DOCUMENTO
DE MALINAS 2
CARDENAL L.
J. SUENENS
ECUMENISMO
Y RENOVACIÓN
CARISMÁTICA
ORIENTACIONES TEOLÓGICAS
Y PASTORALES
Titulo original: Edición en
francés:
Oecuménisme et Renouveau Charismatique,
Orientations théologiques et pastorales.
Edición en inglés: Ecumenism and Charismatic Renewal:
Theological Orientations.
Servant Books, Ann Arbor, Michigan
48107. U.S.A.
Copyright © 1978 by Leon Joseph Suenens.
Tradujeron al castellano: Ignacio y Rodolfo Puigdollers.
PREÁMBULO
Este estudio analiza las relaciones
entre el Ecumenismo y la Renovación Carismática en una
perspectiva católica. Lo he interrumpido varias veces y lo
he vuelto a emprender, porque era muy delicado de escribir, no sólo
por la eclesiología, sino también por la complejidad
de las situaciones ecuménicas en varios países. Tanto
en uno como en otro aspecto he querido resaltar los aspectos de carácter
universal.
Estas páginas podrían
servir como base para dar una enseñanza de profundización
en seminarios o sesiones de estudio. Incluyen un sistema de numeración
que facilita esta forma de estudio en grupo.
Quisiera dar las gracias al P. Paul
Lebeau S.J. por su preciosa colaboración teológica y,
con él, a mis amigos, los teólogos de varios países
y confesiones que, de palabra o por escrito, han expresado su reacción
ante estas páginas.
Asimismo debo expresar mi profunda gratitud a Steve Clark, a Verónica
O'Brien y a Ralph Martin: su sensibilidad ecuménica, su experiencia
y comprensión de las situaciones concretas me han ayudado a
elaborar las orientaciones pastorales de este estudio.
Por último, hago extensivo
mi reconocimiento a Iodos los autores mencionados en estas páginas;
su ciencia así como su experiencia ecuménica y carismática
me han ayudado a aproximar esas poderosas corrientes de gracia que
e! Espíritu Santo está uniendo para renovar hoy su Iglesia.
L. J. Cardenal SUENENS
Arzobispo de Malinas – Bruselas
PREFACIO
Estas páginas son continuación
del estudio titulado: Orientaciones teológicas y pastorales
sobre la Renovación Carismática Católica (1974)
conocido con el nombre de ''Documento de Malinas".
He aquí pues el segundo documento
de la serie. Su finalidad es mostrar cuál es la aportación
específica que la Renovación Carismática puede
proporcionar al movimiento ecuménico, que tiende a reunir de
nuevo a los cristianos divididos.
Puesto que es importante tener tina
comprensión clara y exacta de lo que es la contribución
específica de la Renovación, empezaré por recordar
brevemente cuál es el alcance y la finalidad del movimiento
ecuménico como tal. A continuación trataré de
explicar cómo la Renovación Carismática, por
su parte y en su propia línea, puede ayudar a promover el movimiento
ecuménico.
De aquí surge la primera pregunta:
¿Qué es la corriente ecuménica?
En pocas palabras, yo contestaría que es la confluencia de
los esfuerzos convergentes de cristianos que, bajo el impulso del
Espíritu, desean restaurar la unidad visible de la Iglesia
de Jesucristo.
Esta respuesta suscita toda una serie
de preguntas:
- ¿Qué entendemos por "unidad" que hay que
"restaurar"?
- ¿Qué entendemos por unidad "visible"?
- ¿Qué entendemos por "la Iglesia de Jesucristo"?
La convergencia de tales esfuerzos
dependerá de la respuesta que demos a cada una de estas preguntas.
Pero el Ecumenismo no es tan sólo un ideal que deban definir
claramente y perseguir, contra viento y marea, algunos cristianos
aislados, que se sienten responsables de este proyecto: es un imperativo
para cada cristiano en virtud del bautismo común a todos los
seguidores del Evangelio. El deber de la unión tiene hoy una
nueva urgencia por causa del estado de angustia moral y descristianización
del mundo. Esto también se debe expresar claramente.
Del Ecumenismo pasaré a hablar
de la corriente carismática para hacer ver cómo, a su
nivel, puede contribuir a acercar a los cristianos de diferentes confesiones,
ofreciéndoles un lugar de encuentro ecuménico privilegiado:
"la Comunión en el Espíritu Santo", una comunión
que les abre a Dios y a sus hermanos.
Sin embargo, no basta evocar una
misma experiencia común, una misma adhesión al Espíritu:
si nuestro ecumenismo ha de ser sincero y profundo, también
tenemos que comprender lo que significan tales expresiones.
Una ver esto haya sido aclarado,
estaremos en la mejor disposición para poder hablar de la inmensa
esperanza de unidad entre cristianos que encierra en sí el
ecumenismo espiritual y al que la Renovación Carismática
puede aportar un nuevo flujo de vida.
El centrarse en el ecumenismo espiritual
no significa pasar por alto la importancia de la acción ecuménica
en otros sectores, como el social, el económico o el político.
Sino que parece que la Providencia asigna a la Renovación Carismática
un papel específico lleno de promesas para el futuro, haciéndola
instrumento de fraternales y profundos encuentros entre cristianos
que se unen "perseverantes y unánimes" en oración
- oración cuyo prototipo fue la del Cenáculo en Jerusalén
en la vigilia de Pentecostés.
Después, entrando en el terreno
de la vida concreta de cada día, trazaremos un "modus
vivendi", lo más adaptado posible a la complejidad y variedad
de situaciones: y esto, con vistas a prevenir todo lo que pudiera
poner dificultades al acercamiento de los espíritus y de los
corazones, garantizando al máximo el respeto mutuo.
