, se habla mucho
del hombre Jesús, pero es para ver en él el modelo del
amor a los hermanos y la piedra angular de la Historia. Se olvida
añadir que él es también el Verbo de Dios que,
viviendo en el seno del Padre, nos comunica a Dios. Creer en el reino
futuro es estar convencido que, porque existe Dios, el advenimiento
de una sociedad más justa no es una utopía, pese a todos
los fracasos del pasado”.
“La primera tarea de la Iglesia,
como el pueblo testigo y portador del mensaje, sería ayudar
al mundo a hacerse adulto, pero parece que se olvida que la misión
propia de la Iglesia es también ayudar al mundo a encontrar
a Dios. En cuanto a la catequesis, su tarea principal sería
promover en los jóvenes el espacio de interpelación
indispensable para que el problema de Dios pueda surgir algún
día y la palabra “Dios” tenga un sentido. Se subestima
la importancia del anuncio explícito de Dios y de la enseñanza
religiosa propiamente dicha.” (2)
3. LA COMPLEMENTARIEDAD NECESARIA
El conflicto de las tendencias, del cual hemos señalado algunos
puntos destacados y sobresalientes, sólo se comprende bien
a la luz de la historia. Como suele ocurrir, un unilateralismo provoca
otro. Una acentuación demasiado fuerte da origen a una reacción
a ultranza en sentido opuesto. No se encuentra de golpe el punto de
equilibrio. Lo mismo ocurre con el conflicto, hoy particularmente
sensible, entre el “verticalismo” y el “horizontalismo”.
La llamada tendencia “horizontalista” nació, en
parte, como reacción legítima frente a un cristianismo
“desencarnado”, de tipo “pietista”, demasiado
olvidado de las implicaciones sociales del Evangelio. En cambio, asistimos
hoy a la acentuación inversa que corre el riesgo, si no se
equilibra, de poner en entredicho la especificidad misma del cristianismo.
Lo señaló bien Etienne
Borne (La Croix, 13 de noviembre de 1976): “Lo grave es que
el debate enfrenta no sólo cristianos a cristianos, sino un
cristianismo a otro cristianismo”.
Hay que evitar un doble escollo:
el de un cristianismo desencarnado y el de un cristianismo sin Cristo
resucitado y viviente.
Ser cristiano es estar “injertado”
en Jesucristo y al mismo tiempo en los acontecimientos del mundo.
Es estar abierto a Dios en la apertura al mundo. Es ser a un tiempo
hombre de oración y hombre de acción, fiel a Jesucristo,
Hijo unigénito de Dios y hermano de los hombres.
Cada bautizado es por definición
miembro del Cuerpo de Cristo, llamado a vivir en comunión con
sus hermanos en la fe y también con sus hermanos en humanidad.
Instaurar la justicia es un deber
fundamental del hombre. Pero esta justicia concierne a la vez a Dios
y al prójimo.
Para ser justo, hay que respetar
todos los derechos y dar a cada uno lo que se debe. Dios tiene derecho
a nuestra adoración, a nuestra alabanza. “Realmente es
justo y necesario, Padre santo, -decimos nosotros en el prefacio eucarístico-,
darte gracias siempre y en todo lugar, por tu Hijo amado Jesucristo”.
Y el Salvador mismo, al que recurrimos como mediador nuestro ante
el Padre, ¿no se ha convertido en “nuestra justicia”,
igual que se ha hecho “nuestra sabiduría” y “nuestra
liberación”?
Hay que respetar la justicia tanto
en lo que atañe a Dios como en lo que concierne a los hombres,
indisolublemente. El pobre igual que el rico tienen derecho, en justicia
cristiana, a ser alimentados con la Palabra de Dios. La orden de “buscad
primero el reino de Dios y su justicia” abarca el cielo y la
tierra.
Acusar a la ligera a los cristianos
espirituales de pietismo y a los cristianos “sociales”
de secularismo, es desconocer a los unos y a los otros. Ni verticalismo
ni horizontalismo son términos adecuados. El Cristo crucificado
tiene la mirada fija en el Padre que está en los cielos, y
el corazón traspasado por el amor a los hombres. La cruz es
vertical y horizontal, simultáneamente.
Estamos destinados a acoger íntegramente este misterio en nuestras
vidas. El servicio de los hombres y la contemplación de Dios
están unidos. No podemos aceptar la deserción del mundo
en nombre de Dios, ni el abandono de Dios en nombre de los compromisos
temporales. El falso misticismo desencarnado sólo puede dar
lugar a una fe política sin referencia cristiana alguna. Nos
jugamos nuestra verdadera identidad.
El ex arzobispo primado de la iglesia
anglicana, Doctor M. Ramsey, después de haber descrito estos
dos tipos de cristianos que a veces tienden a oponerse, les dirige
una llamada patética para que superen esta oposición
falaz, abriéndose los unos a los otros:
“El testimonio del cristiano
activamente comprometido en lo social y en lo político, exige
desesperadamente su complemento, que es el testimonio del cristiano
en estado de oración y de contemplación”.
Nosotros no podemos menos de hacer
nuestra esta enérgica llamada. Todo el objetivo de estas páginas
está ahí. Cuando se está abriendo un túnel
-yo pienso en el de San Gotardo que une Suiza e Italia- se comienzan
los trabajos de aproximación por cada uno de los lados. Lo
importante es que los dos grupos de trabajo se encuentren en un preciso
punto de confluencia que, sólo él, une los dos países:
Sucede lo mismo aquí. Tanto si se parte de Dios hacia los hombres,
como si se parte de los hombres hacia Dios, lo importante es que el
encuentro sea en un mismo lugar de comunicación. Se trata de
abrir el camino de los hombres a Dios y el acceso de Dios a los hombres.
Con esta diferencia: que la iniciativa viene de Dios y que es Él
quien nos invita a la colaboración humana. Con este espíritu
es como Dom Helder Cámara y yo hemos concebido este libro.
El orden de los capítulos muestra claramente la unidad que
lo ha inspirado: De Cara a Dios. Al servicio de los hombres. Apóstoles
de Cristo. En el Corazón de la Ciudad.
CAPÍTULO I. DE CARA A DIOS
Dom Helder Cámara
EL DIOS DE LA CREACIÓN
La criatura humana, en proporciones
distintas y con resultados muy diversificados, descubre habitualmente
al Creador en el corazón de la creación. El cielo, el
sol y las estrellas; el mar y los ríos; los montes y los valles
hablan de una manera particular del Creador y del Maestro... Generalmente,
la criatura humana se siente pequeña frente a la naturaleza,
impresionante por su grandeza y su Fuerza. La selva, los animales
-sobre todo los más fuertes-, la tempestad ayudan al hombre
a pedir socorro y piedad al Ser Supremo, a quien no ve personalmente,
pero cuya presencia y fuerza siguen siendo indiscutibles.
