.....ANTERIOR
2. LA CORRIENTE CARISMÁTICA
Hasta aquí hemos expuesto a
grandes rasgos el sentido y la finalidad del movimiento ecuménico.
Es preciso situar ahora la Renovación Carismática en
esta corriente ecuménica que la desborda, pero en la cual su
aportación podría ser la de un "gulf-stream"
en el seno del mar: calentar las aguas en su singladura, adelantar
la llegada de la primavera a las costas por las que pasa, a la vez
que despertar virtualidades latentes prontas para florecer.
A. ORIGEN ECUMÉNICO
DE LA RENOVACIÓN CARISMÁTICA
16. La Renovación es una gracia
para la Iglesia de Dios en no pocos aspectos pero muy particularmente
por su dimensión ecuménica. En efecto, por razón
de su mismo origen, la Renovación invita ya al acercamiento
de cristianos muy alejados unos de otros, ofreciéndoles como
privilegiado lugar de encuentro una fe común en la actualidad
y en el poder del Espíritu Santo. La Renovación en el
Espíritu es una nueva acentuación, una insistencia sobre
el papel de la presencia actuante y manifiesta del Espíritu
Santo entre nosotros. No se trata de una novedad en la Iglesia, sino
de la toma de conciencia acrecentada de una presencia que con demasiada
frecuencia quedó difuminada y sobrentendida. Este "despertar"
nos viene históricamente del Pentecostalismo clásico,
así como de lo que se ha convenido en llamar el Neopentecostalismo.
Este reconocimiento de deudas que
consignamos en el umbral de estas páginas no puede olvidar
todo lo que debemos a la tradición oriental, siempre tan sensible
al papel del Espíritu Santo: los Padres conciliares orientales
no cesaron de subrayarlo en el transcurso del Vaticano II. Sin embargo,
en nuestro estudio dirigiremos preferentemente nuestra atención
hacia la corriente "pentecostalista" con sus características
propias.
B. VARIAS FORMAS DE UN DESPERTAR PENTECOSTAL
1. El Pentecostalismo Clásico.
14. La Renovación Carismática
actual se remonta directamente al Pentecostalismo, el cual a su vez
surgió de la sala de oración acondicionada en una casa
de Topeka (Kansas), por el pastor metodista Charles F. Parham, en
1900.
Parham y sus discípulos, el
más célebre de los cuales fue el pastor negro William
J. Seymour, iniciador del "Azusa Street Renewal" en Los
Ángeles, no pensaron nunca fundar una nueva denominación.
Por el contrario, su intención era permanecer arraigados en
sus respectivas Iglesias, trabajar por su renovación espiritual
y, de este modo, por su reconciliación. Y ello, no mediante
discusiones de orden doctrinal, sino ayudándolas a abrirse
a una experiencia común del Espíritu Santo y de los
carismas que suscita.
Es verdad, que habiendo sido excluidos
de las Iglesias a que pertenecían y debiendo hacer frente a
una hostilidad bastante general, muchos de los pentecostales se apartaron
de la orientación ecuménica de sus orígenes.
A mayor abundamiento, ciertos desacuerdos
sobre puntos doctrinales, así como conflictos raciales o personales,
les condujeron a fragmentarse en un número considerable de
denominaciones y de grupos.
2. El Neo-Pentecostalismo.
17. Bajo el nombre de neo-pentecostalismo
designamos actualmente, en general, la renovación pentecostalista,
tal como ha evolucionado en el interior de las confesiones cristianas
tradicionales, a excepción del catolicismo. Su historia es
múltiple y no ciertamente del todo tranquila, puesto que las
controversias fueron -y a veces aún lo son- bastante vivas.
Como es natural, la Renovación
no se ha manifestado simultáneamente en todas partes. Hizo
falta más de medio siglo para que, a partir de la experiencia
vivida por la pequeña comunidad reunida alrededor de Charles
Parham, esta renovación espiritual llegase hasta las Iglesias
"históricas": Episcopaliana (en California, a partir
de 1958), Luterana (U.S.A., 1962), Presbiteriana (1962), y finalmente
(1967), la Iglesia Católica romana y algunas comunidades ortodoxas.
Se trata de un hecho ecuménico cuya importancia y novedad sólo
ahora empezamos a medir.
Es preciso reconocer, en efecto,
que la mayor parte de las renovaciones anteriores, aquellos "reavivamientos"
espirituales, que desde la Reforma se han manifestado, se han visto
perjudicadas en sus virtualidades ecuménicas por exclusivismos
o separaciones confesionales que las aislaron unas de otras, y que
por esto mismo las empobrecieron, si no las impulsaron a acentuaciones
agresivas. Pensemos en la Contra Reforma católica de los siglos
XVI y XVII, en el pietismo Luterano, en el movimiento cuáquero,
en el metodismo.
La Renovación en el Espíritu,
de la que hoy somos testigos, se presenta en la mayor parte de las
Iglesias y denominaciones cristianas como un acontecimiento espiritual
similar. Se trata de un acontecimiento espiritual, que por su naturaleza
tiende a acercar entre sí a los cristianos.
19. 3. La Renovación
católica a la luz del Vaticano lI. Sorprende volver
a leer el decreto Veritatis Redintegratio a la luz de la Renovación
en el Espíritu. En él se atribuye explícitamente
a “la acción del Espíritu Santo" el nacimiento
y desarrollo del movimiento ecuménico en las diversas confesiones
cristianas (n° 1 y 4).
Asimismo, se exhorta en él
a los católicos a que "con gozo, reconozcan y aprecien
en su valor los tesoros verdaderamente cristianos que, procedentes
del patrimonio común, se encuentran en nuestros hermanos separados";
e igualmente les pide que "no olviden que todo lo que obra el
Espíritu, Santo en nuestros hermanos separados puede conducir
también a nuestra edificación" (n° 4)
Finalmente, en su conclusión,
con una apertura que bien puede calificarse de profética, el
Decreto insta a los católicos a que permanezcan disponibles
a los ulteriores llamamientos del Espíritu Santo: "El
Concilio desea ardientemente que los proyectos de los fieles católicos
progresen en unión con los proyectos de los hermanos separados,
sin que se pongan obstáculos a los caminos de la Providencia
y sin prejuicios contra los impulsos que puedan venir del Espíritu
Santo" (n° 24).