Como conclusión, invito a
todos los cristianos -empezando por nosotros los católicos-
a la conversión que todos necesitamos para ser fieles a la
voluntad de Dios sobre la unidad de su Iglesia, así como para
responder a las esperanzas, conscientes o latentes, de aquellos que
entre nosotros y a través nuestro buscan reconocer el rostro
de su único y común Salvador: nuestro Señor Jesucristo.
Este estudio va dirigido en primer
lugar a los católicos que desean respetar la doctrina de la
Iglesia y vivir sus aplicaciones. Su intención es de paz, no
de polémica ni de discusión. Espero que sea leído
atentamente y que ofrezca material de estudio a los grupos, seminarios,
y congresos de la Renovación.
Espero que posteriormente otros escritores
sigan analizando y desarrollando su contenido, de forma que se profundicen
más sus principios y se extiendan sus aplicaciones. El Ecumenismo
sólo es viable en un clima de respeto mutuo; a cada uno de
nosotros nos pide que sepamos reconocer la identidad personal de nuestros
compañeros. Su ley suprema sigue siendo la misma que formuló
mi ilustre predecesor, el Cardenal Mercier, que con ocasión
de las célebres "Conversaciones de Malinas", que
iniciaron el diálogo ecuménico entre Roma y la Iglesia
Anglicana (1921-1926), escribió:
-Tenemos que encontrarnos para conocernos,
-conocernos para amarnos,
-amarnos para unirnos.
1 LA CORRIENTE ECUMÉNICA
A. HISTORIA Y ACTUALIDAD
1. Dos movimientos del Espíritu
Santo
1. Todo cristiano tiene el deber
de escuchar atentamente "lo que el Espíritu dice a las
Iglesias".
En cada época, el Espíritu
habla a los suyos con invitaciones y acentos diferentes, que todos
tienden a hacernos vivir el Evangelio "en Espíritu y verdad".
Demasiado absorbidos por los acontecimientos
del día, resulta difícil oír los murmullos del
Espíritu, porque Él nos habla en voz baja y es preciso
prestar mucha atención para escucharle. Naturalmente nosotros
no sintonizamos con su longitud de onda.
En la hora actual, percibimos algo
así como un doble llamamiento, una doble corriente de gracias.
Son otras tantas interpelaciones del Espíritu:
- La corriente ecuménica recuerda
a los cristianos de cualquier obediencia que la Iglesia debe ser una,
tanto para ser fiel a su mismo ser: "Sed uno como mi Padre y
yo somos uno"; como para ser creída: "Para que el
mundo sepa que Tú me has enviado" (Jn 17,21).
-En forma paralela otra corriente,
más reciente, atraviesa las Iglesias: la corriente carismática.
Ella recuerda a los cristianos que el Espíritu es el soplo
vital de su Iglesia, que su presencia activa y poderosa está
siempre operante en la medida en que nuestra fe, nuestra esperanza
y nuestra audacia le permitan obrar.
2. La corriente ecuménica.
2. Como sabemos, el ecumenismo recibió
un nuevo impulso en 1910, en el Congreso de Edimburgo, Escocia, bajo
el estímulo de pastores misioneros protestantes que sentían
la angustia de llevar a los países de misión un Evangelio
controvertido y de exponer públicamente nuestras querellas
y divisiones allí donde hubiera sido necesario conjugar todas
las fuerzas cristianas para anunciar conjuntamente a Jesucristo. El
teólogo reformado Lukas Vischer, secretario ejecutivo de la
Comisión "Fe y Constitución" del Consejo Ecuménico
de las Iglesias, ha dicho muy justamente: "La Iglesia dividida
presenta al mundo un Evangelio contradictorio”
No vamos a hacer aquí la historia
de los esfuerzos desplegados con vistas a hacer cesar el escándalo
de la división y promover la unidad visible de los cristianos.
Desde Edimburgo, el movimiento de acercamiento ha progresado por etapas
importantes: Amsterdam (1948), Evaston (1954), New Dehli (1961), Upsala
(1968), Nairobi (1975).
Como resultado de este esfuerzo,
el movimiento hacia la unidad visible tiene ya un Consejo Mundial
(Amsterdam, 1948), una carta y una definición. Es importante
hacer notar que el Consejo Ecuménico de las Iglesias de ningún
modo pretende ser una súper-Iglesia a escala mundial. La definición
adoptada en New Dehli fue como sigue:
"El Consejo Ecuménico
es una unión fraternal de Iglesias que reconocen al Señor
Jesucristo como Dios y Salvador según las Escrituras, y que
se esfuerzan en responder conjuntamente a su vocación común
para la gloria del Dios único, Padre, Hijo y Espíritu
Santo."
El Consejo aspira a reunir a todos
los cristianos en la triple vocación que les es común:
vocación de testimonio (martvria), de unidad (koinonia), y
de servicio (diaconia).
Al propio tiempo, el mismo deseo
de unidad se ha manifestado entre otros Cristianos que no son miembros
del Consejo Ecuménico de las Iglesias. La Comunión Evangélica
Mundial, y varias asociaciones nacionales de evangélicos, son
el testimonio del mismo movimiento del Espíritu entre los evangélicos,
muchos de los cuales no pertenecen a las Iglesias que están
en el Consejo Ecuménico.
La reciente Conferencia de Lausana
fue un testimonio particularmente poderoso del deseo de los cristianos
de conseguir una unidad más sincera para una misión
efectiva.
3. El Ecumenismo y Roma
3. La Iglesia Católica Romana,
en un principio reservada y reticente por temor a un relativismo dogmático,
poco a poco acabó por entrar en la corriente ecuménica.