Cuando el cielo se cierra y la lluvia
no cae; cuando los animales y las plantas se rarifican allí
donde habitualmente encuentran su subsistencia, el hombre pide protección
al Todopoderoso, a quien supone viviendo más allá de
las nubes o de los montes más altos. Llega incluso el hombre,
y solamente él, a la idea de matar, y de inmolar criaturas
vivas, como si él mismo estuviese en ellas, ofreciendo su vida
para granjearse la buena voluntad del Señor del universo.
El trueno y los relámpagos
le parecen las manifestaciones de la cólera de su señor.
Trata de interpretar el silencio, los vientos, y la marcha de los
astros.
Casi siempre, en las agrupaciones humanas, algunos, hombres asumen
el papel de lo sagrado y se presentan como los intérpretes
privilegiados de parte del Altísimo, cuya voluntad tratan de
discernir.
Por debajo del ser supremo, en diversas
religiones del mundo, grupos humanos imploran a otros dioses menos
poderosos, encargados, de manera particular, de ciertos campos o fuerzas
de la creación. Ésta no es la visión cristiana,
ni la del pueblo de Israel, cuya creencia en Dios prolonga y profundiza
el cristianismo.
DIOS REVELA SU DESIGNIO DE SALVACIÓN
Entre los diversos pueblos, en virtud
de una alianza especial querida por Dios, el pueblo judío fue
elegido para ser un pueblo testigo, sobre todo en lo que respecta
a la unicidad de Dios. Reconoce y proclama a un solo Señor
y Maestro, a un Dios santísimo.
El Dios creador del mundo, en el
que nosotros creemos, ha querido al hombre como “con-creador”.
Encargó al hombre el sometimiento de la naturaleza y la terminación
de la creación.
No contento con tener al hombre sumergido
en Él –como la creación entera-, el Señor
está en todas partes, en Él respiramos, actuamos y vivimos.
El Señor, omnipresente en virtud de la creación, ha
querido una alianza íntima y particular con el hombre.
No sólo ha querido dar al
hombre el ser y la vida, sino también hacerlo entrar en la
intimidad misma de su propia vida. Hizo con él una alianza
nueva y definitiva.
EL DIOS DE LA ENCARNACIÓN
Para mantener al Pueblo testigo en
su fe en el Dios único, Dios envió en otros tiempos
patriarcas y profetas. Pero, en la plenitud y en el momento culminante
de los tiempos, envió a su mismo Hijo, que se encarnó
tomando en la Virgen María una naturaleza humana por obra del
Espíritu Santo.
Dios se hizo hombre en Jesucristo.
Al venir así a nosotros, a
vivir en nuestra tierra, Cristo nos trajo una revelación prodigiosa.
Nos reveló que el Dios Todopoderoso y Altísimo, Padre
de los hombres, ha querido que nos hiciésemos en Jesucristo
-el Unigénito- hijos adoptivos, llamados a participar la misma
vida de Dios.
El Hombre Dios, nuestro Hermano,
ha querido -como su Padre por la creación- que terminásemos
la redención lograda por Él. Nos quiere “correndentores”
para acabar en nosotros y con nosotros la liberación del pecado
y de sus consecuencias. El Espíritu Santo, finalmente, a imitación
del Padre en relación a la creación y del Hijo respecto
a la redención, quiere que colaboremos en su obra permanente
de santificación. Desea que seamos, en cierto modo, instrumentos
de “co-santificación”.
A nosotros, criaturas humanas, incumbe
el deber de corresponder a estas iniciativas divinas que superan nuestros
sueños más audaces.
En la medida en que somos conscientes
de las riquezas de que estamos colmados, debemos hacer lo posible
y lo imposible para servir, con todo nuestro corazón y con
toda nuestra alma, como intérpretes de la naturaleza y como
servidores de Dios.
El salmista nos enseña a prestar
nuestra voz a la creación entera. A imitación de San
Francisco de Asís, estamos invitados a cantar el Himno de las
Criaturas y a aceptar nuestra vocación de “con-creadores”.
Sin juzgarnos mejores que nadie,
pero actuando según las larguezas de Dios, debemos:
• Presentar al Señor
nuestras angustias y nuestras necesidades en la hora de la aflicción,
y abrirnos también a la alegría de adorar al Señor,
gozosos de que El existe y de que es Dios.
• Esforzarnos, de una manera
permanente por ensanchar nuestro corazón, por superar nuestro
egoísmo, por extender nuestra comprensión, nuestro perdón
y nuestra apertura al amor.
• Vivir de una manera muy concreta,
el hoy del Señor en el lugar y en las circunstancias que Dios
ha elegido para nosotros, tratar de ser, cada vez más peregrinos
del Absoluto y ciudadanos de lo Eterno.
• Mirar con respeto y amor
a cualquier criatura humana. Cualquiera que sea su lengua, su raza,
su religión, el cristiano puede y debe pensar: “He aquí
a un hermano o a una hermana”. Él puede y debe añadir:
“Hermano o hermana de sangre”, dado que la misma sangre
de Cristo ha sido derramada por nosotros dos como por todos los hombres.
LA ORACIÓN, LLAVE DE CONTACTO CON DIOS
Esta apertura y responsabilidad ante
Dios se vive y se realiza en la oración, que nos pone en contacto
directo con Dios, y nos une a Él. Sin oración, no hay
corriente. No hay respiración cristiana.
Permítaseme añadir
mi experiencia personal sobre el papel de la oración en la
vida humana.
Fui ordenado sacerdote a la edad
de veintidós años y medio, en 1931. Me encontraba en
Fortaleza, una pequeña capital al nordeste del Brasil.
Desde esta época comprendí
que, ante mi decisión de darme sin reserva a Dios y a mi prójimo,
me sería absolutamente necesario consagrar espacio y tiempo
a escuchar al Señor y a expresarle mis problemas. Sin esto,
en poco tiempo me quedaría vacío, sin tener nada que
ofrecer a mis hermanos y al Señor.
Desde entonces, me aprovecho de una
facilidad que Dios me da: despertarme y poder dormirme después
sin esfuerzo. Así, cada noche me despierto a las dos de la
mañana y oro durante dos horas.
¡Que nadie se imagine que soy
un gran penitente! No es un sacrificio para mí “velar
y orar”. He descubierto que cometemos una enorme injusticia
con nuestra alma si no le damos la ocasión de rehacerse, del
mismo modo que, llegada la noche, concedemos reposo a nuestro cuerpo.
Hay reposos específicos para
el espíritu: el contacto con la naturaleza, la música,
la conversación con los amigos y, para quienes tienen el gozo
de tener, fe, escuchar al Señor y hablarle.
Cuando me despierto, mi primer cuidado
es rehacer en mí la unidad. Durante la jornada me disperso:
mis ojos, mis brazos, mis piernas siguen direcciones distintas.
