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REZAR
CON LA BIBLIA COMO PALABRA DE DIOS SIEMPRE VIVA La "lectio divina" Cristóbal SEVILLA JIMÉNEZ
"...Padre nuestro...concede a nuestro corazón el comprender, discernir, escuchar, estudiar y enseñar, custodiar, practicar y cumplir con amor todas la palabras que nos enseña tu Ley" (Birkat haTorah). Esta expresión "lectio divina", lectura divina, la encontramos por primera vez en una carta de un gran maestro de la interpretación de la Escritura como fue Orígenes que dirige a su discípulo Gregorio (años 233-238): "Dedícate a la "lectio" (lectura) de las divinas Escrituras; aplícate a ello con perseverancia. Si durante ella te encuentras con una puerta cerrada, llama y te abrirá aquel portero del que Jesús tiene dicho: "A quien llama, el portero le abre" (Jn 10,3). Entregándote así a la "lectio divina", busca, con lealtad e inquebrantable confianza en Dios, el sentido de las divinas Escrituras" Con el tiempo, este
modo de leer la Biblia desde la propia vida se organizó en los monasterios
como momento de oración, de manera que fuera el alimento espiritual más
importante de los monjes. Nosotros no somos monjes, pero podemos aprender
de ellos esta lectura llena de sabiduría y de búsqueda sincera de la verdad.
Recuerda que todos, como bautizados, estamos llamados a la vida espiritual
y contemplativa, y podemos dialogar con Dios en nuestro corazón a través
de su Palabra. PRIMERO, BUSCAR UN LUGAR ADECUADO Y REZAR PIDIENDO EL ESPÍRITU SANTO En muchas iglesias se echa de menos un lugar recogido, con luz suficiente, en donde la Biblia o el leccionario de las lecturas del día estén disponibles para la oración.. Tu puedes crear tu propio espacio personal, puede ser incluso tu habitación. Basta simplemente con saber buscar ese momento en donde podemos disponer la mente y el corazón para la escucha. Basta imaginar que mantenemos un diálogo con alguien que amamos y que sabemos que nos escucha. Se puede rezar así, o de otra manera, pero siempre invocando con humildad y docilidad al Espíritu Santo, que es el verdadero maestro de oración: "Señor, Dios nuestro,
te doy gracias ABRIR LA BIBLIA Y LEER ATENTAMENTE EL TEXTO Esto cuesta trabajo, porque el texto resulta, algunas veces, muy alejado de nuestro mundo. No has de olvidar que estamos ante un texto escrito, y no ante la pantalla de un ordenador o de un televisor. Este texto, escrito hace ya tanto tiempo, está muy lejos de las modas publicitarias y de comunicación de hoy. Esto exige la humildad y pobreza de leerlo con paciencia. Tiene que ser una lectura atenta, sin prejuicios. Si cuando se dialoga con una persona se fija uno solamente en cómo viste o en cómo habla, está ya poniendo una barrera. Es bueno utilizar una Biblia que ayude a encuadrar el texto que se quiere leer dentro de su contexto. Un texto es como ladrillo dentro de una pared. Para esto, los títulos puestos por el traductor en letra grande que vienen en nuestras Biblias nos pueden ayudar, pues nos ofrecen una presentación del texto por partes y por temas; según sea una narración, unas palabras proféticas, un evangelio, una oración o salmo, una carta... La Biblia se interpreta con la Biblia, por eso, intentamos buscar otras páginas que nos presenten situaciones parecidas, en el Nuevo o en el Antiguo Testamento. Recordamos acontecimientos o figuras bíblicas (Moisés, David, Rut...), o el texto que estamos leyendo se aclara con unas palabras de Jesús en otra