Todos sabemos el papel representado
por los precursores: el P. Portal, los cardenales Mercier y Bea, y
los teólogos que rompieron brecha: Dom Lambert Beauduin, Yves
Congar, por no mencionar más que algunos.
Los que dieron un impulso decisivo
fueron el Papa Juan XXIII y el Concilio Vaticano II, cuyos textos
sobre la Constitución de la Iglesia (Lumen Gentium) y sobre
el Ecumenismo (Unitatis redintegratio) forman la carta eclesiológica
que ningún fiel católico puede ignorar.
Juan XXIII creó un clima nuevo
desde su primer encuentro con los observadores de otras Iglesias,
que habían sido invitados por él al Concilio. Con una
franqueza y sinceridad que le ganaron los corazones desde el primer
momento, les dijo: "Aquí no tratamos de hacer el proceso
del pasado, no deseamos probar quién tenía la razón
y quién no la tenía. Todo lo que queremos decir es eso:
Reunámonos de nuevo y pongamos fin a nuestras divisiones".
El Vaticano II hizo ver claramente
que "el Espíritu sopla donde quiere" y reconoció
la riqueza de su presencia en las Iglesias o comunidades cristianas
fuera de su seno.
"Es necesario -declara el Concilio-
que los católicos reconozcan y aprecien con alegría
los valores realmente cristianos que tienen su origen en el patrimonio
común y que encontramos entre nuestros hermanos separados.
Es justo y saludable reconocer las riquezas de Cristo y su poder operativo
en la vida de aquellos que dan testimonio por Cristo, llegando a veces
incluso hasta el derramamiento de su sangre: porque Dios es siempre
admirable y debe ser siempre admirado en sus obras. Es necesario asimismo
no olvidar que todo lo que se opera por la gracia del Espíritu
Santo en nuestros hermanos separados puede contribuir a nuestra edificación.
Nada de lo que es realmente cristiano se opone nunca a los verdaderos
valores de la fe, sino que, por el contrario, puede contribuir a acercarnos
aún con mayor perfección al misterio de Cristo y de
la Iglesia" (Decreto sobre el Ecumenismo, nº 4).
4. Conexión y convergencia
4. Durante este mismo período
histórico - es decir, a partir de 1900 - se ha visto surgir
en la Iglesia otra corriente espiritual importante, conocida bajo
el nombre global de "pentecostalismo", aunque se presenta
con diferentes ramificaciones: En el capítulo siguiente nos
referimos brevemente a su historia y alcance, sin tratar de hacer
un estudio exhaustivo sino solamente para situar a la Renovación
Carismática en la perspectiva ecuménica.
Nosotros, los católicos, debemos
reconocer que nuestra apertura "ecuménica" ha sido
lenta y que nuestra apertura "carismática", que por
otra parte todavía no ha sido plenamente lograda, también
ha venido "de afuera" de nuestras filas.
Creemos que la Renovación
Carismática está llamada a realizar una vocación
ecuménica, pero asimismo creemos que el ecumenismo encontrará
en aquélla una gracia de profundización espiritual y,
en caso de necesidad, un complemento o un correctivo.
Sentimos que el Espíritu Santo
nos invita a comprender el vínculo profundo que une las dos
corrientes, como si fueran dos brazos de un mismo río que nacen
de una misma fuente, y riegan las mismas riberas, para dirigirse hacia
el mismo mar.
Es normal que la acción multiforme
del Espíritu no se manifieste al principio en toda su profunda
simplicidad. Retrocediendo en el tiempo nos damos cuenta que la corriente
ecuménica y la corriente carismática, consideradas en
sus aguas profundas, se refuerzan mutuamente y que en realidad se
trata de una misma acción, de un mismo impulso de Dios, de
una misma lógica interior. La Iglesia no puede estar plenamente
"en estado de misión" sin estar "en estado de
unidad", y no puede estar en estado de unidad si no está
"en estado de renovación”. Misión evangélica,
ecumenismo, renovación en el Espíritu, todo ello es
una sola cosa, y solamente los ángulos de visión son
diferentes.
En pura lógica, y como condición
previa, la renovación espiritual debería preceder al
ecumenismo. Ésta fue la intuición de Juan XXIII, al
convocar el Concilio.
En lógica de vida, el Espíritu
Santo opera simultáneamente de muchas maneras. Esto nos invita
a comprender mejor la conexión vital entre ecumenismo y renovación.
Se ha dicho con mucha razón que el ecumenismo es el movimiento
de los cristianos hacia la unidad por medio de la misión y
de la renovación espiritual. Comentando esta afirmación,
escribe el Padre J. G. Hernando, del Secretariado Español para
los Asuntos Ecuménicos:
"Las prioridades son: renovación,
unidad cristiana, misión. Evidentemente se trata de una actividad
simultánea con una relación causal más bien que
de momentos cronológicamente distintos. No esperamos a haber
terminado la renovación para trabajar por la unidad. A la vez
que trabajamos en renovarnos, trabajamos en unirnos. Y mientras hacemos
esto, debemos al mismo tiempo colaborar en la misión. Se trata
de labores que hemos de realizar simultáneamente, si bien es
cierto que la eficacia de la misión dependerá de la
unidad que antes se haya obtenido, y esta última, de la renovación
eclesial previamente lograda. Todo esto quiere decir que las prioridades
antes señaladas dependen unas de otras. Pero no dejan de ser
prioridades" (1)
5. La urgencia ecuménica
5. a "Cristianizar a
los cristianos”. Esta urgencia salta la vista si echamos
una mirada al estado de cristianización del mundo cristiano.