En estos momentos privilegiados de
la noche trato de rehacer la unidad en mi vida, esta unidad que desde
nuestro bautismo está en Cristo.
Una oración que acude a mi
mente en estos momentos, con mucha frecuencia, es la del Cardenal
Newman. Le gustaba decir (me refiero más al espíritu
que a las palabras de esta oración): “¡Señor
Jesús, no te quedes tan escondido dentro de mí! Mira
por mis ojos; escucha por mis oídos; habla por mis labios;
entrégate por mis manos; anda por mis pies... ¡Que mi
pobre presencia humana recuerde al menos de lejos tu presencia divina!”
Una vez uno con Cristo, ¡qué
alegría hablar a nuestro Padre en nombre de todos los hombres
de todos los lugares y de todos los tiempos...! Los dos hechos uno,
adoramos a nuestro Padre (y me gusta recordar todo lo que mis ojos
han visto de más bello en mi vida). Damos gracias a nuestro
Padre. Pedimos perdón (y entonces me gusta decir: Señor,
yo soy verdaderamente un embajador cualificado de la debilidad humana,
porque todos los pecados que se han cometido, o bien los he cometido
yo o podría cometerlos). Presentamos las peticiones de los
hombres, nuestros hermanos...
En el momento de las peticiones,
me gusta hacer ante Dios un balance de la jornada de ayer:
- Encontré a un trabajador
en paro... Pienso en él, concretamente. Pero, aparte de él,
pienso (pensamos) en todos los parados de hoy...
- Encontré a esta joven que
se abre a la vida... Pienso en ella, pero, aparte de ella, están
todos los jóvenes, sus problemas, sus esperanzas o sus penas.
Evidentemente, no olvido mi Breviario,
(La Oración de las Horas). Y siempre la belleza y la plenitud
de estos momentos vienen de la unidad con Cristo.
Esta vigilia, consagrada a la oración,
me prepara para la celebración de la Eucaristía, cumbre
de la jornada.
Y, por gracia del Señor, la
Eucaristía abarca la jornada entera, porque todo, en mi simplicidad,
se hace Ofertorio, Consagración, Comunión...
¡Os aseguro que, de esta manera,
el Señor me da mil razones para vivir!
Permítaseme, además,
evocar la alegría y la belleza de la oración comunitaria
en nuestras comunidades de base.
Un bautismo celebrado en una comunidad
de base es algo muy distinto de un acontecimiento social y familiar,
que se reduce a veces a la elección de un padrino que pueda
proteger al niño. En aquél está implicada toda
la comunidad eclesial.
La comunidad entera se ha preparado
para festejar la integración oficial de un nuevo miembro a
la Iglesia y a la comunidad, que es la imagen viva de la Madre Iglesia.
Lo mismo sucede con los demás
sacramentos. ¡Qué belleza y qué fuerza tiene una
confirmación comunitaria, un matrimonio, una ordenación
sacerdotal y hasta la ordenación de un obispo, celebradas en
tales condiciones!
Para obtener celebraciones de este
género hay que pagar un precio. Esto no se improvisa ni se
reduce a formalidades. Pero, cuando se está ante verdaderas
celebraciones comunitarias, se reviven verdaderamente los primeros
tiempos de la Iglesia, y uno se acerca al ideal que se nos escapaba:
ser un solo corazón y una sola alma en Cristo.
El cristiano, según su dimensión
religiosa, es el cristiano en su puesto, uno con Cristo, abierto en
Él y por Él a toda la vida humana; es el cristiano hermano
universal de los hombres que gusta dar a la oración, visiblemente
y en grupo, la dimensión comunitaria.
He tratado de expresar esto, a través
de unas pobres y sencillas palabras, bajo la forma de esta oración:
“Muy pobre permanecerás
en tanto no hayas descubierto
que no es con los ojos abiertos
como ves mejor.
Seguirás siendo muy ingenuo
mientras no aprendas
que, cerrados los labios,
hay silencios mucho más ricos
que la profusión de las palabras.
Muy torpe seguirás siendo
hasta que no comprendas
que, juntas las manos,
puedes actuar mucho mejor
que agitándolas
pues, sin querer
puedes herir.”
Cardenal Suenens
“Formar un solo ser con Cristo”:
tal es -Dom Helder nos lo acaba de recordar- la aspiración
que suscita la vocación contemplativa del cristiano.
Quisiera decir, por mi parte, lo
que esto implica hoy para el que desea ser discípulo auténtico
del Señor.
1. EL CRISTIANISMO ES JESUCRISTO
El drama religioso de nuestro tiempo
no consiste ante todo en la escasez de las vocaciones religiosas o
sacerdotales, ni en el retroceso de la práctica dominical.
El verdadero drama está en que el rostro de Jesús se
ha desdibujado en el alma de los cristianos.
Con mucha frecuencia, el cristianismo
es presentado al mundo como una ideología, una sabiduría
de vida, una opción de valores. El cristianismo aparece como
un “ismo” privilegiado, entre otros. Urge decir de nuevo
a los cristianos que el cristianismo es Jesucristo. Persona única
e inefable, de naturaleza divina y humana a la vez, que está
en el corazón del pasado, del presente y del futuro, de la
creación y del mundo.
“En medio de vosotros hay uno
a quien no conocéis” (Jn 1, 26): esta proclamación
de Juan el Bautista vale tanto para nuestros contemporáneos,
como para los discípulos del Precursor. Nuestra generación
debe reencontrar a Jesucristo en persona, como los discípulos
de Emaús la tarde de Pascua, y reconocer su presencia, sus
múltiples modos de presencia entre nosotros.
La situación sociológica
del cristianismo ha cambiado. Ya no es una herencia que se trasmite
de padre a hijo; ya no está integrado en el ambiente de la
vida cotidiana, pues aquí se le niega o se le pone en entredicho.
Ya no está de moda el ser cristiano.
En lo sucesivo, más aún
que en el pasado, el niño bautizado en las primeras semanas
debe asumir un día, con plena conciencia, los compromisos cristianos
que, en su primera edad, se contrajeron en su nombre. En el umbral
de la edad adulta tendrá que descubrir a Jesús personalmente.
Tendrá que pasar por una actualización bautismal “en
el Espíritu y en el fuego”. En plena lucidez, tendrá
que dejarse transformar por el Espíritu en un cristiano viviente,
responsable de su fe, que sabe traducirla en la propia vida y en el
corazón del mundo.
Situación nueva, que exige
que se defina, de distinta forma, nuestra singularidad cristiana.
2. LA ESPECIFIDAD CRISTIANA
Hoy se intenta responder claramente
a estas preguntas: ¿qué añade realmente el cristianismo
a una vida humana honesta y generosa? ¿En qué se diferencia
un cristiano de un hombre que ame verdaderamente a su prójimo?