A muchos cristianos que están
viviendo la experiencia, la Renovación Carismática se
les presenta hoy como una realización, entre otras, de esta
audaz esperanza ecuménica del Concilio. Hay motivo suficiente
para creer que la Renovación es uno de estos impulsos futuros
del Espíritu que el Concilio preveía confusamente. La
historia de la Iglesia está formada por estas mociones e influjos
del Espíritu, que periódicamente vienen a vitalizar
la Iglesia. La Renovación debe considerarse como una prolongación
de la corriente de gracias que fue y sigue siendo el Vaticano II.
C. CARÁCTER Y ALCANCE ECUMÉNICO
DE LA RENOVACIÓN COMO TAL
20. Como se hacía constar
en el documento publicado al final del coloquio internacional de teólogos
reunidos en Malinas, en mayo de 1974: "Es evidente que la Renovación
Carismática es ecuménica por su propia naturaleza".
El año siguiente, en diciembre
de 1975, un grupo de participantes en la Asamblea del Consejo Ecuménico
de las Iglesias, en Nairobi, invitaba al Consejo a considerar la Renovación
Carismática como: "un importante progreso del ecumenismo
en nuestro tiempo".
Por otra parte, esta afirmación
coincidía con las manifestaciones hechas anteriormente por
el Cardenal J. Willebrands, en Roma, en la festividad de Pentecostés
de aquel mismo año 1975, en el Congreso Internacional de la
Renovación Carismática Católica. El Cardenal
se había expresado en los siguientes términos:
"En mi calidad de Presidente
del Secretariado para la Unidad, me preguntáis ¿dónde
sitúo la importancia ecuménica de la Renovación
Carismática? Su significación ecuménica no ofrece
a mi juicio duda alguna. La Renovación Carismática nació
y ha ido creciendo en el seno del pueblo, de Dios... sé considera
como un movimiento del Espíritu, como un llamamiento al ecumenismo
espiritual. En todos los sectores de las actividades ecuménicas
-contactos, diálogos, colaboraciones-, para conseguir la unidad
de los cristianos necesitamos esta fuente espiritual que es la conversión,
la santidad de vida, y la oración pública y privada".
Más recientemente, del 5 al
8 de septiembre de 1977, baja el patrocinio del Consejo Ecuménico
de las Iglesias tuvo lugar en Rostrevor (Irlanda del Norte), una conferencia
sobre las modalidades de un diálogo más frecuente entre
el Consejo y los numerosas grupos que, en el seno de las Iglesias
o fuera de ellas, se sienten movidos por la Renovación en el
Espíritu.
Por último, a cristianos movidos
por esta Renovación se debe la más impresionante manifestación
ecuménica de nuestro tiempo: el encuentro de Kansas City, en
los Estados Unidos, en julio de 1977. Unos 50.000 cristianos de los
que casi la mitad eran católicos- se congregaron a la vez,
reunidos en secciones autónomas durante el día, y por
la noche en sesiones comunes, donde se manifestaba de forma emocionante
la nostalgia de la unidad.
Allí podía verse fraternizar
y orar juntos a Católicos, Baptistas, Episcopalianos, Luteranos,
Menonitas, Pentecostales, Presbiterianos, Metodistas unidos, Judíos
mesiánicos y a un grupo protestante no confesional. Conociendo
la historia de las tensas relaciones entre las confesiones cristianas
en los Estados Unidos, este congreso marca una fecha histórica,
un "imposible superado" (1)
Es verdad que esto no era todavía
la plena comunión y que los problemas pendientes no habían
sido tratados abiertamente, pero un clima nuevo dejaba traslucir una
profunda esperanza de reconciliación en el seno del pueblo
de Dios. Debido a ello, Kansas City representa un jalón importante
en el camino hacia la unidad.
Nos falta ahora exponer con más
detalle este alcance ecuménico de la Renovación.
3. EN LA CONFLUENCIA:
LA COMUNIÓN EN EL ESPÍRITU SANTO
La Renovación Carismática es una gracia ecuménica
privilegiada a causa del terreno de encuentro que ofrece a cristianos
que, no obstante sentirse extraños unos a otros, comulgan en
la misma fe viva en el Espíritu Santo.
Por otra parte, esta convergencia
ecuménica no es un monopolio de la Renovación Carismática.
Bajo el título "conversaciones entre metodistas y católicos",
un despacho de agencia anunciaba recientemente que "la Comisión
mixta establecida por la Iglesia Católica y el Consejo Metodista
mundial" había elegido como tema de diálogo en
1978: el papel del Espíritu Santo en la vida cristiana, "fundamento
de la posible unidad y del testimonio común ofrecido a Jesucristo".
Sabemos también que el Secretariado
para la unidad ha entablado ya, en nombre de la Santa Sede, un diálogo
con los pentecostales clásicos, desde hace varios años.
Nos parece importante poner de relieve
algunos de los aspectos más destacados de esta convergencia
que se produce en cuanto al papel y al lugar del Espíritu Santo
en la vida de la Iglesia y de los cristianos.
A. EL ESPÍRITU SANTO, VIDA DE LA IGLESIA
21. Tal como recuerda el primer "Documento de L.1 Malinas",
cierta teología occidental ha mostrado "tendencia a dar
razón de la estructura de la Iglesia en categorías "crísticas"
y a considerar al Espíritu Santo solamente como el que anima
y vivifica esta estructura previamente establecida".(2)
Como observa este mismo documento,
esta concepción desconoce en realidad un aspecto esencial de
la economía cristiana de la salvación:
"Jesús, en efecto, no
es constituido Hijo de Dios y es después vivificado por el
Espíritu para desempeñar su misión, como tampoco
es constituido Mesías y después le es dado el poder
por el Espíritu para desempeñar su obra mesiánica.
De manera análoga, tanto Cristo como el Espíritu constituyen
la Iglesia, ambos son constitutivos de la Iglesia. Así como
la Iglesia no sería Iglesia si desde el primer momento no estuviera
Cristo, lo mismo hay que decir del Espíritu Santo. Cristo y
el Espíritu constituyen la Iglesia en el mismo momento, y no
hay prioridad temporal entre Cristo y el Espíritu".
Es pues insuficiente presentar a
la Iglesia simplemente como "la Encarnación permanente
del Hijo de Dios", tal como acostumbraba hacerlo alguna teología
preconciliar. Esta forma de designar a la Iglesia ha sido criticada
por teólogos protestantes con mucha razón. Especialmente
objetaban que confundía con demasiada facilidad a Cristo con
la Iglesia y que conferiría así una especie de consagración
divina a elementos humanos y accidentales de aquélla.