Sin recurrir a las estadísticas ni a la sociología,
basta que nos hagamos esta pregunta:
"¿Estamos nosotros, los
cristianos, verdaderamente cristianizados? Esta interpelación
nos obliga a todos a unir nuestros esfuerzos para convertirnos cada
día más en auténticos discípulo del Señor.
En un libro que causó sensación (Le christianisme va-t-il
mourir?) el profesor Delumeau, profesor de Historia en la Sorbona,
se plantea esta pregunta: "¿Hemos sido nosotros verdaderamente
cristianizados?". La Historia, que este autor recorre a vista
de pájaro, se nos muestra repleta de enseñanzas sobre
el particular. En los primeros tiempos hubo una verdadera evangelización
de adultos; posteriormente se inició una era en la que se bautizaba
ya en la infancia. La sociedad pasó a ser cristiana de nombre,
cristiana sociológicamente. A partir de entonces la cristianización
se consideró como algo ya definitivamente conseguido, y fue
sostenida por todo el contexto social y transmitida por vía
hereditaria. Delumeau tiene razón para formular su pregunta.
Nosotros hemos sido, en efecto, sacramentalizados. Pero que hayamos
sido evangelizados, cristianizados como adultos responsables, es otra
cuestión completamente diferente.
6. b. Llevar juntos el evangelio
al mundo. La misma urgencia advertimos también cuando
se trata de realizar "hacia afuera" nuestro deber de evangelización.
Este deber nos interpela a todos, si queremos obedecer al Señor,
que pide a los suyos nada menos que llevar el Evangelio a toda criatura.
En la magnífica exhortación
apostólica sobre la evangelización -fruto del trabajo
colectivo del Sínodo de 1974- Pablo V I escribe:
"La fuerza de la evangelización
se verá muy disminuida si los que anuncian el Evangelio están
divididos entre sí por toda clase de rupturas. ¿No será
tal vez ésta una de las grandes debilidades de la evangelización
en nuestros días? En efecto, si el Evangelio que proclamamos
aparece desgarrado por querellas doctrinales, por polarizaciones ideológicas
o por condenas reciprocas entre cristianos, en consonancia con sus
diferentes visiones de Cristo y de la Iglesia e incluso a causa de
sus diversas concepciones de la sociedad y de las instituciones humanas,
¿cómo no se sentirán perturbados o desorientados,
cuando no escandalizados, aquellos a los que se dirige nuestra predicación?
El testamento espiritual del Señor nos dice que la unidad entre
sus discípulos no es sólo la prueba de que somos suyos,
sino la prueba también de que Él es el enviado del Padre,
"test" de credibilidad de los cristianos y del mismo Cristo.
Como evangelizadores, debemos ofrecer a todos no ya la imagen de hombres
divididos y separados por querellas nada edificantes, sino la imagen
de personas maduras en la fe, capaces de encontrarse por encima de
las tensiones reales, gracias a la búsqueda común, sincera
y desinteresada de la verdad. Sí, la suerte de la evangelización
va unida al testimonio de unidad dado por la Iglesia. Esto es motivo
de responsabilidad pero también de consuelo".
7. c. Juntos hacer frente
a la angustia del mundo. Este mismo imperativo de unión
se nos impone, en este final del siglo XX, precisamente por el estado
de un mundo que por tantos conceptos anda a la deriva, a pesar de
algunos progresos indiscutibles. Cuántas injusticias, cuántos
actos inhumanos a nuestro alrededor y cuántas amenazas apocalípticas
pesan sobre el futuro y la supervivencia del mundo.
Estamos en camino de deshumanizar
al hombre, por no darle una razón de vivir con referencia al
Absoluto. La sociedad se muestra desquiciada en su pensamiento y en
su proceder, presa de un relajamiento moral sin precedentes, tanto
más peligroso cuanto que las conciencias están como
anestesiadas e incapaces de reacción. Hoy más que nunca
necesitamos un cristianismo vigoroso y fuerte, apoyado en el poder
del Espíritu. Solamente una fe bien arraigada es capaz de levantar
una losa sepulcral "en virtud de la Resurrección —de
Jesucristo.
En la importante alocución
que dirigió al Sacro Colegio, con ocasión de la Navidad
de 1977, el Papa dejó oír esta sobrecogedora voz de
alarma:
"Sombras oscuras se interponen
en el destino de la Humanidad: la ciega violencia; las amenazas contra
la vida humana desde el mismo seno materno; el terrorismo cruel que
acumula odios y ruinas con el utópico designio de reconstruir
de nuevo sobre las cenizas de una destrucción total; el recrudecimiento
de la delincuencia; las discriminaciones y las injusticias a escala
internacional; la privación de la libertad religiosa; la ideología
del odio; la apología desenfrenada de los instintos más
bajos por la pornografía de los medios de comunicación
social que, tras la capa de pseudo-objetivos culturales esconde una
envilecedora sed de dinero y una desvergonzada explotación
de la persona humana; las constantes seducciones y amenazas contra
la infancia y la juventud que minan y esterilizan las frescas energías
creadoras de su inteligencia y de su corazón: todo eso indica
que la estima de los valores humanos ha descendido peligrosamente,
víctima de la acción oculta y organizada del vicio y
del odio.” (2)
B. EL OBJETIVO ECUMÉNICO
Para viajar juntos es preciso saber a dónde nos dirigimos.
En este caso, es preciso definir, con toda claridad, la unidad visible
de la Iglesia de Jesucristo, hacia la cual deseamos encaminarnos juntos.
Para ello debemos contestar estas
tres preguntas:
- ¿qué se debe entender por unidad eclesial a restaurar?
- -¿qué se debe entender por unidad visible?
- ¿qué se debe entender por Iglesia de Jesucristo?
