| LA
TRINIDAD GLORIFICADA Ceferino
SANTOS, S.J. Hemos
pasado estos tres días de la XXII Asamblea de la RCC de España glorificando
a la Trinidad Santa del único y eterno Dios, unidos a toda la Iglesia
universal que ha dedicado este año 2000, siguiendo los deseos de Juan
Pablo II, a "la glorificación de la Trinidad, de la que todo
procede y a la que todo se dirige, en el mundo y en la historia" (TMA
# 55). Podríamos decir con el libro del Éxodo: "Este lugar por mi gloria
ha sido consagrado" (Ex 29,43). Modos de
glorificar a Dios Dios ha sido
glorificado, en primer lugar, con palabras y gritos de júbilo,
con aplausos, aclamaciones y cantos: "Salmodiad a la gloria de su nombre"
(Sl 66,2). "¡Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo!"
era el grito y el lema de la Asamblea. Cuando Cristo Eucaristía era
elevado ante el pueblo, todos prorrumpían en aclamaciones de la fe y
el amor, que daban gloria al Señor escondido en las especies sacramentales.
No se trataba sólo de alabanzas realizadas con los labios, sino de una
glorificación de Cristo Sacramentado que brotaba del corazón. Éste es
un primer modo de glorificar a Dios: con nuestros labios y con nuestro
espíritu. Hay aún otro
modo más perfecto de glorificación de Dios, dándole gloria con nuestras
obras buenas. "Que los hombres vean vuestras buenas obras y glorifiquen
a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5,16). "La gloria de
mi Padre está en que deis mucho fruto y seáis mis discípulos" (Jn
15,8). ¡Benditas obras buenas y frutos del Espíritu que glorifican a
Dios por la gratuidad inmerecida de nuestro Dios y por nuestra correspondencia
a su gracia! Esta glorificación de la Trinidad Santa con obras de amor,
de fe, de sacrificio y de muerte a nuestro egoísmo es algo muy importante
en la vida de los hijos de Dios. Pero todavía es una glorificación pobre,
tanto por la grandeza de Dios, como por nuestra pequeñez e imperfección,
que hace que el mejor escribano eche un borrón. En tercer
lugar y como un modo superior de glorificación a la Trinidad de Dios
está la glorificación a Dios con nuestras vidas. "El hombre viviente
es la gloria de Dios", decía San Ireneo de Lyon. Cuando en la vida y
en la muerte seamos plenamente del Señor (Rm 14,8), glorificaremos a
Dios en nuestras vidas y no le daremos gloria a Dios con algo nuestro,
sino entregando nuestras mismas personas, primero a Dios, luego, a vosotros
(2 Co 8,5). Cuando todo
nuestro ser glorifique a Dios, entonces "seremos alabanza de su gloria"
(Ef 1,12). ¿Se puede
hacer aún algo más para glorificar a Dios? -Sí; Dios puede ser glorificado
desde sí mismo y con su gloria eterna y esencial, intrínseca a la Trinidad,
infinita y maravillosa. Dios no puede ser glorificado plenamente si
no es con su propia gloria. ¿Cómo puede
ser esto posible? Tendremos que examinar la gloria misma de Dios y su
actuación dentro del Misterio Trinitario. La gloria
en el seno de la Trinidad El Padre
en su comunicación trinitaria entrega y trasmite al Hijo toda su gloria
divina. El Hijo la recibe plenamente y la devuelve al Padre como gloria
única. La gloria recíproca del Padre
y del Hijo es gloria única del Espíritu Santo, que se la comunica íntegra
al Padre y al Hijo. Esta comunicación de gloria en la Santísima Trinidad
integra la misma e íntima vida divina. 1. Nuestra glorificación
de la Trinidad ha de seguir el modelo de la glorificación trinitaria
en el seno de Dios. Veamos la comunicación de la gloria de Dios al Hijo. El Padre
entregó al Hijo su inmensa gloria, llena de gracia y de verdad (Jn 1,14).
