PERFUME DE DIOS: EL ESPÍRITU.

Ceferino SANTOS

En el mundo actual, invadido por una atmósfera deletérea y contaminada en tantos países y ciudades, muchos Congresos y convenciones tratan de proteger con una defensa eficaz el medio ambiente, de purificarlo limitando las fuentes de contaminación. Hace años se luchaba contra el aire infecto y mal oliente en estancias o edificios mal ventilados con el uso de colonias, bálsamos y perfumes. El uso del Botafumeiro, cargado de incienso, en la Catedral de Santiago de Compostela, algo tuvo que ver con las aglomeraciones de peregrinos y caminantes que llegaban polvorientos y sudorosos a venerar los restos del Apóstol. De manera parecida, en un mundo moralmente contaminado se necesita como antídoto a un ambiente enrarecido con la pestilencia del desorden y el pecado, el remedio del perfume santificador y balsámico del Espíritu Santo de Dios. Dentro de la riquísima variedad de aspectos y matices que encierra el Espíritu divino no ha de extrañarnos que la Sagrada Escritura hable del perfume de la divinidad para manifestar bajo este símbolo sentidos espirituales y misteriosos de la vida de Dios en nosotros.

El perfume divino del Espíritu en Cristo.

Cristo exhala en sí el perfume divino de la sabiduría de Dios, con la que se identifica. En el libro del Sirácida, o Eclesiástico, la divina sabiduría se simboliza en un conjunto de perfumes: "Cual cinamomo y aspálato, o retama aromática, he dado fragancia; cual mirra exquisita he dado buen olor, como gálbano, ónice y estacte, como nube de incienso en la tienda santa" (Si/Eclo 24,15), así también es Cristo, Sabiduría de Dios. El Cantar de los Cantares reconoce que las doncellas corren al olfato de los perfumes del Amado, porque ungüento derramado es su Nombre (Ct 1,3). Los comentaristas aplican el pasaje a Cristo, ungido con el perfume de la divinidad y la realeza. San Juan de la Cruz recuerda que el alma, esposa y doncella, no sólo se reclina en lecho florido y perfumado, sino "en la misma flor, que es el Hijo de Dios, la cual tiene en sí divino olor y fragancia y gracia y hermosura (Cántico, canción 24, 1).

La fragancia del Hijo de Dios es el Espíritu divino. San Ambrosio de Milán comenta: "Algunos han pensado que el perfume de Cristo es el Espíritu Santo. Y con razón es perfume ya que se le denomina óleo de alegría (Sl 44,8)... Con razón dice Pedro que Cristo fue ungido con el Espíritu, como está escrito: Sabéis... cómo Dios le ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo (Hch 10,37-38). Así pues, el óleo de la alegría es el Espíritu Santo. Y bellamente lo llamó óleo de alegría, para que no lo consideres una criatura. Pues la naturaleza del óleo es tal que no hay manera de mezclarlo con un líquido de otra naturaleza. Por otra parte, la alegría no unge el cuerpo, sino que ilumina lo íntimo del corazón, como dijo el Profeta: Proporcionaste alegría a mi corazón (Sl 4,8). (...) Cuando el mismo Hijo de Dios dice: El Espíritu de Dios está sobre mí, por lo cual me ha ungido (Lc 4,18), quiere expresar el ungüento espiritual. Por lo tanto, el Espíritu es el ungüento de Cristo" (Ambrosio de Milán), El Espíritu Santo en los Padres de la Iglesia.