¿Qué significan frases como las que acabamos de decir:
“ser uno en Cristo”, “rehacer la unidad en Cristo?”
Y ¿qué quería decir San Pablo cuando exclamaba:
“Para mí, vivir es Jesucristo'?” (Flp 1,2 1) ¿Es
puro lirismo o es la expresión de una fe vivida?
No habrá renovación
espiritual en la Iglesia mientras que el bautizado no comprenda y
acepte las exigencias de su bautismo: mientras no haya adaptado su
vida a él. Es Jesucristo quien define nuestra especificidad
y no nosotros: La norma no es una honradez media, que se obtiene estadísticamente
viendo cómo vive la mayoría de los cristianos. Para
definir esta norma, hay que responder a la pregunta: ¿Qué
espera el Señor de aquellos a quienes llama en su seguimiento,
y cómo comprendieron su vocación los primeros cristianos?
Los Hechos de los Apóstoles
nos dan la respuesta.
3. EL CRISTIANISMO NORMATIVO
Los Hechos nos describen algunos rasgos
del comportamiento “normal” de los primeros cristianos.
“Los discípulos, -se lee-, eran asiduos a la enseñanza
de los Apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la
fracción del pan y a la oración” (Hch 2, 42).
La imagen la tenemos en las comunidades apostólicas, fraternales,
eucarísticas, espirituales.
Se ve aquí al cristiano viviendo
una relación filial con Dios expresada por la oración
común y, especialmente, por la celebración eucarística
dominical. Vive también en comunión fraterna con sus
hermanos; comunión fundada a la vez en el acuerdo de los espíritus
y en la solicitud por los más pobres, que llega hasta poner
los bienes en común.
La línea relacional vertical
le orienta hacia Dios-Padre en un impulso de adoración, de
reconocimiento y de imploración. La línea relacional
horizontal le abre a los demás y a sus necesidades. El compartir
fraternal que reina entre ellos asombra a los observadores por la
intensidad de la caridad: “¡Mirad cómo se aman!”
El resurgimiento de nuestra autenticidad
cristiana comprende también estas dos dimensiones.
Para medir el alejamiento de la vida
cristiana “normal” -en sentido de “normativa”-
es preciso, digámoslo otra vez, hacerse la pregunta inicial:
¿qué espera Jesús de sus discípulos? Tenemos
tendencia a definir el cristiano en función de ritos, de prácticas,
o de ciertas actividades morales. Pero, ¿es eso todo el cristianismo?
¿Es incluso su primera señal? La imagen que nos ofrecen
el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles es muy diferente:
El mismo nombre de “cristianos”, que por primera vez se
dio a los discípulos en Antioquía, revela una relación
fundamental y particular con Jesucristo, el Resucitado.
No es posible engañarse sobre
su identidad:
• el cristiano es alguien que
entró en relación personal y viviente con Jesús,
reconocido como su Salvador y como su Señor;
• no está aislado: se
comporta como miembro del Cuerpo de Cristo por su inserción
en una comunidad eclesial local;
• se sabe llamado, por orden
del Maestro, a dar frutos, tanto por la evangelización como
por el servicio a los hombres.
Tal es el cristiano “normal”,
original, adulto. Habiendo decidido seguir al Maestro, ha aceptado
pagar el precio de la Fidelidad hasta el testimonio supremo, incluso
el martirio.
4. PARA Mí, VIVIR ES JESUCRISTO
Hablando en rigor, se debe reconocer
que sólo hay un cristiano completo: Cristo mismo. Pero tenemos
que dejarle y transformar nuestras vidas, recibiendo de su plenitud.
“Para mí, vivir es Jesucristo”.
¿Qué es esto, sino que el cristiano es un hombre desposeído
de sí mismo y poseído por Cristo en su vida concreta,
a todos los niveles?
Vivir es ver, amar, hablar, moverse.
Vivir en Jesucristo es ver con sus
ojos, amar con su corazón, hablar con sus labios y poner nuestros
pasos en sus huellas.
No tenemos que detallar las exigencias
religiosas del cristianismo. Señalaremos aquí sencillamente
lo que caracteriza la singularidad cristiana en el servicio de nuestros
hermanos.
El cristiano reconoce la nobleza
del servicio, de la solidaridad, de la filantropía humana;
pero se sabe y se siente llamado a vivirlos en comunión con
Aquél que nos amó y se entregó por nosotros.
La exigencia cristiana pide que vayamos a nuestros hermanos con el
amor mismo de Jesucristo. Periódicamente, la Iglesia nos vuelve
a poner ante los ojos, en la liturgia, las palabras del profeta Ezequiel:
“Os daré un corazón nuevo, y pondré en
vosotros un espíritu nuevo; os arrancaré ese corazón
de piedra, y os daré un corazón de carne. Pondré
dentro de vosotros mi Espíritu” (Ez 36,26-27).
5. AMAR CON EL CORAZÓN DE CRISTO
Dios cambiará nuestro corazón
de piedra, para hacernos amar a los demás con su corazón.
¡Revolución fundamental y cambio radical! Humanamente
hablando, yo no soy capaz de amar a muchas personas fuera del estrecho
círculo de mi familia y de mis amigos. El corazón humano
es demasiado débil para palpitar al unísono de las angustias
humanas. Se sofoca enseguida, sobre todo cuando se trata de amar verdaderamente
a personas poco simpáticas, y con mayor razón a gentes
que nos son hostiles. Nuestro impulso se detiene en seco, al primer
obstáculo.
Sin embargo, el cristianismo se vive
verdaderamente, en toda su belleza, cuando amamos a nuestros hermanos,
no sólo con nuestro pobre corazón, sino con el corazón
mismo de Dios. Los hombres, con justo título, no han de ser
amados por amor a Dios, como de soslayo, indirectamente, de cualquier
forma.
Se trata de amarlos con el mismo
amor de Dios. Ahí se opera la metamorfosis, que va más
allá de la estrechez, de la reticencia y de la discriminación.
Haciéndome eco de las palabras
de Newman, que Dom Helder evocaba, quisiera terminar esta página
sobre nuestra identificación con Jesucristo con estas emocionantes
líneas de Annie Johnson Flint;
“Cristo sólo
tiene nuestras manos
para hacer su trabajo de hoy;
sólo tiene nuestros pies
para hacer que los hombres vayan por su camino;
sólo dispone de nuestra lengua
para contar a los hombres cómo murió,
y no tiene más ayuda que la nuestra para llevarlos
a su corazón.
Somos la única Biblia
que leerá un mundo despreocupado.
Somos el evangelio del pecador, el credo del burlón,
el supremo mensaje del Señor,
que se expresa en obras y en palabras.
Pero ¿qué ocurrirá
si nuestro camino es tortuoso,
si nuestra imagen está enturbiada,
si nuestras manos están ocupadas
por tareas que no son las suyas,
si nuestros pies nos conducen
al atractivo del pecado,
si nuestras lenguas hablan
cosas indignas de sus labios?