1. ¿Qué se debe entender por unidad?
8. a. Unidad y no uniformidad.
Desde un principio importa distinguir unidad "dogmática"
y unidad "histórica". La primera se asienta en la
fe, la segunda en los condicionamientos históricos de una época.
No resulta fácil separar a la unidad "en estado puro"
de sus envolturas accidentales. Nuestros apologistas católicos
tenían antiguamente la costumbre de exaltar como signos de
la unidad de la Iglesia elementos que no eran inherentes a su naturaleza.
No debe confundirse unidad esencial con uniformidad. (3)
Después del Vaticano Il, la
distinción es ya clásica. Un célebre memorando
de Dom Lambert Beauduin, leído por el cardenal Mercier en las
Conversaciones de Malinas, llevaba este título, que en aquel
tiempo resultaba atrevido: "Iglesia unida, no absorbida".
En nuestros días, el cardenal Willembrands ha hecho alusión
más de una vez a este texto que el mismo Papa Pablo VI evocó
en su discurso de bienvenida al arzobispo de Canterbury, Dr. Coggan,
en abril de 1977.(4)
En la perspectiva de una restauración de la unidad visible,
se reserva un lugar importante al pluralismo en lo no esencial.
A este respecto y entre tantas otras
declaraciones significativas ¿quien no recuerda la alocución
que pronunció Pablo VI en el Simposio de obispos de África,
el 27 de julio de 1969?
"Vuestra Iglesia", precisaba
el Papa, "debe fundarse íntegramente sobre el patrimonio
idéntico, esencial, constitucional de la misma doctrina de
Cristo, profesada por la tradición auténtica y autorizada
de la única y verdadera Iglesia. Esto es una exigencia fundamental
e indiscutible... Nosotros no somos los inventores de nuestra fe,
somos sus guardianes...
Pero la expresión, es decir,
el lenguaje, la manera de manifestar la única fe, puede ser
múltiple y por consiguiente original, conforme a la lengua,
el estilo, el temperamento, el genio, la cultura de quien profesa
esta única fe. Bajo este aspecto, un pluralismo es legítimo,
incluso deseable. Una adaptación de la vida cristiana en el
campo pastoral, ritual, didáctico y también espiritual,
no solamente es posible sino alentada por la Iglesia... Será
necesaria una incubación del "misterio" cristiano
en el genio de vuestro pueblo, para que su voz original, más
límpida y sincera, se eleve después armoniosamente en
el coro de las otras voces de la Iglesia universal." (5)
Es lo que el Decreto sobre el ecumenismo
expresaba ya en los siguientes términos:
"Conservando la unidad en lo
que es necesario, todos en la Iglesia, cada uno según las funciones
que se le haya asignado, observen la debida libertad, tanto en las
diversas formas de vida espiritual y de disciplina como en la diversidad
de ritos litúrgicos, e incluso en la elaboración teológica
de la verdad revelada; y que en todo se practique la caridad"
(n° 4).
9. b. La unidad que se debe "restaurar".
Otra pregunta se plantea: ¿Qué queremos decir exactamente
cuando hablamos de unidad eclesial, "que hay que restablecer",
"que hay que restaurar"?
Aquí también debemos
distinguir cuidadosamente entre la perspectiva de fe, por una parte,
y la perspectiva sociológica, por otra; esta última
considera a la Iglesia exclusivamente como un fenómeno histórico.
Solamente la fe nos permite descubrir
el "misterio de la Iglesia". De esta Iglesia es de la que
habla el Credo cuando dice: "Creo en la Iglesia una, santa, católica
y apostólica".
La Iglesia de la fe es la heredera
de la promesa de Jesucristo: "Estaré con vosotros cada
día hasta el fin de los siglos". Ella permanece animada
por el Espíritu que continúa siéndole indisolublemente
fiel para conducirla a la plenitud de la verdad.
Desde el primer capítulo de
su Constitución Lumen Gentium, el Vaticano II tuvo cuidado
de definir a la Iglesia como misterio, antes de describir los demás
aspectos que se derivan de su esencia. Nunca debe perderse de vista
este orden de los capítulos, tal como muy oportunamente recordaba
Mons. Quinn, actual Presidente de la Conferencia de obispos de los
Estados Unidos:
"Es importante hacer notar que
el Concilio Vaticano II no empezó su exposición sobre
la Iglesia con el pueblo de Dios, tal como por error se afirma frecuentemente.
El Concilio empezó a estudiar a la Iglesia como misterio. La
Iglesia como misterio de Dios es el sostén de todo el magisterio
del Concilio. Es una realidad oculta en Dios, manifestada en Jesucristo
y ampliamente difundida por el poder del Espíritu Santo.”
(6)
Debemos por tanto abstenernos de
usar un lenguaje que pudiera hacer creer que la Iglesia de hoy debe
restaurarse como un viejo castillo cuyas paredes sé tambalean,
como si la Iglesia hubiera sido abandonada por el Espíritu,
o como si su misma "unidad" no fuera un atributo de origen,
inherente a su constitución.
La unidad, así como la santidad,
de la Iglesia no se han de entender situadas al final de nuestros
esfuerzos: se trata de dones de Cristo otorgados desde un principio
a su Iglesia.
Así como la santidad de la
Iglesia no es la suma de las santidades acumuladas de sus miembros,
así tampoco la unidad de la Iglesia es un ideal remoto a conseguir,
ni una unidad que deba hacerse o rehacerse por nosotros, sino una
unidad que es don de Dios, y que nos impone su lógica y sus
exigencias.
El ecumenismo estaría condenado
al fracaso -sobre este punto la Iglesia Ortodoxa está de acuerdo
con la Iglesia Católica- si olvidara estas verdades eclesiales
de base y tratara de presentarse como un esfuerzo combinado para crear
una Iglesia del futuro.