El Concilio Vaticano ll ha dado la
razón a estas críticas y ha desarrollado su doctrina
eclesiológica en una perspectiva trinitaria. Refiriéndose
a la unidad de la Iglesia, el Decreto sobre el ecumenismo, n°
2, se expresa así: "El modelo supremo y el principio de
este misterio es la unidad de un solo Dios en la Trinidad de personas:
Padre, Hijo y Espíritu Santo".
En esta perspectiva trinitaria, H.
Mühlen ha propuesto considerar a la Iglesia como la comunidad
congregada y unida por el Espíritu a Cristo y al Padre.
Muy acertadamente escribe: "Es
propio del Espíritu Santo el unir personas, tanto en la vida
trinitaria como en la economía de la salvación".
(3)
Concretamente, la Iglesia aparece
así como una extensión de la unión de Cristo
a la Comunidad de redimidos, es decir, como una extensión de
la huella impresa sobre su humanidad por el Espíritu Santo.
Esta concepción de la Iglesia ha sido formalmente acogida por
el Vaticano II. Su formulación más clara la encontramos
en el primer capítulo del decreto Presbyterorum Ordinis, sobre
el ministerio y la vida de los sacerdotes, n° 2: "El Señor
Jesús, a quien el Padre santificó y envió al
mundo, hizo partícipe a todo su Cuerpo místico de la
unción del Espíritu con que El está ungido".
Este acentuar el papel del Espíritu
Santo favorece indudablemente el diálogo ecuménico,
tanto con nuestros hermanos ortodoxos como con nuestros hermanos protestantes.
Invita a considerar la existencia y el devenir de la Iglesia como
una relación de dependencia mucho más radical de cara
a Dios y nos estimula a unirnos en profundidad.
Como reconoce el P. Congar, hasta
hace poco "con frecuencia se ha presentado a la Iglesia como
una cosa enteramente terminada, donde todo estaba tan bien previsto,
tan bien ajustado, que todos sus mecanismos marchaban por sí
solos y podrían incluso prescindir de la intervención
actual y activa de Dios. Jesús había instituido, de
una vez para siempre, la jerarquía y los sacramentos: eso bastaba.
Ahora comprendemos mejor que es el
mismo Dios, en Jesucristo, quien por el Espíritu Santo, suscita
sin cesar las actividades por las que se edifica la Iglesia, que es
obra suya y cuyas estructuras mantiene.
- Es Dios quien llama (Rm 1.6);
- Es Dios quien distribuye los dones de servicio (1 Co 12, 4-11);
- Es Dios quien hace crecer (1 Co 3,6);
- Es de Cristo de quien todo el Cuerpo recibe concordia y cohesión
(Ef 4, 16);
- Es Dios quien escoge a unos como apóstoles, a otros como
profetas y doctores ( 1Co 12, 28)".
La atención a la actualidad
del Espíritu constituye un constante toque de atención
contra el triunfalismo o contra un clericalismo que siente la tentación
de identificar demasiado estrechamente con el Reino de Dios a una
Iglesia, que es su sacramento, pero que no es todavía su plena
realización. Asimismo permite que nos expliquemos mejor los
periodos de esterilidad espiritual de la Iglesia en el curso de su
historia. Concretamente, esta eclesiología se vive hoy en la
Renovación Carismática y en otras partes, gracias a
una conciencia renovada de la necesidad vital de estar disponibles
al Espíritu Santo. Bien podemos decir que una asamblea de oración
es un "ejercicio práctico" de esta disponibilidad.
Esta conciencia más viva del
Espíritu Santo, que vemos despertar hoy en la Iglesia, es evidentemente
esencial para un verdadero espíritu ecuménico, que supone
una radical disponibilidad al Espíritu de Dios y al interlocutor.
Así lo declara el Papa Paulo VI, el 28 de abril de 1967, al
dirigirse a los miembros del Secretariado para la Unidad de los cristianos:
"Si hay alguna causa en la que nuestra eficacia humana se reconoce
impotente para alcanzar un buen resultado y se revela como esencialmente
dependiente de la acción misteriosa y poderosa del Espíritu
Santo, esta causa es precisamente la del ecumenismo".
En una de sus últimas obras,
este adelantado del ecumenismo que es el P. Congar invita a los cristianos
a comprometerse "en una concepción de la Iglesia como
comunión, y todavía más radicalmente en un descubrimiento
de la pneumatología, para lo que podemos sacar provecho del
contacto y de la lectura de los cristianos de Oriente”. Y añade:
"Un cristianismo de comunión,
una concepción más dinámica de la unidad como
si ésta tuviera que estarse haciendo sin cesar, la conciencia
en fin de la inadecuación de las formas ya establecidas en
comparación con la pureza, la profundidad y la plenitud a que
somos llamados (¡el Espíritu Santo nos empuja incesantemente
hacia adelante y nos llama más allá!) nos permitiría
asumir un pluralismo e incluso las peticiones, frecuentemente ricas
en promesas de progreso, de tantos cristianos que actualmente no encuentran
ya suficiente oxígeno en las estructuras establecidas.”
(4)
Ojalá todos los que vivimos
la gracia de la Renovación pudiéramos contribuir a ello
mediante una confianza cada día más generosa en el Espíritu,
que edifica la Iglesia, y por medio de un discernimiento cada vez
más atento a sus caminos y a sus llamadas.
B. EL ESPÍRITU SANTO, COMO EXPERIENCIA DE VIDA PERSONAL
22 . Hablando de nuestros orígenes
cristianos, el teólogo reformado Eduard Schweitzer ha podido
escribir estas palabras que invitan a la reflexión ecuménica:
"Mucho antes de que el Espíritu Santo pasara a ser un
artículo del Credo, era una realidad vivida en las experiencias
de la Iglesia primitiva".
En efecto, cada página de
los Hechos da fe de su presencia, de su impulso, de su poder. Día
tras día guiaba a los discípulos, como la nube luminosa
había conducido al pueblo elegido a través del desierto.
En cada página sentimos su presencia como la filigrana del
papel, delicada pero indeleble. Esta "experiencia del Espíritu"
tiene valor de actualidad ecuménica para todos los cristianos.
Necesitamos volver a leer -juntos- los Hechos, en busca, no de la
Iglesia idílica que nunca ha existido, ni por afán de
primitivismo -el Espíritu Santo no queda confinado en el pasado-,
sino para sumergirnos juntos en la fe de los primeros cristianos,
para quienes el Espíritu Santo era un realidad primordial personal.