ocasión, o con unas palabras de San Pablo, de San Pedro, o de San Juan tratando de explicar algo a algunas de las primeras comunidades cristianas. Por eso es bueno utilizar una Biblia con textos paralelos que aparecen en los márgenes del texto o debajo del título, como por ejemplo la Biblia de Jerusalén, la de la Casa de la Biblia, o la del Peregrino. Y procurar hacer siempre una lectura con sentido, tratando de entender cada texto dentro de su contexto. Si un texto nos lleva a otros textos, procura ir situándonos en cada nuevo texto, entendiendo en primer lugar su contexto. No hacer una lectura a partir de textos sueltos, que uniendo palabras pueden quedar bien, como si fuera una argumentación que trata de demostrar algo. Esto es disputa, no oración. Y este modo de leer nos tiene que hacer más cordiales, más atentos a la escucha de todas las personas. Nuestros "compañeros en el camino de la vida", aunque no piensen como nosotros, podrán encontrar el respeto, y los caminos de reconciliación y encuentro que tanto necesita nuestro mundo. Te ayudará a centrarte en el texto el ponerle un título a cada texto que lees, pues, de esta manera captas la idea que más te ha llamado la atención, que más te ha llegado al corazón en un primer momento. Y así, empiezas a meditar, a "rumiar" el texto. MEDITAR DIALOGANDO CON EL TEXTO Hay que poner toda la inteligencia y todo el corazón en el texto. Rumiar el texto, haciéndole preguntas. Fijarse en cómo eso que Jesús dijo hace dos mil años, o lo que le ocurrió al profeta Jeremías hace más de 2.500 años, podemos entenderlo ahora desde nuestra vida. Entramos así en un diálogo con la palabra de Dios: ¿qué me dice?, ¿qué actitud me sugiere por medio de este pasaje?, ¿de qué comportamiento me pone en guardia?, ¿qué misterios me revelas de ti, Señor?, ¿qué profundidad del corazón humano me haces descubrir? De esta manera estamos pasando la palabra de Dios a nuestra vida, de modo que se convierta en un instrumento de oración y de búsqueda de la verdad. Esta meditación se convierte para nosotros en un camino donde encontramos una continua comunicación que exige también el esfuerzo de escuchar. Y esto es importante, pues en el mundo en que vivimos, los medios de comunicación presentan sus mensajes de manera que su primera lectura sea muy atractiva. El texto que se lee es un texto con muchos años, hay que escucharlo con paciencia, sin prisas, sin prejuicios. Esta lectura es "divina"
sólo si realmente se convierte en un diálogo con Dios. Hay un ejemplo
muy claro y muy vivo de lo que es la meditación, se trata del Magnificat
de María (Lc 1,46-56), un canto que nace de quien tenía el corazón lleno
de la Palabra de Dios: "María, por su parte, guardaba todas estas cosas
y las meditaba en su corazón" (Lc 2,19). ¿Hemos leído alguna vez este
canto fijándonos en la cantidad de textos de la Escritura que aparecen?
Y es que quien es asiduo a este diálogo con la palabra de Dios tiene el
corazón lleno de pasajes, y esto le ayuda a saber interpretar los acontecimientos
de su vida desde este diálogo con Dios. Precisamente, si los personajes,
acontecimientos, relatos, oraciones y salmos, evangelios, cartas... que
encontramos en la Biblia decimos que son palabra de Dios es porque un
día alguien supo leer en su vida la presencia de Dios (Moisés, Isaías,
los salmistas, María, Juan, Santiago...), a través de la meditación de
lo que estaba ocurriendo, y convirtió su vida en oración dirigida a Dios.