Mons. Philips, el principal redactor
de la Lumen Gentium, hablando de la unidad de la Iglesia escribe en
su comentario:
"Su unidad (la de la Iglesia)
debe por tanto comprenderse también en un sentido dinámico:
es una tuerza que emana del Espíritu Santo infundido en la
Iglesia. Si Cristo es uno, su Iglesia debe ser una, y cada día
debe serlo más: he aquí en germen todo el ecumenismo".
(7)
La unidad es al mismo tiempo un don
y una tarea, una realidad poseída y una realidad por conseguir.
Los esfuerzos para recomponer la unidad se sitúan en el plano
de la visibilidad y de la historia y no en lo íntimo de su
misterio.
10. c. La unidad fundamental.
Como decíamos, la unidad de la Iglesia es compatible con un
pluralismo en el campo litúrgico, canónico y espiritual.
Pero en cambio requiere, sin compromiso posible, una unidad fundamental
en la fe. No decimos en la teología, puesto que la Iglesia
acepta una pluralidad de teologías, siempre que quede a salvo
la fe. Es por tanto importante deslindar bien lo que constituye lo
esencial de la fe.
El Cardenal Ratzinger escribía
con mucha razón que "el ecumenismo sólo tiene consistencia
si concede plena importancia a la obligación de compartir en
la Iglesia una fe común".
A continuación, en las mismas
líneas está la siguiente declaración de Theological
Renewal, una revista Protestante para carismáticos: "Una
unidad basada en la experiencia a expensas de la doctrina sería
bastante menos que la unidad que contempla el Nuevo Testamento, y,
en último término, resultaría peligrosa".(8)
Pero es precisamente con respecto a esta unidad de fe necesaria que
puede darse una ambigüedad peligrosa. Fácilmente podemos
caer en la tentación de deslindar lo que reputamos "esencial"
de la fe, situando nuestras divisiones y las verdades controvertidas
en el terreno de lo secundario y de lo accidental. Es imposible establecer
semejante ecuación, como si "fundamental" equivaliera
a "lo que es común".
No existe un cristianismo "genérico",
algo así como un residuo de diferencias que sólo serían
variantes accesorias. Cristo fundó una sola Iglesia, con todo
lo que ella comporta. Nuestras divisiones, que siguen siendo un escándalo,
no nos autorizan a definir lo esencial y lo accesorio en función
de los cambiantes accidentes de la historia. Habrá que recordar
esta exigencia en el capítulo que trata de las directrices
pastorales.
Constituiría la negación
del auténtico ecumenismo el que los cristianos sólo
pudieran llegar a reunirse sobre la base del más reducido común
denominador. Ello podría incluso llegar a desembocar en un
cristianismo sin Iglesia, y hasta sin bautismo, o en una súper-Iglesia
sin fundamento.
Es necesario que la vía de
acceso a la unidad permanezca bien despejada, si se quiere que cada
uno lleve a cabo las experiencias de acercamiento, sin confusión
doctrinal y guardando las necesarias fidelidades.
'''La primera ley del ecumenismo
es respetar la fe sincera del otro: en realidad la estamos ya ofendiendo
cuando clasificamos como accesorio todo lo que nos divide, sin hacer
las v necesarias distinciones.
Declarar, por ejemplo, "fundamental":
- un cristianismo que acepta a Cristo
pero no a la Iglesia,
- la Palabra de Dios pero no la Tradición viva, que la/ sostiene
y sirve de vehículo, a la vez que se somete a ella,
- los carismas del Espíritu pero no la estructura ministerial
y sacramental de la Iglesia,
es pedir, ya de entrada, al católico, que reniegue a los puntos
esenciales de su fe y conducir el diálogo ecuménico
a un callejón sin salida.
11. d. Jerarquía de
las verdades. Todo eso no contradice, de ninguna manera el
hecho de que todas las verdades no son igualmente ciertas. El Concilio
Vaticano Il habló con mucha razón de una "jerarquía
de verdades".
"En el diálogo ecuménico
-se dijo allí- los teólogos católicos, fieles
a la doctrina de la Iglesia, al tratar con los hermanos separados
de investigar los divinos misterios, deben proceder con amor a la
verdad, con caridad y con humildad. Al confrontar las doctrinas no
olviden que hay un orden o "jerarquía" de las verdades
en la doctrina católica, por ser diversa su conexión
con el fundamento de la fe cristiana. De esta forma se preparará
el camino por donde todos se estimulen a proseguir con esta fraterna
emulación hacia un conocimiento más profundo y una exposición
más clara de las incalculables riquezas de Cristo" (Decreto
sobre el Ecumenismo, nº 11).
Queda aquí una puerta abierta
para el acercamiento. A condición de que comprendamos exactamente
lo que significa "jerarquía de verdades”
En el contenido de la Revelación
no hay verdades más o menos reveladas; y todo lo que Dios nos
comunica merece ser igualmente creído.
Todas las verdades deben ser creídas
con la misma fe, pero no todas ellas ocupan el mismo lugar en el misterio
de la salvación. Están más o menos íntimamente
y más o menos directamente referidas a Cristo y, a través
de Él, al misterio trinitario. Algunas verdades conciernen
a la misma substancia de la vida cristiana, mientras otras pertenecen
al orden de los medios para alcanzar este fin. Finalmente, hay una
jerarquía de verdades en lo abstracto, tal como pueden establecerla
los teólogos, y una jerarquía concreta tal como la viven
los cristianos corrientes. Los dos procesos no son idénticos.