Haber recibido el Espíritu Santo, era algo que se veía,
y San Pablo se extrañaba en Éfeso de no percibir rastro
alguno. Colocados en esta situación, previa a toda conceptualización
y a toda formulación sistemática, por indispensables
que en su momento sean, nos encontramos como en nuestra tierra natal
indivisa y virgen, donde es más fácil volver a encontrar
el sentido de la fraternidad cristiana y de la comunión en
el Espíritu Santo que era su alma.
Cuando nos encontramos con hermanos
"carismáticos'° de distintas confesiones, lo que enseguida
llama nuestra atención es el testimonio que todos comparten
de su encuentro personal con Cristo Jesús que, por el Espíritu
ha pasado a ser Maestro y Señor de su vida.
Dan testimonio de una gracia de renovación
interior, de una expresión personal, a la que dan el nombre
de "bautismo en el Espíritu". Esta experiencia les
ha hecho descubrir bajo una nueva luz, con reforzada intensidad, el
poder siempre actual del Espíritu y la permanencia de sus manifestaciones.
No se trata, generalmente, de una conversión a la manera de
San Pablo, ni siquiera de una experiencia espectacular, sino de una
influencia del Espíritu Santo, experimentada de una manera
señalada en su vida.
Cristianos de diferentes denominaciones
atestiguan que han vivido -y continúan viviendo- una gracia
de re-cristianización, o bien, si se trata de católicos
y cristianos tradicionales, que han experimentado una nueva toma de
conciencia de lo que los sacramentos de la iniciación cristiana
habían ya depositado en ellos, en germen, pero que ahora invade
plenamente su conciencia.
Como ellos dicen, el Señor
se les ha manifestado vivo, en sí mismo, en su Palabra, en
sus hermanos. Su fe renovada se expresará en alegría
y acción de gracias, con la totalidad de su ser, de su sensibilidad
y de su espontaneidad. En una palabra, se trata de un renacimiento
que tiene su origen en una inconfundible experiencia espiritual.
Verdaderamente se trata de una experiencia.
En otra parte hemos explicado cómo y por que experiencia y
fe no son términos que se excluyan, y cómo una lectura
atenta del Evangelio demuestra cómo se armonizan.(5) No es
éste el lugar para analizar las leyes y las garantías
de esta armonía. Para nuestro propósito, basta hacer
notar que nos encontramos aquí en un terreno en el que los
cristianos de diversas tradiciones pueden reunirse y encontrar, a
este primer nivel, un substrato común. Esto es importante para
iniciar un diálogo.
C. EL ESPÍRITU SANTO
EN SUS MANIFESTACIONES
1. Diversidad y complementariedad de los carismas
23. a. La comunidad eclesial
multiforme de San Pablo. Uno de los principales obstáculos
al progreso de la obra ecuménica es la tendencia a encerrarse
en una visión estrecha, abstracta y monolítica de la
Iglesia. En la medida en que incita a una mayor disponibilidad a los
dones del Espíritu, la Renovación suscita un sentido
más justo de la comunidad eclesial y de la participación
de todos en su edificación. Nos permite asimismo acercarnos
más fácilmente a una visión pluri-ministerial
de la Iglesia, tal como la desarrolla San Pablo: "Cada uno recibe
el don de manifestar el Espíritu para provecho común"
(1Co 12, 7).
Sobre la naturaleza y diversidad
de los carismas, San Pablo nos ha dejado páginas decisivas.
El Apóstol describe el extenso
abanico de dones espirituales que proporciona el Espíritu:
dones de enseñanza y discernimiento, dones de apostolado y
de gobierno; dones de profecía y de curación. La gama
de carismas es realmente considerable. Unos conciernen más
especialmente a los ministerios “estructurales” de la
Iglesia, otros se suscitan entre los fieles en la comunidad.
Por otra parte, San Pablo acoge bien
todos los carismas, incluso los más sorprendentes y extraordinarios:
todo lo que viene del Espíritu sirve de provecho para el fervor
de la comunidad. Pero el Apóstol advierte igualmente que en
los fenómenos extraordinarios pueden deslizarse ciertos elementos
humanos menos recomendables y que pueden afectar al soplo del Espíritu.
De aquí las normas de discernimiento que desarrolla para uso
de la joven Iglesia de Corinto. Y su forma de hablar nos deja ver
que estamos ante alguien que sabe que tiene autoridad y que está
seguro de que será escuchado.
Por último, el Apóstol
distingue entre los carismas que son buenos y los que son mejores.
A los Corintios les agradaba muy especialmente la profecía
y la glosolalia. San Pablo no rechaza estos dones: da consejos para
que los que son sus beneficiarios se porten como auténticos
"espirituales". Sin embargo, proclama asimismo, y con toda
claridad, que por encima de todos está la agapé. Sin
ella, los carismas serían muy poca cosa. La caridad activa
y operante tal como la describe en 1Co 12, 31, y en el cap. 13, es
"el camino que aventaja a todos los caminos."
Ésta es también la
perspectiva en la que todos los cristianos están llamados a
comprender y valorar sus carismas.
24. b. Actualidad de los carismas.
En nuestros tiempos, numerosos cristianos movidos por la gracia de
la Renovación, comprueban o descubren por experiencia, que
la acción del Espíritu en el seno de la comunidad siempre
suscita en ella una floración de carismas diversos. Su dinamismo
edificador de la Iglesia se ejerce a través de personas, en
las que de forma particular y privilegiada, y en beneficio del cuerpo
entero, se expresa uno y otro de los aspectos de la plenitud eclesial.
Esta personalización de los
dones de Dios, y de los ministerios en particular, se comprueba así
en la vida de los grupos de oración, de acuerdo con la teología
de la epístola a los Efesios:
"Dio dones a los hombres:...
El mismo dio a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a
otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto
ordenamiento de los santos, en orden a la función del ministerio,
para edificación del Cuerpo de Cristo" (Ef 4,8. 11-12).
25. c. Incidencias Ecuménicas.
Este reconocimiento de la diversidad y de la complementariedad de
los carismas es de gran importancia ecuménica. No solamente
nos lleva a superar ciertas polémicas, sino que favorece la
mutua apertura de las confesiones cristianas.
A causa de las separaciones, cada
Iglesia se ha visto arrastrada a un cierto unilateralismo y a cargar
el acento en algunos dones del Espíritu. Hoy día la
Renovación en el Espíritu invita a superar estas acentuaciones
unilaterales, heredadas del pasado, y favorece mutua comprensión.