El mismo perfume material vertido sobre Cristo simboliza en los evangelios al Espíritu Santo. En cuatro ocasiones se habla en los evangelios, de derramar sobre Cristo un perfume precioso y caro, que representa su unción sagrada con el Espíritu de Dios. La mujer del evangelio de Mateo ‘derrama un perfume muy caro sobre la cabeza de Cristo’ (Mt 26,7), y significa así las unciones de Jesús como sacerdote, profeta y rey por medio del Espíritu, que se hacían en la cabeza. Marcos confirma que una mujer, en Betania, en casa de Simón, el leproso curado, rompe un frasco precioso con perfume puro de nardo, de mucho precio, y lo derrama sobre la cabeza de Jesús (Mc 14,3). En cambio, la mujer pecadora del evangelio de Lucas unge con el perfume de un recipiente de alabastro los pies del Señor (Lc 7,37-38). Lo mismo hace María, la hermana de Lázaro, en la cena de Betania, cuando toma una libra de perfume de nardo puro y muy caro, unge los pies de Jesús y los seca con sus cabellos, y la casa se llenó del olor del perfume (Jn 12,3). Se significa así embalsamamiento anticipado de la víctima sacerdotal y del cadáver de Cristo para su sepultura (Mc14, 8). Como el embalsamamiento afectaba a todo el cuerpo, San Mateo reconoce que se derramó el perfume "sobre el cuerpo de Cristo en vista de su sepultura" (Mt 26,12). Una libra de perfume de nardo era suficiente para ungir la cabeza, las manos, los pies y el cuerpo entero del Señor. Estas fragancias preciosas simbolizan la presencia del Espíritu en el Ungido del Señor. Con el ungüento del Espíritu, "el perfume de la mezcla de muchas gracias, el Dios Padre Todopoderoso ungió al verdadero príncipe de los sacerdotes". El perfume precioso del Espíritu de Cristo no sólo le unge a Él, sino que llena con su olor balsámico toda la casa de la Iglesia, morada del Espíritu. Y cuando Cristo habita en el alma del creyente, también la morada interior de cada hombre queda llena del perfume precioso del Espíritu.

Sentidos espirituales del perfume del Espíritu.

Tanto en la Biblia como en la historia de la espiritualidad resultan evidentes los sentidos simbólicos del perfume relacionado con la divinidad. El doctor Philippe Madre, psiquiatra francés, nos habla de ‘tres sentidos del perfume’ en la Biblia y en el icono milagroso de la Virgen ‘Portaitisa’.

1. Un primer sentido simbólico del perfume se refiere a la alegría espiritual. "En teología bíblica como en teología mística conviene no separar nunca perfume y alegría. El libro de Samuel invita a no perfumarse cuando uno se viste con traje de duelo (2 S 14,2). En el evangelio, Jesús nos dice: ‘Cuando ayunes, perfuma tu cabeza’ (Mt 6,17). Cuando se ayuna, se vive en alegría interior" (Philippe MADRE, Icono de María Puerta del Cielo. En el libro de los Proverbios se afirma que "el aceite y el perfume alegran el corazón" (Pr 27,9).

Una de las características de la presencia del Espíritu Santo en el alma es el gozo y la alegría como frutos del Espíritu de Dios.

2. El perfume es también, y tal vez en primer lugar, el lenguaje del amor, en el que cada variedad es como una palabra de amistad y afecto. En el Cantar de los Cantares, la exhalación del perfume está ligada al don de serlo por amor: ‘Tu nombre, un aceite perfumado que se derrama’ (Ct 1,3)." ‘Por eso te aman las doncellas’. (Ph. MADRE).

El amor se presenta como el primer fruto del Espíritu Santo en las almas. Se puede pedir a Dios el perfume del Amor de Dios en nuestras vidas como fruto balsámico y perfecto del Espíritu. Cuando el Espíritu divino viene al alma como amor de "esposo amado y muy deseado", "entonces la esposa es admitida a admirar aquella hermosura cuya belleza supera todo lo hermoso, a oír aquella armonía cuya dulzura supera toda melodía, a oler aquella fragancia cuya suavidad supera todos los bálsamos..." (Juan de SAN JUAN DE LA LUZ, Tratado del Espíritu Santo .

El Espíritu Santo es el perfume de amor divino, superior a todos los productos aromatizadores y a todas las esencias balsámicas existentes y posibles, materiales y espirituales. San Juan de la Cruz relaciona el amor de Dios con las "emisiones de bálsamo divino": "Enciéndese la voluntad en amar y desear, y alabar, y agradecer, y reverenciar, y estimar, y rogar a Dios con sabor de amor; a las cuales cosas llama ‘emisiones de bálsamo divino’, que responden al toque de centellas salidas del divino amor que pegó la centella, que es el bálsamo divino que conforta y sana al alma con su olor y sustancia".