Es una cuestión que los teólogos deben profundizar más,
pero que nos ofrece una pista ecuménica que interesa seguir.
En lo que nos concierne, es importante
hacer notar que la Iglesia, como institución animada por el
Espíritu, es uno de los misterios fundamentales del cristianismo.
No se la puede considerar por tanto como una superestructura y clasificarla
como de categoría secundaria, aún cuando el pecado de
los hombres oscurezca su valor de signo. La Iglesia está en
el centro de las enseñanzas del Nuevo Testamento, por el solo
hecho de que Cristo continúa su vida en ella por su Espíritu.
El ministerio eclesial no es tampoco
una especie de armazón; no corresponde únicamente a
una necesidad de orden funcional: en sus rasgos fundamentales pertenece
a la esencia de la Iglesia y por ello no puede hacerse a un lado para
ceder su lugar a un liderazgo carismático, por muy valioso
que éste fuera. Este ministerio eclesial es un ministerio de
presidencia y de unidad, fundado sobre una ordenación sacramental
que estructura desde dentro a la comunidad. Su misión inalienable
es hacer converger los carismas para edificar la Iglesia y hacer de
ella una comunión en el Espíritu Santo.
14. e. ¿Es verdad que
la doctrina separa y que la acción une? Hubo un tiempo
que en los medios ecuménicos se repetía con agrado el
estribillo según el cual "la doctrina separa mientras
que la acción une". De la anterior afirmación sacaban
la conclusión de que era necesario dejar de lado las cuestiones
doctrinales y contentarse con aspirar a una colaboración en
el terreno práctico.
En un importante informe al Comité
General del Consejo Ecuménico, el pastor Lukas Vischer acaba
de afirmar sin rodeos que es preciso prevenirse contra este género
de simplismo, y escribe así:
"Recientemente, esta consigna
(la doctrina separa, la acción une) ha experimentado con frecuencia
una inversión. Habiendo demostrado la experiencia que la acción
conduce a las Iglesias a nuevas formas de división, se ha llegado
a la afirmación algo sorprendente de que es la doctrina lo
que une y la acción lo que separa. Pero estos dos slogans,
¿no son, en realidad, tan erróneos el uno como el otro?
¿No descansan ambos sobre una extraña separación
entre fe y acción? ¿El error contenido en el primer
slogan, no es, a fin de cuentas, el mismo que aparece en forma invertida
en el otro? En el fondo, también en la acción es la
fe lo que está en juego. y en el origen de las diferentes opciones
de acción en el mundo se encuentran diferentes teologías,
cristologías, y pneumatologías. Tanto hoy como ayer,
las Iglesias están llamadas a encontrar los medios de confirmarse
mutuamente en la común fe apostólica. Alguna forma de
consenso es necesaria. Los conflictos que hoy en día rodean
la acción de la Iglesia, lejos de hacer superfluo el consenso,
lo hacen aparecer más urgente que nunca." (9)
2. ¿Por qué es necesaria una unidad visible?
13. a. Unidad invisible y visible. Ante la dificultad
de unir a la Iglesia, más de una vez se ha intentado recurrir
a la unión puramente espiritual de los cristianos por encima
de las demarcaciones confesionales. Esto es desconocer la verdadera
naturaleza de la Iglesia. El Vaticano II, en la Lumen Gentium, ha
subrayado fuertemente el lazo entre los dos aspectos, visible y espiritual,
de la misma Iglesia, con estas palabras:
"Cristo, Mediador único,
estableció su iglesia santa, comunidad de fe, de esperanza
y de caridad en este mundo con una trabazón visible y la mantiene
constantemente, por la cual comunica a todos la verdad y la gracia.
Pero la sociedad dotada de órganos jerárquicos, y el
Cuerpo místico de Cristo, reunión visible y comunidad
espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia dotada de bienes celestiales,
no han de considerarse como dos cosas, porque forman una realidad
compleja, constituida por un elemento humano y otro divino: Por esta
profunda analogía se elimina al Misterio del Verbo encarnado.
Pues como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino como órgano
de salvación a Él indisolublemente unido de forma semejante
la unión social de la Iglesia sirve al Espíritu de Cristo,
que la vivifica, para el incremento del cuerpo (Cf. Ef 4,16).
"Ésta es la única
Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos una, santa,
católica y apostólica.” (Lumen Gentium, nº
8).
14. b. La institución
y el acontecimiento. En la visión cristiana de la
salvación, la oposición entre Espíritu e institución,
entre inspiración y estructura, es inaceptable y donde quiera
que se manifieste (lo que a veces ocurre) debe ser superada:
Como ha señalado certeramente
un teólogo suizo, de tradición reformada, el profesor
Jean-Louis Leuba, de Neuchtel (10), el acontecimiento de la salvación
toma cuerpo en una institución histórica, que es su
memoria, da testimonio de él y es su signo en el corazón
del mundo y de la historia.
E inversamente, la institución
debe permanecer abierta al acontecimiento del Espíritu, que
es el único que puede volverla fecunda y significante. La Iglesia
es la comunidad en la que el Espíritu Santo obra a la vez por
medio de los carismas institucionales constantes y por medio de los
dones del Espíritu, ordinarios y extraordinarios, que manifiestan
su presencia y su poder.
En una palabra, el Espíritu
siempre se nos da para reunificar y purificar sin cesar las estructuras
institucionales que aseguran la cohesión y el crecimiento del
Cuerpo de Cristo en este mundo, para hacerlas cada vez más
transparentes al misterio que deben manifestar.
3. ¿Qué se debe entender por "Iglesia
de Jesucristo"?