El Padre es quien glorifica a Cristo (Jn 8,54). Pero Cristo, a pesar
de ser de condición divina, se despojó de su rango y se humilló a sí
mismo, devolviendo al Padre la gloria recibida (Flp 2,6-8). El Padre,
glorificado por el Hijo en su humildad, le devuelve a Cristo la gloria
que tenía en Él antes de que el mundo fuese
(Jn 17,5) y le constituye Señor para gloria de Dios Padre (Flp 2,11)
y Le resucita por medio de la gloria del Padre (Rm 6,4). Cristo en
la Eucaristía vuelve a esconderse y a humillarse entregando su gloria
al Padre, y éste vuelve a devolvérsela como a Hijo amado: "Es mi Padre
quien me glorifica" (Jn 8,54). Nosotros, con el Padre, glorificamos
a Cristo en el escondimiento de su Custodia
y Le aclamamos como digno de todo honor y gloria: "¡A Él la gloria por
los siglos!" (Rm 11,15). No podemos
negarle su gloria como Hicieron sus paisanos de Nazaret, al ver los
prodigios de sus manos (Mc 6,2). Nos unimos al Padre para devolverle
a Hijo la gloria que merece. El Hijo,
por su parte, nos da la gloria que el Padre le dio (Jn 17,22).
¿Con qué fin? Para que seamos uno (Ibid.). La gloria de Dios en nosotros
echa fuera todo lo que sea gloria personal, rivalidades, egoísmos, discordias,
críticas y pequeñeces. Es demasiado grande la gloria de Señor para convivir
con nuestro pecado y divisiones. Entonces todos quedamos unificados
por la gloria sobre eminente de Dios que ha borrado nuestros egoísmos.
Pero si Cristo nos comunica su gloria para que seamos uno, ¿por qué
no lo somos? Porque retenemos para nosotros la gloria de Dios, la mezclamos
con la nuestra humana, y así rompemos la unidad eclesial. Todos los
cismas en la Iglesia y nuestras desuniones brotaron de apropiaciones
de la gloria de Dios sin devolvérsela a Él plenamente. ¿Qué hemos,
pues, de hacer? Devolver del todo la gloria a su dueño, a Dios. Así
lo hizo Cristo para darnos ejemplo. La gloria de Dios no es nuestra.
Tiene dueño y el Señor no cede su gloria a otro (Is 42,8). Cuando retornamos
a Dios su gloria, todos estamos unidos en una dinámica de comunicación
trinitaria y, entonces, además de glorificar al Hijo, glorificamos al
Padre. Entonces somos plantación de Jahveh para manifestar su gloria
(Is 61,3). Nuestra vida ha de ser "manifestación de la gloria del gran
rey y Salvador nuestro Jesucristo" (Tt 2,13) y a Él le devolvemos toda
la gloria que se nos ha revelado y comunicado. 2. Tenemos
también que glorificar al Padre, imitando a Jesucristo. En Jesús,
Dios Padre ha sido glorificado (Jn 13,31). "Yo Te he glorificado en
la tierra, dice Cristo, llevando a cabo la obra que me encomendaste"
(Jn 17,4). San Pedro desea que Dios Padre sea glorificado en todo por
Jesucristo, a quien corresponde la gloria y el honor por los siglos
(1 P 4,11). El Padre es glorificado por el Hijo, y el Padre le devuelve
esta gloria al Hijo. En el Hijo reposa la "gloria del Sumo Sacerdocio"
(Hb 5,5), que restituye plenamente al Padre. Es la comunicación intratrinitaria
de la gloria de Dios en la Santísima Trinidad. Porque "Dios
ha sido glorificado en Jesús, Dios lo glorificará en sí mismo y le glorificará
pronto" (Jn 13,32). La comunicación de la gloria del Padre al Hijo y
del Hijo al Padre es el modelo de la glorificación de Dios que ha de
darse en nuestras vidas. Hemos
sido creados "para ser alabanza de su gloria" (Ef 1,12). Hemos de reflejar
como en un espejo la gloria del Señor (2 Co 3,18), pero como el espejo
devolvemos a su fuente toda la gloria recibida. Si no lo hacemos así,
la imitación de la vida trinitaria se colapsa en nosotros. También el
mundo ha sido creado para la gloria de Dios (C. Vaticano I: DS 3025).
Dios ha creado todas las cosas, explica San Buenaventura, ..."no para
aumentar su gloria, sino para manifestarla y comunicarla" (CatEC 293).
Esta comunicación de su gloria no es para que las criaturas se la apropien.