Rezo para conocer a Jesús que me habla en este pasaje, para comprender los valores, los sentimientos, para dialogar con Dios como con un amigo. Decía Santa Teresa que rezar es "tratar de amistad con aquel que sabemos que nos ama". Que esta oración sea la respuesta al Señor, que nos ha hablado en el texto. Lo que hemos hecho hasta ahora ha sido una preparación a este momento en el que ya no se lee el texto sino que se responde desde el corazón. Decía San Agustín: "Si el texto es oración rezad, si es llanto llorad, si es agradecimiento estad alegres, si es un texto de esperanza esperad, si expresa el temor temed. Porque las cosas que sentís en el texto son el espejo de vosotros mismos". Como vemos se trata de un diálogo con Dios a través de su palabra. La palabra ha venido a nosotros a través de la lectura, la hemos acogido con la meditación, y ahora vuelve a Dios en forma de oración. Decía San Ambrosio: "Cuando escuchas, Dios te habla; cuando rezas, tu hablas a Dios". CONTEMPLAR Este es el momento de salir de uno mismo, centrarse en la mirada del Señor y de buscar su rostro (Sal 27), que nos llevará a descubrir el rostro de Cristo, pues en Jesús Dios nos ha bendecido verdaderamente y ha hecho brillar su rostro sobre nosotros (Sal 67). Ese rostro de Cristo es también el rostro que nos muestra la dignidad de la persona humana, de nuestra propia dignidad como hijos de Dios y hermanos de todos (Juan Pablo II, El Nuevo Milenio, 21-23). El apóstol y evangelista Juan es un buen maestro para esto, pues nos enseña a contemplar con los ojos de la fe lo que leemos, vivimos, y meditamos. Su testimonio sobre Jesús es un testimonio contemplado (Jn 21,24), tal como el mismo nos dice al principio de su primera carta (1 Jn 1,1-4). Y es que nuestra oración tenderá a convertirse en contemplación, en una humilde mirada. Olvidaremos los detalles del texto, las palabras de oración terminarán, y nos quedaremos en silencio, contemplando el misterio de Dios y su relación de amor con su pueblo y con todos nosotros, que es el corazón de cualquier página de la Biblia. Comprenderemos que realmente Dios tiene algo que ver con nuestras vidas y nuestras vidas tienen algo que ver con Dios. Se conoce así la
paz, y, sobre todo, la paciencia de Dios (1 Pe 3,20: literalmente makrothymia,
"pensar y sentir de manera grande, abarcando todo y a todos"), su misericordia
y su amor (Ex 34; Os 11). Y es que la contemplación no es sólo conocer
a Dios, sino también ver a las personas y a las criaturas como las ve
Dios. GUARDAR LA PALABRA EN EL CORAZÓN Y OBEDECER Conservar en nuestro corazón la palabra que hemos recibido como María (Lc 2,51). Recordarla y hacer memoria de esta palabra será para nosotros algo natural. Quizás nos quedemos con una palabra, con una frase, con una actitud de Jesús que hemos captado en un texto... Esto nos dejará una huella profunda, es como el recuerdo que dejan las cosa buenas de la vida, los amigos, la familia... La obediencia a su palabra que el Señor espera de nosotros es mostrar en nuestra vida el fruto del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de si (Gal 5,22). Para esto contamos con el bien que hace este tipo de lectura. Estos son algunos de los frutos que produce esta lectura atenta y meditada de la Biblia: El Señor nos concederá el regalo de la consolación como fruto de este encuentro con su Palabra. Se trata de una palabra del Nuevo Testamento, en griego paraklesis (Lc 2,21; Hech 3,20, 9,31; 2 Cor 1,3-7; 2 Tes 2,16), y quiere decir una profunda alegría interior, gusto por las cosas de Dios, de la verdad, del amor. Es el gusto de los frutos del Espíritu Santo. A la consolación sigue el discernimiento. Se trata de un comportamiento específico que encontramos en el Nuevo Testamento, en griego diakrinein (Mt 16,3; 1Cor 11,29; 12,10; Filp 1,9; Heb 5,14). El discernimiento es la capacidad interior de percibir en donde obra el Espíritu Santo, el espíritu evangélico, el Espíritu de Cristo: en las situaciones, en las decisiones que tienes que tomar, en los acontecimientos de cada día, en los problemas. Y darnos cuenta, también, en donde obra el espíritu del mal, el espíritu de la mentira, del engaño, de amargura, de confusión. Este discernimiento no termina nunca, porque en nuestro camino encontramos continuamente situaciones, problemas, dificultades que no se pueden resolver mecánicamente. Hay situaciones de justicia, de sacrificio evangélico, de santidad, de obediencia sincera; en cambio nos encontramos también con situaciones de falsedad, de astucia, de apariencia, de vanagloria, de cosas que parecen buenas, pero que en realidad son malas. Esperemos que la Palabra de Dios sea nuestro alimento diario. Todo esto parece muy hermoso y muy perfecto, pero la vida y su rutina nos sumergen en una mediocridad de la que muchas veces no sabemos como salir. Aquí tenemos, un camino de crecimiento en el que echamos mano a la Palabra de Dios como nuestro principal sustento. Sólo si dejamos espacio para la Palabra de Dios en nuestra vida, con una escucha atenta, muchas veces costosa, personal y comunitaria, nos será posible acoger al que habla más con la voz del silencio contenido, que con la de los vientos impetuosos y agitados (1 Rey 19,9-18). "Como baja ("Nuevo Pentecostés",
nº 80) |