¿Cómo hemos de esperar poder ayudarle
si no entramos en su escuela? (3)
CAPÍTULO II. AL SERVICIO DEL HOMBRE
Cardenal Suenens
1. EL CRISTIANO Y SU SOLIDARIDAD HUMANA
No se puede ser cristiano en una estancia
cerrada, a título personal. Todo bautizado debe asumir las
consecuencias sociales de su fe cristiana. Ésta le compromete
en una red de relaciones y deberes que se van extendiendo, por círculos
concéntricos, imponiéndole opciones y rechazos en el
plano familiar, profesional, económico, civil y político.
Incluso, la vida contemplativa, bajo
las formas más radicales, no puede ser una fuga, sino, por
el contrario, un caminar que quiere unir las profundidades de la existencia
humana y cristiana.
El cristiano no puede aislarse del
mundo ni huir al desierto. Cada uno debe tomar parte activa, según
su vocación personal, en el trabajo de la humanización
del mundo, por muy exigente que sea.
No se trata para él de elegir
entre la fe y las obras, ni de yuxtaponer la fe y las obras. Se trata
de poner la fe en acción. Cuando se subraya la importancia
del deber social, bueno es señalar que todo lo que favorezca
las mejores relaciones entre los hombres, todo lo que ponga en práctica
su fraternidad, ya es acción social, aún cuando no se
encarne en proyectos determinados.
Para tomar mejor conciencia de lo
que representa la irradiación social de los cristianos, en
grupos o individualmente, es indispensable extender la mirada a todo
el campo abarcado por el término “social”, y no
restringir éste a una de sus manifestaciones o expresiones.
Jorge Gurvitch propuso una clasificación
sencilla, que ayuda a poner un poco de orden en esta materia. Distingue:
a) el plano de las sociedades globales,
es decir, el de los conjuntos sociales bastante completos para cubrir
todas las necesidades de sus miembros, por ejemplo, un país
o un grupo de países;
b) el plano de las agrupaciones parciales,
como la familia, los grupos de parentesco, las asociaciones voluntarias,
las clases sociales;
c) y finalmente, las múltiples
formas de lazos sociales, a saber, las diversas relaciones que se
establecen entre los miembros de una comunidad humana. (4)
Son numerosos, en efecto, los valores
de la sociabilidad que son útiles, incluso necesarios, para
una viabilidad real de los grupos menores, y hasta de las colectividades
más importantes. El “problema de la incomunicación”
es uno de los más graves de nuestra época. Se le estudia
en todos los ambientes y se procura ponerle remedio en todos los grupos
humanos: parejas, familias, comercios, fábricas, órganos
directivos, etc. Y no es un cambio de estructura global lo único
que podría dar una solución concreta a las dificultades
de cada grupo.
Sucede que se reserva la etiqueta
“social” únicamente para proyectos determinados,
para reformas que tienen por objeto la transformación de las
estructuras de la sociedad. El término “social”
tiene una extensión más amplia y desborda de hecho este
sentido restringido.
Hablando del impacto social de la
vida teologal, monseñor A. Dondeyne escribía:
“A este respecto, el lenguaje
paulino es de una fuerza reveladora impresionante. Para describir
lo que la fe en Cristo realiza en el mundo, San Pablo habla de “una
nueva creación”; de la aparición de un “hombre
nuevo creado según Dios, en la justicia y en la santidad de
la verdad”; y también de una participación en
la manera de ser de Cristo resucitado por la acción del Espíritu.
Los frutos del Espíritu son, escribe: amor, alegría,
paz; longanimidad, benignidad, bondad; confianza en los demás...
(Ga 5, 22-23).
Como se ve, lo que la fe vivida realiza
no es una huída del mundo. Tampoco hace del cristianismo un
superhombre, un ser excepcional, sustraído a la condición
humana del común de los mortales. Lo que ella engendra es una
cualidad existencial que transfigura la existencia humana de cada
día -subrayamos- en el sentido de una mayor apertura, de una
mayor verdad y veracidad, de bondad y de justicia, de libertad y de
responsabilidad.” (5)
Estos valores de sociabilidad aparecen
claramente dentro de una celebración litúrgica verdaderamente
auténtica, o de un grupo de oración, que fundamentan
un espacio de libertad, de confianza mutua, de gratuidad. Las relaciones
interpersonales alcanzan allí un nivel más profundo
de comunión gracias a una apertura común al Espíritu
del Dios vivo. El hecho de que cada miembro del grupo esté
llamado a contribuir por su parte a la oración y a la edificación
del conjunto -en el sentido paulino de la palabra- tiende a crear
una comunidad de intensa participación. Es ésta una
experiencia social de gran significación que no puede dejar
de producir impacto sobre las demás relaciones humanas, por
ejemplo, en el plano económico. La primera comunidad cristiana
ofrece un notable ejemplo de ello. La Escritura nos dice:
“Y todos los que habían
abrazado la fe vivían unidos, y tenían todas las cosas
en común; y vendían las posesiones y los bienes, y lo
repartían entre todos, según que cada cual tenía
necesidad.” (Hch 2, 44-45...)
Se podrían señalar
otros ejemplos a lo largo de la historia de la Iglesia donde las experiencias
carismáticas desembocan en el terreno sociopolítico.
Recordemos, en nuestro siglo, los nombres de Teresa de Calcuta, Martín
Lutero King, César Chávez, Jean Vanier -y en el mundo
no cristiano, a Gandhi- para testimoniar que la oración privada
y colectiva puede ser una poderosa inspiración e impulso a
la acción, exorcizando y purificando a ésta de todo
resabio de odio, de orgullo y de violencia.
La Renovación Carismática,
que apela al radicalismo evangélico, a la complementariedad
de los carismas y al servicio mutuo, es ya, por esta razón,
agente de transformación de la vida social. Pero la fe vivida
conducirá con toda espontaneidad también a asumir iniciativas
sociales tan variadas como los infortunios humanos.
Un libro reciente (6) ofrece una
amplia gama de acciones sociales concretas, al alcance de la mano,
en favor de los minusválidos, presos, drogadictos, ancianos,
enfermos mentales y marginados de todo tipo, hasta las grandes acciones
colectivas en pro de una sociedad más justa, una libertad mejor
asegurada y un ambiente más sano.
En esta misma perspectiva, hay que
subrayar el papel social que juegan, dentro de la Renovación
y en otros sectores, las comunidades de vida en las que el compartir
total o parcialmente los bienes resucita ante nuestros ojos la imagen
de las comunidades primitivas. Lo social anclado en lo religioso,
era el modo como nuestros monasterios eran en otros tiempos los lugares
en que el trabajo y la oración se asociaban estrechamente,
en perfecto maridaje entre la liturgia y el trabajo del campo.