"Mi gloria a otro, no la cedo" (Is 42,8). Como pueblo sacerdotal le
reintegramos a Dios su gloria en el mundo. A Dios
Padre se debe "la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por los siglos
de los siglos" (Ef 3,21). 3. El Padre
y el Hijo comunican toda su gloria al Espíritu Santo. Es la gloria
recíproca del Padre y del Hijo comunicada al Espíritu Santo. Y ¿cómo
actúa el Espíritu lleno de la gloria de Dios
Padre y de Dios Hijo? Se la devuelve a ellos en plenitud. "El Paráclito
me dará gloria porque recibirá de lo mío", dice Cristo (Jn 16,14). El
Padre y el Hijo devuelven la gloria al Espíritu divino y éste nos la
comunica a nosotros: "El Espíritu de gloria, que es el Espíritu de Dios,
reposa sobre vosotros" (1 Pe 4,14). Y así es como actúa el Espíritu:
nos va transformando en esa misma imagen de la gloria del Señor cada
vez más gloriosos (2 Co 3,18). Pero no somos
propietarios de la gloria que el Espíritu nos comunica; a Él se la devolvemos
y Él la comunica la Padre y al
Hijo, que a su vez la trasladan al Espíritu y a nosotros. Como el Espíritu
devuelve la gloria al Padre y al Hijo, nosotros se la devolvemos al
Espíritu Santo de Dios. No podemos quitarle nada de la gloria que es
suya. Fue Satanás
con sus ángeles, quien quiso retener para sí la gloria de Dios y se
perdió por su soberbia. Fue María la que no retuvo nada de la gloria
de Dios y se la devolvió íntegra a la Trinidad Santa, que miró la humillación
de su esclava y la plenificó de su gloria. Señor, "delante de tu gloria,
siempre va la humildad" (Pr 15,33; 18,12). Es el orgullo del hombre
el que quiere retener la gloria que Dios nos da y, además, quiere adornarse
con la gloria que Dios comunica a los otros, haciéndolos secuaces suyos
y no discípulos de Cristo. Así quitamos a Dios su gloria y creamos la
división entre los hombres. Al devolverle a Dios toda su gloria nos
unificamos con la Santísima Trinidad en una comunicación mutua de su
única gloria. Es maravilloso
que por el despojamiento de nuestra gloria y por su devolución a Dios,
Él sea glorificado en nosotros como lo fue en Jesucristo. Al devolver
al Padre, al Hijo y al Espíritu todo honor y toda gloria, se da en nosotros
una comunicación con la Trinidad Santa, que nos santifica y trasforma:
Dios vendrá "a ser glorificado en sus santos" (2 Ts 1,10) que no le
quitaron nada de su honor y de su gloria.
Conclusión "Démosle
a Él toda la gloria, porque han llegado las Bodas del Cordero" (Ap 19,7).
La gloria de Dios no es para nosotros, sino para devolverla toda a la
Trinidad Santa. La gloria de las cosas de Dios no es para un individuo,
ni para un grupo de la Renovación ni para una comunidad, ni para
toda la Renovación. Toda la gloria es sólo de Dios. La gloria y el honor
de Dios no son tampoco para mi diócesis ni para mi Obispo ni para toda
la Iglesia. Son sólo para Dios. Así, por el vacío de la gloria recibida
Dios es glorificado. "Al que está sentado en el Trono y al Cordero: alabanza,
honor, gloria y potencia por los siglos" (Ap 5,13). El ejercicio de la
glorificación de la Trinidad va a cambiar nuestras vidas, nuestra Renovación
y nuestras Iglesias en este año Jubilar. ¿Es que no vemos cómo todavía
cada Iglesia cristiana busca su gloria y no se abaja a pedir perdón a
las diferentes Iglesias? ¿Es que no percibimos aún cómo cada grupo de
la Renovación busca su gloria y aprobaciones eclesiales y de los responsables
frente a otros grupos? ¿Es que no nos descubrimos muchas veces buscando
nuestra propia gloria y nuestro prestigio personal, olvidándonos de la
gloria exclusiva de Dios? Cristo no
buscó su gloria; se despojó de ella y se la entregó a su Padre: "Si yo
me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada; es mi Padre quien
me glorifica" (Jn 8,54). Cuando nosotros no busquemos nuestra gloria,
Dios será glorificado en nosotros. Hoy la Trinidad Santa de Dios comienza a ser glorificada, cuando no aceptamos la gloria unos de otros, sino que buscamos la gloria que viene del único Dios (Jn 5,44) y a Él se la retornamos íntegra. Cuando la comunicación de la gloria de Dios entre él y nosotros sea perfecta, veremos cómo se cumple el objetivo de este Año Santo y jubilar: la glorificación de la Trinidad y la divinización de nuestras vidas. Que así sea. (Homilia pronunciada en la Eucaristía final de la Asamblea. 2000. "Nuevo Pentecostes", nº 69)
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