3. "El tercer sentido del perfume, especialmente en el contexto de fenomenología de orden sobrenatural... es el de manifestación de una presencia, no importa cuál sea" (Philippe MADRE). Se alude con frecuencia en experiencias religiosas a presencias de Jesús, de María, de santos o del Paráclito en forma de perfumes como olores de incienso, de rosas, de azucenas o de nardos. En estos casos, la percepción de perfumes suavísimos manifiesta y simboliza presencias espirituales de Cristo, de María o de los santos bajo una acción misteriosa del Espíritu divino que les llena. (En una adoración multitudinaria ante el sagrario de la Iglesia de Getsemaní, en Jerusalén, en octubre de 1987, un suave olor a incienso llena la iglesia sin que estuviera encendido ningún incensario. La presencia de Cristo sacramentado y ungido por su Espíritu se hizo presente a los adoradores). En la vida de la profesora egipcia, Nahed Mahmoud Netwalli, convertida al cristianismo, ella advierte que cada vez que se le hablaba de Cristo antes de su conversión, notaba un profundo olor a incienso: "Cada vez que Samia me hablaba de Cristo, percibía el olor del incienso. La duda me atenazaba. ¿Por qué este olor iba unido a la conversación referida a Cristo? ¿Qué pasaba? Tal vez Samia escondía algo en su bolso o en su mano, y luego difundía este perfume para convencerme de la verdad de su relato. Me puse a vigilarla mientras me hablaba. ¿Tal vez este olor era fuerte porque nos encontrábamos en un despacho cerrado? La conduje al balcón abierto. Pero me encontré con el mismo perfume, y probablemente más fuerte. Decidí hablar con ella en el jardín del colegio. Pero, cosa extraña; el perfume era más fuerte que en otros momentos. Me convencí de que Samia no era la fuente del perfume, sino que Dios quería confirmar lo que decía" de este modo. (Nahed MAHMOUD METWALLI, Ma rencontre avec le Christ. En estos casos, el Espíritu de Dios remite por medio del símbolo del perfume a una presencia y realidad sagrada, que quiere manifestarse. No se agotan aquí los sentidos espirituales del símbolo del perfume.

4. En cuarto lugar, los perfumes tienen en la Biblia un sentido espiritual de oración y ofrenda, gratas a los ojos de Dios. Así, "las oraciones de los santos son copas de oro llenas de perfumes"(Ap 5,8; 8, 3-4). La ofrenda a Dios de nuestras vidas es perfumada por Dios: "La ofrenda del justo unge el altar; su buen olor sube ante el Altísimo" (Eclo/Si 35,5).

Nuestras oraciones y ofrendas le son agradables al Señor, cuando están ungidas por el Espíritu de Dios, que con su perfume divino transforma nuestras vidas: "Nosotros somos para Dios el buen olor de Cristo entre los que se salvan y los que se pierden" (2 C 2,15).

5. El perfume del Espíritu significa la santidad que brota del Espíritu de Dios y da valor sobrenatural a las virtudes y dones. Ya en al Antiguo Testamento se usaban perfumes, que significaban una unción consecratoria y sagrada (Ex 30,25). El perfume del Espíritu santifica todo lo que toca e impregna. Las virtudes, dice San Juan de la Cruz, son como flores cerradas, que no se abren y dan su perfume hasta que el Espíritu las vivifica: "Podemos decir que están (las virtudes) en el alma en esta vida como flores en cogollo cerradas en el huerto, las cuales algunas veces es cosa admirable ver abrirse todas, causándolo el Espíritu Santo, y dar de sí admirable olor y fragancia en mucha variedad".

Cuando el ámbar perfumea.

San Juan de la Cruz, buen conocedor de los símbolos religiosos, sabe cómo el Espíritu de Dios perfuma con su presencia al hombre interior y a sus virtudes. En la estrofa 18 de su Cántico exclama: "¡Oh ninfas de Judea!, -en tanto que en las flores y rosales -el ámbar perfumea, -morá en los arrabales -y no queráis tocar nuestros umbrales". Luego, en su comentario aclara el Santo el alcance de sus símbolos. "Las flores, como habemos dicho, son las virtudes del alma; los rosales son las potencias de la misma alma: memoria, entendimiento y voluntad, las cuales llevan en sí y crían flores de conceptos divinos y actos de amor y las dichas virtudes. En tanto, pues, en estas virtudes y potencias del alma... el ámbar perfumea.

Por ámbar se entiende aquí el divino Espíritu del Esposo que mora en el alma; y perfumear este divino ámbar en las flores y rosales es derramarse y comunicarse suavísimamente en las potencias y virtudes del alma, dando en ella al alma perfume de divina suavidad". Importa que el perfume de ámbar y jazmín del Espíritu de Dios perfume nuestras almas con su presencia para que le seamos gratos: "Mucho es de desear este divino aire del Espíritu Santo y que pida cada alma [que Él] aspire por su huerto para que corran divinos olores de Dios".