El compromiso social, hay que decirlo,
no es simplemente un deber moral añadido, pues forma cuerpo
con la evangelización. Justamente en nombre de su conciencia
evangélica la Iglesia se compromete con todo lo que hace al
hombre más humano, con lo que le libera para su plenitud verdadera.
El Sínodo de los obispos de 1971 lo ha vuelto a decir con esta
frase clave:
“El combate por la justicia
y la participación en la transformación del mundo se
nos presentan plenamente como una dimensión constitutiva de
la predicación del Evangelio, que es la misión de la
Iglesia, para la redención de la humanidad y su liberación
de toda situación opresiva”.
2. EVANGELIZACIÓN Y “HUMANIZACIÓN”
Si es importante unir evangelización
y humanización, hay que evitar, sin embargo, el plantear la
humanización en cuanto tal, como exigencia previa a la evangelización
bajo la cobertura del falso principio: “Primero hay que humanizar,
después evangelizar”. Lo cual vendría a significar
que primero hay que salvar al hombre de sus alienaciones para, después
-solamente después- anunciarle la Buena Nueva del Evangelio.
La fórmula es peligrosa porque implica la suspensión
-¿provisional?- del deber de anunciar a Cristo al mundo.
Incluso cuestiona el sentido mismo
de la vida apostólica o misionera de la Iglesia, tanto dentro
como fuera de sus fronteras. Lo rechazable en la fórmula: “Humanizar
primero y evangelizar después”, es la palabra “primero”,
es decir, el orden de sucesión y de prioridad.
Hay que ocuparse simultáneamente
de los dos deberes. Afirmar: esto “primero” y esto “después—,
implicaría un divorcio entre la evangelización y la
humanización, siendo así, por el contrario, que se implican
mutuamente.
Hay que dar a los hombres a la vez
medios y razones para vivir. Uno de estos deberes no exime del otro.
Como escribiría muy acertadamente el Padre Chenu O.P.: “La
evangelización es de un orden distinto al de la civilización.
Alimentar a los hombres no es, de suyo salvarlos, incluso si mi salvación
me impone alimentarlos. Promover la cultura no es, en modo alguno,
convertir a la fe”.
Por otra parte, Cristo no es solamente
“vida del alma”. Él quiere dar vida al hombre integral.
Nada cae fuera de su dominio, ya sea la vida familiar o profesional,
cívica o económica, nacional o internacional, o las
diversiones, la prensa, la radio, la televisión o el empleo
de la energía nuclear.
Restringir el cristianismo a unas
cuantas prácticas de piedad, por importantes que sean, es destruirlo,
Se comprende que, al contemplar ciertas vidas cristianas atrofiadas
y esclerotizadas, el incrédulo nos acuse de despreciar o de
minimizar el esfuerzo humano o la justicia social. No es al cristianismo
al que debe atacar, sino al cristiano que traiciona su fe y pregona
abusivamente su vinculación a ella.
No se es cristiano solamente los
domingos, en la iglesia. Hay que serlo a lo largo de la semana y de
la jornada, mediante la práctica de todos los mandamientos,
que no se reducen ni al primero ni al sexto. Hay que incluirlos todos
e introducirlo todo el Evangelio en toda la vida.
3. EL PECADO DE OMISIÓN
También se desconoce el cristianismo
verdadero cuando se le reduce al aspecto negativo de la ley: “no
mentirás, no maldecirás, no robarás...”
Porque, aparte del mal que hay que evitar, existe el inmenso bien
que hay que hacer. No basta con una buena conciencia negativa. Hay
omisiones culpables y delitos por falta de amor.
Si, en el momento del triunfo de
la economía los cristianos hubiesen tenido una conciencia viva
de sus deberes sociales positivos ante la “miseria inmerecida”
(la expresión es de León XIII), la cuestión no
se hubiera planteado de manera tan dramática.
Y si, todavía ayer, el comunismo
naciente hubiese hallado ante sí a cristianos consecuentes,
la historia contemporánea hubiera tomado indudablemente otro
rumbo. El escritor ortodoxo N. Berdiaev escribía hace algún
tiempo estas líneas punzantes: “El bolchevismo tomó
cuerpo en Rusia y venció allí porque yo soy lo que soy,
porque no había en mí una verdadera fuerza espiritual,
esa fuerza de la fe capaz de trasladar montañas. El bolchevismo
es mi pecado, mi culpa. Es una prueba que se me ha inflingido. Los
sufrimientos que me ha causado el bolchevismo son la expiación
de mi culpa, de mi pecado, de nuestra culpa común y de nuestro
pecado común. Todos son responsables de todos.” (7)
Lejos de invitar a desertar del mundo,
el cristianismo impone a cada bautizado el deber de participar, según
su capacidad, en las iniciativas del progreso. Por respeto a su bautismo,
debe luchar, en la medida de sus fuerzas y de su competencia, contra
la miseria y la pobreza, el desempleo y la enfermedad, las injusticias
sociales o radicales, y trabajar para que se alcance una sociedad
que favorezca la plenitud de la persona humana.
4. OTRO MUNDO Y UN MUNDO DISTINTO
Pero el compromiso del cristiano en
lo temporal e histórico, no es solamente un deber impuesto
por las urgencias y las tribulaciones del mundo, sino que forma parte
integrante de su relación con Dios, es decir, del objetivo
teológico y escatológico de su fe y de su oración.
Como escribía el P. Tillard,
O, P.: “En el Evangelio une Jesús el anuncio del Reino
al cumplimento de signos que son gestos en contra de lo que oprime
al hombre y ensombrece existencia en este mundo. Correr la cortina
de los sufrimientos, derribar las murallas del odio, hacer posible
en este mundo un poco más de justicia y de paz, en una palabra,
trabajar por el “auténtico crecimiento del hombre”,
en el sentido de su dignidad, es objetivamente servir a Dios, instaurar
el Reino en el que ahora -hasta el día en que “lo entregue
a Dios su padre”- Jesús es el Señor. Incluso si
en este servicio no se ha pronunciado aún el nombre del Dios
Jesucristo.
Porque esta acción se cumple
ante Dios, en comunión con su voluntad de que el mundo sea
distinto. Con ella no se busca primordialmente la reacción
de los hombres, aunque ellos sean sus beneficiarios. En efecto, el
objetivo no es ganar en primer lugar al otro haciéndole caer
en la sospecha de Dios o del Reino. Lo que se pretende en primer término
es obedecer la voluntad del Señor sobre este mundo Y lo mismo
que la voluntad de Dios en relación con este mundo distinto
está intrínsicamente unida a su voluntad en relación
con el otro mundo, así también la acción del
cristiano respecto a este mundo quiere abrirse a un testimonio que
da de Cristo y de su Padre.