Haciendo esto, cada Iglesia imprime
también a todas sus actuaciones el carácter propio de
la tradición cristiana que representa y que hace de ella una
determinada confesión. En efecto, el ecumenismo no tiende a
crear una mezcla bien dosificada y homogeneizada de todas las tradiciones
-cristianas, sino que persigue la restauración de la unidad
pluriforme entre Iglesias hermanas que tienen su propia fisonomía,
sin que resulte afectada la unidad esencial y necesaria, querida por
el Señor y que quedó establecida en la época
de los apóstoles.
"En el seno de la Iglesia, y
de acuerdo con las funciones a cada uno asignadas, todos deben conservar
la debida libertad, ya sea en las diferentes formas de la vida espiritual
y de la disciplina, ya sea en la variedad de los ritos litúrgicos,
e incluso en la elaboración teológica de la verdad revelada.”
Declara el Decreto sobre el Ecumenismo
n° 4; si bien, precisa con toda claridad, "manteniendo la
unidad de todo lo que es esencial" (ibidem).
2. Carismas e instituciones.
26. Para situar la Renovación
espiritual en la vida de la Iglesia, resultaría desacertado,
y además inexacto, oponer carisma e institución: los
ministerios y las estructuras esenciales de la comunidad eclesial,
son dones del Espíritu, tanto como lo son la profecía
y la glosolalia.
La institución en la Iglesia,
en tanto que estructura de la comunión, es esencialmente carismática.
Es don de Dios, es sacramento de la comunión con Dios. Es imposible
desconocer el papel de la comunidad como lugar en el cual y por el
cual encontramos al Espíritu. Escribía San Juan en su
primera Epístola: "Lo que hemos visto y oído, os
lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión
con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y
con su hijo Jesucristo" (1Jn 1,3).
Para comprender el lugar de los diferentes
dones de la Iglesia, lo mejor es atenerse a la comparación
formulada por San Pablo. El cuerpo es uno -dice- pero tiene varios
miembros y diversos órganos, según la voluntad de Dios.
Cada uno de ellos tiene su papel, su función, su necesidad.
Cada uno ea útil a todos los otros, y todos los otros a cada
uno: "Para que no haya división en el cuerpo, sino que
todos los miembros se preocupen los unos de los otros" (1Co 12,25).
De esta forma, en el cuerpo, cada
órgano ofrece al conjunto la distribución beneficiosa
que le es propia, aunque cada órgano ofrezca también
la posibilidad de alguna deficiencia o de alguna enfermedad específica.
Igualmente podríamos decir
que cada carisma, cada ministerio, cada oficio eclesiástico,
es el instrumento de un bien espiritual que le es propio, pero cada
uno constituye también un riesgo permanente de deficiencias
y de lagunas específicas. Las manifestaciones carismáticas
son para la comunidad eclesial un fermento real de vitalidad, de libertad,
de alabanza, de testimonio de renuncia; por todo eso pueden hacer
frente a los peligros que amenazan a los elementos estructurales de
la Iglesia, como la torpeza, el formalismo, la mediocridad, la burocracia,
la ruina, la evasión ante las responsabilidades y las decisiones
innovadoras.
Sin embargo, las manifestaciones
carismáticas tienen asimismo sus riesgos: efervescencia, iluminismo,
sobrenaturalismo exagerado. Los elementos estructurales de la Iglesia
pueden aportar a estos riesgos el apoyo de su estabilidad, de su objetividad
y de su sabiduría.
Para la "salud" del conjunto,
para mantener el vigor de la comunidad eclesial, deben practicarse
intercambios y coparticipaciones mutuas, realizando así la
conveniente ósmosis. De esta manera, se acrecentarán
los beneficios y se neutralizarán las divisiones de cada carisma
o ministerio, sea el que fuera.
3. Interacción vivida entre carisma e institución.
27. Como ya sabernos, la tensión entre el acontecimiento y
la institución, lo carismático y lo estructural, está
en el centro mismo del debate ecuménico. Hoy día se
manifiestan además en el seno de cada confesión.
Si en un sentido esta tensión
es inevitable, especialmente en ciertas épocas de crisis, como
la historia de la Iglesia nos ofrece de ello numerosos ejemplos, ella
debe no obstante llevarnos a una inteligencia más profunda
y unificadora del misterio sacramental de la Iglesia.
Hacia esta inteligencia nos conduce
la gracia de la Renovación en el Espíritu, a nivel de
experiencia vivida. Invitando a los cristianos de cualquier confesión
a hacerse más disponibles a los carismas, por ello mismo les
conduce a superar estas antinomias que generalmente se presentan,
aunque finalmente se revelan engañosas, entre carismas e instituciones,
fidelidad y creatividad, libertad y obediencia. De esta forma les
ayuda a percibir que el dinamismo del Espíritu no se opone
a lo encarnado y a lo histórico, por el contrario, el Espíritu
Santo se da para la manifestación del Cuerpo de Cristo (cf.
1Co 12, 1-12; Ef 4,13), de su cuerpo eclesial tanto como de su "propio
cuerpo" en la Encarnación.
Pero esta revitalización carismática
de la institución no reaviva en ella únicamente su significación
"espiritual", su función de epifanía histórica
del Cuerpo de Cristo; asimismo somete a consideración e invita
a revisar todo lo que en la institución puede significar un
obstáculo a la gloriosa libertad de los hijos de Dios (cf.
Rm 8,21). Ésta es otra implicación eclesial, y por tanto
ecuménica, de la Renovación en el Espíritu que
debemos considerar.
28. Esta simbiosis carisma-institución
ha sido admirablemente expresada por un teólogo ortodoxo, el
metropolitano Ignatios de Lattaquié, en la III Asamblea del
Consejo Ecuménico de las Iglesias, en Upsala (3-19 Julio 1968).
“Sin el Espíritu Santo
–dijo- Dios está lejos
Cristo permanece en el pasado,
el Evangelio es letra muerta,
la Iglesia, una simple organización,
la autoridad, un dominio,
la misión, una propaganda,
el culto, una evocación,
y el obrar cristiano, una moral de esclavos.
Pero en Él, el Cosmos se agita
y gime
en el parto del Reino,
Cristo ha resucitado,
el Evangelio es poder de vida,
la Iglesia significa comunión trinitaria,
la autoridad es un servicio liberador,
la misión es un Pentecostés,
la liturgia es memorial y anticipación,
el obrar humano se diviniza.” (6)
1. CONDICIONES DE UN ECUMENISMO AUTÉNTICO
Para que la Renovación Carismática pueda responder a
su vocación ecuménica, hay que respetar cierto número
de escollos.