15. Antes del Vaticano II, los teólogos
católicos acostumbraban a identificar Iglesia de Jesucristo,
Cuerpo Místico de Cristo, con Iglesia Católica Romana,
y esta identificación era frecuentemente presentada como absoluta,
exclusiva. Se trataba de un endurecimiento doctrinal como consecuencia
de la lucha contra los que disociaban erróneamente Iglesia
jurídica e Iglesia de la caridad, Iglesia-institución
e Iglesia de la libertad espiritual.
A partir del Vaticano II, bajo la
influencia del movimiento ecuménico y gracias a un entendimiento
más matizado del misterio de la Iglesia, la posición
católica puede resumirse en estas palabras tomadas de la Lumen
Gentium, n° 8:
"Esta Iglesia (de Jesucristo),
constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, permanece
en la Iglesia Católica, gobernada por el sucesor de Pedro y
por los obispos en comunión con él".
La introducción del permanece
en puede ilustrar mucho a los demás cristianos acerca de la
eclesiología de los católicos. Si los Padres conciliares
no aceptaron la fórmula que se les proponía a saber:
el Cuerpo místico es la Iglesia Católica fue debido
a que consideraron que esta identificación sin matices no expresaba
íntegramente el misterio de la Iglesia.
Es también digna de tenerse
en cuenta la razón que se adujo para este cambio. "El
informe oficial dice que se dio lugar al cambio porque en las demás
Iglesias cristianas se encuentran también elementos constitutivos
de la Iglesia. Por lo demás, debe observarse que en diferentes
ocasiones el Concilio habla de "Iglesias" cristianas o de
"comunidades eclesiales", en el sentido teológico
de estas expresiones. En las perspectivas que dejamos señaladas,
podemos por tanto decir con J. Hoffmann:
"Creemos que la Iglesia Católica
es la Iglesia donde permanece plenamente la única Iglesia de
Cristo y que la realidad propia del misterio eucarístico se
da en ella con plenitud. Pero no es menos cierto que hay distancia
-en tensión dinámica- entre la plenitud de medios de
salvación, que creemos se dan en la Iglesia Católica,
y su concreta realización histórica; entre la plenitud
del don eucarístico y su actualización en la fe y en
la caridad de los creyentes" .(11)
Para llegar a un buen entendimiento
con nuestros hermanos separados, es indispensable que ellos sepan
cómo concibe la Iglesia de Roma su propia identidad.
La seguridad de permanecer esencialmente
fiel a la Iglesia querida por Jesucristo, de ninguna manera impide
proseguir la búsqueda de los medios para restaurar la unidad
visible con las otras comunidades cristianas, en inserción
real aunque imperfecta en lo que consideramos el tronco del árbol
plantado por el Señor, "junto a corrientes de agua, que
da a su tiempo el fruto", y "jamás se amustia su
follaje" (Salmo 1), a pesar de la debilidad y la miseria de los
hombres que tan mal han correspondido, en el curso de la historia,
al don de Dios que se les había confiado.
En otras palabras, indudablemente
más simples, podemos concluir que: por razón de los
muchos bienes eclesiales que ya poseen en común -como el Bautismo,
el Evangelio, los dones del Espíritu, etc.- todas las Iglesias
cristianas, comprendida la Iglesia Católica Romana, viven desde
ahora en una comunión real aunque imperfecta. Todos los esfuerzo
del movimiento ecuménico tienden a conseguir que esta unión
real sea cada vez menos imperfecta a fin de que llegue el día
en que, habiéndose alcanzado las condiciones suficientes para
la unidad esencial de fe y de constitución, todos puedan celebrar
juntos la restauración de la unidad v vivir fraternalmente
en la Iglesia una y única de Jesucristo. (12)
SIGUIENTE...
NOTAS:
(1) JULIÁN GARCÍA HERNANDO, Renouveau
Charismatique el Oecuménisme, en "Unité Chrétienne",
N° 48, Nov. 1977, p. 53.
(2) La Documentation Catholique, 15 Enero 1978, p. 54
(L’Osservatore Romano, 23 diciembre 1977).
(3) El distinguido teólogo anglicano de Oxford,
JOHN MACQUARRIE ha consagrado un libro reciente a demostrar que diversidad
no es sinónimo de división. Su título es Christian
Unity and Christian Diversity, Ed. Westminster Press, Philadelphia
1975, U.S.A.
(4) Doc. Cath., 15 de mayo 1977, p. 457 (L’Osservatore
Romano, 29 abril 1977).
(5) Doc. Cath., 7 septiembre 1969, p. 765 (Osservatore
Romano, 28 julio 1969).
(6) Arzobispo JOHN QUINN. Characteristics of the Pastoral
Planner, en "Origins", 1 Enero 1976, vol. 3, N° 28,
p. 439.
(7) Mons. YHILIY5, L'Eglise et son mvstére au
deuxiéme Concile du Vatican, Desclée de Brouwer, 1967,
t.l. comentario al n° 8 de Lumen Gentium
(8) J. RATZJNGER, The future of Ecumenism, p. 204,
y Theological Renewal. N° 68, Abril-Mayo 1977.
(9) Doc. Cath., 15 Enero 1978, p. 65. Informe de LUKAS
VISCHER con el título: Baptême, Eucharistie, Ministére,
où en sommes-nous sur la voie du consensus?.
(10)L'lnstitution et l'Evénement, Ed. Delachaux
et Nestlé, Neuchátel 1950
(11) J. HOFFMANN, Revista "Unité Chrétienne",
Febrero 1977, p. 63.
(12) Se puede leer con gran interés el artículo
del P. LANNE. O.S.B. Consultor del Secretariado para la Unidad de
los Cristianos: Le Mystére de l'Eglise et de son unité,
en "Irenikon—, 1973, n" 3.