Sin embargo, aquella acción
en su intención primera trata de ser una colaboración
en la transformación de esta tierra para ponerla en armonía
con el ya del Reino que en ella está sembrado. Es, repitámoslo,
un compromiso ante Dios”. (8)
Un emocionante testimonio de cristianismo,
a la vez religioso y social, lo dio en su día William Booth,
el fundador del Ejército de Salvación. Estas palabras
fueron en cierto sentido su testamento espiritual: Helas aquí:
“Mientras haya mujeres
que lloren,
como ocurre hoy, yo combatiré.
Mientras haya niños pequeños
con hambre, como sucede hoy, yo combatiré.
Mientras vaya el hombre a la
cárcel,
yo combatiré.
Mientas quede un solo borracho,
yo combatiré.
Mientras por las calles quede
una
sola muchacha pobre, yo combatiré.
Mientras haya un alma privada
de
la luz de Dios, yo combatiré.
¡Y combatiré hasta
el fin! (9)
5. ESPÍRITU SANTO Y
COMPROMISO SOCIAL
La Escritura y la Tradición
de la Iglesia dan testimonio de ello. La acción del Espíritu
Santo en nosotros es lo que garantiza la autenticidad de nuestra relación
con Dios. Poder de comunión, es Él el que asegura la
unidad de la obra de Dios, a la vez Creador y Padre.
Tal es el significado de esta invocación
que la liturgia de la Iglesia pone frecuentemente en nuestro labios:
“Envía tu Espíritu y todo será creado,
y renovarás la faz de la tierra”. Estas palabras son
profundas y deben sopesarse. Cuando miramos la faz de la tierra, ¿cómo
no sentirnos sobrecogidos de temor y hasta de desesperación?
¿Adónde vamos? ¿Qué le pasará mañana
a esta humanidad si algún irresponsable aunque sea por inadvertencia,
pulsa un botón que podría sumir al mundo en una explosión
nuclear apocalíptica? ¿Qué ocurrirá cuando
la ciencia pueda manipular al hombre a su antojo desde antes de su
nacimiento y en todas sus etapas, hasta la muerte? ¿Cómo
se comportará el hombre cuando el poder político disponga
de medios excepcionalmente eficaces para influir en la opinión
y en el comportamiento de las poblaciones?
Hoy más que nunca, los cristianos
deben aprender la verdadera libertad, mediante una disponibilidad
renovada al Espíritu Santo. Deben estar presentes de manera
activa para afrontar los problemas que ponen en juego la vida de los
hombres y de la civilización. Tienen que entrar en el Cenáculo
para dejarse cubrir –en la oración- por su sombra vivificante,
después tendrán que salir, llegar hasta la plaza pública,
y dar testimonio con seguridad humilde y fraterna.
6. EL ESPÍRITU Y SUS CARISMAS
El cristiano tiene necesidad del Espíritu,
de sus dones, de sus carismas, no sólo para su vida espiritual
privada, sino también para contribuir a la curación
de los males de la sociedad. Estos también han de ser discernidos
por el don de sabiduría y sometidos al poder de sanación
del Único Salvador del mundo. El cristiano “social”,
lo mismo que el cristiano “carismático”, necesita
entregarse a la acción del Espíritu Santo para que a
través de su colaboración humana y técnica pueda
realizarse en profundidad la renovación del mundo.
El Espíritu santificador es
el mismo que el Espíritu creador. Por eso, el Espíritu
respeta nuestra condición humana, la valora y la refuerza.
No invalida el juego de los factores humanos, al contrario, acentúa
su autonomía. Pero los “sobredetermina” y hace
de ellos signos eficaces del poder y de la bondad de Dios.
Estamos destinados a ser hijos de
Dios por adopción. El Espíritu Santo quiere al hombre
en su integridad humana; incluso lo lleva más allá no
sólo de sus capacidades nativas, sino también más
allá de sus sueños audaces. Nos llama y nos introduce
en el misterio trinitario. Ni más ni menos. “Nuestro
programa social es la Trinidad”, decía en el siglo pasado
N. Fedorov. (10)
Tenemos que ampliar el horizonte
y la audacia de nuestra fe en el Espíritu Santo.
“El Espíritu Santo,
se ha dicho, alcanza la articulación de lo que, en nosotros,
es interior y exterior, espíritu y carne, palabra y silencio,
antiguo y nuevo, muerte y vida, ordinario y extraordinario, carisma
e institución, individual y colectivo, etc. Ordena constantemente
los dos términos, el uno al otro, en una reciprocidad que confiere
a la criatura el ser imagen, semejante a su Creador. El Espíritu
actúa en el hombre en la conexión unificante de su complejidad
viviente” (11)
Se desbloquearía igualmente,
creo yo, la tensión entre lo “carismático”
y lo “social” si se comprendiese la profundidad y la amplitud
de la acción del Espíritu Santo, y si la teología
de los carismas desbordase y corrigiese interpretaciones exegéticas,
demasiado estrechas y restrictivas.
Sin el Espíritu Santo y sus
carismas no hay Iglesia. Los carismas pertenecen a su misma naturaleza
de “Sacramento universal de la salvación” (12),
y son igualmente constitutivos de la vida cristiana en su expresión
tanto individual como comunitaria.
Ningún grupo de movimiento
en la Iglesia puede pretender, por consiguiente, monopolizar para
sí el Espíritu y sus carismas.
Los “carismas” de los
que trata san Pablo, sin que, por lo demás, pretenda dar una
lista exhaustiva, no se reducen a manifestaciones “extraordinarias”,
pues se manifiestan en toda la vida de la Iglesia. El Apóstol
habla de ellos como de experiencias importantes de la vida eclesial;
pero no por ello constituyen el fundamento de su teología sobre
el Espíritu Santo.
Los carismas del Espíritu
son innumerables. Gracias a ellos cada miembro de la Iglesia está
al servicio del Cuerpo entero. Los carismas son esencialmente funciones
ministeriales orientadas a la edificación del Cuerpo y al servicio
del mundo. En cada cristiano, el Espíritu se manifiesta mediante
una función ministerial de servicio. Ningún cristiano
carece de algún ministerio en y para la Iglesia y el mundo.
7. LOS FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO
La acción del Espíritu,
por interior que sea, tiende a la fecundidad exterior.
El Espíritu da frutos. ¿Qué
significa esto? “La noción etimológica de fruto,
en la Escritura, -escribe M. Ledrus-, responde a la de producto más
bien que a la de fruición y de gozo. El concepto de fruto procede,
de hecho, de la unión apostólica fructuosa más
bien que de unión contemplativa, fruitiva... El fruto del Espíritu
Santo es un fruto de carácter espiritual más que un
fruto simplemente gustado.” (13)
En este sentido, el “fruto”
comporta, en primer lugar, una fructificación interior abundante
de vida teologal, pero también una repercusión un brillo
social, una fructificación visible a nuestro alrededor, en
el mundo: Esta fructificación es como una “epifanía
divina en la sociedad cristiana”. Aquí, como en todas
partes, la existencia cristiana aparece, cuando es auténtica,
sobreabundante en interioridad, y floreciendo siempre en la sociedad
humana.