Estudiemos unos después de
otros, empezando por exigencias positivas.
A. LA INSERCIÓN EN
EL MINISTERIO ECLESIAL
29. El primer deber del cristiano
preocupado por las exigencias de su fe católica es reconocer
el misterio de la Iglesia e insertarse en él.
La Renovación Carismática
perdería su razón de ser si, en lugar de situarse en
el centro mismo de la Iglesia, hubiera de desarrollarse como una excrecencia
al margen de aquélla, y convertirse en una iglesia paralela
o en una iglesia dentro de la Iglesia como una realidad sociológica,
como una estructura administrativa. La miran y la juzgan desde fuera,
por sua aspecto exterior y humano que inevitablemente vive en el tiempo
y en el espacio, con todas sus limitaciones. Pero la Iglesia de nuestra
fe -y de nuestra esperanza, y de nuestro amor filial- se sitúa
más allá de esta visión incompleta: ella es una
realidad mística, es nada menos que el Cuerpo místico
de Cristo. Es presencia del Señor Jesús que le permanece
fiel y la anima por medio de su Espíritu a fin de iluminarla,
santificarla y unificarla. Ésta es la Iglesia que nos lleva
en su seno, nos engendra a la vida cristiana, nos hace crecer hasta
la plena estatura de Cristo.
Mientras no aceptamos, en la fe,
el misterio de la Iglesia, permanecemos en el nivel de la historia
y no en el del dogma y del Credo que proclama "la Iglesia una,
santa, católica y apostólica". Esta Iglesia es
exactamente la misma Iglesia de los orígenes, la del Cenáculo
de Pentecostés.
B. LA IGLESIA COMO MISTERIO
30. La Iglesia no es una especie de federación de denominaciones
cristianas. No es tampoco una unión de los que, personalmente
o en comunidad, se proclaman seguidores de Cristo y se consagran a
la evangelización y al servicio de los hombres.
La Iglesia tiene una existencia,
una consistencia que precede y sobrepasa la adhesión consciente
que los creyentes prestan a Jesucristo y a la comunidad particular
de la que son miembros. Ella es a !a vez la comunidad que juntos construimos
-"¡La Iglesia somos nosotros!"- y la matriz que nos
lleva, la comunidad maternal que nos engendra a la vida de Dios, en
Cristo y por el Espíritu. En este sentido decimos en la Eucaristía
antes de comulgar: "No mires mis pecados, sino la fe de tu Iglesia...”
Como ha enseñado el Vaticano
II, la Iglesia es el "sacramento universal de salvación".
A mi juicio, ésta es la definición más rica en
consecuencias.
Aceptar esta enseñanza del
Vaticano II, es conceder , preferencia al ser de la Iglesia, y no
a nuestro obrar en ella: Es confesar prioritariamente, en la liturgia
y en el lenguaje de la fe, así como en el discurso teológico
que de ambos deriva, el "misterio" de la Iglesia, y después,
necesaria pero secundariamente, nuestra participación en la
misión de la Iglesia en la historia humana.
Como escribe el P. Dulles, refiriéndose
al contexto norteamericano:
"En los años treinta,
después de haberse dejado arrastrar por las exageraciones del
evangelio social, las Iglesias protestantes conocieron una época
de postración espiritual. Entonces se levantó un clamor:
"Que la Iglesia sea ella misma, que sea la Iglesia”. Este
clamor fue escuchado, y las Iglesias empezaron a preocuparse de la
fe y del culto. De ello se siguió una gran renovación,
durante los años cuarenta y cincuenta. Desde 1960, el catolicismo
ha vivido una crisis análoga. La teología de la secularización
ha debilitado el sentido de la doctrina y de la tradición.
Hoy día, si no nos equivocamos, muchos cristianos piden a la
Iglesia Católica que vuelva a ser la Iglesia. Desean que la
Iglesia encuentre de nuevo el sentido de la adoración, de la
acción de gracias, de la alabanza y del culto, permitiendo
así, a sus fieles hacer la experiencia de un contacto vivido
con el Dios vivo.” (7)
Esta conversión a la Iglesia,
al misterio de la Iglesia, no se hace con facilidad. Choca con la
tendencia a reducir la Iglesia a categorías sociológicas,
o a tal o cual "experiencia" comunitaria de fe o de compromiso.
El sentido de la Iglesia supone también el reconocimiento de
las divergencias que existen entre la visión católica
de la Iglesia y otros tipos de conciencia eclesial. Estas divergencias
son el doloroso reverso, a veces dramático, de una exigencia
vital: la de reconocer en la Iglesia una realidad que nos trasciende
y para la que no estamos todavía suficientemente preparados.
1. La Iglesia "Una "
31. La Iglesia nació una, "de
la unidad del Padre, del Hijo, y del Espíritu"; lleva
en su frente el sello trinitario. Su unidad mística está
fuera del alcance de los hombres y de las rupturas de la historia.
Su unidad es una gracia inicial y
dada para siempre, indefectiblemente. Lleva en sí la promesa
que hizo Jesús de estar con su Iglesia, todos los días
hasta el fin de los tiempos. Cuerpo de Cristo, Esposa del Espíritu
Santo, Templo de Dios vivo. En su Constitución Lumen Gentium,
el Concilio ha multiplicado las imágenes que nos permiten entrever
la riqueza de su misterio.
2. L a Iglesia "Santa
32. Esta misma Iglesia nació
santa. Ya lo hemos dicho: su santidad no está formada por la
suma de los santos que engendra, sino que es su propia santidad -la
santidad de Cristo y de su Espíritu en ella- la que fructifica
en nosotros. No son los santos los que son admirables, es Dios y sólo
Él quien es admirable en sus santos. En este sentido, la Iglesia
es mediadora de la santidad de Dios. Es una madre que engendra a los
santos que se dejan formar por ella.
Rigurosamente hablando, nosotros
no hemos de "llegar a ser'' santos, sino permanecer santos. Nuestra
vocación cristiana es permanecer fieles a la gracia inicial
del bautismo recibido y traducirla progresivamente en nuestra vida.
Querer reformar la Iglesia desde afuera, sin haberse dejado antes
formar, vivificar y reformar desde dentro por esta misma Iglesia de
los Creyentes, sería para los católicos una empresa
que nace ya muerta.