Cada encuentro con Dios es un momento privilegiado para perfumarse con el aroma divino del Espíritu Santo. Existen productos aromáticos que ahuyentan los insectos de nuestra piel; así el perfume del Espíritu aleja a Satanás y sus ángeles de nosotros. El olor del incienso quemado con el corazón del pez misterioso, que ardía en un brasero, ahuyentó de la alcoba de Tobías y de Sara, al demonio que había asesinado sucesivamente a los siete anteriores esposos de Sara (Tb 8,2-3). El perfume del Espíritu Santo aleja los espíritus del mal y vivifica y aromatiza las virtudes, los dones y los frutos maduros del Espíritu en las almas. Es práctica espiritual útil perfumar con el aroma divino del Espíritu a los enfermos, a los abandonados, a los pecadores, a los moribundos y a los que tienen el corazón roto y afligido. El bálsamo perfumado del Espíritu sana, libera y vivifica a los que lo reciben.

María, la Portaitisa perfumada por Dios.

María, Puerta de Dios y llena del Espíritu Santo, rebosa por lo mismo de los suaves y embriagadores perfumes de la divinidad. Ella es también fiel trasmisora de la acción curativa del Espíritu con el óleo perfumado que la unge. Dios ha querido manifestar estos dos aspectos en el icono de María, la Portaitisa, que "es un mensaje de Dios para nuestro tiempo".. La Portaitisa es un icono de la Virgen, recogido del mar en monasterio de Monte Athos el 981. Tal vez, en la gran controversia iconoclasta de los siglos VIII y IX, la imagen fue arrojada al mar. Un milenio después del hallazgo, en 1981, comienzan las manifestaciones de un perfume que mana del icono, y que se repiten en la copia (1980), llevada a Québec, en Canadá. Otra reproducción del icono de Québec, llevada en 1985 a Laus, en los Alpes franceses, continúa el fenómeno de manar un líquido oleoso y perfumado desde la mano derecha de la Virgen y desde las rodillas del Niño Jesús, que lleva en su regazo. Este líquido perfumado, símbolo del Espíritu en María, alivia y sana enfermos

El doctor en psiquiatría, Philippe Madre, escribe: "Myriam, en hebreo, es la composición de dos palabras: mir, que significa mirra, y am que quiere decir océano, o también em que quiere decir fuente. María sería, pues, esta fuente de mirra" y de perfume (Dr. Ph. MADRE). Este icono y sus reproducciones son todo un símbolo. María no sólo está llena del perfume y la presencia del Espíritu de Dios, sino que lo rebosa y difunde sobre sus hijos, que se acercan a implorar para que interceda por ellos ante Dios. Myriam, la Portaitisa, no habla, pero emana Espíritu Santo y perfume misterioso, que recogido en algodones empapados, convierte y sana a los ungidos con él. Los que han sido ungidos con el perfume del Espíritu, en el bautismo, la confirmación y en otros momentos de su vida, a imitación de María, tendrían que trasmitir a los otros, en un mundo infecto por el pecado, el olor balsámico y divino que en ellos mora.

Vosotros sois el buen olor de Cristo.

Esta afirmación de San Pablo (2 C 2,15) reclama que el perfume divino de Cristo, que es su Espíritu Santo, esté en nosotros, como lo estuvo en María. La presencia y la actuación del Espíritu Santo en los creyentes ha de ser como un perfume precioso, perceptible en medio del mundo. Dejemos que el Espíritu Santo exhale su perfume de santidad, de alegría y de amor a Dios y a los demás en nosotros. Pidamos emitir el aroma del gozo y de la paz en el Espíritu. Que su bondad y su benignidad perfumen nuestras relaciones humanas con su bálsamo. Que la paciencia y la magnanimidad unjan con su divino olor nuestras comunidades. Que la fe y la fidelidad con Dios y con la Iglesia sean bálsamo para los que se salvan. Que el Señor nos regale la modestia, la castidad y la continencia, que despidan ante el mundo corrompido la fragancia del buen olor de Cristo y de la pureza de su Espíritu.

Y Tú, María, perfume suavísimo del Espíritu de Cristo, ruega por nosotros para que el aroma divino del Paráclito convenza de la verdad a los hombres más que nuestras palabras. Que ese perfume santo nos ayude a discernir con acierto lo que es de Dios y a vivir su presencia viva en el mundo. <

(Nuevo Pentecostés, nº 89)