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LO HUMANO EN LA EXPERIENCIA CRISTIANA DEL
ESPIRITU
4.
La experiencia individual del Espíritu es, sin duda, parte del actuar
general del Espíritu Santo en la Iglesia y por eso adquiere su forma
plena sólo dentro del conjunto de la Iglesia. Por eso, el hombre no debe dejar nunca de vigilar sus impulsos espirituales por lo que estos podrían tener de "sombra": p.ej., el afán de poder o de prestigio, la búsqueda de simpatías u otros intereses personales. De todos modos, Dios no hace nunca los dones de su gracia dependientes de la culpabilidad del hombre que él admite a su servicio. Por consiguiente, no podrá
estar nunca en contradicción con el saber tradicional y la fe de la
Iglesia que están basados en el Espíritu Santo. La
certeza moral que es necesaria para el obrar, sólo se adquiere,
normalmente, a través de un proceso prolongado de comprobación y de
intercambio espiritual con otras personas. Este proceso de clarificación,
a veces doloroso, se debe fundar en la confianza en Dios que obra, al
mismo tiempo, en los individuos y en la Iglesia universal. La experiencia del espíritu
reúne en sí unas experiencias con uno mismo y con los demás. Como dice
Pablo, la creación debe ser "liberada para participar en la libertad
de los hijos de Dios" (Rm 8,21). Pero esta liberación está siempre
en peligro ya que en el hombre bautizado persiste la confusión entre
las experiencias personales y sociales y el encuentro con el Dios vivo:
unos dones naturales o alguna capacidad poco corriente se hacen pasar,
sin darse cuenta, como dones del Espíritu; en la búsqueda de "experiencias
religiosas" domina el deseo de autorrealización y autoidentificación
del individuo. A veces unas experiencias comunitarias y de dinámica
de grupos son identificadas precipitadamente como "experiencias
de Iglesia"; una sensibilidad espiritual o un sentimiento de dicha
interior ya se consideran, sin más, como efectos del Espíritu Santo. Por otro lado, se dejan fuera de la relación
personal con el Dios vivo unos valores naturales humanos y sociales
que van desde la creatividad, al interés por el arte y las tradiciones
eclesiales. En cambio, métodos y técnicas de otras religiones se adoptan
otras veces sin integrarlos convenientemente en el encuentro con Cristo.
En todas las vivencias espirituales están mezcladas experiencias
individuales y comunitarias que deben, sin embargo, quedar bien distinguidas
y no confundidas unas con otras. LA REALIDAD DEL MAL La cuestión de la autenticidad
no debe llevarnos a distinguir solamente entre experiencias del fondo
humano o divino, puesto que el hombre se encuentra también al alcance
de aquella fuerza contraria a Dios que llamamos "espíritu del error"
( 1 Jn 4,6) y "padre de la mentira" (Jn 8,44; Ef 6,12). El
Espíritu Santo como espíritu de verdad, de amor, de entrega personal,
y de alegría nos tiene igualmente unidos a Dios y al prójimo.
Estos signos del Espíritu Santo le diferencian claramente del
Espíritu del Mal. Éste último, como espíritu de mentira, de recelo,
de destrucción, de odio, de egoísmo y de discordia, nos separa de Dios
y de los demás hombres. El seguidor de Cristo en un
proceso de sublimación, va reconociendo cada vez más cuán separado
está de Dios en lo más hondo de su ser a pesar de su vivo deseo de amar
a Dios desde el fondo de su alma. "Pues dentro del corazón del
hombre salen las malas intenciones" (Mc 7,21 ), por eso necesita
la liberación del mal (Mat. 6,13). Hay enemistades y discordias, celos,
egoísmo, disensiones, calumnias y orgullo (Ga 5,19). Allí donde el hombre toma
conciencia, en su fuero interno, de estos impulsos impuros, la influencia
del mal se convierte en experiencia. El influjo del mal se nota, ante
todo, en la tentación de rechazar la oferta de Dios al encuentro con
Él, de desconfiar de Dios y malversar así el don de la libertad. La
desconfianza hacia Dios estuvo en el principio de toda la tragedia humana
y aún sigue en el hombre como fondo activo de todos los argumentos
que le hacen rechazar a Dios. En este fondo se decide el paso de la
duda posible a la desconfianza radical. Este actuar de las fuerzas antidivinas
no se dibuja siempre con claridad en la conciencia humana; muchas veces
se esconde incluso bajo la apariencia de algo bueno. He aquí unos ejemplos: 1. La exageración de lo bueno
y verdadero El "Espíritu de error"
instiga al hombre a hacer alarde de lo bueno y verdadero de forma excesiva
con lo que unas buenas intenciones pueden
tener consecuencias malas. P. ej., cuando uno plantea a su prójimo el
compromiso que debe tener con
Dios de una manera tan exagerada y exigente que le está quitando la
confianza en sí mismo y no ve a Dios como el padre bondadoso que, junto
con la gracia, da también la fuerza para un cambio de vida, sino que
le exige algo que sobrepasa la fuerza natural del hombre. O bien, cuando
uno acentúa demasiado la alegría que produce el Espíritu en su alma,
lo que puede llevar a la autocontemplación y egocentrismo. En una vida
de comunidad, la exposición excesiva de una experiencia del Espíritu
supuestamente venida de Dios, puede conducir a desavenencias
(1 Co 1,12 s). El celo exagerado no hace que lo bueno sea mejor
y lo verdadero más verdad, sino que ambos se conviertan en lo contrario. 2. La supervaloración de lo negativo El "espíritu del error"
puede llevar al hombre a hurgar de tal manera en las cualidades negativas
de su carácter y en el recuerdo de sus experiencias malas y heridas
recibidas, que ya no es cuestión para él de entregarse a la gracia liberadora
y salvífica de Dios. Más bien se llena de desánimo. Cuanto más cuenta se dé el
hombre de la realidad del mal, tanto más necesario le parece el esfuerzo
que exige la lucha para superarlo (Ef. 6,10 s). Pero Dios concede a su Iglesia
"el discernimiento de espíritus" (1Co 12,10; 1 Jn 4,1)
y la fuerza para vencer al mal. Por eso es tan necesario vigilar
contra el "espíritu del error", acudiendo a ese " discernimiento
de la Iglesia" que es un don del Espíritu a la Renovación Carismática.
. (Nuevo Pentecostés, n. 78)
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