3. La Iglesia "Católica"
33. Cuando hacemos profesión
de creer "en la Iglesia una, santa, católica y apostólica",
nos estamos adhiriendo a la Iglesia de Pentecostés que aquella
mañana era ya una y universal; por mandato del Maestro, ella
debía ya "llevar el Evangelio a toda criatura". La
universidad de esta vocación se reveló con fuerza en
su nacimiento; el relato de los Hechos nos hace palpable esta universalidad
al evocar a aquellos "Partos, Medas, Elamitas, gente de Mesopotamia,
Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia y Panfilia, Judíos
y prosélitos, Cretenses y Árabes que oyeron proclamar
en su lengua las maravillas de Dios" (Hch 2,8-12).
4. La Iglesia "Apostólica"
34. Esta Iglesia nació ya desde
su origen como comunidad apostólica. Quedó para siempre
establecida sobre el fundamento de los apóstoles y de sus sucesores,
como enseña el Concilio Vaticano II:
"Para el establecimiento de
ésta su santa Iglesia en todas partes y hasta el fin de los
tiempos, confió Jesucristo al colegio de los Doce el oficio
de enseñar, de regir y de santificar. De entre ellos destacó
a Pedro, sobre el cual determinó edificar su Iglesia, después
de exigirle la profesión de fe; a él prometió
las llaves del reino de los cielos, y previa la manifestación
de su amor, le confió todas las ovejas para que las confirmara
en la fe y las apacentara en la perfecta unidad, reservándose
Jesucristo el ser Él mismo para siempre la piedra fundamental
y el pastor de nuestras almas.” (8)
Es indudable que es el Espíritu
quien "rige toda la Iglesia y que Cristo es el "pastor de
nuestras almas"; pero a su nivel, los que están aquí
abajo constituidos como pastores, ejercen un ministerio autorizado,
un servicio en nombre del Señor, y en este sentido una real
mediación.
Si bien es cierto que la conciencia
personal es el supremo criterio de nuestro obrar, si es cierto también
que el Espíritu habita en cada creyente y que Él sopla
donde quiere, es también igualmente cierto que la conciencia
de un cristiano, para ser "recta" e "iluminada",
no puede prescindir de la ayuda o del consejo, a veces de una orden,
procedentes de los que han sido instituidos para esta tarea, como
de ello dan fe las Escrituras. En efecto, por su actitud y por sus
actos, Pablo, Pedro, los Apóstoles, los obispos y los presbíteros
muestran claramente que son los pastores autorizados de las comunidades
locales.
Como es natural, los pastores no
encuentran "en sí mismos" la fuente de su autoridad:
se apoyan en la elección del Señor que les pedirá
cuentas del ejercicio de su ministerio: Por supuesto, los encargados
de la doctrina no tienen que inventar la verdad revelada, porque "todos
deben sujetarse a la revelación y conformarse a ella"
(Lumen Gentium nº 25).
Pero estos pastores están
asimismo establecidos como jefes, árbitros, jueces o consejeros
-según los casos y situaciones y su ministerio no puede ser
ni rechazado ni tenido en poco.
No queremos continuar el análisis
del misterio de la Iglesia. Basta decir solamente que para el creyente
católico, toda acción del Espíritu se inserta
profundamente en esta Iglesia tal como el Señor la ha querido
y que toda tentativa de quedar al margen de la Iglesia, estaría
condenada a la esterilidad, como rama que no recibe ya la savia del
tronco que la lleva.
C LA IGLESIA, MISTERIO SACRAMENTAL
35. El Espíritu obra también a través de la mediación
sacramental de la Iglesia. Es indispensable reconocer y situar la
visible mediación de todo el ordenamiento (ordo) sacramental.
El Espíritu Santo, alma y fuente vivificadora de la comunidad
eclesial; no limita su influencia solamente a las manifestaciones
carismáticas, individuales o colectivas. Su virtud, su poder
santificador se manifiesta también por medio de los diversos
sacramentos que acompañan al discípulo de Cristo desde
el nacimiento hasta la muerte. ¿Sería equitativo proclamar
el dinamismo del Espíritu Santo en la existencia cristiana,
mientras olvidáramos o rebajáramos la obra de salvación
que realiza en los actos sacramentales de los fieles?. La vía
sacramental de la gracia es "el Espíritu Santo, que toma
cosas terrenas -una palabra humana, agua, pan, vino-, las elige, las
santifica y hace que sirvan de vehículo para la salvación.”(9)
Esta vía fue la común
y corriente en las iglesias de la época apostólica,
y el fervor escatológico de los Corintios no constituyó
la única ni siquiera la principal forma de la efusión
pentecostal.
Entre los sacramentos, el bautismo
y la Eucaristía ocupan un lugar aparte: ellos comprometen profundamente
la vida del fiel de acuerdo con su propia identidad, condicionan y
orientan para él toda renovación espiritual y por ello
todo verdadero ecumenismo.
1. El Bautismo Sacramento Inicial
36. Creemos, con San Pablo, que Dios,
en su gratuita bondad, "nos salvó por medio del baño
de regeneración y de renovación del Espíritu
Santo, que él derramó sobre nosotros con largueza por
medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su
gracia, fuésemos constituidos herederos, en esperanza, de vida
eterna" (Tt 3, 5-7). Según la doctrina de la Iglesia,
el único bautismo es a la vez pascual y pentecostal: nos sumerge
en el misterio de la muerte de Cristo -el bautismo por inmersión
lo simboliza de modo impresionante- y en el misterio de la Resurrección
así como en el del Espíritu, fruto de la victoria de
Cristo y de la Promesa del Padre.
Entramos en la Iglesia por medio
de un bautismo en agua y en el Espíritu, por medio del nacimiento
a que se refería Jesús en su conversación con
Nicodemo: "En verdad, te digo, el que no nazca de agua y Espíritu
no puede entrar en el Reino de Dios" (Jn 3, 4-5).
En el canto para la bendición
del agua bautismal, en la noche de Pascua, la liturgia nos lo recuerda
admirablemente: "Que la presencia misteriosa del Espíritu
Santo, fecunde estas aguas que deben hacer que nazcan de nuevo los
hombres, para que una generación de hijos del cielo concebida
por la santidad divina, salga de esta sagrada fuente como de un seno
purísimo y renazca a una vida de nueva criatura".
La existencia "cristiana"
se inaugura con un acto sacramental, es decir, con un acto del Señor
vivo, que ha querido obrar así El mismo la justificación
radical de los que han respondido a su llamada.