8. LA MlSERIA DEL MUNDO A LA LUZ DEL ESPÍRITU
Todo cristiano debe saber que las
miserias del mundo no sólo se explican por el juego de los
hombres, por el enfrentamiento de los intereses opuestos, sino también
porque las fuerzas del mal toman en ello una parte misteriosamente
activa y el poder del Príncipe de las tinieblas no es una frase
vacía. Tampoco puede ignorar, so pena de irrealismo, la herida
que el pecado original inflingió a la humanidad. Es preciso
luchar por un mundo mejor, utilizando las armas del Espíritu
enumeradas ya por san Pablo, y analizando los males de la sociedad
a la luz del Espíritu Santo, el cual conducirá al cristiano
a las fuentes mismas del mal, es decir, a la influencia» del
pecado. Porque el mal último que nosotros sufrimos, hay que
atreverse a decirlo, no está en las instituciones, ni en las
cosas; está en nosotros, en nuestra voluntad, en nuestra alma.
Este mal interior y profundo engendra los abusos sociales que renacen
sin cesar bajo todos los regímenes. Si no se ataca, podrán
desplazarse las injusticias, cambiarse de campo, pero no se suprimirán.
Jamás se dirá suficientemente
hasta qué punto el pecado es, por sí mismo, antisocial.
Quebranta disimuladamente los lazos fraternos y compromete la humanización
del mundo. La fe nos dice, además, que quebranta el Cuerpo
místico de Cristo en toda su entidad, y que todo el pecado
refuerza misteriosamente la influencia de Satanás en el mundo.
El drama del mundo tiene raíces en su drama espiritual cuyo
teatro no es otro que la conciencia de los hombres. Este drama termina
siempre escribiéndose en los hechos. El pecado, que se describe
como ausencia de ser, sacude al mundo hasta sus cimientos, mientras
que la gracia de Dios lo regenera y lo lleva a su mayor perfección
individual y comunitaria.
Gracias a la fe, sabemos que solamente
el nombre de Jesús puede, en última instancia ser verdaderamente
portador de salvación. Sin él, quedamos en la superficie
de las cosas. Existe una manera cristiana de trabajar por la promoción
humana, trátese de educación, de salud o de desarrollo
del tercer mundo. Esto no excluye en nada la colaboración que
el cristiano debe, hacer con sus hermanos los hombres, especialmente
en una sociedad pluralista como la nuestra. No se trata de encerrar
al cristiano en ghetos, sino que debe saber que se halla siempre y
en todas partes, por el hecho de su bautismo, bajo el impulso del
Espíritu. Cualquiera que sea el problema con que se enfrente,
debe optar por creer que la sabiduría y el poder del Espíritu
pueden iluminarlo y guiarlo.
El Espíritu Santo en nosotros
es semejante a un faro que, en nuestra noche, proyecta su luz sobre
la costa y nos revela los peligros secretos, los arrecifes ocultos.
Nos ayuda a discernir mejor todo lo que es inhumano en la sociedad
que nos rodea. Nos fuerza a comprender que el conformismo social oculta
abismos de cobardía, de respeto humano y de miedo. Nos revela
los falsos dioses de nuestro tiempo y denuncia nuestras idolatrías
sucesivas. Los ídolos de hoy no se llaman Baal o Astarté;
se llaman la sociedad de lucro y de consumo, o también, la
sociedad permisiva, entregada a las fluctuaciones de cada día.
Se les rinde culto cada vez que se acepta, “para evitar lo peor”,
dictaduras inhumanas, guerras injustas, discriminaciones raciales.
En otro tiempo, morían los cristianos por haber negado algunos
granos de incienso a los ídolos. El César de hoy no
lleva generalmente un nombre propio; su nombre es el ambiente general
de nuestro tiempo, el ambiente contaminado que nos envuelve...
Es necesario, a la vez, conservar
en el corazón una viva esperanza que nos lleve a la gloria
de Dios y a trabajar en este mundo con todas nuestras energías,
para hacer más habitable la tierra de los hombres. La visión
del futuro debe hacernos valorar el presente, sin rebajarlo. Cada
esfuerzo de promoción humana tiene su precio, y es ya como
una anticipación “de esos cielos nuevos y de esa tierra
nueva” que se preparan. Hay que estar, a la vez, con la mirada
puesta en el más allá, que rebasa todos nuestros sueños,
y sinceramente comprometidos en el hoy de Dios, en el corazón
del mundo.
Porque es “creador de vida” y poder de comunión,
el Espíritu Santo nos orienta hacia lo concreto y lo vivencial,
hacia nuestra relación filial con Dios, y hacia nuestra relación
fraternal con todos los hombres.
Es esta realidad concreta, a la vez
grandiosa y dramática, la que Dom Helder Cámara nos
invita a encontrar en las páginas que siguen.
SIGUIENTE.....
NOTAS:
(1) L. J. Cardenal SUENENS. La Iglesia en estado de
misión. Desclée de Br. Bilbao, 1955.
(2) A. DONDEYNE – R. GUELLUY – A. LEONARD,
Comment s’articulent amour de Die et amour des hommes?, Revue
Théologique de Louvain 4 (1973) 4
(3) Citado en Vocation et Victoire. Recueil d’hommage
et de reconnaissance à Erick Wickberg, edit. Brunnen et Cie.,
Basilea
(4) cf. G. GURVITCH. La vocation actuelle de la sociologie.
Vol I
(5) A. DONDEYNE – R. GUELLUY – A. LEONARD,
Comment s’articulent amour de Dieu et amour des homes. Revue
Theologique de Louvain 4 (1973).
(6) cf. Sh. MACMANUS FAHEY, Charismatic social action.
Paulist Press. Nueva York, 1977
(7) N. BERDIAEFF, Un nouveau Moyen Age, Paris. 1930,
pp. 186-187
(8) J. M. TILLARD, Vie religieuse “active”
et insertion dans le monde du travail, en Vie Consacrée 49
(1977) 266. Una obra reciente del mismo autor lleva este título
significativo, Devant Dieu et pour le monde, du Cerf. París,
1974.
(9) W. BOOTH, Soldats san fusils, p 47
(10) Citado por Oliver Clement en Le Monde, 16-17 de
Julio, 1978.
(11) A. DEMOUSTIER, S.J. , L’intervention de
l’Esprit Saint. Christus nº 93 (1977) 114
(12) cf. Lumen Gentium, nº 1
(13) M. LEDRUS. Fruits du Saint-Esprit, La Vie Spirituelle
(1947) 717.