El bautismo del cristiano es "bautismo
en el agua y en el Espíritu Santo", en el seno de su Iglesia:
la inserción eclesial forma parte integrante de todo bautismo
sacramental normal. Uno no puede ser simplemente bautizado, fuera
del contexto eclesial, en una especie de tierra de nadie. Cualquier
ambigüedad sobre este particular conduciría a desviaciones
graves. La Iglesia, de la que paso a ser miembro, es a la vez una
comunidad bautismal, que me abre a la Santísima Trinidad,
- una comunión eucarística,
que me sumerge en el misterio de la Pascua,
- una comunión en el Espíritu, que actualiza el misterio
de Pentecostés, y
- una comunión orgánica, que me une al obispo y por
medio de él a las demás Iglesias y a la Iglesia de Roma,
que preside el Papa, "al servicio de la unidad de las Iglesias
Santas de Dios.”
2. Espíritu Santo y
"Comunión Eucarística”
37. La Renovación Carismática
carga el acento en la "comunión en el Espíritu",
cuyo alcance ecuménico es evidente. Todo lo que nos permite
realizar mejor nuestra profunda unidad, nos acerca; el Espíritu
Santo es el lazo vivo por excelencia, no solamente entre el Padre
y el Hijo sino entre los hijos de un mismo Padre. No podemos menos
que alegrarnos de los lazos que crea esta experiencia. No podemos,
sin embargo, olvidar, que el Señor nos ha dejado una expresión
visible de nuestra unión con Él y entre nosotros, que
es la comunión eucarística. Si en la hora actual, todos
nosotros sufrimos por no poder todavía traducir fraternidad
cristiana por la comunión en el mismo Cuerpo y en la misma
Sangre, debemos tener presente que la Eucaristía es el sello
de la unidad visible a que aspiramos.
Desgraciadamente ocurre con demasiada
frecuencia, que una celebración eucarística carece de
vida y de calor humano, y que queda demasiado formalista y ritualista.
De aquí viene la tentación de atribuir más valor
-en el plano de lo vivido- a una reunión, donde la fraternidad
cristiana se expresa más libremente. Sin embargo, en espíritu
de fe, el católico deberá siempre centrar su vida en
el magno encuentro eucarístico, especialmente el del domingo.
Y confiamos que llegará un día en que la corriente carismática
penetrará con su riqueza de vida en la liturgia y que los sacerdotes,
cada vez más "renovados en el Espíritu", vivificarán
la celebración litúrgica, con absoluto respeto de sus
reglas tradicionales, pero con plena apertura también al Espíritu
Santo.
Una vez esto reconocido, es preciso
que insistamos en la prioridad de la comunión eucarística.
En el Cenáculo, la noche del
Jueves Santo, Jesús selló su alianza con sus discípulos,
instituyendo la Eucaristía, memorial permanente de la muerte
y de su resurrección. El mandato de "ser uno para que
el mundo crea" brotó desde el corazón de Cristo
hasta la mesa eucarística. Él quiere que en todos los
tiempos venideros participen sus discípulos en la comunión
de su Cuerpo y de su Sangre. En el canon de la misa pedimos al Señor
"que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos
participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo.”
La Iglesia "hace Eucaristía",
pero a su vez la Eucaristía hace la Iglesia: todo intento de
minimizar esta realidad eucarística atentaría contra
lo que constituye el centro mismo de la fe y contra la autenticidad
del ecumenismo fiel a Jesucristo.
En un importante estudio sobre el
futuro del ecumenismo, el Cardenal Willebrands citaba este texto de
los Hechos: "Acudían asiduamente a la enseñanza
de los apóstoles, a la comunión, a la fracción
del pan y a las oraciones" (cf. Hch 2, 42-46); y comentaba estas
palabras recordando que todos los componentes de este cuadro están
estrechamente unidos en la comunidad cristiana:
"La fidelidad a las enseñanzas
de los Apóstoles –decía- no consiste solamente
en escuchar la Palabra: es también inseparablemente la celebración
de un mismo culto, recibido del Señor que progresivamente identifica
con Él a cada uno de los miembros de esta comunidad. La participación
en común en estos bienes, en estas mediaciones humanas, queridas
por el Señor para establecer su comunidad y hacerla progresar
hasta que Él vuelva, establece entre los fieles una comunidad
visible, una comunión eclesial. Profesando en común
la misma fe, celebrando juntos los mismos sacramentos y participando
juntos en ellos, servidos y congregados por ministros constituidos
como tales por el mismo sacramento, tendiendo juntos a una progresiva
santidad de vida en el servicio a sus hermanos según el modelo
de Jesús (cf. Flp 2,5), estos fieles están unidos entre
sí no sólo por una relación espiritual en el
plano del misterio y de lo invisible, sino también en el plano
visible de las realidades humanas transformadas por el Espíritu.”
La Renovación Carismática
que en tantos aspectos hace revivir la imagen de las comunidades cristianas
primitivas, debe ser fiel a esta descripción: debe ser no solamente
comunidad fraternal, sino comunidad "asidua en escuchar a los
Apóstoles" -hoy día- a través de sus sucesores
y en encontrarse en la mesa eucarística "para la fracción
del pan".
SIGUIENTE....
NOTAS:
(1) Cf. DAVID X. STUMP, Charismatic Renewal: Up to Date in Kansas
City, en la revista "America", 24 de Septiembre 1977.
(2) COLOQUIO DE MALINAS, 21-26 mayo 1977: Orientaciones
Teológicas y Pastorales de la Renovación Carismática
Católica, Publicaciones Nueva Vida, Aguas Buenas, Puerto Rico,
1974, p.17.
(3) H. MÜHLEN, El Espíritu Santo en la
Iglesia, Secretariado Trinitario, Salamanca 1974, p. 225
(4) Y. M. CONGAR, Ministères et communion ecclésiale,
Edition du Cerf, París 1971, p. 248.
(5) Cardenal L. J. SUENENS, ¿Un Nuevo Pentecostés?,
Editorial Desclée de Brouwer, Bilbao 1975. Cap. IV: "El
Espíritu Santo y la experiencia de Dios", p.57
(6) Cardenal L.J. SUENENS. ¿Un nuevo Pentecostés?
pp. 29-30
(7) Avery DULLES S.J., The Resilient Church, Gill and
McMillan 1977, p. 25.
(8) Decreto sobre el Ecumenismo, n° 2.
(9) J. J. VON ALLMEN, Le prophétism sacramental,
p. 301